8.ª entrega: Buscando a Xema

8.ª entrega: Buscando a Xema

Buscando a Xema. LIBRO II | III. De vuelta a Castalla, pronto comprendí que me había casado también con doña Isabel. Asumí como algo muy natural que mi suegra se viniese a vivir con nosotros a L’Olivar, y la verdad es que sus mangoneos no memolestaban más que sus frecuentes y empalagosas lisonjas.

Mi vida con Felisa fue triste. Poco agraciada físicamente, de conversación siempre trivial, pudibunda hasta extremos exagerados, parecía esforzarse por acentuar aún más estos defectos suyos en vez de subsanarlos o, al menos, compensarlos con algunas virtudes que hicieran más llevadera, si no más feliz, nuestra convivencia. Y supongo que yo tampoco fui el mejor de los maridos, probablemente porque me casé con ella sin sentir lo que debía. El caso es que no recuerdo mi etapa conyugal con nostalgia. En realidad, apenas si la recuerdo, prueba fehaciente de que fue un periodo más bien insulso de mi vida.

El hecho de que jamás hubiésemos mantenido una conversación profunda no significa que ella no fuese capaz de hablar. Por el contrario, una vez superada su natural timidez al hallarse confiada en el seno de su nuevo hogar, Felisa se reveló tan trapalona como su madre, de quien, por cierto, siguió dependiendo para todo. No vestía prenda alguna ni probaba peinado nuevo sin el consentimiento de doña Isabel; y hasta creo que no hubo vez en que hiciésemos el amor sin que mi suegra lo hubiese autorizado previamente. Fruto de esta dependencia era aquel resabio de Felisa, consistente en dirigirse a los demás de forma negativa, empezando casi siempre sus frases con un «Tú no sabes…», o «No te puedes imaginar…», o «No tienes ni idea…», o «¿A que a ti nunca te ha ocurrido…?». Así, por ejemplo, cuando por fin accedía a yacer conmigo, a menudo lo hacía protestando: «¿Es que no piensas en otra cosa?» o «No me apetece mucho». Y es que la pasión siempre se encontraba ausente en esos momentos, incluso al principio.

No eludo mi responsabilidad en aquel fracaso, pues supongo que mi impericia era tan culpable como su exagerada timidez, pero estoy convencido de que mi libido habría respondido mejor si hubiese podido conocer el sabor de su lengua o si, al menos por una vez, hubiese podido contemplar a la luz del sol o de la lámpara sus partes pudendas. Pero esto fue imposible. Primero a causa de su timidez y luego debido probablemente a su deseo de ocultarme las pequeñas cicatrices que le había dejado la varicela, nunca pude ver sus pechos, su vientre ni sus muslos. Pese a ello, recurriendo a mi imaginación, recordando algunos de los desnudos que había tenido ocasión de ver en cuadros y láminas, traté de alcanzar el clímax adecuado, pero no hubo ningún momento, ningún detalle, ningún jadeo, que evidenciara algo más que una ligera excitación. Sólo las escasas veces en que la convencí para que se perfumase con unas gotas de lavanda, logré ascender, y creo que ella conmigo, unos peldaños por la escalera que llevaba hasta un éxtasis demasiado alejado.

Su aspecto físico, ya de por sí poco favorecido por la Naturaleza, se veía empeorado por su habitual desaliño. Así, su cabello trigueño, que era con diferencia lo más bonito de ella, solía estar oculto mientras se hallaba en casa por los numerosos bigudís que enrollaban sus mechones, con la única pretensión de tenerlo rizado durante las visitas que recibíamos o que realizaba casi cada tarde con su madre en Castalla.

A esto se unieron las consecuencias permanentes que le acarrearon la varicela, la cual debió contraer en alguna de aquellas visitas. La enfermedad duró algo más de dos semanas, pero las secuelas en su piel quedaron marcadas para el resto de su vida. La erupción comenzó manifestándose con manchas planas, de color rojo claro y del tamaño de una moneda de dos reales, en cuyo centro salieron después vesículas llenas de un líquido claro y muy abultadas, rodeándose de una areola encarnada. Con tales manchas urticantes en todo su cuerpo y padeciendo una fiebre intensa, Felisa hubo de permanecer en cama a lo largo de todo ese tiempo. Cumpliendo escrupulosamente las instrucciones del médico, doña Isabel vigiló que su hija no se rascase, procurando aliviarla con baños tibios, polvos de talco y refrescantes fricciones alcoholizadas. Pero, a pesar de tales medidas profilácticas, las cicatrices que dejaron aquellas vesículas fueron, aunque pequeñas, demasiado numerosas y visibles. Recuerdo muy bien cómo me impresionó el aspecto cristalino de la erupción. Desde que se anunciara la enfermedad, para facilitar el cuidado de su madre, pasé a ocupar otro dormitorio, entrando en nuestra alcoba cada mañana para ver a Felisa. Una de aquellas mañanas la encontré empapada en sudor, con las vedijas de su pelo aplastadas sobre la almohada húmeda y las vesículas cubiertas de costras parduscas. Su rostro, cuello y manos estaban llenas de estas manchas oscuras, rodeadas por un exudado purulento, y ella se debatía, quejumbrosa, contra la fiebre. Aquellas póstulas quedaron retenidas en mi memoria y, aunque me esforcé por olvidarlas, durante mucho tiempo después, cada vez que veía las pequeñas cicatrices de su piel, me acordaba de su aspecto repugnante.

Para mayor desgracia, unos años más tarde, cuando ya me estaba acostumbrando a mirarla sin verle las cicatrices, Felisa sufrió otra infección, esta vez en la boca. Empezó con heridillas en las comisuras de los labios y una ligera pero desagradable halitosis. Siguiendo el consejo de su madre, quemó las boqueras con piedra lipis, pero al cabo de unos días la infección rebrotó con mayor virulencia, inflamando toda la boca, desde los labios hasta los raigones de muelas y dientes. Ximo, a quien consulté por teléfono, y nuestro médico de Castalla coincidieron en el tratamiento, que consistió básicamente en antibióticos y colutorios, y aunque al fin Felisa sanó de sus males, desapareciendo la infección y la inflamación, continuó padeciendo la halitosis, o por lo menos a mí me pareció que persistía oliéndole mal su aliento.

Tal vez huyendo de todo ello: de su constante trapalear, su excesiva dependencia de doña Isabel, su incorregible desaseo, su falta de interés por mis inquietudes y aficiones, fue por lo que decidí menudear mis viajes. Aprovechando que ella prefería quedarse en Castalla con su madre y con la excusa de asistir a reuniones empresariales o de ver tal o cual ópera en el palacio de la Zarzuela, en el Liceo o en la Scala, cada vez con mayor frecuencia y por más tiempo me alejaba de Felisa. Y cuando permanecía en Castalla, procuraba mantenerme entretenido con tareas que me tuviesen ocupado el mayor tiempo posible y ajeno a todo cuanto se relacionara con Felisa y su madre.

IV

Una de aquellas tareas que me tuvieron ocupado durante varios meses fue la construcción de una biblioteca en L’Olivar. Para ello, ampliamos el mas con un ala meridional de casi cien metros cuadrados, la cual quedó unida al resto de la vivienda a través de un arco recubierto por un dovelaje de piedras talladas, instalándose en su hueco una puerta de ébano. En uno de los muros hice construir una enorme chimenea y, coronando toda la estancia, equidistante del suelo y del techo, se construyó un corredor con estanterías al que se ascendía por medio de una escalera helicoidal. La sala acabó siendo el trasunto de la biblioteca de La Espartosa cuando coloqué en ella los muebles, los tapices y la oplateca que me regalara mi tío Vicente. En las estanterías se mezclaron los libros y discos de mi tío con los míos; el que fuera su butacón, pasó a ser mi asiento preferido, y detrás instalé el magnífico reloj de pie que tanto me había gustado de niño, después de mandar arreglar la sonería, averiada desde hacía unos años.

La inesperada visita de Ramón se produjo cuando las obras de construcción de la biblioteca estaban a punto de finalizar. Coincidió que aquella tarde Felisa y su madre habían marchado a Castalla para visitar a una de sus amistades, por lo que, cuando llegó mi primo, sólo estábamos en casa la Castellana y yo. Su visita fue breve. Ramón se encontraba muy excitado y se dirigió a mí en voz alta, airado y sin preámbulos, para acusarme de haber urdido un plan para quedarme con lo que era suyo.

—Es una vileza lo que has hecho. No me lo esperaba de ti —me espetó en el zaguán de la casona, ya que ni siquiera quiso entrar al salón. La Castellana acudió al oír los gritos de Ramón, pero permaneció callada en el tranco de la puerta.

—Déjame que te explique. Tu padre me dijo…

Pero Ramón no me permitió hablar. Su excitación era tan grande que no dejaba de gesticular y de gritar. Hacía sólo un par de días que se había enterado de la cesión que su padre me había hecho, ya formalmente.

—¡Invalidaré esa cesión! ¡Ha sido un engaño! ¡Te has aprovechado de un viejo moribundo y senil! —chilló encolerizado, amenazándome con el índice de su diestra de un modo que me recordó a mi padre. Luego, dibujando con los labios un claro gesto de asco, farfulló—: Y total, ¿para qué? ¿Para qué quieres tanto, si no sabes disfrutar de nada?… ¿Cómo es ese refrán, vieja? —se dirigió a la Castellana con una pregunta retórica, antes de responderse a sí mismo con todo el sarcasmo de que era capaz, mirándome con ojos inundados de odio—: Da Dios pañuelo al que no tiene narices. —Y se despidió, advirtiéndome—: Pero esto no va a quedar así. ¡Ya lo verás!

Ramón se marchó como vino: cual torbellino iracundo, y sin darme opción para explicaciones. Mientras le veíamos alejarse en su coche por el camino de salida de L’Olivar, la Castellana me dijo:

—Este muchacho siempre ha estado un poco loco, pero ahora además está desesperado. Y eso es peligroso. Le gusta demasiado gastar y presumir, para lo poco que tiene y vale.

Mi tío Vicente falleció pocas semanas después. Viajé con Felisa a Madrid para asistir a sus funerales, en los que tuve ocasión de conocer a tu madre, quien me fue presentada por Ximo como su futura esposa. También coincidí con Miguel Ángel Amorós y sus padres, los cuales me saludaron con mucho afecto, aprovechando don Alfonso para pedirme que pasara a visitarle la próxima vez que fuese a Alicante, ya que tenía mucho interés en hablar conmigo sobre cierto asunto relacionado con nuestro común negocio. En cuanto a Ramón, que estuvo en la ceremonia como ajeno de todo cuanto sucedía, me rehuyó de una manera tan evidente, que preferí no forzar un encuentro con él por miedo a que provocase una escena en el entierro de su propio padre.

Ya de vuelta a Castalla, Felisa y yo encontramos a doña Isabel muy alterada a causa de una llamada telefónica que le había hecho su hijo el día anterior.

—Estoy muy preocupada. Llevaba varios meses sin saber nada de él. La última vez que hablamos se enfadó mucho porque no quise mandarle más dinero y me dijo cosas terribles: me juró que nunca más volvería a verle, que me repudiaba como madre. Pero anoche me llamó para pedirme ayuda… a su manera, claro. Siempre ha sido muy orgulloso y jamás ha dado su brazo a torcer, así que no llamó para pedir ayuda directamente, si no para martirizarme, para insultarme. «Ya puedes estar tranquila, pronto dejaré de existir y nunca más tendrás que preocuparte por mí», me avisó, entre insultos terribles. «Te aborrezco. Reniego de ti. Jamás te has comportado conmigo como una verdadera madre. Sólo te has preocupado de Felisa. Te aborrezco», me dijo. «Te aborrezco»… —repitió doña Isabel sollozando.

—Vamos, mamá. Ya sabes cómo es Xema. No debes tomártelo a la tremenda. Estará enfadado porque no le hemos dado todo el dinero que quería y ha llamado para desahogarse —la consoló Felisa.

—Pero estaba enfermo. Muy enfermo. Se lo noté en la voz —y tras suspirar, añadió compungida—: Si me hiciera caso y volviese a Castalla… Nosotras no podemos hacer nada. No podíamos seguir dándole tanto dinero… —se justificó, mirándome con ojos llorosos—. Y lo peor es que no quiso decirme en dónde estaba; en qué lugar vive. Si lo supiera, iría enseguida a buscarle…

Después de esta escena, Felisa sólo tardó unos minutos en convencerme para que fuese a Alicante a buscar a su hermano. Pero, ¿por dónde empezar su búsqueda?, me pregunté. Sospechaba que Ramón podía saber dónde estaba Xema o, al menos, por dónde empezar a buscarlo, pero como no podía dirigirme a él, localicé por teléfono a Miguel Ángel en Madrid. Me dijo que hacía bastante tiempo que no sabía nada de Xema:

—La última vez que lo vi fue hace cinco o seis meses. Trabajaba en un bar del barrio antiguo y, en sus noches libres, se dedicaba a organizar timbas y a chulear a pelanduscas, pero no sé dónde vivía — me informó. No se acordaba del nombre del bar, pero me explicó cómo llegar a él, y

timbas

también me indicó la dirección de la casa en la que podía recabar más información—. Pregunta por Sarita. Supongo que ella sabrá dónde está. Pero andate con ojo, ese es un burdel asqueroso. Si no tienes cuidado, allí puedes pillar hasta la lepra.

V

A finales de mayo de 1953, visité a los Amorós en su piso del paseito Ramiro. Había una gran agitación en el seno de aquella familia porque recientemente habían recibido noticias acerca de la que parecía inminente liberación de su hijo Rafael.

—Nos han dicho que está bien y que llegará a España cualquier día de estos —me dijo un jubiloso don Alfonso, mientras me hacía entrar en el despachito que tenía en su casa—. Nos hemos enterado de que fue herido, pero que sanó rápidamente.

Sin embargo, el regreso de Rafael Amorós no se produjo hasta el año siguiente, cuando los últimos prisioneros de la División Azul fueron puestos en libertad por la Unión Soviética. La recepción en el puerto de Barcelona fue emocionante, pero para los Amorós fue una sorpresa verle descender la escalerilla del barco en brazos de unos compañeros. Efectivamente, había sanado de las heridas recibidas diez años antes, pero después de haber perdido ambas piernas.

—Pero ahora ocupémonos, si te parece, de negocios —me dijo don Alfonso en tanto se sentaba al otro lado del escritorio—. Como sabes, estamos en los años del biscúter y de la promoción oficial del turismo… —empezó a decirme, como preámbulo de una exposición más seria, en la que me explicó las grandes posibilidades que ofrecía la costa alicantina para la construcción de hoteles—. Un amigo mío tiene unos terrenos en Benidorm que están en un sitio ideal para levantar varios edificios. Él mismo me ha propuesto la constitución de una empresa constructora-promotora que podría iniciar su actividad con esas obras…

—No entiendo por qué no puede construir con alguna de las empresas con las que ha estado usted trabajando aquí, en Alicante.

—Pues porque hace años que no trabajo con ellas. Últimamente me he dedicado casi exclusivamente a nuestra empresa madrileña y a construir allí, en Madrid.

—¿Y tampoco podríamos utilizar esa empresa de Madrid para construir aquí, en la provincia de Alicante?

—No es aconsejable. Sería más ventajoso crear una sociedad nueva, independiente. Así, de salir mal esta operación, no perjudicaríamos nuestra empresa madrileña. Por otra parte, en esta nueva sociedad no estaríamos solamente tú y yo, sino que tendríamos que contar también, como mínimo, con ese amigo mío de Benidorm.

—¿Es imprescindible? —le inquirí, algo intranquilo por tener que asociarme con alguien que ni siquiera conocía.

—¿Desconfías? —me preguntó sonriendo. Y sin dejar que le respondiera, añadió—: Ya le dije a tu tío, que en paz descanse, que eras un chico despierto —y con una mirada de admiración, me propuso—: Podemos intentar convencerle para que sólo nos venda el terreno, sin participar en la empresa. Si acepta, la constituiremos solamente tú y yo. ¿De acuerdo? Pero ya sabes que eso supondrá una mayor inversión para ambos. Estoy seguro de que cualquiera de los bancos con los que trabajamos nos concederá el crédito preciso, pero aun así necesitaremos aportar un capital importante…

—De acuerdo.

Unos días después, don Alfonso me telefoneó a L’Olivar para informarme de que su amigo benidormí aceptaba vendernos sus terrenos, sin participar como socio en la inmobiliaria.

—Le he hecho una oferta que no ha podido rechazar, pero te advierto que el precio de los terrenos será algo más alto de lo que esperábamos.

—No importa. He puesto en venta algunos de los locales y pisos de Madrid, así que espero contar muy pronto con el capital suficiente.

Unos meses más tarde, firmamos en Alicante Amorós y yo la escritura de constitución de una nueva sociedad de promoción y construcción, que empezaría su actividad en la costa alicantina por el municipio de Benidorm. Mariano se enteró de todo aquello cuando le pedí que transfiriera el dinero necesario a la cuenta bancaria de la nueva empresa.

—No he querido agobiarte más con esta operación mercantil. Bastante te estoy explotando ya con la administración de todo lo demás.

A mi sincera excusa, Mariano respondió con una mirada de marrajo por encima de sus gafas de pasta.

Pero volvamos a aquella tarde de mayo, tal vez de un viernes, en que don Alfonso me habló por primera vez de ese negocio benidormí. Al salir de su casa, me dirigí por las callejuelas que corren por las faldas del Benacantil en busca del bar en donde Miguel Ángel me dijo que podía encontrar a Xema. Lo hallé fácilmente, pero resultó estar cerrado, de modo que me metí en otro bar que había algo más arriba, de aspecto todavía más cutre. En cuanto atravesé el umbral de la entrada, creí irrumpir en una nueva Corte de los Milagros. La gente que había allí dentro era sin duda la flor y nata de la delincuencia alicantina. Parte de aquella caterva se me quedó mirando con curiosidad cuando me acerqué a la barra para preguntarle por Xema al camarero.

—Sí, le conozco, pero no sé en donde puede estar —me informó mientras me examinaba atentamente—. ¿Le debe dinero a usted también?

—No, no. Soy pariente suyo.

—¡Ah!, pues entonces debería de buscarle en casa de Sarita. Creo que está herido y supongo que habrá ido allí para que le curen.

—¿Herido? ¿Sabe si está grave?

—No lo sé. Tengo entendido que tuvo una reyerta la otra noche con unos sicarios de El Manu.

—Estará escondido. Los hombres de El Manu le siguen buscando —intervino un personaje que estaba a mi lado y que tenía un aspecto tan grotesco y siniestro que parecía haberse escapado del Aquelarre goyesco.

—Vaya a casa de Sarita —me reiteró el camarero—. Está en esa misma esquina.

Sabía donde era, de modo que, tras salir de aquel bar, me dirigí a la casa de muros desconchados y húmedos en la que vivía esa persona tan conocida.

La tal Sarita era una mujer cuarentona y mofletuda que regentaba un burdel en su propia casa. Ella misma me abrió la puerta y me guio hasta un saloncito que daba al pequeño recibidor. Me hizo sentar en un sillón, ocupando ella otro que había enfrente, y me habló de los precios y de sus pupilas, las cuales esperaban en una habitación adjunta, dispuestas a exhibirse delante de mí en cuanto les avisara. Pero enseguida corregí su error.

—Estoy buscando a Xema y me han dicho que usted seguramente podrá decirme dónde está.

El rostro de Sarita cambió por completo en cuanto oyó el motivo de mi visita: su sonrisa desapareció súbitamente y las cejas se fruncieron sobre unos ojos tendenciosos.

—¿Quién es usted?

—Soy un pariente de Xema.

—¿Pariente?

—Somos cuñados. Estoy casado con su hermana. Ella y su madre están muy preocupadas por él, de modo que me han pedido que venga a buscarle. Algunos conocidos han coincidido en dirigirme a usted, pues parece que le conoce bien y puede saber dónde está.

Al oír mencionar a la madre y hermana de Xema, en un acto instintivo, Sarita cerró mejor sobre su pecho la bata de lunares que llevaba puesta.

—No sabía que Xema tuviera familia. Nunca me habló de ella —musitó con una sonrisa tímida y triste. De repente, ante mí ya no tenía a la dueña de un burdel, sino a una mujer recatada y visiblemente emocionada por culpa de un amor tempestuoso y, tal vez, no correspondido—. Xema se hospeda en una pensión cercana, pero no creo que esté ahí. Dicen que le están persiguiendo por unas deudas y supongo que estará escondido. La verdad es que hace más de una semana que no le veo.

—Me han dicho que tuvo una pelea la otra noche…

—Sí, se peleó con unos hombres de El Manu en plena calle.

—Y le hirieron.

—Pero fue poca cosa. Un pequeño tajo en la frente.

—Le curó usted, claro.

—Desde luego. ¿A dónde iba a ir si no?

—Y eso fue anteanoche, ¿no?

—Hace dos o tres noches, ¿qué más da? —Sonreí y enseguida se dio cuenta de su error—. ¡Qué cabrón! —murmuró, sonriendo con admiración—. ¿Le trae dinero? Necesita dinero para pagar sus deudas y que los perros de El Manu le dejen de acosar.

—Sí, le traigo algo de dinero.

La sonrisa de Sarita se volvió malévola.

—¿Cuánto?

—Creo que será suficiente.

—Y teniendo dinero fresquito, ¿no quieres probar esto?

Sarita se pudo en pie y, abriéndose la bata, me mostró su cuerpo desnudo y varicoso, tan orondo como el de las Tres Gracias rubensianas, y del que manaba un olor amargo, como almizclado, que me revolvió el estómago. Bajé la mirada al suelo para dejar de ver aquella grotesca figura y tratar de sobreponerme de la repugnancia que estaba sintiendo, pero supongo que ella se lo tomó como un acto de pura timidez.

tre gracias de rubens

—Bueno. Usted se lo pierde —desistió, volviéndose a tapar con la bata.

—¿Me dirá dónde está Xema?

—Está bien. Vaya al número veinticuatro de esta misma calle y suba al último piso. Yo no puedo ir ahora, pero debajo del felpudo está la llave. No llame: está enfermo, tiene mucha fiebre y apenas si puede levantarse de la cama. Creo que tiene la gripe.

El paletón que había debajo del felpudo entró sin dificultad en el rodete de la cerradura, la cual se abrió con un suave chasquido, dejándome así libre la entrada al piso en donde se ocultaba mi cuñado. Tanteé con ambas manos hasta que di con el interruptor que encendió la lámpara cenital que iluminaba el pequeño recibidor.

—Sarita. ¿Eres tú, Sarita?

La voz de Xema procedía del extremo opuesto de un pasillo que corría a mi izquierda. Sin contestar, anduve por el corredor estrecho hasta llegar a una habitación maloliente que hacía las veces de dormitorio.

—¿Quién eres? —preguntó sobresaltado, al ver mi silueta recortada en el tranco de la puerta, una silueta que desde luego no era la de Sarita.

Al mismo tiempo que encendía la lámpara que había sobre la mesita de noche, Xema se apoderó del estilete que tenía escondido debajo de la almohada.

—¡Ah, eres tú! —exclamó aliviado en tanto volvía a dejar el arma en su sitio y apoyaba su testa en el cabezal de la cama.

El esfuerzo que acababa de hacer le había dejado exhausto y, durante unos segundos, trató de recuperarse manteniendo los ojos cerrados. El abundante sudor que empapaba su cuerpo desnudo también había humedecido la sábana blanca que le cubría de cintura para abajo. En su frente tenía una torunda ensangrentada, sujeta con un trozo de esparadrapo, y era evidente que debía de llevar muchas horas sufriendo una fiebre muy alta.

—Tu madre está muy preocupada por ti. Me ha enviado para ayudarte.

—No me jodas. Las únicas preocupaciones que ha tenido la vieja en su vida han sido criticar a los demás y cazar un marido rico para su hija.

Su mirada ardiente reflejaba el profundo odio que sentía por mí. Estaba claro, según pensé, que el único objetivo de aquel comentario era hacerme daño. Se sentía rabioso con su madre por haber dejado de mandarle dinero, pero ese rencor era muy inferior al odio que siempre había albergado contra mí.

—Puedes ahorrarte eso. Sé que lo dices sólo para dañarme. Tu madre es una buena mujer y está realmente muy preocupada por ti…

—Y una mierda —me interrumpió, forzando una sonrisa sarcástica—. Mi madre es tan buena persona, que ha destrozado la vida de todos cuantos hemos tenido la desgracia de conocerla. Empezando por mi padre, por mí, por mi hermana, a la que cree proteger y ha convertido en una inútil, a tu madre… Y a ti también acabará amargándote. Ya lo verás.

—¿A mi madre? ¿Por qué dices eso? —le inquirí, sorprendido por aquella alusión. Los risueños ojos de Xema acentuaron el insulto que sus labios febriles pronunciaron, cuando me dijo:

—Eres un pobre ingenuo. Siempre lo has sido y siempre lo serás. Mi madre acabó con la tuya en cinco dentelladas, tan fácilmente como un mastín acaba con un cervatillo, y tú la premias convirtiéndola en tu suegra. ¡Más que ingenuo, eres gilipollas!

En mi mente, los esporádicos y enigmáticos comentarios que la Castellana hiciera sobre doña Isabel, se unieron a aquellas palabras que había pronunciado Xema, dando forma a una idea que tal vez desde hacía tiempo había sospechado inconscientemente, pero que nunca hasta entonces había empezado a tomar cuerpo con tanta nitidez. Como si de pronto me hubiese clavado el estilete, sentí en el fondo del pecho un pinchazo agudo y doloroso. ¿Sería verdad que doña Isabel fue la sicofanta que originó las calumnias que causaron el ostracismo de mi madre y, muy posiblemente, su ulterior enfermedad y muerte? Pero enseguida desterré aquel terrible pensamiento de mi cerebro, convencido de que estaba cayendo precisamente en la trampa que Xema me estaba tendiendo.

—No te creo.

—Ese es tu problema —murmuró, sufriendo un repentino empeoramiento. Su cuerpo trepidaba y desprendía un calor febril que se notaba a un par de pasos del catre. Cerrando de nuevo los ojos, se tumbó mejor en la cama mientras sacaba una de las piernas de debajo de la sábana. Por un momento, me pareció ver unas extrañas protuberancias en la ingle. Pero enseguida cambió de opinión, volviendo a introducir la pierna entre las sábanas.

—Te he traído dinero; aquí te lo dejo.

Al acercarme para dejarle unos billetes encima de la mesita de noche, me percaté de que estaba tiritando. Se encontraba tan mal, que ni siquiera abrió los ojos para ver cuánto dinero le daba. En el cuello tenía unos pequeños bultos coronados con pus y el olor que despedía su cuerpo era nauseabundo.

—Muy bien. Ahora ya puedes irte.

—¿Quieres que avise a un médico? —Me agaché para verle mejor la herida de la frente. El clavo de algodón y gasa había contenido la hemorragia, pero la brecha necesitaba unos puntos de sutura para cicatrizar debidamente.—. Deberían coserte esta herida.

—Déjame en paz —me increpó, separando mis dedos de su frente con una mano abrasada por la fiebre.

—Pero esto no puede ser lo que te causa tanta fiebre. Ni tampoco parece una gripe, como dice Sarita.

—¿Acaso eres médico? Vete ya y déjame tranquilo. Tengo frío.

Con ambas manos trataba de tapar todo su cuerpo con la sábana mojada, pero yo se lo impedí, retirándosela hasta los tobillos.

—¿Pero qué haces? Tengo frío —protestó.

—¡Dios mío! ¿Qué es esto?

Tenía las ingles llenas de tumorcillos y úlceras que supuraban abundante podredumbre. Unos días después, al describirle por teléfono a Ximo aquellas heridas, me enteré de que eran bubones y chancros producidos por una enfermedad venérea, «probablemente la sífilis», especificaría tu padre, pero en ese momento no sabía qué clase de mal era el que padecía Xema.

—¿Quieres dejarme en paz? —volvió a protestar, incorporándose ligeramente para hacerse con la sábana y cubrirse luego con ella hasta los hombros—. ¡Márchate ya de una puta vez! ¿Qué te crees, que por que me hayas traído algo de dinero puedes meterte en mi intimidad?

—Sólo quiero ayudarte. Te llevaré al hospital.

—Nada de eso.

—Por lo menos déjame que avise a un médico. Es urgente que te curen esto… sea lo que sea. Tiene muy mal aspecto. Yo correré con los gastos.

—Si de verdad quieres complacerme, dame más dinero, ya se encargará Sarita de avisar al médico.

Durante unos instantes dudé sobre lo que debía de hacer, pero al fin reaccioné sacando unos billetes más de la cartera para dejárselo junto a los otros. Era obvio que no podía hacer nada más por quien no deseaba ser ayudado. De todos modos, antes de retirarme, le propuse:

—Si quieres, puedo quedarme a hacerte compañía hasta que…

—No. Vete ya —me contestó sin mirarme—. Tengo a Sarita, que vendrá dentro de un rato. Y además estoy esperando a un amigo… ¡Por cierto! —exclamó repentinamente y volviéndose para verme mejor—. ¿Sabes quién es ese amigo? Alguien que tú conoces muy bien. Alguien a quien, sin saberlo, tienes cogido por el cuello. Sí, sí, me refiero a tu primito Ramón, por supuesto. Le he mandado una carta pidiéndole que venga a socorrer a su viejo amigo, y sé que no me fallará. No puede fallarme. Ja, ja, ja —se rió histéricamente, como regodeándose de un recuerdo recién evocado o de una idea que acabara de ocurrirsele. En cualquier caso, era evidente que estaba empezando a delirar—. Ya lo creo que no puede fallarme. Como que lo tengo cogido por los cojones, ¿eh? Tú por el cuello y yo por los cojones. Ja, ja, ja. Y es que sabe que, si yo me hundo, puedo llevármelo conmigo. ¡Ya lo creo que sí! Son muchas las cosas que… que…

Pero las fuerzas se le agotaron y volvió a aplastarse contra el colchón, tiritando de frío y con los ojos cerrados.

Aunque era muy tarde y pretendía volver a Castalla esa misma noche, al salir de aquel edifico pasé de nuevo por la casa de citas donde estaba Sarita, para convencerla de que avisara urgentemente a un médico. Además le di casi todo el dinero que me quedaba, pidiéndole a cambio que me telefonease en cuanto Xema se encontrase mejor. Y así lo hizo. Aproximadamente una semana después, Sarita me llamó para informarme de que Xema había mejorado mucho gracias a las inyecciones que le había recetado un médico.

—Tanto ha mejorado —me explicó—, que ya está pensando en salir de copas con su amigo Ramón, que ha venido a verle desde Madrid. Pero la verdad es que no tiene ningún amigo como usted —agregó, sinceramente agradecida—. Gracias a usted ha podido pagar sus deudas.

Y aunque estas tranquilizadoras palabras de Sarita sobre la salud de Xema no las compartí con Felisa y su madre, vinieron a corroborar las buenas noticias que, de madrugada, les había dado a ellas cuando regresé a L’Olivar.

Si prefieres leer las entregas publicadas en formato original del autor PINCHA EN EL SIGUIENTE ENLACE:
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