Cultura

1º Entrega: La herencia

La herencia. Año 1996. Josep era más conocido por todos como Xop1. Hasta él mismo se conocía así mejor. Si alguien le llamaba Josep, o Pep, tardaba en reaccionar o simplemente pasaba de largo. Desde muy niño había aprendido a responder a este apodo heredado de su padre.

Aquella mañana Xop conducía lentamente su tractor, dejando que las vertederas que éste llevaba acopladas removieran a conciencia la tierra virgen. La docena de palas se hincaban en la tierra blanca, profundizando y escarbando en ella, hasta dejarla tras de sí esponjosa y de un color más oscuro. Josep sabía que esa primera reja convertiría aquel pedregal cubierto de matorrales en un noval en donde crecerían fértiles olivos, por eso estaba contento. Sonreía mientras apoyaba ambas manos en el volante, echando de vez en cuando una fugaz mirada hacia poniente.

La bruma matutina ya había desaparecido casi del todo, dejando a la vista la parte del valle que le separaba del pueblo. A poco más de dos kilómetros de allí, Castalla se desperezaba con tanta indolencia como una reina arruinada, coronada con los restos de una fortaleza roquera.

Xop había madrugado para dar esa reja porque el día se le presentaba cargado de faena. Eran muchas las cosas que había por hacer en la finca, pero tenía interés en preparar esa tierra para plantar en ella varias decenas de olivos propios. Aquel terreno lo había heredado hacía apenas unos meses. El anterior propietario de la finca así lo había dispuesto en su testamento: a su muerte, la casa que Xop ocupaba con su esposa y sus tres hijos, así como otros terrenos repartidos por la colina, debían pasar a ser de ellos. Y así había sido. La sobrina heredó la masía y el resto de la finca; excepto otra parte de la colina, en el extremo opuesto, donde estaba la caseta de Joanet, el viejo maser2, ahora moribundo.

De pronto las vertederas hicieron un ruido raro a la izquierda del tractor, pero Xop no le dio mucha importancia. A menudo alguna de las palas chocaba con un pedrusco, produciendo un ruido desagradable. Pero esta vez, al mirar hacia atrás, vio cómo un objeto extraño asomaba entre la tierra levantada. Aunque estaba medio oculto, el color amarillo de aquel bulto le llamó la atención.

Xop detuvo el tractor y se bajó de él para acercarse al lugar donde había quedado, semienterrada, aquella cosa. Se puso en cuclillas y con una mano levantó un jirón de tela impermeable, cayendo entre sus pies algo alargado y rebozado de tierra. Dejó la tela, recogió lo que había caído de ella, y, tras limpiarlo superficialmente, examinó con detenimiento el hueso. No se sorprendió de tal hallazgo; otras veces, al labrar o cavar, se había encontrado con restos de animales. Él mismo había enterrado por allí a más de un perro y un gato. Sin embargo, este hueso parecía demasiado largo como para ser de uno de aquellos animales; y, además, el ruido que habían hecho las palas le hacían pensar que éstas debieron chocar con algo más consistente que un simple hueso y un trozo de ropa.

Anduvo unos pasos, hundiendo sus botas en la tierra esponjosa, hasta que se tropezó con algo que le hizo proferir un gruñido de asombro. Volvió a agacharse para recoger otro pedazo de tela amarilla, junto a la cual había más huesos. Pero esta vez Xop supo enseguida que los restos no eran de perro ni de gato ni de ningún otro animal. Aunque nunca antes había tenido una como aquella entre sus manos, estaba seguro de que la calavera desenterrada por su tractor había pertenecido a un ser humano.

2

Al pasar bajo el Maigmó, los cristales del Peugeot 305 empezaron a empañarse. Fuera del coche hacía frío. Mucho frío. Según calculó Javier Mínguez, la temperatura externa debía de rondar los cero grados. Ocho menos que en Alicante.

Apenas un par de horas antes, el día había amanecido gris y brumoso. Como venía ocurriendo desde el principio de los tiempos, la claridad del alba empezó a deshacer el abrazo con que se habían unido cielo y tierra, confundiéndose entre sí merced a la oscuridad nocturna. Pero, conforme avanzaba por la carretera, ascendiendo hacia la montaña, Javier notó que esta vez el plomizo día le costaba mucho más separarse de su amada.

Tras una curva, más que atisbar imaginó el principio de la Hoya de Castalla, un valle en forma de T rodeado por sierras, que se repartían los municipios de Ibi, Onil, Tibi y, por supuesto, Castalla.

Precisamente por el extremo inferior de esa T era por donde circulaba en aquel momento. Se dirigía hacia una finca de Castalla llamada El Olivar, en donde, unos días antes, un labriego había desenterrado accidentalmente los restos de una persona. El lugar no era un camposanto y todo apuntaba a que la ropa y los huesos hallados eran los de alguien que había sido víctima de una muerte violenta, y a la que aún no se había podido identificar por no haberse encontrado ningún tipo de documentación.

El labriego había dado aviso de su macabro hallazgo en el cuartel de la Guardia Civil de Castalla e inmediatamente se puso en conocimiento de tal hecho al Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Ibi.

Después de que varios números rastrearan la zona bajo la supervisión del médico forense, recogiendo los restos óseos y de ropa que hallaron enterrados o desperdigados por encima de la tierra labrada, destrozados en su mayoría por las palas del tractor, el juez dio orden de trasladar todo aquello al Depósito Municipal de Ibi, en donde el funcionario ibense los examinó antes de redactar un informe, cuya copia había leído Javier tres días atrás. En dicho informe se aseguraba que los huesos formaban parte de un único cadáver, de sexo varón, y que, amén de unas botas camperas, los jirones de ropa encontrados pertenecían a diferentes prendas de vestir. A partir de ahí, las conclusiones del forense ya no eran tan precisas: el hombre tendría entre los cincuenta y cinco y los sesenta años de edad; probablemente era rubio, según sugerían los pocos pelos hallados entre la ropa; y aproximadamente hacía veinte años que había sido enterrado, vestido con un pantalón de pana negra, tal vez un jersey de lana, botas camperas y un anorak o gabán amarillo de tela impermeable que, según se suponía, había servido para conservar mejor los vestigios óseos. En cuanto a la causa de la muerte, se reconocía la dificultad de aventurar siquiera una hipótesis debido a la gran fragmentación del esqueleto y a la desaparición de algunas piezas importantes, como cuatro de las siete vértebras cervicales; asimismo se observaban señales de tres traumatismos craneales, pero ninguno era mortal.

Las investigaciones periciales fueron iniciadas por miembros del cuartel de Castalla, pero, en cuanto el caso se hizo público a través de los medios de comunicación provinciales y trascendió luego al resto del país por culpa, sobre todo, de las emisoras de televisión, el comandante en jefe de la Guardia Civil de Alicante ordenó que se hiciera cargo de ello el Grupo de Policía Judicial. Y así fue como Javier Mínguez, suboficial adscrito a este grupo de la Benemérita, se vio comprometido en la resolución del caso. Resolución que, como él sabía muy bien, pasaba inevitablemente por la identificación de aquel cadáver. Para ello, y por conocer la escasez de medios que padecía el Gabinete de Identificación de su Comandancia, lo primero que hizo fue solicitar la colaboración del Gabinete de Policía Científica dependiente de la Comisaría Provincial, cuyo inspector-jefe se mostró en buena disposición para ayudarle:

―Analizaremos con detenimiento esos restos, pero ya te anticipo que, lo más seguro, es que tengamos que enviar algunas muestras al Gabinete Central de Madrid, para que realicen las pruebas de ADN ―le informó telefónicamente el policía desde su despacho de la calle Pascual Pérez.

―¿Y tardaremos mucho en conocer el resultado de esas pruebas?

―Entre quince y veinte días ―le había respondido el inspector-jefe de la Policía Científica de Alicante, dos días antes de que Javier se decidiera por fin a marchar hasta el lugar de los hechos.

A pesar de que los rayos solares luchaban por atravesar la plúmbea capa de nubes que poco a poco se separaban de la tierra, el frío seguía siendo muy intenso fuera del Peugeot 305, cuando éste se detuvo en la puerta del cuartel de la Guardia Civil de Castalla, situado en la entrada del pueblo y en la orilla derecha de la carretera regional 213. Encogido de frío pese a estar bien arropado con su chaquetón, allí le esperaba un sargento uniformado que se metió en el automóvil en cuanto Javier le hizo una señal.

―¡Joder, qué frío hace hoy! ―protestó el sargento, a manera de saludo.

―¿Hace mucho que espera fuera del cuartel?

―Lo justo para que la nariz se me haya quedado como un carámbano. ¡Hacía muchos años que no teníamos un invierno tan frío!

―Y eso que aquí deben de estar acostumbrados a las heladas. ¿A qué altura está Castalla?

―A casi setecientos metros sobre el nivel del mar. Pero, como puede ver, estamos rodeados de montañas con picos de hasta mil trescientos metros, y eso hace que nuestro clima sea muy distinto del que tienen allá abajo, en Alicante.

―Sí. Realmente parece mentira que estemos a menos de treinta kilómetros de la playa.

―Siga recto. Hemos de atravesar el pueblo.

Javier sólo conocía a su compañero de haber hablado con él por teléfono un par de veces, pero le caía bien. Además de ser afable, intuía que se trataba de un buen profesional.

Avanzaron por la misma carretera, dejando a la izquierda y en primer lugar el monumento dedicado al donante anónimo, levantado en el año 1978 por ser Castalla la población valenciana que donaba la mayor cantidad de sangre por habitante, y luego el núcleo urbano más antiguo, con sus callejuelas en cuesta, rodeando el montículo sobre el que se hallan las ruinas de un castillo, y la calle Mayor, que enlaza el edificio del Ayuntamiento, de fachada renacentista y construido en 1664, con la iglesia de la Asunción, de estilo gótico y erigida noventa y dos años antes. Pero todo esto pasó desapercibido para Javier, que estaba nuevamente concentrado en el repaso mental del caso que le había llevado hasta allí esa gélida mañana de invierno.

―De modo que ninguno de los habitantes de esa finca sospecha siquiera de quién puede tratarse ―dijo Javier con ánimo de abordar el asunto en cuestión, aun conociendo el resultado de las pesquisas que habían efectuado hasta entonces sus compañeros de Castalla.

―Así es. Hablamos con casi todos los que viven en la finca y nadie supo decirnos quién pudo ser enterrado allí. Además del hombre que descubrió los restos, hablamos con su esposa, que es la guardesa de la masía, y con dos de sus tres hijos. Pero no saben nada ni han oído hablar de alguna tumba en esas tierras.

―Y el dueño de la finca murió hace poco. ¿No es así?

―Sí. Vicente Berbegal falleció el año pasado. La finca la heredó su sobrina, que hasta hace poco vivía en Madrid. Pero decidió instalarse aquí hace unos meses, cuando empezó a trabajar en la Universidad de Alicante. Creo que ocupa una cátedra en la facultad de Derecho.

―¿Está casada?

―Divorciada. Tiene una hija de doce o trece años.

―Y tampoco ella sabe nada.

―No. Pero la verdad es que apenas si hemos podido hablar con ella. Está siempre muy ocupada.

―¿Cuánto tiempo hace que vive el labriego con su familia en la finca?

―Él y su mujer empezaron a trabajar para Berbegal hace unos veinticinco años. Llevan viviendo en la misma finca desde que se casaron, hace veintidós o veintitrés años. El viejo les cedió un terreno para que construyeran su propia casa y ahora han heredado una pequeña parte de la finca. También el anterior maser, Joanet, un anciano jorobado que está a punto de palmarla, heredó unos terrenos cercanos a su casa. Pero la masía y la mayor parte de la finca la heredó la sobrina, como te digo.

―¿Y ese tal Joanet ha vivido siempre en la finca?

―Tengo entendido que nació en la misma caseta en la que ahora se está muriendo. Es un hombre extraño. Está jorobado de espalda y también de carácter. Ha vivido siempre solo, dedicado exclusivamente al cuidado de la finca.

―¿Es muy viejo?

―Si no tiene los ochenta, le falta poco.

―¿Y él tampoco sabe nada del cuerpo enterrado?

―No hemos podido hablar con él. Por lo visto, está más muerto que vivo.

A la salida de Castalla se encontraron con un cruce en donde había varios carteles indicadores. Enfrente estaba Onil, por la izquierda se iba hacia Villena y, por la derecha, a Ibi y Alcoy. Siguiendo la indicación del sargento, Javier dirigió el coche camuflado de la Benemérita hacia la derecha, por la carretera regional 210.

―¿Y cómo era el anterior dueño?

―Don Vicente era un viejo huraño. Apenas si salía de su finca. Aborrecía el trato con la gente. O sea, que era lo que se dice un misántropo ―el sargento echó a Javier una mirada insegura, como excusándose por pronunciar una palabra de cuyo significado no estaba muy seguro. Pero se tranquilizó en cuanto su compañero de paisano asintió con la cabeza―. Era de una familia muy antigua de Castalla. Tenía todo cuanto uno puede desear: prestigio, muchísimo dinero y una finca preciso de casi cien hectáreas. Pero, por alguna razón, no parecía disfrutar de nada de eso.

―¿La catedrática era su única familia?

―Parece ser que sí. Era viudo, pero no llegó a tener descendencia propia.

A casi dos kilómetros del cruce, a la derecha de la carretera, había una colina que el sargento identificó como El Olivar y que coincidía casi exactamente con la intersección de la T que conforma la Hoya de Castalla.

―La finca abarca prácticamente todo este cerro. Ahora gire hacia la derecha y suba por esa cuesta asfaltada.

Pasaron por debajo de un cartel en donde se leía L’Olivar y ascendieron hasta la cima plana de la colina por el camino asfaltado y flanqueado por arbustos de ramas desnudas. Olivos y almendros crecían bien alineados por los terrenos colindantes, junto con algunos melocotoneros, ciruelos, perales y cerezos. El sargento señaló un lugar que quedaba a la derecha, cuya tierra se hallaba a medio labrar, y Javier comprendió que fue allí en donde se produjo tan tétrico descubrimiento. Justo en el lado opuesto, a unos cincuenta metros, se veía la casa del descubridor.

―¿Qué es aquello? ―preguntó Javier, apuntando con el índice una edificación que se levantaba más adelante y a la izquierda, medio oculta por una pinada.

―La almazara ―respondió el sargento―. Esta finca es muy completa. Tiene almazara, bodega y hasta una capilla.

La masía constaba de tres plantas, las paredes estaban encaladas y su fachada principal se veía invadida por multitud de tallos sin hojas que la recorrían como serpientes trepadoras. A simple vista, en tanto se apeaba del coche, a Javier tal visión le sugirió un animal gigante y tumbado, con caparazón rojo y miles de venas sobresaliendo por su piel blanca. El suelo todavía estaba cubierto por una fina capa de hielo y el viento del norte hizo que Javier apretara los labios y guiñara los ojos. Le costó abotonarse la chaqueta, pues le quedaba ya un poco estrecha y la pistolera donde llevaba la STAR le incomodó en el sobaco izquierdo, pero disimuló el bulto abrochándose también la gabardina. Soltó un suspiro y el aliento se evaporó más allá de sus labios. Mientras se levantaba la solapa observó en derredor suyo. A la izquierda de la casa había una piscina cubierta con una estructura transparente y desmontable. Detrás de ésta, como edificaciones auxiliares, quedaban el garaje y el corral. También había una casita coqueta y de dos plantas que servía para hospedar a los invitados más distinguidos, por encima de cuyo tejado asomaba la espadaña de la capilla.

El portón del zaguán estaba abierto para permitir que los albañiles que trabajaban dentro de la casa pudieran entrar y salir con facilidad. La mezcladora, los sacos de cemento y los montones de arena y ladrillos deslucían el porche que se extendía por el lado derecho de la entrada.

Ya dentro del zaguán, les salió al paso una mujer cuarentona y de mejillas sonrosadas.

Bon día. En qué els puc servir?3

―Buenos días, Esperanza ―respondió el sargento al saludo―. Nos gustaría ver a la señora Berbegal. Mi compañero ha venido desde Alicante expresamente para hablar con ella.

Las mejillas de la mujer se ruborizaron todavía más. Aunque vestía de paisano, suponía que el guardia civil foráneo debía de tener una alta graduación, y ella no estaba acostumbrada a tratar con gente tan importante, pese a haber salido por el canal autonómico de televisión durante unos segundos el día anterior, después de que la entrevistaran unos periodistas que habían llegado hasta allí para hacer un reportaje sobre los huesos que había desenterrado su marido.

―Voy a avisarle. Pasen ustedes mientras tanto a la biblioteca. Es el único sitio en donde se puede estar. La señora ha mandado reformar casi toda la planta baja.

Precedidos por Esperanza, ambos guardias civiles cruzaron un patio en el que había una fuente seca y un pozo en desuso, rodeados por plantas que aguardaban anhelantes la llegada de la primavera; sólo las anémonas se atrevían a exponer al frío sus flores blancas y lilas. A continuación atravesaron un salón que parecía haber sufrido el más bárbaro de los saqueos, con el parqué levantado, las paredes laceradas por heridas de masilla y los muebles arrumbados en un rincón y cubiertos por fantasmagóricas sábanas blancas. Por fin, accedieron a un lugar que parecía estar al margen de los planes reformadores de la nueva dueña. Era una habitación tan amplia como el salón, pero con sus muebles bien colocados y gratamente caldeada por una chimenea enorme en donde ardían varios leños de almendro. A Javier le impresionó el corredor que rodeaba la estancia a un par de metros de altura, al que se arribaba por una escalera de caracol y por el que se accedía a multitud de estanterías repletas de libros.

Mientras el sargento se acercaba a un muro cubierto por lo que parecía ser una colección de armas, Javier se entretuvo curioseando entre los cuadros y tapices que colgaban en la pared opuesta. Después, una mesa transparente que había en medio de un tresillo, captó toda su atención. Al acercarse a ella, descubrió que aquella mesa de metacrilato albergaba una curiosa colección de relojes de bolsillo. Observó que todos poseían una tapa con que cubrir sus esferas, aun cuando la mayoría se mostraban abiertos. Los había redondos y ovalados, con forma pentagonal, octogonal y de cruz. Sus tapas eran de oro o de plata cincelada, lo mismo que sus manecillas; sus cajas, esmaltadas o de cristal; sus esferas, de esmalte u oro policromado en piedras preciosas, tenían a menudo figuras en relieve, de oro o plata, con perlas y pedrería.

De repente un macizo reloj de pie hizo saber que eran las once de la mañana. Las campanadas sonaron en la biblioteca con la solemnidad que cabía esperar de su mayestático porte. Entonces Javier se acercó al ventanal que se extendía a lo largo de una de las paredes. El sol empezaba a filtrarse por las cada vez más altas y débiles nubes, iluminando el vasto jardín que había detrás de la casa. A la izquierda descubrió un invernadero construido con aluminio termolacado y cristal, del que vio salir a Esperanza acompañada por una dama rubia y una muchacha. Javier adivinó que la dama rubia era la nueva dueña de El Olivar y, aunque calculó que debía frisar los cuarenta, reconoció que su atractivo era muy superior al de la mayoría de las jóvenes que sólo contaban con la mitad de su edad.

Las tres mujeres desaparecieron por detrás de un seto de boj y Javier decidió entonces acercarse al lugar donde se hallaba su compañero. El sargento seguía mirando la espléndida colección de armas que compartía pared con la chimenea.

―Sólo armas blancas, ¿eh? No hay ninguna de fuego ―dijo Javier.

―Sí, pero todas ellas son magníficas ―valoró el sargento con admiración―. Cada una tiene un letrerito al lado con una pequeña presentación, y de verdad que resultan sorprendentes.

―¿Nunca antes había estado aquí?

―Aquí dentro, no ―contestó el sargento sin separar la mirada de una espada medieval de ochenta centímetros de largo. Su hoja era de doble filo, con siete centímetros de ancho, y la empuñadura, de madera recubierta con una gruesa capa de oro cincelado, tenía una guarda en forma de cruceta, adornada con incrustaciones de rubíes.

Javier dejó que su vista se paseara por aquellas armas, leyendo algunos de los letreritos, y enseguida convino con su compañero en el valor de la colección. Entre espadines, espadas con o sin cazoletas, sables, alfanjes y mazas férreas de estrella con cadena, había verdaderas obras artísticas o arqueológicas. Como una céltica espada de bronce, de corte afiladísimo y espiga plana, o aquellas otras menos antiguas, de hierro y toledanas, con hojas de elegantes labores, embellecidas con metales preciosos, marfil y esmaltes, fabricadas durante los reinados de Abderramán II y Alhakem II. Pero la que tenía abstraído al sargento era una espada que se encontraba guardada en el interior de una vitrina y que ocupaba el lugar más destacado y relevante de la colección. También era toledana, pero el espadero que la forjó era cristiano.

3

Sandra Berbegal estaba decidida a revitalizar el jardín de El Olivar. Sabía que aquel jardín era el fruto del cariño y la dedicación de su abuela, y se había propuesto poner todos los medios necesarios para que, en la siguiente primavera, recuperase el esplendor que ella recordaba, cuando aún vivía su tío. Desde la muerte de éste, el jardín había sido abandonado. Joanet lo había cuidado con esmero hasta entonces, pese a saber que, ya durante las últimas semanas, su tío no podía siquiera levantarse de su cama para mirar, a través del ventanal, aquel trozo de tierra que tanto amaba. Pero, tras la muerte del dueño, el viejo maser sufrió el primero de los infartos que le obligaron a guardar reposo, y el jardín perdió a su último cuidador.

Joanet había tenido tiempo para cumplir con el postrer encargo del senyoret, antes de que el corazón le fallase por vez primera en sus casi ochenta años de existencia. En una de las hijuelas de su testamento, el tío de Sandra había dejado bien explicado qué era lo que quería que hiciera el maser con sus cenizas, y éste ejecutó tal mandato póstumo con la misma eficiencia con que había ejecutado todas las órdenes que su senyoret le había dado en vida. El primer día en que el viento del sudoeste sopló con suficiente intensidad, Joanet le pidió a Sandra la urna cineraria que contenía las cenizas de su tío. Acompañado por ella, el maser fue con la urna hasta la vertiente sur de la colina, donde había un templete rodeado de pinos. Desde ese lugar se oteaba la mitad meridional de la Hoya: desde Castalla hasta Tibi, desde la sierra de La Algueña hasta la sierra de Penya-Rotja4. Allí abrió el recipiente cinerario y, metiendo su mano derecha con decisión, fue extrayendo la ceniza para entregársela al viento. Cuando Joanet levantaba el brazo y abría su puño, el impulsivo lebeche le arrebataba el polvo gris, se lo llevaba consigo durante unos metros, y después lo dejaba caer cual lluvia cenicienta sobre los podados arbolitos de glicina, la siempreviva de hojas aromáticas y la alfombra siempreverde de enebro. Días más tarde, el maser sufrió la primera crisis cardíaca y, aunque al cabo de unos meses pareció haberse recuperado totalmente, dos infartos casi consecutivos le postraron de forma definitiva, primero en una cama hospitalaria de Alcoy y luego en su propio lecho, en la casita que siempre había habitado en el extremo oriental de la finca.

Xop había aprendido de Joanet casi todas las labores propias de maser, pero la jardinería no era una de ellas. Por eso Sandra contrató los servicios de un joven de Onil que se había criado en un viviero y que le habían recomendado como uno de los mejores jardineros de la comarca. El hombre de aquel joven era Jaume, pero todo el mundo le llamaba Primavera5, un apodo equívoco y que en más de una ocasión había servido para que Jaume viera una sonrisa harto elocuente en la boca del desconocido o desconocida a quien era presentado, pero que tenía su verdadero motivo en el nombre del vivero en que había nacido y, sobre todo, en la manera tan alegre como, según se decía, reaccionaban las plantas que él cuidaba.

Primavera, ¿crees que las plantas resistirán estas heladas tan fuertes? ―le preguntó Sandra nada más entrar en el invernadero, acompañada por su hija.

―Yo creo que sí, señora. He comprobado que todas tienen la base cubierta por una capa de hojas secas.

Primavera estaba regando las macetas que había al fondo del invernadero, sobre unas estanterías metálicas. Eran jacintos, narcisos, tulipanes, calceolarias y gladiolos que ofrecían flores de diversos colores pese a estar en pleno invierno. Era el milagro del invernadero. Un milagro incompleto, sin embargo, puesto que todas aquellas flores carecían de su natural perfume.

―¿Has terminado de podar y de echar nutrientes? ―volvió a preguntarle Sandra desde la entrada. Tenía prisa por regresar al interior de la casa para supervisar el trabajo de los albañiles, que era lo que en esos días más le preocupaba, pero también deseaba mostrarse interesada por la labor que estaba realizando Primavera. Quería dar la impresión de que lo controlaba todo. Y en verdad así era.

―Ya casi he terminado. Sólo me falta podar las lagerstroemias6 de la entrada, pero todavía hay tiempo y Xop me ha prometido ayudarme un día de estos.

Los ojos verdes de Primavera sólo la miraban a ella, a la dueña, y ésta era consciente de que tal cosa debía de estar enfureciendo a su hija. Carmen acababa de cumplir trece años, pero hacía ya tiempo que se fijaba en los muchachos, con los que gustaba coquetear. Y aunque Primavera había cumplido los veintidós, Sandra sabía que los juveniles atractivos del jardinero no pasaban en absoluto desapercibidos para su hija.

―¿Por qué no me habla? ¡Qué antipático es! ―había protestado Carmen en más de una ocasión―. ¡No me mira! ¡Ni siquiera sabe que existo! ¿Por qué?

Sandra miró a su hija y la vio con el ceño fruncido tras la montura de las gafas. Pero, a través de los cristales, sus ojos marrones no dejaban de adorar al joven ídolo de pantalones tejanos y jersey de lana.

―¡Señora, la buscan!

Sandra se volvió para encararse con Esperanza.

―¿Quién es?

―Son dos guardias civiles. Uno de ellos viene desde Alicante para hablar con usted.

A Sandra se le escapó un resoplido de disgusto. La aparición de aquellos restos humanos en las tierras de Xop había venido a complicar todavía más la vida en la finca. ¡Como si las obras de reforma de la casa no fueran ya bastante! Desde que comenzara a trabajar en la Universidad a principios de curso, apenas si había tenido tiempo para dedicarse a sus ocupaciones de madre y dueña de una masía en plena reforma, si bien los fines de semana le servían para ponerse al día en tales menesteres. Pero aquellos dichosos huesos que aparecieron unos días atrás habían trastornado su plan de vida, ya que debió dedicarle parte de su tiempo y concentración a tan inesperado problema. Hasta ese sábado, había podido evadirse de los periodistas, pues encargó a Esperanza que dijera siempre que se hallaba fuera de la finca, y, en cuanto a la Guardia Civil, creía haberse librado de ella unos días antes, cuando firmó en el cuartel una declaración en la que aseguraba desconocer todo cuanto tuviera que ver con el cadáver que había sido desenterrado en las tierras que fueran de su tío y que acababan de heredar Xop y Esperanza. Pero, por lo visto, tal declaración no había sido suficiente.

―Vamos, Carmen. Acompáñame a la casa ―le dijo a su hija, saliendo del invernadero.

La muchacha se abrochó la trenca que llevaba puesta y se fue tras su madre. No se molestó en despedirse de Primavera. Sabía que, a lo sumo, éste le dedicaría un adiós sin dirigirle la mirada. ¿Qué se había creído ese palurdo? Ella era casi una mujer; una mujer que había nacido y se había criado en Madrid; una mujer que además heredaría algún día aquella finca en la que él trabajaba. ¡Cómo le hubiera gustado que los años corrieran como segundos para poder mandarle como nueva dueña y obligarle así a que le prestara la atención debida! Pero el ensueño de Carmen se disipó bruscamente por culpa de un par de patos que se cruzaron de improviso por el sendero del jardín. La muchacha trastabilló al casi tropezar con ellos, pero enseguida las aves se alejaron parpando y aleteando hacia el estanque que quedaba a la izquierda.

En cuanto abrió la puerta de ébano que había bajo el arco de piedra que separaba el salón de la biblioteca, Sandra vio a los dos hombres que la esperaban. Uno vestía uniforme; el otro no. Ambos estaban de pie y observando la oplateca.

―¡Magnífica colección de armas! ―reconoció el sargento uniformado, después de que se presentaran.

―Se nota que su tío era un gran admirador de las armas blancas ―dijo el guardia civil de paisano, más bajo y gordito que su compañero―. Y también de los relojes de bolsillo ―añadió mientras señalaba la mesa de metacrilato que había en medio de los asientos que ahora ocupaban.

―Mi tío coleccionaba sabonetas, en efecto. Y también bastones; aunque éstos tal vez por necesidad, pues era cojo. Pero la oplateca no era suya; la heredó de un hermano de mi abuelo. Mi tío era demasiado pacífico, demasiado amable y amante de la vida, como para entretenerse en coleccionar armas. Aun cuando fueran armas tan valiosas como estas.

Sandra se acordaba muy bien de aquella vez en que le regaló a su tío un bastón-estoque que había encontrado en una tienda madrileña. Pensaba que, al ser un bastón y un arma blanca a la vez, le gustaría doblemente, pero se dio cuenta de su error en cuanto apretó el resorte que hizo salir de la caña la larga hoja de acero. Su tío se asustó tanto que palideció como un cadáver.

―¿Para qué quiero yo esto?

―Creía que te gustaría. Como coleccionas armas y bastones…

―Yo no colecciono armas. No me gustan ―le replicó el anciano, explicándole a continuación cómo había llegado a su poder la oplateca que ya entonces cubría una de las paredes de la biblioteca― …Es un legado familiar, y como tal la he acogido en mi casa y procuro cuidarla.

Nunca vio a su tío sirviéndose de aquel regalo suyo. Le había visto empuñando bastones de marfil, de plata y de oro con esmaltes, con puños esculpidos y con varas formadas de cuero, pero nunca le vio apoyándose en el que ella le regalara. Y eso la molestaba. Aunque se alegró cuando lo encontró en el cuarto que él usaba como vestidor, ocupando un lugar preeminente entre los cuarenta o cincuenta bastones que colmaban la bastonera de nogal.

Sí, su tío había sido demasiado pacífico, amable y culto como para usar un bastón que escondía un arma. El hombre que ella recordaba era un ferviente amante de la vida contemplativa, de la música, de la lectura y de las flores. Durante décadas había habitado un mundo enorme y reducido a la vez: esta finca que había recibido de sus antepasados y que se había convertido en su único universo. Y si bien dicho aislamiento le confirió ante los demás fama de excéntrico y de huraño, ella sabía que su rareza no provenía de tal retiro voluntario, sino de mucho antes, de los duros avatares que había sufrido en el transcurso de su vida. Cojo, viudo, desafortunado en el amor, había padecido desengaños continuados y difíciles de superar, que a la postre le transformaron en un ser solitario, taciturno e incomunicado, que odiaba a los periódicos y las revistas casi tanto como a la radio y la televisión. Un ser que, ya al final de su existencia, quizá pudo haberse vuelto hosco, como le había insinuado Esperanza alguna vez; tan amargado que acaso pudo vengarse con pequeñas mezquindades de quienes dependían de él, pero a los que siempre había tratado con respeto y cariño, tal vez de forma excesivamente paternalista, y a quienes al final recompensó cediéndoles parte de su mundo.

Su tío había sido escéptico, asmático, solitario, adusto, serio y melancólico, pero también fue un hombre inteligente, cortés y pacífico. Por eso le molestó que Javier le insinuase la posibilidad de que él hubiera sabido algo de aquel cadáver clandestinamente enterrado en la finca.

―¿Nunca le habló su tío de que hubiera enterrado allí a alguien?

―Nunca.

Javier suspiró.

―Resulta difícil creer que su tío no supiera nada de eso, ¿verdad?

―¿Por qué? La finca es muy grande y cualquiera pudo enterrar a alguien en esa parte tan alejada de la casa, sin que nadie lo viera.

―Es posible, desde luego. Pero no parece muy probable.

―A mí no me lo parece. Le repito que estoy segura de que mi tío no sabía nada de ese cadáver enterrado. Y, en cualquier caso, lo que sí sé con toda certeza es que él nunca me habló de ello.

La rudeza con que Sandra contestaba a sus preguntas no pareció incomodar a Javier. Sólo el sargento se hallaba inquieto. Era evidente que esa mujer estaba molesta con el interrogatorio y que deseaba despedirles cuanto antes. Pero Javier Mínguez no estaba dispuesto a irse de allí sin saber algo más de lo que ya había leído en los informes y declaraciones que le remitieran por fax sus compañeros de Castalla. Por eso le preguntó por los empleados más antiguos de la finca.

―Además de Joanet, sólo vive Virtudes, la sirvienta que vivía aquí mismo, en la casa. Se jubiló hace unos diez años y se fue con su familia a Villena.

―¿No ha mantenido contacto con ella?

―Yo no. Pero Esperanza sí que se carteaba con ella hasta hace poco. Ahora creo que padece una enfermedad senil y ya no puede escribir.

―Ajá ―murmuró Javier, tomando nota mentalmente―. ¿Y el maser? Tengo entendido que también está enfermo.

―Está muy grave, sí. Hace unas semanas sufrió el último de una serie de infartos de miocardio.

―Pero está en su casa, ¿no?

―Sí.

―¿Y sería posible hablar con él?

―Ya le digo que está muy grave.

―¿Pero tanto como para no poder hablar con nosotros siquiera un momento?

―Si lo que desean es preguntarle por el esqueleto desenterrado, Esperanza ya lo hizo el otro día y él no supo decirle nada.

Javier respiró hondo.

―Perdone que insista. Pero, si nosotros pudiéramos entrevistarnos con él, quizá pudiera facilitarnos alguna pista, algún detalle…

El sargento se removió en su asiento, al mismo tiempo que le echaba de soslayo una mirada recriminatoria a su compañero. También Sandra arrugó el entrecejo, aunque enseguida comprendió que la mejor manera de deshacerse definitivamente de tan molesta visita era llevándoles hasta la casa de Joanet. El detective alicantino y rechoncho que tenía delante era demasiado tenaz y no parecía conformarse con su palabra, de modo que resolvió darle la oportunidad de que se desengañara personalmente.

―Le diré a Esperanza que les acompañe hasta la casa de Joanet. Pero les ruego que no le importunen demasiado.

―Gracias. Le prometo que le molestaremos sólo lo imprescindible.

4

Arropada con su chaquetón de lana, Esperanza guio a los dos forasteros por la vereda que partía desde la parte trasera de la casa y que cruzaba la mitad oriental de la finca. Durante los primeros metros, tuvieron a su derecha el alto seto de tuya que delimitaba el jardín, pero luego se separaron de él para girar un poco hacia el nordeste. Entonces caminaron por el centro justo del cerro, recibiendo por la izquierda el frío viento que provenía de las sierras septentrionales. El cielo se había despejado casi del todo, pero las montañas que rodeaban el valle aparecían con algunas nubes coronando las cimas más altas.

A unos quinientos metros de la casa, al principio de la vertiente más suave de la colina, encontraron una pequeña edificación de piedra y madera. Junto a la casa había un aprisco vacío, pero los frescos sirles que abundaban por el sendero delataban la existencia de un numeroso rebaño de ovejas. De habérselo preguntado, Esperanza les habría dicho inclusive el número exacto de ovejas y cabras que esa madrugada había sacado su hijo mayor del redil.

El interior de la casa era muy sencillo. Estaba compuesto por una salita, un dormitorio y una cocina, amén del desván y un pequeño aseo. Los pocos muebles eran viejos y olía a cerrado, pero el ambiente estaba caldeado por la leña que ardía en la chimenea. Por doquier había aparejos de labranza y, colgando de una percha de madera, junto a una zamarra vieja y un cayado, Javier vio un traje de apicultor, con su capucha y guantes bien colocados en uno de los ganchos.

Les recibió una joven de dieciocho años que tenía la misma cara que Esperanza. La muchacha se turnaba con su madre para cuidar durante el día del viejo maser, que se moría en el dormitorio.

Em sembla que està despert7 ―le informó a su madre. Ésta abrió la puerta del dormitorio y entró en él. El cuarto estaba en penumbra, pues una gruesa cortina cubría casi por completo la única ventana. Javier se acercó al tranco de la puerta y desde allí vio cómo Esperanza se acercaba a la cabecera de la cama y le susurraba algo al moribundo. Oyó una voz de hombre, apagada y entrecortada, pero no entendió lo que dijo. A continuación, Esperanza volvió hasta la salita y cerró la puerta tras de sí.

―No puede recibirles. No se encuentra con ánimo. La verdad es que está muy mal. Le cuesta respirar y mucho más hablar.

Javier estuvo a punto de decir que sólo necesitaba que aquel hombre le afirmara o negara con la cabeza un par de cuestiones que deseaba plantearle, pero la mirada reprochadora de su compañero le persuadió para que desistiera de su empeño. De modo que ni siquiera pronunció palabra.

―Está bien. Ya hemos molestado bastante ―dijo el sargento en voz baja―. Si acaso, volveremos cuando se encuentre mejor.

Ya fuera de la casita, Javier se sintió furioso. Seguramente su compañero tenía razón al reprocharle su insistencia, pero ¿cómo conseguiría avanzar en la investigación si no podía entrevistarse con las únicas personas que podían facilitarle la información que precisaba? Aquel hombre había vivido en ese lugar durante toda su vida y probablemente conocía la finca como su propia casa. Si alguien podía decirle algo de aquel cadáver enterrado veinte años atrás, ese era él. Así que no entendía que le resultara tan extraño a su compañero su insistencia en intentar hablar con él. Quizás estaba muriéndose, sí, pero todavía estaba consciente y podía hablar, ¿no? Entonces, ¿a qué venía tanto miramiento y tanto melindre?

5

En la amplia cocina de paredes alacenadas y techo de madera, los fogones de butano en la isla central y el congelador de gran capacidad que había en una esquina, rivalizaban con los más viejos horno moruno y hogar leñero. Dentro de la despensa, junto a las tinajas de aceite y vino, los embutidos, las hierbas aromáticas y los sacos de legumbres, se habían colocado provisionalmente varias cajas repletas de objetos frágiles exiliados del salón desmontado: cuberterías de plata y porcelana, jarrones, alfombras y media docena de cuadros asegurados en algo más de tres millones de pesetas. Ahora, todo aquello debía de ser trasladado a la casita de invitados, cuya cocina sería utilizada durante el tiempo que durasen las obras en la masía.

Esperanza terminó de meter en una caja de cartón un almirez con su maja y una tajadera, últimos objetos que sacó de las alacenas, y luego se dirigió a la puerta de la cocina, en donde Sandra y el encargado repasaban las reformas que se disponían a iniciar en esa parte de la casa.

―…Hay que quitar los armarios y empotrar las tuberías, así que habrá que avisar al fontanero. También hay que poner el suelo nuevo…

―Señora, voy a casa de Joanet.

―Muy bien ―dijo Sandra sin prestar mucha antención a lo que le había dicho Esperanza.

―¿Qué hacemos con el congelador? ―preguntó el encargado de las obras, mientras Esperanza salía de la cocina.

―Estoy a punto de recibir otro más moderno ―respondió la dueña de la masía―. Este trasto lo llevaremos de momento a la cocina de la casa de invitados. ¿Podrán transportarlo ustedes?

―Es muy pesado ―evaluó el hombre, al mismo tiempo que se acercaba al rincón donde estaba el congelador―. Pero supongo que podremos llevarlo. ¿Ya sabe qué tipo de suelo vamos a poner aquí?

―Sí. Ayer lo elegí y lo traerán mañana temprano. El carpintero vendrá a instalar los nuevos armarios el jueves por la tarde. Para entonces deben de tener todo esto terminado.

Ni una pregunta, ni una sugerencia. El encargado estaba acostumbrado a las exigencias de esa mujer. Pero pagaba muy bien, no regateó lo más mínimo el presupuesto que él mismo le había presentado y había anticipado sin rechistar el dinero acordado. A cambio, sus hombres debían cumplir con los plazos que esa mujer les había impuesto, aunque para ello tuvieran que trabajar a destajo e incluso los festivos, como ese mismo día, tercer domingo del año.

―No se preocupe. Por nuestra parte, la cocina estará acabada para el jueves al mediodía ―se comprometió el encargado.

Senyora, senyora! Vinga, a pressa, que s’ha mort. Joanet s’ha mort!

La hija de Esperanza apareció en la puerta de la cocina resoplando y con la cara congestionada. Había venido corriendo desde la casa de Joanet, después de que encontrara a éste muerto en la cama. Al entrar en el dormitorio lo vio como cada mañana, quieto y tapado hasta el cuello, pero al acercarse le pareció que no respiraba y, al tocarle la frente, la sintió muy fría. Entonces salió disparada hacia la masía para avisar a su madre. Se la encontró por el camino, cerca ya de la casa grande, pero Esperanza le pidió que siguiera corriendo para avisar a Sandra. Y así lo hizo.

Acompañadas por Carmen, que había acudido a la cocina tras oír los gritos de la hija de Esperanza, ésta y Sandra arribaron a la morada del maser pocos minutos después. Esperanza tenía los ojos húmedos y estaba sentada en el mismo lecho donde se encontraba el cuerpo inerte y destapado de Joanet. Siguiendo un impulso inconsciente, había tratado de reanimarle a pesar de saber que llevaba ya varias horas muerto. Era la primera vez que Carmen veía un cadáver y, hasta que alguien volvió a cubrirlo con la ropa camera y le cerró los párpados, sus ojos marrones se quedaron hipnotizados por la mirada vidriosa que el muerto dirigía al techo y por aquel cuerpecillo viejo y jorobado, envuelto en un pijama de color gris, que tan desvalidamente aparecía tumbado y encogido sobre una sábana blanca.

6

Hacía un buen rato que Carmen dormía plácidamente a su lado. La visión del cadáver de Joanet le había impresionado tanto que llevaba dos noches padeciendo pesadillas. Se había despertado a medianoche, llorando y gritando. No supo explicarle a su madre qué era en concreto lo que había soñado, pero estaba aterrorizada. Así que Sandra consintió en que se acostara con ella en su cama, en la alcoba que fuera de su tío.

Fuera, en el exterior, habían empezado a sonar los truenos de una tormenta que al final traería nieve. A pesar de que los estores venecianos tapaban casi todo el ventanal, la claridad de los relámpagos entraba en los resquicios, alumbrando brevemente la peana sobre la que reposaba una imagen de la Virgen de la Soledad. Sandra pensó que seguramente aquellas fugaces apariciones de la figura mariana podrían haber asustado aún más a su hija, pero por suerte ésta dormía abrazada a ella, ocupando el centro de la cama.

Sandra se levantó con cuidado de no despertar a Carmen, se calzó las zapatillas y se abrigó con la bata de terciopelo verde que fuera de su tío. Como no podía dormir, decidió aprovechar el tiempo abriendo el paquete que le había entregado Esperanza la mañana anterior, después de que volvieran de enterrar al maser.

―Su tío nos lo dio a mi marido y a mí hace unos años. Nos encargó que se lo entregáramos a usted después de que muriesen él y Joanet. No antes. Eso nos lo advirtió varias veces. Sólo cuando ya no vivamos ni Joanet ni yo, nos repitió. No antes ―dijo Esperanza mientras le daba el paquete, emulando al anterior dueño de la finca al levantar el índice derecho en señal de advertencia―. La verdad es que ya no me acordaba. Lo embaulé y nunca más volví a pensar en ello. Pero Xop sí que se ha acordado. Tiene muy buena memoria, ¿sabe?

Sandra salió de la alcoba principal, cruzó el pasillo que distribuía el acceso a las demás estancias de la segunda planta, y entró en el despacho. Allí hacía un poco más de frío, pero el cuarto empezó a caldearse en cuanto conectó la estufa eléctrica.

Encendió la lamparita que había sobre el buró y se sentó en el butacón de roble y cuero con herrajes dorados. El paquete quedó enfrente de ella, al alcance de sus manos. Deshizo el nudo que formaba la cinta encarnada, quitó el papel de estraza y a continuación descubrió las encuadernaciones con tapa en cartoné. Eran tres libros de actas, de cien hojas cada uno. Al abrir el primero comprobó que, como cualquier libro de actas, las hojas estaban numeradas y rayadas con ringleros, pero lo que en ellas había escrito, por ambas caras, parecía algo más íntimo y privado. Semejaba una agenda o un diario, aunque sin fechas. Abrió los otros dos libros y, al percatarse de que eran la continuación de aquello que había escrito en el primero, los cerró y volvió a abrir éste. Leyó las primeras frases:

«No esperes que estos renglones conformen un codicilo o documento parecido; espera más bien una miscelánea de recuerdos, reflexiones y, tal vez, explicaciones, que a lo sumo servirán para elucidar…»

Y luego hojeó el resto del volumen con curiosidad. Era evidente que el autor de aquel texto era su tío. Estaba escrito con estilográfica, probablemente con la misma Waterman que ella tenía delante en ese momento, colocada en el plumero del buró: una de las primeras plumas rellenables, de caucho vulcanizado, capuchón y roscas de oro, y plumilla dorada con punta de iridio, que fuera adquirida por su bisabuelo.

La escritura aparecía espontánea, sin apenas borrones ni tachaduras, y con simplificación de los rasgos caligráficos. Las ligaduras entre las letras eran algo anormales, deformadas con un fin de rapidez, pero resultaba clara y legible, con espacios suficientes entre palabras. Las mayúsculas recordaban formas tipográficas, siempre unidas a la letra siguiente, las barras de las tes eran muy iguales entre sí, y las aes y las oes estaban ligeramente abiertas por arriba.

Sandra entonces se dispuso a iniciar la lectura.

 

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