Árbol genealógico 1

Árbol genealógico 1

 Árbol genealógico 1 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 21 | Alicante, diciembre de 2011 | El miércoles 14 de diciembre llegué a mi casa a las once y media de la noche y terriblemente cansada. Era el segundo día en que realizábamos una doble sesión de hipnoterapia en la Clínica PsicológicaHipnos. Joan y yo habíamos comido juntos y, después de acabar la sesión vespertina, él me trajo a casa en su coche. Quiso invitarme a cenar, pero yo me encontraba tan cansada que le pedí que retrasara la invitación para otra noche.

            Mientras comíamos, Joan me habló de la necesidad de repasar concienzudamente las sesiones que hasta ahora llevábamos hechas, y que tenía grabadas en vídeo –excepto la celebrada en el hospital Perpetuo Socorro, de la que sólo había grabado el audio–, para hacer una trascripción de las mismas, así como informes posteriores sobre diferentes datos: nombres, fechas, lugares, características personales, hechos históricos…

            –Como no tengo tiempo para hacerlo yo, he pensado contratar por fin a un ayudante, un joven psicólogo muy responsable al que entrevisté hace unas semanas.

            –Si es de tu confianza, me parece bien. Pero a mí también me gustaría repasar los vídeos de las sesiones. Hace unos días comencé a redactar unos resúmenes en mi casa, por las noches, con los principales datos de cada regresión, pero obviamente hay muchas cosas que se me han olvidado, sobre todo fechas y nombres. Aunque he pensado dejar de escribirlos, ya que dentro de poco no podré leer ni escribir, y empezar a grabarlos –le dije. Y, al salir del restaurante, antes de volver a su consulta, Joan me acompañó a un centro comercial, donde compré una grabadora.

            La misma grabadora que, ya de noche y en casa, puse encima del pequeño escritorio donde estaba la pantalla de mi ordenador, un Apple iMac que había adquirido al día siguiente de alquilar el chalé en el que estaba viviendo.


escribiendo en word

            Mientras me tomaba un yogur, encendí el ordenador y abrí el documento word en el que tenía anotados mis apuntes sobre las sesiones anteriores. Pensé en escribir los datos más importantes de las dos últimas, celebradas durante la mañana y la tarde de ese miércoles 14 de diciembre, pero decidí ahorrarme el trabajo. Puesto que tenía pensado leer en voz alta los resúmenes anteriores para que quedaran registrados en la grabadora que había comprado, haría lo mismo y directamente con los datos de estas dos últimas sesiones. Y así lo hice. A pesar de lo cansada que estaba, no quise esperar hasta el día siguiente, pues podría olvidar parte de lo que recordaba de aquellas regresiones.

            Luego, ya más relajada y aprovechando que no tenía sueño, para hacerme una idea más clara de la relación existente entre las diferentes personas que había recordado en las regresiones, con ayuda de un bolígrafo y un folio en blanco, me dediqué –con no poca dificultad, pues no había gafas que corrigieran suficientemente mi falta paulatina de visión– a realizar un esquema, una especie de árbol genealógico, en el que faltaban muchos datos –nombres, lugares y fechas–, pero cuyo resultado final me ayudó a extraer varias conclusiones sorprendentes.

            La primera conclusión a la que llegué una vez finalicé el árbol genealógico, fue que mi padre y Luis Pablo, el argentino que había dejado embarazada a mi madre en Villajoyosa durante el verano de 1982, eran parientes lejanos.

            A continuación, como eran muchas las características personales que tanto Carmen como yo parecía que habíamos heredado de nuestros antepasados –sonambulismo, alergia a los gatos, gemelos univitelinos o bivitelinos…–, elegí las que se me antojaron más importantes, anotándolas junto a los nombres de quienes había recordado que las tenían. Estas características eran cuatro: atrofia óptica de Leber (NOHL), esquizofrenia, lunar en la frente y alucinación-obsesión por ayudar a una desconocida en apuros, tanto dormido (sonambulismo) como despierto.

            Una vez hechas las anotaciones, comprobé que la NOHL sólo la padecíamos mi tío Miguel y yo misma por mi línea materna. Pero también que parecían haber padecido esta enfermedad antepasados de Luis Pablo –el novio argentino de mi madre–, tanto por su rama paterna –uno de los hermanos de Mohammed El Gato– como por su rama materna –un hermano de su abuela Guadalupe–, lo que resultaba, cuando menos, curioso. ¿Casualidad? Tal vez.

árbol genealógico 1 cap 21

            La esquizofrenia que padecía mi hermana tenía antecedentes claros en nuestra rama paterna –un hermano de nuestro padre y la hermana de un tatarabuelo–, hallándose su raíz al parecer en la parte de la familia originaria de Cuba. Un secreto de familia que, de alguna forma, justificaba la antigua preferencia por el matrimonio convenido entre la gente adinerada. Distinguiendo entre amor –reservado para los y las amantes– y matrimonio –estatus y prole–, durante siglos las familias aristocráticas y ricas confiaban en los llamados casamenteros, para acertar en los enlaces conyugales de sus hijos, a través de matrimonios convenidos, en los que el amor casi nunca tenía cabida. El casamentero o la casamentera tenían la importante misión de encontrar al mejor pretendiente o a la mejor pretendienta, investigando no sólo acerca del estatus social y la situación económica de su familia, sino de la salud de sus miembros. Bastaba que uno de ellos padeciera una enfermedad grave contagiosa o que pudiera dañar la reputación social de la familia –locura, por ejemplo–, para que desaconsejara el enlace matrimonial.

            El singular lunar en la frente que tengo, y que tenía también mi madre, es común a todas o la mayoría de las mujeres de la línea materna. Pero también, y esto se me antojó realmente extraño, lo habían tenido al parecer antepasadas remotas de mi padre, como una española llamada Dora, que había vivido en Palermo, o la cupletista Guadalupe Molina y sus antepasadas, o la madre y la abuela materna de Mohammed El Gato; no teniendo aparentemente ninguna relación de consanguinidad entre ellos. Se deducía con facilidad que el lunar era heredado de madres a hijas, ¿acaso a través del ADN mitocondrial, como sucedía con la NOHL?

cupletista cafe

            Por último, el trastorno mental u obsesión por ayudar a una desconocida que yo padecía y que había desencadenado una esquizofrenia en el caso de mi hermana, la habían tenido también mis padres, así como Wenceslao –el padre de Luis Pablo–, mientras dormía en un refugio antiaéreo alicantino –que ahora es la entrada a los ascensores por los que se sube al castillo de Santa Bárbara–, un antepasado no consanguíneo de mi padre –Diego, el habanero que murió quemado en una casa que debía hallarse en el mismo lugar, o muy cerca, donde ahora se levantaba el colegio San Roque de Alicante– y Bartolomé, el marido de una antepasada de mi padre –ajeno por tanto a la herencia genética de la familia–, que murió de un infarto en la misma casa donde vivió el anterior, mientras tenía una de esas alucinaciones. Comoquiera que tanto Carmen como yo –en mi caso algunas noches, mientras duermo– hemos tenido estas alucinaciones sólo en Alicante, lo mismo que Wenceslao y aquellos otros dos hombres que murieron en una casa de la calle de la Balseta –Diego y Bartolomé–, tuve la tentación de deducir que tal trastorno estaba estrechamente relacionado con esta ciudad, o con una parte muy concreta de ella. Pero como mis padres tuvieron esta misma alucinación en Ibiza –mi padre incluso en Los Ángeles–, esta deducción se fue al traste. A no ser, pensé, que en el caso de mis padres el consumo de LSD hubiera podido influir de alguna manera en contrarrestar la distancia que les separaba de Alicante. Una distancia muy grande desde Los Ángeles, pero también eran muy grandes las dosis de ácido que mi padre se tomaba entonces. Pero rechacé esta idea por absurda.

            Muy probablemente a causa de estos pensamientos, aquella noche volví a sufrir un brote de terror nocturno.

            Una vez más soñé con aquella esfera blanquecina y luminosa en la que había alguien atrapado, una mujer por la voz que salía de allí pidiendo auxilio. Una voz y una imagen que me atraían tanto como me angustiaba la impotencia que sentía al no poder alcanzar aquella esfera, por mucho que corriera hacia ella.

            Me desperté sin aliento y con el corazón palpitando con una rapidez endiablada, sudando y descalza, en el recibidor de la casa, sentada en el suelo y junto a la puerta de la calle, afortunadamente cerrada con llave. Esperé a tranquilizarme para levantarme y volver a la cama. Mientras lo hacía, me propuse desentrañar de una vez para siempre aquel misterio que tan severamente estaba castigando mi salud mental, antes de que perdiese la vista por completo.

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