Transición del latín al romance

Transición del latín al romance

Transición del latín al romance. El fondo patrimonial más popular y más abundante de las diversas lenguas románicas (derivadas del latín) procede del latín vulgar que se hablaba en cada una de las partes del antiguo imperio romano. Era la lengua cotidiana del pueblo llano.

CULTISMOS. El vocabulario español, como el de los demás romances, proviene en su mayor parte del latín vulgar que se hablaba en esta parte del imperio romano.

Pero, naturalmente, el latín literario o culto también fue un elemento constitutivo importante del español. Desde los orígenes del idioma se marca una intensa influencia del latín literario, que era la lengua oficial usada en la vida pública. La Iglesia introdujo muchas palabras latinas en el habla vulgar, como ánima, espíritu, sacerdote…, del mismo modo que muchas voces cultas fueron asimiladas por el pueblo a través de la Administración Pública: justicia, tributo, censo, notario, precio, homicidio.

Pero la influencia latina en el español no acabó con aquella transición a la lengua romance, sino que se repitió a lo largo de los siglos, favorecida por la recuperación de los clásicos autores latinos. Así, muchos vocablos de la latinidad fueron introducidos en el español en época de Alfonso el Sabio, cuando tantas obras científicas y literarias latinas fueron puestas en lengua vulgar: incómodo, minuto… Lo mismo sucedió con la abundancia de latinismos que aparecieron en las obras de clerecía y en otras composiciones literarias de los siglos XII (prior) y XIII (planta, secta, tortura). En el Cantar del mío Cid no aparecen latinismos especiales, sino los que de antes venían como patrimonio de la lengua, términos en su mayoría de la religión: trinidad, ángel, monumento, monesterio, miraclo, etc. Tampoco en el Poema de Fernán González aparecen los cultismos, sino vocablos raros y conocidos, como ydolo, término, presyón, argumento, curso, anteçesor, potestad, predicar, afirmar… En cambio, en Berceo se manifiesta la influencia eficaz del lenguaje eclesiástico, presentando algo más de un centenar de cultismos (cláusula) y ofreciendo un desarrollo especial de los sufijos. Y lo mismo sucede con Don Juan Manuel (castor) y el Arcipreste de Hita (trama).

Pero, antes de seguir, aclaremos qué es el cultismo. La Academia ofrece cuatro definiciones. Una general: Palabra culta, generalmente de origen grecolatino, usada en la lengua intelectual, literaria y científica. Dos lingüísticas: Vocablo procedente de una lengua clásica que penetra por vía culta en una lengua moderna sin pasar por las transformaciones fonéticas normales de las voces populares; y Construcción o acepción propias y privativas de una lengua clásica y recreadas en una lengua moderna, casi siempre con fines expresivos. Y la última, ya poco usada: Culteranismo.

Pues bien, esta tendencia al cultismo se manifestó de una manera mucho más acentuada en el siglo XV, con la llegada del Renacimiento (delator, rúbrica, terror, zona). Autores incluso que no sabían latín (marqués de Santillana) recuperaron para el español vocablos tales como flama frondes. Un siglo después, todos los autores seguían influidos por los clásicos (dogma, horror, menta), pero fue en el XVII, el Siglo de Oro, cuando volvió a recrudecerse el cultismo (cutis, energía, génesis, ídem, idioma, larva, línea, norma, valla). Fue entonces cuando surgió el culteranismo (‘estilo literario caracterizado, entre otros rasgos, por la riqueza abusiva de metáforas sorprendentes, el uso exagerado de cultismos y la complejidad sintáctica’), cuyo principal promovedor fue Góngora.

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