Cultura

10º Entrega: Bacanal

 

Bacanal. LIBRO II | XI. Durante los dos años siguientes realicé numerosos viajes, en su mayoría al extranjero. En ciudades tan bellas como Berlín, Londres, París, Roma o Viena podía pasarme semanas enteras visitando museos y templos, comprando en tiendas y galerías de arte, o implemente paseando por sus avenidas y riberas fluviales.

Fue precisamente mientras me hallaba fuera de España cuando murió de forma repentina Alfonso Amorós en su casa de Alicante. Cuando volví a Castalla y me enteré de la noticia, hacía ya una semana que mi socio había sido enterrado, de modo que acudí a presentarles mis respetos y darles el pésame a sus deudos.

En el domicilio de los Amorós encontré a la viuda y a Rafael, el hijo que no conocía, ya que Miguel Ángel había regresado el día anterior a Madrid. Una vez expresado el motivo de mi visita, Rafael Amorós me pidió que pasáramos ambos al despachito que fuera de su padre, para conversar sobre asuntos más concretos y de interés común.

—Mi hermano ha decidido desentenderse de todo cuanto tenga que ver con los negocios de nuestro padre. Sólo le preocupa recibir su parte de la herencia lo más pronto posible. Así que mi madre me ha pedido que sea yo quien se encargue de examinar la situación económica de la familia, antes de proceder al reparto —me informó Rafael, mientras dirigía la silla de ruedas sobre la que se hallaba sentado hasta el otro lado del escritorio—. Miguel Ángel está muy ocupado escribiendo artículos y participando en conspiraciones pseudopolíticas con intelectuales de pacotilla; y dice no tener tiempo para ocuparse de los asuntos familiares.

Yo sabía que Miguel Ángel colaboraba frecuentemente con la revista aperturista «Cuadernos para el diálogo», que dirigía Joaquín Ruiz Giménez, y también conocía su desviación ideológica hacia un liberalismo cada vez más alejado de sus orígenes falangistas, pero me sorprendió la retranca con que su hermano adornó aquella crítica. Pese a todo, Rafael acudió en auxilio de su gemelo unos meses más tarde, en febrero de 1965, cuando varios catedráticos y profesores universitarios fueron destituidos por participar en una manifestación contra el SEU, el sindicato universitario falangista, que acabó disolviendo la Policía. En aquella ocasión, Miguel Ángel pudo preservar su cátedra gracias a la intervención de su hermano, ya que algunos de sus antiguos compañeros de la División Azul ocupaban cargos muy importantes en la administración franquista.

—Según tengo entendido, usted había llegado a un acuerdo tácito con mi padre, según el cual era él quien dirigía las inmobiliarias, manteniéndose usted al margen de la gestión.

A pesar de la forma tan ruda como Rafael planteó el tema que nos interesaba, no me sorprendió. Aunque sólo hacía unos pocos minutos que le conocía, ya me había percatado de que me enfrentaba a un hombre amargado, duro y directo, que no perdía el tiempo con preámbulos ni cumplimientos. Como era de esperar, el parecido físico con su hermano univitelino era enorme. Como Miguel Ángel, llevaba gafas de pasta; como Miguel Ángel, y pese a estar sentado, se le apreciaba bajito, aunque no tan grueso; como Miguel Ángel, tenía una cabeza orbicular, si acaso algo más despoblada, con una de esas calvas que Quevedo llamaba de mapamundi («que con mil líneas se cruzan, con zonas y paralelos de carreras que las surcan»). Y también como Miguel Ángel, el hombre que tenía frente a mí en aquel momento poseía una dentadura con forma de peine, si bien se adivinaba fácilmente que muchos de sus dientes habían sido orificados o sustituidos tras su liberación.

—…Cumpliendo sus instrucciones, sus beneficios de la empresa alicantina eran puntualmente ingresados en la cuenta por usted indicada…

Desde principios de la década de los sesenta, el auge del turismo había sido constante, favorecido por la devaluación de la peseta. Y, en consecuencia, nuestras obras fueron sucediéndose por toda la costa alicantina, especialmente en Benidorm. Los beneficios aumentaron en la misma proporción y pronto hice bueno el consejo de Alfonso Amorós, recurriendo a un despacho profesional de asesoramiento financiero y fiscal de Madrid, para que me administrara aquel capital cada vez más importante, invirtiendo parte del mismo en operaciones bursátiles. El resto de los ingresos, procedentes de la inmobiliaria madrileña, del alquiler de locales que aún me quedaban en la capital y de la explotación de las fincas, siguieron siendo administrados por Mariano.

—…Dado que mi padre ha fallecido, sería interesante saber cuanto antes si usted desea proceder a cambiar su actitud, involucrándose mucho más en la gestión directa de las empresas, o por el contrario prefiere continuar como hasta ahora.

—Mi confianza en su padre era absoluta…

—Lo sabemos. Y comprendo que, una vez que él ya no está…

—No me interrumpa, por favor —le pedí amablemente, pero con contundencia. Mi intuición me decía que, si quería entenderme bien con aquel hombre y ganarme su respeto, debía dirigirme a él sin dilaciones y con rotunda franqueza. Estaba seguro de que su falta de sutileza se debía a los largos años de sufrimiento que hubo de pasar en la Unión Soviética y a la situación de minusvalía, de supuesta inferioridad, en que se hallaba desde que le amputaran ambas piernas. Pero precisamente esa minusvalía era lo que le convertía, ante mis ojos, en un ser superior. Podía ser un hombre de ideología completamente distinta a la mía, de temperamento opuesto al mío y con inquietudes intelectuales muy diferentes a las mías, pero le creía coherente y sincero, alguien en quien se podía confiar—. Como le decía, mi confianza en su padre era completa. Y él, no sólo respondió siempre a esa confianza, sino que además me trató como a un verdadero amigo…, por no decir como a un hijo. Conocía mis limitaciones mejor que yo mismo, pero también respetaba mis opiniones, las pocas veces que me las pedía. ¿Comprende?

—Perfectamente.

—Nuestra relación superaba la que pueda haber entre meros socios.

—Lo sé. Él me habló muchas veces de usted. No crea que exagero cuando afirmo que le admiraba.

—Es muy amable.

—No es un cumplido.

—Le creo. Usted no es de los que se andan con cumplimientos.

—Cierto.

—Por eso… Por eso y porque le considero tan íntegro como su padre, creo que podemos entendernos tan bien como nos entendíamos él y yo. Naturalmente, siempre y cuando así lo quiera su familia y sea usted quien sustituya a su padre como director-gerente de las empresas.

—Así pensábamos hacerlo.

—Muy bien.

—¿Y usted seguirá como hasta ahora, al margen de la gestión?

—Si no tiene inconveniente…

—¿De verdad confía tanto en mí? Nos acabamos de conocer…

—Confío en usted. Ya se lo he dicho.

Rafael esbozó por primera vez una sonrisa, mostrándome un par de dientes dorados.

—Mi padre tenía razón. Es usted un hombre extraordinario.

—No. Su padre decía que soy un hombre con una intuición extraordinaria. Que no es lo mismo.

—De todos modos, quiero que sepa que, en todos los presupuestos anuales, figurará una partida de gastos destinada a una eventual auditoría. Una auditoría que usted podrá ordenar cuando y a quien quiera.

—Se lo agradezco, pero no creo que sea necesario.

—Insisto.

—Está bien. Usted es quien manda.

XII

Durante el siguiente viaje a Madrid fui a visitar a Ramón a su casa. En cuanto vi el vestíbulo, deduje a qué extremo había llegado para mantener su tren de vida. Por Ximo, tenía conocimiento de que también a él le había pedido varias veces dinero prestado. Peticiones que últimamente se habían convertido en melodramáticas impetraciones, pero que ya no surtían efecto debido a las dudas acumuladas y no pagadas. También yo me había cansado hacía tiempo de sus súplicas y promesas incumplidas.

Su inversión en el restaurante, que decía iba a ser su regular fuente de ingresos, había durado poco más de dos años. Transcurrido ese tiempo, y a pesar de las cantidades que yo le transfería mensualmente, vendió su parte del negocio a su socio, para así contar con más dinero en efectivo.

Durante dos años siguió con su trepidante vida de molicie y sibaritismo a expensas del dinero recibido por su socio, pero al cabo de dicho plazo terminó por esquilmar hasta la última peseta, recurriendo entonces nuevamente a mí, para que le aumentara las cantidades que puntualmente le pagaba cada mes, o se las anticipara. Aunque me negué a esto último, acepté incrementarle la mensualidad a sesenta mil pesetas, si bien hacía ya bastante tiempo que estaba convencido de que mi deuda con su padre estaba más que saldada y, además, tenía conciencia de que cualquier cantidad que pudiera darle a mi primo sería siempre insuficiente para satisfacer sus múltiples gastos de libertinaje y hedonismo.

Por eso, en cuanto él mismo me abrió la puerta de su casa y me invitó a entrar en ella, comprendí que había recurrido a la venta o pignoración de las obras de arte y los mejores muebles que fueran de su padre. Pero no fue esa la única noticia desagradable que recibí en aquel momento:

—¿No está el señor Marín? —le pregunté.

—Hace ya un par de meses que me vi obligado a prescindir de sus servicios —me explicó mientras terminaba de anudarse una corbata italiana sobre su camisa de seda blanca—. Y es una pena, pues tengo entendido que le faltan sólo tres o cuatro años para cumplir la edad de jubilación. Pero claro, con la generosa paga que me pasas cada mes, no me llegaba para pagar su sueldo.

—¿Cómo puedes decir eso, cuando con dicha mensualidad podrías pagar cuatro veces su sueldo? —protesté, siguiéndole por el pasillo hasta un dormitorio desordenado y sucio.

—¿Pero qué te crees, que vivo del aire? ¡Ese dinero que tan rumbosamente me facilitas a cuenta de la herencia que me arrebataste, no me da ni para vestir!

Molesto por su injusto reproche, y en tanto se ponía la chaqueta gris de su traje de tergal, reprobé:

—Pues a mí no me parece que te falte ropa, por lo que estoy viendo.

—Porque lo ahorro en otras cosas…

—Si te administraras mejor. Si no gastaras tan superfluamente…

Ramón me taladró con la mirada, mientras mascullaba las siguientes palabras:

—No tienes ningún derecho a decirme cómo he de gastar mi dinero. Sí, mi dinero. Pues, aunque tú me lo des, es mío. Y si tanto te duele que me haya desprendido del criado, contrátalo tú, que tienes dinero de sobra.

—Así lo haré. Tu padre no permitiría que despidiéramos al señor Marín. Por otra parte, sabes muy bien que yo no te arrebaté tu herencia…

—No discutamos, Vicente —me dijo, sorprendiéndome con un repentino tono conciliador—. No quiero que nos disgustemos. Hoy es un día para disfrutar. Vamos a ir a comer a uno de los mejores restaurantes de la ciudad y en compañía de excelentes amigos. Así que no lo estropeemos con discusiones. ¿De acuerdo?

Yo me mostré remiso a ir a comer con aquellos amigos suyos, pero al mismo tiempo no quería separarme de él sin aclarar algo que me inquietaba desde hacía varias semanas, de modo que al final accedí a acompañarle.

Mientras circulábamos por las calles de Madrid en un taxi, me explicó que, desde hacía un par de años, se había constituido una especie de club gastronómico del que él formaba parte.

—Tú no lo sabes, pero fuiste uno de los miembros fundadores. Todo empezó con aquella comida que compartimos con el capitán Leal en mi restaurante. ¿Te acuerdas? Pues bien, desde entonces Miguel Ángel y yo hemos seguido citándonos para comer y charlar cada dos o tres meses, invitando cada vez a algún conocido interesante que pudiera amenizar la reunión. Han sido muchos los invitados, pero desde hace dos años somos únicamente cuatro las personas fijas que acudimos. Cada vez se suman uno o varios comensales más que, si lo consideramos oportuno, pueden volver a ser invitados otras veces, e incluso animarles a que se hagan fijos.

—Y yo soy uno de ellos.

—Sí. En esta ocasión, tú serás nuestro único invitado.

—¡Cuánto honor! Me abruma ser invitado por un grupo tan selecto —ironicé.

—No seas tan sarcástico, que no es lo tuyo. Ya verás cómo te divertirás.

—¿Y nunca has invitado a nuestro viejo amigo Xema?

—Claro que no. Él nunca ha venido por aquí. ¿Por qué me lo preguntas? —se extrañó.

—No sé. Tal vez porque hace tiempo me hablaron de vosotros dos y seguramente lo he relacionado inconscientemente con todo esto.

—Xema nunca ha venido a Madrid, que yo sepa —repitió ceñudo—. ¿Y quién te habló de nosotros?

No pude reprimir una leve sonrisa de satisfacción.

—Migueli, el hijo del Raspa.

—¿De quién?

—Del Raspa, el trapero gitano que decían mató a Sole…

—¡Ah, sí! El trapero gitano, sí.

—Hace unos meses estuve en su casa y me contó algo que me dejó intrigado. —Y como arqueara las cejas interrogativamente, proseguí—: Según parece, la tarde en que desapareció Sole, un gitanillo creyó veros a Xema y a ti con ella yendo en bicicleta por el camino del Carrascal.

Estuve atento a la expresión de su rostro, pero Ramón se limitó a hacer con su boca un gesto inequívoco de extrañeza.

—Debió de confundirse. Es verdad que solíamos ir a menudo por allí para recoger setas, y que algunas veces Sole nos acompañaba, pero aquella tarde no pudo vernos porque no fuimos por allí ni tampoco la vimos a ella.

—¿Y en dónde estuvisteis? ¿Qué hicisteis aquella tarde?

Ramón volvió a arrugar el entrecejo.

—¡Y yo qué sé! Joder, Vicente, de aquello hace ya treinta años. ¿Cómo quieres que me acuerde de lo que hice aquella tarde? Ni siquiera recuerdo si estuve o no con Xema. Pero de lo que sí estoy seguro es de que no vi a Sole. De eso sí que me acordaría, ¿no crees?

—¿Estás seguro?

Los ojos de mi primo centellearon.

—Ya me estás fastidiando. ¿Qué es lo que quieres insinuar? ¡Por supuesto que estoy seguro! Si la hubiese visto, lo habría dicho entonces.

Me preguntaba cómo era posible que él no se acordara de lo que hizo aquella tarde. Aunque lejano, me acordaba perfectamente de todo lo que yo había hecho en aquel trágico domingo, pues fue uno de esos días que nunca se olvidan. Pero no quise incomodarle más, de manera que dejé de insistir.

Según me explicó Ramón, cada vez se encargaba uno de los cuatro amigos que componían aquel grupo gastronómico de organizar la comida, eligiendo el lugar, el menú y de sufragar todos los gastos, incluidos los relacionados con los invitados ocasionales. En esta oportunidad el organizador era Miguel Ángel Amorós, el cual había elegido el reservado más discreto y confortable de uno de los restaurantes madrileños de moda entre la gente adinerada.

Nada más atravesar la puerta de entrada de aquel establecimiento, escoltada por un conserje uniformado con librea de gala, un maître nos guió a Ramón y a mí hasta un apartado situado en la entreplanta. Este reservado de algo más de veinte metros cuadrados, rectangular y de paredes recubiertas de un material suberoso que lo aislaba aún más del ruido exterior, contaba con todo cuanto es de menester en un comedor de lujo.

Ramón me presentó a sus amigos. Miguel Ángel Amorós me dio la bienvenida con una sonrisa afectuosa, pero sin apartar la pipa de su boca. Estaba más tripudo y calvo, si bien le quedaba algo más de pelo que a su hermano, pues tenía una línea de cabellos finos que resistían la alopecia y que crecían coincidiendo con la línea de unión de sus parietales.

—Me alegro muchísimo de que hayas venido. Sin ti, esta comida no sería la misma.

—Técnicamente, no hubiera sido posible celebrarla —intervino un hombre gordito y de aspecto tan pulcro que hasta las lúnulas de sus dedos resplandecían merced a la manicura. Mofletudo y de cara redonda, se notaba que se había afeitado apenas unos minutos antes, recortándose el bigote y la mosca que orlaban su boca. Y ello contribuyó a que se le apreciara todavía más el angioma sonrosado que se extendía desde su oreja izquierda hasta el cuello de la camisa.

—¿Y eso por qué? —pregunté.

—Porque el número de comensales idóneo para ágapes como este no deben ser menos de cinco ni más de nueve; así al menos opinaban los antiguos romanos. En sus banquetes participaban entre cinco y nueve comensales; más que las Gracias y menos que las Musas; y sólo hombres maduros, nada de mujeres ni de jóvenes. Y así lo acordamos nosotros también —me explicó ese hombre mientras me estrechaba la mano de una manera tan lábil, que le creí de un carácter excesivamente frágil. Pero ese no fue el único error que cometí en mi precipitada valoración de su forma de ser.

—¿Es ése entonces el motivo por el que he sido invitado tan precipitadamente? —pregunté con una malicia intencionadamente candorosa, pero que incomodó a Miguel Ángel.

—Nada de eso. Sin duda se hubiera celebrado igual esta reunión. No se trata de una tenida ni nuestras reglas son tan rígidas. Ya te advierto sobre las bromas de nuestro amigo Fulgencio, tan sutiles como incisivas.

—Es cierto. Por mucho que supieran los romanos de estas cosas, la verdad es que nuestras celebraciones son demasiado divertidas como para suspenderlas por una mera cuestión de formalidad —reconoció el tal Fulgencio, sonriendo complacientemente—. Tiene razón nuestro amigo Amorós, como también la tenía Homero, cuando escribió que «la mente de los sensatos es flexible». Y, ya en serio, le diré que su primo Ramón y Amorós nos han hablado tanto y tan bien de usted, que estoy dispuesto a darle la bienvenida no sólo como un simple invitado, sino como un componente de nuestro reducido pero jovial grupo de solteros y juerguistas empedernidos.

—Fulgencio Boj, entre otras muchas cosas, es mitómano, como buen catedrático de Historia —dijo Ramón, con ánimo de adornar su presentación, pero acto seguido recibió una dura respuesta por parte del aludido:

—Querido Ramón. Efectivamente mi titulatura académica y nobiliaria es extensa, pero si, cuando dices que soy mitómano, te refieres a mi afición por la mitología y el estudio de los clásicos, he de corregirte, pues en ese caso deberías haberme llamado mitólogo. Ahora bien, pudiera ser que tu intención haya sido emplear correctamente el término mitómano, en el sentido psiquiátrico del mismo, en cuyo caso te reconozco una sutileza que, francamente, creía muy alejada de tu capacidad de ingenio. Es más, ni siquiera creo que comprendas lo que te estoy diciendo. —Ramón encajó aquella pulla con una sonrisa titubeante que parecía darle la razón a Fulgencio, aunque intuí que había comprendido demasiado bien la situación en que le dejaba ante los demás esa crítica tan directa. Seguramente Fulgencio también lo comprendió así, puesto que intentó suavizar sus anteriores palabras con un cumplido que, tal vez, vino a empeorarlo más—: Pero no te preocupes, eres un hombre tan atractivo, que estoy dispuesto a perdonar hasta tu contumaz resistencia a culminar nuestra relación con la bendición de Anteros.

Con una fugaz mirada de soslayo, comprobé que mi primo no sólo no se había azorado, sino que continuaba forzando esa misma sonrisa de aparente fatuidad. Su prestancia no obstante era magnífica: el fular de seda roja que, cayendo desde sus hombros, flanqueaba la corbata gris perla, le daba un aspecto esnob que realzaba aún más la belleza de sus facciones. Unas facciones que embebecían a un Fulgencio de mirada salaz, abstraído por ese cabello rubio y leonado que brillaba como el de un ángel, encandilado por esos ojos de color verdemar que sin embargo le rehuían, y hechizado por ese hoyuelo tan coqueto que titilaba en una barbilla perfectamente rasurada.

Estaba convencido de que Ramón, pese a la frecuencia de sus escarceos amorosos, no había llegado a la promiscuidad que anhelaba Fulgencio, pero esa seguridad se tambaleaba cuando pensaba en las estrecheces económicas que decía estar atravesando y que, con toda probabilidad, se verían agudizadas en un futuro próximo.

—Y este es Francisco Donati. Paco, para nosotros —me informó Miguel Ángel, presentándome a un hombre de unos treinta y cinco años, pero de apostura juvenil, barbilindo, de rasgos aniñados que le conferían una belleza tan andrógina como la del Apolo de Perugino. Rozagante y peripuesto en su caro traje azul marino, me estrechó la mano con decisión, mientras me saludaba con un tonillo que delataba su origen latinoamericano, aunque también en esto erré.

—Paco es un gran fotógrafo, un artista —me explicó Ramón, que parecía ser quien mejor le conocía—. Nació aquí, en Madrid, pero ha vivido muchos años en América.

—Cuando me quedé huérfano a los doce años, marché a Buenos Aires para vivir con mis abuelos paternos. Así que me considero tan porteño como madrileño.

—Pero su apellido es italiano, ¿verdad?

—Sí. Mi abuelo era un bachicha, un inmigrante italiano.

A continuación, Paco y yo nos sentamos frente a mi primo y Fulgencio, en tanto Miguel Ángel, como anfitrión, ocupó un extremo de la mesa. En unos instantes, dos camareros llenaron la mesa de platitos con entrantes, al mismo tiempo que el maître se encargaba de escanciar las bebidas que cada cual deseaba como aperitivo: vermut, cerveza, vino blanco o whisky. Así, en un ambiente jocundo y relajado, iniciamos una comida tan opípara, «que nada tenía que envidiar a los suculentos banquetes de Pantagruel, el famoso personaje de Rabelais», tal y como reconoció Fulgencio al final de la misma.

Mientras tomábamos los entrantes, entablé conversación con Paco Donati, quien me resumió sus aventuras por América como fotógrafo de una agencia internacional de noticias. Rehilando algunas consonantes sonoras, pronunciando de vez en cuando un «esteee» suspendido al más puro estilo argentino y sorprendiéndome con algún «che» tan familiar para mí, me contó cómo había recorrido muchos países de Sudamérica y del Caribe, siendo en México donde dio por finalizada su carrera como reportero gráfico.

—Fue después de que salvara la vida milagrosamente en Río Grande cuando decidí abandonar ese oficio tan riesgoso. Estábamos realizando un reportaje sobre los espaldas mojadas, ya sabés, los inmigrantes mexicanos ilegales que entran en los Estados Unidos atravesando clandestinamente el Río Grande. Mi compañero y yo llegamos a un acuerdo con un coyote, uno de los guías, para que nos dejaran acompañar a uno de aquellos grupos de espaldas mojadas que iban a cruzar la frontera de noche. Pero, ¡ay, carajo!, el asunto se enfrijoló, pues los malditos gringos estaban avisados y nos esperaban al otro lado del río. Nos dieron el alto, pero como los mexicanos se asustaron y salieron a la disparada, los hijos de la gran chingada nos balearon a placer, doblando a mucha de aquella gente, entre ellos a mi cuate. Mientras duró la balacera y huía corriendo, con los chumbos silbando encima de mí, me sentí como un imbécil. «Pendejo, ¿qué necesidad tenés de jugarte la vida de esta manera?», me dije a mí mismo. Y a lo que me puse a salvo, ya tenía decidido dejar ese oficio.

Si bien había pronunciado varias palabras que no conocía, aunque deduje fácilmente su significado, me pareció que, a pesar de su entonación argentina, su léxico era el resultante de una mezcla muy compleja de influencias. Pero, antes de que pudiera preguntarle por ello, Paco prosiguió su relato, una vez tragada la croqueta que se había echado a la boca.

—Me quedé en México, pues mis abuelos hacía años que habían muerto y ya nadie me esperaba en Buenos Aires. Así que, durante meses, viví como un varado, sin casa ni trabajo, comiendo lo que me daban. Pepenaba en los basureros, vestía con hilachos rasposos y dormía en los caminos y en las calles de las ciudades, achuchándome de frío. Fue una época muy dura, pero en la que también aprendí mucho de la vida y del comportamiento de la gente. Hubo quienes me trataron con indiferencia, quienes me rehuyeron como si tuviese la lepra, quienes me mantearon, quienes me ayudaron, y hasta quienes me ofrecieron una chamba con la que ganarme una comida digna. Pero al fin, con la ayuda de uno de estos últimos, un gachupín que tenía un estudio fotográfico, obtuve un trabajo fijo y una casita donde vivir. Desde entonces he trabajado duro para conseguir lo que hoy tengo: mi propio estudio, acá, en Madrid, adonde volví hace un par de años.

Aproveché entonces para preguntarle por esa mezcla de influencias que me había parecido advertir en su forma de hablar, y él sonrió complacido, como si le divirtiera mi pregunta. Sin embargo, fue Ramón, que se hallaba más atento a nuestra conversación que a la que mantenían Miguel Ángel y Fulgencio, quien se adelantó respondiéndome:

—Paco habla una jerga tan peculiar, que yo creo que es única en el mundo.

—Vos sos un exagerado —le replicó su amigo—. Todos los que hablan español me entienden perfectamente.

—Pero no deja de ser original, ¿verdad? —insistió Ramón, buscando con la mirada mi apoyo.

—Yo no estoy acostumbrado a oír americanismos, pero me ha parecido que empleas muchos vocablos mexicanos —dije.

—¿Cómo no iba a ser así? No en balde he vivido allá ocho años. Pero sí, ustedes tenéis razón. Mi forma de hablar es el fruto de una mezcla muy complicada, pero también muy comprensible —reconoció, visiblemente envanecido—. Hay que tener en cuenta que, siendo un pebete, fui a vivir a Buenos Aires, donde adquirí el tonillo propio de los argentinos. Pero es que también allí conocí el lunfardo, el argot barriobajero bonaerense; y, además, durante años escuché a mi abuelo un español poco común y defectuoso debido a su origen italiano, cocoliche lo llamamos allá. Y, por si fuera poco, después he recorrido media América, oyendo y, en algunos casos, asumiendo palabras, frases y acentos característicos de cada lugar, especialmente en México, donde he vivido muchos años, como ya he dicho, y en donde también se habla, entre los chicanos que más pegados están a la frontera del norte, el pocho: una mezcla de inglés y español.

—Amén del castellano de aquí, de España —añadí.

—Exacto. Así que es normal que, a lo largo de una conversada, mezcle palabras típicas de acá y de allá, sobre todo de Argentina y México, o vosee y tutee indistintamente.

—Es natural —admití—. Pero supongo que habrás tenido que aprender a distinguir entre las distintas acepciones de un mismo vocablo. Tengo entendido que hay significados muy diferentes de una misma palabra, según el sitio en donde se pronuncie. ¿Es así?

—Es verdad. Algunos son contradictorios. Por ejemplo: acá, cuando se dice luego, equivale a después, ¿cierto?

—Sí, son sinónimos.

—Y cuando decimos ahora, es ya, en el acto, en este mismo momento, ¿sí?

—Así es.

—Pues allá, por el contrario, cuando alguien dice lueguito, está diciendo que enseguida, de inmediato. ¿Veis la diferencia? Cuando un manito dice luego, está diciendo que algunas veces, que de vez en cuando. Y cuando dice ahorita, puede ser que esté diciendo que luego, que después; o sea, todo lo contrario de lo que entendemos acá.

—Es curioso —reconocí.

—Mucho más curioso, y también riesgoso, es confundir el significado de otras palabras: como concha. Cuando acá se pronuncia esta palabra: concha, podemos referirnos tanto a un caparazón como al diminutivo de Concepción, nombre de mujer. En cambio, para la mayoría de los americanos, concha es el órgano sexual femenino. Vamos, lo que acá entendemos vulgarmente como coño, ¿cierto?

—Sí, eso ya lo sabía —dijo Ramón, sonriendo.

—Lo mismo pasa con el verbo ligar. Además de atar, acá ligar es seducir, cortejar, mientras que en México es curiosear y, en Argentina, puede que sea tener buena suerte o recibir un castigo.

—Es decir, que también hay acepciones diferentes entre países americanos —deduje.

—Ya lo creo. En Sudamérica, chingar significa errar, fallar, y también, en algunos países, como Argentina, significa colgar de forma irregular una prenda: «Te está chingando la falda, o el vestido», se dice. Pero en México el significado es muy diferente: allá, chingar es el término más obsceno, y quizás el más usado. Es lo que acá llamamos follar.

—¿Se puede saber de qué estáis hablando? —preguntó un Fulgencio repentinamente interesado por la conversación que manteníamos—. ¿Qué te parece, Amorós? Nuestros amigos hablando de follar, y tú y yo perdiendo el tiempo con la política.

Miguel Ángel pidió que se sirviera vino y uno de los camareros trajo dos jarras con un caldo especial.

—¡Ya veréis qué maravilla! —exclamó Miguel Ángel, una vez llenaron nuestras copas y nos disponíamos a brindar con ellas.

Todos elogiamos aquella bebida, en verdad excelente, si bien fue Fulgencio quien, con su característico ribete mitológico, se expresó con mayor sutileza:

—Agradezcamos a Ceres la generosidad con que cubre nuestra mesa de profusas y sabrosas viandas, y al alegre Baco riámosle la gracia con que nos ha escanciado estas copas de rica agua de vida, cuya libación nos permite alcanzar con el espíritu el umbral del mismísimo Olimpo.

Todos reímos a gusto, hasta que Paco opinó:

—Política y mujeres, esa sí que es una mezcla interesante, a la par que explosiva.

—Yo diría que es una mezcla imposible —dijo Miguel Ángel.

—Pero, amigo Amorós, esa proclama tan misógina no se corresponde con tu ideología liberal —le espetó Fulgencio con mordacidad—. Un prócer defensor de la modernidad y del aperturismo político puede pensar, pero nunca decir, que está a favor de la falocracia.

—¿De qué? —preguntó Ramón.

—Falocracia —repitió; y comoquiera que mi primo esbozó una sonrisa de evidente confusión, le explicó un Fulgencio zumbón—. Ramón, cariño, no te equivoques. Comprendo que, desde ese altar que compartes con Príapo, puedes interpretar mis palabras indebidamente, pero te aseguro que, por lo menos de momento, no estoy hablando de lo que a ti te sobra y yo ansío.

Ramón amplió su sonrisa, exhibiendo una vacuidad que me abochornó, por lo que creí oportuno atraer hacia mí la atención, tomando la palabra para defender la igualdad de derechos y de participación femenina, lo que motivó una discusión con Miguel Ángel y Paco. Ellos defendieron las diferencias entre hombres y mujeres, silogizando y esgrimiendo los típicos argumentos con que los varones han pretendido, desde siempre, justificar su superioridad.

—¿Acaso una mujer puede guerrear como los hombres? ¿Y gobernar un cuartel? ¿Y trabajar picando en la mina o cargando bultos en el puerto? No, claro que no —decía Paco.

—La naturaleza le ha reservado a la mujer otras responsabilidades más bonitas y delicadas, como la maternidad. Ellas están hechas para otros menesteres, la mayoría de las veces complementarios a los nuestros —opinaba Miguel Ángel.

—Es inconcebible que las leyes distingan entre sexos —argüía yo—, y que también se le pague a la mujer trabajadora un salario inferior al del hombre, cuando ambos realizan la misma tarea. Por cierto, que también ha habido mujeres que han trabajado en las minas, y supongo que las seguirá habiendo. Y en cuanto a su participación en el Ejército… Bueno, en realidad creo que la solución está en que no haya Ejército, ni masculino ni mixto.

En medio quedaron Fulgencio y Ramón; aquél, silencioso y risueño, era obvio que estaba disfrutando con nuestra discusión, en tanto que mi primo puso en evidencia la versatilidad de su opinión, apoyando ora mis argumentos, ora los de ellos. Pero su tornadiza y hueca opinión recibió el merecido y cáustico reproche de Fulgencio, si bien por unos instantes mi primo no estuvo muy seguro de si aquella amonestación se debía o no a su desaforado apetito:

—Ramón, hijo, tu proteico comportamiento te convierte en el campeón de los pancistas.

Para cuando los camareros sirvieron los segundos platos, consistentes en marmitaco de salmón y goulash, a elección de cada cual, la conversación había sufrido un virazón que contribuyó a la distensión del ambiente. El generoso vino que todos llevábamos ya bebido facilitó la jocosidad y, en algunos casos, la propensión a desbarrar.

—La mujer está hecha para el amor. Su principal misión en esta vida es la reproducción. Todo en ella tiene su razón de ser en esa verdad: su cuerpo, su mente, su ternura… —dijo un Miguel Ángel achispado, más preocupado de que su copa estuviera siempre llena de vino, que de comer el estofado de buey con abundante páprika que tenía en su plato.

—¡Ah, el amor! —exclamó Paco—. ¡Cuánta razón tenés, licenciado! El amor de una mujer es lo más sublime y maravilloso a lo que puede aspirar el varón. La seducción, hacer un levante, como decimos allá, es el juego más apasionante al que puede dedicarse el hombre. Junar a la amada, desearla, cortejarla, enamorarse perdidamente de ella, de todo su cuerpo, de todos sus gestos, amarla por fin hasta la locura… Y después, cuando la pasión desaparece, buscar y encontrar otra mujer que nos inspire ese arrebatador sentimiento de alegría y felicidad.

—Eso está muy bien, pero no todo el mundo está dispuesto a perder el tiempo dedicándose al juego de la seducción —dijo Miguel Ángel—. Además, en el amor no todo es tan maravilloso como tú lo has descrito. Enamorarse puede resultar peligroso. De hecho, estoy convencido de que el amor, al final, es más generador de pesadumbre que de felicidad. Lo mismo que quien abraza apasionadamente a un bloque de hielo termina quemándose, así quien se entrega apasionadamente al amor termina odiando. Fijaos que entre abrazar y abrasar sólo hay una letra de diferencia.

—Oh, vamos, queridos míos, no perdamos el tiempo en logomaquias —intervino Fulgencio, en tanto los camareros retiraban los platos usados y empezaban a servir los postres—. Ciertamente en el amor siempre ha de prevalecer la pasión. Mientras haya pasión, merece la pena vivir ese amor. Y, como sucede con cualquier placer, también en el amor lo intenso es mejor que lo extenso. Y, cuando hablo de extensión, no me refiero al éxtasis, a ese momento culminante de la relación sexual que, por más intenso y apasionado que resulte, jamás podrá alargarse mucho en el tiempo. No. Me refiero a esa otra relación entre la pareja: esa convivencia que la mayoría se empeña en mantener, pese a tener la certeza de que acabará matando a la pasión, convirtiendo a la más dulce vestal en la más rabiosa ménade y al más bello adonis en el más celoso e insufrible Hefesto. Para que eso no suceda, lo mejor es no prolongar el amor demasiado en el tiempo. Pero ello no quiere decir que debamos renunciar a la emocionante ceremonia del cortejo, de la seducción, a las miradas promisorias, a las palabras insinuantes, a las caricias furtivas… En eso no puedo coincidir con Amorós, aunque comprendo que él no desee perder el tiempo en esos preámbulos amatorios, muchas veces condenados al fracaso, y que por ello prefiera la rapidez y efectividad de las hetairas.

—¡Es el colmo del cinismo! ¿Acaso tú no has contratado nunca los servicios de una puta o de un efebo? —protestó Miguel Ángel.

—¡Ah, claro que sí! Pero yo no busco el amor exclusivamente en los burdeles. No renuncio al juego del enamoramiento, del flirteo, de la seducción auténtica, no comprada. Es cierto que, como aquel mítico hijo de Hermes y Afrodita, poseo la virtud de la doble naturaleza humana. Gracias a ello, como Minos de Creta, he amado a muchas mujeres, y también a algún que otro Mileto. Verdaderamente, muchos de ellos yacieron conmigo por dinero, pero también ha habido quienes han compartido mi lecho buscando el mero placer.

Aquella conversación había conseguido escandalizarme y, aunque me había mantenido hasta entonces prudentemente callado, mientras los camareros cubrían la mesa con fuentes repletas de fruta y dulces, tomé la palabra para opinar:

—Me sorprende el modo como entendéis el amor. A mi juicio, el amor no es sólo sexo y, desde luego, la mujer no está hecha sólo para ser usada. El amor es algo que está por encima de las necesidades fisiológicas. Es un sentimiento que no se compra y que, bien cuidado, estoy convencido de que puede durar toda la vida. Con toda seguridad, perderá vigor con el transcurso del tiempo, según vaya debilitándose la pasión, pero sólo para transformarse en algo más sosegado, más profundo e igual de placentero.

Los cuatro hombres con los que compartía la mesa me miraron con distinto grado de burla. Paradójicamente, fue en los ojos del jocoso Fulgencio donde ésta aparecía más atenuada. De pronto, debido probablemente a lo que le había oído decir, el mofletudo catedrático de Historia se transfiguró ante mis ojos en un ser tan lascivo, ventrudo y borracho como Sileno, el personaje cargado de años y no exento de cierta sabiduría que aparece siempre en el cortejo de Dionisio, rodeado de ninfas y sátiros.

—Y dime, Vicente, ¿tú has conocido ese amor tan maravilloso?

Aquella pregunta capciosa me la había formulado un personaje que encarnaba al Schubert que yo imaginara cuando, muchos años antes, leyera la biografía de este compositor: un hombrecillo bajito y regordete, putero y solterón, a quienes sus amigos apodaban «esponjita» por su afición a la bebida; aunque yo sabía que, en realidad, era Miguel Ángel momentáneamente transformado. Le respondí azorado, negando con la cabeza y bajando la mirada hasta mi plato. A mi primo se le escapó una risita que enseguida trató de reprimir, diciendo:

—Vicente es el único de nosotros que ha estado casado y, probablemente, el único que no ha disfrutado del amor.

—Ramón, querido, a veces tu voz, sin ser la de Estentor, repercute en mi cerebro de tal manera que te aseguro que hace verte como la personificación de Álgea.

Le agradecí a Fulgencio el sarcasmo con que replicó a Ramón, sintiéndome también más tranquilo al comprobar que no era yo el único que parecía ver aquellas extrañas metamorfosis.

—Confieso que no he conocido el verdadero amor; pero creo que existe. Sencillamente, no está al alcance de todo el mundo —dije.

—Y es muy probable que, aun estándolo, muchas veces no lo veamos y lo dejemos escapar —agregó Fulgencio.

—Vicente es un ser deliciosamente inocente, y por eso se le puede perdonar el candor de sus creencias —dijo Miguel Ángel—. Pero tú, Fulgencio, que no eres precisamente un ingenuo, no se entiende por qué dices esas cosas.

—Estoy seguro de que nuestro neófito amigo, por muy inocente que te parezca, está en condiciones de rebatir todos los argumentos que habéis empleado para desprestigiar a Eros. Por mi parte, sólo puedo decirte que me admira la osadía con que criticáis la opinión de Vicente, cuando precisamente tú y Ramón, pese a su dorada beldad, sólo conocéis el amor prestado, el que habéis conocido en brazos de odaliscas tan mercenarias como las que os proporciona en la actualidad nuestro común amigo Paco, aquí presente, ducho muñidor en asuntos de lenocinio y tercería.

—Por favor, señores, no merece la pena entreverarse en discusiones como esta —intercedió un Paco apaciguador y risueño.

—¿Pero es que no te indigna que te acuse de alcahuete, precisamente quien se ha aprovechado de tus amistades femeninas en más de una ocasión? —le preguntó Miguel Ángel, sin apartar la pipa de su boca y en tanto nos servían champán.

—No me molesta que Fulgencio me acuse de alcahuete por conocer algún que otro quilombo y por haberos preparado alguna fiesta con varias amigas mías. Me molesta que podamos arruinar esta reunión con discusiones tan estúpidas como esta.

—Me encanta tu capacidad de encaje. —Fulgencio secundó sus palabras con unas carcajadas que resonaron en el comedor como ladridos, pero que tuvieron la propiedad de difuminar la tensión y relajar el ambiente—. Y para demostrarte mi admiración, estoy dispuesto a complacer tu deseo de agasajarnos con una de esas fiestas que, estoy seguro, Amorós te ha pedido que nos prepares para esta tarde. ¿O me equivoco?

Miguel Ángel, Ramón y Paco rieron, intercambiándose miradas de complicidad.

—Has acertado —reconoció Miguel Ángel.

—Sos muy listo —le aduló Paco.

—Te aseguro, querido, que no hace falta ser Linceo para veros venir desde muy lejos —dijo Fulgencio, visiblemente hendido de vanidad y de alcohol.

Mi renuncia a acompañarles al apartamento de Paco se disipó pronto entre las brumas etílicas que turbaban mi mente. Fulgencio, verdadero preboste de aquel grupo de solterones, prácticamente me arrastró hasta uno de los taxis que nos esperaban a la puerta del restaurante, mientras entretenía mi curiosidad con una inesperada confesión:

—¿Sabes, querido Vicente? En cuestión de minutos has hecho que variara la opinión que me había hecho de ti. Reconozco que en un principio, a simple vista, te tomé por un Tersites cualquiera, si acaso más pusilánime que insolente. Pero me di cuenta de mi error en cuanto te oí hablar.

—Te lo agradezco. Pero no creo que mi fealdad sea tan extrema —me amosqué—. Es cierto que, como aquél, soy cojo; pero, ¡caray!, ni soy bizco, ni cheposo, ni tengo la cabeza picuda y cubierta de greña.

—¡Ay, amigo mío, no puedes figurarte siquiera el placer que siento al escuchar tus palabras! ¡Por fin he hallado a un compañero de aventuras capaz de comprenderme! ¡Cuán distinto eres de tu primo, que cuando aludo al ciego dios de la riqueza, cree que estoy hablando de uno de esos dibujos animados!

El apartamento de Paco, pequeño pero lujoso, estaba en el cuarto piso de un remozado edificio del centro de Madrid. Una de las dos habitaciones era una amplia alcoba, ocupada por una enorme cama con dosel de terciopelo rojo; en tanto que la otra contaba con todos los elementos que son precisos en un estudio fotográfico. En las paredes de esta segunda estancia colgaban infinidad de fotografías, de valor artístico muy diverso, dedicadas en su mayoría a reproducir rostros y cuerpos de aspirantes a modelos, mujeres bellísimas que habían posado allí mismo con la esperanza de que, aquel reportaje que les estaba haciendo Paco, sirviera para abrirles las puertas del éxito.

Ya en el salón, mientras ocupábamos los mullidos sofás y sillones, Paco nos sirvió varias copas de brandy y whisky.

—¿Dónde están las muchachas? —preguntó Ramón.

—No seas impaciente, que ahorita mismo llegarán. Entretanto, voy a poneros unas películas muy especiales, en las que salen algunas de ellas.

Tras desenrollar una pantalla que tenía en un rincón del salón, frente a un aparato proyector, Paco apagó la luz. El cortinaje que había delante del ventanal estaba descorrido, pero no hizo falta tocarlo, ya que la noche empezaba a caer sobre la ciudad.

Las imágenes que se reflejaron sucesivamente en la pantalla eran pornográficas y su visión produjo en mí una reacción contradictoria de curiosidad y vergüenza, de excitación y repulsión. Asombrado, reconocí el escenario en el que se había rodado aquella película muda, pero de imágenes extremadamente explícitas: era la alcoba del apartamento en el que nos encontrábamos. Y aquel descubrimiento incitó mi curiosidad hasta los límites de la morbosidad. Junto a mí, los otros hombres bebían y comentaban con obscenidades algunas de las escenas proyectadas. Poco a poco, noté que mi respiración se iba agitando y que a mis ojos les costaba cada vez más separarse de aquellas imágenes sicalípticas. Mi capacidad volitiva estaba muy mermada a causa del alcohol y sentí cómo la libido empezaba a desperezarse dentro de mí con una vitalidad desconocida. Hasta que, apenas unos instantes después, descubrí que aquella mixtura de repulsión y vergüenza había desaparecido, quedándome sólo una galopante sensación de frenesí.

Pero entonces sonó el timbre de la puerta y, al mismo tiempo que desconectaba el proyector y encendía las luces, Paco nos anunció la llegada de sus amigas.

—Abrid cancha, que acá llega el chinerío —dijo, provocando el júbilo de los presentes.

Lo que a continuación sucedió en aquel apartamento lo recuerdo de una manera inconexa, debido al creciente mareo que fue aturdiéndome paulatinamente. En cuestión de escasos minutos, aquel lugar se convirtió en un lupanar donde los hechos se sucedieron a un ritmo trepidante. Varias mujeres, tal vez media docena, entraron en el salón predispuestas a divertirnos y complacernos en cuanto quisiéramos. Eran mujeres veinteañeras, sofisticadas, de melenas rubias o morenas, rizadas o encrespadas, que lucían escotados vestidos de gasa o de raso, y que bebieron y fumaron la marihuana que Paco les sirvió con generosidad, hasta que decidieron desprenderse de sus ropas entre risitas provocativas, dejando al descubierto sus esculturales cuerpos. Una de ellas se colocó delante de Fulgencio, que estaba a mi lado y tan ebrio como yo, deshaciéndose rápidamente de su vestido negro de lentejuelas, para mostrarnos, triunfante, el reducido negligé rosado que traslucía hasta los detalles más íntimos de su anatomía. Mientras ella movía lenta e insinuantemente sus caderas, Fulgencio exclamó, incapaz de apartar la mirada de aquella vulva que bailaba a un palmo de su rostro:

—¡Ah, dulces y hendidos prados de Afrodita, vuestra llamada es más irresistible que la de las sirenas!

Y con el angioma encendido en su cuello cual verdugón tierno y reciente, hundió su cara en la entrepierna de aquella muchacha.

—¡Ándale, Vicente! ¡No seas maula, che! —me animó la voz de un invisible Paco, en tanto otra de sus amigas, una rubia que sólo llevaba puesto un liguero encarnado, me ofreció sus voluminosos pechos, agachándose delante de mí. Sin esperar a que yo tomara la iniciativa, aquella mujer se me acercó tanto, que sus grandes pezones rozaron mis labios resecos y entreabiertos. El agua de jazmín con que acababa de perfumarse olía tan poderosamente, que incrementó mi ya de por sí fenomenal mareo, trocándolo de inmediato en un irrefrenable deseo de vomitar. Intentando dominar las arcadas, aparté a la muchacha y, levantándome del diván, corrí hasta el cuarto de baño. Aunque arrojé cuanto tenía en el estómago y descansé sentado en el inodoro durante un rato, el malestar no remitió. Mirándome al espejo, descubrí que mi cara estaba tan lívida como la de una figura de cera. Tenía los labios abotargados y las ojeras amoratadas remarcaban unos ojos hundidos y llorosos.

Ya fuera del aseo, me dirigí directamente a la salida del apartamento, si bien el mareo hizo que me tambalease por el pasillo como si anduviera por la crujía de un barco, trompicando y cojeando más de la cuenta. Aquella, creo yo, fue la primera vez que, desde mi convalecencia por la caída de Janto, eché de menos el auxilio de un bastón.

Bajar hasta el portal fue toda una odisea: descubrir interruptores de luz, llamar al ascensor y descender los escalones del vestíbulo supuso una sucesión de obstáculos a cual más difícil. Justo al pisar uno de aquellos peldaños fue cuando perdí definitivamente el equilibrio, cayendo por la escalera como un fardo, hasta quedar tirado e inconsciente en el suelo durante un tiempo indeterminado.

Cuando me desperté, tenía un dolor de cabeza tan insoportable que parecía fuera a agrietarse en cualquier momento. Me incorporé, abrí el portón y salí del edificio, pero las piernas se negaban a obedecerme y hube de apoyarme en una de las jambas. Llovía y el suelo estaba mojado, pero eso no importó para que me dejara resbalar hasta quedar sentado en el escalón del portal. Tanteando con ambas manos en mi testa, descubrí que tenía un enorme chichón en la coronilla, cuyo simple roce me estremeció de dolor.

La lluvia racheada arreció, empapándome, pero no tenía fuerzas para levantarme. Con los codos en las rodillas y las manos tapando mi cara, me quedé así quieto y con los ojos cerrados durante unos minutos, deseando que el intenso dolor de cabeza amainara mucho más rápidamente que la lluvia.

—¿Qué fue? ¿Se encuentra bien? —Abrí los ojos y levanté la cabeza dolorosamente para ver a la dueña de aquella voz, descubriendo a una mujer joven y enfundada en una gabardina gris, que se hallaba delante de mí, cubierta por un paraguas que empuñaba en su mano derecha—. ¿Está herido? —Negué con la cabeza—. Pero no puede quedarse ahí. Está empapado y va a enfermar si no se resguarda de la lluvia. ¿Quiere entrar en el portal?

Su entonación hispanoamericana, dulce y seseante, se me antojó una extraña casualidad.

—No, prefiero ir a mi hotel.

Intenté ponerme de pie, pero mis piernas seguían resistiéndose a obedecerme. La mujer me asistió sosteniéndome de un brazo y, en tanto me incorporaba, aspiré una suave fragancia que se introdujo en mi sangre y recorrió mi cuerpo con la eficacia y velocidad de un potente reconstituyente. A pesar de su tenuidad, aquel olor a rosas me hizo creer, por un instante, que me hallaba felizmente de vuelta en el jardín de mi casa. Muy al contrario, mi aliento debió molestarla, pues no pudo disimular un fugaz gesto de desagrado.

—No me extraña que no pueda levantarse: está bebido. Ha estado de vacilada y sus compadres le han encampanado, ¿sí? ¡Ándele!, que a dos cuadras hay una parada de taxis y puede que haya un ruletero que no le importe llevarle a su hotel, a pesar de su aspecto chamagoso y el riesgo de que vomite en el carro.

El motivo por el que fui incapaz de comprender su amonestación no se debió tanto a aquellas palabras nuevas para mí, como al asombro que me causó la impactante belleza de su cara ovalada, sobre cuya tez tersa y cobriza despuntaban unos ojos grandes y lanceolados, pómulos sobresalientes y un par de labios tan carnosos y sensuales que me resultaba casi imposible dejar de mirarlos.

—¡Qué bonita eres! —musité.

Me sonrió sorprendida por tan inesperado piropo, pero enseguida me apremió a caminar hacia la parada de taxis:

—Mañana, cuando esté con la cruda, seguro que no me recordará tan linda. Si es que me recuerda…

Sin dejar de mirarla mientras andábamos, le dije:

—Nunca podré olvidarla. Se lo juro.

Ella rió con ganas, pero en ese momento las piernas se me doblaron y a punto estuve de caerme, arrastrándola conmigo.

—¿Qué es esa renquera? ¿Se ha lastimado la pierna?

—Hace muchos años que me la lastimé —le respondí.

Un sereno con abrigo grueso y gorra de plato, que blandía con sus manos un chuzo de punta férrea, se nos acercó por detrás para ofrecernos su ayuda. Ella le explicó cómo me había encontrado y adonde me llevaba, y el sereno se hizo cargo de mí, pasando mi brazo izquierdo por encima de sus hombros. Así, andando despacio, mojándonos pese a los esfuerzos de la mujer por cubrirnos con su paraguas, llegamos por fin a la esquina donde se hallaba la señal indicativa de la parada de taxis, pero el estacionamiento estaba vacío.

—De noche y lloviendo, es fácil que tarden en venir por aquí —dijo el sereno, antes de preguntarme—: ¿Puede mantenerse en pie?

Afirmé con la cabeza, al mismo tiempo que apoyaba la espalda en la pared del chaflán y le agradecía su asistencia.

—Vaya cogorza que llevas. Has tenido suerte de que aquí, la señorita, se haya molestado en ayudarte, que si no, bien te podrías haber pasado la noche tirado en el suelo y bajo la lluvia.

Recuerdo que, en ese momento, me llamó mucho la atención la manera como aquel hombre se dirigía a mí. Era curioso pensar que, si nos hubiéramos encontrado en otras circunstancias, si yo estuviese sobrio y requiriese sus servicios para entrar en alguno de aquellos edificios, con toda seguridad me habría tratado con sumo respeto. Pero bastaba que me viera así, ebrio y sucio, tambaleándome y sin valerme por mí mismo, para que se creyera con derecho a tratarme como a un indeseable, tuteándome y condenando mi conducta de forma desdeñosa.

Pero aquel pensamiento desapareció de mi mente en cuanto volví a fijarme en el rostro de ella: en sus mejillas redondas, en su cabellera endrina, en sus labios sonrientes, brillantes como coralinas, y en aquellos ojos brunos y tan grandes que hasta las carúnculas lagrimales semejaban pepitas de oro rojo. Ella me miró y, por un instante, su ojo derecho bizqueó ligeramente hacia dentro. Fue un movimiento estrábico y fugaz, que de ninguna manera afeó aquel rostro tan hermoso. Muy al contrario, le confirió a su mirada un halo de singularidad, incluso de misterio, que la hacía aún más atractiva. Pensé que debía decirle que se fuera, que le agradecía mucho su ayuda, pero que ya había hecho bastante por mí, que me encontraba mejor y que podía quedarme solo hasta que llegase un taxi, pero en lugar de eso le dije:

—Tenía curiosidad por saber cómo eras.

—¿Cómo así? ¿Nos conocemos?

—Nos conocemos desde antes de nacer, pero no sabía cómo eras. Presentía que iba a verte algún día, en algún lugar. Te estaba esperando.

—¿Y cómo sabes que soy esa persona que estás esperando?

—No hay duda. En cuanto te he visto, he sabido que eras tú. Es algo que no sé explicar, pero que es así, tan cierto como que ahora mismo estoy temblando de emoción.

Ella sonrió, halagada, pero desvió la mirada.

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo…

—¡Aquí llega uno! —avisó el sereno, en tanto hacía señales a un taxi para que se detuviera junto a nosotros. Ella me acompañó hasta el automóvil, cobijándome con su paraguas y envolviéndome con un sutil perfume de rosas. Y mientras me introducía en el coche, volví a preguntarle:

—¿Cómo te llamas?

—Irma.

—Me gustaría demostrarte mi agradecimiento con algo más que con palabras. ¿Dónde puedo encontrarte? Ahora que te he visto, no puedo perderte.

—No te apures, que si de verdad soy esa persona que tanto tiempo llevas esperando, seguro que volveremos a vernos. Entonces podrás retribuirme este pequeño favor. Ahorita ve al hotel, a ponerte bajo la regadera y a descansar.

Irma cerró la portezuela y el taxista arrancó el coche sin darme tiempo a reaccionar. Me hubiese gustado insistirle a aquella mujer para que me diera una dirección o un número de teléfono, pero, apenas unos segundos después, el taxi ya nos había separado de manera, según pensé, definitiva.

Aquella noche dormí muy mal. Mi mente fue un torbellino de imágenes en donde Irma ocupaba el centro del mismo, como una diosa de excelsa belleza, a cuyo alrededor giraban otros rostros, otras escenas, otros símbolos. A lo largo de la noche me desperté muchas veces, algunas muy sobresaltado, con una inquietud común en todas ellas: Era demasiado casual que aquella mujer, de modismo y tonillo hispanoamericano, me hallara en el portal del edificio donde vivía Paco Donati. ¿Sería posible que esa diosa tuviese algo que ver con el mundo de perversión que aquel hombre cohonestaba con su negocio fotográfico? Tal posibilidad me resultaba dolorosa. Pensaba que sería una broma demasiado cruel del Destino favorecer mi encuentro con esa mujer tan maravillosa, cuya mera presencia había despertado en mí emociones que creía muertas, para presentármela a continuación como una vulgar meretriz. Pero sabía que el burlón Destino era capaz de ser verdaderamente despiadado, por lo que aquella sospecha acrecentó mi angustia.

A la mañana siguiente, antes de regresar a Castalla, telefoneé a Ramón para preguntarle en dónde podía localizar al señor Marín y, como de paso, saber si conocía a Irma (a quien describí lo mejor posible), o si sabía si era una amiga o conocida de Paco. Traté de que la descripción fuese lo más desapasionada posible, pero era consciente de que mi interés por esa desconocida le resultaría, cuanto menos, divertida.

—No conozco a ninguna amiga de Paco con ese nombre. ¿Y dices que tenía acento sudamericano?

—Más bien creo que era mexicano, pero no estoy seguro.

—No sé… Se lo preguntaré a Paco y, si acaso averiguase algo, me pondría en contacto contigo para contártelo. Pero dime, ¿tanto te impactó?

—Digamos que me gustaría mucho volver a verla.

—Vale, vale —se rió—. He comprendido.

 

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