16.ª entrega: Revelación

16.ª entrega: Revelación

Revelación | LIBRO III | VI. Para cuando arribé al Cabeço del Pla, ya estaba deseando poner en práctica mi decisión de olvidar definitivamente y cuanto antes a Irma. Para ello, pensaba, debía desaparecer de la finca todo cuanto fuera capaz de recordármela,por lo que aquella misma noche le di a Joanet las primeras instrucciones al respecto: erradicación inmediata de la plantación de maíz y reposición en la entrada del cartel donde figuraba el nombre originario de L’Olivar, en detrimento de aquel otro en el que se leía: «Irminia». Tales disposiciones fueron llevadas a cabo al día siguiente.

También se iniciaron rápidamente en la casa las obras que tenían como objetivo la eliminación de las reformas introducidas por Irma durante los últimos años. Así, en tanto el Xop, a quien había contratado como ayudante de Joanet, hacía el jalbegue exterior, el masero devolvió la cocina a su estado anterior, tan querido por la Castellana, permaneciendo como única diferencia la trampilla que cubría el antiguo aljibe, si bien quedó semioculta por el viejo trinchero de madera de pino. La sinfonola y la mesa de billar fueron entregadas a los Raspa, para que las vendieran o hicieran con ellas lo que quisieran, y en cuanto a la piscina, dado que resultaba muy difícil y poco práctico reconvertirla en alberca, ordené que permaneciera permanentemente cubierta con una lona, aunque tal condena le fue levantada meses después, cuando vinisteis a veranear, puesto que en honor a vosotros hice que la reconstruyeran, dándole una forma diferente e instalando unos focos sumergibles que invitaban al baño nocturno. Ni siquiera la Realenga se escapó de aquella limpieza febril: debido a que me recordaba demasiado a su ingrata ama, fue expulsada de la casa, que no de la finca, por ser imposible sin matarla, algo que, por otra parte, Joanet hubiese hecho si no llego a impedírselo justo cuando ya tenía al pobre animal en el punto de mira de su escopeta. Por cierto que tal actitud del masero me resultó harto curiosa, toda vez que poco antes había tenido que amonestarle severamente por resistirse a extirpar todos los rosales que habían en la finca.

Açò ès un crim —repetía compungido mientras arrancaba cada uno de esos arbustos que con tanto primor había plantado y cuidado, incapaz de comprender el daño que podían producirme aquellas flores, otrora tan queridas por mí.

Pero, cuando concluyeron estas reformas, a pesar de haber sido suprimido todo vestigio del paso de Irma por la finca, no conseguí sentirme mejor. Y es que su recuerdo siguió torturándome por hallarse hondamente enraizado en un lugar del que me resultaba imposible arrancarlo: mi alma. Sólo el tiempo, me decía, podría ayudarme en tal menester. Pero en tanto esperaba a que el lento paso del tiempo me aliviara, mi carácter fue haciéndose más taciturno, más melancólico, comprendiendo entonces por qué los antiguos griegos habían denominado «bilisnegra» a ese sentimiento de profunda tristeza que hace ver todo sombrío (de mélas: negro y cholé: bilis).

Me rendí mansamente ante una aplastante apatía que me impedía iniciar cualquier otra actividad que no fuera quedarme sentado frente al hogar o, en las mañanas soleadas y noches serenas, pasear brevemente por el jardín. Observando el ondulante movimiento de las llamas, oyendo el crepitar del fuego, removiendo de cuando en cuando los leños con la badila que Joanet había enastado para poder manejarla sin necesidad de levantarme del asiento, me pasaba las horas rumiando mis penas y autocompadeciéndome como nunca antes lo había hecho. ¡Qué triste era reconocer que mi padre tenía razón! Recordaba sus escasos consejos, aquellos que yo detestaba de niño porque sólo hablaban de la necesidad de ser fuerte, de pensar en uno mismo por encima de todo, y me apenaba aceptar que, a mi pesar, la experiencia me había demostrado que tales advertencias encerraban la mayor de las verdades: que el egoísmo es el auténtico motor de la vida. El más escueto reconocimiento de esta verdad se lo oí decir a la Castellana: «Todos dan porque les den», y con sólo esas cinco palabras me pareció que quedaba perfectamente definido todo cuanto realmente merecía conocerse.

VII

En un intento por superar aquel estado apático en que me hallaba hundido, decidí viajar al extranjero. Casi toda la primavera me la pasé en diferentes ciudades europeas, siendo Roma y París los lugares en donde más tiempo permanecí.

Aproveché aquellas noches parisinas y romanas para tratar de olvidar a Irma con ayuda de otras mujeres, pues pensaba que, disfrutando de otras compañías femeninas, me resultaría más fácil oscurecer su recuerdo. Pero con ello obtuve el efecto contrario. Las mujeres con las que compartí mi cama: cabareteras, camareras de bares de alterne, prostitutas recomendadas por los recepcionistas de los hoteles, robustecieron la memoria de Irma. Amparadas por la penumbra y la bruma etílica que enturbiaba mi visión, algunas de ellas aparentaban ser mujeres tan bellas, dulces e inteligentes como Irma, pero tal espejismo siempre desaparecía, a lo más tardar, cuando las tenía entre mis brazos.

Al revés de lo que esperaba, mi estancia en el extranjero sirvió para hundirme aún más en el estado taciturno y abúlico en que me encontraba antes de salir de viaje.

Así, a mi regreso a Castalla, volví a recluirme en la finca, con el ánimo de aislarme completamente del exterior. Me entretuve releyendo algunos libros, pero mi dedicación a la lectura apenas si llegaba a la media hora diaria, puesto que enseguida me vencían mis propias reflexiones, con las que me obsesionaba durante horas. También oía música, pero los pensamientos con los que me abstraía me impedían apreciarla durante los pocos ratos que pasaba en la biblioteca.

Hubo días en que quise ayudar a Joanet y al Xop en algunas de sus labores, pero al final no pasaba del mero intento, ya que prefería quedarme sentado en el porche o en el patio, o paseando por el jardín y los alrededores del mas, concentrado en aquellos lúgubres pensamientos que tan obstinadamente ocupaban mi mente, pero que brotaban de lo más profundo de mi alma.

«Bucear en el alma conduce a menudo a descubrir cosas que mejor sería dejar allí sin descubrir», me advertí a mí mismo en más de una ocasión, rememorando la frase que Alexéi Karenin le dijera a su bella y adúltera esposa, pero no por ello desistí en mi empeño de explorar los abismos de mi alma.

Cierta noche de insomnio en que deambulaba cerca del estanque, llegué a una conclusión que determinó la manera como en adelante me enfrenté a la vida. Mirando la cúpula infinita que había sobre mí, recordé que en algún sitio había leído que muchas de las estrellas que se venían en el firmamento habían desaparecido en realidad mucho tiempo antes, aunque su luz aún pudiera apreciarse desde la Tierra por lo mucho que tardaba en llegar hasta nosotros. Y aquello me hizo comprender lo equivocado que estaba Fulgencio Boj al creer en la autenticidad de la noche. La noche también engaña, me dije con la cabeza levantada y sin dejar de observar el cielo estrellado, toda vez que, cuando miramos el firmamento, no vemos la realidad actual, sino el pasado, el cielo que verdaderamente existió varios siglos antes. Sintiendo un repentino escalofrío, me dirigí al interior de la casa con la mente sumida en un torbellino de ideas.

Muchos antes que yo habían llegado a la misma conclusión: para unos, la vida no era más que un sueño; para otros, una representación teatral o el fruto de una imaginación superior. Pero, en cualquier caso, para todos ellos, como para mí, estaba claro que la vida no es más que una ilusión; una ilusión en la que nada es auténtico, real o totalmente cierto; una ilusión como la que sentiría una gota separada momentáneamente de una espumosa ola marina, si pudiera tomar conciencia de sí misma en tan corto espacio de tiempo; una ilusión que se sostiene gracias al egoísmo y que, paradójicamente, es el único sentimiento verdadero. Pues, si acaso hay algo más que la Nada antes y después de esta ilusión, si realmente existe ese mar del que todos salimos y volvemos como gotas de agua, es seguro que tal mar se mueve bajo un impulso egoísta; a fin de cuentas, del mismo modo que las gotas tienen idéntica composición que el mar, nosotros y nuestro mundo de ilusión debemos estar hechos de la misma materia que aquello otro de lo que hemos sido creados.

Aunque era una noche agradable, sentía frío. Prendí fuego en el hogar y me senté luego frente a él, en la mecedora de mi madre. A pesar de tener el frío metido hasta los huesos, mi frente estaba humedecida por el sudor y mis labios y manos temblaban ligeramente; pero apenas si advertí tales síntomas inequívocos de fiebre por estar completamente abstraído en mis cavilaciones. Cavilaciones que derivaban de aquella conclusión trascendental a la que acababa de llegar y que pretendían redescubrir cabalmente el mundo que me rodeaba. Un mundo que ya sabía que era pura ilusión, pero en el que había que sobrevivir mientras se estuviera en él. Un mundo movido por un único motor: el egoísmo, aunque a veces se manifestara camuflado con otros nombres, aparentemente distintos y hasta contradictorios.

En verdad resultaba muy ventajoso contemplar el mundo desde esa nueva perspectiva, ya que uno podía dejarse llevar por los avatares de la vida, pero teniendo siempre presente que en realidad todo cuanto sucede no es más que mera ficción. ¡Qué sensación de sosiego y de superioridad! Uno puede dejarse llevar por los acontecimientos, puede zambullirse en las aguas de ese río impetuoso de ilusión que es el mundo, pero, al ser consciente de la verdad, será como vivir un sueño, casi un juego. Del mismo modo que nos creemos nuestros propios sueños hasta que despertamos, puede ocurrir que, pese a todo, en determinados momentos uno se deje engañar por los espejismos que tan intensamente le proporcionan los sentidos, y que por ello se caiga en la preocupación, en la ansiedad, en el temor, en el rencor, o en cualesquiera otras emociones que tan constantemente asaltan el corazón de las personas, pero al recordar que todo ello no es más que una quimera, inmediatamente se sentirá aliviado, liberado, y hasta puede que se ría de sí mismo por haberse dejado arrastrar hasta ese extremo. ¡Qué divertido puede llegar a ser el participar en esta farsa que casi todo el mundo vive como si fuera real! Pero, alcanzada esta posición de privilegio, de conocedor de la verdad, ¿qué actitud tomar ante los demás?

Mi mente, ocupada en tales reflexiones, apenas si reparaba en el ardor febril que sentía mi cuerpo y en los temblores que lo sacudían. Sin separar los ojos del fuego que agonizaba en la chimenea, pero con la mirada vuelta hacia mi interior, me repetí mi propia pregunta varias veces: ¿Qué actitud tomar frente a los demás, una vez descubierta la verdad? Se me ocurrieron dos posibles alternativas: procurar en adelante convencer de esta verdad a cuantos quisieran escucharme, lo que me convertiría en un predicador, en uno de esos iluminados que tanto detestaba, o seguir viviendo como hasta ahora, dejándome llevar por los espejismos que me transmitían mis sentidos y por la engañosa vorágine del río de la vida, pero sin olvidarme nunca de la verdad, sin permitir que toda esa vorágine de ilusión me embaucara. Opté por esta segunda alternativa. A partir de ese momento, me dije, viviría la vida del mismo modo que viviría un sueño o una representación teatral, acatando las supuestas reglas de este mundo, tal y como acataba las reglas de cualquier juego. Pero, ¿cuáles eran las reglas que supuestamente regían el mundo?

representacion teatral en revelación

De pronto tomé conciencia del estado febril en que me hallaba. Sin apenas fuerzas en mis brazos y piernas, me levanté trabajosamente de la mecedora. Consciente de que había enfermado, estaba deseando meterme en la cama, por lo que me encaminé hacia la escalera, pero mi cuerpo se tambaleaba y sentía un fuerte escozor en las ingles. Tiritando y empapado de sudor, subí los primeros peldaños agarrándome a la baranda de madera, pero a la mitad del tramo dejé de sentir mis piernas, por lo que hube de sentarme en uno de los escalones. Tan extenuado estaba, que Virtudes tardó una eternidad en oír mis débiles gritos.

A la mañana siguiente, tras reconocerme en mi alcoba, el médico me diagnosticó una enfermedad venérea cuya infección, además de fiebre, me produjo la aparición en las ingles de varias bubas. El tratamiento que me recetó, fundamentalmente a base de penicilina, empezó a hacerme efecto casi de inmediato, remitiendo la fiebre y los tumores de pus a los pocos días; pero aquella primera noche me la pasé delirando y removiéndome entre las sábanas embebidas de sudor. Virtudes me hizo tomar unas aspirinas y se pasó el resto de la noche junto a mi cama, cambiándome de vez en cuando los emplastos húmedos que me colocaba en la frente y las muñecas.

Pero, a pesar de la altísima fiebre que padecía, mi mente no cesó de lucubrar; muy al contrario, diríase que el episodio delirante sirvió para acelerar y hacer más trepidante el ritmo de mis reflexiones, del mismo modo que el aceite ayuda al motor a funcionar y a tomar velocidad. ¡Las reglas de la Naturaleza!, grité en mi mente, entusiasmado por haber acertado por fin con la respuesta a la pregunta que yo mismo me había planteado. Las reglas de la Naturaleza son las que rigen este mundo de ilusión, me repetí, quizás también en voz alta. Como trasunto de aquello otro que tal vez existe en cada extremo de este mundo, la Naturaleza abarca todo el universo conocido, y es, a la vez, alegría y dolor, ternura y crueldad. Y el hombre, por formar parte de ella, es capaz de sentir amor y odio, ser cruel o tierno, si bien ambas cosas nacen de la misma fuente, de la única fuerza que mueve la Naturaleza, lo que Schopenhauer llamó voluntad de vivir, pero que yo prefería identificar más claramente, sin eufemismos, con el egoísmo.

Seguramente murmuraba estas palabras en mi delirio, pues recuerdo que Virtudes me pedía que me tranquilizara, que me callara y durmiera. Escuchaba su voz como en un sueño, atravesando la débil barrera onírica que me separaba de esa otra realidad que a duras penas veía cuando abría los ojos, pero mi mente no perdió por ello el hilo conductor de aquellas reflexiones tan lúcidas y reveladoras, pese a estar envueltas en la más espesa de las nubes delirantes.

Así, pues, creer como creía Ferrán, que el hombre puede reprimir hasta la extinción los instintos que consideramos negativos, pero que en definitiva forman parte también de nuestra naturaleza, además de ser una utopía, un engañarse a nosotros mismos hipócritamente, sólo sirve en realidad para procurarse una gran frustración y para alejarse de la plenitud natural del ser humano. En el hombre, el bien y el mal son inseparables, como lo son en el seno de la Naturaleza; por eso el hombre únicamente se acerca a la felicidad cuando desarrolla su naturaleza humana plenamente, cuando satisface sus instintos. Su inteligencia ha hecho quizá que parte de estos instintos naturales, considerados negativos, ya no sean tan salvajes, tan primitivos, como antaño, pero, a pesar de esta sofisticación, es indudable que persisten estos instintos de odio, ira y venganza. Satisfacer estos deseos instintivos considerados malignos, de la misma manera que satisfacemos los llamados benignos, es la mejor forma de cumplir con nuestra naturaleza, de sentirnos plenamente realizados como seres humanos, a fin de cuentas tan egoístas y tan hijos de la común madre Natura como el resto de los seres vivos. Por supuesto se trata de alcanzar una felicidad ilusoria, reconocía, tan ilusoria como todo lo demás comprendido en este mundo ficticio, pero, una vez tomada la decisión de acatar este mundo como si fuera un juego, ¿por qué no pretender alcanzar el premio que nos ofrece, que no es otro que esa supuesta felicidad?

—Pero, en tu caso, ¿cuál es el medio de conseguir esa felicidad?, ¿cómo piensas realizar plenamente tu condición humana en este juego de la vida? —me preguntó de improviso una voz grave y firme, que de ninguna manera parecía brotar de mi propio cerebro.

Al abrir los ojos no vi a Virtudes, pero descubrí la figura de un hombre que se hallaba sentado en un rincón de mi alcoba. La penumbra me impedía verle el rostro, pues la tenue claridad de la lamparita no penetraba en aquel rincón, pero su voz se me antojó la de don Basilio, el personaje rossiniano que tantas veces había cantado la definición de la calumnia. Mis párpados ardientes volvieron a cerrarse pesadamente, pero seguí escuchando la voz grave de don Basilio:

—¿Qué es lo que te ha impedido alcanzar la felicidad en esta vida? Si ésta no es más que un juego, quizás haya que saltarse las reglas de este juego para realizarse plenamente como ser humano y conseguir la felicidad…

—No, no. Todo lo contrario. Simplemente hay que jugar según estas reglas.

—Pero las reglas no aceptan la satisfacción de esos instintos llamados negativos: la venganza, por ejemplo, está castigada…

La fiebre que me consumía era tan alta que me dolía hasta mover los labios; aun así, le contesté:

—Pero esas no son más que reglas falsas, artificiales, las verdaderas reglas son las naturales, y entre ellas está la venganza.

—Pero esas reglas naturales son las leyes de los animales. ¿Acaso el ser humano no se diferencia de ellos gracias a unas leyes más racionales y civilizadas, producto de su inteligencia?

—¡Eso es una patraña! ¡Esa es una de las grandes mentiras de este mundo! La justicia del hombre es tan falsa como todo lo demás creado por él: la propiedad privada y las fronteras, el Estado y el patriotismo, la monogamia y la herencia, la religión, la economía, la política y las leyes ideadas para proteger esta sociedad artificial, son meras entelequias.

—¿También lo es el arte?

—El arte es diferente. El arte es la actividad más noble del ser humano, porque con él imita a la Naturaleza. Pero ni siquiera con el arte logra igualarse a ella, pues en realidad el hombre no crea nada, sólo copia o, a lo sumo, transforma parte de la Naturaleza. Pero ella siempre acaba recuperándolo todo, devolviéndolo a su seno. En cuanto a la inteligencia, ese don que tanto ha contribuido a la vanidad humana, ¿de dónde procede si no de la propia Naturaleza? Somos seres salidos de la Naturaleza, y todo cuanto somos y poseemos ha nacido de ella. La inteligencia humana no es más que un pálido reflejo de esa otra inteligencia que existe, aunque parezca escondida, en el seno de la madre Natura.

—Pero, sin las leyes humanas, la convivencia entre los hombres resultaría muy difícil. Sería la dictadura de la fuerza bruta…

—Sería vivir según las leyes naturales, que son las únicas verdaderas. Las leyes humanas son tan imperfectas, que se recurre a esa otra justicia divina para asegurar un ajuste definitivo. No te preocupes, le dicen al agraviado, que si el culpable de tu desgracia ha escapado a la venganza en esta vida, no se escapará de la venganza divina. Pero nadie, ni siquiera los más ciegos creyentes, están convencidos en su fuero interno de que tal venganza llegue a cumplirse.

—Así, pues, sólo la venganza ejecutada según las reglas naturales hace justicia.

—Sí, porque la venganza es la justicia natural. Así lo entendían los antiguos. Vengar significaba reclamar, reivindicar. Vindicare decían los latinos. Pero, como ha sucedido con muchas otras palabras, poco a poco se ha ido desvirtuando su verdadero significado, estigmatizándola, hasta conseguir que su acepción actual sea sinónima de revancha criminal, de iniquidad salvaje.

—Entonces, ¿te parece justo que Ramón e Irma vivan felices después de haberse burlado de ti? ¿Te parece justo que Mariano se haya enriquecido a tu costa, engañándote impúnemente? ¿Y qué me dices de tu suegra? ¿Te parece justo que esa mujer de lengua viperina haya vivido feliz todos estos años sin sentir el más mínimo remordimiento por la forma como destrozó a tu madre? No conforme con ello, tuvo la osadía inclusive de adueñarse después de esta casa, ultrajando así la memoria de su víctima. Y ahora, tranquila en su cama, está a punto de concluir sus días en este mundo harta de vivir y de calumniar, sin que nadie le haya hecho pagar sus crímenes.

—No, no es justo —reconocí, sorprendido por el modo como aquel extraño me incitaba a la venganza.

Abrí brevemente los ojos, convencido de que su presencia no era más que una figuración mía, fruto de mi delirio, pero volví a verle en el rincón, sentado en la penumbra, aunque sólo se apreciaba la oscura silueta de su cuerpo.

—¿Quién eres? —le pregunté, incorporándome ligeramente.

—Soy yo —me contestó una voz distinta, más familiar y tranquilizadora, si bien no tuve tiempo de identificarla, ya que enseguida sentí un vértigo tremendo que me obligó a apoyar la cabeza en la almohada y a cerrar los ojos. Cuando cesó aquella angustiosa sensación, volví a oír la voz de don Basilio, que me decía, irónico:

—No, no es justo. Pero, ¿qué le vas a hacer? ¿Vas a hacer justicia tú mismo? No eres capaz de vengarte personalmente, reconócelo. No eres capaz porque en realidad eres un ser demasiado inteligente y civilizado como para dañar a tu prójimo voluntariamente, aunque se lo merezca.

—No. La verdad es que soy demasiado cobarde, demasiado débil para hacerlo. Quienes no se vengan es porque no pueden o porque no se atreven; los primeros se resignan y los segundos se justifican al amparo de esa supuesta civilización inteligente, pero en realidad lo que sienten es impotencia o cobardía. Yo mismo he pensado muchas veces en vengarme, pero nunca me he atrevido. ¡Cuántas veces he imaginado la manera como, por ejemplo, me vengaría de Mariano! Muchas veces he estado a punto de ir a Alcoy para vigilarle, para conocer sus costumbres, averiguar cómo vive, saber dónde y cómo ha invertido el dinero que me ha robado, y luego planificar mi venganza. Me he regodeado pensando en la forma como le arrebataría sus posesiones, gastándome el dinero que fuera preciso, hasta verle completamente arruinado. Pero como todo eso podría durar demasiado tiempo, alguna vez me he sorprendido a mí mismo ideando una manera más rápida y terrible de vengarme: esperarle en algún lugar solitario y oscuro, para asestarle una certera cuchillada en el corazón. Pero jamás me he atrevido siquiera a poner en marcha la primera parte de este plan. Como tampoco me he atrevido a acercarme a la casa de doña Isabel. ¿Qué crees, que nunca ha pasado por mi cabeza la idea de vengarme de ella? Por supuesto que sí, pero siempre ha quedado reducido a eso, a una idea. En cierta ocasión, viendo de cerca una colmena, se me ocurrió incluso el modo como llevaría a cabo mi venganza: atontaría a las abejas con humo, a la manera como lo hace Joanet cuando enjambra, y metería cuantas cupieran en un mandril de cartón, o en uno de esos estuches tubulares, de un tamaño no muy grande, en el que se guardan los planos y mapas, al que previamente habría añadido en uno de sus extremos y con ayuda de un zuncho, un pequeño embudo, que después taparía con un simple tapón de corcho. Luego, ya de noche, sin que nadie me viera, me colaría en la casa de la vieja portando en una mochila…

Según contaba mi plan, me parecía estar viviéndolo como en un sueño. De repente, ahí estaba delante de mí, postrada en su cama, la moribunda y casi nonagenaria anciana. Una de esas lucecitas que se instalan directamente en un enchufe iluminaba el dormitorio desde la entrada, cerca de la puerta que acababa de cerrar. Aunque sabía que apenas si tenía fuerzas para hablar, y mucho menos para gritar, antes que nada le tapé la boca con un trozo de esparadrapo. Acto seguido, sin darle tiempo a reaccionar, me senté sobre ella para inmovilizarla, a la vez que la maniataba a los barrotes del cabezal con un bramante que arrugó aún más la reseca piel de sus muñecas. Mis movimientos eran tan contundentes y despiadados que oí perfectamente cómo el cóndilo de uno de sus brazos se desencajaba del hombro con un chasquido seco. A continuación, tras recuperar la mochila que había dejado en el suelo, volví a ponerme a horcajadas sobre su cuerpo, pero para entonces ella ya se había desmayado. Aproveché entonces para quitarle el esparadrapo y abrirle la boca, introduciéndole en ella un puñado de miel que llevaba en un tarrito. Entonces, quizá por la dificultad que tenía para respirar, se despertó a tiempo de ver cómo le quitaba el tapón al artilugio en donde había encerrado las abejas. Abrió mucho los ojos y también la boca, seguramente con intención de chillar, pero no le dio tiempo, ya que le introduje en ella el extremo provisto con el embudo y justo cuando estaba a punto de salir el primer insecto. La vieja intentó resistirse, movió la cabeza y pataleó, pero no pudo evitar que yo le clavara el tubo en la garganta, invaginándole los labios y provocando que por las comisuras de los mismos brotaran unas gruesas gotas de sangre que, conforme descendían por su barbilla, fueron dejando sendos rastros filiformes.

quien a hierro mata

El que a hierro mata a hierro muere

—Has sido mucho el daño que has causado con ese résped que tienes por lengua; pero, del mismo modo que, según tu dios, el que a hierro mata a hierro muere, ha llegado el momento de que saborees los dulces réspedes de estas abejas —me oí decirle en tanto ajustaba el tubo en su boca con esparadrapo.

La vieja me suplicó con sus ojos muy abiertos, pero enseguida los puso completamente en blanco, desvaneciéndose. Por el terrible zumbido que producían, se adivinaba el frenético esfuerzo que los insectos estaban realizando para hallar una salida, pero ninguno de ellos pudo salir por la boca de la vieja, ya que el tubo quedó pegado a la misma merced a la gran cantidad de esparadrapo que enrollé alrededor del cartón y de su cabeza; de tal manera que, cuando di por finalizado mi trabajo, parecía tener entre mis piernas una momia amordazada con un bozal puntiagudo.

—¡Dios mío, ¿qué barbaridades está diciendo?! ¡Está delirando!

Entreabrí los ojos y me encontré con una asustada Virtudes que volvía a refrescar mi frente con un paño humedecido en agua fría. Quise incorporarme para mirar hacia el rincón, pero ella no me lo permitió.

—Cálmese, por favor. Cálmese y vuelva a dormirse, que le sentará bien descansar.

VIII

Días después sané por completo de la enfermedad venérea que tan virulentamente había sufrido y que, con toda certeza, me fue contagiada por alguna de aquellas mujeres que había conocido durante mi último viaje al extranjero.

No obstante, quedé tan debilitado que recurrí provisionalmente al acompañamiento de un bastón para que me ayudase a andar con mayor seguridad; pero ya nunca me desprendí de esta compañía.

Por cierto que, creyéndome arrastrado por una especie de resaca delirante, pero en realidad influenciado por una exitosa serie de televisión en la que el asesino se valía de un arma similar, y en un arrebato de firme determinación que sin embargo se disipó poco después, so pretexto de servirme para defenderme ante un eventual ataque, le pedí a Joanet que armara mi bastón con un rejo de unos diez centímetros de largo, el cual debía salir de su interior en cuanto le quitara el regatón de goma que protegía su extremo inferior. El masero me dedicó una mirada de extrañeza, pero hizo el trabajo rápidamente y a la perfección.

Precisamente gracias a aquel bastón mis piernas lograron mantenerse erguidas cuando Virtudes me comunicó la terrible muerte de mi suegra. Me encontraba de pie en la balaustrada, a medio camino entre la casa y la glorieta, y Virtudes se me acercó sofocada, muy nerviosa, para hacerme partícipe de lo que acababan de contarle en el pueblo: doña Isabel había sido encontrada muerta esa misma mañana en su cama por una mujer que acudía todos los días para cuidarla.

—Pero ha muerto de una forma horrible y extraña. Se dice que ha sido atacada por un enjambre. ¡En su propio dormitorio!

Ni que decir tiene que aquella noticia me produjo una consternación aún mayor que la que sintieron el resto de los castallenses. Las piernas me temblaron y hube de recurrir al sólido apoyo del bastón para sostenerme de pie. ¿Cómo era posible que doña Isabel hubiese muerto según mis planes? ¿Quién podía haberlo hecho?, me pregunté, recordando que la noche anterior no había salido siquiera de la finca.

Durante aquel día y los siguientes, traté inútilmente de encontrar alguna explicación a tan misterioso hecho. ¿Se trataría de una simple casualidad? Quizás, pensé, aquellas abejas entraron por sí mismas en la casa de doña Isabel. Se habían dado casos parecidos, con enjambres que habían ido a colocarse sobre umbelas, saledizos de portales e incluso vierteaguas de puertas y ventanas, cuyas abejas o avispas habían atacado a las personas que vivían en dichos lugares; si bien no se conocía de ningún caso en el que se hubieran metido en el interior de una casa. Pero todavía fue mayor mi perplejidad cuando me enteré de que la Guardia Civil había descartado la hipótesis del accidente, como consecuencia de haberse encontrado abundante miel en la garganta y boca de la anciana.

—¿Pero había sido atada? ¿Han encontrado algo más: alguna huella, algún objeto extraño?

Comoquiera que Virtudes no supo contestar a mis preguntas y se me antojaban demasiadas las coincidencias con mis fantasías criminales, decidí acudir al cuartelillo de la Guardia Civil, en mi calidad de yerno y sin miedo por lo tanto a levantar suspicacias. Me atendió muy amablemente y en su propio despacho el jefe del puesto, a quien apenas conocía pese a llevar destinado en Castalla más de veinte años. Me informó de que el caso había pasado a depender de la Policía Judicial, desplazándose hasta el pueblo un detective alicantino para realizar las investigaciones procedentes.

—Pero, naturalmente, nosotros estamos colaborando con él —matizó con un gesto de conformidad. También me informó de que, antes que yo, sólo había aparecido por allí una pariente de la víctima, una sobrina que vivía en Biar, pues Xema se hallaba encerrado en la cárcel de Alicante desde hacía unos meses por tráfico de estupefacientes—. Doña Isabel era muy conocida y tenía muchos amigos en el pueblo, pero no le quedaba ningún familiar. Aparte de usted, claro está…

—¿Están seguros de que se trata de un asesinato? —le pregunté, procurando disimular mi hambre de detalles.

—Las evidencias así parecen indicarlo.

—¿Acaso la encontraron atada?

—No.

—Sin embargo, el asesino debió inmovilizarla de alguna forma para evitar que ella se levantara de la cama y huyera.

—Doña Isabel estaba muriéndose y apenas si se valía por sí misma. Pero sí, nosotros también hemos llegado a esa misma conclusión: el asesino debió de inmovilizarla para que ella ni siquiera pudiera deshacerse de la miel que le había metido en la boca.

—Pero no estaba amordazada —insistí.

—La mujer que la encontró asegura que no tocó nada y, cuando nosotros llegamos, doña Isabel estaba acostada, tapada con la ropa de la cama hasta los hombros, y con multitud de abejas todavía saliendo y entrando por su boca y nariz, pero no se hallaba atada. Tampoco el forense encontró posteriormente señales en su cuerpo que lo indicaran. Desde luego cabe la posibilidad de que el asesino, o asesinos, la inmovilizara envolviendo la cama con una cuerda larga, lo que explicaría que no aparecieran señales en su cuerpo por haber tenido la sábana, manta y colcha de por medio, pero además de ser un sistema muy complicado, tampoco hemos encontrado rastros de esa cuerda y la colcha, aunque arrugada, no estaba marcada por roce alguno.

—Entonces, pudo ser que el asesino se sentara sobre ella.

—Cierto. También nosotros lo hemos pensado, pues así pudo cerciorarse de que doña Isabel siempre tendría la boca llena de miel, por mucho que tragase y escupiese. Sencillamente tenía que procurar mantenerle la nariz tapada —me dijo el guardia civil, echándome una mirada con destellos de asombro—. Veo que usted ha pensado mucho en todo esto.

—Reconozco que me ha intrigado, sí. Pero dígame una última cosa: ¿las abejas fueron llevadas hasta allí junto con su colmena?

—Sí, aunque todavía ignoramos cómo pudo transportarla. Sospechamos que debió de meterla en alguna caja.

—Luego debe de ser alguien entendido en apicultura.

—Así es.

—Pero si el asesino no huyó nada más liberar a las abejas en la habitación, puesto que, según hemos dicho, debió de quedarse inmovilizando a la víctima, ¿cómo evitó que le atacaran las abejas también a él?

—Muy fácil —me respondió complacido—. Usted mismo acaba de decir que debe de ser alguien entendido en apicultura, ¿no es así?

—Sí.

—Y los apicultores tienen trajes especiales con que manipular las colmenas sin miedo a ser picados por las abejas.

—¡Claro! —reconocí, molesto por no haber reparado en ello—. Entonces, el número de sospechosos se reduce considerablemente.

—Es verdad. Por cierto, tenemos entendido que usted tiene en su finca muchas colmenas, ¿no es cierto?

Aunque no me esperaba aquella pregunta, por otra parte lógica y previsible, supe reaccionar con absoluta naturalidad, ofreciéndole una aduladora sonrisa:

—Es usted muy perspicaz. Sí, en mi finca hay colmenas; como en muchos otros sitios de por aquí.

—Oh, por favor, no me malinterprete —se disculpó el guardia civil—. Ni por un momento sospecharía de usted. Es sólo que me preguntaba si, como apicultor, usted podría ayudarnos…

—No soy apicultor, pero con mucho gusto les ayudaré en lo que pueda.

—Se trata de la miel. ¿Sabe cuál es la clase de miel que más abunda por aquí?

—Tengo entendido que, con diferencia, es la de romero.

Haciendo un mohín de fastidio con los labios, murmuró:

—Sí, es lo que me temía.

—¿Era de romero la que había en la colmena en cuestión?

El guardia asintió.

—En fin, es muy probable que el detective que se ha encargado del caso les visite próximamente, como lo hará con los demás lugares donde se practica la apicultura, pero le ruego que no se lo tome como una amenaza.

—No se preocupe. Llegado el caso, procuraremos colaborar con él en todo cuanto nos sea posible —le dije mientras iniciaba la despedida, aunque todavía debí responder a una última pregunta:

—Por cierto, si usted no es apicultor, ¿quién cuida de las colmenas de su finca?

El guardia civil conocía a Joanet sólo de vista, pero se permitió comentar:

—Ah, sí, Joanet. Extraño personaje.

No obstante, no aprecié en su tono trazas de sospecha. Una sospecha que, por el contrario, sí que me asaltó a mí mientras regresa a L’Olivar. ¿Sería Joanet el asesino?, me pregunté. A fin de cuentas, podía ser él quien estuvo en mi alcoba aquella noche de hacía unas semanas, cuando por lo visto hablé en voz alta mientras deliraba. Si fue así, pudo escuchar mis palabras, quizá no del todo inconexas, enterándose de los planes que tenía para vengarme. Pero eso no explicaba por qué lo hizo… a no ser que, sabiéndome incapaz, ejecutara el plan por mí, creyendo que así me hacía un favor, un gran servicio.

Al llegar a L’Olivar, lo primero que hice fue preguntarle a Virtudes, simulando simple curiosidad, si la noche en cuestión estuvo Joanet en mi alcoba; pero mi semblante debió traicionarme cuando me respondió afirmativamente, explicándome que él se quedó en efecto a mi cuidado mientras ella se ausentó para cambiar el agua de la palangana, preparar tisanas y telefonear al médico, pues me preguntó preocupada:

—¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal?

Le dije que sí, que me dolía mucho la cabeza y me retiré de inmediato a mi dormitorio para poder meditar a solas. Aquella noche no pude dormir, mi cerebro parecía una olla a presión a punto de explotar. Muchas, muy variadas, y muy repetidas todas, fueron las hipótesis que barajé mentalmente, llegando durante ese tiempo a conclusiones tan dispares como contradictorias. Lo mismo me convencía de la culpabilidad de Joanet, como al momento siguiente rechazaba esta idea por absurda. Al final, cuando los rayos rosados de la aurora empezaban a colarse por mi ventana, tomé la firme determinación de resolver el dilema preguntándole abiertamente a Joanet, convencido de que no me mentiría.

Así que, aquella mañana dominical de julio, anduve apoyándome en mi bastón hasta el extremo norte del cabezo. Allí, entre la peraleda y el primero de los poyatos que descienden por la ladera hasta la carretera de Ibi, está el terreno que les había cedido al Xop y a Esperanza unos meses atrás. Desde entonces, el Xop se dedicaba en sus ratos libres a construir la vivienda en que viviría con Esperanza después de casarse, ayudado muchas veces por Joanet. En aquella ocasión, cuando llegué hasta ellos, ambos maseros se hallaban trabajando en la colocación de unos mampuestos que, cuando alcanzaran la altura conveniente, constituirían una talanquera capaz de resguardar la casa del cerç, el frío viento que por allí sopla expedito en invierno.

Los dos hombres me saludaron y Joanet se me acercó para preguntarme si deseaba algo: Aproveché entonces que lo tenía delante y bastante cerca para observarle con detenimiento, deseoso de atisbar en su mirada un indicio de culpabilidad, complicidad o arrepentimiento, pero sus ojos no reflejaban ninguna emoción, si acaso, cierta extrañeza por el modo como le miraba.

—¿Ocurre algo?

Los cincuenta y seis años de edad que cargaban sus hombros les hacía sufrir un ligero desfallecimiento, que a su vez se reflejaba en un aparente crecimiento de su joroba. Pero, pese a ello, su cuerpo seguía siendo recio y poderoso. El bigote que ocultaba su labio leporino apenas si contaba con algunas canas y sus ojos, aunque bordeados de arrugas tan secas y profundas como los surcos que él mismo marcaba en la tierra, brillaban con la vivacidad de siempre.

—¿Ocurre algo? —repitió, esta vez algo más preocupado al comprobar que le miraba como si no le conociese. Mis labios y mi lengua se movieron por fin, pero no reprodujeron las palabras que mentalmente tenía preparadas desde hacía unas horas.

—Nada especial.

Sus ojos negros rieron entre divertidos y aliviados, o por lo menos eso me pareció a mí. Luego, tal vez para contrarrestar tan elocuente mirada, Joanet encogió sus hombros antes de darme la espalda y volver junto al Xop.

Mientras regresaba al mas, maldije mil veces mi cobardía, pero con igual rabia tomé la determinación de olvidar todo lo relacionado con la muerte de doña Isabel. Como también acabaron haciéndolo la Policía y la Guardia Civil, después de varias semanas de estériles investigaciones.

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