Cultura

5º Entrega: De la guerra cruel a la paz triste

 

De la guerra cruel a la paz triste. LIBRO I | XVI. Mi padre llevaba tiempo asistiendo a reuniones políticas en las que participaban, entre otros, don Bernardo y don Aurelio. Éstas se hicieron más frecuentes tras las elecciones que ganó el FrentePopular, celebrándose luego casi a diario cuando se supo que el Ejército de África se había sublevado. Los efectos de esta sublevación se notaron en la montaña alicantina como en el resto del territorio español. Los ayuntamientos fueron suprimidos y sustituidos por comités revolucionarios formados por los partidos de izquierda y los sindicatos CNT y UGT, que trataron así de evitar que las autoridades municipales apoyaran el golpe de Estado de los militares.

En la cercana Alcoy, segundo centro militar más importante de la provincia, después de Alicante, el coronel Santiago Pérez Frau, jefe del regimiento de infantería Vizcaya n.º 12, mantuvo una actitud que facilitó la organización de un grupo de militares, falangistas y civiles, que pretendían encabezar la sublevación en las comarcas de L’Alcoià y la Foia de Castalla. En este grupo estaban representados los participantes en las reuniones de mi padre, a través de don Aurelio. Pero a los pocos días el coronel Pérez Frau fue destituido por el general Martínez Monje, fiel al Gobierno republicano, nombrando jefe del regimiento al coronel Arturo Giral Ortuño, quien abrió las puertas del cuartel a los frentepopulistas, los cuales detuvieron a los amotinados. De aquel grupo involucionista, sólo don Aurelio logró eludir su detención, al haber huido el día anterior hacia el sur.

En Castalla, entretanto, las consecuencias de aquellas medidas represivas también alcanzaron a mi padre. Una mañana de primeros de agosto, un grupo de milicianos llegó en una camioneta a L’Olivar para detener a mi padre, quien fue llevado al calabozo que había en los sótanos del consistorio.

Dentro de la desgracia, lo cierto es que, por aquella vez, mi padre fue afortunado, pues peor suerte tuvieron algunos de sus compañeros. Como el teniente coronel retirado Llobell, reconocido y odiado fascista, que fue linchado por un iracundo grupo de mujeres en la plaza del Ayuntamiento, las cuales se lo arrebataron a los milicianos que lo llevaban detenido, para matarlo a golpes. También don Bernardo encontró un final trágico por aquellas fechas. Sus incendiarios sermones en contra de «las fuerzas diabólicas de la siniestra política» habían prendido el odio y el ánimo revanchista en muchas personas, algunas de las cuales asaltaron la parroquia una noche para llevarse cuanto de valor había en su interior. Según el testimonio de varios testigos, lo que más enfureció al párroco a la mañana siguiente fue comprobar el sacrílego modo como había sido expoliado el sagrario. Su indignación por el robo de la patena, los cálices, los candelabros, aumentó hasta sacarle de quicio cuando vio el sagrario destrozado, el viril roto encima del altar y las hostias esparcidas por el suelo. Contaban que, blandiendo un pico, el curo salió a la calle completamente enajenado, clamando venganza «In nomine Domini» y gritando amenazas incomprensibles hasta que fue apresado por unos milicianos. Que se sepa, don Bernardo no hirió a nadie; asimismo, se desconoce qué pasó con él durante los dos días siguientes. Según apuntaban algunos rumores, los milicianos lo retuvieron en su propia casa hasta que se calmó; otros, en cambio, afirmaban que fue encarcelado por aquel día y puesto en libertad a la mañana siguiente. En cualquier caso, lo cierto es que dos madrugadas después de su arrebato, don Bernardo apareció atado a la pétrea cruz de un humilladero, a las afueras del pueblo; el mismo humilladero donde, unos años antes, nos habíamos reunido mi padre y yo con don Aurelio y el Perdiguer para ir a la caza. Tenía la sotana desgarrada por las mangas y muy sucia por el polvo, con visos rojizos a causa de la abundante sangre que le había chorreado desde el enorme boquete que le habían abierto en la frente con su propio pico.

Mi madre pudo visitar a su marido en la cárcel al mes de su detención y durante apenas unos minutos. Mi padre aprovechó para insinuarle la conveniencia de que atesorase cuanto teníamos de valor, retirando del banco todo el dinero, y ella le puso al corriente de las muertes de don Bernardo y de Llobell, lo que le sumió en un profundo desasosiego.

Cualquier día de estos me matarán a mí también.

Nada de eso —le replicó mi madre con sincera certidumbre—. Ya verás cómo te dejarán salir ileso dentro de poco.

—No seas ingenua —le amonestó él—. No hay nadie que pueda ayudarme.

Pero mi padre se equivocaba. Aquella misma noche acompañé a mi madre a casa de Ferrán, que nos recibió con afecto. Ella le explicó la situación en que estaba su esposo, algo que Ferrán ya conocía, y le suplicó que le ayudara en la medida de sus posibilidades.

—Es la única persona conocida por nosotros que puede salvarle. Ya sé que él no se portó muy bien con usted, pero le ruego que no le guarde rencor. Mi marido es un hombre de temperamento fuerte, hosco, pero jamás le ha hecho daño a nadie.

Ferrán le dijo con voz amable:

—Puedo asegurarle que no guardo ningún ánimo de revancha hacia mi primo Joaquín. Pero también es cierto que él se ha ganado la enemistad de muchas personas que ahora lo tienen a su merced. No le prometo nada, pues carezco de autoridad sobre quienes le tienen detenido, pero me comprometo a hacer todo lo que esté a mi alcance para ponerle en libertad o, al menos, impedir que sea maltratado. —Y cogiendo la mano que ella le ofrecía con las dos suyas, acabó diciéndole—: Ha hecho bien en venir a verme, señora. Es bueno tener amigos hasta en el infierno; y yo me considero muy amigo de ustedes, pese a la opinión de mi primo.

Durante el resto del verano recibimos varias visitas de Ferrán, en las que nos ponía al corriente de las entrevistas que realizaba para tratar de liberar a mi padre. A pesar de la influencia que tenía entre los dirigentes anarquistas locales, el avance de sus gestiones era muy lento debido a la descoordinación que existía entre los diversos grupos frentepopulistas.

Mientras tanto, se hicieron las primeras incautaciones y colectivaciones de fábricas y terrenos. Varios decretos publicados en el mes de agosto autorizaron la intervención por los ayuntamientos de todas las tierras abandonadas por sus cultivadores, cuestión ésta que no nos afectó directamente. Pero otra disposición, aprobada ese mismo mes, concedió a cualquier arrendatario o aparcero que llevase el cultivo directo de tierras el derecho a quedárselas en propiedad. Aquello sí que afectó plenamente a La Espartosa, que pasó a depender de los aparceros de mi tío, lo que motivó nuestra alarma.

Todo este proceso de incautaciones y colectivaciones se llevó a cabo de manera indiscriminada y sin control de ningún tipo, hasta que a mediados de septiembre se constituyeron en cada población los Comités Agrícolas del Frente Popular. A partir de entonces, a través de sus correspondientes Juntas Calificadoras, estos comités elaboraron las listas de las explotaciones que serían expropiadas, previa publicación en la «Gaceta de la República». Pese a ello, los anarquistas siguieron sus propios criterios de incautación, haciendo generalmente caso omiso de las disposiciones gubernamentales.

Desde L’Olivar nosotros seguíamos con inquietud todas estas noticias, temerosos de que, en cualquier momento, viniesen los milicianos a desalojarnos del Cabeço del Pla. Esta zozobra aumentó cuando, a primeros de octubre, otro decreto acordó la expropiación sin indemnización de aquellas fincas que fueran propiedad de personas que directa o indirectamente habían intervenido en el golpe militar de julio. Según nos informó Ferrán, el Sindicato Campesino de la CNT tenía decidido ocupar L’Olivar para traspasarlo a la Cooperativa Confederal de Trabajadores Campesinos, pero que él estaba intentando retrasar tal decisión hasta que mi padre fuera liberado.

—Tal vez se conformen con la incautación de nuestras tierras y le dejen a él en libertad —decía mi madre, esperanzada.

Y, en efecto, mi padre fue excarcelado a mediados de noviembre, pocos días antes de que el fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, fuera fusilado en Alicante.

Un mes más tarde, en vísperas de las fiestas navideñas, fuimos por fin compelidos a abandonar L’Olivar, dejando cuantos bienes inmuebles y agropecuarios poseíamos en el finca. Pero los autores de dicha expropiación no fueron los anarquistas, sino el Comité del Frente Popular y la Alianza Agraria Obrera, que en esta ocasión se adelantaron a la CNT-AIT, incautándose también los terrenos de la marquesa de Dos Aguas.

XVII

Las Navidades de aquel funesto año ya las pasamos en la casa familiar de la calle Mayor, adonde sólo nos pudimos llevar nuestra ropa y unos pocos enseres.

Durante el año siguiente vivimos en aquella casa sin apenas salir a la calle. Mi padre seguía estando en el punto de mira de las autoridades republicanas, que no habían visto con buenos ojos su excarcelación, por lo que evitó infundir más suspicacias procurando eludir a la gente que, como él, era sospechosa de simpatizar con las fuerzas golpistas. Tomamos la precaución de no abrir nunca el portón de la entrada sin comprobar antes por el ventanillo quién llamaba, ni dejar pasar del tranco a las visitas que no fueran de total confianza.

Una de aquellas pocas personas que recibíamos no sólo confiados, sino agradecidos, era Joanet, el cual nos traía casi todas las semanas algo que comer. Lo poco que podíamos cultivar en el pequeño huerto trasero de la casa no compensaba las carencias alimentarias que acarreaba la guerra, por lo que poco a poco el hambre empezó a hacerse notar en nuestros estómagos, como en el resto de los castallenses. Por eso las visitas de Joanet eran tan celebradas: la leche, el queso, la miel y las patatas que nos traía, así como algún que otro pollo o conejo, suponían la mejor provisión para toda la familia. Joanet, como yo, se había librado del reclutamiento forzoso por defecto físico, en tanto mi hermano todavía era demasiado joven.

Además de Ferrán, que continuaba visitándonos tras la liberación de mi padre, aunque más esporádicamente, sólo recibíamos noticias de la guerra a través del aparato de radio que teníamos en el comedor. Así supimos que el nuevo gobierno comunista del doctor Negrín había ordenado la paralización de las incautaciones y la devolución inclusive de muchas empresas a sus anteriores propietarios. Esta noticia excitó sobremanera a mi padre, pues «quien bueyes ha perdido, cencerros se le antojan», como diría la Castellana, pero sus expectativas de recuperar L’Olivar nunca se cumplieron, o por lo menos él no llegó a verlas.

Una de las primeras noches de invierno de aquel año de 1937, Ferrán vino a despedirse de nosotros, vestido con su uniforme de sanitario, ya que al día siguiente debía partir hacia el frente de Teruel. Tanto mi madre como Ximo y la Castellana se mostraron cariñosos con él, y hasta mi padre le estrechó la mano mientras le ofrecía una franca sonrisa de agradecimiento.

Unas semanas después de la partida de Ferrán, concretamente el día siguiente a la Epifanía del nuevo año, supimos por medio de la radio que la ciudad de Teruel había sido tomada por el Ejército republicano. Pero, todavía no habían transcurrido un par de meses, cuando los franquistas reconquistaron aquella ciudad, rompiendo así el frente y dejando expedito su paso hacia la costa, la cual alcanzaron, por Vinaroz y Benicarló, en la primera quincena de marzo, rompiendo de esta manera las comunicaciones con Cataluña. A partir de entonces, el avance hacia el sur de las tropas de Franco fue irresistible, apoyándose en frecuentes bombardeos aéreos y navales. Estos bombardeos se intensificaron conforme pasaban los días. Fueron muchas las veces en que, desde Castalla, se oía el retumbar de las bombas en la ciudad de Alicante. Pero fue a finales de mayo, creo recordar que era el último miércoles de aquel mes, cuando se produjo el más duradero y cruento de esos bombardeos. Desde cualquier parte alta del pueblo pudieron avistarse los aviones que, procedentes de las islas Baleares, sobrevolaban como gaviotas la capital de la provincia. Las bombas que dejaron caer no se veían, pero sí que se oían sus explosiones; y no hizo falta subirse a la ermita, al castillo o a un cerro, para notar el temblor que producían en la tierra tales explosiones, ya que las vibraciones arribaron a la Hoya como si fueran causadas por un terremoto.

El avance de los falangistas y los continuos bombardeos alegraron íntimamente los corazones de quienes simpatizaban con los insurrectos, en la misma proporción en que alarmaron y enfurecieron a los republicanos. De ahí que pronto se iniciaran represalias contra aquellos simpatizantes fascistas, entre los cuales estaba, obviamente, mi padre.

Un amanecer, cuando principiaba el verano de aquel año de 1938, irrumpió en tropel en nuestra casa un pelotón de milicianos comunistas. Mientras unos llamaban al portón, otros entraron por el huerto, sorprendiéndonos levantados pero a medio vestir. Mi padre, todavía en pijama, sólo tuvo tiempo de coger su inseparable saboneta, donde guardaba la fotografía de su madre, la cual metió en un bolsillo. Zarandeándolo delante de nosotros, golpeándole con los mochos de sus fusiles, le ataron las manos a la espalda, antes de llevárselo sin molestarse en aclararle a mi madre a donde iban. De aquellos milicianos, sólo reconocimos a uno como vecino de Castalla, siendo los demás alcoyanos e ibenses, según supimos más adelante. Ninguno de ellos sobrevivió a la guerra, pero en cualquier caso todos murieron después que mi padre, ya que su cadáver apareció aquella misma tarde a las afueras del pueblo, en el arcén de la carretera de Alicante, todavía maniatado y acribillado a tiros. Y aunque seguía llevando el pijama, manchado de tierra y de sangre, le habían despojado del reloj de bolsillo que él tanto quería y yo anhelaba. Aquella noche, mientras mi madre y mi hermano lloraban abrazados, sin que la Castellana fuese capaz de consolarlos, me descubrí a mí mismo sintiendo una sensación de alivio que entonces me escandalizó y avergonzó, por creer que no era propio de un hijo que acababa de perder a su padre.

XVIII

Pero con aquellas represalias los republicanos no lograron superar la confusión que había entre las distintas facciones políticas y militares propias, y mucho menos frenar el avance fascista.

A finales de febrero de 1939, el presidente del Gobierno, el comunista Negrín, vino hasta Elda, al otro lado de la sierra del Maigmó, en compañía de algunos colaboradores, huyendo de las tropas de Franco que estaban a punto de tomar Madrid. Poco después, en la noche del 5 al 6 de marzo, el doctor Negrín despegó hacia el exilio desde un aeródromo cercano a Monóvar, dirección a Orán, junto a sus camaradas, entre los que se encontraban los ministros de Estado y de Agricultura, un par de generales y la famosa Dolores Ibárruri, la Pasionaria.

Aquella huida no fue más que el principio de un final esperado desde hacía ya muchos meses. El día 30 de ese mes de marzo, entraron en Alicante los soldados italianos de la División Littorio, pero ya en la víspera miles de envalentonados falangistas y simpatizantes fascistas se habían hecho con el control de la Telefónica, Correos, emisoras de radio y ferrocarriles. Sólo la zona portuaria, donde se procedía al desesperado embarque de los refugiados, permaneció unas horas más en poder de los fieles a la República.

En Castalla entretanto ocurrió algo parecido. En cuanto se tuvieron noticias, el día 29, de que los nacionalistas habían tomado Valencia y Albacete, algunos falangistas que permanecían escondidos y los partidarios del general Franco retomaron de inmediato el control del pueblo, deshaciéndose fácilmente de los pocos republicanos que aún no habían huido. Y dos días después de la conquista de Alicante, regresó a Castalla un triunfante don Aurelio, con plenos poderes para dirigir la detención de cuantos componentes y colaboradores del Ejército republicano se encontraran en la Hoya. Los perdedores que no respondieron con premura a los llamamientos de rendición fueron ejecutados in situ en cuanto eran descubiertos, y los que se entregaron voluntariamente, como los numerosos combatientes que al fin debieron rendirse en el puerto alicantino, fueron trasladados a los diversos campos de concentración que se habilitaron en Alicante, Albatera, Monóvar, Alcoy y Denia.

Durante los primeros meses que siguieron al final de la guerra, las detenciones y ejecuciones fueron publicadas en la prensa, pero poco después, salvo alguna sonada excepción, se mantuvieron en secreto, por lo que me fue imposible saber si Ferrán era uno de aquellos miles de prisioneros que, día a día, aumentaban el número según iban siendo delatados por los servicios de información de la Falange y entregados a la Policía, a la Guardia Civil o al Ejército Nacional. Pero no desistí de mi empeño de averiguar cuál había sido el destino de mi amigo: si había muerto en combate, si había conseguido exiliarse o si estaba herido o detenido, de manera que, tras recordarle a mi madre el favor que le debíamos, la acompañé a visitar a don Aurelio.

Al principio, el nuevo hombre fuerte de Castalla se mostró reticente a la solicitud de mi madre, pero al final, «en memoria de su esposo, mi querido amigo Joaquín, y puesto que según parece ese joven le ayudó en su momento, y además dice que se incorporó al frente como simple sanitario…», terminó comprometiéndose a realizar las consultas oportunas para saber si Ferrán estaba detenido, o bien se le daba por muerto o huido. Y con esa promesa, emprendimos los preparativos para volver a nuestra finca de L’Olivar.

En el transcurso de la guerra, el dinero republicano fue devaluándose continuamente, de manera que, al final de la misma, el cambio de éste a la moneda nacional resultaba muy desfavorable. Por consiguiente, todos nuestros ahorros crematísticos se redujeron de forma considerable, si bien don Aurelio intercedió para que recibiésemos ayudas económicas en condiciones ventajosas. Estos préstamos nos sirvieron para emprender la reconstrucción de L’Olivar, una vez que la finca nos fue devuelta, junto a las participaciones que mi padre poseía en las fábricas de Ibi, Biar y Elda.

XIX

Cuando recuperamos nuestras posesiones, la única persona que habitaba el Cabeço del Pla era Joanet, ya que su abuelo había fallecido el año anterior, poco después de la ejecución de mi padre.

Estábamos deseando regresar a la finca, pues aquel cerro nos atraía con fuerza, pero las condiciones en que se hallaba nos obligó a retrasar nuestra vuelta unos meses más, hasta que rehabilitamos la casona debidamente.

Al finalizar las reformas, la casa contaba con una nueva instalación eléctrica empotrada y con agua potable tanto en la cocina como en los baños, que sustituyeron a las viejas y apartadas letrinas. Los muros quedaron irreconocibles, con canalones nuevos por los que desahogaban velozmente las aguas pluviales hasta los sumideros, tranqueros de piedra labrada torneando puertas y ventanas, y sobradillos de teja encima de balcones sustentados por robustas ménsulas. Pero todo ello quedó poco después cubierto por una alfombra trepadora de viña virgen, con sus hojas caducas de un verde tierno en verano y rojo carmesí en otoño, que al desaparecer en invierno dan a los muros el aspecto de un ser vivo, con los tallos desnudos recorriendo la superficie como una nervatura, cuando los tendones y los nervios se marcan bajo la piel.

En el porche volvieron a brotar en sus tiestos las caléndulas y las bellas de noche, acompañadas esta vez por tulipanes y claveles. Sobre las paredes enjalbegadas del patio se colocaron espalderas que ayudaron a extenderse con rapidez tanto las yedras como los rosales trepadores y, rodeando el pozo seco, mi madre plantó macizos de narcisos, tulipanes turcos y azaleas.

En la fachada norte, aprovechando una perspectiva montuosa y bella de las lejanas sierras del Cuartel y del Madroñal, se construyó una galería de arcos con celosía de hierro, suelo encachado y techo de cañizo, recubierta de una glicina trepadora de flores azul-violeta, cuyos corazones contienen una sustancia dulcísima y particularmente apetecida por las abejas.

En la parte trasera, con ayuda de Joanet, mi madre decidió cultivar un jardín con paciencia y cariño, dando así por fin rienda suelta a la mayor de sus aficiones. Al cabo de varios meses, la parte trasera del mas empezó a convertirse en un bello pénsil, limitado por un seto de tuya que se extendía hasta el extremo oriental del cabezo. Los árboles y demás plantas retoñaron en este lugar con la irresistible fuerza de la vida, transformándolo pronto en un delicioso jardín por el que mi madre gustaba pasear, aspirando el suave perfume que exhalaban las flores y cuidando con tanto esmero cada tallo, cada rama, que cuando arrancaba una flor o una hoja marchita, lo hacía como acariciándola, cortando el pedúnculo con suma delicadeza. Pero, aun cuando amaba todas las plantas, por encima de las demás mi madre sentía especial debilidad por las camelias y las lavandas. Las primeras porque le recordaban su novela preferida, tantas veces releída:

—Como Margarita Gautier, la flor de la camelia es bella y arrogante, pero tan delicada que sus pétalos se manchan al mínimo toque —me decía mientras las regaba en el jardín o en las enormes macetas que tenía alrededor de la casa.

Las segundas, las lavandas, eran sin duda las plantas que más abundaban en L’Olivar durante los meses de primavera y verano: estaban en el jardín y en macetas repartidas por el porche y el patio, por las ventanas y los balcones; las había de flores azules, violetas, lilas y blancas, todas ellas generadoras de un intenso perfume cuya esencia mi madre nunca supo obtener por sí misma, debiéndose conformar con adquirirlo en tiendas de cosmética; no obstante, en su bañera siempre flotaban en el estío varias flores de lavanda.

—Tanto respirar lavanda no puede ser bueno —le advertía la Castellana—, que le deja a una como atontada.

Pero mi madre nunca, ningún día de su vida, dejó de perfumarse el cuerpo entero con lavanda después de bañarse.

 XX

Todo, pues, fue arreglándose conforme pasaba el tiempo. Los negocios también tomaron un buen rumbo: aunque la fábrica de cerámica de Biar quebró, mi tío Vicente nos cedió un tercio de sus acciones en la fábrica alcoyana de textil, a cambio de la mitad de nuestras participaciones en la empresa juguetera de Onil. Este trueque resultó muy beneficioso para nosotros, ya que con el inicio de la guerra en Europa se dispararon los pedidos de uniformes. También la fábrica de calzado eldense de la que poseíamos casi la mitad de las acciones incrementaron sus ventas de botas a causa del mismo conflicto bélico.

Todo ello contribuyó a que poco a poco se recuperara nuestro peculio familiar, adelantando la cancelación de los préstamos que nos habían concedido nada más acabar la guerra civil; pero también supuso un aumento de preocupaciones para controlar tantas cuentas y documentos. Y ni mi madre ni yo conocíamos los entresijos y vericuetos de estos asuntos lo bastante bien como para vigilar con acierto nuestros intereses, de modo que, siguiendo el consejo de mi tío, contratamos los servicios de un administrador que él mismo nos recomendó. Este administrador estaba empleado como contable en nuestra fábrica textil y, desde que ajustó con mi madre el cobro de una mesada de cien pesetas, una vez a la semana venía a L’Olivar desde Alcoy en el primer autobús, que le dejaba en la carretera, a los pies del Cabeço del Pla, para regresar en el último después de pasar el día en la finca.

Mariano, que era como se llamaba este contable, era un joven de veinticinco años que contaba con una enorme nariz aguileña sobre la que apoyaba sus gafas de montura de concha y cristales gruesos. Poco después de conocerle, con seguridad para aparentar mayor edad y seriedad, se dejó crecer una perilla que en realidad le dio un aspecto casi ridículo, al recordar la sotabarba de un chivo. Mis recuerdos más remotos de este hombrecillo alto y delgado me lo presentan arribando a la casona bajo la lluvia, vestido con impermeable y calzado con katiuskas embarradas que le llegaban hasta las rodillas, portando un maletín de cuero negro y cubierto por un paraguas cuyo varillaje, oxidado y roto, quedaba al descubierto como un esqueleto metálico por plegarse siempre al revés. En ocasiones, cuando el frío era muy intenso, su apariencia caprina era aún mayor, al llevar en la cabeza una papalina que le tapaba las orejas como una segunda y lanuda piel. Era halagador hasta frisar el servilismo, pero sus informes, tanto verbales como escritos, eran más bien sencillos y asépticos. Encerrado en el que fuera el despacho de mi padre, una vez colocados sus manguitos y visera, se pasaba las horas sentado frente al escritorio revisando cuentas, minutando cédulas, tecleando en la máquina Underwood que adquirimos a petición suya y archivando sacas que él mismo gestionaba ante el notario o fedatario correspondiente.

Por aquella época también recibíamos con frecuencia las visitas del nuevo párroco de Castalla. Como nuestro administrador, el padre Valeriano era un hombre joven que no había alcanzado todavía la treintena. No tenía las dotes oratorias de su antecesor, pero su ideología era tan reaccionaria y oscurantista como la de don Bernardo.

Al principio, el padre Valeriano fue remiso a atender las solicitudes de mi madre para que celebrase misa en nuestra capilla algunos domingos y determinados festivos, pero en cuanto se percató de que ella estaba dispuesta a contribuir con dinero a las obras de reconstrucción y ornamentación de la parroquia, el sacerdote se volvió tan complaciente con sus deseos como extremadamente agradable con los demás miembros de la familia. Tanto fue así que, mientras duraron las obras en la iglesia y su correspondiente recolecta entre los parroquianos, el padre Valeriano se hizo un comensal habitual en nuestras comidas dominicales, siendo sus halagos hacia la cocina de la Castellana tan exagerados, que hasta ella, pese a gustarle tales alabanzas, reconocía sus verdaderos fines al suspirar:

—Bien se ve lo que anda buscando el curita con tantos agasajos, que por la peana se adora al santo.

Pero también mi madre supo sacar provecho de esta interesada afección del párroco, ya que, haciendo buena la sugerencia de don Aurelio, quien nos avisó de la creciente influencia que tenía la Iglesia en todos los asuntos importantes, le arrancó la promesa de que recomendaría al obispado su intercesión ante las autoridades militares para la pronta puesta en libertad de Ferrán.

Y es que, a través del administrador del marquesado y nuevo alcalde de Castalla, habíamos sabido hacía poco que Ferrán se hallaba encerrado en la plaza de toros de Monóvar, que estaba sirviendo de campo de concentración. Estas presiones tuvieron su fruto al comienzo del otoño de ese año de 1939, cuando don Aurelio y el padre Valeriano, por separado, coincidieron en informarnos de que Ferrán había sido excarcelado al no habérsele encontrado culpable de ningún delito de sangre, si bien no disfrutaría de completa libertad hasta cumplir los tres años de servicio militar obligatorio que debía realizar en la plaza africana de Melilla. Y aunque esta noticia nos alivió, preocupado por la posible rebelión de Ferrán ante esta imposición militarista que iba en contra de sus principios más sagrados, convencí a mi madre para que insistiera ante sus influyentes conocidos para que condonaran aquella pena, o al menos la redujeran sensiblemente. Ella accedió, pero advirtiéndome:

—Si es inteligente, no hará de su servicio en el Ejército una cuestión de honor. Que no es conveniente abusar de la buena suerte.

De quien también tuvimos noticias por aquel entonces fue de Migueli, el hijo del draper y hermano de María. Poco después de la trágica muerte de Miguelón, su familia se trasladó a otro rancho gitano que había en los arrabales de Elda, por lo que ningún Raspa fue visto por Castalla hasta que, al cabo de unos meses de terminar la guerra, Migueli se dedicó al estraperlo por las comarcas del Vinalopó, L’Alcoià y la Foia. Y uno de los pocos amigos con que contaba el gitano por las proximidades de su antiguo pueblo era Joanet, con quien se veía cada vez que pasaba cerca de la finca, camino de Ibi y Alcoy. Cuando me enteré de esta relación entre ambos, me sorprendí, pues no alcanzaba a comprender que el masero pudiera llevarse bien con el hijo del asesino de Soledad, pero Joanet me explicó que él no creía que el Raspa hubiese sido el autor de tan horrible crimen.

—Miguelón no lo hizo. Si hablaras con Migueli y María te darías cuenta de que su padre era inocente, que era incapaz de haberle hecho daño a nuestra Sole. Huyó porque sabía que todos pensaban que él la había matado y temía que lo condenaran injustamente, pero toda su familia sabía que no era culpable. El que ultrajó y asesinó a Sole probablemente todavía está tan vivo como tú y como yo.

Pero a la sazón no me encontré con ánimo de ir en busca de los Raspa para que me contasen cómo fueron los últimos días de Miguelón.

A pesar de su ligera jiba en el lado derecho de su espalda, Joanet se había convertido en un joven robusto y sano, que se cubría su labio leporino con un bigote de pelo híspido y negro. Sustituyó a Tono como masero de L’Olivar, quedando a su cargo la organización de las numerosas faenas cotidianas de la finca y la elección de los braceros que periódicamente debían ser contratados; y, aunque mi madre le ofreció la vivienda del Tapenot, más cercana a la casona, siguió ocupando la caseta de su abuelo, en el límite nordeste del cabezo, ya que, aun no llegando al extremo de misantropía del viejo Cosme, prefería mantenerse apartado, celoso de su soledad.

Joanet se prodigaba en muchas de las labores que se llevaban a cabo en L’Olivar, pero fue en su ocupación viticultora en la que consiguió alcanzar verdadera fama en toda la comarca. Sus conocimientos de enología los había heredado de Tono, pero los superó mediante experimentos que realizó de manera autodidacta, en cuya realización colaboré humildemente.

Amplia y fresca, con suelo de barro y muros de piedra, la bodega ocupaba toda la bóveda subterránea de la casona, a excepción del patio y la cocina, por haber en ellos pozo y aljibe, respectivamente. Hace pocos años mandé mecanizar los procesos de prensado y despalillado, sustituyendo las grandes cubas de fermentación por depósitos de acero inoxidable, pero en aquel entonces la bodega seguía estando ocupada por un lagar en un extremo, un trullo construido en el siglo XIX y toneles viejos emplazados entre arcos y pilares.

XXI

Ferrán volvió a Castalla con el nuevo año. Había sido redimido de su obligación de prestar el servicio militar gracias a las presiones ejercidas por las autoridades civiles y eclesiásticas, aunque oficialmente se le reconoció inútil para tales menesteres por su miopía. Su peripecia africana, que había durado tan sólo unos meses, se había limitado, según me contó, a servir de asistente al capitán de su compañía.

—Por suerte, no he llegado a disparar un arma. Me pasaba los días haciéndole recados a mi capitán y a su esposa.

A propuesta de mi madre, Ferrán volvió a ser mi profesor particular, con quien preparé los exámenes que luego fui a hacer por libre a un instituto alcoyano. Pero, un par de años más tarde, cuando llegó el momento de tener que ingresar en una universidad, pudo más en el ánimo de mi madre el miedo a dejarme marchar solo a Valencia, que sus deseos de que consiguiese alguna licenciatura en Humanidades; y como, a mayor abundamiento, a mí tampoco me parecía imprescindible la obtención de otro título académico, decidimos que continuaría formándome con el único asesoramiento de Ferrán.

Una de las primeras noches veraniegas del año 1943 sufrí uno de los ataques de asma más virulentos que recuerdo. Los espasmos de mis bronquios apenas si me dejaron aspirar el aire durante muchos minutos y las expectoraciones de mucosidad se prolongaron toda la noche, con intervalos breves de descanso. Busqué asistencia médica en Alcoy, donde tenía abierta consulta un especialista que aseguraba ser discípulo del prestigioso profesor Jiménez Díaz, el cual había publicado unos años antes «El asma y otras enfermedades alérgicas», considerada la obra más completa sobre el tema en toda la Medicina contemporánea. Tras un meticuloso reconocimiento, este médico me recetó yoduro potásico, por ser uno de los mejores expectorantes, y me prescribió nuevamente largas temporadas en sitios templados y marítimos.

—En verano son muy recomendables los baños de mar.

Y en aquella ocasión sí que seguí esta recomendación, pues conté con la ayuda de mi tío Vicente, quien nos visitó en L’Olivar al día siguiente.

—Puedes acompañarle a Alicante y pasar allí el verano. Será agradable para ambos —le propuso a mi madre—. Si quieres, puedo encargarme de reservaros unas habitaciones en el hotel Palace. Está muy cerca de los balnearios que aún quedan en la playa del Postiguet.

Pero mi madre se negó a separarse de Ximo, a quien recientemente le habían escayolado un brazo al habérselo partido en una caída.

—…Y no considero conveniente llevármelo así a Alicante.

Me molestaba el excesivo proteccionismo de mi madre, culpable entre otras cosas de que todavía no conociese la capital ni hubiese visto nunca el mar, a pesar de haber nacido a poco más de treinta kilómetros de la costa, por lo que aproveché la ocasión para tratar de desembarzarme por primera vez de su agobiante control.

—Pero yo puedo ir solo a Alicante. Ya soy mayorcito y no necesito que me acompañe nadie.

Mi madre no obstante discrepaba, oponiéndose a que fuese solo en mi primera aventura fuera de Castalla.

—Pero no tiene por qué ir solo —intervino mi tío oportunamente—. Ramón acostumbra a ir a Alicante algunos veranos para pasar un par de semanas en casa de unos amigos. Se trata de gente conocida y de confianza: los Amorós. Tanto es así, que sus gemelos estuvieron viviendo una larga temporada en nuestra casa cuando fueron a estudiar a Madrid. De modo que pueden ir juntos los dos primos a Alicante y, con toda seguridad, los Amorós estarán encantados de alojarlos en su casa…

—Yo preferiría ir al hotel. No quiero ir invitado y de balde a casa de desconocidos —le atajé.

—Tiene razón —dijo mi madre, quien vio la oportunidad de rechazar aquella oferta—. Tal vez no sea tan imprescindible su estancia en la costa. Vicente no está acostumbrado a salir de aquí y…

Pero mi tío insistió con amabilidad:

—Vamos, querida, sabes perfectamente que es muy aconsejable que cambie de clima, aunque sea sólo por una breve temporada. Y en cuanto a los Amorós, te aseguro que son gente muy agradable, que recibirán a Vicente con la misma amabilidad que han recibido siempre a Ramón. Por otra parte, te dará más tranquilidad saber que estará con ellos y con su primo, y no en un hotel…

Y la resistencia de ella sucumbió ante los razonables argumentos de su cuñado.

Así, pues, el primer día de julio de aquel año, Ramón y yo llegamos a Alicante en el primer autobús que partió de Castalla. Nos estaba esperando Miguel Ángel Amorós, uno de los gemelos, para llevarnos en su Ford hasta la casa labriega en donde veraneaba su familia.

Los Amorós tenían su residencia habitual en el céntrico paseíto Ramiro, según su nombre actual, pero que después de la guerra recibió el nombre de Teniente Luciáñez. Su casa estaba situada entre la ladera del Benacantil, el monte sobre el que se levanta el castillo de Santa Bárbara, y la carretera de Valencia, más allá de la cual está la playa del Postiguet, dando los balcones y las ventanas de su piso a un jardín público, frondoso y cuidado. Pero, como cada año, una vez finalizadas las fiestas de las Hogueras de San Juan, la familia Amorós se había trasladado a una casa de campo que poseía a las afueras de la ciudad, lo que supuso en aquella ocasión algo más que un hecho afortunado, tal y como repetiría hasta la saciedad la madre de Miguel Ángel durante mucho tiempo:

—¡Un milagro! Ha sido un milagro que no estuviésemos en casa. ¡Dios mío, con la cantidad de veces que a diario pasamos por ese sitio!

Y es que, a finales de aquel mes de julio, creo recordar que fue precisamente el último día, se produjo una explosión de dinamita en una armería situada en un edificio circundante a la plaza del Ayuntamiento, cerca del paseíto Ramiro. La explosión y el consiguiente incendio derribaron tres edificios y parte de la Audiencia Provincial, entre cuyos escombros se rescataron numerosos muertos y heridos.

Miguel Ángel Amorós era sólo dos años mayor que yo, pero llevaba ya dos cursos impartiendo clases como profesor de Historia del Derecho en la Universidad de Madrid y estaba preparando las oposiciones para obtener la cátedra.

Su hermano univitelino, Rafael, había abandonado en cambio los estudios. Miembro activo de la centuria falangista Ramón Laguna, sucumbió a la llamada patriotera al ser uno de los primeros alicantinos en incorporarse el año anterior a la División Azul, hallándose desde entonces luchando en el frente ruso junto a las tropas alemanas.

Si bien con carácter mucho más testimonial, Miguel Ángel demostraba igualmente su ferviente simpatía por los nazis portando con orgullo y de forma permanente una estrella gamada enganchada en la pechera de sus camisas, aunque no fueran las azulonas del uniforme de la Falange. De complexión pícnica, Miguel Ángel tenía unos ojillos negros y vivos que se movían inquietos tras unas gafas de montura de pasta que chafaban su nariz roma, una dentadura pectiniforme que recordaba la de un pez y una cabeza grande y redonda sobre la que se encasquetaba un sombrero siempre que salía a la calle, pues era símbolo de decencia y buena educación.

—Los rojos no llevaban sombrero —solía decir con su voz de falsete, haciéndose eco del eslogan que un sombrerero avispado había puesto de moda.

Se expresaba con verbosidad y recurría en los momentos más comprometidos a explicaciones sinuosas, muy propias de los políticos profesionales que él decía aborrecer. Y convencido de que le ayudaba a compensar su juventud, confiriéndole mayor madurez y seriedad, desde hacía unos años acostumbraba a llevar constantemente entre sus labios una pipa encendida, cuyo olor, aunque agradable, yo no podía aguantar en ambientes cerrados: como aquella mañana en que nos llevaba en su automóvil por la carretera de Valencia, tras recogernos a nuestra llegada de Castalla, cuando el humo concentrado de su tabaco me hizo toser durante todo el trayecto y sin que él se diera por enterado, emulando así al único fumador que hasta entonces había conocido: mi padre.

La casa labriega de los Amorós estaba enclavada en el centro de una finca llamada El Acebuche, topónimo proveniente de un olivo silvestre, se decía que centenario, de tronco enorme y retorcido, que había en el jardín de la entrada. El Acebuche abarcaba dos hectáreas de terreno fértil que, desde muy antiguo, había formado parte de la huerta alicantina, ahora comprendida entre la carretera de Valencia y La Albufereta. En esta tierra hortelana crecían, además de palmeras, jacarandas y acebuches, frutales de feraces enramadas. En el caso de El Acebuche, estos frutales estaban pulcramente cultivados y resguardados por un emperchado semiabierto por adelfas de tallos robustos. La casa, reconstruida muchos años atrás a base de piedra y madera, había sido levantada aledaña a uno de los torreones que habían sido erigidos en la huerta alicantina en el siglo XVI, como refugios durante los frecuentes ataques berberiscos. Tenía tres habitaciones para invitados, aparte de las demás estancias que ocupaban la familia Amorós y la servidumbre, quedando el suntuoso salón que ocupaba la torre troncocónica reservado para reuniones y fiestas especiales. Sin embargo, el único sarao en el que tuve oportunidad de estar presente durante aquel verano se celebró en la galería porticada que, a manera de porche enorme, había en la fachada principal de la casa.

Don Alfonso Amorós, padre de Miguel Ángel y viejo amigo de mi tío Vicente, tenía un físico corriente: repolludo, calvo y de sonrisa fácil; pero cuantos le conocían no se dejaban engañar por ese aspecto bonachón, pues sabían que en realidad era un hombre de carácter sanguíneo. Como negociante calculador y corajudo que era, propietario de la empresa inmobiliaria más activa de la provincia y consejero de una de las entidades bancarias más importantes del país, supeditaba cualquier acto de aparente generosidad a un objetivo más o menos oculto y lejano en el tiempo, pero siempre provechoso para sus intereses. Pese a ello, o quizá por ello, no había alicantino o foráneo que se resistiera a sus invitaciones. Conocedor de la realidad política y económica que atravesaba su ciudad, España y el mundo en general, sabía elegir a sus eventuales amistades, de modo que no le resultaba difícil formar parte de los sucesivos grupos que controlaban los resortes del poder.

Desde el comienzo del conflicto bélico en que estaba inmerso medio orbe, en Alicante, como en el resto de las ciudades españolas, los germanófilos manifestaban un gran entusiasmo. Por aquellos años se llevó a cabo un continuo intercambio de condecoraciones entre las autoridades locales españolas y los representantes de los países del Eje. Mientras la «Gaceta de Alicante» justificaba las acciones irredentistas del Ejército alemán y saludaba sus irrefrenables victorias, se le concedían la Medalla de Oro de la ciudad al vicealmirante alemán Carls y al cónsul del III Reich, Von Knobloch, al mismo tiempo que éstos otorgaban condecoraciones germanas a significados falangistas, sacerdotes y periodistas alicantinos.

Durante los tres meses que estuve en Alicante tuve tiempo de conocer bien la ciudad. Aunque Miguel Ángel y Ramón me animaron a que les acompañase en cuantas salidas hicieron para divertirse, el miedo a hacer el ridículo a causa de mi renquera y de no saber nadar me obligó a rechazar sus invitaciones cuando marchaban a bailar, a bañarse en la playa o a navegar en el velero de los Amorós, muchas veces con amigas, «hijas de buenas familias», que si bien parecían divertidas y amables, a mí me intimidaban sobremanera.

También rechacé los ofrecimientos de Ramón cuando me invitaba a participar en sus correrías con Xema, el hijo de doña Isabel, el cual llevaba unos meses en Alicante trabajando como estibador, empleo que le había procurado Miguel Ángel a instancias de mi primo. A Xema sólo le vi una vez, cuando me tropecé con ellos en el paseo de la Explanada una tarde de sábado, y, aunque me trató con más respeto que cuando éramos unos críos, su chocarrería siguió pareciéndome repulsiva. Miguel Ángel, Ramón y él iban visiblemente achispados y acompañados por tres muchachas llamativas, tanto por sus ropas como por sus risas y gestos, que luego supe eran tanguistas que habían conocido en un local donde se enseñaba a bailar a caballeros solitarios. No me extrañó encontrar a mi primo con semejante compañía, pero sí que me sorprendió ver a Miguel Ángel, precisamente el más chaparro de los tres, emparejado con una mujer alta, de pelo teñido de rubio y ademanes ordinarios, que reía a carcajadas las gracias y los chistes groseros de Xema.

De modo que, cuando gozaba de mi soledad, me dedicaba a ir al cine, a conducir con el sedán que amablemente me prestaron los Amorós, a comprar algunos libros, discos y relojes de bolsillo, o a pasear por la Explanada, la avenida que corre paralela al puerto, bordeada de palmeras, en donde se encuentra el Casino, con una espléndida terraza en la que me pasaba las horas sentado, viendo pasear a la gente y escuchando la música que, en ocasiones, tocaba la banda municipal en el templete que hay cerca. Pero lo que más me gustaba era recorrer, andando o conduciendo el sedán, el kilómetro y pico de camino que había entre El Acebuche y la playa de la Albufereta, para contemplar el mar durante el crepúsculo. Sentado en la arena, de espaldas a las barracas y el merendero, observaba la bahía que se abría ante mis ojos con arrobada delectación. El color del mar nunca era el mismo, como tampoco lo era el del cielo. Cada vez que me sentaba en aquel lugar, las tonalidades variaban en función de las nubes y la fuerza del viento. Años más tarde, muchos después de que se construyeran los primeros chalés y rascacielos en la Albufereta, volví a pasear por aquella playa, alegrándome de haber conocido aquel lugar cuando todavía era un paraíso tranquilo e idílico.

XXII

Volví a Castalla con el tiempo justo de despedir a Ximo, que al día siguiente partía para Madrid. Se había matriculado en la facultad de Medicina y mi tío Vicente se había encargado de buscarle un buen Colegio Mayor donde residir, ya que tu padre, de siempre mucho más independiente y valiente que yo, había rechazado con amabilidad el ofrecimiento de vivir en su casa.

También me encontré con una pequeña novedad, a la que entonces no le di mucha importancia. Resulta que Ferrán había seguido yendo a L’Olivar casi a diario durante la canícula, a pesar de que yo me hallaba ausente. Aquello no tenía nada de extraordinario, pues como ya te he dicho él se había hecho como de la familia, algo que, por otra parte, era cierto, pero al ser mi madre viuda y al estar, aunque cincuentona, todavía de muy buen ver, las asiduas visitas de Ferrán, carentes de su original justificación al no hallarme yo presente, sirvieron de comidilla para los rumores que empezaron a propalarse por los mentideros del pueblo. Como siempre ocurre en estos casos, los afectados fueron los últimos en enterarse de la existencia de tales cotilleos, siendo la Castellana quien les puso al corriente por separado. A su manera, primero se lo dijo a mi madre:

—Ya sabe, señora, lo que se dice de la mujer del César…

Pero en cuanto comprendió a qué ser refería, mi madre restó importancia a su advertencia, riendo con despreocupación y, es muy probable, sintiéndose incluso halagada.

—Venga, Adela, no haga caso a esas tonterías.

—Es posible que sean tonterías, como usted dice, pero recuerde que la honra y el vidrio no tienen más que un golpecillo.

Y con igual desparpajo le advirtió a Ferrán:

—Bien sabe usted, porque ya lo ha sufrido antes, cuán afilada y larga es la lengua de la canalla. Así que debería de tomar medidas para no comprometer el honor de la señora con sus constantes visitas.

Pero tampoco él dio crédito a sus avisos al principio, replicándole:

—Precisamente tú sabes mejor que nadie que no hay nada deshonroso en mis relaciones con la señora. Y siendo así, ¿por qué habría de dejar de venir, para dar satisfacción a esas malas víboras que viven de los naufragios ajenos? No, Adela. No voy a darles ese gusto.

A lo que la Castellana, con los brazos en jarra y apoyando sus regordetas manos en su cintura elefantina, le respondió:

—Por supuesto que no creo que haya nada deshonroso en sus visitas… todavía. Pero cuente que no es mi opinión la que vale, sino la de aquellos que son capaces de crear mala fama.

—¿Todavía? ¿Qué insinúas con ese todavía?

—Yo no insinúo nada. Que hablo tan claro como el agua. Lo que digo es que, si yo misma no comprendo los motivos de sus continuas visitas a esta casa, es razonable esperar que las malas lenguas se inventen chismes sobre tales motivos.

Según me contaría mucho tiempo después la Castellana, Ferrán se quedó entonces callado, cavilando acerca de lo que ella le había dicho, para reconocer al final que tal vez tuviera razón:

—Quizá sea aconsejable que no venga con tanta frecuencia por aquí. No quisiera por nada del mundo perjudicar la honorabilidad de esa gran mujer.

Pero, con mi llegada a los pocos días, aquella sincera predisposición de Ferrán quedó sin efecto, puesto que continuó viniendo a L’Olivar casi a diario para platicar conmigo y, naturalmente, con mi madre.

Unos días después de mi regreso a Castalla fui a ver a mi tío Vicente a La Espartosa, poco antes de que éste volviese a Madrid con Ramón y el señor Marín.

El mayordomo me recibió en la entrada principal vestido con su impecable traje negro y tan estirado como un poste. Me informó de que mi tío se hallaba en la pequeña galería que había en la parte trasera de la casona, «leyendo a Isósceles y disfrutando de la respectiva» que desde allí se apreciaba del valle. Seguí al señor Marín y, efectivamente, encontré a mi tío Vicente sentado en un sillón de caña, bajo una pérgola emparrada. Se respiraba el salubre aire serrano y desde allí podía contemplarse la puesta solar que, paulatinamente, iba oscureciendo la Hoya. En ese lugar, la perspectiva que se ofrecía al observador era tan bella como la que se disfrutaba desde L’Olivar. En lontananza se levantaban, de norte a sur, las sierras de Menechaor, del Cuartel, del Madroñal y de la Penya-Rotja, con los rayos crepusculares iluminándolas al sesgo desde la izquierda, y delante de ellas, de tamaño mucho más reducido y en mitad del valle, se veía la loma denominada Cabeço del Pla. Pero en ese momento mi tío se hallaba absorto en la lectura y aquel aspecto suyo, con su frente amplia, su rostro inteligente y sus cabellos encrespados y grises, sería evocado por mí unos años más tarde, mientras admiraba al profeta menor Joel que Miguel Ángel representó en la Capilla Sixtina. Al mismo tiempo que me sentaba frente a mi tío, leí el título del librito que dejaba en su regazo: «Edipo rey», su obra preferida de Sófocles.

—¿Cómo te ha ido por Alicante? —me preguntó modulando la voz.

—Bien —le contesté.

—¿Cómo te han tratado los Amorós?

—Son muy amables.

—Sí que lo son. ¿Y qué tal sus hijos?

Le informé de que uno de ellos estaba en Rusia, luchando con las tropas de la División Azul, y que el otro, Miguel Ángel, se preparaba para ocupar una cátedra en la universidad madrileña.

—El futuro de este país está en manos de jóvenes como ellos, procedentes de las mesnadas falangistas. ¡Que Dios nos asista! Su padre es un conspicuo empresario, pero mucho me temo que Miguel Ángel no llegará a ser más que un rábula parlanchín y vividor —y agregó con una sonrisa maliciosa—: Porque es un bon vivant, como tu primo Ramón, ¿verdad? —Y aunque enmudecí, desviando la mirada de sus ojos grises, apuntilló—: Pero por lo menos Miguel Ángel ha obtenido una licenciatura. Ramón ni siquiera ha terminado los estudios primarios. —Y acabó, suspirando con resignación—: En fin, es la gabela de quienes piensan vivir de las rentas.

Al cabo de unos minutos, cuando el sol ya había desaparecido por completo tras la sierra de Onil y yo me disponía a regresar a L’Olivar, el señor Marín se acercó a mi tío para ponerle una rebeca sobre los hombros.

—Este aire es muy salobre, pero si no se persevera del relente, puede resfriarse. —Y por más que mi tío protestara, aduciendo que el relente apenas si era perceptible todavía, el mayordomo porfió en abrigarle, insistiendo—: No sea testaduro. El relente puede que apenas sea preceptivo, pero si no tiene precaución pillará un resfriado con toda seguridad.

Tras despedirme de ellos, ambos siguieron discutiendo sobre la conveniencia o no de que mi tío se abrigara con la rebeca o se metiera en el interior de la casa.

 

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