15.ª entrega: Desengaño

15.ª entrega: Desengaño

Desengaño | 1996 | 13. Sandra terminó de leer el segundo libro de actas justo cuando su hija entraba de nuevo en la alcoba. La acompañaba Esperanza, que le preguntó desde el tranco de la puerta:

—¿Va a cenar algo?

—No, gracias. No tengo apetito. Puedes irte ya.

—Bien. Hasta mañana.

Esperanza se fue y Carmen se acercó a la cama. Se había puesto ya el camisón y estaba dispuesta a hacerse la remolona para retrasar su marcha al dormitorio contiguo. Sandra la miró y enseguida supo lo que estaba pensando. Nunca le había gustado la idea de ir a vivir a Castalla, pero ya llevaban allí medio año y parecía que estaba acostumbrándose con rapidez a esa nueva forma de vida, a sus nuevos amigos y compañeros. Pero esos desdichados y macabros descubrimientos la habían sobresaltado tanto que nuevamente añoraba su anterior vida en Madrid. Paradójicamente, en la gran capital se había sentido más segura y tranquila que en ese lugar, en la finca, rodeada de campo, plantas y animales, pero con muertos que reaparecían de improviso y por doquier.

Detrás de los cristales de las gafas, Sandra descubrió en los ojos marrones de su hija un brillo de súplica. Pero sabía que no se lo pediría de palabra. Aunque niña, Carmen tenía la suficiente capacidad de raciocinio como para comprender que era imposible que su madre dejara todo de repente, en especial su nuevo trabajo en la Universidad, para llevarla de vuelta a Madrid.

Carmen se abrazó a su madre y le rogó que la dejara dormir con ella esa noche.

—Está bien, pero quiero seguir leyendo. Así que iré al despacho.

—No, no. Quédate aquí, en la cama. A mí no me molesta la luz de la lamparita y me dormiré enseguida. Te lo prometo.

Sandra besó a su hija en la frente y luego se levantó de la cama para desvestirse y ponerse el camisón. Se acercó al tocador y, como cada noche, se dedicó a su limpieza de cutis.

14

Al mismo tiempo que Sandra empezaba a desmaquillarse, Javier Mínguez y su compañero se apeaban del Peugeot 305. Habían tardado poco más de quince minutos en recorrer la distancia existente entre El Olivar y el lugar de Ibi en donde se hallaba el Depósito Municipal. En ese tiempo, pese a cruzar algunas palabras con el sargento uniformado, Javier no dejó de cavilar acerca de Irma, esa mujer mexicana que viviera en aquella finca de Castalla dos décadas atrás. Pero tales cavilaciones cesaron cuando bajó del coche y se dirigió junto a su compañero a la entrada del depósito. Allí había un número que les saludó, al tiempo que el suboficial de paisano le enseñaba su credencial. Acto seguido, les informó que el médico aún no había terminado de analizar los restos.

Javier miró su reloj: eran las diez y cuarto de una noche muy fría.

—Podemos volver mañana temprano —propuso el sargento. Pero Javier había contactado telefónicamente con el forense antes de salir de Alicante, y éste le había prometido informarle personalmente en cuanto acabara de examinar los restos. De ahí que respondiera:

—No. Prefiero esperar.

El sargento se encogió de hombros.

—Bueno; pero por lo menos podíamos esperar en un sitio más caldeado, cenando o tomando un café calentito, ¿no te parece?

—Sí, supongo que sí —aceptó Javier.

—Sé de un bar que no está muy lejos y que cierra más tarde de medianoche. Allí podremos picar algo y esperar —dijo el sargento.

—De acuerdo.

El sargento le ordenó al número que le dijese al forense en dónde estarían esperando, y luego ambos suboficiales se alejaron del depósito municipal.

15

Mientras los dos guardias civiles entraban en el bar de Ibi donde habían decidido cenar, Sandra abría el tercer libro de actas. Estaba acostada en su cama y su hija acababa de dormirse a su lado.

LIBRO III

I

De vuelta a Castalla, me encontré con que los problemas que había dejado pendientes de resolver se habían agravado hasta límites verdaderamente alarmantes.

Virtudes me recordó la necesidad de contratar a más personal de servicio, ya que ella no podía con toda la faena cotidiana, y aunque yo me mostré de acuerdo, le pedí que aguantara un poco más de tiempo, pues antes precisaba atender otras cuestiones más acuciantes, como aquellos avisos bancarios tan urgentes y serios que había recibido últimamente, algunos remitidos por el departamento jurídico de uno de los bancos con el que había trabajado mi familia desde antes incluso de que yo naciera. Por lo visto, llevaba ya más de medio año con las cuentas en saldo negativo, por lo que se habían acumulado media docena de plazos impagados, de un préstamo que yo no recordaba haber pedido, pero cuya deuda superaba los dos millones de pesetas.

Telefoneé a Mariano a su casa para pedirle que me ayudara a salir del apuro, o por lo menos para que me explicara el estado real de mis finanzas, pero me dijeron que se hallaba fuera, en Valencia, y que no sabían cuando pensaba volver. De manera que no tuve más alternativa que encerrarme en el despacho que fuera del administrador para tratar de averiguar las causas de lo que estaba sucediendo.

Durante un día y una noche, sin apenas levantarme del sólido butacón de roble y cuero con herrajes dorados en que ahora mismo estoy sentado, y que entonces estaba tras la mesa que fuera de Mariano, me dediqué a revisar los archivos, a ordenar los rebujos de papeles que hallé en los cajones, para luego espulgar con detenimiento los libros de contabilidad, cotejando con ellos cuantas facturas, documentos y registros bancarios había encontrado. Al final, y a manera de resumen, descubrí que, a lo largo de los últimos cuatro años, no sólo se le había asignado a Irma una suma mensual cada vez mayor para gastos sin justificar, sino que además, y durante el mismo periodo de tiempo, se habían transferido mensualmente a la cuenta de mi primo Ramón cantidades de dinero muy superiores a las que yo había estipulado. Para poder hacer frente a ambas asignaciones mensuales, que en los dos años postreros alcanzaban cifras muy por encima de las que reflejaban mis ingresos, se había recurrido a la regalía de La Espartosa, se habían vendido los pocos pisos que me quedaban en Madrid, así como buena parte de mis acciones en la inmobiliaria madrileña, y se habían pedido varios préstamos millonarios que habían sido avalados con la propia Espartosa y con la joya de mi patrimonio: L’Olivar; y precisamente estas fincas, mis posesiones más valiosas y queridas, eran las más amenazadas a causa del impago de los intereses y amortizaciones de capital de los préstamos más importantes.

Pero lo que más me abrumó fue descubrir que todo ello se había llevado a cabo con mi aparente consentimiento, ya que todos los documentos contaban con mi auténtica firma, incluidos los que disponían esos incrementos espectaculares de asignaciones para Ramón e Irma. Me resultó doloroso comprobar que, para realizar tales operaciones, Mariano había abusado de mi confianza. Aunque suponía cierto riesgo, él supo cuándo y cómo colocar cada papel bajo mi pluma, quizá escondidos entre otros documentos más rutinarios, para que yo los firmase sin leerlos, como solía hacer en la mayoría de las ocasiones, pues detestaba permanecer mucho tiempo junto a ese nacido de rodillas, que tanto me agobiaba con sus rastreros halagos.

Yo estaba preparado para encontrar complejas trabacuentas con que él pudiera haberse beneficiado, e incluso no me hubiera extrañado mucho exhumar, entre tanto revoltijo de papeles, algún pequeño desfalco, pero descubrir que yo mismo había propiciado mi más que probable ruina por culpa de mi estúpida ingenuidad, me dejó perplejo.

Mi aturdimiento duró horas, en el transcurso de las cuales mi mente sólo fue capaz de centrarse en la resolución de una incógnita: ¿qué había sacado Mariano de todo aquello? Nada de lo que había reflejado en los libros y documentos respondía a esa pregunta, pero al final llegué a la conclusión de que la venalidad de Mariano debió de ser puntualmente recompensada todos los meses con un porcentaje de cada una de aquellas asignaciones tan sustanciosas que, gracias a él, recibieron Irma y Ramón.

Mas aquel descubrimiento, aunque sumamente revelador, no resolvía mis acuciantes problemas económicos, por lo que decidí seguir el consejo de Rafael Amorós, acudiendo en solicitud de ayuda al gabinete de asesoría fiscal y financiera de Madrid que gestionaba los beneficios que me correspondían por la inmobiliaria alicantina.

Cumpliendo con lo que me recomendó por teléfono el señor Ramírez, director-gerente de la Asesoría, me presenté dos días después en las oficinas situadas en la madrileña calle de Serrano, con todos los documentos que encontré en el estudio de Mariano metidos en dos voluminosas carteras de cuero.

El señor Ramírez me recibió en su despacho y, después de traspasarle las carteras repletas de papeles a uno de sus empleados, me prometió que me telefonearía en cuanto tuviera sobre su mesa el informe que, de inmediato, se disponían a preparar sus más eficaces colaboradores.

—¿Se quedará en Madrid entretanto o le he de llamar a su casa, en Alicante?

Titubeé antes de responderle, pues, a pesar de haberme hospedado en el hotel Palace la noche anterior, hasta ese momento no había pensado si iba a quedarme o no durante mucho tiempo en Madrid. Quizá, me dije a mí mismo, aunque sin dejar de mirar al gerente, durante todo ese tiempo había tenido decidido permanecer en la capital los días que fueran precisos para encontrar a Irma y hablar con ella, pero no fue hasta ese instante, al encontrarme ante la necesidad de contestar aquella pregunta, cuando fui consciente realmente de mis intenciones.

—Probablemente me quedaré unos días. Me hospedo en el Palace.

—Muy bien. Es posible que nos veamos en la obligación de pedirle algún dato, algún documento más, y siempre será mejor que le tengamos cerca. De todos modos, espero que las molestias sean mínimas.

—Las molestias no me importan. Lo interesante es que puedan ayudarme a normalizar mi situación económica lo más rápidamente posible.

—Le aseguro que ya están trabajando en ello mis mejores hombres. En cualquier caso, tal y como le avancé por teléfono, ha sido una suerte que usted decidiera en su día diversificar riesgos, confiándonos la administración de parte de sus bienes, a la postre los más positivos. Y precisamente el sanísimo estado de sus finanzas por nosotros administradas nos permite ver el futuro con relativo optimismo. Pero, de todas formas, el hecho de que esta vez le haya beneficiado tal división de responsabilidades de gestión, no quiere decir que en el futuro deba seguir así. Ya le recomendé en su día la conveniencia de que tuviera un único administrador…

—Si ustedes me sacan de este aprieto sin necesidad de deshacerme de lo más querido de mi patrimonio, le prometo que, en adelante, serán los únicos que gestionen todos mis bienes —y si bien añadí con pesimismo—: Los que me queden… —la sonrisa de mi interlocutor mientras nos dábamos la mano me proporcionó cierta dosis de confianza.

—Ah. Una última cosa —le dije antes de salir de su despacho—. Me gustaría que me hicieran saber si existe alguna irregularidad punible, cometida por el anterior administrador.

—Desde luego. Si hallamos el más mínimo indicio delictivo, siquiera doloso, lo haremos constar en el informe que le presentaremos. Entonces será usted quien decidirá si quiere presentar o no denuncia contra su anterior administrador. Llegado el caso, podrá contar con los servicios de nuestro departamento jurídico; si es que así lo desea, naturalmente.

abogada en el fruto de la melancolía

Mientras salía del edificio donde se ubicaba la asesoría, recordé aquella anécdota confuciana que, muchos años atrás, me contara mi tío Vicente acerca del primer abogado chino, y ya entonces decidí que, por muy graves que fueran los delitos que pudiera haber cometido Mariano, nunca me pondría de motu proprio en manos de abogados para vengarme. Claro que, por esas fechas, yo ni siquiera podía imaginarme que el azaroso Destino se encargaría pocos años después de castigar esa aversión mía hacia la abogacía, convirtiéndote en una eminente letrada.

II

Aquella misma tarde, tras salir de la asesoría, fui hasta la casa de mi primo, pero no encontré a nadie en ella. El portero me informó que Ramón había pasado por allí la semana anterior, en compañía de la misma señora que ya viviera allí unos años atrás, pero que sólo habían estado dos días, lo justo para recoger algunas cosas y poner la vivienda en venta. Luego, se habían vuelto a ir, sin especificar adonde.

—Pero lo que sí le puedo asegurar es que don Ramón tiene mucha prisa por vender el piso. ¡Ay, si su padre levantara la cabeza! ¡Con lo que quería y cuidaba su casa don Vicente, que en paz descanse!

—¿Sabe si le ha encargado la venta a alguna agencia?

—Pues sí. Sí que se la ha encargado a una agencia, pues me pidió que colaborase con los vendedores cuando vinieran por aquí, dejándoles las llaves del piso que yo tengo.

—No he visto ningún cartel…

—No me dijo nada de que fueran a poner ninguno. Quizás no quería estropear la fachada con uno de esos letreros tan horrorosos. No sé… Pero sí que me dio una tarjeta, por si acaso me enteraba de alguien que estuviera interesado en comprar la casa.

El portero me mostró la tarjeta y yo me anoté el nombre de la agencia y su número de teléfono. A la mañana siguiente, desde mi habitación del hotel, llamé a dicho número telefónico y, después de identificarme como pariente del propietario de aquel piso en venta, pregunté si sabían en donde podía encontrarle, o si les había dejado algún teléfono donde llamarle, pero me contestaron con una negativa. Mi primo les había advertido que iba estar ausente de Madrid durante una temporada y que sería él quien les telefonearía de vez en cuando para saber si ya habían vendido la casa.

Convencido de que Ramón e Irma se escondían de mí, decidí averiguar como fuera el lugar donde se hallaban. En mi alma crecía cada día más la necesidad de volver a ver a Irma, aunque fuera la última vez, para convencerme, mirándola fijamente a los ojos, de lo que ya hasta la fibra más candorosa de mi corazón sabía: que durante ese lustro en que habíamos compartido casa y lecho, ella nunca había dejado de ser Eréndira. Así que fui en busca de Miguel Ángel Amorós, al que hallé aquel mediodía en un restaurante muy cercano de mi hotel, en la carrera de San Jerónimo. Su secretaria se había mostrado remisa a indicarme el lugar donde podía localizarle, pero mi insistencia y mi resolución de esperarle en la sala contigua a su despacho, en la Facultad, durante el tiempo que fuera preciso, acabaron por convencerla.

La cabeza redonda y calva de Miguel Ángel me delató su presencia en cuanto entré en el comedor. Compartía mesa con un periodista muy famoso que había sido director del periódico «Pueblo» y que aparecía con cierta asiduidad en la televisión como comentarista político, pero al que yo había conocido muchos años atrás, en la posguerra, cuando dirigía el diario «Información» de Alicante, y precisamente en la finca veraniega de los Amorós, en El Acebuche, durante uno de aquellos saraos que organizaba el padre de Miguel Ángel y a los que invitaba a las personalidades alicantinas más influyentes. Pero sin lugar a dudas él no se acordaba de mí, ni siquiera remotamente, tal y como evidenciaron sus ojos miopes cuando me miraron sorprendidos al irrumpir sin la menor consideración. Mis prisas y mi decisión de sonsacarle a Miguel Ángel la información que deseaba (conocedor además de que él había participado en toda aquella trama de engaño y traición de la que yo había sido víctima durante tanto tiempo), me impelieron a acercarme a su mesa para interrumpir sin la menor cortesía su comida y conversación con tan prestigioso acompañante.

—Necesito hablar contigo urgentemente —le exigí sin ambages y con su mano aún apretada a la mía.

—Pero, ahora… —balbuceó con su voz de falsete y el cuerpo medio incorporado, sin dejar de mirar a través de sus lentes ora al periodista ora a mí.

—Será sólo un momento, pero es preciso que hablemos ahora mismo —le insistí con resolución, sin concederme ni un pestañeo de duda.

Miguel Ángel adivinó enseguida que no podía deshacerse de mí, de manera que aceptó a salir conmigo del comedor, no sin disculparse previamente ante su acompañante con una sonrisa nerviosa. Ya en la barra que había a la entrada del establecimiento, sin querer ocupar ninguno de los taburetes vacíos, para así forzar la fugacidad de nuestro encuentro, me espetó:

—¿Pero se puede saber qué pasa? ¿Por qué me asaltas de esta manera? ¡Qué va a pensar mi invitado! ¿Acaso no sabes quién es?

—Me importa un bledo, Miguel Ángel. Y si quieres volver pronto con él, contéstame sin rodeos: ¿dónde puedo encontrar a Irma?

Miguel Ángel me enseñó su dentadura pectiniforme al forzar una mueca que pretendía ser una sonrisa tranquilizadora.

—Ah, vamos, se trata de eso —y encogiéndose levemente de hombros—: No tengo ni idea.

—Escúchame bien, Miguel Ángel. Se me está agotando la paciencia. Nadie es como se cree que es, sino como lo ven los demás, y yo acabo de descubrir que, durante toda mi vida, los demás siempre me habéis visto como un mequetrefe, como un pobre idiota del que es fácil burlarse con total impunidad. Pero eso ya se ha terminado, ¿me oyes? Así que no me vengas con evasivas y tonterías. Dime donde está Irma y podrás continuar comiendo tranquilamente con ese señor tan importante. De lo contrario…

—Joder, Vicente. Jamás te había visto así —murmuró Miguel Ángel con los ojos muy abiertos, pasmado, sinceramente impresionado de la ira que reflejaban mis palabras y mi mirada—. Pero te aseguro que yo no he tenido nada que ver con lo que ellos te han hecho…

A pesar de tener ambas mandíbulas pegadas con rabia, no pude reprimir una sonrisa irónica:

Excusatio non petita, acusatio manifiesta.

—No, Vicente. De veras, yo no…

—Sólo quiero saber donde está Irma.

—¡No lo sé! —explotó, levantando la voz y ambos brazos, en señal inequívoca de impotencia.

—Pero estuvisteis los tres juntos en El Acebuche, escondiéndoos de Paco.

Su turbación le hizo palidecer, al mismo tiempo que volvía a bajar la voz para explicarme:

—Bueno, sí, es verdad que los tres pasamos unos días allí, pero yo no me escondía. Eran ellos los que temían que Paco…

—¿Y ahora? ¿Dónde están ahora?

—Joder, Vicente, ya te he dicho que no lo sé. De verdad.

—Ya no te puedo creer —le dije con rotundidad. Pero sospechando que en esta ocasión sí que estaba siendo sincero, y sabiendo que, en cualquier caso, ya no iba a sacarle la información que deseaba, le di la espalda y me marché sin despedirme de él.

Tres días más tarde regresé a Castalla. Previamente había recogido el informe de la asesoría, el cual me fue entregado en mano por el señor Ramírez, y que venía a decir, de manera más extensa y concienzuda, lo que él me anticipó verbalmente:

—Por lo que usted nos ha contado, es seguro que su administrador actuó de mala fe. Pero no se le puede acusar de ninguna irregularidad fraudulenta. Todo cuanto hizo está bien respaldado por documentos y autorizaciones debidamente firmados por usted.

En cuanto a la solución mejor para resolver los problemas que me apremiaban, ellos me proponían, y yo acepté, la enajenación de La Espartosa y la venta de las participaciones que me quedaban de la inmobiliaria madrileña, así como una mínima parte de las acciones que ellos administraban, correspondientes a una empresa hidroeléctrica.

—Con el dinero así recaudado, podrá hacer frente a todas las deudas y conjurar el peligro de perder también su casa… —y consultando sus papeles, aclaró—: La finca El Olivar, ¿no es así? —Asentí con la cabeza. Estaba completamente deshecho por culpa de tanta decepción y desengaño, pero al menos tenía fuerzas para luchar por mi propio hogar, a donde estaba deseando regresar para refugiarme entre sus paredes por el resto de mi vida—. De todos modos, como ya le dije, según nuestros cálculos, si el resto de las inversiones bursátiles que nosotros le gestionamos siguen la pauta esperada, y los beneficios de su empresa alicantina continúan siendo igual de cuantiosos, no tiene por qué sufrir nunca más ningún sobresalto como éste.

III

Aquel invierno lo pasé íntegramente en L’Olivar, sin salir de la finca. Sólo al principio, recién llegado de mi último viaje a Madrid, estuve tentado de ir hasta Alcoy para encararme con Mariano y exigirle una explicación por su felonía, pero fui demorando aquella salida a medida que me fueron venciendo las ganas de descansar, de permanecer confortablemente encastillado en mi hogar y de tratar de olvidar. Olvidar todos los desengaños y todas aquellas personas que tanto me habían dañado… menos a Irma, pues únicamente la certeza de encontrarla me hubiera empujado a salir de mi casa.

Pero el olvido no fue posible, por más que lo intenté encerrándome la mayor parte del tiempo en la biblioteca, releyendo mis autores favoritos y escuchando la música que siempre me había embelesado. Y es que casi todas las oberturas y las arias, los adagios y los alegros, los conciertos y las sinfonías, me evocaban personas y momentos que me obligaban a mantener mis heridas bien abiertas y sangrantes. Debido a sucesivas asociaciones de ideas que, en ocasiones, no alcanzaba a comprender, cada vez que oía ciertas composiciones musicales, mi mente rememoraba con vivacidad determinadas experiencias, casi siempre dolorosas. Tampoco la lectura me ayudó a olvidar. En muchos de sus versos y renglones, los autores me hablaban de sentimientos, situaciones y personajes que me resultaban demasiado familiares, demasiado reales, demasiado recientes.

Pero si no era posible olvidar encerrado en la biblioteca, mucho más difícil resultaba intentarlo fuera de ella. Tanto dentro de la casa como en el resto de la finca existían infinidad de detalles que me obligaban a pensar en Irma casi constantemente. En más de una ocasión pensé por entonces en deshacerme de tales detalles, pero al final siempre los respetaba, pues no quería que, en el caso de que ella volviese, notara ningún cambio significativo. Y es que casi todos los días, siquiera por unos segundos, alimentaba todavía la esperanza de que Irma regresara a mi lado. Una esperanza que no obstante fue debilitándose conforme pasaron las semanas y los meses.

Y llegó una nueva primavera, con el renacimiento de la vida por doquier, aun cuando mi alma, cada vez más moribunda, no supo apreciarlo. Las plantas reverdecían en una explosión de vitalidad, pero aquella milagrosa regeneración pasó casi inadvertida para mí. Algunas mañanas, sentado en el patio, con la fuente riéndose descarada delante de mí y las plantas exhibiendo con arrogante silencio la exuberancia de sus hojas y flores, me asaltaban ciertos olores que rondaban mi alma, pero que ya no lograban filtrarse en su interior. Únicamente el perfume de las rosas conseguía estremecerme, al hacerme rememorar a una Irma alegre y añorada, pero las emociones que acompañaban a tales recuerdos resultaban demasiado amargas, intensamente amargas.

IV

Casi finalizando aquel año de 1973, tanto mis asesores financieros como yo entendimos que por fin había superado definitivamente la grave crisis económica a que me había visto abocado por culpa de la deslealtad de Mariano y mi propia ingenuidad. Aunque el precio había sido alto, ya que me había visto obligado a desprenderme, entre otras cosas, de La Espartosa, mis deudas habían sido completamente saldadas y mi posesión más querida, la finca L’Olivar, estaba a salvo. Además, según las cuentas y previsiones que me presentó el señor Ramírez en su oficina, cuando por fin decidí salir de Castalla para reunirme con él y firmar el contrato por el que su empresa se comprometía a administrar en adelante la totalidad de mis bienes, resultaban muy halagüeñas. Mis participaciones de la inmobiliaria alicantina me rendían unos beneficios cada vez más cuantiosos y la mayoría de las acciones que la asesoría de Ramírez manejaba en mi nombre también resultaban altamente rentables.

—Un cliente nuestro que necesita liquidez, desea desprenderse con prontitud de un paquete de participaciones que posee de unos grandes almacenes. Es una gran ocasión: una empresa en alza, con sucursales abiertas en las principales capitales de provincia y en plena expansión. Así que yo le recomendaría…

—Pero, ¿acaso puedo hacer frente ahora mismo a una operación como esa?

—Bueno, en realidad tardaríamos unos meses en recoger el capital inversor, pero en el caso de interesarle, usted sólo optaría a la compra de la mitad del paquete. Precisamente ayer, hablando por teléfono con don Rafael Amorós, pues ya sabe que también es cliente nuestro, al hablar sobre esta cuestión y saber por mí que hoy iba a verle a usted, me pidió que le ofreciera en su nombre la posibilidad de participar conjuntamente en esta operación. Por supuesto que, aun siendo sólo la mitad, todavía estamos hablando de una suma bastante importante, pero la oferta del señor Amorós es muy interesante para usted, ya que, consciente de la premura, y para no perder esta oportunidad tan singular, está dispuesto a prestarle la cantidad necesaria de manera inmediata y a un interés francamente envidiable.

Acepté la oferta de Ramírez después de telefonear desde su propio despacho a Rafael Amorós. Lo hice porque, a pesar de no confiar ya en mi intuición, sabía que no debía dejarme dominar por el recelo. No obstante, a partir de entonces, he procurado cuidar mucho más mis finanzas, vigilando las inversiones de la inmobiliaria, supervisando las operaciones bursátiles y controlando directamente la administración doméstica.

Una vez resuelta la situación económica, puse en práctica algunas decisiones que tenía pendientes. La primera la resolví antes de salir de Madrid, encargándole a una empresa de detectives privados la localización de Irma, de quien les entregué una fotografía; también les describí a mi primo, supuesto acompañante suyo, ya que de él no tenía ninguna foto reciente, y les facilité el nombre y número de teléfono de la agencia inmobiliaria que se encargó de la venta de su casa. La segunda decisión, ya de regreso a Castalla, fue la de contratar los servicios de una muchacha que ayudara a Virtudes. Desde hacía meses, ella ya tenía elegida a la candidata: una joven de dieciocho años que se llamaba Esperanza, hija de una buena amiga suya, por lo que su incorporación fue inmediata.

Esperanza, de aspecto tan rubicundo como serio, iba y venía todos los días al pueblo en su bicicleta, lloviera o hiciera sol, resultando en efecto una sirvienta perfecta: fuerte, trabajadora y discreta. Incluso cuando, unos meses después, empezó a festejar con un mozo de Onil apodado el Xop, por ser tan alto y fuerte como uno de esos árboles, Esperanza siguió cumpliendo puntualmente con su horario y obligaciones.

detective privado en el fruto de la melancolía

Mucho antes de lo que yo esperaba, pues apenas si transcurrieron un par de semanas desde que les hice el encargo, los detectives madrileños me comunicaron el resultado de sus investigaciones a través de un informe escrito que me remitieron por correo certificado y urgente. Fue el mejor regalo que recibí aquellas Navidades de 1973, aunque me dejó un regusto acibarado. Este informe lo puedes encontrar fácilmente en el archivo correspondiente, pero, por si quieres evitarte su lectura, a continuación te diré que, en resumen, éste venía a decir que Ramón e Irma habían estado viajando por el extranjero durante varios meses, sin reparar en gastos, pero que, desde hacía unas pocas semanas, vivían en un apartamento de lujo que se habían comprado recientemente en el barrio madrileño de Salamanca. En el contrato de compra de dicho apartamento figuraban ambos como propietarios; y también los dos figuraban como titulares de un par de cuentas bancarias cuyos saldos habían descendido espectacularmente a lo largo del último año, a pesar de la importante suma de dinero que Ramón cobró por la venta de su piso. Según opinaba el redactor del informe, precisamente tal estado de precariedad económica, agravado por la continuidad de ese alto ritmo de vida que llevaban y la falta de ingresos regulares, debió de ser el motivo por el que Irma había empezado a ser visitada por algunos hombres de buena posición social y mejor poder adquisitivo, que Ramón se encargaba de presentarle.

V

Recién estrenado el nuevo año, concretamente el día de la Epifanía, me presenté en el apartamento madrileño cuyas señas me había proporcionado la agencia de detectives.

Ramón no pudo disimular su sorpresa al encontrarme al otro lado de la puerta, si bien supo sobreponerse con rapidez, haciéndome pasar hasta el recibidor, mientras me daba la bienvenida con una voces de exagerada alegría, que enseguida comprendí pretendían advertir de mi presencia a alguien que se hallaba en el interior de la vivienda. Ese alguien salió precipitadamente del salón unos segundos antes de que mi primo y yo llegáramos a él, y, por los objetos de manicura que vi en la mesita que había en medio del tresillo y frente al televisor encendido, deduje que debía de tratarse de una mujer; la misma mujer que yo deseaba encontrar. Así se lo hice saber a mi primo sin preámbulos:

—He venido a ver a Irma. Quiero hablar con ella.

La hosquedad de mi voz y la rigidez de mis facciones le hicieron entender cual era mi estado de ánimo, y aunque creía conocerme perfectamente, noté en su mirada un reflejo de turbación, extrañado de aquella fría determinación con que me dirigía a él, como si no tuviéramos pendiente ninguna explicación.

—Comprendo que debes sentirte enojado…

Le interrumpí con un gesto tajante de mis manos:

—No he venido a hablar contigo. No deseo pronunciar reproches ni oír explicaciones. Sólo quiero ver a Irma.

La mirada de Ramón se volvió torva. Obviamente mis palabras le habían herido o, por lo menos, le habían reavivado llagas nunca cicatrizadas.

—No está.

—Oh, vamos —le dije, echando una significativa mirada a la lima, tijeras y tarrito abierto de esmalte para uñas que había sobre la mesita—. Es posible que sea ingenuo, pero no imbécil.

—Muy bien. De acuerdo. Está aquí. Pero no quiere verte.

—¿Cómo lo sabes? Pregúntaselo.

—Créeme, no es preciso. Irma no quiere volver a verte —insistió.

—No te creo. Y te aseguro que no me marcharé de aquí sin verla.

Durante un instante, los ojos de Ramón escudriñaron en los míos. Se veía claramente que intentaba sondear mi estado anímico y, si bien ignoro qué fue lo que descubrió, debió de ser algo que le convenció de la veracidad de mis palabras, pues por fin se dirigió a una habitación contigua. Transcurrieron unos tensos minutos en los que sólo percibí un ligero cuchicheo procedente de aquella habitación, hasta que de nuevo reapareció mi primo tras abrir la puerta.

—Es inútil, no hay forma de convencerla. No quiere verte —dijo, al mismo tiempo que volvía a cerrar la puerta.

Entonces sentí un impulso repentino que me hizo correr hacia la habitación donde se escondía Irma, pero Ramón me retuvo cuando ya estaba a punto de alcanzar la puerta.

—¿Qué haces? Ya te he dicho…

—¡Déjame! ¡Quiero verla! ¡Irma! ¡Irma! —grité con rabia en tanto forcejeaba con mi primo.

—Esto es ridículo. Te estás portando como un niño. ¿Es que no tienes dignidad? —me reprobó mientras me sujetaba por los brazos. Pero al fin logré zafarme de él, abalanzándome sobre la puerta, que para entonces ya había sido acerrojada por dentro. En vano grité, imploré y lloré, golpeando la puerta con desesperación, ya que Irma no accedió a mis súplicas.

—¿Qué es lo que quieres de mí? ¡Déjame en paz! ¡Márchate! —me decía la voz de Eréndira.

—Dímelo mirándome a los ojos. Sólo te pido eso —le rogué infructuosamente.

Cuando me volví hacia mi primo, vi en sus ojos risueños el mayor de los desprecios. ¡Cómo disfrutaba viéndome así, tan atribulado, tan miserable! ¡Cuánto odio había en su mirada! Avergonzado y completamente abatido, me retiré hacia la salida, pero ya en el recibidor Ramón se interpuso en mi camino, para decirme con sonrisa complaciente:

—Si me das tiempo, quizá pueda convencerla para que te reciba. —Le miré escéptico, pero deseando creerle; no obstante, él se encargó enseguida de desvanecer mi última esperanza— Pero como cliente, claro.

Esta vez la sonrisa de Ramón era triunfal.

—¿Por qué me haces esto?

Su risotada me recordó aquella advertencia de la Castellana sobre la peor de las enemistades: Doblada es la maldad que sucede de amistad; aunque, bien pensado, quizá nunca había existido una verdadera relación de amistad entre nosotros.

—¿Que por qué te hago esto, dices? ¡Qué gracioso eres! ¿Acaso crees que he olvidado cómo me arrebataste lo que era mío, del modo como me has tratado estos años? Durante mucho tiempo he ansiado hacerte pagar toda la humillación que me has hecho pasar desde la muerte del viejo. Y te juro que si ahora sufres por mi culpa, tu sufrimiento es mucho menor del que yo te deseo. He tenido que soportar que me trataras como si fueras un ser superior, cuando en realidad no eres más que un mequetrefe. Siempre lo has sido y siempre lo serás. ¡Cómo he esperado este momento! La venganza no es completa si no se disfruta del sufrimiento infligido y por Dios que ahora lo estoy disfrutando. En estos últimos años he saboreado el placer de la venganza cada vez que me encontraba a escondidas con Irma para hacer el amor y burlarnos de ti, pero eso no es nada comparado con el gozo que siento ahora mismo, viéndote tan roto, comportándote como el hombre despreciable que en verdad eres…

Ramón continuó hablando, pero ya no le oí ninguna palabra más. Aunque la estupefacción que me había ocasionado su andanada verbal me dejó inmovilizado frente a él mucho más tiempo del que yo hubiera querido, al cabo conseguí reponerme, empujándole a un lado para poder abrir la puerta y salir de la casa.

Regresé a Castalla completamente consternado, conduciendo el coche como un autómata. Mi mente no acertaba a pensar en otra cosa que no fuera en aquella mujer a la que había querido con todas mis fuerzas y que, ya no cabía la menor duda, se había estado mofando de mí durante los años que habíamos vivido juntos. ¡Qué doloroso fue aceptar que, en realidad, ella nunca había dejado de ser Eréndira, la amante profesional que sólo ambicionaba sacar el mejor provecho posible de mi persona y mis circunstancias! ¡Cómo sufrí recordando los momentos pasados en que me creí feliz, convencido de que ella de verdad estaba enamorada de mí! ¡Qué angustia tan aguda y profunda sentía en mi alma al rememorar, una y otra vez, sus palabras de amor, sus miradas cariñosas, sus dulces besos! ¡Qué extraña sensación roía mi corazón cada vez que revivía esa patética escena que acababa de protagonizar, golpeando entre sollozos la puerta tras la que ella se escondía! Sentía vergüenza, pero también una rabia que superaba todos los límites por mí conocidos hasta entonces. Una rabia que, según me parecía, habíase convertido en un sentimiento mucho más arraigado, intenso y duradero, jamás experimentado antes, y que debía semejarse mucho al odio, si es que no lo era exactamente.

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