Cultura

18º Entrega: Descenso al infierno

Descenso al infierno | LIBRO III | XII | Sin que apenas me diera tiempo a reflexionar sobre lo que había acaecido aquella tormentosa noche, cuando todavía me hallaba perplejo ante la inesperada confesión de Xema, según la cual fue mi propio padrequien asesinó a Sole después de cometer estupro con ella, llegó a L’Olivar en el último día de aquel mes de septiembre la segunda sorpresa, personificada esta vez en alguien que abandonara la finca tres años antes.

La llegada de Irma fue precedida de varias llamadas telefónicas que me hizo en días anteriores. Fueron llamadas angustiosas, desesperadas, en las que suplicaba mi perdón y me pedía que volviese a aceptarla a mi lado.

—Sé que te he hecho daño y que no amerito tu amor; pero te ruego que me perdones.

Según aseguraba, participó en aquel engaño por estar perdidamente enamorada de Ramón, pero que luego, una vez se acostumbró a nuestra convivencia y me tomó cariño, quiso dejarlo, aunque entonces hubo de seguir con la trácala por miedo a las represalias de mi primo. A mí me costó imaginarme a Ramón amenazándola seriamente. Sabía que en esto último me estaba mintiendo, pero sólo le repliqué con un silencio; un silencio que se prolongó tan significativamente que ella supo interpretarlo correctamente a través del hilo telefónico.

—Comprendo que te cueste creerme, pero no más tienes que darme la oportunidad de demostrarte cuán cierto es mi arrepentimiento y mi amor por ti. Te he extrañado mucho…

—Pero, entonces, ¿por qué no quisiste hablar conmigo?

—Porque estaba avergonzada. Además, sabía que si platicaba contigo, Ramón me castigaría. — No me podía creer que mi primo fuese capaz de maltratarla, de golpearla como un vulgar proxeneta; sin embargo, ella persistía—: Te juro que, después de gastarse todo el dinero en juegos y vacilando con sus cuates, me obligó a prostituirme, amenazándome con matarme si huía.

—Pero podías haber acudido a mí. Podías haberme pedido ayuda —le insistí, siguiendo su juego pese a estar convencido de su engaño, seguramente porque, en el fondo de mi alma, aún pervivía una llama de esperanza, alimentada por los restos de aquel gran amor que sentí por ella.

—¿Qué te crees, que no lo deseaba? —sollozó—. Pero te repito que tenía miedo de Ramón. El día en que te presentaste inesperadamente en nuestra casa, me amenazó con matarnos si salía de la estancia en que estaba encerrada. Por eso te dije que te fueras, que no quería verte, a través de la puerta cerrada. ¡Cómo lloré cuando te fuiste! ¡Cómo lloré y me desmeché los cabellos de desesperación al imaginar el odio que empezarías a sentir hacia mí!

Podía haberle dicho que no la creía, que me acordaba perfectamente de cómo fue ella quien se apresuró a esconderse en aquella habitación cuando supo de mi llegada; pero en cambio le pregunté:

—¿Y ahora no tienes miedo de Ramón?

—Claro que sigo temiéndole, pero ahorita estoy decidida a huir porque sé que si no lo hago terminará matándome. Acabo de salir del hospital, en donde he estado ingresada varios días por culpa de la última golpiza que me dio. Aún tengo las señales en mi rostro…

Aquello sí que me impresionó, desbaratando en gran medida el escepticismo con que estaba escuchando sus palabras. Y si bien no llegamos a ningún acuerdo concreto, esas conversaciones telefónicas sirvieron para preparar su regreso. Un regreso que apenas si me sorprendió y que se produjo en la última mañana septembrina, cuando arribó a la finca en el taxi que alquilara poco antes en la estación de Villena.

Irma se presentó ante mí vestida con pantalón vaquero y una blusa muy ajustada bajo cazadora de cuero. Estaba un poco más delgada, lo que aumentaba la esbeltez de su cuerpo, pero sus caderas se mostraban igual de rotundas y bien contorneadas, pronunciando su cintura avispada. Sus trenzas largas y negras se mecieron delicadamente sobre sus hombros cuando se agachó para dejar en el suelo las dos maletas que cargaba. Sus labios melosos me sonrieron indecisos y sus ojos aztecas me miraron con timidez. En uno de sus pómulos todavía coloreaba la huella de un puño y en su cuello se apreciaban las señales de unos dedos que debieron presionar su garganta con fuerza y rabia; pero, a pesar de ello, su piel de canela resplandecía con tanta belleza que debía de seguir siendo la envidia del Colibrí del Sur.

—Por favor, déjame que me quede, aunque sea en un jacal —me suplicó con voz doliente.

Entre sus largas pestañas habían quedado aprisionadas unas lágrimas que brillaron como perlas, antes de caer sobre sus mejillas sonrosadas, donde resbalaron con suavidad hasta llegar a una barbilla que temblaba de emoción. Mi razón me advirtió sobre la mentira y la traición, recordándome el cartesiano consejo de que no es prudente fiarse de quienes nos han engañado una vez, e incluso me pareció escuchar la voz de la Castellana cuchicheándome aquello de que quien hace un cesto, hace ciento; pero mi corazón se estremeció ante tanta ternura y belleza, entregándose de nuevo al azaroso capricho del amor, al mismo tiempo que me acercaba a Irma para estrecharla entre mis brazos.

—No vuelvas a dejarme. Por favor, no vuelvas a abandonarme. No podría soportarlo otra vez —le susurré al oído. Y ella me respondió:

—Te juro que nunca más me separaré de ti. ¡Jamás me iré de esta casa si no es contigo!

XIII

Pero ya nada fue como antes, por más que ambos lo intentamos. Es cierto que Irma tuvo la prudencia y discreción de no hacer ningún comentario cuando advirtió los cambios que se habían hecho por toda la finca para erradicar su recuerdo, del mismo modo que tampoco yo me referí a la gargantilla que le regalara para su vigesimoséptimo cumpleaños y que ya no veía en su cuello; pero tales detalles debieron causarle a ella tanto pesar como a mí.

Es cierto que Irma procuró recuperar el respeto de la servidumbre, incluido Joanet, mostrándose humilde y predispuesta a colaborar en las faenas domésticas, hasta el extremo de pasarse horas y horas en la cocina, ayudando a Virtudes; pero al cabo de cierto tiempo no sólo empezó a renegar de aquellos guisos «demasiado sosos», lo que ya la indispuso con ella, sino que además se emparejó con los ingredientes necesarios para ofrecerme enchiladas y mazacotes tan cargados de especias, que me sentaban como piedras en el estómago.

También se esforzó en simpatizar contigo cuando estuviste aquí unos días por Navidad, pero tengo la impresión de que no te cayó bien, pese a que tú nunca me lo confirmaste de palabra.

Es cierto que intentó complacerme escuchando música clásica en la biblioteca, mientras nos abrazábamos en el diván; pero poco a poco hizo que tal melodioso ambiente fuera sustituido por otro más estridente, que se extendió además al resto de la casa. Es cierto también que recurrió a toda su destreza y experiencia para que nuestros encuentros sexuales fueran tan apasionados y arrebatadores como antaño, pero ninguno de ellos, ni siquiera el primero, se aproximó al clímax deseado. Quizá se debiera a que sus susurros se me antojaron menos creíbles cuando me decían «mi amor» o «¡qué lindo lo haces, papíto mío!»; o a que sus muslos me parecieran menos tersos y sus pechos menos respingones, por manidos, cuando se horqueteaba encima de mí como una experta jineta; o a que notara su vulva, su concha, mucho menos estrecha. O quizá fuera un conjunto de todo eso lo que hizo que perdiera mi interés por el sexo y que ella decidiera ocupar otro dormitorio, aprovechando una de mis crisis asmáticas y con la excusa de que así ambos podríamos descansar mejor. Es cierto, por último, que no fue remisa en satisfacer mi curiosidad, pues me contó cómofueron sus relaciones con Ramón y sus amigos, enterándome así de la forma como Miguel Ángel Amorós dejó de ser el cuate de mi primo en cuanto empezó a despuntar en política:

—Nunca me gustó ese tilingo que no hacía más que comerme con los ojos a través de sus espejuelos y que buscaba a Ramón para vacilar, pero en cuanto vio que su amistad le daba más preocupaciones que ventajas, lo encampanó, lo dejó tirado.

En efecto, yo sabía que Miguel Ángel estaba participando en la creación de un partido político que habría de dar sustento al nuevo presidente de Gobierno, ya que su nombre aparecía con cierta asiduidad en los periódicos nacionales y su cabeza redonda y calva, parapetada tras unos anteojos de gruesa montura, solía asomarse de vez en cuando en mi salón por medio de la televisión. De ahí que no me extrañara saber que había rechazado la compañía de mi primo y, por ende, de gente como Xema. Por cierto que Irma apenas si recordaba a mi cuñado, aunque sabía que Ramón tuvo mucho trato con él, hasta que Miguel Ángel dejó de velar por sus intereses, «procurándole los mejores licenciados y expensando todos los gastos ante los tribunales, cada vez que tenía problemas legales». Pero no es menos cierto que me sentí irritado, y luego completamente desazonado, cuando oí la razón por la que había abandonado a su hijo recién nacido:

—No lo hice porque fuera deforme. Lo hice porque pensé que era mejor que se quedara en casa de su padre. Me dolió mucho hacerlo, pero yo me disponía a huir, a escaparme con Paco, a quien amaba entonces locamente, y sabía que no podría cuidarle bien, hasta que consiguiéramos establecernos debidamente. Te juro que estaba decidida a recuperarlo, pero para cuando quise hacerlo, la criaturita ya había muerto.

Su voz se había quebrado varias veces y sus ojos se inundaron de lágrimas, pero por alguna razón intuí que aquella voz y aquel llanto no nacían del corazón de Irma, sino que eran producto de la avezada y depurada capacidad histriónica de Eréndira.

Quizá fue por la acumulación de todas aquellas cosas por lo que, apenas medio año después de su regreso a L’Olivar, empecé a verla con ojos distintos, identificándola más como Eréndira que como Irma, y descubriendo lo mucho que empezaba a molestarme su presencia, debido a pequeños detalles que, no obstante, cada vez se me hacían menos soportables. Así, me incomodaba el modo como me miraba, bizqueando ligeramente su ojos derecho; me contrariaba la manera como me pelaba el diente, halagándome como amante; me disgustaba el tono zalamero y rutinario con que me llamaba «papíto mío» o «mi amor»; odiaba la música que escuchaba, fuera rock o pop, mañanitas o rancheras; me producía repugnancia el rodal apenas perceptible de carmín que sus labios carnosos dejaban en las copas y vasos; y me resultaba insufrible el empalagoso perfume de rosas que parecía manar de cada uno de sus poros y que se pegaba a mi cuerpo como una segunda e invisible piel. Hasta sus ojos lanceolados empezaron a enojarme, pues en ellos me parecía vislumbrar el brillo burlón con que Eréndira me miraba.

XIV

Y esta aversión se agudizó a partir del día en que descubrí que Eréndira mantenía contactos secretos con mi primo. No contando ya con la complicidad de Mariano, esta vez Eréndira y Ramón tuvieron más difícil su comunicación, pues sabían que las llamadas telefónicas destinadas a L’Olivar debían de pasar previamente por la centralita de Marisol, ahora atendida por una de sus hijas, y el correo siempre pasaba por mis manos, una vez entregado por el cartero. Pero precisamente en aquel año de 1977 se produjo en Castalla la automatización del servicio telefónico, de manera que las llamadas podían llegar a nuestro aparato directamente desde cualquier punto de España y del extranjero, sin necesidad de que la hija de Marisol interviniese como enlace. Y aquel adelanto tecnológico sirvió para que Eréndira y Ramón pudieran reiniciar sus relaciones.

En un principio achaqué aquellas llamadas extrañas que parecían cortarse en cuanto yo contestaba, a un mal funcionamiento de la línea telefónica, pero luego comprendí que debieron ser los primeros intentos de mi primo por contactar con Eréndira. El día en que descubrí por vez primera estos contactos mi cólera se vio en cierta medida apaciguada por la manera como oí que ella le replicaba:

—No quiero volver a saber nada más de ti. No quiero que vuelvas a llamar. No consentiré que me estropees la vida otra vez.

Eréndira estaba en mi despacho, utilizando uno de los tres teléfonos supletorios que había hecho instalar en el mas, y yo estuve escuchándola sin que me viera desde el pasillo, al otro lado de la puerta entornada. Una vez que hubo terminado, esperé a que ella me contase de motu proprio su conversación con mi primo, pero no lo hizo, y aunque supuse que no quiso hacerlo para no disgustarme, estuve alerta durante cierto tiempo para comprobar si volvía a hablar con él. No lo hizo, o por lo menos yo no tuve constancia de ello, a pesar de que las llamadas extrañas siguieron sucediéndose, y consecuentemente al cabo de unas semanas relajé mi vigilancia. Hasta que de nuevo la descubrí conversando por teléfono a escondidas, esta vez desde el aparato que hay en mi dormitorio. Eréndira seguía mostrándose enérgica:

—No vuelvas a llamar, ¿me oyes? No insistas. ¡Jamás volveré a verte! —pero a continuación me sorprendía al oír de sus propios labios la verdadera razón de su despecho—: ¿Cómo te atreves a pedirme eso, después de la golpiza que me dio ese monstruo? Casi me mata y tú no se lo impediste… —y la sorpresa se trocó en dolor e ira al comprender que ella me mintió cuando me contó que había sido mi primo quien la había golpeado.

Era evidente que su enfado con Ramón se debía a esa tremenda paliza que le había propinado un cliente y que él no supo o no pudo evitar. Pero, ¿quería eso decir que había dejado de quererle? ¿Hasta cuando duraría su enfado? Para conocer las respuestas a estas preguntas, para poder escuchar sus conversaciones con mayor tranquilidad y por completo, sin que ella lo supiera hice conectar a la línea telefónica una grabadora que escondí en uno de los armaritos de mi despacho, y que se ponía en funcionamiento automáticamente en cuanto se hacía o se recibía una llamada. Y así fue como seguí las evoluciones de aquella relación tan tempestuosa, contradictoria y apasionada, hasta la reconciliación total.

Las llamadas extrañas desaparecieron, pero a cambio el uso clandestino que hacía Eréndira del teléfono fue haciéndose cada vez más frecuente, pues llegó un momento en que, cualquier ausencia mía de la casa, por breve que fuese, era aprovechada por ella para llamar a su amante. Después, por las noches, encerrado en mi despacho, yo escuchaba sus conversaciones, retorciéndome las manos y el alma.

—Hay veces en que creo que sospecha… Desde hace un tiempo para acá se comporta de un modo muy raro, sus ojos no dejan de observarme, con esa mirada fija, fría, y aunque no me dice nada desagradable, consigue que esté siempre incómoda, que me sienta despreciada, odiada… ¡Cada día se me hace más insoportable estar acá, encerrada junto a él!

—Pues vuelve conmigo. Sabes que nadie te ha querido ni te querrá como yo, y que nunca te he impedido hacer lo que tú has deseado hacer, por mucho que me doliese. Quisiste vengarte de Paco, y yo te ayudé, quisiste volver a ver a otros hombres para ganar dinero, y yo accedí…, pero ahora ya no puedo vivir sin ti. Ya no quiero vivir si no es contigo. ¡Dime qué debo hacer, y te juro que lo haré!

—Pero estamos arruinados. No tenemos ni un centavo. Necesitamos dinero y el único que puede proporcionárnoslo es Vicente.

—¡Pero si dices que te resulta insoportable seguir con él! Vente. Vuelve conmigo y ya buscaremos la manera de seguir adelante.

—La verdad es que esta vez la cosa está pelona. No va a ser fácil engañarle de nuevo…

—¡Por eso debes desistir! ¡Vuelve conmigo! —insistió él con la vehemencia y la desesperación del más apasionado de los enamorados—. Además, tenemos las películas y fotos pornográficas de Paco en las que sale Miguel Ángel. Cuando se entere de que las tengo en mi poder, estoy seguro de que me pagará muy bien por ellas.

—Pero eso puede ser muy peligroso. Tiene muchos amigos y muy poderosos.

—No querrá arriesgarse y pagará. Te lo digo yo, que lo conozco muy bien y desde hace muchos años. Ahora que está por fin a punto de alcanzar la cumbre de su carrera política, no querrá echarlo todo a perder y se avendrá a razones. Tendrá que volver a ayudarnos.

—Pero esas fotos y películas son de hace muchos años…

—Da lo mismo. El escándalo será igual de perjudicial para él. De ninguna manera permitirá que se hagan públicas. Mira, mañana mismo pensaba hablar con él, pero, si quieres, puedo dejarlo para más adelante y voy hoy mismo a buscarte…

—No, todavía no. Déjame pensarlo un poco más de tiempo.

Y el tiempo transcurrió durante unos días más, hasta que por fin ella le alegró el alma a mi primo, anunciándole su regreso a Madrid para el día siguiente:

—Mañana Vicente ha de ir a Alicante. Se marchará temprano, de madrugada. Y coincide que es el día de descanso de Virtudes. Así que me resultará fácil irme sin dar explicaciones. Llamaré a un taxi para que me lleve a Villena y desde allí tomaré el primer tren que vaya a Madrid…

Después de escuchar esta última conversación entre Eréndira y Ramón, me quedé en mi despacho durante varias horas reflexionando sobre la relación que mantenían ambos, la huida que por segunda vez estaba a punto de emprender ella y lo que yo debía de hacer al respecto.

Sentí un agudo dolor en lo más profundo de mi corazón al reconocer el verdadero amor que les unía. Por supuesto que era un amor un tanto especial, pues, en contra de sus deseos, él permitía que su amante mantuviese relaciones con otros hombres, e incluso que conviviera conmigo, pero ¿acaso tal consentimiento no demostraba la enormidad de su amor? Se le notaba sincero cuando hablaba de la preocupación y la amargura que sentía por tener que compartirla, y sin embargo aceptaba sumiso aquellos sacrificios con tal de no perderla definitivamente. ¿Acaso no había hecho yo lo mismo cuando la conocí? También consentí que ella siguiera viendo a otros clientes durante cierto tiempo y, si bien llegó el momento en que decidí tenerla para mí solo, ¿no la perdí pese a venir a vivir conmigo? Pero con rabia hube de reconocer que jamás ella estuvo enamorada de mí. En cambio sí parecía estarlo de Ramón. Seguramente, aventuré, antes incluso de que yo la conociera, ya existía esa relación sentimental entre ambos. ¿O quizá ésta surgió mientras compartieron con Paco la casa de mi tío? En realidad me era indiferente saber cuándo nació entre ellos ese sentimiento. Lo que verdaderamente me atormentaba era saber que había sobrevivido a aquellos cinco años que ella vivió aquí, conmigo, en mi propio hogar.

Desde luego la forma como Eréndira sentía y demostraba su amor era tan especial que costaba creer en su sinceridad: no le importaba practicar el sexo con otros hombres y parecía que, en su escala de valores, el dinero prevalecía sobre el amor; pero la franqueza de sus sentimientos hacia Ramón era evidente. A su manera, ella le amaba, y aunque le preocupaba no tener dinero, y así se lo había reprochado a Ramón: «Estamos arruinados», le había dicho, planteándoselo como un reparo a su vuelta con él, sin embargo estaba dispuesta a hacerlo, a volver a su lado pese a que la solución del problema económico dependía de un asunto tan peligroso e incierto como el chantaje que él estaba dispuesto a hacerle a Miguel Ángel. Prefería marcharse con Ramón, aunque ello conllevara pasar nuevas penalidades, tener que recurrir probablemente de nuevo a la prostitución y arriesgarse a recibir alguna que otra paliza (o algo más grave, como las represalias de Miguel Ángel), antes que quedarse conmigo, disfrutando de la estabilidad que yo le garantizaba y que ella vino buscando apenas seis meses atrás.

También yo pensaba que lo mejor era que Eréndira desapareciese definitivamente de mi vida, pues, lejos de sentir por ella aquel amor que me hacía buscarla con los ojos día y noche, su compañía ahora me resultaba molesta, casi odiosa. Pero no estaba dispuesto a consentir que me humillara de nuevo, que se burlara de mí por segunda vez. De modo que, a la mañana siguiente, después de ir a casa de Joanet para pedirle que hiciera una pequeña obra en la cocina del mas, telefoneé a Rafael Amorós para disculparme por no poder ir a Alicante. Luego le pedí al Xop que llevase mi coche al taller de Castalla, para que lo revisaran.

—Pero es que iba a llevar a Esperanza al mercado en mi furgoneta —me explicó.

—Pues llévala en mi coche y, después de que lo revisen y ella haya comprado, volvéis.

Y así lo hicieron, quedándome a la espera de que Eréndira se despertara.

Tras oírla trajinar en su alcoba durante un rato, a eso de las once de la mañana Eréndira bajó las escaleras cargando sus dos maletas y segura de mi ausencia, por haber visto a través de la ventana cómo mi coche salía de la finca. Desde el otro lado de la puerta entreabierta de la cocina la vi dejar las valijas en el zaguán y dirigirse luego al salón para avisar a un taxi por teléfono. La seguí sin apoyarme en el bastón, tan silenciosamente como una sombra, hasta colocarme detrás de ella y, justo cuando estaba a punto de marcar el número en el dial, oprimí con mi mano el gancho del aparato. Eréndira dio un respingo y, soltando el teléfono, se alejó de un salto.

—¡Dios mío, qué susto! ¿No te ibas a Alicante?

—Ya ves que no —le dije mientras ponía el auricular en su sitio—. ¿Y tú? ¿Adónde vas?

Por un instante creí que iba a mentirme. Sus ojos dudaron y sus labios se movieron, pero enseguida se percató de que no había posibilidad alguna de engañarme. Llevaba puesto un poncho y tenía las manos enguantadas, lo que evidenciaba su disposición a salir; y además estaban las maletas en el zaguán, que anunciaban un viaje inminente y lejano.

—No sabía cómo decírtelo. No quiero herirte y pensaba que lo mejor era irme sin que tú me vieras. Evitar una despedida dolorosa…

—Pero tú me prometiste que nunca volverías a abandonarme —le reproché, acercándome a ella y levantando ligeramente el bastón.

—Lo siento, Vicente. De veras que lo lamento, pero creo que lo mejor para los dos es que…

—¡Me juraste que jamás te marcharías de esta casa sin mí!

Eréndira había dado dos pasos hacia atrás, observando con ojos asustados cómo acariciaba el regatón de mi bastón con la mano izquierda, pero yo volví a acercarme a ella, acorralándola contra la pared y la librería.

—Ya sé que te lo juré. Y no sabes cómo me duele…

—¡Basta! ¡Basta de mentiras! —le grité, blandiendo el cayado con rabia.

—¡Por Dios, Vicente, cálmate! —me suplicó aterrorizada.

—¿Crees que puedes humillarme otra vez impúnemente? ¿Crees de verdad que voy a consentir que volváis a burlaros de mí? ¡Quizá seáis tal para cual! ¡Quizá os merezcáis el uno al otro! A fin de cuentas, Ramón es un pobre desgraciado y tú una puta de la peor ralea; pero qué equivocada estás si piensas que puedes reírte de mí, venir a mi casa pidiendo mi ayuda y mi cariño, para luego volver a dejarme como si fuera un perro.

Los ojos lanceolados de Eréndira se agrandaron aún más. Esta vez no había en ellos asomo de lágrimas, pues se hallaba tan estupefacta por mi reacción, por la manera tan inesperada como me estaba comportando, que ni siquiera pudo recurrir al llanto para calmarme. En aquellos ojos negros y grandes no cabía en ese momento otra expresión más que el pánico. La misma clase de pánico que debieron de sufrir las víctimas de sus antepasados sobre el altar de Huitzlopochtli, cuando veían al oficiante levantar el sagrado cuchillo con el que habría de arrancarles el corazón.

—No me voy con Ramón —murmuró Eréndira en un desesperado intento por aplacar mi ira.

Pero aquella mentira suya precipitó el final. Desde hacía unos segundos yo tenía la vista nublada por culpa de la sangre que se agolpaba en las venas de mi cabeza, palpitándome como un clamor vengativo, pero eso no fue óbice para que, moviendo el brazo derecho con rapidez y brío, le golpeara con el bastón en la frente. Eréndira se tambaleó, llevándose las manos a la cabeza, pero eso no impidió que un nuevo bastonazo, seco y contundente, le abriera otra brecha en la coronilla. Entonces ella cayó de rodillas delante de mí, como si me implorara por su vida, pero nuevamente descargué mi báculo con furia, quebrándoselo en su espalda. Eréndira perdió el conocimiento, quedando sobre el suelo en posición fetal, y yo me volví ahogándome de rabia para encontrarme con Joanet, que había estado observándonos de pie y en silencio, bajo el dintel de la puerta.

—Llévatela —le ordené en tanto me dejaba caer exhausto sobre el sillón más cercano.

Joanet se acercó hasta donde estaba Eréndira y, cogiéndola en brazos, se la llevó fuera del salón. Pocos minutos después, una vez me hube calmado, me levanté y fui hasta la cocina sin ayuda del bastón. Joanet ya había abierto la trampilla del aljibe y por el agujero que había quedado al descubierto arrojó una cadena de gruesos eslabones, rematada en uno de sus extremos por una argolla. Eréndira sangraba abundantemente por las heridas de su cabeza, pero seguía respirando. Estaba tumbada boca arriba, inconsciente, con la cara manchada de la sangre que brotaba por la brecha que tenía en la frente y que le afectaba el ojo izquierdo, ya hinchado. A Joanet le había dado tiempo de ajustarle en uno de sus tobillos otra argolla ancha y robusta, y bajo los hombros le había atado una soga con cuya ayuda se dispuso a descolgarla por el hueco de la cisterna.

Yo me asomé para escudriñar el fondo, que debía estar a unos cinco metros de profundidad, pero enseguida perdí de vista el cuerpo de Eréndira, que fue tragado por la oscuridad. En cambio sí que vi a varias ratas enormes que se escabulleron asustadas por la cañería que sirviera para llevar hasta allí el agua de lluvia, ahora cegada, y por el estrecho rebosadero que había a dos palmos de la boca del aljibe.

Cuando Joanet sintió que Eréndira había llegado abajo, dejó caer la soga. A continuación cogió la escalera de mano que había dejado sobre el suelo de la cocina y la introdujo también en el aljibe, hasta que tocó fondo. Entonces encendió una linterna y bajó por la escalera con decisión, sin preocuparse de los quejidos de los travesaños de madera; ni de lo justo que pasaban él y su joroba por aquel agujero, de cuyas paredes de mortero, húmedas por haber perdido su impermeabilidad hacía muchos años, se desprendían al menor roce tormos de tierra; ni de los chillidos de las ratas que corrían despavoridas en busca de un escondite seguro. Al llegar abajo, el masero buscó con la linterna la cadena, que había quedado medio sumergida bajo el charco de agua putrefacta que cubría el suelo. Mientras la buscaba, la linterna iluminó a Eréndira, que había caído sentada y con la espalda apoyada en una de las paredes. Una vez encontró la cadena, colocó la linterna en el suelo, de manera que enfocara el trozo de pared donde decidió clavar la argolla, con ayuda del martillo que llevaba sujeto al cinturón. Luego, tras desatarle la soga, cerró la espernada que había en elotro extremo de la cadena por el aro que tenía Eréndira en uno de sus tobillos. A causa de los martillazos que hubo de dar, ella pareció espabilarse, moviendo las manos y entreabriendo los párpados de su ojo sano, aunque volvió a cerrarlo en cuanto el masero concluyó su trabajo.

A mí se me antojó innecesario tal encadenamiento, pero no dije nada, pues no quería contrariar al concienzudo Joanet. Éste sacó la escalera de la cisterna después de ascender por ella cargando martillo, linterna y soga, y, mientras así lo hacía, las tinieblas volvieron a apoderarse del fondo de aquel agujero, impidiéndome ver el cuerpo que quedaba allí abajo. Y las tinieblas debieron enseñorearse por completo de aquel lugar cuando Joanet volvió a tapar el aljibe con la sólida lastra que servía de trampilla, la cual fue sellada con yeso. Acto seguido, Joanet recogió las granzas con una escoba de tamujo, colocó sobre la trampilla el pesado trinchero de pino y fregó el suelo, devolviéndole así a la cocina su aspecto habitual.

También el resto de la casa recuperó la normalidad cuando Joanet terminó de limpiar las gotitas de sangre que habían manchado el suelo del salón y se deshizo del bolso y de las maletas de Eréndira quemándolas en su propio horno. Luego, regresó al mas trayendo consigo el gaiato que fuera de su abuelo, el viejo Cosme, para regalármelo en sustitución del cayado que había roto.

—Te estoy infinitamente agradecido —le dije delante del Xop y de Esperanza, quienes ya habían vuelto de Castalla y se hallaban mucho más preocupados por el estado anímico en que me encontraba por culpa de la repentina marcha de Irma, que por la pérdida de mi único bastón, el cual, según les conté, fue víctima de mi enojo cuando vi cómo ella me abandonaba de nuevo, subiéndose al taxi que habría de llevarla a la estación de Villena.

Aquella noche no pude dormir. Y tampoco la siguiente. Ni la siguiente. Sentado en mi butaca de la biblioteca, sin más compañía que la tenue luz de la lamparita que hay encima del escritorio y el rítmico compás del reloj de pie, me quedaba inmerso en profundas meditaciones hasta que la claridad del amanecer empezaba a filtrarse a través de los cortinajes. Virtudes se equivocaba cuando atribuía mi insomnio al dolor y a la rabia que debía sentir por la nueva huida de Irma, como también tú yerras si piensas que mis cavilaciones eran producto de los remordimientos. No, no sentí remordimiento alguno, y mucho menos arrepentimiento, puesto que creía, y creo, que tan sólo había contribuido a propiciar un castigo cabal, adelantando un final por otra parte inevitable. Como todos nosotros, como todo cuanto conforma y participa en este mundo de ilusión, Eréndira estaba llamada a desaparecer tarde o temprano y de un modo u otro. Lo único que yo hice, con ayuda de Joanet, fue dar cumplimiento a ese final de una manera justa y oportuna.

Ciertamente fueron muchas las veces en que mi imaginación, en contra de mis propios deseos, bajaba hasta el fondo del aljibe para suponer el estado en que se encontraba Eréndira, viéndola entonces acurrucada y sollozando, aterida de frío y de dolor, queriéndose liberar de las mordeduras de las ratas y de la cadena que la mantenía sujeta a la pared, para intentar alcanzar la salida encaramándose con la única ayuda de sus uñas o, quizá, tirándose de los pelos, tal y como cuentan que pretendía salir del pozo en que había caído el ingenuo barón Múnchhausen. Incluso un par de veces me sorprendí a mí mismo observando en silencio la lastra de piedra que había bajo el trinchero, pese a tener decidido no entrar en la cocina hasta al cabo de varios meses, si no años. Pero la compasión que despertaron en mi alma tales pensamientos no fue lo suficientemente intensa y duradera como para vencer mi ansia de venganza.

No obstante, para evadirme, para evitar la posibilidad de que aquel sentimiento compasivo pudiera acabar ablandando mi corazón, y para recuperar el sueño, decidí marcharme durante unos días a Alicante, convencido de que la lejanía y el transcurrir del tiempo me ayudaría a olvidar todo cuanto había sucedido.

 

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