Cultura

El fruto de la melancolía

Primeros recuerdos. LIBRO I | I. No esperes que estos renglones conformen un codicilo o documento parecido; espera más bien una miscelánea de recuerdos, reflexiones y, tal vez, explicaciones, que a lo sumo servirán para elucidar en parte la situación a que te enfrentas como fiduciaria mía. Pero tampoco este es el motivo principal de que escriba estas líneas, pues mi deseo de manifestarte mis pensamientos más profundos, mis recuerdos más íntimos, seguramente está supeditado a la propia necesidad de buscar las razones que han propiciado mi mismidad. Una mismidad que no sólo se ciñe a la de ahora, al resultado actual, sino a la que ha ido transformándome durante toda mi vida como consecuencia de las vivencias, ilusiones, temores, pasiones, alegrías y frustraciones que han ido percudiendo mi alma.

Así, pues, no esperes hallar aquí un escrito formal y racional en las formas, sino un verdadero vómito anímico, procurado por mi natural y egoísta deseo de compartir con alguien, aunque sea en las postrimerías de mi vida, los hechos, razonamientos y sentimientos que han hecho de mí lo que soy: un anciano ensoberbecido, según sospecho el parecer de todos, pero en realidad un viejo asomado a la vesania más oscura y tenebrosa, que no obstante empezó siendo un niño de ingenuidad singular, ingenuidad que se prolongó a lo largo de mi juventud y aun en gran parte de mi madurez, pero que terminó desvaneciéndose bajo la sinergia implacable y continua de los acontecimientos.

En consecuencia, no estás leyendo la introducción a un testamento; antes bien se trata del preámbulo de una introspección que se verá alimentada especialmente por remembranzas más o menos mezcladas, que brotarán casi siempre con facilidad de mi memoria, aun cuando es de suponer que otras habrá que permanezcan escondidas, rehuyendo la claridad cual bichillos lucífugos, soterradas en lo más recóndito de mi subconsciente.

Bien sabes que la memoria no entiende de cronología, ya que los recuerdos nos asaltan salvando las barreras del tiempo y del espacio. Por lo tanto, pese a mis esfuerzos, que reconozco por anticipado no serán suficientes, te encontrarás con inevitables saltos en el tiempo que te zarandearán sin contemplaciones temporales y espaciales, sobre todo al principio, toda vez que los recuerdos más remotos son los más difíciles de hilvanar. Esta falta de ilación se verá favorecida además por el hecho de que me llevará varios días escribir cuanto deseo, siendo muy previsible la aparición de factores cotidianos y externos a mí que estimularán estos saltos bruscos de mi memoria. Cualquier olor tan simple y común como el de la menta, el alcanfor, la tierra mojada, el hinojo, la salvia, el jazmín, o el agua perfumada de lavanda, de rosa, de laurel cerezo, o los papeles aromatizados con mirra, canela, incienso, cualquier sabor como el del pan recién hecho, la cebolla frita, el romero, el tomillo, el orégano, el ajo; cualquier melodía que oiga interpretar, tararear o silbar, me arrebatará el alma momentáneamente y me transportará en cualquier instante hasta otro lugar, otra compañía u otro tiempo.

II

Mi padre procedía de una familia de gran raigambre en Castalla, por lo que se sentía muy orgulloso de su linaje, aunque no pasaba de estar compuesto por terratenientes más o menos avispados, como mi abuelo. A la muerte de éste, los bienes familiares fueron repartidos entre mi padre y su hermano, mi tío Vicente.

En su condición de segundogénito, que él asumía con la misma convicción con que los hindúes asumen las jerarquías de sus castas, mi padre aceptó el reparto que le propuso su hermano mayor y que, por otra parte, resultó bastante equitativo: mi tío Vicente, debido a que hacía años que residía en Madrid y sólo venía a Castalla durante los veranos, se quedó con la masía de La Espartosa, que abarcaba la mayor parte de la ladera septentrional de la sierra del Maigmó, a unos seis kilómetros del pueblo, mientras que dejó para mi padre la casa familiar de la calle Mayor y este mas de L’Olivar, en el Cabeço del Pla, el cual ya contaba entonces con más de cien hectáreas de terreno.

En cuanto a los negocios del abuelo, mi tío le propuso a su hermano mantenerlos mancomunados, de manera que los beneficios fueran comunes e iguales, aun cuando supondría, naturalmente, que mi padre debería dedicarle más tiempo a su observancia y control, por aquello de que él vivía casi todo el año en Madrid; pero al rechazar mi padre esta propuesta, por no ser hombre que gustase de tener responsabilidades de gestión en negocios concretos, mi tío Vicente se quedó con la fábrica textil de Alcoy, en tanto cedió a su hermano todas las participaciones en las empresas de juguetes en Ibi, de cerámica en Biar y de calzado en Elda, pueblos todos ellos próximos a Castalla.

En una de sus visitas a su hermano en Madrid, mi padre conoció a mi madre. Ella era huérfana y vivía con una pariente lejana suya, amiga de la familia de mi tío Vicente y propietaria de un vivero en la sierra de Guadarrama y de una de las mejores floristerías de la capital. Nunca llegué a saber si entre ellos, aunque fuese al principio, hubo amor y pasión. Como todos los hijos, de niño creía ciegamente en la castidad de mi madre, y sólo al cabo de los años, entre la adolescencia y la juventud, comprendí que debió de haber entre ambos algo más que esa relación fría y formal que siempre percibí y de la que fui testigo desde que empecé a tener uso de razón. Sospecho que mi madre sí debió de estar enamorada de él cuando contrajeron matrimonio, pero no estoy seguro de que mi padre le correspondiese con el mismo sentimiento. Su carácter adusto, la manera como la trataba, siempre distante, la ausencia de cualquier gesto o palabra tierna que delatara un atisbo siquiera de cariño, me convencieron hace ya mucho tiempo de que él nunca vio en mi madre más que a una conveniente ama, ocasional pareja sexual y necesaria madre de su progenie.

Sea como fuere, a pesar de que sí estaba enamorado del dinero, mi padre no reparó en gastos a la hora de preparar la llegada de mi madre a Castalla. Aun contando con la vieja casa familiar en el carrer Major, mi padre decidió reconstruir el mas del Cabeço del Pla, para convertirlo en el hogar conyugal. En esta decisión pesaron más sus inveteradas costumbres por la equitación, la caza y la vida en el campo, que su deseo de integrar a mi madre en el reducido y hermético círculo de senyorets castallenses.

El mas de L’Olivar original era una casona típicamente rural, cuadrangular, maciza y austera, con muros sólidos a base de bloques de piedra caliza y remates de ladrillos cerámicos en todos los angulares. Venía a ser una versión menos desarrollada de la masía que la familia tenía en la sierra del Maigmó, pero completada por anejos como el granero, el abrevadero, la bodega, el cobertizo, el establo y, sobre éste último, el pajar o sostre. En la planta baja había un patio, un zaguán, la cocina y un par de habitaciones; una amplia sala y un dormitorio se repartían la planta superior; y en el tercer piso estaba la cambra o desván donde se guardaban enseres de todo tipo.

En una edificación aledaña, muy sencilla, vivía Tono, el Tapenot, el masero que dirigía la finca y, más alejada, a unos quinientos metros del mas, en la ladera del cerro que da al camino de Ibi, se hallaba la caseta del pastor que cuidaba del ganado lanar y también de las numerosas colmenas que había repartidas por varios lugares del cabezo.

Una vez se acordó la boda, mi padre hizo que se iniciaran las obras de reconstrucción de la casona, ordenando que se apartaran de ellas los anejos funcionales, se recalzaran sus cimientos y se revocara toda la fachada, respetando tanto el portón adintelado como el amplio balcón que lo coronaba. De esta manera, al tirar los muros de la cuadra y del corral, el espacio ganado se integró a la casa en forma de un porche abovedado, con suelo de guijarros y fuente adosada a la pared, en la que mi padre hizo poner una amplia mesa de forja y madera, rodeada por media docena de butacones de mimbre. En el interior, la planta baja fue ampliada al anexionarse el espacio ocupado anteriormente por el granero y el cobertizo, de modo que, además de zaguán, la cocina y las dos habitaciones que quedaron junto a ésta (una como dormitorio de la Castellana, la sirvienta que mi padre contrató en el pueblo, y como cuarto de costura la otra), se construyó un gran salón de suelo de terrazo, paredes forradas de madera taraceada y techo artesonado con un trabajado rosetón central del que se colgó la magnífica araña de relucientes caireles que todavía hoy alumbra en el mismo lugar. El piso de arriba mandó reconstruirlo para que hubiese tres dormitorios y un estudi, un despacho donde mi padre instaló sus libros, el buró sobre el que ahora me hallo escribiendo y un gramófono empotrado en un elegante armarito que hizo traer desde Madrid.

Mi padre aparece en mi memoria con unos pies enormes, calzados con botas o zapatos charolados, sosteniendo un cuerpo fuerte, coronado por una gorra o un sombrero, y envuelto en ropa de pana o en ternos de lana, de cuyos chalecos sobresalía, indefectiblemente, una leontina dorada que terminaba en una saboneta de oro escondida en uno de los bolsillos. En la parte interior de la tapa de aquella saboneta había una fotografía pequeñita de su madre, muerta cuando él era todavía muy joven, y a la cual yo le sorprendí algunas veces contemplando con una breve mirada de admiración y tristeza, único gesto de ternura que fui capaz de descubrir en su rostro. Por aquel tiempo, me dije muchas veces que algún día ese reloj sería mío y que entonces pondría en él una foto de mi madre. Pero nunca lo conseguí.

Tenía mi padre un carácter bilioso, tan atrabiliario, que me infundía un temor sólo comparable al que me inspiraba el dios del Antiguo Testamento y con el que amenazaba desde su púlpito don Bernardo, el párroco del pueblo. Al hablar, mi padre tenía la costumbre de señalar con el índice derecho a su interlocutor, como advirtiéndole, aunque fuese una conversación trivial. De ordinario, su mirada era gélida o, en el mejor de los casos, indiferente, y casi siempre tenía las cejas enarcadas, formando sendos arcos gruesos y ligeramente picudos; pero cuando se irritaba, entonces fruncía el entrecejo hasta formar un terrible ceño bajo el cual aparecía una mirada vidriosa, que podía llegar a ser flamígera. En ocasiones, como paso intermedio, su rostro mostraba un gesto rápido de desagrado: estiraba el labio inferior y levantaba la barbilla. Cuando advertía tal rictus, mi temor se convertía en auténtico pavor, pues sabía que había muchas probabilidades de que él acabase ceñudo, desprendiendo llamas de sus ojos e imponiéndome un castigo que a mí se me antojaba injusto, aunque ninguno mayor y más draconiano que el de verme privado de la presencia de mi madre.

III

Interrumpo ahora la etopeya de mi padre para iniciar la semblanza de mi progenitora, la mujer más importante de mi vida.

Pese a caer bajo la dominación de su marido desde el primer día de su llegada a Castalla, mi madre no obstante supo imponer su propia personalidad en el nuevo hogar.

Convenció a su esposo para que se realizaran algunos cambios externos en la casona, como en el porche, en cuya pared mandó colocar unas lámparas antiguas que descubrió en la cambra, así como abundantes tiestos de barro en los que crecían unas caléndulas de curiosísima costumbre, toda vez que sus pétalos, durante casi todo el año, se abrían de forma sistemática alrededor de las nueve de la mañana para cerrarse unos minutos antes del ocaso solar, y unas bellas de noche de flores amarillas que, por el contrario, reunidas en ramilletes y con forma de trompa, se abrían después de la puesta de sol, permaneciendo abiertas toda la noche y exhalando un intenso perfume hasta el amanecer, en que se cerraban. De esta manera, mi madre consiguió que durante todo el año, fuera de día o de noche, siempre hubiera flores amarillas en el porche. En el patio, cerca del pozo de brocal remozado, hizo instalar una fuente recubierta de azulejos a cuyo alrededor se plantaron anémonas blancas y lilas que duraban todo el invierno, además de los rosales, yedras y hortensias que trepaban por los muros.

En el interior, los cambios requeridos por mi madre tuvieron que ver con el mobiliario. Sin embargo, fue su arraigada religiosidad la que más condicionó aquellos cambios, ya que, con ayuda de don Bernardo, mi madre logró convencer a su marido para que se construyera junto a la casa, y a semejanza de las masías más importantes, una capilla con una espadaña rematada por una campana. Y de la misma manera que el estudi fue para mi padre algo así como un santuario, la alcoba conyugal se convirtió para ella en el sanctasanctórum de la casa. La hornacina con la figura de la Virgen de la Soledad, patrona de Castalla, que había en su dormitorio desde que se construyó el mas, estaba siempre rodeada de flores y con una lamparilla votiva donde nunca faltaban varias velas encendidas, y frente a ella, entre el tocador y el palanganero, se ubicó un reclinatorio desde el que mi madre elevaba sus preces varias veces al día.

Esta profundidad religiosa de mi madre me fue traspasada desde muy pequeño, lo que fue motivo bien pronto de una de mis mayores zozobras y causa principal de mis angustias nocturnas, cuando mi habitación se entenebrecía con la oscuridad más completa. Desde que me fueron infundidas las ideas de pecado, castigo, infierno, atrición, muchas fueron las noches en que me acostaba sintiéndome poluto por alguna falta que creía punible y terrible ante los ojos divinos. Entonces rezaba para procurar el perdón y la salvación de mi alma, aunque el temor me impedía concentrarme, pues creía que de un momento a otro aparecerían seres infernales que vendrían a arrebatarme hasta el averno. Entonces corría a la alcoba de mis padres y, si él no estaba, me acostaba y me abrazaba a mi madre, notando enseguida cómo mi cuerpo agradecía el calor que el suyo desprendía, que atravesaba su suave camisón de raso mezclado con un sutil perfume de lavanda. Eran estos momentos los más gozosos de mi vida. Y así fue como me encontró mi padre una noche, acostado en su cama, abrazado a su esposa y dormido; algo que tenía absolutamente prohibido por él. Maldiciendo, me agarró con sus poderosas manos por el brazo y me sacó en volandas de la cama. Luego, sin soltarme y sin dejar de blasfemar, me arrastró hasta fuera de la habitación, dando trompicones y tropezando con varios muebles, como la jofaina, que salió volando hasta estrellarse contra la pared, desportillándose y produciendo un ruido tremendo. Alumbrándose con el velón en una mano y sujetándome fieramente con la otra, me llevó hasta mi dormitorio, donde me arrojó sobre la cama mientras me amenazaba con su índice diestro y sus ojos flameaban bajo su terrible ceño. Ante sus chillidos e iracundo aspecto, mi pavor llegó a privarme de toda voluntad y entendimiento: sin atreverme a llorar abiertamente, mis lágrimas brotaron entre hipidos que parecían ahogarme, al mismo tiempo que la orina me mojaba la ropa y las piernas. Mi madre quiso consolarme, pero él se lo impidió.

―¿No ves que está aterrorizado? ―le decía ella con ojos suplicantes, tratando de suavizar el castigo que sabía iba a recaer sobre mí y que era el mayor de todos para un niño tan atemorizado: quedar encerrado a oscuras y tras un sobresalto tan grande.

Pero mi padre no mostró la menor compasión y, en lugar de una señal remisoria, en su mirada apareció una mayor llamarada de crueldad.

―Acuéstate y no te levantes en toda la noche, si no quieres que te encierre en la bodega.

Nunca antes había oído tal amenaza, pero supe que no la había pronunciado en vano, por lo que, en cuanto me dejó solo y a oscuras de un portazo, me metí en la cama con el propósito de no contravenir su orden.

Transido de dolor y de miedo, notando en mi brazo el agudo escozor que se siente previamente a la aparición de las petequias, esas pequeñas y rojizas manchas que delatan hemorragias subcutáneas, lloré desconsoladamente sin comprender la razón por la que mi padre no me permitía acostarme en su cama. Y aunque no logré dar con esa razón, en ningún momento sentí hacia él el más leve resentimiento, pues estaba convencido de que había de existir algún motivo racional para aquella prohibición, por más que entonces no fuese capaz de adivinarlo.

Unos años más tarde, al experimentar mis primeras poluciones nocturnas e involuntarias, creí descubrir aquella misteriosa razón: la expulsión seminal se producía cuando soñaba que abrazaba a una mujer de cuerpo cálido e invisible rostro, que desprendía un penetrante olor a lavanda. Después, ya en la madurez, perdí no obstante esta certeza y alcancé la duda de si no fue precisamente ese deseo reprimido el que originó aquella relación entre mis recuerdos infantiles y mis fantasías eróticas.

Este miedo a la noche se incrementó con la aparición de una dolencia que me sobresaltó por primera vez en aquellas fechas y que, paradójicamente, sirvió para que mi madre contase con el consentimiento de su marido para visitarme algunas noches en mi dormitorio, antes de retirarse a descansar.

El primer ataque del que me acuerdo me sobrevino de noche, por aquellas mismas fechas, cuando no era más que un niño de seis o siete años. Me despertó bruscamente una sensación de ahogo que me obligó a sentarme en la cama, boqueando como un pez fuera del agua. Sentía una fuerte cargazón en el pecho, como si hubiera un gran peso oprimiéndolo, y me asusté al oír unos ronquidos y silbidos que surgían de mi garganta cada vez que intentaba inspirar. Como la disnea se intensificó hasta casi asfixiarme, me incorporé de la cama para ir a la ventana y abrirla de par en par. Asomé la cabeza en busca de aire, pero la virulencia del ataque continuó aún durante un rato. Traté de gritar para pedir ayuda, pero el ahogo me lo impedía. Súbitamente vomité y gracias a ello expulsé la gran cantidad de moco que taponaba mis vías respiratorias. Entonces sentí una paulatina y sensible mejoría, que me permitió ir en busca de mi madre. Cuando ella me vio con aquella cara azulada y la respiración todavía dificultosa y sibilante, se asustó. Mi padre, que estaba también acostado, igualmente pareció inquietarse, pero su zozobra fue efímera y pronto recuperó su fría indiferencia.

Desde aquella noche, aunque esporádicos, son muchos los ataques que recuerdo. Se presentaban casi siempre con nocturnidad y de forma repentina, para desaparecer con cierta rapidez después de alcanzar el paroxismo.

El facultativo que me trató aquella primera vez era un anciano del que apenas recuerdo su físico y que fue durante muchos años el médico de la familia de mi padre. Acudió a nuestra casa al día siguiente y, tras reconocerme en mi cama, de donde no permitió mi madre que me levantara pese a encontrarme ya bien, diagnosticó la enfermedad como asma. Me recetó un tratamiento de inhalaciones de nitrito de amilo y de yodoetilo, así como inyecciones de codeína para cuando el ataque fuese muy violento. Además, advirtió a mis padres que para los asmáticos es preferible el clima templado y, en los veranos, los baños de mar, por lo que era muy conveniente que, siempre que fuese posible, me trasladaran a Alicante. Pero si bien el tratamiento de inhalaciones se llevó a efecto rápidamente, la sugerencia de llevarme a la costa a pasar algunas temporadas cayó por el contrario en el olvido, ya que mi padre lo consideró caro y prescindible, pese a los ruegos de su esposa. Sólo unos años después de la muerte de mi padre pude cumplir con aquella recomendación médica.

Pero al menos aquella enfermedad trajo algo positivo para mí, puesto que, cada vez que me asaltaba, mi madre acudía a mi cama a menudo para cuidarme y consolarme. Durante el día estaba continuamente pendiente de su llegada, escuchando con atención los ruidos procedentes del pasillo y de la escalera, por si oía sus pasos o el suave frufrú de su vestido. Por las noches, antes de acostarse, se sentaba durante un rato junto a mí. Yo entonces le cogía una mano con las mías y ella entretanto me acariciaba la cara y el cabello, sonriéndome y mirándome con una bondad infinita. Cuando se iba, quedaba en mi almohada un rastro de lavanda que me ayudaba a conciliar un dulce sueño.

Mi padre no se opuso a las frecuentes visitas de mi madre a mi dormitorio mientras duraban mis crisis asmáticas, pero sabía demostrar su descontento por tener un hijo tan débil al fumar delante de mí, cuando coincidíamos en el salón o en cualquier otro lugar, aun sabiendo que el humo me provocaba tos. Encendía con parsimonia sus vegueros con el chisquero y observaba distraídamente la vitola del cigarro o las volutas que formaba el humo ascendente, hasta que mi tos captaba su atención. Entonces me miraba tan fría e intensamente como una estatua. Si mi madre osaba reprocharle su falta de consideración, él se justificaba insinuando los beneficios del tabaco, llegando incluso a sugerir que yo mismo fumase algún que otro cigarrillo mentolado, no en balde sabía que muchos asmáticos los fumaban por recomendación médica; pero mi madre rechazaba siempre tal posibilidad rotundamente. Y si mi tos era acompañada por un insistente silbido de mis pulmones, mi padre se alejaba de donde yo estaba, dejando claro que ese soniquete tan desagradable le producía grima.

IV

Pero si me parecía que las atenciones que recibía de mi madre eran escasas, éstas se redujeron aún más poco después, debido a un acontecimiento totalmente inesperado para mí: el nacimiento de mi hermano, a quien bautizaron con el nombre de mi padre, Joaquín, aunque todos le llamábamos Ximo.

No tengo conciencia de que mis celos se demostrasen de forma agresiva, pero parece seguro que existieron y que fueron evidentes para los demás, aunque sólo fuera por estar, como diría la Castellana, más mohíno de lo habitual. El caso es que por aquellos días descubrí colgando, tanto del techo de mi habitación como de la de mi hermano, sendas ramas de chumbera que, según opinión de la Castellana, servirían para anular los efectos de mi recelo.

El nombre de la Castellana era Adela, pero, a excepción de nosotros (mis padres, mi hermano y yo), todo el mundo la llamaba por su apodo, motivado por su origen castellano, concretamente de Burgos, aunque vivía en Castalla desde que tenía tres años, cuando su madre, enviudada hacía poco, vino con ella al pueblo para trabajar como cocinera en la casa de los Soler, parientes de la marquesa de Dos Aguas. Para cuando mi padre la contrató para servir en L’Olivar, su madre acababa de fallecer y ella promediaba la treintena de años, estaba soltera y su cuerpo ya había alcanzado la densidad con la que yo siempre la conocí. Su soltería no se debía a la falta de novios, o como ella decía: «No está la carne en el garabato por falta de gato», sino por no haber encontrado al hombre de su vida, y así, «esperando marido caballero, lléganme las tetas al braguero».

Tú apenas llegaste a conocer a la Castellana, pero ya te habrás dado cuenta de que tenía la costumbre de extraer sus argumentos y opiniones de la sabiduría popular que encierran los refranes. Mi tío Vicente, siendo como era un hablista tan amante de la expresión culta, aborrecía la manera prosaica como se manifestaba la Castellana y el abuso que hacía de los refranes, aunque reconocía que, escuchándola, cualquier avezado lingüista se vería tentado de escribir un pormenorizado estudio paremiológico.

En mi memoria la Castellana siempre tiene el mismo aspecto: gruesa y pechugona; con unos ojillos muy vivos y semiocultos por unos prominentes mofletes, como lunas negras escondiéndose tras colinas sonrosadas; pelo habitualmente recogido en un moño, que en domingos y festivos se dividía en dos rodetes trenzados; calzando esparteñas y vestida permanentemente de oscuro, con un sayal negro y un delantal que se ataba a la espalda con doble lazada, encima de lo cual se ponía una vieja zamarra cuando en invierno debía salir de la casa. Era la primera en levantarse cada día, brujuleando ya desde muy temprano por todo el mas, derrochando una vitalidad asombrosa y haciendo con precisión sus muchas tareas.

Pero era sin duda en la cocina donde la Castellana se encontraba más a sus anchas. Rodeada de perolas, sartenes, alcuzas, tinajas y demás utensilios, trajinaba felizmente, canturreando y moviendo su orondo cuerpo con una agilidad y sandunga envidiables. Y también era en la cocina donde más me gustaba colarme para ayudarla como pinche, o como marmitón, según prefería ella llamarme. La cocina en aquella época tenía el llar, el hogar leñero, situado en un rincón y con una gran chimenea acampanada bajo la cual se colocaban los trébedes que servían de apoyo para las sartenes y perolas. Pero también se instalaron unos pequeños fogones levantados del suelo en los que era más cómodo cocinar cuando no había invitados y era poca la cantidad a guisar. En la esquina opuesta estaba el aljibe, cubierto por una trampilla enorme de piedra y en desuso desde que se excavara, a principios de siglo, el pozo en el patio, y en las paredes había alacenas y repisas repletas de tarros, orzas y viriles. Tras una pequeña puerta se hallaba el rebost, una amplia despensa donde estaban las zafras de aceite y los barriles y odres de vino, que periódicamente se rellenaban en el celler o bodega, además de un tendal de frutos secándose, multitud de embutidos colgando y una gran diversidad de hierbas aromáticas, todo lo cual originaba un peculiar olor que tenía el don de abrir el apetito incluso de mi encogido estómago.

Poniéndole tanto primor a sus guisos, era lógico que la Castellana esperase que los comensales disfrutasen de sus platos y así se lo hicieran saber, sobre todo si eran invitados. Por eso se enfurruñaba cuando alguien no hacía aprecio de sus tareas culinarias y, muy especialmente, si además apenas eran probadas. Este era el caso de don Bernardo, el párroco de Castalla, quien era convidado a comer en casa por mi madre cada vez que accedía a decir misa en la capilla que ella había hecho construir en la finca. Era este un hombre cincuentón y muy grueso, aunque de cara fina, lo que servía para que la socarrona Castellana asegurara que tenía «la calidad del tordo: el pico delgado y el culo gordo». Su «abultado mondongo», en palabras de la Castellana, delataba su amor por el buen yantar, pero acostumbraba a comer muy frugalmente cuando acudía como invitado a casa de alguno de sus parroquianos, incluidas las bodas, comuniones, bautizos y demás celebraciones. Pero si bien para mi madre esta costumbre era digna de encomio, para la Castellana no era más que un signo de hipocresía y de falta de respeto.

―Sé muy bien que antes de salir de la rectoría para ir a comer a casa de alguien, se atiborra a base de bien con lo que le guisotea su barragana. Y luego viene aquí haciéndose el santo y el comedido, despreciando lo que una se ha molestado en hacer durante toda la mañana. ¡Por los clavos de Cristo, cuánta falsedad!

V

La opinión que tenia la Castellana de don Bernardo coincidía bastante con la que compartían casi todos los castallenses, si bien la mayoría reconocían sus dotes de conmovedor y brillante orador.

Que el párroco era enormemente orgulloso, se sabía desde que llegó a Castalla para ocupar su curato. Desde que se le concedió la tonsura, su mayor aspiración, legítima según algunos, era conseguir que el color negro de su solideo se trocara cuanto antes en el violeta que distingue a los obispos. Para ello se esforzó, por un lado, en bienquistarse con prontitud entre las familias más influyentes del pueblo, encandilándolas con su magnífica retórica, y en procurar, al mismo tiempo, el reconocimiento de la diócesis mediante una celosa administración de su parroquia, controlando el puntual cobro de los estipendios y vigilando incluso que los óbolos recogidos en el cepillo a diario llegaran íntegramente a su poder, para lo cual no tenía reparos en registrar a los monaguillos antes y después de cada misa.

Pero don Bernardo tenía, que se supiera en el pueblo, dos pecados capitales, según decían muchos, o dos debilidades, preferían decir los más comprensivos, que le impidieron prosperar en su carrera eclesiástica: la gula y la lujuria.

Aunque puso todos los medios para no demostrar públicamente su primera debilidad, por otra parte la más tolerada por sus parroquianos, el modo como la sotana debía ensancharse cada pocos meses para cubrir su creciente corpachón, le denunciaba como un heliogábalo que gustaba engullir los abundantes alimentos que le preparaba Vicenta, la solterona que le cuidaba la casa y que, según todas las versiones, le servía también como amante. Y esta segunda debilidad, nunca probada, era precisamente la que no le perdonaban la mayoría de los castallenses ni el obispado, aunque tal vez, reconocían algunos, como la Castellana, este defecto tan humano no sería óbice para alcanzar el paraíso, ya que, a fin de cuentas, «si en el sexto no hay perdón y en el séptimo rebaja, ya puede el Señor llenar los cielos de paja».

VI

Para distraerme durante mi convalecencia, me bastaban las novelas que tenía mi padre en su estudi o que me regalaba mi tío Vicente, y la música que reproducía el gramófono de mi padre, quien consintió que fuera llevado hasta mi habitación, ante los insistentes ruegos de su esposa.

Pero también recibí algunas visitas. Además de mi tío Vicente y de mi primo Ramón, tuve la oportunidad, o mejor dicho la fatalidad, de recibir en mi cuarto la visita de doña Isabel, una pariente lejana de los Berbegal, que iba acompañada por su hija Felisa.

Viuda de un terrateniente ido a menos, doña Isabel blasonaba de una ascendencia tan ilustre como irreal, por lo que las ínfulas que se daba servían para que los castallenses se burlaran de ella, pues eran bien conocidos en todo el pueblo los aprietos económicos que padecía desde hacía años, cuando hubo de hacer frente a las cuantiosas deudas que contaba su difunto marido. Pero eso no era óbice para que ella persistiera en presentarse, allá donde iba, con vitola de gran señora, como si fuera de lo más granado de la burguesía alicantina. Principal apoyo de don Bernardo en la organización de todos los eventos religiosos, tenía reputación de santera, pero también eran temidas las agudas y lacerantes críticas que solía repartir en los mentideros, haciendo gala de un gran conocimiento de los acontecimientos íntimos de las familias más importantes del pueblo, que suplía a veces con su fértil imaginación. De ahí que la Castellana la describiera como «una mujer con cara de beata y uñas de gata».

Cuando acudió a casa aquella tarde para hacer una de sus esporádicas visitas, doña Isabel frisaba en los cuarenta y lucía un vestido de chiné cargado de garambainas, con un floripondio enorme en mitad del escote que sobrepasaba los límites del ridículo. Sus esfuerzos por demostrar su empingorotada posición, con sus estudiados melindres y remilgos, así como su meliflua sonrisa, contrastaban con su aspecto caballuno, de mujer grande, desgarbada y andares bruscos. Roma de nariz, pronunciaba empero con una nasalización que pretendía hermosear sus palabras, por más que su voz de tiple y las frases que soltaba en tropel la acercaran más a su verdadera condición de vocinglera. Pero he de aclarar que esta descripción es fruto de mi posterior y más profundo conocimiento de doña Isabel, ya que por aquellas fechas, aunque advertí muchas de estas circunstancias en su persona, mi opinión de ella no era de ninguna manera negativa, como no lo era la de nadie que yo conociera.

Junto a doña Isabel, sentada durante todo el tiempo que duró su visita en una de las sillas que colocó mi madre a los pies de mi cama, se mantuvo su hija sin levantar apenas la mirada del suelo. Felisa vestía una blusa blanca con topos cerúleos y una de esas minifaldas plisadas que a la sazón acostumbraban a llevar las quinceañeras. Enlazada con su cabello trigueño, mostraba una moña hecha con cintas albicelestes que hacían juego con su blusa, pero que delataban el mal gusto de su madre. También siguiendo las instrucciones de doña Isabel, tratando así de contrarrestar su timidez, Felisa de vez en cuando levantaba la mirada para mostrar una sonrisa afectada, pero enseguida volvía a mirar al suelo, llevándose una mano a la boca para morderse las uñas con disimulo.

VII

Otra de las personas que solía visitarme con frecuencia durante aquel tiempo era Soledad, la hija de Tono, mi compañera de juegos desde antes incluso de que ambos aprendiésemos a andar.

Soledad nació en casa de Tono, ahora convertida en vivienda de invitados, a cincuenta metros escasos de la casona donde yo vine al mundo, dos meses después. De su madre no guardo ningún recuerdo porque murió cuando teníamos dos años, circunstancia por la cual fue la Castellana quien la crió haciendo las funciones maternas. Desde que gateábamos fuimos compañeros de juego, por lo que mi cariño por ella fue aumentando al mismo ritmo que crecían nuestros cuerpos. En mi memoria, la Sole más pequeña es una niña de trenzas pelirrojas e indócil tufo bailándole sobre la frente, con la que jugaba al escondite, a la comba o a la rayuela. Su carácter, al contrario que el mío, era alegre y extrovertido, por lo que pronto hizo amistad con otros niños, sobre todo cuando empezó a ir a la escuela del pueblo.

Una de aquellas amistades suyas, quizá la más sorprendente, fue la de María, una de las hijas de Miguelón, el Raspa, un gitano que mercadeaba como ropavejero. María era un poco más joven que nosotros, pero era una chiquilla vivaracha y risueña que se ganó las simpatías de todos en L’Olivar, desde el primer día en que su padre aceptó a traerla para que jugase con Sole y conmigo. Y, a partir de entonces, también Sole fue a casa de María algunas tardes, aunque estas visitas eran forzosamente más esporádicas, pues dependía de que el Raspa pudiera llevarla y traerla desde el Carrascal, donde estaba el rancho gitano, ya que Tono casi nunca tenía tiempo para desplazarse hasta tan lejos, sólo para que su hija jugara un rato.

Por mi parte, debido a mi delicada salud, mi madre no me dejó aceptar las invitaciones de María para ir con Sole a su casa. Hasta que cierto día, cuando ya los tres estábamos en la pubertad, el Raspa le pidió que accediese a dejarme ir a su casa para participar en la fiesta que iban a celebrar con motivo del décimo segundo cumpleaños de su hija, comprometiéndose a traernos de vuelta antes de que anocheciera. Con el beneplácito de mi madre, Sole y yo montamos en el carro del Raspa aquella tarde y fuimos hasta el lugar donde vivía y nos esperaba nuestra amiga María.

Miguelón, el Raspa, más conocido en la comarca como el draper, era un cincuentón de pelo negro y sucio, barba rala y mal afeitada, con un bigote hirsuto que hacía de puente entre ambas patillas. Siempre le vi vestido con el mismo pantalón de pana marrón, cuyos fondillos estaban tan gastados por el roce que casi se transparentaban, y con la misma camisa de percalina debajo de un chaleco con trinchas descosidas y hebillas colgando, que en invierno tapaba a su vez con una zamarra desteñida. Se pasaba los días yendo de casa en casa, de finca en finca, recogiendo hatos de ropa vieja y utensilios en desuso, que después de ser debidamente arreglados, ponía a la venta en el puesto que levantaba en los mercadillos de Castalla, Onil e Ibi. De ahí que Sole y yo, al subir a su carro aquella tarde, nos encontrásemos entre sacos repletos de enseres, revoltijos de ropa y abundante quincalla. Todo lo cual empezó a sonar con un triquitraque continuo, en cuanto el mulo arrancó tirando de los varales.

Después de atravesar el pueblo y avanzar por el camino de Sax unos tres kilómetros, el Raspa condujo el carro por un sendero que asciende hacia el Carrascal, uno de los montes que componen la sierra de La Argueña, y cuyo orónimo se explica fácilmente al estar poblado por un extenso bosque de pino carrasco, en el que también hay esporádicas colonias de carrasca. Siguiendo los rodales que el propio carro había marcado en el camino a lo largo de los años, arribamos a la pequeña calva donde se hallaba la caseta en que vivía el clan de los Raspa, cerca de una fuente, aún hoy viva, de donde manaba un grueso chorro de agua que fluía hasta la balsa del tío Ullal, por medio de un caz de más de doscientos metros de longitud.

Cuando el tío Ullal permitió que aquella familia gitana ocupara, unos años antes, ese pequeño trozo de terreno, la caseta en cuestión estaba en ruinas, y, pese a los esfuerzos que hicieron en aquel tiempo los Raspa, cuando yo la conocí me pareció que la resquebrajada fachada y la viguería carcomida amenazaban con un inminente derrumbe. A pesar de ello, los Raspa ocupaban la vivienda ajenos a este peligro.

Según me parece recordar, por aquel entonces el clan de los Raspa contaba con más de una veintena de miembros, pues con Miguelón y su esposa convivían los padres de éste, uno de sus hermanos, su cuñada, y la prole de ambos matrimonios, que en total superaba la docena de churumbeles. El hermano de Miguelón y algunos de sus hijos eran titiriteros, pero desde hacía tiempo debían conformarse con trabajar de braceros ocasionales, lo cual suponía contribuir con unos ingresos esporádicos y escasos a la hacienda del clan, que casi exclusivamente dependía por lo tanto de las ganancias del trapero.

Pese a todo, el cumpleaños de María se celebró con una mesa generosa en comida y bebida, donde el vino fue el principal protagonista. Antes incluso de que se acabaran los manjares, sonaron las guitarras y las palmas, comenzando así una zambra que se alargó hasta bien entrada la noche, aunque Miguelón cumplió con lo prometido a mi madre, llevándonos de regreso a L’Olivar al anochecer. Con todo, Sole y yo disfrutamos durante un buen rato de aquella fiesta, siendo los únicos payos, junto con el tío Ullal y su esposa, que asistimos a la misma.

Animados por la música, la mayoría de los Raspa se arrancaron a bailar por seguidillas, bulerías y rumbas, pero fue sin duda María quien causó mayor expectación. Vestida con el traje de satén y ribetes plateados que acababan de regalarle sus padres, luciendo unos zarcillos heredados de su abuela y calzando unos zapatos de tacones altos cedidos por una de sus primas, la pizpireta María danzó con sandunga cañí, mientras sus parientes la jaleaban y vitoreaban. En un momento determinado, eligió a uno de sus hermanos mayores, al que llamaban Migueli, para que fuera su pareja en una de las rumbas, y una vez que terminó esta pieza, le pidió a Sole que fuera ella quien bailase a continuación con su hermano. Lejos de amilanarse, Sole se dispuso a demostrar su desparpajo natural danzando con Migueli, y lo hizo con tanta gracia, que las palmas y los gritos de entusiasmo arreciaron en su honor.

Entonces María me hizo señas para que yo la acompañara, pero el miedo al ridículo me hizo rehusar su invitación. Ella no se rindió y, cogiéndome del brazo, quiso sacarme al centro del corro, pero me resistí, librándome de su mano y meneando la cabeza, sin atreverme siquiera a excusarme con una sonrisa.

A partir de ese momento, toda aquella escena cambió para mí. Avergonzado, creyéndome ser el punto de atención de quienes allí se encontraban, apenas si me atreví a mirarles. Y cuando lo hacía, se me antojaban personas distintas, de un aspecto desagradable, cuando no hostil. Así, descubrí que el patriarca del clan, el padre de Miguelón, un anciano ciego y risueño que golpeaba el suelo con su bastón al son de la música, tenía la dentadura amarillenta a causa del sarro, y la babaza, viscosa y blanquecina, le chorreaba por las comisuras de los labios. A su lado, de pie, su vieja esposa, enfundada en un vestido estrechísimo y graneado de lunares rojos, tenía la cara congestionada por el esfuerzo que hacía al cantar, mostrando una mueca que parecía ser producto de la ira más que de la alegría. Y el propio Miguelón, que se hallaba bailando con Soledad, ciñéndola por la cintura con uno de sus brazos para hacerla girar a su alrededor, se me antojó grotesco con su barriga prominente y su ropa sucia y raída. Para mi alivio, no tardamos mucho en marcharnos, pero tardé aún cierto tiempo en perdonarle a María el haberme avergonzado de aquella manera al ponerme en tal aprieto delante de Sole y de toda su familia.

Dos años más tarde, a lo largo de algunos días, traté de rememorar fielmente ciertos detalles de aquella fiesta. En concreto, me esforcé por descubrir algún gesto, alguna señal, alguna palabra de Miguelón, sobre todo mientras bailaba con Sole, que evidenciara algún deseo oculto, algún sentimiento inconfesable, pero lo cierto es que sólo fui capaz de recordar mi bochorno y la sensación de disgusto que me embargó por culpa de mi propia y torpe timidez.

VIII

Otro de los habituales compañeros de juego de Sole era Joanet, el nieto del pastor Cosme, cuando sus múltiples ocupaciones se lo permitían, ya que desde muy niño empezó a ayudar a su abuelo en el cuidado de la cabaña y de las colmenas.

Ambos vivían en una caseta que había en el extremo nordeste del Cabeço del Pla, en el centro de un pequeño terreno que mi padre cedió al pastor como pegujal, aunque realmente era inservible para el cultivo por ser en su mayor parte un pedregal estéril. Según me contó la Castellana, abuelo y nieto vivían solos desde que la madre de Joanet, hija de Cosme, murió en el parto, pero en cuanto le preguntaba por el padre, las vagas y evasivas respuestas que recibía me confundieron hasta concebir, alrededor de la paternidad y nacimiento de Joanet, un misterio inextricable que rehusé desentrañar. Sólo muchos años después, cuando mi raciocinio fue capaz de unir y descifrar las insinuaciones y los comentarios que fui escuchando esporádicamente, llegué a la conclusión de que la hija de Cosme se quedó embarazada estando soltera y que, en efecto, murió tras dar a luz, durante un parto dificilísimo, a un niño deforme. Y fue precisamente esta deformidad de Joanet, unida al apartamiento en que vivían y al desconocimiento del posible padre, por lo que todos los rumores apuntaron hacia el incesto. Todo ello contribuyó a que, a partir de entonces, Cosme intensificara aún más su aislamiento del mundo exterior, convirtiendo aquella parte de la finca donde él moraba en una especie de relicto en el que sólo Tono, Soledad y yo éramos bien recibidos.

En mi caso, el acercamiento a Joanet fue propiciado por Sole, tras superar el recelo que sentía hacia aquel niño con labio superior leporino y una joroba en la parte derecha de su espalda, a quien solía ver de vez en cuando por el cabezo guiando a un hatajo de ovejas. El día en que Sole me convenció para que la acompañase hasta la caseta de Cosme, donde Joanet nos esperaba para jugar, descubrí que éste era en efecto un niño que tenía dificultades para pronunciar bien por tener el paladar mal cerrado, pero que sabía expresarse correctamente en valenciano. También de cerca su pequeña jibia y su labio defectuosamente cosido se apreciaban mejor, pero su cuerpo dejaba entrever ya una reciedumbre que, al cabo de los años, se vería confirmada; y, a mayor abundamiento, lejos de sentir repulsión, aquella deformidad suya suscitó enseguida mi simpatía, seguramente porque mi asumida debilidad hacía que me identificara con él, al considerarme yo también un ser tullido e imperfecto.

Del mismo modo, aquel día conocí a un Cosme bien distinto de aquel pastor, viejo y huraño, que hasta entonces había visto de lejos por la finca. El Cosme que conocí en su caseta era un anciano realmente feo a causa de una nariz enorme y horrible, pero su sensibilidad y bondad conquistaron mi simpatía. Mucho tiempo después, en el museo del Louvre, vi un cuadro de Ghirlandajo en el que aparece un viejo con una nariz desproporcionada y fea que me recordó al por entonces ya desaparecido Cosme. Como éste, el anciano que había servido de modelo al pintor florentino debió padecer rinoescleroma, pero también la ternura con que aquella figura mira al niño que tiene en sus brazos, me recordó la mirada dulce y cariñosa con que Cosme observaba a su nieto cuando se hallaba contento, jugando con Sole y conmigo.

El viejo Cosme, además de pastor y apicultor, era también un experto talabartero que por las noches, a la luz y al calor del hogar, se pasaba las horas tundiendo pieles, rodeado de zaleas y vellones. Por desgracia, esta fue la única labor artesanal que no continuó ejerciendo Joanet tras la muerte de su abuelo. Pero es que, además de seguir faenando como pastor y apicultor, el joven Joanet se convirtió en el principal ayudante de Tono, pues su fortaleza y vivacidad le capacitaron para hacer cualquiera de las faenas, igualando muy pronto en eficacia al masero.

IX

Tono había heredado de su padre el apodo de Tapenot, originado por la dedicación que éste había tenido a la recolección y venta de alcaparras y alcaparrones (alcaparra en valenciano se escribe tàpera, pero en Castalla, no sé por qué razón, la llaman tápena, y tapenot al alcaparrón).

Hubo un tiempo en que, siendo muy niño, creí que Tono era el marido de la Castellana, debido seguramente a que ella se comportaba con Sole como una madre; pero quizá debió influir también en mi conjetura el hecho de que sorprendiera al masero algunas veces piropeándola con requiebros incomprensibles para mí, al mismo tiempo que le acariciaba las nalgas con sus callosas manos. Recuerdo que la Castellana siempre se deshacía del inesperado acoso de Tono protestando:

―Las manos quietas, que este pastel no es para tu boca. Si quieres padrear búscate a otra, que nunca falta un roto para un descosío ―solía decirle mientras se separaba de él. Pero, unos años más tarde, comprendí que probablemente aquella reacción de la Castellana se debía más a mi presencia que a su deseo de rechazar las caricias de su admirador.

Tono era un hombre pletórico de vitalidad y fuerza, robusto y zanquilargo, con una mandíbula inferior sobresaliente y un poco caída que le daba un aire de primitivo prognatismo. En su cuerpo había multitud de cicatrices que hablaban de su labor polifacética como masero, cual ese chirlo en la mejilla derecha causado por el tetón de un almendro que se clavó mientras escamondaba; o la carencia del meñique y de la falangeta del anular de su mano izquierda, como consecuencia del mordisco que le diera un garañón cuando se disponía a empreñar a la hembra; o el costurón en el costado derecho, vestigio de la cornada de un novillo cuando tan sólo contaba ocho años de edad. Esta última cicatriz casi siempre la tenía tapada por una camisa de percal o de retor, que continuamente era traspasada por una penetrante tufarada de sobaquina.

Tono derrochaba pundonor y pericia en su trabajo, moviéndose sin parar de un lado a otro, en un continuo trajinar que sorprendía a propios y extraños. Era exigente con los braceros y demás ayudantes ocasionales, pero también era el primero en dar ejemplo, sudando y resollando como el que más. Además de labrar, cuidar la huerta y atender el ganado caballar y vacuno, cuando era preciso trabajaba como albañil, carpintero, herrero o almazarero.

Otra de las ocupaciones que tenía Tono era la de acompañar a mi padre en los días en que éste decidía ir de cacería. También yo fui con ellos algunas veces, aconteciendo la última de éstas durante un domingo otoñal que amaneció fresquito, pero que el implacable Febo trocó en tórrido al mediodía.

Al alba, mi padre, Tono, Joanet y yo, acompañados por los perros, nos encontramos con don Aurelio y su criado, que nos esperaban al pie de un humilladero de cruz lapídea que se encuentra en un cruce de caminos, a la entrada del pueblo.

Don Aurelio era un sesentón menudo y canoso que había sido alcalde de Castalla durante unos años merced a su condición de administrador y hombre de confianza de la marquesa de Dos Aguas, y su criado era conocido como el Perdiguer, debido a su afamada habilidad para cazar la perdiz.

Los seis expedicionarios anduvimos toda la mañana cazando perdices y liebres, hasta que al mediodía nos separamos de don Aurelio y el Perdiguer para regresar a L’Olivar. Pero aquel regreso se me hizo interminable e insufrible. El sol había recalentado mi cabeza y el dolor que sentía era cada vez más agudo. Las venas vermiformes de las sienes me palpitaban como si en verdad fueran gusanos vivos que se retorcieran dentro de mi cráneo, y cada latido me lastimaba cual descarga eléctrica. Extenuado, hube de detenerme para descansar cada pocos metros, lo que suponía una rémora para los demás, aunque sólo mi padre se quejó de ello, tildándome de enclenque. Pero incluso él se alarmó cuando, al arribar por fin al mas, me oyó delirar entre los brazos de mi madre. Por suerte, los efectos de la insolación remitieron gracias a los emplastos que me puso en la frente la Castellana y la cafiaspirina que me hizo tomar mi madre, pero mi padre ya nunca más quiso llevarme con él de caza.

De todos modos, poco después, con la llegada de Ferrán a L’Olivar, fui perdiendo interés por las actividades que desarrollaba Tono.

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