Cultura

3º Entrega: Cuestión de educación

Cuestión de educación. LIBRO I | X. Ferrán era primo de mi padre, aunque, después de la guerra, cuando el vientecillo de la calumnia se trocó en el huracán que arrasó a L’Olivar procedente del pueblo, me llegaron rumores que apuntaban a una parentela más cercana, pues se decía que Ferrán era en realidad un hijo espurio que mi abuelo tuvo con su cuñada. Por supuesto que la familia Berbegal negaba tal cosa, reaccionando ante semejante rumor como el mayor baldón que pudiese manchar la historia de nuestro linaje.

Sea como fuere, Ferrán reapareció en Castalla tras abandonar el seminario en vísperas de su tonsura y de pasar luego unos años trabajando en varios oficios, primero en Francia y más tarde en Alcoy, donde estuvo empleado unos meses en una tejeduría que acabó cerrando a causa de la crisis que atravesó por entonces la industria textil. Al no encontrar un trabajo fijo, pocas semanas después de su llegada vino a pedirle ayuda a mi padre, quien le recibió con cortesía, pese a sentir por él cierta antipatía, seguramente motivada por esos rumores que le señalaban como hijo bastardo de su progenitor. Con toda probabilidad, Ferrán habría salido de L’Olivar aquella tarde sin más ayuda que una merienda y unas promesas vagas, si no se hubiesen aliado con él dos circunstancias: la reciente decisión materna de no dejarme ir más a la escuela del pueblo, buscándome un profesor particular que me impartiera las clases necesarias a diario en nuestra propia casa, y la agradable impresión que se llevó mi madre de aquel pariente joven y amable, de conversación culta y discursiva, que sonreía con franqueza y miraba con descarada inteligencia desde el otro lado de los cristales redondeados de sus quevedos. De modo que, aun cuando mi padre tardó un par de días en aceptar la propuesta de su esposa, y tal vez convencido de que buscar otro tutor sería una tarea más larga y molesta, a partir de entonces Ferrán empezó a desplazarse todos los días laborables al Cabeço del Pla desde Castalla montado en su motocicleta, para instruirme en todas las materias de las que luego me examinaría por libre en el centro de enseñanza pública.
Pero enseguida comprendí que la forma como Ferrán entendía la enseñanza era muy diferente de la que tenían las demás personas que yo había conocido hasta entonces.

—Menos memorizar y más razonar —era una de sus máximas favoritas—. Has de acostumbrarte a pensar por ti mismo, a averiguar si lo que lees o escuchas es cierto mediante la reflexión, no dándolo por bueno sólo y exclusivamente porque lo haya dicho alguien antes que tú. Debes llegar incluso a poner en duda lo que yo mismo te diga.

Ferrán solía decir que yo tenía una oportunidad única, reservada sólo para algunos privilegiados: la gran suerte de poder educarme yo mismo, sirviéndome de él sólo como un guía al que acudir en determinados momentos:

—El autodidactismo es lento, pero su fruto es el más maduro y dulce. Porque es mucho más sólido lo que se aprende por cuenta propia entre los libros, viviendo y meditando, que lo que nos inculcan en una escuela o universidad.

El cuerpo de Ferrán era menudo, tan aparentemente enteco como el mío, lo que ya me había predispuesto a simpatizar con él desde el primer momento; su cabeza también era pequeña, orlada por cabellera y barba castañas, con una nariz aguileña y unos ojos vivos y redondos que recordaban a un ave rapaz. A través de aquellos ojos se adivinaba una fuerza interior que contrastaba con el aspecto débil de su físico, que no obstante era capaz de resistir horas y horas caminando sin mostrar la más mínima señal de cansancio.

Andariego, honrado y perspicaz, Ferrán no me trató como un pupilo, sino como un amigo o un hermano menor. Incapaz de metodizar el trabajo, ni siquiera la novela que llevaba escribiendo desde que se fuera del seminario, me recomendaba libros que después comentábamos mientras paseábamos por el cabezo. De Francia se había traído varios libros que me fue prestando y con los que me enseñó la lengua de Molière, complementados con una gramática y un diccionario que consultaba con asiduidad y que aún tengo guardados en un rincón de mi biblioteca.

Según fui descubriendo con el tiempo y a través de nuestras conversaciones, Ferrán tenía unas creencias religiosas muy peculiares, que parecían incompatibles con las que se suponía que debía de profesar un exseminarista.

—La religión sólo es buena y tiene sentido cuando es capaz de sacar lo mejor de cada uno —decía.

Para él, la mayoría de los que se decían creyentes practicaban una hipocresía que nada tenía que ver con la verdadera religión. Ferrán había dejado de ser católico, pero tampoco se consideraba agnóstico y, mucho menos, ateo.

—Creo en un Dios, en un Ser Supremo que se identifica con el amor que reside en el interior de cada conciencia individual, que no es Jesús, ni Shiva, ni Buda, ni Alá, ni Jahvé, y es todos ellos a la vez. El Evangelio, el Corán, la Biblia hebrea, no son textos sagrados, sino guías morales que han de ser sometidas a la prueba de la razón y la propia conciencia.

Pero si ya me sorprendió esta definición de su religiosidad, aun mayor fue mi asombro cuando supe que combinaba tales creencias con su convicción anarquista. Hasta entonces, influenciado sin duda por los comentarios que había escuchado a los demás, sobre todo a mi padre, la imagen que yo tenía de los anarquistas era la de unos seres rencorosos, ateos y muy violentos. Sin embargo, Ferrán creía en un Dios, aunque no fuese exactamente el cristiano, y además aborrecía la violencia. Como los demás anarquistas, él aseguraba que el futuro de la Humanidad debía pasar por la eliminación de todo tipo de autoridad, por lo que había que abolir el Estado, la propiedad privada y la Religión, ésta última en su concepto de doctrina institucionalizada y coercitiva. Ante esta idea, le objeté que, si además de no existir las leyes divinas, desaparecía también el Estado, que es el garante de las leyes humanas, entonces se correría el riesgo de abocarnos a un caos en el que prevalecería el todo vale, y en el que los más fuertes impondrían sus deseos impunemente.

—Esa es la idea que propagan quienes desean mantener el statu quo actual: identificar el anarquismo con el caos. Pero esa es una idea falaz.

Conforme estas ideas de Ferrán fueron conociéndose en el pueblo, entre los castallenses surgieron simpatizantes suyos, todos ellos partidarios del sindicalismo anarquista, y sus detractores, que eran muchísimos más, encabezados por don Bernardo. Para el párroco, Ferrán pronto se convirtió en un réprobo peligroso, merecedor no sólo de ser condenado al infierno, sino de pasar el resto de su vida en la cárcel. También, con el tiempo, llegó el momento en que se convirtió en un verdadero proscrito, expulsado de L’Olivar y de mi compañía, pero siempre se comportó indiferente ante la opinión y la hostilidad ajenas. Lejos de mostrarse zozobroso, se sentía sereno ante la impopularidad, del mismo modo que a algunos sabios antiguos no les importaba la mala fama, que más bien consideraban algo positivo.

Conforme mi padre tuvo conocimiento de las ideas anarquistas de Ferrán, empezó a inquietarse, preocupado, según diría a mi madre, «por la ponzoña con que debe estar pervirtiendo a Vicente». De modo que llegó el día en que, estirando el labio inferior y levantando la barbilla, se encaró con Ferrán para despedirle como preceptor mío y exigirle que nunca más volviese por nuestra finca.

A Ferrán no le sorprendió aquel destierro, pues hacía semanas que lo estaba esperando debido a los ataques públicos, cada vez más furibundos, que le dirigía don Bernardo, pero al despedirse de mí le noté contrariado.

—Me preocupa más tu futuro que el mío, Vicent. De la misma manera que el pino no deja crecer al pimpollo que nace muy cerca de él, y si éste logra crecer, lo hace torcido, temo que la abogiante personalidad de tu padre te impida crecer como debes, libremente. Por eso debes hacer todo lo posible para liberarte de su influencia, procurando forjar tus propias opiniones, tu propio carácter. Respétale, pero hazte impermeable a sus creencias, para que puedas crecer a tu libre albedrío.

XI

Pero, si bien mi carácter es un sincretismo de influencias diversas, durante mi adolescencia y juventud fue sin duda mi tío Vicente quien más influyó en mis gustos por la música, la literatura y el arte en general.

Como ya sabes, mi tío Vicente tenía su residencia habitual en Madrid, pero se pasaba largas temporadas, sobre todo en verano, en su finca de La Espartosa, adonde venía por aquél entonces, acompañado por mi primo Ramón, en el sedán impecable que conducía el señor Marín, su inseparable fámulo, que hacía las veces de mayordomo, chófer y confidente.

Viudo desde poco después del nacimiento de su unigénito, mi tío Vicente era un hombre al que no le gustaba cultivar las relaciones sociales, si bien mantenía contadas amistades entre los personajes capitalinos de mayor influencia y poder. Estaba de acuerdo con Shopenhauer cuando éste decía que la sociedad es como una hoguera o cuando comparaba las relaciones humanas con el trato mutuo habido entre puercoespines, pero solía decir que tales analogías no eran nuevas, ya que «Antístenes, el precursor del cinismo, no renunciaba a sus deberes cívicos, aunque se distanciaba de la política efectiva, asegurando que hay que acercarse a ella como al fuego: no demasiado, para no quemarse, ni apartarse mucho, para no helarse».

Tal vez siguiendo igualmente a la escuela cínica, tenía la costumbre de hablar con la franqueza más absoluta, cáustica, a veces cruel y despiadada. Una libertad de palabra feroz que a mí me hubiese gustado poseer también, pero que el temor a zaherir a los demás, aunque sólo fuese verbalmente, me impidió practicar hasta muchos años después, cuando una fisura en el cendal que cubría mis ojos me permitió ver la auténtica y cruda realidad de la vida.

También en Castalla prefería mi tío Vicente la soledad, si bien vino varias veces a L’Olivar durante mi convalecencia después de la caída de Janto. Como todos sabíamos, el único objetivo de aquellas visitas era el de verme a mí, el de hacer compañía a su «sobrino dilecto». Esta predilección por mí estaba justificada, según él, en «la propincuidad anímica que existe entre ambos», que iba mucho más allá de nuestra consanguinidad. Mi notoria sensibilidad, tanto física como psíquica, mi bondadosa delicadeza, mi excesiva vergüenza, mi aparente debilidad, le recordaban, según decía, la tierna ingenuidad de Alexéi Fiodorovitch Karámazov y la maravillosa estulticia del príncipe Mishkin. Pero esta hipersensibilidad, aun sirviéndome para depurar mis virtudes, también era la causa, aseguraba, de mis mayores desdichas, ya que me sabía absolutamente apabullado y confundido por el carácter autoritario de mi padre. Al contrario que Ferrán, para superar este problema, mi tío Vicente prefería aconsejarme calma, paciencia y una astuta flexibilidad:

—Lo que se pliega se conserva entero.

Esta discrepancia con Ferrán no era casual, pues la opinión que tenía mi tío de él era más bien negativa, a pesar de que personalmente sólo se conocían gracias a un corto y casual encuentro que tuvieron en mi casa, poco antes de su expulsión.

—Este diletante tutor tuyo es como uno de aquellos goliardescos personajes de la Edad Media, entre clérigos y estudiantes, que aparentaban ser cultos y literatos, pero que vivían como parásitos.

Esta manera tan dura de catalogar a los demás afectaba también a la propia familia. Tal vez por deferencia a mí procuraba evadir las calificaciones cuando se refería a mis padres, utilizando para mi hermano adjetivos polisémicos tales como «bigardo» o «galopín», que me dejaban con la duda de saber con cuál de las acepciones los había pronunciado. Pero era con su propio hijo con quien empleaba los términos más duros, como cuando le reconvenía por culpa de la indolencia que mostraba ante cualquier trabajo y lo refractario que era a sus enseñanzas. Seguramente porque creía que no debía escandalizarme al considerarlo más suyo que mío, no tenía inconveniente en llamarle, en mi presencia, gaznápiro, bergante, perillán y otros adjetivos parecidos. Aquel descontento suyo con mi primo me hizo pensar muchas veces en lo injusto y contradictorio que puede llegar a ser el destino, puesto que hubiera resultado mucho más apropiado que yo fuese hijo de mi tío Vicente, en tanto mi padre hubiese preferido a buen seguro un primogénito como Ramón.

La finca de La Espartosa abarcaba un vastísimo terreno que mi tío Vicente había cedido a varias familias de campesinos en régimen de aparcería, pero cuya mayor parte constaba de un bosque umbroso de pinos. En medio de aquel predio se levantaba la masía, con una casona enorme, de una decena de habitaciones, aparte de la cocina, bodega y demás estancias anejas, entre las que destacaba una capilla de campanario empavesado que refulgía durante los días soleados.

Dentro de la casa se respiraba una tranquilidad húmeda y penetrante, con salas y dormitorios repletos de muebles sencillos y antiguos que la guardesa, que hacía también las veces de cocinera, mantenía siempre tan limpios como el suelo de terrazo. La biblioteca era el lugar que mi tío Vicente elegía para su solaz. Comprendía una cuarta parte de la casona, siendo el único sitio donde el piso que separaba ambas plantas había desaparecido, otorgándole así una altura que era aprovechada por un corredor de madera que contorneaba la estancia como una corona gigante, adornada con cuadros y estanterías pandeadas por el peso de los libros, a la que se accedía desde abajo por una escalera de caracol. El espigón de esta escalera helicoidal servía al mismo tiempo de montante desde el cual partían cuatro jabalcones, también de roble, que servían para asegurar un techo desnudo y con su esqueleto de madera al descubierto. Los paramentos que cubrían la parte de los muros que quedaban libres de estanterías y librerías consistían en tapices y lienzos de diversos tamaños y calidades, menos la pared en donde quedaba la chimenea, que estaba reservada para la oplateca. De esta colección estaban excluidas las armas de fuego y entre el medio centenar largo de piezas que la constituían había algunas de verdadero valor arqueológico, merecedoras de estar en el más prestigioso museo o en la más completa armería: desde una espada de bronce, hasta una espada de hierro merovingia, pasando por hachas, escudos, arcos, cerbatanas y lanzas de distintas épocas y tamaños. Si bien la auténtica joya de aquella oplateca, la pieza que más apreciaba mi tío, era una soberbia espada toledana del siglo XVII que ocupaba el lugar central de la pared, resguardada por una vitrina de cristal siempre limpio. En un pequeño letrero que había bajo ella se aseguraba que tal espada había sido fabricada en el año 1637 por el ilustre espadero Sebastián Hernández el Viejo, con acero procedente de la guipuzcoana Peña de Udala combinado con alma de hierro. En la parte opuesta, entre el secreter y un monumental reloj de caja de cuya belleza yo estaba prendado, se hallaba el sillón de cuero y espaldar alto en el que mi tío Vicente se sentaba para leer, escribir y escuchar la música que reproducía el gramófono con bocina, modelo Odeón, que había sobre una próxima mesita laqueada.

Mientras estaba ausente, mi tío Vicente tenía ordenado que nadie entrara en su biblioteca. Solo el mayordomo o la guardesa tenían permitido el paso para limpiar. Pero en mi caso aquella prohibición no existía, ya que yo siempre estaba autorizado a entrar en ese lugar, aun cuando él estuviese en Madrid. Aprovechando tal regalía, había días en que, con el permiso de mi madre, iba hasta La Espartosa a pasar varias horas encerrado a solas en la biblioteca de mi tío. Allí dentro el tiempo corría con una rapidez tan sorprendente que, cuando Tono o mi padre venían a recogerme al anochecer, creía que sólo habían transcurrido unos pocos minutos, siendo la realidad que llevaba allí toda la tarde.

Sólo para elegir un libro podía pasarme horas admirando la encuadernación de los muchos volúmenes que allí había, todos ellos señalados con su oportuno tejuelo. Por mis manos pasaron libros adornados con filetes dorados o reforzados con cantoneras, ilustrados con dibujos o gofrados, de tapas sencillas o de tafilete, en buen estado o con los nervios medio desprendidos; libros de Homero y de Platón, de Virgilio y de Ovidio, de Cicerón y de Séneca, de Erasmo y de Dante, de Gracián y de Montaigne, de Cervantes y de Shakespeare, que leía en silencio, sentado en el sillón de mi tío, con el tic-tac que el reloj de pie marcaba al compás de su péndola como único acompañamiento; o bien teniendo como fondo la música de Mozart, o de Bach, o de Beethoven, o de Schubert, o de Tchaikovsky.

Otras veces sencillamente me tumbaba en el diván que había frente a la chimenea y, cerrando los ojos, me concentraba sólo en escuchar la música que había elegido en la discoteca, formada en su mayor parte por discos de cincuenta centímetros de diámetro, llamados super-records, y cuya reproducción duraba más de una hora. Siguiendo el consejo de mi tío, que, frente a quienes dicen que el placer está en la variedad, aseguraba que «hay melodías, cuadros, perfumes, monumentos y paisajes que nos gustan más cuantas más veces los oímos, vemos u olemos», escuchaba una y otra vez las obras de los grandes compositores, entre los cuales fui haciendo una inconsciente selección, hasta elaborar una íntima relación de preferencias. Así, pese a coincidir con mi tío en el grado superior de la ópera, mi predilección principal se decantó por el bel canto italiano. En consecuencia, eran las obras de belcantistas como Rossini, Donizetti y Bellini las que más placer llegaban a proporcionarme. Naturalmente, eso no quiere decir que no gozara escuchando a otros compositores, todo lo contrario. En cualquier caso, todo aquello fue contribuyendo aún más a mi enamoramiento por todo lo relacionado con el siglo XIX. Decimonónica era la literatura que prefería, decimonónica era también la mayoría de la música que me gustaba y decimonónicos fueron los principales filósofos que descubriría poco después. Pronto llegué al convencimiento de que yo tenía que haber nacido un siglo antes.

Melómano, esteta, sincero, erudito, solitario, mi tío Vicente era además un defensor a ultranza del lenguaje correcto, de una pronunciación ortológicamente perfecta, en la que se empleara siempre la palabra apropiada en el momento apropiado:

—¡Cuántas frases y circunloquios para definir algo que con sólo la pronunciación de una palabra quedaría claro! ¡Cuántas palabras perdemos, olvidamos, pese a estar ahí, nada obsoletas, en nuestro diccionario! Palabras con la belleza de lo antiguo y lo clásico, eufónicas, de raíces helénicas, latinas, árabes… Manzana de oro en canastilla de plata; así es la palabra dicha a su tiempo —decía mi tío, muchos años antes de que la vitanda moda anglosajona, propiciada por la informática, irrumpiera como Atila en nuestro vocabulario—. Aprovecha que la boca es madre común del sabor y del habla, para saborear las palabras antes de pronunciarlas con naturalidad, huyendo tanto de la vulgaridad del exabrupto como del pernicioso y pretencioso lenguaje campanudo y conceptuoso.

Mi tío vocalizaba casi exageradamente y se servía de las citas cultas casi tanto como la Castellana se servía de los refranes. Odiaba el hablar incorrecto, la pronunciación cacofónica, porque más allá de ser un síntoma de incultura, afirmaba que manifestaban falta de civilización y humanidad:

—La capacidad de hablar es lo que nos diferencia de los animales. Bien mirado, la única virtud del ser humano es la palabra. De modo que las personas que no se molestan siquiera en hablar bien, que lo hacen de cualquier manera, están aún más cerca de la animalidad que de la humanidad —deducía. Por eso, cuando se encontraba ante una persona tan cercana todavía a la animalidad, su proverbial temperancia se trocaba en una intolerancia que se evidenciaba en una dialéctica dura y sarcástica:

—En muchas ocasiones me gustaría tener párpados en las orejas con que tapar mis oídos.

Lejos de considerar una fruslería aquella inquietud suya, poco a poco empecé a compartir con él ese deseo de cuidar el lenguaje, aunque nunca alcancé su nivel de intransigencia. Cierta vez me regaló un prontuario que había escrito él mismo y que contenía las reglas que consideraba más básicas de la ortofonía. Me lo hizo llegar junto a una de sus frecuentes cartas desde Madrid, las cuales finalizaba siempre con un Vale, expresión latina y epistolar que significa “que te conserves bien”, en desuso desde hace siglos, pero que él pretendía recuperar por su sencillez y frescura. En estas cartas podía apreciarse cómo mi tío igualmente cuidaba su ortografía hasta límites sorprendentes. A pesar de que aseguraba escribir a vuelapluma, su grafismo era tan elaborado que hasta el más nimio detalle, hasta la más insignificante vírgula, parecía una minúscula pero exquisita obra de arte.

Mi tío Vicente tenía los cabellos encrespados y una frente amplia con abundantes frunces que la roturaban tan profundamente como los surcos de un arado marcan la tierra cultivada. Sus párpados parecían pesarle demasiado, pues siempre los tenía entreabiertos, y esta relajación palpebral confería a su mirada un aire altivo. El recuerdo suyo más remoto que tengo es el de un hombre senescente, pero en sus rasgos se distinguían restos de una belleza juvenil, una belleza aniñada que corroboraban algunas fotografías suyas que tenía mi padre. Era un hombre que había actuado siempre como si le sobrara tiempo, pero, a partir de cierta edad, tal parsimonia se debió más a su delicado estado de salud que a su templanza de ánimo. Así, la última vez que lo vi antes de que estallase la guerra, se encontraba sentado en su sillón de la biblioteca de La Espartosa, enfundado en una bata de terciopelo verde y con un pie gotoso encima de un escabel.

—Aquí me tienes, a punto de regresar a mis lares madrileños y con este pie inutilizado a causa de la podagra, que no me permite siquiera hacer mis cotidianas abluciones con normalidad —se lamentó con modulada voz y un mohín de contrariedad. Desde el pebetero de plata cincelada que había sobre el secreter manaba un humillo que, al compás de la obertura de La Bohème, danzaba por la biblioteca sahumándola con un agradable olor a mirra. Se le notaba desanimado, quizás debido a ese estado de semipostración o, tal vez, por culpa de los insistentes augurios que presagiaban la inminente tragedia fratricida—. Vivimos días de odio y rencor, en los que unos pocos manipulan la voluntad de muchos, arguyendo razones, ideales y valores falsos, pero que desde siempre han servido para enardecer los ánimos de los más pusilánimes. No te dejes engañar por ellos.

XII

Mi tío estaba permanentemente asistido por su mayordomo, a quien se dirigía con un respetuoso «señor Marín», pese a ser un hombre bastante joven, de no más de treinta años, «aunque lo suficientemente machucho ya como para saber morigerar sus impulsos, atendiéndome con paciencia y prontitud, pero sin resultar untuoso».

El señor Marín tenía en la cara varias verrugas que solían distraer la atención de sus nuevos interlocutores y su cuerpo, alto y espiritado, estaba siempre tan estirado que diríase tenía la espalda y el cuello clavados a una tabla, de tal modo que, cuando debía mirar hacia un lado, en vez de mover la cabeza, giraba la cintura. Vestía un sempiterno traje negro de hombreras guateadas, corbata oscura sobre camisa blanca y relucientes zapatos de charol.

No había tenido oportunidad de estudiar y carecía de una inteligencia cultivada, pero en su afán por remedar a su admirado señor, se esforzaba por hablar de manera culta y correcta, lo que le convirtió en un discípulo muy peculiar y, en ocasiones, gracioso, ya que, con engolada voz, empleaba muchas veces vocablos grandilocuentes que había oído en boca de mi tío, pero que utilizaba indebidamente, confundiendo palabras parónimas de significado incongruente o totalmente contrapuesto al que deseaba expresar. Así, se sabía «lo suficientemente muchacho como para marujear mis impulsos», capaz de ayudar a su señor a «hacer sus ablaciones» tanto como de mantener una conversación interesante, «trayendo a colofón cualquier tema importante».

Un día que don Aurelio fue a visitar a mi tío, el señor Marín le hizo esperar un momento en la biblioteca, donde el gramófono reproducía el primer arabesco de Debussy. Impresionado por el ambiente de paz y armonía que le rodeaba, el visitante comentó lo agradable que resultaba escuchar esa música en un sitio como aquél. Con intención de alabar al dueño de la casa, el señor Marín le hizo entonces la siguiente confidencia:

—Es que don Vicente es un gran megalómano. A veces la música le ha empatado tanto, que ha debido enjuagarse las lágrimas que le brotaban por la emoción.

Estas frases del señor Marín fueron muy celebradas por mi tío cuando don Aurelio se las repitió entre risas; pero nunca lo fueron tanto como cuando el mayordomo, queriendo referirse a la eminente y teologal oratoria de don Bernardo, lo calificó de «exsimio morador y tocólogo prominente».

XIII

Quien no admiraba a mi tío por su fluido y culto verbo, más bien al contrario, era su hijo Ramón. Acaso por despecho de las reconvenciones que recibía de su padre, varias veces me dijo no comprender cómo yo era capaz de soportar «su verborrea seudoelocuente, sentenciosa y pontificadora», demostrando así que, pese a ser aún muy joven, sabía también zaherir con la palabra, aunque nunca se atreviera a hacerlo delante de él.

Y es que, siendo un adolescente con un físico muy atractivo, mi primo no contaba con una mente tan bella como su físico. Ramón tenía un simpático hoyuelo en la barbilla que se movía graciosamente al reírse, y su rostro, redondo y dulce, estaba enmarcado por un flequillo rubio y una melena tan esponjosa y rizada como la del ángel con laúd del fresco vaticanista de Melozzo da Forli; pero en sus ojos, como única parte visible de su cerebro, casi siempre se reflejaba el desdén y el rencor.

Mi primo Ramón trabó una sorprendente amistad desde niño con el hijo mayor de doña Isabel, madre de Felisa. Éste se llamaba José María, pero en todo el pueblo se le conocía más por su hipocorístico Xema. Ambos eran rubios, y como se les solía ver muy a menudo juntos durante las temporadas en que mi tío y su hijo se hallaban en Castalla, els castalluts les llamaban els rossos, los rubios. Pero sólo el color del cabello era lo que les semejaba, pues hasta la forma de éste era diferente: rizado y suave el de mi primo, fosco y áspero el de Xema. El hermano de Felisa no cuidaba su aspecto, vistiendo con ropa sucia y hasta zarrapastrosa, propia de un niño procaz que se refocilaba de los defectos ajenos mediante burlas y mojigangas; en tanto que Ramón lucía siempre un aspecto donoso y aseado, con impecables cárdigans de cachemir y pantalones de franela, y si bien se regodeaba de las zumbas de su amigo, nunca participaba activamente en ellas.

Desde prácticamente el primer día que acudí al colegio fui el principal objetivo de los escarnios de Xema. Los días en que éste decidía entrar en el aula y quedarse durante el recreo junto a los demás niños, se convertían para mí en un verdadero martirio, ya que las retahílas de improperios que me dirigía eran coreados indefectiblemente por las risas y las rechifla de la mayoría de nuestros compañeros. Zonzo, mojigato, ñoño, eran algunos de los insultos que me dedicaba el hijo de doña Isabel, mientras me propinaba algún que otro pescozón.

Aguantaba aquellas tropelías convencido de que eran injustas, pero creyendo que tal vez, de alguna manera que no lograba comprender, yo mismo las provocaba por culpa de mi timidez, que podía confundirse con una ofensiva altivez, y por mi aspecto débil y enfermizo, que tanto desagradaba a mi padre y a muchas otras personas. Aquel maltrato casi diario reforzó mi retraimiento, encastillándome aún más dentro de mí mismo, pero ni por un momento se me ocurrió quejarme de ello ante mis padres ni ante la maestra.

Doña Amalia, la maestra, era una solterona de unos cuarenta y cinco años, muy nerviosa y resabida, que tenía por costumbre silabear las preguntas que nos formulaba cuando nos sacaba al entarimado para examinarnos, al mismo tiempo que desahogaba sus nervios tabaleando con sus dedos sobre la mesa. Cuando las respuestas no eran acertadas o descubría a alguien hablando o distraído mientras ella se encontraba explicando algo o escribiendo en la pizarra, le echaba una mirada furibunda antes de castigarle haciéndole poner de rodillas durante horas en una esquina del aula y mirando hacia la pared. Pero si el alumno era reincidente, entonces castigaba tal contumacia taladrándole con una mirada torva y ordenándole que se acercara a ella, al ritmo del tamboreo de sus dedos. Una vez tenía al chico o a la chica delante de ella, le hacía extender la mano con la palma hacia arriba para golpeársela con la palmeta de madera que guardaba exclusivamente para este menester. El escozor que producían aquellos palmetazos, que a veces llegaban a la veintena, persistía durante horas, mientras duraba la hinchazón y el enrojecimiento de la mano, pero aquello era una nadería comparado con el dolor que causaban estos palmetazos cuando los recibían los nudillos, en el dorso de la mano.

Yo nunca sufrí un castigo semejante por parte de doña Amalia y, sorprendentemente, tampoco Xema, tal vez porque aparecía poco por la escuela; hasta que alguno de nuestros condiscípulos le contó a la maestra la manera como el marrullero hijo de doña Isabel me vejaba. Aquel mismo día, doña Amalia le propinó a Xema una decena de palmetazos en el reverso de ambas manos, al mismo tiempo que le recriminaba su comportamiento. El muchacho no dejó escapar el más leve quejido, aunque sí unas ardientes lágrimas que descendieron por sus mejillas sucias clamando venganza. Creyendo que había sido yo quien le había delatado, aquella tarde, al salir de la escuela, Xema me esperó para darme un escarmiento. La mayoría de nuestros compañeros conocían o barruntaban lo que se proponía, por lo que también esperaron expectantes, cerca de la salida y reunidos en varios grupos, a que yo apareciese. En cuanto puse los pies en la calle, Xema se me acercó para insultarme, retándome a pelear con él, «si es que tienes redaños».

—Eres una niña —me dijo mientras me empujaba.

Yo no respondí a sus provocaciones y seguí mi camino, hasta que él se me echó encima por detrás para derribarme. Enseguida se formó una tremolina con los chavales gritando y rodeando el lugar donde ambos habíamos caído. Xema se puso encima de mí y trató de inmovilizarme con sus piernas, pero haciendo un esfuerzo supremo conseguí deshacerme de él, empujándole a un lado. Aprovechando tal liberación, me puse en pie y emprendí una desesperada carrera por la cuesta que ascendía hacia el castillo. Detrás de mí vino persiguiéndome Xema y, tras él, un nutrido grupo de curiosos y excitados niños.

Mi agresor anduvo pisándome los talones durante unos metros, hasta que por fin me alcanzó, tirándome de nuevo al suelo. Ya a su merced, teniéndome boca arriba y resoplando como un animal cazado, me abofeteó antes de mostrarme el zumbel que extrajo de uno de sus bolsillos. Mientras los demás niños volvían a arremolinarse chillando a nuestro alrededor, Xema se dedicó a asustarme restallando la cuerda del trompo como si fuese un látigo. Pero no se conformó con eso, ya que, acto seguido, una vez que se divirtió viendo mi rostro desfigurado por el terror, me azotó la cabeza con aquel zurriago hasta que la sangre apareció por mis mejillas, nariz y labios. Sólo la intervención de algunos vecinos que, alarmados por el escándalo, se acercaron a separarnos, me salvó de una paliza mayor.

Aquella noche, en mi casa, después de que la Castellana me curase los rasguños que cruzaban mi rostro, así como los moratones que coloreaban mi mentón y pómulos, mis padres discutieron sobre la conveniencia de que yo siguiera yendo al colegio. Mi madre se oponía a ello, pero mi padre aludía que no debían mantenerme apartado del mundo, que tenía que aprender a enfrentarme a la realidad de la vida. De haber podido, a buen seguro que mi padre me habría imprimido en ese instante su carácter y del mismo modo que se marca al ganado, no en vano character significa eso mismo en latín. Mirándome con sus ojos flamígeros, señalándome con el índice, me advirtió que debía convertirme «en un ser fuerte, duro y desconfiado, porque en la vida cada uno va a sacar la mejor tajada posible sin preocuparse del prójimo, nada más que para aprovecharse de él cuanto pueda». Entonces aquel consejo se me antojó detestable, aunque repliqué que yo no quería dejar de ir al colegio, que prefería ir incluso al día siguiente, como si no hubiese pasado nada.

—Como si nada, no —replicó mi madre, que acabó por claudicar—. Si deseas continuar yendo al colegio, así será. Pero mañana mismo iré contigo para hablar con doña Amalia.

Como consecuencia de la queja de mi madre, la maestra quiso castigar duramente a mi agresor, pero no lo consiguió. Sospechando lo que le esperaba, Xema estuvo unos días sin ir por el colegio y, cuando por fin lo hizo, se enfrentó con descaro a doña Amalia. Acudió a la llamada de ella acercándose a su mesa, pero cuando le ordenó que extendiera su mano, el muchacho formó con los dedos la higa, huyendo acto seguido y para siempre de la escuela. Al pasar corriendo junto a mí, me amenazó con un «Me las pagarás», que cumplió al día siguiente, cuando me apedreó en la calle mientras yo esperaba que Tono me recogiera para llevarme de vuelta a casa. La mayoría de las piedras que me arrojó apenas si me rozaron, pero una de ellas fue a darme en la cabeza, cerca de la sien, produciéndome una conmoción que asustó a cuantos fueron a socorrerme al caer desmayado en la acera. Y quien más se alarmó, naturalmente, fue mi madre, la cual se salió con la suya a partir de entonces, prohibiéndome volver al colegio. Fruto de aquella decisión, como ya te he contado, fue la contratación poco después de Ferrán como profesor particular mío.

Pero, aunque no fui ya nunca más al colegio, no pude deshacerme definitivamente de la presencia de aquel muchacho de risa sardónica que tanto gustaba de vejarme, pues si bien durante unos años sólo le vi de lejos en el pueblo o cuando osaba ir a L’Olivar para recoger a Sole, después el irónico destino quiso unirnos con lazos familiares.

La amistad de Sole y Xema era relativa, basándose casi exclusivamente en la afición que ambos tenían por la recolecta de rovellons, las setas que recogían por la sierra durante el otoño y que luego él vendía a determinados tenderos, pero esta relación de mi mejor amiga con mi peor enemigo me hirió profundamente. Cuando veía a Sole sobre la bicicleta alejándose del cabezo en compañía de Xema, sentía dentro de mi pecho un agudo dolor que, no sabía por qué razón, era aún más intenso cuando además iba con ellos mi primo Ramón. La imagen que conformaban aquellos tres muchachos sanos y felices que reían y pedaleaban delante de mí, me resultaba insufrible, ya que despertaba en lo más hondo de mi alma un sentimiento hasta entonces desconocido por mí y que me inquietaba por lo amargo que era y lo peligroso que podía llegar a ser.

Poco tiempo después, cuando todavía el destino no se había burlado de mí emparentándome con él, Xema se mofó de la renquera permanente que me acarreó la caída de Janto, cada vez que me veía por las calles de Castalla. Imitando el paso de una bestia con las castañetas que producían sus dedos y el chasquear de su lengua, el hijo de doña Isabel se burlaba de mi cojera, incitando la risa de cuantos me veían. Risa que arreciaba cuando Xema realizaba con sus piernas gambetas como las que hacen los bailarines o brincaba para golpear los zancajos de sus zapatos, en una cabriola que solo él era capaz de hacer, mientras me gritaba:

—¡Haz esto, Vicent! ¡Demuestra que no eres un lisiadito!

Durante años, aquellos saltos y zapatetas se repitieron en mis pesadillas insistentemente, alimentando ese terrible sentimiento que iba creciendo en mi interior tan silenciosa, lenta e inconscientemente como el más maligno tumor.

 

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