Árbol genealógico 2

Árbol genealógico 2

Árbol genealógico 2 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 29 | Alicante, diciembre de 2011 | El lunes 19 de diciembre, después de la sesión vespertina de hipnoterapia, Joan me llevó a casa en su coche. Le invité a entrar y él aceptó. Eran casi las nueve de la noche, llovía y hacía frío, pero dentro del chalé había una temperatura agradable gracias a la calefacción.

            –Quiero enseñarte algo –le dije, mientras nos quitábamos los abrigos en el recibidor, después de encender las luces.

            –Estupendo. Seguro que me gustará –sonrió pícaramente.

            –Creo que te estás equivocando –repliqué, divertida–. Si crees que te voy a invitar a cenar, has acertado, aunque tendrás que conformarte con una pizza precocinada… Pero no me refería a eso.

            –Ni yo tampoco –y amplió la sonrisa. Su aura azul mostraba por fuera una ligera capa roja brillante.

            –En la cocina encontrarás un botellero –le señalé–. Abre, por favor, una botella de vino. Yo mientras buscaré lo que quiero enseñarte.

botellero vino

            –Estupendo –repitió, yendo a continuación hacia la cocina tan contento como un niño al que se le ha prometido el mejor de los regalos. ¿Será posible que de verdad esté interesado por mí?, me pregunté. Aunque era consciente de que mis encantos femeninos se conservaban muy bien a mis cuarenta años, me costaba creer que Joan estuviera dispuesto a iniciar una relación sentimental con una paciente que estaba a punto de quedarse ciega.

            Le esperé de pie junto al pequeño escritorio que había en un rincón del salón, sobre el que estaba el teclado y la pantalla de mi nuevo ordenador. Era un rincón muy bien iluminado por una lámpara de pie y otra de sobremesa. Había abierto una carpetilla, de la que extraje el folio en el que había esquematizado mi árbol genealógico, en función de los datos que había ido recordando en las regresiones hipnóticas.

            –Falta ampliarlo con las cinco últimas –le dije en tanto le daba el papel. Joan me ofreció a cambio una de las dos copas con vino tinto que portaba en las manos.

            –Interesante. Si te parece bien, mañana podrías llevárselo a Arnaldo; seguro que le vendrá bien mientras repasa todas y cada una de las sesiones.

            Esa mañana Joan me había presentado en la clínica al joven psicólogo que había contratado como ayudante. Se llamaba Arnaldo Gómez, tenía veintiséis años, era alto y muy delgado, poseía una mirada inteligente y un aura amarilla pálida, que me habló de su animosidad y precaución. Se encargaría de repasar todas las grabaciones de mis sesiones, elaborando un informe exhaustivo de cada una de ellas, recopilando datos que luego trataría de confirmar mediante fuentes fidedignas.

            –Pero primero lo completaré con lo que sabemos hasta ahora. O, por lo menos, con lo que recuerdo –dije.

            –Entonces, es cierto que era esto lo que tanto interés tenías en mostrarme –dijo, simulando pesadumbre con un mohín que discrepaba sin embargo del brillo divertido y pícaro que despedían sus ojos verdes.

            –Primero el trabajo… –dije, elevando la copa de vino a manera de brindis.

            –De acuerdo –chocó con delicadeza su copa de cristal con la mía.

            Al cabo de media hora habíamos terminado de actualizar el árbol genealógico, en el que faltaban bastantes datos por no recordarlos ni Joan ni yo. Aunque sí estaban los principales.

            Entre otras cosas, nos llamó la atención la conexión que había entre la rama habanera de mi familia –donde se encontraba el origen de la enfermedad mental de mi hermana– y la rama marroquí de Mohammed El Gato, a través de una liberta –Amina/Nieves– que se casó en el siglo XVIII con un militar barcelonés que poco después fue destinado a Cuba. Como también nos pareció curioso que, al final, Baldomero Pellús, el hombre que se había casado en La Habana con una descendiente de la liberta marroquí –y que murió de un infarto en la alicantina calle de la Balseta, mientras sufría una alucinación–, resultara estar relacionado con la rama italiana de mi padre.

            De todos estos detalles estuvimos hablando aquella noche Joan y yo mientras compartíamos una pizza y media botella de vino, sentados en el sofá de mi casa, antes de que, sin saber muy bien cómo, termináramos también compartiendo mi cama.

mi cama

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