Amelia

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Amelia | Donde acaba el tiempo | Capítulo 35 | Alicante, diciembre de 2011 | Amelia | El jueves 22 la sesión vespertina de hipnoterapia la acabamos a las seis y media de la tarde, y como Joan aún tenía programadas las visitas de tres clientes hasta las ocho, nos despedimos tras quedar en vernos más tarde en mi casa para cenar.

            Después de salir de la clínica me dejé arrastrar de nuevo por aquella extraña llamada, cuyo origen ya conocía, y que me hizo subir, desde la avenida de Alfonso el Sabio, por la calle de San Vicente. Caminaba con paso lento porque la vista ya no me permitía apreciar con claridad el suelo, más allá de un par de metros por delante de mí. Era ya de noche, pero llevaba puestas las gafas de sol porque los faros de los coches me molestaban al difuminarse ante mis ojos como pequeñas nebulosas resplandecientes y cegadoras. Me abotoné el abrigo al sentir el aire frío que bajaba hacia el mar con la misma intensidad con que los vientos acuden a la llamada de Eolo. Empezaba a lloviznar y no llevaba paraguas. Pero no desistí en mi intención de seguir caminando, de seguir avanzando hacia un lugar que ya conocía, donde se hallaba lo que, estaba convencida, tenía una relación muy estrecha con aquella voz femenina que me llamaba y me atraía con la misma fuerza con que los vientos corrían a reunirse con su creador.

            Tal como le había dicho a Joan unas horas antes mientras comíamos, estaba segura de que el esqueleto que había sido exhumado año y medio antes en el patio del colegio de San Roque, tenía mucho que ver con mi obsesión, y con la de mi hermana, y con la de muchos otros de nuestros antepasados, tal como yo misma había recordado a través de mis regresiones hipnóticas. Después de contarle lo que había descubierto por internet el día anterior, le dije a Joan:

            –Esa mujer, cuyo esqueleto está ahora guardado en el almacén arqueológico de Las Cigarreras, debe ser el origen de mis trastornos, de mis alucinaciones, y también de los de mi hermana… Estoy convencida.

            –Pero tu hermana padece esquizofrenia… –repuso.

            –Sí, pero creo que esa obsesión por excavar en el patio de ese colegio, nada tenía que ver con su enfermedad. Aunque no hubiese padecido esquizofrenia, seguro que habría sentido esas mismas llamadas, esos mismos impulsos, si bien es cierto que la enfermedad debió obligarle a actuar de una manera aún más… irracional.

            –Es posible que tengas razón, sí. En tu hermana han podido coincidir ambas cosas: esquizofrenia y obsesión por encontrar la causa de esa llamada –reconoció.

            –Ahora sabemos cual es el origen –dije con determinación–. No sentí nada cuando estuve hace unos días en el colegio de San Roque, junto al lugar donde Carmen, hace años, estuvo cavando dos veces frenéticamente, porque el esqueleto ya había sido exhumado y trasladado a la antigua Tabacalera, el sitio donde yo he sentido con mayor intensidad esa llamada. Muy cerca de allí está la plaza de España, donde fue encontrada mi hermana perdida, después de escaparse de nuestra casa… Todo concuerda.

            –Es cierto.

            –Y según los datos que manejan los arqueólogos, ese esqueleto de mujer se encontraba en lo que parecen ser los restos de una vivienda islámica del siglo XI o XII, situada en la calle de la Balseta.

            –Sí, sí. Todo concuerda; es verdad. En la regresión de esta mañana has recordado cómo una conversa de principios del siglo XVII, obsesionada por esa misma llamada, provocó involuntariamente un incendio y murió quemada mientras buscaba junto al aljibe de esa casona de la calle de la Balseta…

            –El mismo lugar, probablemente, donde ahora se encuentra el patio del colegio.

            –Exacto. El sitio donde se encontró el esqueleto que ahora está en el almacén arqueológico.

            –Así es. Ese esqueleto es, por tanto, la clave de todo. Sin embargo, nos falta lo más importante, ¿no crees? –pregunté. Joan tardó unos segundos en contestar; y cuando lo hizo, fijando sus ojos verdes y brillantes en los míos, supe que había acertado:

            –Saber qué es lo que debemos hacer… O mejor dicho, qué es lo que debéis hacer algunas de las personas que sentís esa llamada.

            –Eso es. Y que, estoy segura, debemos ser descendientes de ella. Porque, de las miles y miles de personas que han debido vivir en ese lugar donde estaba enterrado el esqueleto, o cerca de él, o han pasado por allí; lo mismo que ahora en Las Cigarreras, donde está guardado el esqueleto desde hace año y medio; sólo unas pocas personas hemos sentido esa obsesión, hemos oído su llamada de auxilio. Y, por lo que he recordado en las regresiones, todas ellas estamos emparentadas.

            –Y, a falta de confirmar, parece que tenéis vuestro origen entre los moriscos que vivían en el valle de Laguar, en la comarca de la Marina Alta.

            –Eso es lo que sabemos por ahora. En esta última regresión he retrocedido hasta 1624, pero repito que, según los arqueólogos, el esqueleto es el de una mujer que debió vivir en los siglos XI o XII, de modo que aún queda mucho por retroceder…

            –Y cada vez será más difícil –repuso Joan.

            –Pero ya queda menos –dije yo, optimista.

            En estos pensamientos estaba, cerca ya de la plaza de España, cuando un hombre vestido con gabardina gris y cubierto con paraguas negro, se plantó delante de mí, obligándome a parar en mitad de la acera. Por un instante me sobresalté, pues se me pasó por la cabeza la posibilidad de un atraco, aunque todavía no fueran las siete de la tarde; hasta que me percaté de que estábamos a cuatro pasos de la entrada de la Comandancia de la Guardia Civil. No parecía el lugar más apropiado para perpetrar un atraco, y tal pensamiento me tranquilizó.

            –¿Señora Patricia Mayans?

            –Sí –respondí, observando con detenimiento los pocos rasgos físicos que aquel desconocido dejaba a la vista: melena oscura, ojos castaños y pequeños, nariz aguileña, mofletes pálidos, boca reducida, casi redonda; un poco más alto que yo, robusto y de unos treinta años. Le agradecí que se acercara lo suficiente como para cubrirme con su paraguas, pues la lluvia había empezado a arreciar, pero no tanto como para que me sintiera incómoda o amenazada. Su aura tenía un color amarillo mostaza.

            –Me llamo Roberto Maciá y soy detective privado.

            –¡Vaya! –se me escapó. Era el primer detective privado que conocía en la vida real. Roberto sonrió, comprensivo.

            –Verá. Me gustaría pedirle que me acompañara, para que conozca a mi cliente.

            –¿Su cliente quiere conocerme? ¿Y quién es su cliente?

            –Creo que también podría decir clienta, pues es una señora, pero la verdad es que no estoy seguro… En fin, a ella, lamentablemente, le resulta muy difícil, por no decir imposible, salir de su residencia, y me ha pedido que la convenza para que acepte venir conmigo a conocerla…

            –¿Quién es su clienta? –repetí.

            –Se llama Amelia Maciá, pero ya le digo que no se conocen ustedes personalmente. Y sí, ella y yo somos parientes. Concretamente primos. O eso creíamos. Pero además es mi clienta porque, hace cosa de tres meses, me contrató formalmente para que llevara a cabo varias investigaciones.

            –¿Relacionadas conmigo?

            Roberto tardó unos segundos en responder. Sus mofletes se tensaron para permitir que sus pequeños labios me sonrieran tímidamente.

            –Algunas, sí.

            –¿Estuvo usted hace unas semanas en el archivo del cementerio de Villajoyosa?

            Las cejas de Roberto se arquearon y sus párpados se abrieron exageradamente. Su sonrisa se amplió, al mismo tiempo que exclamaba:

            –¡Caramba, señora Mayans, es usted muy perspicaz! Sería una gran profesional si se dedicara a esto de la investigación. Se lo digo de veras.

            –Gracias, pero no me ha contestado.

            –¿Si le contesto confiará en mí y me acompañará? Le aseguro que no tiene nada que temer. Y aquí estamos a cubierto gracias a mi paraguas, pero resulta bastante incómodo mantener una larga conversación. Mi coche está estacionado ahí mismo, a la vuelta de la esquina…

            –¿Y adónde iremos?

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            –A la residencia de mi clienta… Está en Elche. Pero no tardaremos mucho en llegar. Y le prometo que la traeré de vuelta. La dejaré en la misma puerta de su chalé…

            –Sabe donde vivo –afirmé.

            Volvió a sonreír como si se avergonzara.

            –Sí, señora. Lo sé… Ya le he dicho que algunas de mis investigaciones han estado relacionadas con usted…

            –¿Y bien? ¿Para qué fue al cementerio de Villajoyosa? –di por hecho que era así–. ¿Para investigar sobre el bebé que mi madre dio a luz supuestamente muerto?

            Sus ojillos me miraron por primera vez con cierto amago de recelo, lo que repercutió en su aura, que se oscureció momentáneamente.

            –El acuerdo que le proponía se limitaba a una pregunta, señora Mayans. Yo le contestaba a esa pregunta, si usted me prometía acompañarme a casa de la señora Maciá.

            –De acuerdo. Iré con usted.

            –Sí, estuve en el archivo del cementerio de Villajoyosa. Y sí, averigüé que, en efecto, el bebé que su madre había dado a luz supuestamente muerto, no fue enterrado allí.

            –Ni tampoco nació muerto…

            –Lo demás deberá esperar para más adelante, señora Mayans. Pero le prometo que se enterará de todo ello a su debido tiempo –me dijo en tanto se ponía en marcha, en dirección a su coche, sin dejar de cubrirme con el paraguas.

            Su coche era un Toyota Auris, cuya matrícula memoricé. Y poco después de que subiéramos a él, mientras Roberto conducía, telefoneé al móvil de Joan. Como esperaba, no me contestó, pues debía estar atendiendo a un paciente, así que le dejé un mensaje de voz: No podíamos cenar juntos porque me había surgido un imprevisto importante: Un hombre que decía ser detective privado y cuyos datos –nombre, matrícula de coche– pronuncié para que quedaran grabados, me llevaba a Elche para conocer a su clienta, llamada Amelia Maciá, quien tenía al parecer algo muy interesante que contarme.

            Eran las ocho menos veinte de la tarde cuando el Auris de Roberto Maciá entraba en el garaje de un edificio situado en una calle estrecha y céntrica de Elche, tan cercana al ayuntamiento como al Huerto del Cura. Era un garaje pequeño, en el que no habría más de veinte plazas, casi todas ocupadas. Roberto aparcó en el rincón más alejado de la entrada, entre un Volkswagen Touareg y una gran columna. Nos apeamos y él me guió hasta el lugar donde se hallaba la escalera y el ascensor. Subimos por éste hasta el último piso, el sexto, en cuyo rellano había dos puertas de una misma vivienda, según deduje al leer en una de ellas –la de la izquierda, más sencilla– lo que había escrito en un letrerito metálico: «Servicio». Roberto pulsó el timbre que había en el marco de la puerta principal, mucho más elegante que la otra, y esperamos unos pocos segundos, hasta que atendió nuestra llamada un hombre vestido con el típico uniforme de mayordomo: chaleco de rayas verticales sobre camisa blanca, pajarita, pantalón negro y zapatos de charol muy brillantes. Era alto pero tenía la espalda encorvada, delgado pero con una extraña protuberancia en el bajo vientre, como si llevara oculta bajo la ropa una pequeña bolsa, y le calculé más de setenta años. Calvo, tenia los ojos levemente hundidos y húmedos tras unas gruesas gafas de montura de concha, y parecía tan serio como cabía esperar del clásico mayordomo. Hasta tenía uno de esos nombres tradicionalmente relacionados con la mayordomía.

            –Buenas tardes, Fermín. Vengo con la señorita Patricia Mayans. Tenga la amabilidad de anunciarnos.

            El mayordomo cabeceó al mismo tiempo que se apartaba del umbral de la puerta, para dejarnos pasar. Así lo hicimos, entrando en un amplio y cuadrado vestíbulo amueblado con elegancia, pero demasiado clásico para mi gusto. Olía a limpio y el aire acondicionado, que salía por unas discretas rejillas que había repartidas en el techo, procuraba una temperatura cálida, sumamente agradable. Después de cerrar la puerta, el mayordomo se dispuso a ayudarme con el abrigo, pero Roberto se le adelantó.

            –No se preocupe, Fermín, ya ayudo yo a la señorita. Vaya usted, por favor, a avisar a mi prima.

            Fermín volvió a cabecear ligeramente y se marchó con paso lento por el pasillo que había enfrente, desapareciendo poco después, junto con su débil aura gris, tras girar a la izquierda. En el vestíbulo había dos puertas más, una a cada lado, pero ambas estaban cerradas. Roberto colocó mi abrigo en un perchero que había en un rincón, junto a su gabardina, y el paraguas lo introdujo en un paragüero metálico que había al lado.

            –No tardará mucho en recibirnos. Normalmente está acostada, pero como llamé avisando que veníamos para acá, supongo que ya estará levantada.

            –¿Qué enfermedad padece su prima? –me interesé. Pero Roberto no me respondió, ya que Fermín reapareció justo en ese momento.

            –Acompáñenme, por favor –dijo el mayordomo con voz amable pero achacosa.

            Le seguimos por el pasillo, a cuyos lados había varias puertas, todas ellas cerradas, hasta que llegamos a la entrada de un salón que quedaba a la izquierda. Las puertas correderas estaban abiertas y Fermín se hizo a un lado para que accediéramos con mayor facilidad.

            Era aquella una vasta estancia de al menos cuarenta metros cuadrados, muy bien iluminada por varias lámparas de pie y de sobremesa estratégicamente colocadas. Los muebles eran antiguos, clásicos, sobrios: sofás y sillones de piel oscura, mesas de nogal, librerías de cerezo… No había televisor. En las paredes que no estaban cubiertas por los muebles, colgaban tapices flamencos y cuadros de paisajes o bodegones. El suelo de mármol estaba protegido de los muebles por gruesas alfombras de lana. Frente a la puerta había un ventanal de unos diez metros de largo, parte del cual estaba tapado por una gruesa cortina de terciopelo; pero donde ésta se hallaba descorrida se veía, más allá de la cristalera, una gran terraza, ahora mojada por la lluvia que estaba cayendo.

            Entonces tuve un déjà vu. Mirando la terraza a través del ventanal, había una mujer –por el moño en el que llevaba recogido su cabello castaño– sentada en una silla de ruedas. A su lado, de cuclillas, había una enfermera –uniforme blanco, jeringuilla en una mano, algodón en la otra–, que se incorporó en seguida. Murmuró algo y acto seguido se alejó de su paciente, cruzándose con nosotros en la puerta.

            –Buenas tardes –saludó la enfermera.

            –Buenas tardes, Natalia –respondió Roberto.

            Enfermera y mayordomo salieron del salón, éste cerrando tras de sí las puertas correderas. Roberto avanzó unos pasos hacia el ventanal, pero yo me quedé junto a la entrada.

            –Amelia, aquí está la señorita Mayans, que tan amablemente ha accedido venir a verte.

            La silla de ruedas se puso en movimiento para dar la vuelta, pero no pude ver a la persona que la ocupaba porque Roberto estaba justo entre ambos.

            –Gracias, primo –oí que decía ella con dificultad.

            Roberto se volvió hacia mí y, al dar un paso lateral, me permitió descubrir a la mujer que había en aquel artilugio mucho más parecido a una cama pequeña o un sillón grande que a una simple silla de ruedas.

            A pesar del aspecto demacrado que tenía aquella mujer, supe al instante que las sospechas que había estado alimentando durante los últimos minutos –desde mi encuentro con Roberto– eran totalmente acertadas. Aparentemente mucho más vieja de lo que era en realidad, aquella mujer tenía un tubito de plástico dentro de la boca –pegado a la comisura izquierda– y lo que parecía otro tubito estaba cerca de sus labios. El primero estaba conectado a un respirador artificial que había en una mesita acoplada en el lateral izquierdo del sillón; el segundo le servía para manejar el sillón con ruedas por medio de un motor eléctrico. Pero fueron sus ojos oscuros, cubiertos por una fina capa blanquecina, y su lunar carmesí en medio de la frente, lo que me convenció de que me encontraba ante mi hermanastra.

            –Hola, Patricia. Por fin nos conocemos.

            Su voz sonaba algo distorsionada por culpa del tubito que tenía en la comisura de su boca. Me acerqué dos pasos y percibí un ligero aroma a canela que provenía de aquella especie de sillón reclinado. La visión de su aura, de un color parecido al del albaricoque –rosa con naranja–, ayudaba a calmar el ánimo.

            –Hola, Amelia. ¿Cuánto tiempo hace que sabes que somos hermanas?

            El tubito del respirador artificial dificultaba reconocer su sonrisa, pero sus ojos, a pesar de la NOHL, me sonrieron.

            –Eres directa. Me gusta. Lo sé desde hace algo más de un mes. Pero que soy hija adoptada lo supe mucho antes. –Tomó con los labios la especie de palanquita que tenía delante de la boca y el sillón se desplazó automáticamente hacia la derecha, produciendo un breve chasquido seguido de un ruido suave y continuo. Se detuvo frente a uno de los tres sofás que había en el salón y junto a una mesita sobre la que había una lámpara y una foto enmarcada–. Lo descubrí hace unos tres años, cuando tuve conocimiento de que, según las leyes genéticas, los padres con ojos claros nunca tendrán hijos con ojos oscuros. –Avancé unos pasos para aproximarme lo suficiente a la mesita como para que mis ojos distinguieran por fin a la pareja que aparecía fotografiada. Ambos superaban los sesenta, si bien era el hombre mucho mayor que ella. Y en efecto, los dos tenían los ojos claros: verdes, él; azules, ella–. Siéntate, por favor. –Lo hice en el sofá, al mismo tiempo que Roberto se sentaba en un sillón que había a mi izquierda–. Por desgracia, mi padre hacía unos meses que había fallecido y mi madre, aunque le costó muchísimo reconocerlo, al fin lo hizo, entre sollozos y promesas de que siempre me había querido como si de verdad me hubiera parido. Yo sabía que era cierto, pues siempre me sentí querida…, mimada incluso. Le pregunté por mi origen, pero ella no supo decirme apenas nada, ya que fue mi padre quien se había ocupado de todo. Sólo sabía que había nacido en Villajoyosa y que todos los trámites de adopción les habían costado unos cuatro millones de pesetas.

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            –¿Cuatro millones? –se me escapó. Era una cantidad muy alta, teniendo en cuenta que fue en 1983.

            –Sí… Mi padre era un empresario de éxito: dueño de una importante fábrica de zapatos, propietario de varios edificios céntricos de la ciudad, como éste, socio de varias promotoras y constructoras de la provincia… En fin, para él cuatro millones suponía una cantidad aceptable, a cambio de tener, de manera legal y rápida, lo que más ansiaban él y su esposa: una hija. Porque, al contrario de lo que desean la mayoría de los padres adoptivos que pueden elegir el sexo de su hijo, ellos querían tener una niña. ¿Por qué? Pues porque, en su opinión, una hija nunca abandona a sus padres, cosa que no puede decirse de la mayoría de los hijos varones. Y ellos, además de satisfacer sus ansias de paternidad, sobre todo las de ella, querían asegurarse una ancianidad tranquila y cuidada. Y así ha sido. Mi madre falleció hace año y medio…

            –Perdona, pero has dicho que tu padre pagó esa cantidad de dinero, a cambio de una adopción legal y rápida… Estoy segura de que fue rápida, pero no legal.

            –Cierto…

            Amelia se calló al abrirse las puertas correderas del salón. Fermín apareció acto seguido para preguntar si deseábamos tomar algo, y si debían o no preparar la cena para algún invitado. Amelia nos ofreció quedarnos a cenar a su primo y a mí, pero yo le dije que debía regresar cuanto antes a mi casa.

            –Y yo le prometí que la llevaría en mi coche –dijo Roberto, antes de añadir mirando a Fermín–: Pero sí que me tomaría una cerveza. ¿Y usted, señorita Mayans?

            –Agua, gracias.

            El mayordomo se retiró cerrando las puertas del salón, y Amelia entonces prosiguió con su respuesta:

            –Tengo la certeza de que mi padre estaba convencido de que mi adopción era completamente legal. La hizo a través de un abogado de aquí, ilicitano, amigo personal suyo. Otra cosa es que, efectivamente, el origen de la adopción fuera fraudulento, delictivo incluso… En aquellas fechas, aunque tenía curiosidad por saber quién era mi madre biológica, y averiguar por qué me había dado en adopción, en mi vida estaban pasando muchas cosas, y casi todas muy importantes, por lo que fui posponiendo la decisión de ponerme a ello… Hasta hace unos meses. Cuando empezaron a conocerse los primeros casos de bebés recién nacidos hace treinta o cuarenta años, supuestamente muertos pero que en realidad habían sido robados a sus madres para venderlos en adopción, tuve un pálpito…, el barrunto de que tal vez eso era lo que había pasado conmigo. Y esta sospecha se fue convirtiendo en certeza conforme reaparecieron mis encuentros oníricos con nuestra hermana. Pues fue Carmen la que me advirtió que…

            –Espera, espera –la interrumpí–. ¿Estás diciendo que conocías a Carmen y te reuniste con ella…?

            –En sueños, sí. Ya supongo que te costará creerme, pero es la verdad, y te aseguro que no voy a entretenerme mucho en tratar de convencerte. Sobre todo porque no es el asunto principal por el que he querido reunirme contigo. Además, Patricia, eres testigo de uno de esos encuentros entre Carmen y yo. Nos vistes juntas, ¿no es así? –Recordé el breve sueño que tuve junto a la cama de Carmen, durante mi última visita al hospital en el que estaba ingresada, y me quedé muda, perpleja, con la boca entreabierta. El color del aura de Amelia, que había evolucionado poco a poco hasta un amarillo claro, me convenció de su sinceridad–. Todo empezó en septiembre pasado, cuando desperté del coma en que había estado durante cerca de tres meses. No recordaba nada de lo que había soñado en ese tiempo, excepto de una mujer con la que me reunía a menudo en un lugar cada vez más caótico, y que decía compartir conmigo aquella terrible obsesión que me había llevado a ese lamentable estado…

            –¿Qué obsesión? –pregunté, pese a estar segura de que conocía la respuesta.

            –La misma que tú tienes. La misma que, al parecer, han padecido muchos de nuestros antepasados cuando han estado lo suficientemente cerca del lugar adecuado…

            Volvieron a abrirse las puertas del salón, para dejar entrar a una sirvienta de clásico uniforme –cofia incluida–, portadora de una bandeja en la que llevaba un botellín de cerveza, otro de agua y dos vasos.

            –Con su permiso –dijo al llegar junto a nosotros. Llenó uno de los vasos de agua y el otro de cerveza, colocándolos luego encima de unos posavasos que puso sobre una mesita de nogal que había entre el sillón y el sofá que ocupábamos Roberto y yo.

            –Gracias, Virginia –dijo Amelia, esperando luego a que la sirvienta saliera del salón y se cerrasen de nuevo las puertas, para proponerme:

            –Quizá lo mejor sea empezar por el principio, ¿no te parece?

            Asentí con la cabeza.

            –Bien… La mayoría de los casi veintinueve años que tengo los he vivido aquí, en Elche. Hija única, padres cariñosos y pudientes; tenía casi todo lo que quería. Aunque sufro algo de dislexia, gracias a mis esfuerzos y al apoyo de mis padres, que me buscaron los mejores especialistas, he sido una buena estudiante…, excelente me atrevería a decir, incluso. Me licencié en Derecho en la universidad de Valencia y apenas dos años después aprobé la oposición de judicatura. Estuve destinada tres años en un juzgado de Morella y, a principio del año pasado, conseguí ocupar una plaza por traslado en los juzgados de Alicante. No era Elche, pero estaba cerca. Mis padres ya habían fallecido y decidí quedarme a vivir con Víctor, en el apartamento que este tenía alquilado en el centro de Alicante. Víctor era un compañero con el que había tenido una aventura durante los dos últimos años de facultad. Nuestra relación se enfrió cuando nos separamos, pues él se marchó a hacer el doctorado a Madrid. Pero cuando coincidimos en Alicante, adonde él había llegado un año antes que yo como fiscal, reanudamos en seguida nuestra relación. Pero nuestra convivencia sólo duró un par de meses… Nada más llegar a Alicante, había empezado a sentir los primeros síntomas de esa obsesión que tú conoces tan bien y que, por tanto, no te voy a explicar. ¿Sabes dónde están los juzgados de Alicante?

            –¿Frente al Ayuntamiento?

            –No. Esa es la Audiencia Provincial. Los juzgados están en el barrio de Benalúa, y yo iba y venía todos los días desde aquí, desde Elche. Pero el piso que Víctor tenía alquilado estaba en la plaza de Pío XII, que está mucho más cerca del lugar donde, quizá ya lo sepas, se encuentra el origen de nuestra maldición…

            Calló para observarme con atención, y yo no quise defraudarla.

            –Sí, sé lo que hay guardado en Las Cigarreras…, aunque no estoy muy segura de que sea una maldición.

            –¿No? Pues a mí me ha costado muy caro, te lo aseguro… Fue instalarme en aquel piso y abrírseme las puertas del infierno… No voy a explicarte todo cuanto me pasó porque tú misma lo has vivido o te lo ha contado Carmen… El caso es que Víctor llegó a cerrar la puerta del apartamento por las noches, para evitar que me escapara en alguno de los muchos terrores nocturnos que sufría. Pero hubo una noche de mayo… Según me han contado, intenté salir del apartamento saltando a un balcón vecino, pero fallé… Era un tercer piso y caí en la acera de espaldas… Me llevaron al Hospital General de Alicante, donde estuve en coma casi tres meses. Fue entonces, como te dije antes, cuando empecé a tener mis primeros encuentros oníricos con Carmen. ¿Cómo era eso posible? No lo sé. Pero cuando desperté eran esos encuentros con ella lo único que recordaba. Y en ellos, repito, trató de consolarme diciéndome que no era la única que padecía esos trastornos, que tanto ella como tú también los sufríais…

            –¿Sabías que ella estaba ingresada en un psiquiátrico por padecer esquizofrenia?

            –No, lo supe más tarde… Pocos días después de salir del coma, antes de que me trajeran a Elche, volví a soñar con Carmen. Entonces fue cuando me dijo que creía que éramos hermanas. Me habló de vuestra madre… de nuestra madre…, y del parto que tuvo en 1983 en Villajoyosa, en el que supuestamente el bebé nació muerto… Imagínate lo que sentí al despertarme… Villajoyosa, 1983… todo coincidía… Pero yo me encontraba inhabilitada para comprobar si lo que me había dicho Carmen en sueños era cierto o no. En la caída me había roto las dos primeras vértebras cervicales, lo que me había dejado tetrapléjica. Víctor se desentendió de mí después de visitarme un par de veces en el hospital mientras estaba en coma, y me trajeron aquí con un marcapasos y obligada a respirar con ayuda de un aparato. –El halo amarillo que envolvía su cuerpo fue adquiriendo una tonalidad dorada–. Pero me repuse en seguida…, anímicamente quiero decir. Soy una mujer de voluntad robusta, siempre lo he sido… Entonces decidí confiar la labor de investigación que yo no podía llevar a cabo a mi primo Roberto –le miró–, a quien quiero como un hermano. Nos hemos criado juntos… En realidad somos primos segundos, pues nuestros padres eran primos hermanos… Bueno, aunque soy adoptada, ni que decir tiene que yo sigo queriendo a los míos como si fueran de mi propia sangre. A mi madre no la quise ni un gramo menos cuando supe que no me había parido…

            –Comprendo.

            –Esta es mi gente. Hasta Fermín es alguien tan próximo a mí como lo sería un tío… Lo conozco desde… desde siempre… Empezó a trabajar para mis padres antes de que yo llegara a esta casa. Y se irá de ella cuando él quiera.

            –Comprendo –repetí, ligeramente emocionada al ver cómo sus ojos se humedecían.

            –El abogado amigo de mi padre que le ayudó en mi adopción hacía años que había muerto, así que Roberto empezó sus pesquisas en el cementerio de Villajoyosa, donde tuvo la suerte de encontrarse con un papel en el libro de registro con el nombre de Ana María Mayans Tur y una fecha incluida en el plazo que había calculado, dentro del cual yo había nacido. Lo cierto es que todo resultaba muy raro porque no había registrado…

            –Lo sabe, prima. Ella ha estado allí, vio el recibo y habló con el archivero –la atajó Roberto.

            Amelia arqueó las cejas y yo asentí con la cabeza.

            –Bien… Pues a partir de aquel nombre llegamos a vosotras…

            –A través de los datos de empadronamiento supe que tanto su hermana como usted tenían los mismos apellidos que su madre, así como el cambio de domicilio de las tres… En Benidorm averigüé la fecha de defunción de su madre, que su hermana fue a vivir con usted allí hace dos años y que ambas se trasladaron a Alicante el año pasado… Lo demás fue mucho más fácil…

            –Roberto me informó de que Carmen estaba ingresada en un psiquiátrico de San Juan, pero no me hizo falta ir a verla para confirmarle que somos hermanas. También averiguó que tú la visitabas regularmente.

            –¿Y por qué no me lo dijisteis antes?

            Roberto y Amelia se miraron durante un instante, antes de que él me contestara:

            –No sabíamos cómo iba a reaccionar. Temíamos que…

            –Le pedí a Roberto que esperara porque estaba muy intrigada –le interrumpió Amelia–. Esa es la verdad.

            –¿Intrigada?

            –Sí. Aunque sabíamos que estábamos emparentadas, que éramos hijas de la misma madre, le pedí a Roberto que siguiera investigando acerca de ti… antes de hablar contigo.

            –¿Por qué?

            –Porque Roberto había averiguado que era cierto lo que Carmen me dijo de ti: Que eres la elegida para poner fin definitivamente a la maldición que persigue a nuestra familia desde hace muchas generaciones…

            –Te repito que no creo que sea una maldición. Y en cuanto a lo de que soy la elegida…

            –Cuando me enteré de tus progresos en las sesiones de hipnoterapia, supe que Carmen había acertado de nuevo.

            –¿Cómo sabes lo de mis sesiones de hipnoterapia?

            –Ya te lo hemos dicho. Roberto te estuvo investigando…, siguiendo, si prefieres que te lo diga así. Por eso supimos que habías empezado a sentir los síntomas de la atrofia óptica de Leber, que padecías la misma obsesión que yo y que ibas a la Clínica Hipnos de Alicante para apoyar tu tratamiento con sesiones de hipnoterapia. Tus reiteradas visitas y el interés mostrado en tu caso por relevantes psicólogos nacionales y extranjeros, nos hizo sospechar que tal tratamiento debía estar dando buenos resultados. Me alegré por ti, por Carmen, por mí… Aunque no había vuelto a tener ningún trastorno más desde que volví a Elche, quise saber si yo también podía averiguar el origen de nuestra obsesión por medio de la hipnosis. Por supuesto, no podíamos acudir a tu hipnotista, el doctor Ríos, pero sí que hice venir a casa a dos buenos especialistas, uno de Elche y otro de Madrid. Pero el resultado en ambos casos fue frustrante. Con el primero no llegué siquiera a la fase de regresión; y con el segundo mis recuerdos no superaron el año, pues al parecer el estado de coma en que había caído se presentaba como un obstáculo insalvable.

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            –Pero si me lo hubieseis dicho…

            –¿De verdad habrías confiado en mí y me lo hubieras contado todo?

            No supe qué responder. Vacilé.

            –Amelia estaba deseando decírselo, Patricia. Créame. Pero pensamos que lo mejor era no interferir de momento en el proceso que usted estaba llevando a cabo con ayuda del doctor Ríos. Un proceso a todas luces productivo…, interesante, aunque desconocido para nosotros.

            –Y yo quería…, necesitaba saber cual era el resultado, aunque fuese provisional, de ese proceso… Y como temía que si me presentaba ante ti y te lo preguntaba abiertamente, no ibas a decírmelo…

            –¡Ah! –Fue una pequeña exclamación, prólogo de un largo y tenso silencio. No me hizo falta formular ninguna pregunta. Roberto asintió con la cabeza y murmuró:

            –Lo siento.

            –Era la única manera que encontramos para enterarnos.

            –Llevaba los días suficientes siguiendo al hipnotista, como para saber que era su ordenador portátil donde guardaba la información más relevante. Entrar en la clínica era lo más complicado, pero tampoco resultó difícil.

            –Gracias a eso conocimos el resultado de tus increíbles regresiones… Fue verdaderamente revelador… –la admiración de Amelia era sincera. La tonalidad de su aura era cada vez más dorada–. ¡Oh, hermana, cómo te he envidiado…! –Sus ojos sin embargo me sonreían con afecto–. ¿Comprendes ahora por qué eres la elegida? Ni Carmen ni yo contamos con el don que tú tienes. Nadie de nuestra familia lo ha poseído antes. Yo tengo el mismo lunar que tú, padezco la misma enfermedad degenerativa en los ojos que tú, pero no puedo hacer lo que tú haces, nadie puede más que tú regresar al pasado, recordar lo ocurrido en nuestra familia durante generaciones, en busca del origen de esa maldición…, o de esa obsesión, si prefieres llamarla así, que nos ha perseguido durante siglos y que, por lo que hemos podido averiguar, debe tener su raíz en una antepasada nuestra del siglo XI. Pues si bien al principio me sentí tremendamente confundida cuando supe que el lugar donde nuestros antepasados se sentían más turbados, en la calle de la Balseta, no se correspondía con el que para mí era el centro de todo: la antigua Tabacalera, fue Roberto quien lo aclaró todo al descubrir lo que unía ambos lugares: un esqueleto de mujer hallado en una excavación de la calle de la Balseta fechado en el siglo XI, cuyos restos ahora se encuentran guardados en un almacén arqueológico que hay donde la antigua Tabacalera…

            –¿Cuánto tiempo hace que habéis llegado a esa conclusión? –quise saber.

            –Hace tres o cuatro días –respondió ella.

            –Yo lo descubrí anoche por internet. Pero no encontré nada sobre la prueba de Carbono 14 que se mandó hacer en un laboratorio de Estados Unidos –dije.

            –Yo sí –dijo Roberto–. Siglo XI.

            –Sabemos que lleváis unas semanas haciendo doble sesión diaria. ¿Hasta dónde has llegado?

            –Esta tarde he retrocedido hasta 1614. Todo apunta a que nuestras raíces pasan por una familia morisca que vivió en un valle del norte, cerca de Denia.

            –Pero sabemos que el origen está aquí, en Alicante. Y en el siglo XI –repuso Amelia.

            –Sí. Todavía hay mucho por retroceder… Y cada vez nos está costando más –reconocí.

            –No debes desfallecer, Patricia. Has de llegar hasta el final, hasta la raíz de todo esto, para averiguar cómo acabar con la maldición… o lo que quiera que sea esta cosa que nos persigue desde hace decenas de generaciones.

            –Lo sé, Amelia, lo sé.

            –Te ayudaremos en todo cuanto necesites y podamos –prometió mi hermana.

            –Gracias. Ahora he de irme.

            Tenía muchas cosas que preguntarle a Amelia: ¿cuándo había empezado a sufrir la NOHL?, ¿veía ella también las auras de las personas?, ¿podía voluntariamente entrar en contacto onírico con Carmen?… Pero todas esas preguntas había que dejarlas para otra ocasión, pues me hallaba muy cansada, como si de repente todos los músculos de mi cuerpo se hubieran resentido de un gran esfuerzo.

            –¿Nos mantendremos en contacto? –me preguntó Amelia.

            –Te mantendré informada, sí. Te lo prometo.

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