12.ª entrega: Liberación

12.ª entrega: Liberación

Liberación | LIBRO II | XVI. Me alojé en el apartamento que le había cedido a Irma y que ella abandonó cuando yo decidí volver a Castalla con intención de olvidarla. Cada rincón, cada mueble de aquel piso me la recordaba, lo cual me animó a buscarla desde el mismo díade mi llegada, pero no me resultó fácil encontrarla.

En el burdel donde nos citábamos al principio no estaba y la encargada no supo decirme dónde se hallaba. Fui al apartamento de Paco Donati, pero estaba vacío, pues, según el portero, hacía un par de meses que aquel extraño fotógrafo se había mudado a otras casa, si bien no supo decirme cual era su nuevo domicilio. Desesperado, ya de noche acudí a casa de mi primo Ramón, quien se sorprendió tanto de verme, como yo me sorprendí de ver transformado en un estudio fotográfico el que fuera el salón de mi tío Vicente.

—Sí, están aquí —me dijo.

—¿Paco e Irma?

Ramón asintió.

—Paco necesitaba mudarse. La Policía andaba tras su pista y a mí me ha venido muy bien su ayuda económica.

—¿Y esa boda con una rica heredera de la que me hablaste?

—No te lo vas a creer. El padre le ha prohibido verme tras investigarme. Cree que estoy buscando dar un braguetazo.

—Y ha acertado, ¿no? —Mi primo se encogió de hombros—. ¿Dónde está Irma?

Ramón me explicó que, cuando yo me fui tan repentinamente, Paco se enfureció mucho, ya que conmigo perdía un cliente al que había «garroneado» con suma facilidad. Culpó de tal pérdida a Irma, pues supuso que ella no había sabido tratarme debidamente durante nuestro viaje, y, para escarmentarla, la obligó a trabajar en la calle, como la más vulgar de las prostitutas.

—Y así continúa todavía. No sé cuánto tiempo más la tendrá castigada, pero la verdad es que me da mucha pena. Apenas si aparece por aquí unas horas por las mañanas, justo para dormir y comer un poco, y, nada más anochecer, la hace salir de nuevo a recorrer las calles. Es una lástima.

Me indigné con Paco, con quien estaba deseando encararme, pero Ramón me dijo que se hallaba ausente, fuera de Madrid, por asuntos de negocios.

—Negocios turbios, como todos los suyos. Creo que volverá pasado mañana.

—¿Y a ti no te da miedo que te involucre en alguno de esos negocios turbios? Si la Policía le está siguiendo los pasos, como dices…

—Tiene sobornados a varios personajes importantes con favores o dinero. Mordidas, las llama él. Pero sí, estoy preocupado con la posibilidad de que pueda implicarme. Injustificadamente, claro, pues lo único que he hecho ha sido alquilarle mi casa, con la condición de que aquí no organice orgías ni traiga nada que pueda comprometerme: ni drogas ni pornografía. Pero supongo que, llegado el caso, sí que puedo verme perjudicado.

—¿Y en dónde puedo encontrar a Irma?

Ramón me indicó cuales eran las calles por las que ella solía pasear, y yo me fui inmediatamente en su busca.

XVII

Encontré a Irma de madrugada en una esquina de la Gran Vía, junto a otras prostitutas. Llevaba puesto un vestido encarnado, corto y muy ajustado, sin nada más de abrigo, pese a estar ya en otoño. Se la notaba triste, seria, pero en cuanto me reconoció su cara se iluminó con una sonrisa. La tomé de la mano y me la llevé a nuestro apartamento en el mismo taxi con el que llevaba varias horas recorriendo aquellas calles.

Durante el trayecto, aunque tenía muchas ganas de explicarme por qué la había encontrado callejeando, no la dejé hablar, pues prevalecieron mis deseos de besarla. Mis labios apenas si se separaban de los suyos y, cuando lo hacían, era para susurrarle frases tales como: «No puedo vivir sin ti» o «Te veo hasta cuando no estás». Sus ojos empezaron a llorar y yo mezclé mis lágrimas con las suyas, las cuales flotaban en sus pestañas como rocío sobre pétalos de rosa.

Ya en la alcoba, después de haber hecho el amor apasionadamente, Irma me contó que Paco se había propasado con ella tras mi marcha. Pese a repetirle que me había tratado bien, que no era culpable de mi brusca huida, le propinó, «enchilado», una «golpiza» que la dejó baldada, castigándola además con «zorrear» un año por las calles, «como la peor de las furcias». Le pregunté por qué no se había ido, abandonándole, y ella me reconoció que le tenía miedo, que cuando él se enfurecía la «achucharraba» sólo con la mirada. Cansada de encubrir los defectos de Paco, desahogándose en voz alta por primera vez desde que le conociera, Irma me contó cómo había sido en realidad su vida con él.

—Paco es muy trucha —me dijo, aludiendo a su astucia—. Con quien le interesa es muy simpático, hasta que consigue lo que quiere. Pero con los demás, y sobre todo cuando se siente agobiado por haberse encampanado en algún asunto difícil, se comporta como un matón.

Me confesó que al principio la había tratado con atención y cariño, pero que luego su comportamiento varió sensiblemente, en especial tras su llegada a España.

—Le gusta mangonear, sentirse superior y seguro.

Por lo cual, cuando se creía acosado, no dudaba en golpearla y en amenazarla con desfigurarla, volviéndola una «cucha», una desnarigada.

Entonces le propuse que se viniera a vivir conmigo. Tal propuesta me sorprendió a mí tanto como a ella, pues verdaderamente no había pensado antes en esa posibilidad; por lo menos no lo había pensado conscientemente. Cuando decidí seguir mi impulso de ir a buscarla, no sabía qué era lo que deseaba hacer, aparte de volver a verla. Pero, al mismo tiempo que mis labios le proponían venir a Castalla, a mi casa, para vivir conmigo, mi mente rebuscó hasta hallar precedentes que reforzaran aquella salida: Si algunos de mis ídolos habían encontrado su pareja estable en mujeres de pasado inmoral, ¿por qué no podría tener yo la misma suerte? Ahí estaba, por ejemplo, el caso de Giuseppina Strepponi, esposa de Verdi, con su pasado pecaminoso y voluble, con dos hijos naturales. Y el de Olimpia Pélissier, la segunda y última compañera sentimental de Rossini, quien había sido antes una refinada y hermosa cortesana, amante, entre otros, de Balzac. Del mismo modo que Olimpia había reinado en la casa parisina de Rossini, organizando las veladas sabatinas con la efectividad de una Madame Verdurin proustiana, así pensaba yo que Irma podía actuar en L’Olivar, reinando en mi corazón y haciéndome el hombre más feliz del mundo. Sería mi Marguerite Gautier, sólo que nuestro romance duraría eternamente.

Tras recuperarse de la sorpresa y comprobar que no se trataba de una broma de mal gusto, Irma me sonrió agradecida, pero a continuación rehusó mi propuesta argumentando que, si se marchaba a vivir conmigo a mi «rancho», nuestro amancebamiento podría acarrearme muchos problemas, «desbarrancando» inclusive mi posición social.

—Piénsalo bien —me dijo—. Ante tus familiares, amigos y vecinos, no podrías presentarme como tu esposa. Ni siquiera como tu prometida, pues acá no se reconoce el divorcio y mi marido aún vive.

De modo que, ir a vivir conmigo, según ella, supondría mi desprestigio por convivir con una concubina.

—Pero eso a mí no me importa —le repliqué con resolución—. No me interesa lo que digan los demás. Sólo me importa nuestra felicidad.

Irma volvió a sonreír, complacida, antes de exponerme el principal obstáculo: Paco no la dejaría marchar así como así. Y ella no quería escaparse, separarse de él sin su consentimiento porque temía que nos persiguiera y se vengara.

—¿Y qué podemos hacer? —le pregunté, sin resignarme a abandonar la idea de llevármela conmigo—. Quizá si hablara con él, puede que se muestre razonable.

—Tal vez haya una cosa que pueda convencerle para que me permita ir contigo.

—¿Cuál?

—El dinero. No hay nada que ame más que la lana.

—¿Quieres decir que estaría dispuesto a… a venderte?

—Tal vez —repitió.

—Es algo miserable, repugnante, pero si sirve para conseguir tu libertad…

Cuando llevé a Irma a casa de Ramón al mediodía, aproveché para contarle a mi primo mis intenciones y pedirle que me ayudara como enlace con ella, una vez que Paco volviese. En un principio se mostró remiso, con intención evidente de desquitarse por no haber satisfecho plenamente sus demandas económicas:

—Pero, en fin, somos primos, ¿no? Y los primos deben ayudarse mutuamente. Ya sabes: hoy por ti y mañana por mí —ironizó.

—Te aseguro que sabré corresponderte —le prometí, en clara alusión al pago de una cantidad imprecisa pero considerable de dinero. De modo que, al final, conseguí su compromiso de mantenerme informado telefónicamente de cuantos acontecimientos se desarrollaran delante de él entre Irma y su proxeneta.

Dos días más tarde, Paco Donati y yo quedamos en la misma cafetería en la que me citara la otra vez, para tratar el asunto que tanto me interesaba y del que ya le había hablado Irma. Aquel hombre de cara divina y alma diabólica inició nuestra conversación advirtiéndome que me expondría, sin miramientos ni circunloquios, las condiciones para la libertad de Irma; pero, si bien no le faltó crudeza, tampoco se privó de calificarla previamente, ofreciéndome algunos consejos e intentando, incluso, malquistarme con ella:

—Reconozco que me ha sorprendido mucho que un hacendado tan fruncido como vos se haya dejado encandilar tanto como para haber decidido llevarse a Eréndira a su casa. De verdad que se me antoja un desfiguro imaginármela como ama de casa. ¡Puro lirismo, te lo aseguro! Más bien lo considero una pendejada, pero bueno, supongo que todos tenemos derecho a equivocarnos. En cambio no me sorprende que ella haya aprovechado la oportunidad. No, no puedo enrostrárselo, por más que todavía me acuerde bien de lo mucho que me costó convencerla para que te trabajara, pues decía que eras un boludo. Claro que eso fue al principio. Luego, una vez que comprobó cómo podía manejarte con facilidad, garroneándote una ponchada de plata, desaparecieron las quejas. Por eso, como digo, no me sorprende que aproveche la ocasión. Después de todo, supone la posibilidad de vivir cómoda y holgadamente durante el resto de su vida.

—Vé al grano. Tus opiniones sobre Irma no me interesan —le enjareté con rudeza. Pero él sonrió cínicamente, antes de continuar:

—¡Oh, claro! Por supuesto. Discúlpame. Es sólo que pensaba que podía interesarte, ¿sabés? La verdad es que he dudado entre avisarte o guardármelo en el buche. Y tal vez me he equivocado al decírtelo con tanta lisura. Pero, en fin, estoy seguro de que hago bien advirtiéndote sobre las mujeres en general y Eréndira en particular. ¿Sabés?, en este negocio mío, además de relacionarte con gente de todo tipo, malevaje en su mayoría, aprendes pronto a conocer el alma femenina. Eréndira, por ejemplo, siendo en apariencia tan tierna y complaciente, puede llegar a revirarse por puras pendejadas. Entonces no hay más remedio que pegarle un levante, para que no se te suba a las barbas, ¿sabés?, aunque te acuse de despotizarla. La verdad es que siempre ha sido bastante rebelde, y eso me ha ocasionado más de un problema grave. Tanto es así, que muchas veces he pensado que la yeta que sufro hace años es por su culpa.

—Entonces, supongo que estarás deseando desprenderte de ella.

¡Vóytelas! —exclamó con sorna—. Sos realmente muy listo. Pero no me gustan los regateos, ¿sabés?

—Dime, pues, el precio de una vez por todas.

—Está bien, impaciente, está bien. He hecho mis cuentas y digamos que me conformaría con seiscientas mil pesetas. —Mis facciones debieron expresar sorpresa, ya que se apresuró a decir—: Te parece mucho, ¿verdad? Quizá prefieras meditarlo. Si es así…

—¿Y cómo sé que, una vez que hayas recibido el dinero, vas a dejarla en paz?

—Ay, amigo Vicente. No pretenderás que redactemos un contrato y lo firmemos al calce, ¿verdad? Ante vos tenés a un caballero. Basta con mi palabra. En el momento en que yo reciba la plata, todo se hará tal y como acordamos, sin trácalas: Eréndira será libre y te la podrás llevar adonde quieras… si ella así lo desea. Te lo prometo. Pero te lo advierto —me dijo señalándome con el índice—: entonces ya no habrá marcha atrás, no habrá posibilidad de deshacer el acuerdo. ¿Okay?

—¿Qué quieres decir con eso? Por supuesto que no pienso echarme atrás.

—¿Aunque Eréndira, cuando se vea libre, no quiera irse contigo?

Las palabras de Paco, aderezadas con su pícara sonrisa, me anonadaron por un instante; pero enseguida reaccioné con firmeza:

—Eso no ocurrirá. Pero, aunque así fuera, te prometo que no te reclamaré nada.

A pesar de que sus ojos rebosaban sarcasmo, en su mirada atisbé cierto grado de sincera admiración.

—Tenés una fe ciega en ella, ¿verdad? —y sin esperar mi respuesta, meneó la cabeza compasivo—. ¿Estás de acuerdo?

—Sí.

—¿Cuándo recibiré la plata?

—Dispondré de ese dinero en pocos días. Te llamaré en cuanto lo tenga.

—¡Macanudo, che!

Dos días después de aquella entrevista, una vez que supe por mi primo que Paco no se hallaba en su casa, fui a ver a Irma. Ella y Ramón ya sabían qué cantidad de dinero exigía Paco, y ambos coincidían en que no debía fiarme de él. Irma me repitió que Paco era «muy trucha», una persona lista y taimada, con quien era peligroso tratar, ya que estaba acostumbrado a «encuartarse» en negocios muy turbios, en los cuales menudeaban los «trinquetes» y engaños.

—Desde luego, si después de pagarle no cumple lo acordado y sigue molestándola, puedes acudir a las autoridades, pero creo que no sería una buena solución. Irma tiene razón: Paco es muy peligroso —me advirtió mi primo.

—De todas formas, estoy dispuesto a correr el riesgo —les dije con decisión—. No me gusta pagar por la libertad de una persona. Os juro que me repugna participar en todo este… asunto, aceptando las condiciones de Paco. De alguna forma es como aceptar que todavía existe la esclavitud. Pero estoy convencido de que es la mejor manera de que tú, Irma, puedas vivir tranquila y libre el resto de tu vida. Tengo la impresión de que Paco respetará el acuerdo. En definitiva, es un hombre de negocios, aunque sus negocios sean nauseabundos. —Y acercándome a ella, la cogí de los hombros con ambas manos y, mirándola muy fijamente a los ojos, añadí—: Quiero que tengas una cosa presente y muy clara: A partir del mismo instante en que Paco reciba el dinero, debes sentirte completamente libre. Ya nadie tendrá ningún derecho sobre ti. Por lo tanto, si desearas entonces alejarte de todo y de todos para rehacer tu vida, incluyéndome a mí, debes hacerlo. Sin temor. Sin dudarlo. Te juro que yo lo comprendería.

Los ojos grandes y negros de Irma se trocaron en mares nocturnos en los que brillaba el reflejo de la emoción. Y mientras sus labios se acercaban a los míos, musitó:

—Eres un hombre maravilloso.

Unos días más tarde, tras recaudar el dinero requerido, telefoneé a casa de Ramón para quedar con Paco, pero mi primo me informó de que se hallaba fuera de Madrid.

—Antes de irse, tengo entendido que le dio instrucciones a Irma por si llamabas en su ausencia —me dijo—. Pero ella no está ahora aquí. Le diré que te llame en cuanto venga.

—No, voy para allá ahora mismo.

Cuando llegué a casa de Ramón, Irma ya estaba allí. Ella me explicó que Paco le había encargado que metiera el dinero en una caja de seguridad bancaria y que después podía marcharse.

—Es tanta la seguridad que tiene en sí mismo, que se fía de ella hasta en el último momento —comentó Ramón con admiración.

—Te acompañaré —le dije a Irma, deseando concluir con todo aquel trámite cuanto antes.

—No. Él quiere que lo haga yo sola.

—Es comprensible —opinó Ramón.

—Está bien. Pero date prisa. Lo tengo todo preparado y, en cuanto vuelvas, nos iremos a casa —le dije, dándole un beso y una bolsa de cuero repleta de billetes.

mujer feliz

Irma se fue con el dinero y, durante las dos horas siguientes, mi mente no dudó ni un sólo instante de que regresaría para marcharse conmigo a Castalla. Pero sería más acertado decir que no lo dudé conscientemente, pues recuerdo muy bien cómo, en el transcurso de aquella larguísima espera, mis pulmones tuvieron dificultades para respirar, mis estómago se encogió angustiado y mi corazón palpitó atribulado, hasta que, por fin, ella reapareció radiante y feliz.

XVIII

Como consecuencia de mi regreso a casa en compañía de Irma, se produjo el choque de dos realidades muy distintas de mi propia vida: la de Castalla y la que vivía en Madrid, que hasta entonces se habían desarrollado por separado, sin apenas conexión entre ambas, pero que ahora, con la llegada de Irma a L’Olivar, se mezclaron y confundieron, transformándose en una tercera y nueva realidad.

El día siguiente fue luminoso, con un sol radiante luciendo en el cielo desde el alba. Un día en el que se inició una nueva época en L’Olivar, durante la cual se produjo un proceso de transculturación lento pero continuado, motivado por la influyente personalidad de Irma. Pues si bien ella supo amoldarse a su nuevo hogar con rapidez, lo cierto es que, a la postre, fue Irma quien desequilibró ese proceso a su favor, de tal manera que la propia Castallana llegó a conformarse con la nueva situación. Y eso que, cuando le anuncié por teléfono la llegada de una nueva señora, tan peculiar por no estar casada conmigo, me advirtió:

Piénsatelo bien, hijo mío. Mira que te crearás mala fama.

—Eso no me importa. Estoy muy enamorado de ella, Adela. La quiero con toda mi alma.

—¡Ay, Vicente! Por lo que me dices parece que estás sintiendo el amor de verdad, y eso me alegra por ti, pero a la vez me preocupa. No en vano se dice que donde hay amor hay dolor, porque los amores entran riendo y salen llorando y gimiendo.

—Con Irma no será así. Presiento que seremos felices siempre.

—Ojalá —suspiró—. Ojalá, Vicente. Dios te oiga.

Las relaciones entre Irma y la Castellana se iniciaron bajo el signo de la buena voluntad por parte de ambas, pues eran conscientes de lo importante que era para mí que se llevaran bien, por lo mucho que las quería a las dos. La Castellana sabía que yo amaba a Irma como nunca antes había amado a nadie y ésta sabía que yo respetaba a la anciana como si fuera mi segunda madre.

Muy pronto supo también Irma ganarse el respeto y las simpatías de los demás habitantes de L’Olivar. Con el señor Marín, el trato fue afable desde el primer día, a pesar de las incorrecciones que ambos cometían. Estas incorrecciones mutuas podían haber ocasionado más de un disgusto, si no llega a ser porque yo, siempre atento al principio para evitar tales malentendidos, les expliqué a cada uno que eran simples imprecisiones motivadas por la peculiar manera de hablar y de expresarse que cada cual tenía. Así, cuando noté que el señor Marín se sentía molesto porque Irma le llamaba «chofer», con esa acentuación aguda característica de los latinoamericanos, enseguida la excusé explicándole que aquello no debía tomárselo como algo despectivo, como una desconsideración a su valimiento, sino como fruto de una costumbre que ella había adquirido al haberle conocido cuando vino a recogernos a la estación, conduciendo el coche.

—Ya entiendo que no se trata de un término descriptivo, pero me gustaría que la señora se dirigiera a mí según es nuestra costumbre.

—Así será. Entretanto, le ruego que tenga un poquito de paciencia —le pedí.

Del mismo modo, cuando el mayordomo escandalizaba a Irma con alguna de sus frecuentes confusiones parónimas, a pesar de haberle explicado a ella muchas veces cual era el motivo original de aquellas incorrecciones, yo me apresuraba a aclararle el verdadero significado de lo que él quería decir, haciéndole ver que, muy al contrario de lo que parecía, en vez de insultarla la estaba halagando. Así sucedió, por ejemplo, cuando, cierta noche en que ella lucía un precioso vestido fucsia, el señor Marín la piropeó, diciéndole:

—Permítame la señora que le diga que está bellísima de furcia.

La jovialidad de Irma también facilitó su comunicación con Joanet. Aunque me pareció percibir cierta aprensión en la mirada que ella le dirigió a la joroba cuando le presenté al masero, enseguida se sobrepuso, dibujando en sus labios esa sonrisa tan cautivadora con la que sabía encandilar a quien la miraba. Menos fluida fue la comunicación entre Irma y Migueli, el cual solía venir por la finca en su furgoneta un par de veces cada semana. Pese a la buena voluntad que ambos ponían por entenderse, el gitano terminaba casi siempre por evidenciar su contrariedad al no comprender lo que ella «chamullaba», tartamudeando e implorando mi auxilio con la mirada. Luego, cuando Migueli se marchaba, Irma se lamentaba de no haber entendido buena parte de lo que él había «cancaneado».

Con la única persona con quien Irma parecía no llevarse bien desde el primer momento fue con Mariano. El administrador se había convertido en un verdadero factótum por tener autorización mía para hacer y deshacer en asuntos económicos sin necesidad de consultarme. Tenía noticias de que su patrimonio en Alcoy había crecido mucho más de lo que cabía esperar de un sueldo como el suyo, que aun siendo elevado no parecía alcanzar el nivel suficiente como para sufragar tanto gasto, pero aquello no me preocupó. Daba por hecho que Mariano desviaba algo de mi dinero hacia su bolsillo, pero suponía que eran cantidades poco importantes, que podía considerar como un plus o sobresueldo. Alguna que otra vez, casi siempre coincidiendo con el cambio estacional, le pedía un informe sobre el estado de cuentas y, comoquiera que todas las veces el resultado final era tranquilizador, dejaba que siguiera su trabajo sin mayor problema ni control. Por eso, acostumbrado como estaba a que nadie le importunara en su despacho cuando se encontraba trabajando, Mariano se sintió amenazado y molesto cuando Irma entraba en él para incordiarle con preguntas y observaciones. Mirándola por encima de sus gafas de concha y con la perilla de chivo temblándole nerviosamente, el administrador se limitaba a responderle con monosílabos, tratando de atemperar su indignación por la manera tan directa y tosca como pretendía inspeccionarle, pero jamás le dio una mala contestación. Sus quejas se las reservaba para insinuármelas a mí en privado y de una forma tan educada, que a veces parecían disculpas propias; pero que no cayeron en saco roto, ya que le pedí a Irma que no le importunara en tanto trabajaba.

—Es un hombre de mi total confianza, a quien le gusta trabajar solo. Comprende que tus frecuentes visitas pueden llegar a molestarle —le dije.

—Pues yo de ti no me fiaría tanto de ese jabato —me replicó ella, pese a lo cual interrumpió sus incursiones al despacho de Mariano.

No obstante, cierto tiempo después, volvió a retomar aquella costumbre; pero curiosamente el administrador no sólo ya no volvió a quejarse, sino que además parecía agradarle las visitas de la señora.

En cuanto a nuestra vida en común, desde el mismo día de nuestra llegada, Irma y yo vivimos tan felices como había deseado. Mis temores de no saber responder con acierto a sus deseos, a su vitalidad, se vieron disipados cuando comprobé la felicidad que irradiaba desde que se levantaba hasta que se acostaba, e inclusive mientras dormía. Pese a nuestra diferencia de edad, Irma fue capaz de rejuvenecerme, engatusándome siempre con sus embelecos para que la complaciera en todo.

—A buey viejo, cencerro nuevo —había ironizado cierta vez la Castellana al principio de nuestra llegada; pero, meses más tarde, al ver cómo me había cambiado el empuje de Irma, también la anciana se vio obligada a reconocer mi transformación—: ¡Válgame el cielo, Vicente, pareces un chiquillo! ¡Nunca te había visto con tanta vitalidad y alegría!

Y es que la sonrisa y los ojos lanceolados de Irma ejercían sobre mí un poder en verdad impresionante. Ya en aquellas primeras Navidades que celebramos juntos en L’Olivar consiguió que yo me comportase como un adolescente, cantando en su compañía villancicos mexicanos y españoles con ayuda de panderetas y zambombas, alrededor de un belén y un árbol navideño adornado con espumillones, oropeles y serpentinas.

—Todo lo previsible es aburrido —solía decirme para justificar su gusto por la improvisación.

Nunca se planteaba lo que iba a hacer al día siguiente. Cuando se despertaba, me deslumbraba con su sonrisa y me animaba con espontaneidad a que fuéramos inmediatamente a bañarnos a la piscina, o a pasear por el campo, o a pasar el día en Alicante. Entonces yo la seguía contagiado por su alegría de vivir y decidido a no separarme de ella ni por un instante. Y mientras la veía chapotear en la piscina, o cepillándose el cabello, o acariciando a Realenga (la gata que había adoptado como mascota, tras festejar su independencia y la intrepidez con que «se empericaba» a las ramas de los árboles para cazar pájaros), me preguntaba cómo era posible que ella me quisiera, que realmente estuviese enamorada de mí. Entonces me respondía que tal vez lo que más la atraía de mí era mi carácter apocado y enfermizo, del mismo modo que lo que más atrajo de Chopin a la sólida, jovial y mundana George Sand fue su debilidad y timidez. Desde luego era consciente de que yo no era un compositor genial, pero quería creer que sí poseía una sensibilidad capaz de enternecer y conquistar el corazón de aquella maravillosa mujer que había decidido compartir su vida conmigo. Una sensibilidad que además era asistida por una gran generosidad, ya que fueron muchos los regalos que le hice como demostración de mi agradecimiento y felicidad: vestidos y perfumes carísimos, joyas, viajes, un cabriolé y, lo que me supuso un mayor sacrificio, una sinfonola que colocó en el salón y que, cada vez que ella ponía en funcionamiento, inundaba la casa de una música estridente, incompatible con mis discos clásicos.

XIX

Pocos meses después de nuestra llegada, Irma promovió algunas reformas en L’Olivar. Además de convencerme para que la alberca se convirtiera en una piscina (aunque curiosamente siguió llamándola alberca), me pidió que se colocara parqué en las principales estancias del mas y que se instalara una mesa de billar en el salón, junto a la sinfonola. Hasta ahí todo fue tan bien que deseé culminar aquellas reformas rebautizando la finca en honor a Irma, empleando su nombre como epónimo y sustituyendo el cartel de L’Olivar que había en la entrada, por otro que decía: Irminia.

sinfonola

Pero los problemas surgieron cuando Irma decidió reformar también la cocina, empeñándose en darle un aire más moderno, con muebles más alegres, «si acaso respetando algún detalle rústico», como el techo de madera machihembrada y la recuperación del aljibe, «inútil pero decorativo». Mas aquel instrusismo en su feudo fue algo que la Castellana no estaba dispuesta a tolerar así como así. Hasta entonces, aquellas reformas en el mas, aunque le parecían ridículas o frívolas, las asumió con resignación, pero en cuanto Irma quiso irrumpir en su cuina, cambiándolo todo e instalando cosas tan inservibles como un horno eléctrico, estando aún en buen servicio el de leña, la Castellana se opuso frontalmente. Y si bien al final no tuvo más remedio que acatar los deseos de la nueva dueña, ya que «mejor es doblar que quebrar», según me respondió cuando le rogué que aceptara tales cambios, lo cierto es que aquello supuso el comienzo de un conflicto soterrado y creciente entre ambas mujeres. Pues en adelante la Castellana no desaprovechó las pocas ocasiones en que nos hallábamos a solas en una misma habitación, o cuando se cruzaba conmigo, para soltarme algunas pullas, mucho más abundantes en refranes que de costumbre. Como esa vez que, haciéndose la encontradiza, me espetó en voz baja:

—Escúchame atento, Vicente, que por tu bien creo que ha llegado el momento de llamar al pan, pan, y al vino, vino. Bien sé que estás enamorado y que por lo tanto eres prisionero de una ciega pasión, mayor aún que la de los jóvenes, pues la leña cuanto más seca más arde, pero he de advertirte de la constante mudanza de las cosas de este mundo, y si ahora te parece que todo lo que hace esa mujer es perfecto, bien llegará el día en que te darás cuenta de que tal perfección es ilusoria, que por dama que sea, no hay ninguna que no se pea, pero para entonces es posible que ya sea demasiado tarde y que el daño hecho sea irreparable.

—Estás exagerando, Adela —la amonesté, molesto por el modo como hablaba de Irma—. Me parece que ella se porta muy bien con todos, y que las cosas que hace no pueden perjudicarnos. No es perfecta, ya lo sé, pero es una mujer dulce y buena.

—Como te decía, bien se ve que sigues ciego de pasión —me replicó ella—, pero yo ya he cumplido avisándote.

Por su parte, Irma comenzó a quejarse amargamente del comportamiento de la Castellana, puesto que, según ella, cuando no estaba dormitando en su mecedora, «desguanzada de puro tomar», se pasaba el día «chancleteando» por la casa, ocasionando más de un «quebrazón» por culpa de su torpeza. Un día era la rotura de unos platos, otro día era la de una prenda de vestir, como aquella minifalda desgarrada que me mostró profundamente indignada, acusándola de haberlo hecho adrede:

—Estas garras no se hacen solas. Ha sido ella.

—Mujer, no creo que haya sido ella —le dije con ánimo de apaciguar su enfado y buscando una causa más razonable—. Probablemente lo ha hecho un animal, casi seguro que un gato, mientras la falda estaba tendida para secarse en el patio.

—Sí, claro, ahorita la culpa va a ser de la pobre Realenga, ¿no? —protestó.

—No sé, pero de lo que estoy seguro es de que Adela no es capaz de hacer tal cosa. Es una mujer mayor, llena de achaques y algo cascarrabias, pero es una buena persona.

—A lo que te hablo de ella, te haces el ciego y el sordo. Pero mira lo que te digo: No más tienes que ver cómo apura los vasos de vino, para comprender el verdadero motivo de sus achaques y torpezas. Ella, que por su edad sólo está para agüitas… Pero lo peor no es eso, no. Lo peor es la manera como protesta por todo, repelando a mis espaldas.

Sabía que últimamente la Castellana bajaba a la bodega con más frecuencia de lo acostumbrado, donde llenaba las garrafas que luego subía al rebost. Y también sabía, porque más de una vez así la había sorprendido, que mientras el vino caía de la tinaja a las garrafas, ella aprovechaba para embocarse el gollete de una botella que se tragaba casi entera durante la espera. Por eso le reconocí a Irma que tenía razón en esa cuestión, prometiéndole que intentaría convencer a la Castellana para que variase su conducta y su desmesurada afición vitivinícola. Pero, tal como me temía, mi conversación con la anciana resultó infructuosa:

—¡Ay, hijo mío, qué vergüenza! ¡Mira que reprocharme que me tome un par de sorbos de vino al día! ¡A qué extremo hemos llegado! ¡Qué verdad es esa de que dos que duermen sobre un colchón se vuelven de la misma opinión! Porque está claro como el agua que esto no ha nacido de ti, sino de esa mujer con la que te acuestas. Se ve que está preparando el camino para deshacerse de mí. ¡De fuera vendrá quien de casa te echará!

—Por Dios, Adela, que no es eso. Sólo quiero que te cuides, que no bebas tanto.

—Déjate de monsergas, que cada uno sabe dónde le aprieta el zapato. Precisamente porque soy una vieja es por lo que bebo ahora un poco más de lo que he bebido siempre. Es lo mejor para los achaques. ¿Sabías que hasta hace poco los ricos tomaban láudano a partir de cierta edad para no sentir las molestias propias de la vejez? Ahora ya no porque lo han prohibido. Dicen que crea hábito. ¡Hay que joderse! Como si eso importara cuando eres viejo y está ya más cerca del otro mundo que de este. Pero, por suerte, a los pobres aún no nos han quitado el vino. Y de eso yo me aprovecho. A mala cama, colchón de vino, sí señor. ¿Y sabiendo esto quieres que lo cambie por el agua? ¡Vamos, anda!

—Está bien, haz lo que quieras. Es tu cuerpo y tu vida. Pero, por favor, no dejes que el alcohol te haga decir cosas que dañen a Irma y de las que después estoy seguro que te arrepientes. Ella no quiere deshacerse de ti, te lo aseguro. Sólo está preocupada porque cree que bebes demasiado.

—Y eso me hace hablar más de la cuenta, ¿no? Pues sí, tiene razón, que después de beber cada uno da su parecer. Pero que tenga en cuenta también que los borrachos, como los tontos y los niños, dicen siempre la verdad.

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