Cultura

9ª Entrega: Viudez

Viudez – | LIBRO II | VI.En otoño de aquel año de 1953, tus padres contrajeron matrimonio en Madrid. Felisa y yo acudimos a su boda, y también mi primo Ramón, quien debía seguir enfadado conmigo, ya que evitó incluso saludarnos. Sin embargo, apenastranscurridos unos pocos meses, recién iniciado el nuevo año, Ramón apareció inesperadamente en L’Olivar con un talante tan risueño y amable que nos sorprendió a todos. Como si nunca hubiese estado enojado y me hubiese gritado en mi propia casa el año anterior, como si una extraña amnesia le hubiese hecho olvidar sus agravios contra mí, nos saludó con tanta simpatía y afabilidad que la Castellana, siempre tan escéptica, no pudo reprimir un comentario que, aun siendo un murmullo, estoy seguro de que fue oído por mi primo:

—Cuando el diablo reza, engañarte quiere.

Ramón y yo pasamos a la nueva biblioteca.

—¡Pero si es como la de mi padre! —se admiró con franqueza, mientras miraba a su alrededor—. ¡Es casi idéntica!

—Bueno, he intentado complacer el deseo de tu padre… —dije en tono de disculpa.

—Me parece muy bien. De verdad, Vicente. Es estupendo. Aunque me pese, lo cierto es que el viejo tenía razón; tú sabrás administrar mejor que nadie el patrimonio de los Berbegal. Yo no soy más que un manirroto… Pero pienso cambiar. Desde luego no aspiro a ser un magnate y levantar un imperio, pero sí que me gustaría tener un negocio propio y provechoso, que no me suponga tampoco un gran esfuerzo. Ya sabes, lo más parecido a un chollo… No me mires así, las gangas, los chollos, también existen y se presentan en la vida de vez en cuando. Si no, mírate a ti mismo: Vives muy bien y sin haber tenido que trabajar nunca, gracias a lo que heredaste de tu padre. Y eso es también una bicoca, ¿no? Oh, pero no creas que te lo reprocho. No, Vicente, en absoluto. Tú por lo menos tienes el mérito de haber sabido cuidar tu herencia e incluso incrementarla. En cambio yo, que también podía haber vivido estupendamente de las rentas… —Ramón estaba entusiasmado, sus planes de futuro parecían haberle excitado extraordinariamente—. Pero se me ha presentado la ocasión de cambiar. Es la oportunidad que esperaba. Un amigo me ha propuesto abrir un restaurante en un sitio inmejorable de Madrid. Un restaurante de calidad, por supuesto. Pero para invertir en ese negocio, para aprovechar esta oportunidad que se me presenta de tener mi propia fuente de ingresos, necesito dinero en metálico y tú sabes mejor que yo cuál es mi situación económica. Por eso tengo pensado vender La Espartosa. Es una finca desaprovechada y de todos modos yo no sirvo para vivir en el campo. Y como el viejo dejó estipulado que, en caso de venderla, tú tendrías preferencia…

—Pero ahora yo no puedo hacer frente a esa compra… —dije, pensando en el pago que acababa de hacer para la constitución de la nueva empresa inmobiliaria que había creado con Amorós, y que había acarreado la venta previa de una buena parte de los bienes inmuebles de Madrid que me había cedido mi tío Vicente.

—¡Vamos, hombre! No te voy a pedir mucho. —Pese a la contrariedad que sentía, se esforzaba por sonreírme—. A fin de cuentas eres mi primo.

Ciertamente no tenía dinero suficiente para pagarle a Ramón un precio razonable por La Espartosa, pero tampoco podía permitir que la finca que fuera siempre de los Berbegal pasara a manos de desconocidos. Por aquel entonces todavía creía que hubiese sido un horrible agravio a la memoria de mi tío Vicente.

—Está bien. Pero deberás esperar un poco. Ahora mismo no cuento con liquidez suficiente, pero espero tenerla en poco tiempo…

En mis pensamientos estaba poner en venta de inmediato los pisos y locales en Madrid que todavía quedaran libres de arriendos, o la petición de un crédito bancario con que poder adquirir La Espartosa, pero Ramón parecía estar demasiado impaciente.

—El caso es que este amigo mío espera que al menos pueda adelantar la semana próxima una parte de mi inversión…

—Pero si va a ser cuestión de semanas. Entonces te podré pagar lo que ajustemos por la finca.

—Sí, sí. Pero ya sabes cómo son estas cosas. Hay unos plazos, unos compromisos que tienes que asumir si no quieres perder la oportunidad…

—¿A cuánto asciende ese adelanto que te piden?

—Oh, poca cosa: cincuenta mil pesetas.

Poco más o menos era la misma suma que yo tenía en aquel momento en mis cuentas bancarias, de modo que, aun a riesgo de quedarme sin liquidez durante un plazo indeterminado de tiempo, acepté:

—De acuerdo. Te daré esa cantidad a cuenta de la compra de La Espartosa.

La alegría de Ramón fue tal que se abalanzó sobre mí para besarme en la cara, algo que nunca antes había hecho. Y no acabaron ahí sus muestras de afecto, ya que, al despedirnos fuera del mas, en presencia de Felisa y la Castellana, volvió a abrazarme con fuerza, en tanto me decía:

—Eres mejor que un hermano. Te estaré eternamente agradecido.

Pero una vez se hubo marchado, mientras Felisa y yo volvíamos al interior de la casa comentando el agradable cambio que había experimentado mi primo, la Castellana masculló:

—No hay que fiarse de las apariencias…

Harto de tanta desconfianza, le repliqué:

—Ya sé, ya sé que el diablo reza cuando quiere engañar. Pero ni Ramón es el diablo ni creo que quiera engañarme.

Amoscada por sentirse menospreciada, se volvió a la cocina ceñuda y refunfuñando:

—Bien empleado me está por meterme en donde no me llaman; pero ya verán, ya, que bien dice aquello de que amigo reconciliado es enemigo redoblado. Pero yo chitón y a mi cocina, que no hay mejor cosa que estar callada cuando no se es valorada.

VII

Pocos meses después, le compré La Espartosa a Ramón y, con el dinero que le di, pudo por fin invertir en ese restaurante en el que tantas esperanzas tenía. Un restaurante en el que mi primo quiso demostrarme su agradecimiento, invitándome reiteradas veces a comer con él, aunque tal invitación no se llevó a cabo hasta dos años después de su inauguración, un día en que hube de ir a Madrid para firmar ciertos documentos. Por cierto que también aproveché aquel viaje para visitar a tus padres y conocer a su hija recién nacida. Un bebé precioso y muy espabilado, que ya evidenciaba ser una mujer en ciernes tan bella e inteligente como ciertamente eres.

El restaurante de Ramón, situado en el centro de Madrid, muy cerca de la Puerta de Alcalá, fue inaugurado a principios del año 1955, pero yo no lo conocí hasta la primavera de 1957, cuando acudí a él para comer con Ramón, Miguel Ángel Amorós y un amigo de éste, un capitán de la Legión que vestía su uniforme con el mismo orgullo con que lucía la cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda.

Guiados por él mismo hasta un lujoso reservado del restaurante, Ramón nos demostró enseguida que, fiel al dispendio y el ritmo de vida que acostumbraba, no había reparado en gastos a la hora de elegir el menú.

—No desprecio un buen cocido con garbanzos o una fabada de alubias, pero creo que la ocasión requiere algo especial —nos explicó con sendos pleonasmos que hubiesen abochornado a su padre, mientras nos sentábamos alrededor de una mesa redonda.

Un camarero de impecable uniforme oscuro nos sirvió bebidas y unos entrantes variados, al mismo tiempo que Miguel Ángel me preguntaba, por mera cortesía, cómo habían sido las últimas cosechas:

—Tengo entendido que las fuertes heladas han afectado mucho a la producción agrícola.

—Es cierto. Las heladas han ocasionado una catástrofe generalizada en todo el país —afirmé. Pero, creyendo que ya había cumplido con aquella pregunta, Miguel Ángel se desentendió del tema que él mismo había propuesto, para monopolizar la conversación con un asunto que le preocupaba mucho más: la situación política tan agitada que se vivía desde hacía un año, como consecuencia de la rebelión que protagonizaron los jóvenes universitarios en Madrid. El capitán de la Legión y yo seguimos con interés el relato de Miguel Ángel, pero Ramón parecía estar más preocupado de inspeccionar el relleno de los huevos a la Rossini que nos sirvieron de primer plato y de deshacerse de las pelusas que se formaban en su chaqueta jaspeada, que de conocer las causas que motivaron la última crisis que había sufrido el gobierno de Franco.

Ya llevábamos varios días con choques violentos entre estudiantes del SEU y de la oposición, cuando murió ese chico falangista. Fue, desde luego, una provocación en toda regla, pues un tiro en la nuca en plena manifestación es algo que se sabía a priori que iba a tener consecuencias tremendas, pero el crimen ha servido para que se ajustaran muchas cuentas pendientes, ajenas en su mayoría a los móviles que impulsaron al asesino a disparar su pistola.

—¿Fueron apresados muchos estudiantes? —le pregunté.

—Bastantes. Las listas negras elaboradas por los falangistas más radicales sirvieron para detener a estudiantes comunistas, pero también a otros que no lo son. Pero, en fin, mientras el capitán general de Madrid intervenía contra esa amenaza estudiantil y el diario «Arriba» instaba a que el gobierno tomara medidas drásticas, Franco se fue de caza…

El sarcasmo de Miguel Ángel provocó mi sonrisa y un significativo fruncido de cejas en el militar. Ramón en cambio no se inmutó con aquel comentario por hallarse al margen de una conversación que no le interesaba y que consideraba aburrida. En ese momento, toda su atención se centraba en los capones que nos sirvió el camarero.

—Ya veréis qué cosa más deliciosa. Tienen un relleno de menudillos de ave, setas picadas, ciruelas pasas, magro de cerdo, trocitos de trufa y… y no sé cuantas cosas más, que le dan un sabor maravilloso.

Molesto por la interrupción, Miguel Ángel dirigió a Ramón una mirada de reprobación que hubiera helado a cualquiera, pero mi primo siguió sonriéndole sin que pareciera comprender el enojo de su amigo. Miguel Ángel retiró ligeramente su plato, en un claro gesto de desdén, se repantigó luego en su asiento y, tras sacar su pipa, se entretuvo encendiéndola. Entonces intervino el capitán Rodrigo Leal para opinar:

—Pues si estuviese en mi mano, ¿saben lo que yo haría con esos señoritingos de mierda que se dedican a alborotar en la Universidad? Me los llevaría conmigo al Sáhara para que supieran lo que es bueno. ¡Jo, jo, jo!

La risa estertórea del legionario armonizaba con su voz grave, su complexión atlética y los duros rasgos de su rostro curtido por el sol del desierto. El capitán Leal cubría su cabeza con la típica gorra con pompón de los legionarios desde hacía casi veinte años, de los cuales llevaba ocho sirviendo en los enclaves españoles del desierto africano. Se apreciaba de haber intervenido durante esos ocho años en tantas razias y de haber matado a tantos moros, que se reconocía incapaz de calcular su número.

—Pero no crean que yo he salido de rositas de esas escaramuzas. A la vista está —dijo, señalando la cicatriz de su rostro y captando toda nuestra atención, incluida la de Ramón—. Esto me lo hicieron en Sidi Ifni con una gumía. Al salir una noche de casa de una putita, dos moros me asaltaron en plena calle. Mientras echaba mano a la cartuchera para sacar la pistola, se me echaron encima con sus gumías y uno de ellos me hizo ¡zas!, y me cruzó la cara —nos explicó manejando el cuchillo con el que estaba partiendo la carne como si fuese realmente un puñal, retirando el índice de la mocheta y apretando con fuerza el mango dentro de su puño—. Sangré como un cerdo, pero a uno de ellos le descerrajé allí mismo tres tiros que lo dejaron tieso… Y no crean que esta es la única cicatriz que tengo. Mi cuerpo está lleno de recuerdos morunos. Vean si no este ombligo nuevo que me hicieron en El Aaiún hace dos años… —y poniéndose en pie, se levantó el faldón de su camisa para enseñarnos su costado izquierdo. Y, en efecto, entre la ropa verde, se apreciaba una herida, umbilicada y del tamaño de una aceituna gordal, aún fresca en medio de la carne bronceada del militar—. La bala me atravesó el costado, pero por suerte no me tocó el bazo.

De nuevo sentado, el capitán Leal continuó relatándonos sus aventuras de ultramar, sin dejar por ello de devorar las viandas. Por la forma como tragaba, más parecía estar comiendo el rancho del cuartel que los suculentos capones rellenos, y beber vinazo zurraposo en vez del rioja de excelente cosecha que había escogido Ramón.

—Desde que Marruecos consiguió la independencia, no ha dejado de reclamar nuestros territorios como suyos —dijo Miguel Ángel sin apartar la pipa de su boca—. Para ellos esa tierra es más marroquí que española y, en realidad, si consideramos los factores históricos, culturales, étnicos…

—Si nosotros nos fuéramos de esas tierras, dejándoselas a los moros, te aseguro amigo mío que los pocos lugares civilizados que hay allí pronto serían tragados por el desierto. Los moros son un desastre; no saben cuidar lo suyo. Son vagos y salvajes. La verdad es que son una raza inferior. Eso de que todos procedemos de los mismos padres comunes, de Adán y Eva, es mentira. Como los negros, los gitanos y los judíos, ellos proceden de los monos —opinó el legionario entre las risitas de Miguel Ángel y Ramón.

—Esta teoría poligenista tuya no es novedosa, Rodrigo —le explicó el catedrático—. Todos los racistas la esgrimen desde hace cientos de años para intentar demostrar la superioridad de los blancos. Pero científicamente es muy discutible…

—Y también moralmente —dije yo—. Tendemos siempre a considerar inferior a quien tiene costumbres distintas a las nuestras. Es, por lo visto, algo natural. Es lo que se llama etnocentrismo. Pero éticamente es una aberración.

Por la manera como nos miraba, comprendí que el militar no había entendido muy bien muchas de las palabras que habíamos pronunciado tanto Miguel Ángel como yo, aunque sí su significado:

—Vosotros diréis lo que queráis, pero la única verdad es que los moros y los negros son la escoria de la humanidad —sentenció el capitán, algo achispado por la cantidad de rioja que había bebido.

Con la llegada de los postres, la conversación varió de rumbo debido a la propuesta de Ramón de marchar luego a visitar a unas señoritas que estaban intentando iniciar sus carreras de actriz.

—Las conocí por medio de un amigo que trabaja de traspunte en un teatrillo que hay cerca de la Gran Vía. Son muy simpáticas y complacientes con los caballeros que saben valorar sus dotes artísticas.

Todos reímos la gracia con que mi primo había pronunciado su última frase, pero el capitán Leal le advirtió:

—Querido amigo, espero que no me hagan perder el tiempo. Vuelvo pasado mañana al desierto y no puedo permitirme el lujo de entretenerme con seducciones y coqueteos tontos.

—No te preocupes por eso, capitán —le contestó Ramón sin dejar de reír—, que, en esta ocasión, no necesitarás gastar mucho tiempo en maniobras de entretenimiento para batir al enemigo.

Aunque no fui con ellos al encuentro de esas actrices en ciernes, meses más tarde supe que el legionario había logrado aquella tarde lo que deseaba. Me lo contó mi primo Ramón después de darme la noticia de la muerte del capitán Rodrigo Leal durante los combates que, a finales de ese año de 1957, se produjeron entre las bandas marroquíes y los soldados españoles en el desierto sahariano.

VIII

El motivo por el que no fui con los demás en busca de aquellas mujeres tan accesibles se debía al concepto que yo tenía entonces del sexo. Mi experiencia sexual se limitaba a mis relaciones con Felisa, ciertamente esporádicas e insatisfactorias, que habían terminado por convencerme de que todo contacto carnal tenía como único objetivo la obtención de una prole que, en nuestro caso, estaba tardando demasiado tiempo en llegar.

No obstante, dos años más tarde, en abril de 1959, uno de aquellos días en que los cerezos y perales semejaban estar nevados, con sus flores blancas y prietas repartidas por las ramas como copos de nieve, tuvimos constancia por primera vez de que por fin Felisa se había quedado embarazada. Nos lo confirmó el análisis que le realizó nuestro médico de Castalla, si bien fue la Castellana quien nos lo había anunciado días antes, cuando comentó mientras observaba a mi esposa:

—A la mujer primeriza, primero se le aparece la preñez en el pecho que en la barriga.

El embarazo de Felisa transcurrió bien hasta que, al octavo mes, en vísperas navideñas, sufrió un desprendimiento brusco de la placenta. Acaeció al alba, cuando el resplandor de la aurora empezaba a rasgar la fría oscuridad de la noche. Felisa se despertó dando un chillido que me hizo brincar en la cama como impulsado por un resorte. Al encender la lámpara, vimos asombrados cómo la abundante sangre que fluía de su cuerpo había manchado su camisón, mi pijama y las sábanas, comenzando a encharcarse en el centro de la cama. El miedo se unió a su dolor y los gritos se intensificaron, despertando a doña Isabel y a la Castellana, que llegaron alarmadas hasta nuestra alcoba en unos instantes. Superados los primeros momentos de confusión, acerté a pedir ayuda por teléfono. Marisol, la telefonista de Castalla, me atendió con rapidez, conectándome de inmediato con la casa del médico, el cual comprendió enseguida la gravedad del hecho.

—Voy para allá. Usted avise entretanto a una ambulancia.

Obedecí, pidiéndole de nuevo a Marisol que me pusiera en contacto con el hospital de Alcoy.

El médico tardó en arribar a L’Olivar unos veinte minutos, durante los cuales Felisa perdió mucha cantidad de sangre a causa del desprendimiento de la placenta. En cuanto llegó, el galeno intentó cortar la hemorragia, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Y para cuando la ambulancia apareció por la entrada de la finca, Felisa ya llevaba unos minutos muerta, desangrada. El feto también sucumbió y, según me diría más tarde el médico, tal vez habría sido peor que hubiese sobrevivido, ya que, muy probablemente, habría sufrido trastornos neurológicos graves por culpa de la falta de oxigenación en el cerebro.

Por deseo expreso de su madre, los funerales de Felisa se celebraron en la iglesia del pueblo, la cual se abarrotó de gente más curiosa que sentida. Pero Xema no estuvo presente.

—Quizás no se ha enterado todavía de lo que ha sucedido —quiso justificarle doña Isabel, conocedora de los muchos mensajes infructuosos que envié a su hijo, pero ignorante de que Miguel Ángel Amorós, quien había venido al entierro desde Alicante, en donde se hallaba pasando las Navidades, me había confirmado que él mismo le había dado personalmente tan triste noticia a Xema.

—Me preocupa ese chico. Su depravación está llevándole a la autodestrucción —me comentaría el catedrático con un cinismo sorprendente.

La muerte de mi esposa, que además fue acompañada de la pérdida de un hijo al que esperaba con gran ilusión, me heló el corazón y me sumió en un estado de perplejidad. No sentí dolor, por lo menos no sentí un dolor como el que me angustió tras el fallecimiento de mi madre; por el contrario, he de reconocer que la desaparición de Felisa me generó un sentimiento en el que el alivio no era ajeno. El helor de mi corazón y la perplejidad de mi ánimo no fueron pues consecuencia de la compasión, sino de la convicción íntima de que la felicidad me estaba prohibida en esta vida, reconociendo así, por experiencia propia y en mi fuero interno, la preponderancia del egoísmo sobre el altruismo.

IX

Aquel invierno fue uno de los más crudos que he vivido. Las celliscas fueron casi cotidianas y las nevadas muy intensas. Precisamente en 1960 se registró en Castalla la última nevada importante, con un manto níveo que superó, en algunos lugares, el metro de altura. Y precisamente esta nevada retrasó durante unos días la salida de doña Isabel de L’Olivar, quien decidió regresar a su casa del pueblo pocas semanas después de la muerte de su hija.

De nuevo compartiendo la casona únicamente con la Castellana, pasé una larga temporada sin salir del Cabeço del Pla. Deseando despreocuparme de cualquier asunto que trascendiera el ámbito de L’Olivar, le pedí a Mariano que cediera La Espartosa a los campesinos para que volviesen a cultivar sus tierras en régimen de aparcería, tal y como lo habían estado haciendo sus padres antes de la guerra civil. Y así, ya más tranquilo, me dediqué a laborar con Joanet y la Castellana, la cual se indignó cuando le insinué la posibilidad de que se jubilase, rechazando luego mi oferta de contratar los servicios de una mujer que la ayudara a realizar las faenas domésticas.

—Aunque parezca vieja, te aseguro que puedo seguir haciendo mi trabajo yo solita. Sobre todo ahora, que volvemos a estar solos tú y yo.

Y era verdad que, pese a ser setentona, continuaba teniendo una gran vitalidad en su orondo cuerpo. Sólo su vista se resentía a causa de la avanzada edad, con pequeñas manchas que empañaban sus ojos como nubecillas grises en un cielo oscuro.

—Pero eso no me impide planchar ni coser, y mucho menos cocinar o echarle de comer a los animales del corral —me explicaba, sin querer saber nada de ir al oftalmólogo.

También por aquella época me dediqué a faenar con Joanet en la bodega y en el campo. A pesar de contar con varios empleados fijos que cuidaban del ganado y los cultivos, al masero le gustaba colaborar en los trabajos que, según la temporada, le parecían más importantes. Y yo le acompañaba.

Así fue como aprendí a recoger la miel de las colmenas, que luego era vendida a un melero de Onil, y a tonsurar la lana de los carneros u ovejas, cuyos vellocinos después eran llevados a una curtiduría alcoyana, ya que, desde que muriera el viejo Cosme, no se curtían las pieles en L’Olivar.

Pero era en el jardín donde más disfrutaba. Le pedí a Joanet que construyera un umbráculo en el que proteger las plantas más delicadas y un estanque donde criar pececillos. El umbráculo fue construido a base de ramas y maderamen, pero, con el paso de los años, se convertiría en un invernadero de aluminio y cristal, en donde el riego por goteo lograría que crecieran las plantas más uliginosas y exóticas. Por contra, el estanque ha permanecido siempre igual. En las aguas estancadas, pronto cubiertas de verdín, se reprodujeron con facilidad tanto los gusarapos como los alevines de colores, sobre los cuales flotaban lotos y aneas. En esas mismas aguas también se bañaron al principio, en pacífica convivencia, media docena de patos y una pareja de cisnes, pero, en tanto los numerosos descendientes de aquellos siguen graznando todavía en el estanque, hace muchos años que los bellos cisnes dejaron de voznar en L’Olivar.

Conocedor de una soledad que, aun cuando voluntaria, pensaba que debía de resultarme triste, Ximo vino a visitarme a L’Olivar varias veces a lo largo de aquellos años. La primera vez creo recordar que fue en el verano de 1961. Vino con su esposa y sus dos hijos. Tú eras una chiquilla de cuatro años, poseedora ya de una simpatía tan resplandeciente como tus cabellos blondos, mientras que tu hermano estaba empezando a dar sus primeros pasos. Aunque al principio no me entusiasmaba vuestra presencia, disimulé mi incomodidad ante tu padre, pues sabía que su empeño por veranear en Castalla se debía a su creencia de que me vendría bien contar con alguna compañía, al margen de la Castellana y Joanet. Y yo se lo agradecía intentando mostrarme tan afable como hospitalario. No obstante, pronto ganaste mi voluntad con tu vitalidad, tu desparpajo, tu risa cantarina, tus ganas de jugar y de conocer. Enseguida comprendí que tú ocuparías en mi corazón el puesto que había quedado vacante con la pérdida de aquel hijo nonato. Tanto era así, que prefería tu compañía a la de tu padre. Tú me recordabas a Sole, me devolvías a mi infancia, en tanto que Ximo se obstinaba en recordarme el presente, mi amarga madurez.

—Tienes que salir de aquí y procurar hacer más vida social. No puedes quedarte encerrado para siempre como un anacoreta —me dijo una tarde en que ambos estábamos sentados en el cenador del jardín.

Durante un rato permanecí en silencio, observando las nubes bajas y esponjosas que asomaban por lo alto de la sierra, cubriendo las cumbres del Maigmó y el Catí muy lentamente, como pesadas olas de espuma.

—No te preocupes por mí. Estoy preparándome para recibir una alegría —le respondí por fin con una sonrisa torcida.

—¿Estás esperando una buena noticia?

—Forzosamente. ¡Son tantos los reveses seguidos que he sufrido, que en cualquier momento la Fortuna se verá obligada a sonreírme!

—Pero se lo estás poniendo muy difícil a la Fortuna quedándote aquí dentro, aislado.

—Pero me encuentro más seguro. Ahí afuera es más fácil que encuentre sinsabores que dichas, más problemas que tranquilidad. Aquí sólo trato con personas que conozco y que me conocen, me ocupo de cuestiones que me gustan y de situaciones que sé muy bien cómo resolver. ¿Sabes cuál ha sido la mayor inquietud que me ha asaltado últimamente? —Y Ximo se encogió de hombros—. No ha sido si tal obra ha concluido o no a su debido tiempo, o si ha vencido el plazo de un préstamo, o si han subido muchos los precios de los materiales de construcción, no. Mi principal preocupación durante varios días ha sido averiguar qué clase de pájaro era el que, en pleno día, cantaba ahí mismo, en esos pinos, con la misma potencia y armonía que un ruiseñor. Sí, sí, no me mires así. No estoy loco. Llevaba muchas mañanas oyéndole trinar y suponía que no podía ser un ruiseñor, ya que éste suele cantar por la noche. Así que investigué con paciencia durante el tiempo que fue necesario, observando cada pájaro que acertaba a ver a simple vista o con ayuda de unos prismáticos. Así día a día. Hasta que una mañana de mayo, siguiendo con sigilo aquel enigmático y bello cántico, descubrí un nido entre un montón de hojarasca, briznas y raíces. Tenía cinco huevos y, según advertí, la pareja de ruiseñores se alternaban para empollarlos. ¿Has visto alguna vez un ruiseñor? ¿No? ¡Son preciosos! Los que yo vi tenían el dorso de un color entre pardo y rojo, y el pecho perlino; andaban a saltitos y su vuelo era veloz y acrobático, con muchas curvas, aunque no se alejaban mucho del nido. Y mi curiosidad se vio colmada al reparar en que el macho, cuando empolla los huevos, sólo canta de día y casi nunca de noche. Algo desconocido por mí hasta entonces.

En los ojos de tu padre se fueron alternando destellos de preocupación, confusión y admiración, hasta que me reprochó nuevamente:

—Eso está muy bien. Es algo tan bello y bucólico como una geórgica, pero no puedes despreocuparte del mundo exterior, de tus negocios, de tus amistades, de tu familia… ¿Acaso has perdido las ganas de viajar, de visitar esos museos de los que tanto has leído, de escuchar esas óperas que tanto te gustan, de comprar esos cuadros, esas sabonetas, esos libros que con tanto deleite atesoras?

Tras meditar durante un instante, reconocí:

—Tienes razón. Esos viajes sí que los echo de menos. Pero consideraba que ese era el precio que debía pagar por sentirme seguro y tranquilo.

—¿Es que son incompatibles ambas cosas?

—No —acepté—. Supongo que no.

X

Sin embargo, mi primera salida de L’Olivar no fue para marchar a una gran ciudad donde asistir a una representación operística o a ver un museo, una galería de arte o una librería. Mi primera salida después de casi tres años de completo aislamiento tuvo como objetivo visitar a los Raspa en su chabola en los arrabales de Elda. Persuadido por Joanet para que por fin le acompañase a casa su amigo Migueli, una tarde marchamos ambos en mi coche hasta el lugar donde estaban asentados los Raspa, muy cerca de la estación eldense de ferrocarril.

La chabola había sido levantada hacía años por Migueli con sus propias manos y la ayuda de sus hijos. El techo estaba formado por planchas de uralita encaballadas, y tres de las cuatro paredes consistían en tablazones unidos con alambres gruesos, entibados con traviesas arrancadas de una vía férrea en desuso, mientras que la cuarta era un tabique construido con ripios y encachado de la misma vía muerta.

Ya en el interior, comprobé que, en medio de este tabique, por el que exudaba abundante humedad, se hallaba el único ventanuco que ventilaba la chabola, con los batientes descolgados por culpa de las charnelas vencidas y medio cubierto por una estera de esparto que hacía las veces de cortina. Menos un transistor de radio a pilas, a través del cual se oía una copla cantada por una tonadillera muy conocida, el resto de los muebles que vi allí dentro eran antiguallas enmohecidas que procedían de vertederos y descampados. Y entre tanta ruina y pobreza, compartiendo un espacio techado de apenas treinta metros cuadrados, convivían las quince personas que representaban sólo una mínima parte de los Raspa, ya que la mayoría de los hermanos de Migueli hacía años que se habían ido a vivir a la capital, «para trabajar como titiriteros y volatineros», me contó una María vestida con blusa y saya negras, tan diferente de aquella niña pizpireta que fuera mi compañera de juegos, que me costó reconocerla. Rodeada de un grupo de churumbeles, algunos de ellos nietos suyos, se desentendió de la visita para atender a un crío que se había caído al suelo tras pisarse la lorza de sus pantalones.

—¡Qué alegría nos da verle! —me dijo Migueli a modo de bienvenida, antes de reprocharle a Joanet—: Pero tenías que haberme avisado, os habríamos preparado algo especial para cenar.

—No tenéis que molestaros. Nos iremos enseguida —intervine.

—Nada de eso. Ustedes no se van de mi casa sin cenar. ¡Faltaría más! Somos humildes, pero sabemos arreglárnosla para compartir la comida, ¿verdad, María?

Migueli me presentó a todos los presentes y me habló de los ausentes, enterándome así de que en ese lugar cohabitaban los descendientes de dos de sus ocho hijos y uno de los cinco de María, que había enviudado el año anterior.

—Nos ganamos la vida como podemos, sobre todo comerciando en los mercadillos; pero la verdad es que el parné no nos sobra, como puede ver —me comentó un Migueli risueño y de pelo tan hirsuto y oscuro como el de su padre. Como éste, vestía camisa negra de percal y unos pantalones de franela de lana que se ceñía a la cintura con una correa vieja y sin respetar las trabillas.

Alrededor de una mesa rectangular, cuyo mantel no era más que un retal de tela amarillenta, y a la luz de un par de quinqués, nos sentamos a comer los invitados en compañía de los calés adultos. María y su cuñada repartieron la pitanza, a base de trocitos de carne con un puré de patatas granuloso y ligeramente amargo, en tanto Joanet se las ingeniaba para conducir la conversación hacia el tema que más me interesaba y que era el verdadero motivo de nuestra visita.

—Hace ya mucho tiempo de aquello, pero nunca lo olvidaremos —dijo Migueli, sirviéndose de la frasca un vino clarete y turbio—. ¿Cómo podríamos olvidar la muerte injusta de mi padre?

—Yo era sólo una niña, pero me acuerdo muy bien de la angustia que vivimos todos los Raspa —intervino María—. Todos sabíamos que mi padre no había matado a Soledad, que esa acusación era un ful.

—Pero, entonces, ¿por qué huyó? —pregunté.

—¿A usted qué le parece? —me replicó Migueli, intercalando inconscientemente palabras de origen caló—. Desde hacía meses, presentimos las intenciones de la gente, de la mayoría de los payos. Estábamos seguros de que, si ella aparecía muerta, no habría modo de que mi padre se salvara de la cárcel o del garrote. Por eso, en cuanto supo que la habían encontrado, y además tan cerca de nuestra casa, salió de naja.

—Cuéntale lo de los muchachos que iban en bicicleta —le recordó Joanet.

—¿Qué muchachos? —me extrañé.

—Mi primo Manuel nos dijo que creía haber visto aquella tarde a dos payos en bicicleta por el sendero que subía al Carrascal, y que uno de ellos llevaba a Sole con él —me explicó Migueli, partiendo el cantero de la única barra de pan—. Eran dos andobas rubios que iban muy a menudo por allí para recoger setas. Casi todos les habíamos visto antes. A uno de ellos le llamaban Xema, ¿sabe de quién le hablo? —Afirmé con la cabeza y, para tratar de disimular mi sorpresa y agitación, me bebí el vaso de vino de un solo trago—. Algunas veces ese tal Xema iba solo; otras veces le vimos con Sole; y otras con ella y con aquel otro gachó rubio.

Joanet, que se hallaba cabizbajo y con la joroba sobresaliéndole como una testuz torcida, me dirigió una mirada de complicidad. Ambos sabíamos que ese otro muchacho debía de ser mi primo Ramón, pero ninguno lo reconocimos en voz alta.

—¿Y por qué no se lo dijeron a la Guardia Civil?

—Claro que se lo dijimos, pero no nos creyeron —respondió Migueli mientras su esposa nos servía una fuente de albaricoques y nísperos modorros.

—¿Por qué?

—Pues porque mi primo Manuel tenía sólo nueve años y encima era algo retrasado. Cuando le atosigó el sargento con sus preguntas, dijo que no estaba muy seguro de que los viera aquella misma tarde de domingo en que desapareció Soledad.

—Si no estaba seguro…

—También nosotros dudamos —reconoció Migueli, escupiendo el hueso de un albaricoque en su mano—. No estábamos seguros de que Manuel los hubiese visto precisamente aquella tarde. Era posible que los viera el día anterior, o un día más tarde, puesto que nos lo dijo muchos días después, quizá cuando ella ya llevaba un mes o más desaparecida. El chico no lo recordaba bien. No sabía lo que había pasado y sólo cuando vio a toda la familia preocupada y sin parar de hablar de lo mismo, creyó acordarse de que los había visto con Soledad por el monte en sus bicicletas. Creía que fue aquella misma tarde, pero no estaba seguro. No podía estarlo. Era sólo un niño y además retrasado. —Migueli había hablado apretando el puño con rabia y, al abrirlo, se encontró con que el hueso del albaricoque se había quedado clavado en la palma de la mano. Lo desprendió de su carne con una mueca de dolor, lo arrojó sobre el plato vacío y continuó diciendo—: Nosotros no podíamos estar seguros de que aquellos payos fueron los que mataron a Soledad. Ni siquiera podíamos estar seguros de que supieran algo. Pero de lo que sí estábamos verdaderamente seguros era de que mi padre era inocente. —Los ojos de Migueli rebosaban odio y frustración a partes iguales—. Si llegamos a estar seguros de que fueron ellos los culpables, de que fueron esos payos quienes mataron a Sole…

Mi mirada se volvió de repente hacia dentro de mí, del mismo modo como se vuelven los ojos de un títere roto hacia el interior de la cabeza, perdiendo la visión de cuanto me rodeaba en aquella chabola y presenciando, en su lugar, una escena que me parecía mucho más real, emanada de mi propia memoria: Xema y Ramón yéndose de L’Olivar montados en sus respectivas bicicletas, y con Sole subida en el traspuntín de una de ellas. ¿Sería posible que ellos hubiesen sido capaces de cometer un crimen tan atroz? Pero súbitamente me encontré de nuevo frente a Migueli, el cual había extraído de alguna parte una navaja de ancha hoja y gruesa virola, que empuñaba con furia contenida.

—Si llego a estar seguro de que fueron ellos quienes mataron a Sole, les hubiese ido a buscar para rajarles allá en donde me los encontrara. Y todavía hoy, si me enterase de quién fue, lo mataría. No le quepa la menor duda. Después de todo, a mi padre lo mataron también por su culpa. —Y ya más tranquilo, plegando la navaja, murmuró—: Nosotros no nos podíamos quedar allí después de la muerte de mi padre. Algunos pensamos vengarle, pero la verdad es que no sabíamos cómo hacerlo, no sabíamos cuál de los guardias lo había matado. Y antes de que empezáramos una guerra que teníamos perdida de antemano, el patriarca de la familia nos convenció para que nos fuéramos de allí.

—Fue lo más sensato —convine.

—Pero todavía me reconcome el alma cada vez que lo pienso.

Mas la calma volvió al alma de Migueli poco a poco, según sorbía el recuelo que le sirvieron en el mismo vaso que había usado para beber vino. Luego, deseando prestarles una ayuda que, no sé por qué razón, creía que les debía, le brindé a Migueli la posibilidad de trabajar para mí.

—Se lo agradezco, pero cuando nos fuimos de Castalla, juré que nunca más volvería a vivir allí.

—Pero no es necesario que os mudéis, si no lo deseáis. Podéis ir una o dos veces por semana a la finca para recoger los productos que después venderéis por los mercadillos. Vosotros seréis los vendedores al por menor del aceite, vino, almendras, fruta, lana y miel de L’Olivar; y como tales os quedaréis con una comisión. ¿Qué te parece?

A Migueli y al resto de los Raspa les pareció muy bien. Y todos me reiteraron su agradecimiento hasta que por fin emprendimos el regreso al Cabeço del Pla. Un regreso en el que estuve silencioso y taciturno, con la mente ocupada en una única idea. Una idea que Joanet adivinó relacionada con Xema, con mi primo Ramón y con la lejana pero revivida muerte de una persona a la que yo había querido casi tanto como a mi madre.

 

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