Cultura

Andalucia: hacia las marismas

Andalucía | Hacia las marismas | Marcha el Guadalquivir cordobés por Almodóvar y Palma del Río. Ya sevillano visita Lora antes de contemplar a lo lejos la ciudad que brilla “como el lucero de la aurora”, Carmona. El Guadalquivir encierra en su cauce historia, pasión y vida. Es la gran referencia de Andalucía.

De las aguas del Betis de los romanos, del Río Grande de los árabes, han bebido campos y gentes, desde siempre han manado leyendas.

Ha recibido ilustres visitantes que quisieron dejar constancia de su paso. Desde las historias que contaran Plinio y Estrabón hasta la crónica de los amores de Casanova o los viajes soñados de Victor Hugo.

El río, una fractura en el terreno de casi 700 km, ha sido y es el alma y la esencia del sur.

“¡Ay, río Guadalquivir! Camino veloz, amigo.”

Baja de Cazorla, esquiva Úbeda y Baeza, se aleja de Linares. A Jaén parece que la olvida, corteja a Andújar y Marmolejo, y sigue camino por Montoro hasta cruzar Alcolea y ganar Córdoba.

Tierras viejas, campos de olivar y vides. Y en una vieja y aislada roca, el castillo de Almodóvar del Río.

A la obra musulmana, barbacana completa y torres cuadradas, se añadieron otras mayores en época cristiana. Y la del homenaje, torre albarrana hacia el lado del río. Aquí fue muerto, don Fadrique y el baezano Abd Allah al-Bayyasi que huía de sus gentes por haber rendido sin lucha varios castillos a Fernando III.

Los de la fortaleza no le abrieron las puertas y los perseguidores le capturaron ante la muralla.

Y es leyenda que aquí, precisamente aquí, guardaba sus tesoros el más sevillano de los reyes, don Pedro el Cruel.

Es tierra de bujeo. La riegan el pantano de la Breña, el propio Gudalquivir y los mil y un pozos del término.

Hoy lugar de ocios marineros pero desde siempre huerta, naranjas, algodón, ganado de lidia. Posadas esconde entre la arboleda el versallesco palacete de Moratalla, sueño de un indiano que quiso y supo coger una pizca del gusto francés y trasladarlo a los encinares cordobeses.

Monte arriba, verde y piedra pizarrosa, la sierra de Hornachuelos. Es el reino de la encina, el árbol de Zeus que cantara Góngora como un símbolo de una hipotética y siempre añorada Edad de Oro.

Se extienden por todo el paisaje y sus bellotas sirven de alimento al honrado cerdo ibérico y a toda la caza mayor que de ella se alimenta.

Mientras por sus contornos, tan escaso como esquivo, habita el lince, y apura su existencia el toro de lidia.

Palma, cordobesa, balcón sobre Sevilla cuyos rasgos se traslucen en el caserío, proclive al ladrillo, la azulejería y el color ocre.

Palma del Río, capital agraria de la feraz vega, se embriaga con el azahar de sus naranjales. Y tiene el privilegio geográfico de asistir al abrazo que se dan a la sombra de sus murallas almohades, el Genil y el Guadalquivir, los dos grandes ríos andaluces.

Por Peñaflor, el Guadalquivir corre ya sevillano. Divaga por la llanura aluvial, cuenta la leyenda que el nombre del municipio se debe a una flor que brotó de una piedra donde derramaron su sangre los santos mártires Críspulo y Restituto.

El discurrir se hace perezoso para entrar por Lora del Río en una alameda de la margen derecha de la corriente, entre campos de algodón y girasoles. De su caserío blanco sobresale, en palabras de Azorín, la torre, pina, gallarda, aérea de la iglesia de la Asunción.

Los recuerdos romanos tienen que ver con el cultivo del aceite y el tráfico fluvial, actividades que la vieja ciudad de Axati llegó a ser conocida a lo largo y ancho del imperio.

Poco se sabe en cambio de la Lora musulmana, que debió ser conquistada por el rey Fernando III para entregarla a los caballeros de la orden de San Juan. Luego, permaneció en el silencio del tiempo hasta la llegada del ferrocarril a finales del s. XIX.

Poco después se arrejunta el Guadalbacar, nombre que revela naturaleza de afluente.

Y cuyas aguas proceden de una concentración fantástica de grutas en el alto llamado charco del infierno.

Empuja con fuerza el Guadalquivir aguas amarillas, a las que van sumándose pueblo a pueblo, como amigos del camino.

Los áridos rojos de las tierras fluviales suben hasta los Alcores, el bastión rocoso que domina la gran campiña.

En lo más alto brilla Carmona, como el lucero de la aurora, tal cual dice su lema. Es esta, sin duda, una de las grandes ciudades de Andalucía.

Historia, cultura y libertad se escriben aquí con las letras mayúsculas de un pasado milenario. Por los barrios del arrabal, casonas, ermitas y conventos. Calles largas que convergen en el paseo, la plaza de abajo y la espigada Giraldilla, el campanario de San Pedro. La Puerta de Sevilla abre el camino de la ciudad antigua, limpia y blanca, que amurallada por tartesios, turdetanos y cartagineses, tomó su forma definitiva bajo el dominio romano, cercándose de muros y puertas.


La Carmona árabe sostuvo siempre una cierta independencia frente a Córdoba y Sevilla, hasta que en el s. XI, convertida en bastión de rebeldes de todo signo, proclamó su propio estado, amparada en la belicosa fortaleza de los Birzalíes que reforzaron la muralla y labraron alcázares. Luego, los monarcas cristianos la continuaron mimando. Castillo, capillas, casas palacio y la iglesia prioral de Santa María con ínfulas más que justificadas de catedral.

Oración cristiana en el solar de la antigua mezquita aljama. Mientras, las puertas de las murallas y los alcázares, antaño fieros, se abren amistosas a la enorme vega.

Al sur, el Viso del Alcor, altivo sobre el perfil del cielo visueño.

Mas allá, Mairena, la del agua de la fuente, a la sombra de su castillo de Luna. Rica en manantiales de agua que brotaban en toda la ladera de los Alcores y patria chica de don Antonio Mairena.

La Alcalá de los panaderos no es otra que la mora Alcalá de Guadaira, en los confines de la gran ciudad. Más bien debiera ser Alcalá de los molinos, pues los molinos de agua, mudéjares en su mayoría, fueron santo y seña de la época y el lugar, marcándolo con una característica muy peculiar. Y durante siglos, abasteció de medias, bollos, albardas y molletes la hambruna capitalina, siempre a la sombra protectora de su alcazaba almohade, una de las más grandes de la Península, a orillas del Guadaira, el río del abasto.

Junto al río hay otra Alcalá que se había quedado en el camino, Alcalá del Río. Una gran batalla marca su memoria, aquella en la que Neo Escipión doblegó a las huestes lusitanas.

A partir de aquí, comienza el valle bajo del curso fluvial que se convierte en ría por la influencia sentida de las mareas.

Último puerto del Betis, al que, según Estrabón, llegaban naves de importante calado…

En el vídeo visita la ciudad de Sevilla y sigue por el río en dirección hacia las marismas, hasta llegar a Doñana.

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Fuente: RTVE España, entre cielo y tierra

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