Cultura

4º Entrega: Soledad

 

Soledad. El fruto de la melancolía. Cuarta entrega. Libro I | XIV. En el presente momento de esta narración un tanto caótica que estoy escribiendo, me centraré por fin en la primera y fatídica semana del mes de septiembre de 1934. Como cada año, entre los días primero y cuarto de aquel mes se celebraron en Castalla las Fiestas de Moros y Cristianos, cuyo origen se remonta al comienzo del siglo XVII, cuando los arcabuceros acompañaban la procesión de la Virgen de la Soledad, si bien la aparición de las comparsas y la simulación de combates entre los dos ejércitos no llegó hasta mediados del siglo XVIII. Durante estos días y noches de fiesta, las calles y plazas de Castalla, adornadas con gallardetes y luminarias, retiemblan con el tronar de la arcabucería y las detonaciones de los cohetes, petardos y triquitraques. Todos los vecinos están fuera de sus casas, formando parte de espontáneas rondallas y pasacalles que recorren el pueblo con un continuo tiroriro, o bien reunidos en las cábilas y cuartelillos, donde la comida y la bebida son consumidas en abundancia, contribuyendo a que la algazara no decaiga ni por un instante.

Desde que se organizaron estas fiestas, anualmente se han turnado las comparsas moras y cristianas para elegir a sus respectivos capitanes, tocándole aquel año de 1934 la capitanía cristiana a la comparsa de mi padre. Conscientes de que tenía tantas ganas de ser capitán que no repararía en gastos, los componentes de la comparsa decidieron complacer a mi padre. Éste cumplió sobradamente con las expectativas de sus compañeros, puesto que el boato de la comparsa en la entrada cristiana fue el más suntuoso y variopinto de los presenciados hasta entonces en el pueblo. Todos los trajes lucieron una riqueza deslumbrante, con guarniciones tan lujosas como originales, pero fue sin duda alguna mi padre quien acaparó toda la atención y admiración del tumultuoso público, que flanqueaba las calles y la avenida.

Montado sobre Janto, su caballo preferido, cuya alegre trápala quedaba enmudecida por la música de las bandas que acompañaban a las comparsas, el capitán cristiano personificaba a la mismísima Vanidad. Vestía una cota de malla brillante, sobre la que llevaba una túnica blanca y dorada de lamé, fruncida por un cinturón de guadamecil, y con una gran insignia encarnada y en forma de cruz recamada en el pecho; abrochada al cuello, una magnífica capa roja y tornasolada tremolaba sobre la grupa con grecas similares a los jaeces de la caballería; en la cabeza portaba un casco rostrado y penachudo, de ribetes plateados; en su mano derecha blandía una espada reluciente, en tanto con la siniestra gobernaba las riendas de un Janto adornado con testera y gualdrapa de valor incalculable, el cual se hacía perdonar los deslucidos cagajones que dejaba tras de sí con los escarceos y corvetas que tan bellamente ejecutaba a las órdenes del jinete.

Aquella soberbia estampa de mi padre recorriendo las calles rendidas del pueblo me animaron a emularle, por lo que, a partir de entonces, empecé a pasear a caballo, con la ilusión de que, algún día, yo también me exhibiría en Castalla como capitán cristiano. Las consecuencias ya las conoces. La indiferencia y la negligencia formaron una fatal alianza en mi contra. Cuando, al cabo de unos meses, me autorizó a que montara por primera vez su caballo preferido, mi padre no me advirtió que éste, además de ser brioso y de bello porte, era también zaino. Y Tono, que estaba limpiando a Janto con la bruza cuando fui a la cuadra, y que, después de ponerle el sudadero y la silla, me ayudó incluso a montarlo, tampoco me avisó de que el animal parecía estar nervioso por la forma como tascaba el freno. La cuestión es que al poco de iniciar el paseo por la finca, Janto se encabritó de improviso, arrojándome sobre una roca que me partió la cadera izquierda. Nunca se supo con certeza cual fue el motivo de aquella reacción tan repentina del caballo. Mi padre trató de justificarlo con una supuesta herida en el pulpejo de una de sus manos, una herida que ni Tono ni Joanet llegaron a ver, pero yo siempre he creído que todo se debió al carácter ladino y traidor de aquella bestia. En cualquier caso, el hecho es que yo me quedé sin sentido en el suelo hasta que Tono fue a buscarme y, como resultado de aquella caída, quedé renco para el resto de mi vida.

XV

Sole desapareció inexplicablemente un domingo otoñal de 1935, cuando las uvas ya enveraban tomando el color rojizo y dorado de la madurez.

Por la mañana, después de oír misa, Tono la llevó a casa de María, donde comió y estuvo unas horas jugando con su amiga. Luego, a media tarde, el Raspa quedó en que la acercaría en su carro al pueblo, donde sería recogida por su padre para volver a L’Olivar. Miguelón juró miles de veces durante los meses posteriores que él dejó a Sole en la entrada de Castalla, cerca del cementerio, alrededor de las cinco y media de aquella tarde, pero nadie volvió a verla ni fuera ni dentro del pueblo. Tono había quedado con su hija, entre las seis y media y las siete, en la plaza de la iglesia, por lo que no se impacientó hasta casi las ocho, ya que no era la primera vez que debía esperarla un buen rato al retrasarse su salida de casa de María. A eso de las nueve, marchó por el camino de Sax hasta el Carrascal, llegando al rancho de los Raspa media hora más tarde. Entonces, al comprobar que Sole no estaba allí y que Miguelón le aseguraba haberla dejado en Castalla cuatro horas antes, regresó al pueblo azotando a la acémila y ya bastante preocupado.

Pasada la medianoche, cansado de deambular infructuosamente por las calles de Castalla, preguntando por su hija a todos cuantos se encontraba, decidió volver a L’Olivar por si acaso ella había venido por su cuenta o con ayuda de alguien, pero al no hallarla tampoco aquí, su impaciencia se trocó en alarma. Pidió consejo a mi padre, quien pensó que lo mejor era acudir a la Guardia Civil, por lo que ambos fueron al cuartelillo en el Buick que, por entonces, poseía mi progenitor.

A la mañana siguiente, prácticamente todos los castallenses tenían noticias de la extraña desaparición de Soledad y, a primeras horas de la tarde, ya se habían organizado las primeras partidas de hombres que, sumiendo al pueblo en un intenso tráfago, emprendieron su búsqueda. En un principio, el rastreo se limitó a los alrededores del pueblo y al camino de Sax, pero a partir del segundo día la batida se amplió al valle y luego, a las semana, a casi toda la Hoya. Muchos dejaron de trabajar durante los primeros días para dedicarse únicamente a la búsqueda de la desaparecida, otros sólo le dedicaron a esta labor un par de horas diarias, pero muy pocos fueron los vecinos que no participaron en las cuadrillas de rescate. A mi pesar, uno de aquellos pocos fui yo, pues todavía necesitaba el auxilio de una muleta y no podía dar largas caminatas. Hasta el viejo Cosme acompañó algunas veces a su nieto Joanet en el rastreo que llevaron a cabo por las carreteras de Ibi y Onil. También Ferrán se pasaba los días y las noches recorriendo los caminos y bosques, solo o en compañía de los números de la Guardia Civil. Con ayuda de linternas, en las primeras noches varios grupos porfiaron en la batida, sin importarles el frío y las heladas, a los cuales se sumaban muchos más en cuanto amanecía. Desde la pingorota más escarpada hasta la más profunda hondonada, no quedó trocha ni vericueto, erial ni sembrado, que no fuese concienzudamente repasado por aquellos hombres. Incluso las escorrentías de las sierras de La Argueña, de Castalla, del Maigmó, de Onil y del Fraile fueron peinadas con la colaboración de muchos vecinos de Onil, que se unieron a la búsqueda; y también algunos de Ibi, que hicieron lo propio por las sierras de Menechaor, del Cuartel y del Madroñal. Pero los días y las semanas pasaron sin que se descubriera el más mínimo rastro de la hija de Tono, el Tapenot, por lo que la búsqueda fue perdiendo intensidad, conforme iban retirándose voluntarios. Así, al cumplirse el primer mes de la desaparición de Soledad, hasta la Guardia Civil había dejado de rastrear la comarca. Sólo Tono siguió buscándola muchas tardes y todos los festivos durante unas semanas más, alimentado por el reconcomio que sentía en su alma más que por la escasa comida que hacía llegar a su estómago.

La turbulencia que había agitado a Castalla durante los días siguientes a la desaparición de Sole fue cediendo paulatinamente hasta que volvió a reinar el sosiego de siempre, si bien quedó el runruneo permanente, como el que produce un río subterráneo, de quienes señalaban a Miguelón, el Raspa, como culpable de la desaparición y posible muerte de la hija de nuestro masero.

Cuantas veces Tono y la Guardia Civil le preguntaron, el trapero insistió en que había dejado a la muchacha a la entrada del pueblo, a las cinco y media de aquella tarde cada vez más lejana. No había pruebas que desmintieran esta afirmación, pero el hecho de que partieran los dos solos desde el rancho gitano, pues María no les acompañó como otras veces, y de que Sole no fuese vista en Castalla ni en el lugar donde él aseguraba que la había dejado, le convertían en el principal y único sospechoso de tal desaparición, ya que la idea de que ella pudiera marcharse sin avisar a nadie y sin ser vista fue desechada enseguida por todo el mundo. Y aunque el Raspa no fue detenido ni acusado formalmente, tanto él como los suyos apenas si se dejaron ver por el pueblo a partir de entonces, conscientes de que la hostilidad hacia ellos crecía entre los castallenses.

Llegó el invierno, pasaron las primeras Navidades de mi vida sin Sole y reapareció la primavera. Las plantas entallecieron, de los árboles brotaron nuevos vástagos y en los cerezos empezaron a rojear sus frutos, dejando muy atrás el envero de las uvas, pero Tono seguía reconcomiéndose por dentro, convertido ya en un hombre tan envejecido como amargado. No había nada que ablandara su endurecido corazón, pues se mostraba ajeno a las misas que mi madre seguía ofreciendo en la capilla todos los domingos para que Sole volviese indemne, y también parecía sordo ante los proverbios con que la Castellana pretendía consolarle:

—El tiempo lo cura todo… —le decía, aunque se guardaba el final—: …o lo pone del lodo —para cuando lloraba a solas en la cocina o en su cuarto, echando de menos la manera como su Sole zascandileaba y reía, alegrándole su vida de solterona.

Recuerdo como si fuera ayer la mañana en que el Perdiguer encontró a Sole. A pesar de estar en mayo, marceaba. El día había amanecido triste y muy nublado, como presagiando tan trágico hallazgo. El cielo bajó a besar a la tierra; las nubes cubrieron primero las montañas, luego el valle; y la niebla se extendió hasta cubrirlo todo. Pero, a partir de media mañana, el sol fue abriéndose paso con tenacidad, disipando la nebladura que tanto daño causara en los sembrados, y al mediodía ya no quedaba de aquella más que algunos jirones tenues que permanecían en lo más hondo del valle.

La noticia la trajeron a L’Olivar dos números de la Guardia Civil, que vinieron a recoger a Tono para llevarlo al cementerio. Yo estaba en el salón con mi madre y, desde la cocina, como el olor a café recién molido que había invadido toda la casa desde muy temprano, llegó hasta nosotros una Castellana llorosa y excitada, que con voz entrecortada, nos anunció:

—La han encontrado. ¡Pobrecita mía! La han encontrado muerta en el pozo de nieve del Carrascal.

Con la popularización del consumo de nieve en el siglo XVI, se comenzaron a construir els pous de neu o pouets, para almacenar durante el invierno la nieve con la que luego se comerciaría en la época estival. Los pozos de nieve son depósitos de forma circular o poligonal cavados en la tierra, con cubierta de piedra, en cuyo interior, bajo una cúpula realizada con sillares de piedra, se almacenaba en invierno la nieve que era extraída en verano para su traslado y venta. Fueron construidos en las laderas más umbrías o en las cumbres de las sierras, entre los 600 y los 1.400 metros sobre el nivel del mar. Con la llegada del hielo industrial, a principios del siglo XX, dejaron de utilizarse, estando muchos de ellos actualmente en estado ruinoso. En la provincia alicantina hay uno ochenta pozos de nieve, de los cuales una veintena están en las sierras que circundan la Hoya, siendo el ubicado en el Carrascal el más cercano a Castalla.

El pou del Carrascal está en la ladera de este monte, al que se arriba por un sendero que parte desde el camino que llevaba a la casa del tío Ullal y a la caseta de los Raspa. El depósito de este pozo es de planta hexagonal con bóveda de sillares y cubierta a seis aguas de lajas de piedra. Tiene una profundidad de algo más de ocho metros y un diámetro de casi diez. Desde el suelo al voladizo de la cubierta hay una altura como la de un hombre normal y en cada muro del hexágono existe una ventana de metro y medio de anchura, por las que, asomándose, puede verse tanto la cúpula de sillares como el fondo de piedras y restos de basura.

Y allí, en el fondo de aquel pou de neu, fue donde el Perdiguer descubrió el cadáver de Sole, alrededor de medio año después de su desaparición. Cuando la Castellana nos anunció aquel hallazgo, me imaginé a Sole sobre las piedras, yerta, con el pelo rubio rojizo recogido en trenzas, pero con su inefable mechón cayéndole rebelde en la frente. Pero la realidad fue muy diferente. Según dedujo la Guardia Civil, el cadáver de Sole debió ser arrojado al pozo, donde fue tapado con piedras, lo que propició que no fuera descubierto las veces anteriores en que los rastreadores miraron allí. Pero, seguramente a causa de las alimañas, las piedras se movieron dejando a la vista la rubicundez de su cabello, lo que facilitó que el Perdiguer la viera cuando se asomó al pozo aquella mañana. El cadáver, que estaba desnudo y maniatado, fue trasladado por los guardias civiles al pudridero del camposanto, donde el médico del pueblo, haciendo funciones de forense, le practicó una autopsia complicada por el tiempo transcurrido y la putrescencia, pero cuya conclusión decía que la interfecta había muerto estrangulada con una cuerda, después de haber sido muy probablemente violada repetidas veces.

Transcurridas las primeras horas desde el hallazgo, cuya noticia impactó en Castalla y en la comarca entera como un meteorito gigante, sumiendo a todo el mundo en un estupor paralizante, las deducciones se sucedieron rápidamente en la mente de muchos, lo que originó un turbión de hechos tan truculentos como dramáticos.

La proximidad del pou de neu donde fue hallada Sole a la casa de los Raspa, parecía demostrar que fue Miguelón el autor de aquel crimen. Así lo pensaron los castallenses que, en cuanto supieron que Tono estaba decidido a ir con su escopeta hacia el rancho gitano para vengar a su hija, se apresuraron a acompañarle portando rifles, cuchillos o cualesquiera herramientas que les sirvieran de arma. Para evitar el enfrentamiento armado con los Raspa y el probable linchamiento de Miguelón, el oficial de la Guardia Civil y varios números cortaron la carretera de Sax a la salida del pueblo, conteniendo a la muchedumbre y tratando de convencer a Tono y a los demás para que desistieran de su deseo de tomarse la justicia por su cuenta. Entretanto, una patrulla mandada por el sargento fue hasta el rancho gitano para detener a Miguelón. Pero, adelantándose a la previsible reacción de los castallenses, en cuanto tuvo conocimiento del hallazgo de Soledad, el Raspa huyó campo a través.

La noticia de esta huida encrespó los ánimos de una multitud que ya se había disuelto, pero que enseguida volvió a reunirse frente al Ayuntamiento, organizándose espontáneamente en grupos de hombres armados que partieron para rastrear las sierras en persecución del trapero, sin que esta vez las autoridades pudieran impedirlo.

Ya de madrugada, supimos en L’Olivar que el Raspa había muerto al recibir varios disparos cuando se hallaba entre las sierras de La Argueña y el Cavall. Miguelón no había obedecido a los guardias civiles que le perseguían y que le ordenaron que se detuviese, por lo que le dispararon varias veces, hiriéndole mortalmente en la espalda.

Con la huida y muerte de Miguelón se dio por dilucidado el nefando asesinato de Soledad, pues todo el mundo, excepto los Raspa, estaban convencidos de que el trapero había sido el que mató a la hija del Tapenot. También yo creí durante mucho tiempo que así había sido, aun cuando en mis recuerdos no lograba apreciar ni un solo gesto, ni una sola palabra, ni una sola mirada del padre de María que me permitiese corroborar esa creencia mediante un rastro de deseo oculto, perverso o criminal. Unos años más tarde, empero, tuve ocasión de averiguar cuán equivocados estábamos todos, aunque para entonces la muerte de Sole ya había quedado bastante arrumbada en la memoria colectiva de nuestro pueblo, demasiado poblada de otros recuerdos más recientes e igualmente trágicos.

El entierro de Sole fue multitudinario. La iglesia se quedó pequeña para acoger a tantas personas, pues muchos vecinos de otros pueblos de la comarca se unieron al duelo de los castallenses, acudiendo a la fúnebre llamada de las campanas, que se propagó por el valle como el afligido latido de un corazón telúrico. El túmulo rodeado por una enorme corona de flores, la melancólica homilía que pronunció don Bernardo, el impresionante silencio de todos los asistentes y, sobre todo, el treno con que el coro de niños despidió el féretro de Sole al final de la ceremonia, me sobrecogieron hasta el extremo de hacerme sucumbir ante un vahído que me traspuso por un instante, quedando casi desvanecido en brazos de mi madre.

Pero las irresistibles ganas de llorar que, como yo, sentían todos los presentes, contrastaban con la serenidad, la sorprendente inexpresividad del rostro de Tono. Nadie se imaginó entonces que aquella asombrosa carencia de dolor en las facciones del Tapenot se debían a la total ausencia de su alma. Sólo cuando, a la mañana siguiente, Joanet descubrió su cadáver colgando de una cuerda que unía su cuello a una viga de la cuadra, comprendimos que Tono llevaba ya muerto mucho tiempo antes de que su hija fuese enterrada.

Pero esta sórdida historia de nuestro pueblo, que tanto me afectó entonces y que tanto he rememorado después, no fue más que el preludio de un azote horrible de odio y muerte que, unos meses más tarde, empezó a sufrir el país entero.

1996

7

Javier Mínguez conducía el Peugeot 305 por la autovía que une Alicante con Madrid, cuando sonó el timbre de su teléfono móvil. Sin apartar la vista de la carretera, conectó el aparato y se lo llevó a la cara. Era el inspector-jefe del Gabinete de Policía Científica, que le llamaba desde su despacho de la alicantina calle de Pascual Pérez.

Voy a darte una buena noticia.

No me digas que ya habéis recibido el informe de Madrid le interrumpió Javier, eufórico.

No, no. Eso es imposible. Hace sólo unas horas que enviamos las muestras al Gabinete Central.

El silencio de Javier evidenció su desilusión.

—Pero antes de mandarlas hicimos una nueva revisión de los restos óseos. Más concienzuda que la realizada por el forense de Ibi —agregó el inspector en un tono inconfundible de satisfacción—. Y hemos averiguado la causa de la muerte.

El policía calló, esperando la reacción de su colega, y éste no le defraudó:

—¿En serio? ¡Eso es cojonudo! ¿Y cuál es?

—Le degollaron. Le dieron un tajo en el cuello con un arma blanca.

—¿Y cómo lo habéis averiguado? El informe del forense decía que se habían perdido cuatro de las siete vértebras cervicales.

—Sí, pero hemos encontrado incisiones muy esclarecedoras en uno de los huesos de la laringe. Concretamente en el hioides, un hueso que tenemos debajo de la mandíbula.

—¡Ah! ¡Estupendo! Esta sí que es una buena noticia. Ahora sólo falta que identifiquemos a la víctima.

—Eso va a ser mucho más difícil. Pero bueno, seamos optimistas y esperemos los resultados de Madrid.

—Supongo que no queda más remedio, aunque yo voy a agotar mientras tanto la única posibilidad que me queda para averiguar algo. Precisamente ahora estoy llegando a Villena. Aquí vive la única persona que puede contarme algo útil.

—Que tengas suerte.

—Gracias.

Javier desconectó el teléfono y lo dejó en el asiento de al lado. Giró el volante para salir de la autovía por el siguiente desvío y se dirigió hacia la población más cercana. Aquella madrugada había nevado, pero el sol había logrado disolver la nieve, encharcando la calzada de acceso a Villena.

8

Virtudes se alegró de que vinieran a verla. Por fin tenía una visita; mejor dicho dos, pues eran dos las personas que la esperaban en la salita. La enfermera que la llevaba en la silla de ruedas le había avisado de que habían venido a verla su sobrina y un policía, pero cuando entró en la salita sólo vio a una pareja de desconocidos, ninguno de ellos uniformado. La mujer se le acercó para darle un beso en cada mejilla, y, aunque ella no rehusó un saludo tan efusivo, le resultó extraño en una desconocida.

—¿Cómo te encuentras, tía?

—Bien, bien —dijo Virtudes, agradecida pero desorientada.

—Tía, este señor es un guardia civil que desea hacerte algunas preguntas. Si puedes, contéstale. Pero no te preocupes si no te acuerdas de algo. Es natural, a tu edad.

—¿Y quién es usted? —le preguntó Virtudes a esa mujer que le hablaba con tanta familiaridad. Ésta le respondió con una sonrisa indulgente.

—A veces no me reconoce —le explicó la desconocida al hombre gordito que tenía al lado. La enfermera hizo ademán de marcharse, pero Virtudes la cogió del brazo, asustada.

—No te vayas, hija mía. No me dejes sola con estos desconocidos.

—Vamos, doña Virtudes, sea buena. ¿Es que no recuerda a su sobrina? Vendré a buscarla dentro de unos minutos.

La enfermera se fue, y Virtudes miró con ojos preocupados a la pareja que se había sentado frente a ella.

—Quizá no haya sido buena idea venir a molestarla —le dijo el hombre a la mujer, pero sin dejar de mirar la pulsera de identificación que Virtudes tenía alrededor de su muñeca derecha.

—Ya se lo avisé cuando me telefoneó. Pero, en fin, puesto que estamos aquí, debería de intentarlo, ¿no le parece? Después de todo, mi tía recuerda perfectamente el pasado. Quizá no se acuerde de lo que hizo ayer, pero sí de lo que sucedió hace diez o doce años. Así fue como detectamos la enfermedad. Era una mujer normal, pero demasiado olvidadiza. Fue un comienzo tan sutil, que cuando el médico le diagnosticó la enfermedad, ya llevaba padeciéndola por lo visto dos o tres años.

—¿Y de eso hace mucho?

—Va a hacer cuatro años. Aquí lleva ya uno. Al principio pudo seguir en casa, pero luego se fue complicando la convivencia con ella. Además yo no tenía tiempo para cuidarla día y noche. Empezó a entorpecerse. Primero un poco, pero después ya necesitaba que la ayudáramos para vestirse y hasta para ir al lavabo. Por si fuera poco, se volvió irritable. Sospechaba de todos y por todo. Llegó incluso a acusarme de robarle dinero y de matarla de hambre. Entonces decidimos ingresarla en este geriátrico. Es un centro muy bueno… y muy caro, no se crea.

Virtudes estaba segura de que estaban hablando de una persona que no se hallaba presente y que ella no conocía, pero por alguna razón le resultó algo más familiar el tono de voz y la cara redonda y risueña de aquella mujer. Por un instante creyó identificarla. Fue un momento de lucidez en el que la reconoció como Lucía, la hija mayor de su hermana, pero enseguida se produjeron varias interferencias en los contactos entre neuronas que la sumieron de nuevo en la confusión. Aquellas interferencias se debían a la carencia de ciertos neurotransmisores y a los cambios estructurales que habían ocasionado en su cerebro unas placas compuestas por neutrinas y una proteína llamada almoide; pero ella no era consciente de nada de eso, pese a estar sucediendo dentro de su cabeza.

De pronto, el hombre gordito se incorporó un poco en su asiento, para dirigirse a ella con voz suave y mirada amable:

—Doña Virtudes, ¿se acuerda usted de la finca de Castalla en la que vivió hace unos años?

—El Olivar —musitó la anciana al mismo tiempo que visualizaba la cocina en la que tantas horas había pasado guisando, el amplio salón, su dormitorio en el desván, el bellísimo jardín, las facciones serias de don Vicente…

—Eso es. El Olivar —asintió el desconocido—. ¿Cuándo empezó a trabajar en esa finca?

Virtudes rememoró con facilidad aquel primer día. Estaba muy nerviosa, pese a ser una mujer madura, de cuarenta y seis años, y con experiencia por haber servido antes en muchas otras casas. Pero El Olivar fue su hogar. Aunque cada semana viajaba a Villena para visitar a su hermana y a sus sobrinas, allí vivía su verdadera familia: Adela, el señor Marín, Joanet, don Vicente…

—En la primavera de 1967.

—¡Ah! —exclamó quedamente el desconocido, contento de que ella por fin le contestara—. Y estuvo viviendo allí hasta hace diez años, ¿no es así?

—Sí. Hasta que me jubilé. Entonces me fui a vivir con mi hermana. Pero ella murió. Y yo enfermé. Así que ahora me encuentro aquí, abandonada.

—¡Por Dios, tía, qué cosas dices!

Virtudes miró a su sobrina, pero siguió sin reconocerla.

—Señora, por favor, escúcheme —continuó hablando el hombre gordito que tenía los brazos apoyados en las rodillas y que la miraba atentamente. Se notaba que tenía mucho interés en lo que ella podía contarle—. Hace unos días, se encontraron restos de un cadáver en la entrada de El Olivar, enterrados en un terreno que ahora es de Xop. ¿Se acuerda de Xop y de Esperanza?

—Claro. Son unos chicos muy trabajadores. Se casaron muy jóvenes, ¿sabe usted? Y vivían en la propia finca, en una casa que…

—¿Y sabe a quién pudieron enterrar allí?

—¿Enterrar? ¿Qué entierro?

—En las tierras que luego heredó Xop. Es un terreno baldío que hay en la entrada de la finca, a la derecha. Allí enterraron a alguien hace unos veinte años. ¿Se acuerda?

Virtudes meneó la cabeza y, durante un rato, los tres se quedaron callados. El hombre se veía un poco nervioso y desazonado.

—Veamos, tía. ¿Recuerdas quién vivía contigo en esa finca hace veinte años?

—Hace veinte años… —repitió la anciana entornando los párpados—. Sí, claro. En la casa grande vivíamos don Vicente y yo. Luego estaba Joanet, que vivía en su caseta; y Xop y Esperanza, que tenían su propia casa, cerca de la entrada… ¡Ah!, y también estaba aquella mujer… Pero no. No, no, entonces todavía no vivía. Bueno sí, había vivido pero aun no había…

—¿Qué mujer? —preguntó el hombre.

—Se llamaba… se llamaba… —consiguió reproducir mentalmente la figura de aquella mujer. Era guapa, joven, morena, pero no lograba recordar su nombre—… ¿Cómo se llamaba? —En cuestión de segundos rememoró muchos momentos vividos con aquella mujer. Momentos alegres, divertidos; pero también momentos tristes, amargos y muy desagradables. Y se llamaba…— Se llamaba… —Estaba a punto de recordarlo cuando, de repente, su pensamiento se enredó en uno de los degenerativos ovillos neurofibrilares que abundaban en aquellas placas seniles que habían surgido con su enfermedad, para perderse luego en el vacío del olvido que encontró más allá.

Cuando Virtudes consiguió reaccionar, se hallaba de vuelta en el salón donde estaba la televisión. Algunos residentes leían, otros jugaban a las cartas o al dominó, pero la mayoría se encontraban mirando el televisor o dormitando en sus asientos. Supuso que había estado echando una cabezadita y que acababa de despertarse, aunque tenía el vago recuerdo de una visita, de una pareja que había venido a verla para preguntarle algo relacionado con El Olivar. Intentó recordar quiénes habían sido y qué era lo que le habían preguntado, pero se rindió al tropezar con ese obstáculo insalvable que se interponía entre su pensamiento y una buena parte de su memoria.

9

Ese martes Sandra salió de la Universidad a la una y media, conduciendo su Audi Quattro. Recogió a Carmen en el colegio de Castalla media hora después, y ambas llegaron a la finca a tiempo para comer, todavía caliente y en la casa de invitados, la borreta que Esperanza les había preparado. La sopa de patatas con bacalao y verduras entonó a Sandra y la animó para bregar durante un rato con los albañiles que trabajaban en la planta baja de la casa grande. Luego, en tanto Carmen estudiaba en su habitación, ella se encerró en el despacho para seguir leyendo el manuscrito de su tío.

 

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