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Autohipnosis | Donde acaba el tiempo | Capítulo 37

Autohipnosis | Donde acaba el tiempo | Capítulo 37 | Alicante, diciembre de 2011 | El viernes 23 al mediodía Joan y yo decidimos perder el menor tiempo posible en comer. Lo hicimos a base de tapas en un bar que había cerca de la Clínica Hipnos, en la Rambla de Méndez Núñez.

Se trataba de una de esas franquicias vascas o navarras cuyas tapas se muestran en su mayoría ya preparadas en la barra, de donde se sirve el propio cliente. Nos sentamos en sendos taburetes, alrededor de una mesita alta que había en un rincón. Eran las dos y media. La última sesión había sido más larga que las anteriores, pero había merecido la pena: Nos había confirmado que mis raíces se hallaban en una familia morisca del valle de Laguar, cuyos miembros habían sido muertos o expulsados de España en 1609; y más concretamente de una mujer, Esmer, madre de cuatro hijos, tres de los cuales iniciaron la diáspora familiar, cuyos descendientes, a lo largo de cuatro siglos y en diferentes lugares –Alicante, Castalla, Denia, Ibiza, Madrid, Barcelona, Uxda, Melilla, Palermo, La Habana, Brooklyn…– fueron conformando mi árbol genealógico. Sin embargo, tanto Joan como yo estábamos convencidos de que no era en esa mujer, Esmer, donde se hallaba la raíz del grave trastorno mental que sufríamos mis hermanas y yo, el mismo que habían sufrido muchos de nuestros antepasados. Ambos –Joan y yo– coincidíamos en que Esmer venía a representar, a lo sumo, el tronco del árbol genealógico, cuyo ramaje formábamos el resto. Pero debíamos seguir descendiendo por ese tronco, al menos durante cuatro siglos más, hasta encontrar a la mujer cuyo esqueleto había sido exhumado año y medio antes en el patio del colegio de San Roque, y que ahora se hallaba guardado en el almacén arqueológico de Las Cigarreras. Yo estaba convencida de que sólo entonces daría con la raíz del problema y su posible solución. También Joan estaba convencido de ello; sobre todo después de que le contara, con todo detalle, la entrevista que había tenido la tarde anterior con mi hermana Amelia. Fue por teléfono, ya casi a media noche, desde mi casa. A pesar de que no le veía, percibí perfectamente su expresión de asombro. «Se ha disculpado por lo de tu ordenador portátil, y me ha asegurado que te lo hará llegar mañana mismo. Supongo que espera que no les denuncies –le dije, antes de añadir–: Y a mí me gustaría que no lo hicieras». «Descuida. No lo haré. Mañana hablaremos más tranquilamente del asunto», dijo.

A pesar de que no estuvimos en el bar más de veinte minutos, durante la comida nos dio tiempo a repasar el encuentro con mi recién conocida hermana y la sesión que habíamos realizado esa misma mañana. Después regresamos a la clínica. Nuestra intención era empezar cuanto antes la siguiente sesión, ya que, si duraba tanto como la anterior, Joan podría tener problemas para atender con puntualidad a los clientes cuyas visitas estaban programadas para la segunda mitad de la tarde.

Entramos de nuevo en la clínica a las tres en punto. Todavía no habían regresado de su descanso ni la enfermera ni la recepcionista, pero sí que estaba Arnaldo, el joven psicólogo que Joan había contratado como ayudante. Informó de que un mensajero acababa de traer un paquete en el que había un ordenador portátil. Joan comprobó que era el suyo.

Esa misma mañana Arnaldo había estado presente por primera vez en una de mis sesiones de hipnoterapia, si bien su labor se había limitado a la de observación. Pero ahora, mientras yo me acomodaba en la camilla, Joan le pidió que permaneciese fuera de su despacho, hasta la llegada de una de sus compañeras.

–…Por si viene o telefonea alguien. Luego, cuando hayan venido Margarita o Paquita, podrás incorporarte a la sesión, con cuidado de no interferir.

Arnaldo asintió y salió de la salita donde se realizaban las sesiones y del despacho de Joan.

–Bien, empecemos… –dijo Joan después de sentarse en su silla y de hacer los preparativos: conexión de la cámara, descenso de la intensidad de la luz… Muy pronto superamos las dos primeras fases y nos adentramos en la tercera y definitiva. Con mi cuerpo completamente relajado, la voz de Joan fue guiando mi mente por un camino ya conocido. Descendí, peldaño a peldaño, por una escalera empinada y estrecha, bordeada de paredes de roca que formaban una especie de túnel donde la oscuridad se iba haciendo cada vez más absoluta, como si me internara en la profundidad de la tierra desde una caverna.

En mi primera sesión, había llegado relativamente pronto al final de aquella escalera, que se encontraba detrás de una curva de noventa grados a la derecha. Allí descubrí una abertura por la que entraba una pálida claridad. Era otro túnel horizontal al final del cual hallé mi primera regresión.

La segunda vez que descendí por aquella escalera tardé más tiempo en encontrar el final. Desde luego tuve que bajar muchos más peldaños. No distinguí el sitio donde había encontrado la primera vez el final, sencillamente porque esa abertura, tras una curva a la derecha, había desaparecido. Ahora la escalera seguía descendiendo recta y casi verticalmente, hasta que por fin, luego de una curva a la izquierda, descubrí la entrada de otro túnel que había junto al último escalón. Era la entrada a mi segunda regresión.

Y lo mismo había ocurrido durante mis siguientes sesiones. Sólo que cada vez tardaba más en llegar al final de la escalera –siempre recta y muy empinada menos en su último tramo–, de donde habían desaparecido los túneles por los que se accedía a las anteriores regresiones. El final lo encontraba por tanto cada vez más abajo, después de una curva que giraba a la izquierda o a la derecha, indistintamente.

Animada por la voz de Joan, que no dejaba de acompañarme durante todo el camino, bajaba la escalera con paciencia y decisión, aunque no por ello dejaba de sentirme agobiada por la tenebrosidad y la tardanza en alcanzar mi objetivo. Durante mi sesión anterior, realizada esa misma mañana, apenas unas pocas horas antes, había tardado mucho tiempo en llegar al final de la escalera, donde me esperaba la regresión al valle de Laguar en 1609. Según Joan, las dos primeras fases de la sesión las habíamos cubierto en menos de diez minutos, mientras que la tercera, el descenso por esta escalera en busca de la regresión, habíamos tardado casi cincuenta y tres minutos en alcanzarla. No sabía cuanto tiempo llevaba ahora descendiendo, pero me parecía que llevaba ya más de una hora. «Ten paciencia. Quizás esta vez el salto cronológico hacia atrás sea más grande y tardemos más en llegar al final. Pero eso es bueno: Cuanto más atrás llegues, más cerca estarás de la meta», me dijo la voz calmosa de Joan.

Continué descendiendo por aquella escalera lóbrega, angosta y empinada que llevaba a lo más profundo de mi memoria, a un lugar recóndito e inexplorado de mi cerebro, pero, al cabo de un rato, a pesar de los ánimos de Joan, empecé a desfallecer. ¿Y si esta vez no había final?, pensé. ¿Y si continuaba bajando por aquella escalera indefinidamente o hasta más allá de donde pudiera recuperarme Joan?

Precisamente en ese momento, como si Joan hubiera oído mis pensamientos, me advirtió que tenía que revertir la hipnosis. Y así lo hizo. Joan interrumpió la sesión con la misma rapidez y eficiencia con que dio por finalizadas las anteriores. Sólo que ésta había sido un fracaso.

Creí que este era el motivo por el que había interrumpido la sesión –el fracaso de la misma debido a su larga e infructuosa duración–, pero, al ver sus asustados ojos verdes cuando desperté, comprendí en seguida que estaba equivocada.

–Lo siento, Patricia, pero he tenido que abortar la sesión. Debo telefonear urgentemente a Barcelona… –me dijo Joan antes de salir apresuradamente de la habitación. En la puerta de la misma, de pie, estaba Arnaldo.

–Acaba de llamar su ex esposa preguntando por él. Al parecer su hijo ha tenido un accidente de tráfico y está muy grave.

Arnaldo me ayudó a levantarme de la camilla y a continuación ambos salimos de la habitación. Joan estaba en medio de su despacho, de pie, hablando en catalán por su móvil. Estaba tan nervioso como asustado. Junto a la otra puerta del despacho estaban Margarita y Paquita, que le miraban preocupadas. Una vez terminó la conversación telefónica, atropelladamente, nos informó al mismo tiempo que se quitaba la bata:

–Me voy ahora mismo a Barcelona. Mi hijo está en el Clínico y parece que muy grave. Arnaldo, atiende a mis pacientes de esta tarde… No sé si hará falta retrasar mis visitas del martes; ya os avisaré si es así –dijo mirando a Margarita y Paquita. Luego me miró a mí–: Te llamaré luego…

Joan salió del despacho con su chaqueta y abrigo en las manos. Sus empleados y yo nos quedamos durante unos segundos quietos y mirándonos, hasta que por fin reaccionamos al unísono.

Durante la comida, Joan me había comentado que tenía pensado ir a Barcelona al día siguiente por la tarde, para pasar las Navidades y el día de san Esteban –domingo y lunes, respectivamente– con sus padres e hijos. «Para entonces espero que ya hayamos acabado con tus sesiones», deseó, sonriendo y mirándome con sus bonitos ojos verdes. Desgraciadamente, el destino había desbaratado sus planes.

Al salir de la clínica me dirigí directamente a la parada de taxis más cercana, pero mucho antes de llegar a ella me abordó Roberto Maciá, que sin duda había estado esperándome.

–Vaya, ¿continúas siguiéndome? ¿Es que no os fiáis de mí?

–Estaba esperándola. Amelia está ansiosa por saber el resultado de sus últimas sesiones… Aunque esta segunda parece que ha sido demasiado corta, ¿verdad?

Sus palabras confirmaban que me estaba siguiendo, controlando mis actos, aunque me costaba creer que lo hiciera por desconfianza.

–Quedé con ella en que la llamaría esta noche, cuando llegara a casa. ¿Es que no se puede esperar? ¿Y por qué me sigues?

Roberto sonrió y su aura se clarificó, tranquilizándome.

–Mi prima es un poco impaciente, Patricia… ¿Puedo llamarla por su nombre?

Le devolví la sonrisa. Estábamos plantados en mitad de la acera de la avenida Alfonso el Sabio.

–Claro. Tutéame, por favor. ¿Te apetece tomar un café?

–Encantado –su sonrisa se amplió y su aura tomó la tonalidad del amarillo limón, al mismo tiempo que nos encaminamos a una cafetería que había apenas a veinte metros de donde nos hallábamos–. ¿Ha recibido el doctor Ríos su ordenador?

–Sí. Hace un rato; por mensajería.

–Sí. Me pareció lo más apropiado. Podía haberlo entregado yo mismo, pero no lo creí conveniente…

–Hiciste bien.

Entramos en la cafetería y nos sentamos en la barra. Roberto pidió un café solo y yo un cortado descafeinado.

–La sesión de esta mañana ha ido muy bien. Larga, pero bien. He llegado al valle de Laguar en 1609. Pero la de esta tarde la hemos tenido que interrumpir. El doctor Ríos se ha tenido que ir precipitadamente a Barcelona: Su hijo ha sufrido un accidente y está muy grave.

–Vaya por Dios. Lo siento mucho. Como ha debido salir del garaje con su coche, no lo he visto.

–De modo que la impaciente de mi hermana Amelia deberá seguir esperando.

Roberto meneó la cabeza mientras echaba azúcar a su café.

–No le va a gustar… Está deseando acabar con todo esto…

–Y yo. Pero los imprevistos tienen estas cosas… De todas formas esta última sesión se estaba prolongando demasiado. Llevábamos más de una hora de regresión y todavía no había alcanzado el siguiente recuerdo

–¿Crees que no podrás llegar hasta el final, hasta el siglo XI? –me miró, alarmado.

–No lo sé. Espero que sí, pero ya te digo que me está costando mucho profundizar…, retroceder…

–Y además ahora esta interrupción… –Roberto tomó un sorbo de café–. En fin, por nuestra parte tenemos todo preparado.

–¿A qué te refieres?

–Al depósito arqueológico. Ya hemos conseguido un contacto. Nos facilitará la entrada y podremos coger los restos… Están guardados en cajas que se hallan almacenadas juntas según unidades estratigráficas de excavación… –me miró con el ceño fruncido pero con mirada divertida–. No me preguntes qué puñetas es eso porque no lo sé. El caso es que en uno de esos montones de cajas, correspondientes a lo encontrado en el patio del colegio San Roque, estará el esqueleto que queremos… Podríamos hacernos con él mañana mismo, para lo cual necesitaríamos tu ayuda, pero Amelia dice que lo mejor será esperar a que averigües qué es lo que debemos hacer con él. No es cuestión de robarlo y tenerlo escondido indefinidamente…

–¿Y por qué necesitáis mi ayuda?

–Para no equivocarnos y para ganar tiempo… En ese almacén debe haber cientos o miles de cajas. Y aunque nuestro contacto se ha comprometido a facilitarnos la entrada y a indicarnos dónde podemos encontrar las cajas que nos interesan, hemos de cerciorarnos de que nos llevamos las correctas, y a ser posible una sola: la que contenga el esqueleto. Así todo será más rápido, más seguro y menos sospechoso… Y solo tú podrás indicarme cuál de todas esas cajas será la que nos llevemos, sin necesidad de ir abriéndolas una a una. Amelia está convencida de que podrás hacerlo.

–Yo no estoy tan segura… Aunque supongo que, si la tengo delante, sabré distinguirla por… por la llamada…

La voz se me fue apagando conforme iba imaginándome el momento de tener delante de mí la caja que contenía el esqueleto. Un escalofrío me recorrió de repente la espalda como un latigazo inesperado. Mi rostro debió demacrarse, pues Roberto me miró preocupado.

–¿Te encuentras bien?

–Más o menos.

–Por la palidez de tu cara deduzco que no te apetece mucho que llegue ese momento, ¿verdad?

–Ya lo creo… Pero habrá que hacerlo. Y ojalá y que llegue pronto. Como Amelia, yo también deseo acabar con esto cuanto antes… Además, cada vez me cuesta más ver lo que tengo delante… Es muy posible que dentro de un par de semanas ya esté completamente ciega, o casi…

–De verdad que lo siento… Desde luego, no envidio vuestra herencia genética –sonrió comprensivo–. Aunque he de reconocer que tenéis una historia increíble.

–O sea, que te alegras de no ser de verdad pariente de Amelia –le devolví la sonrisa.

–No, qué va… Lo que te dijo ella es verdad. Siento que me quiere como a un hermano. Y yo también la quiero… Por ella sería capaz de cualquier cosa.

Me pareció que se sonrojaba levemente, desviando su mirada de la mía. Respeté su turbación durante unos segundos, antes de preguntarle:

–¿Cuánto tiempo hace que le diagnosticaron la atrofia óptica de Lebel?

–No lo sé exactamente. Ella te lo dirá. Pero calculo que hace ya un par de meses… ¿Y a ti?

–Algo menos, pero me da la impresión de que debemos estar en una situación parecida, en cuanto a la evolución de la enfermedad. Sólo que a ella se la ha manifestado más joven…

–La pobre lleva una racha… –se lamentó–. Pero no se queja. Es fuerte. Dura… Dura por fuera pero tierna y sensible por dentro… Siempre ha sido así. Cuando éramos niños y nos peleábamos, nunca se rendía, aunque la tuviera debajo de mí, inmovilizada… En cambio yo estaba deseando fingir que me había hecho daño, para que se le pasara el enfado en seguida y se preocupara por mí…

–¿Sabe ella que la quieres?

–Claro. Ya te digo que somos como…

–Pero no como hermanos. ¿Lo sabe ella?

Roberto me miró fijamente. Era la primera vez que lo veía tan serio. Su aura se enturbió y oscureció ligeramente, pero en seguida se recuperó, brillando y clarificándose al mismo tiempo que se reblandecía su mirada. Negó con la cabeza y desvió sus ojos de los míos.

–Bueno, al menos tú sí que lo sabes… –Noté que volvía a ponerse tenso, así que resolví no continuar con aquel asunto–. Perdona, no tenía que haberte dicho nada sobre vuestra relación… Te ruego que me disculpes.

Tardó unos segundos en volver a mirarme y, cuando lo hizo, sus ojos me sonrieron tímidamente.

–¿Quieres que te lleve a tu casa? Tengo el coche aparcado en el parking subterráneo.

–Gracias –acepté–. En cuanto llegue telefonearé a Amelia.

Roberto no quiso entrar en el chalé. Dijo que debía volver cuanto antes a Elche. Eran las seis y media de la tarde, pero el sol ya se había ocultado y parecía como si el día estuviera a punto de acabarse. Llamé a Amelia por el teléfono fijo y estuve hablando con ella durante más de media hora. Además de contarle el resultado de la sesión de hipnoterapia de la mañana y el motivo por el que hubo de interrumpirse la de la tarde –lo que la disgustó tanto como me había pronosticado Roberto–, hablamos sobre los planes para rescatar –quizás ese no sea el verbo apropiado– el esqueleto de la que suponíamos era nuestra antepasada del almacén arqueológico de Las Cigarreras. Y también como me había anticipado Roberto, me dijo que, en su opinión, lo mejor era esperar a que conociéramos qué debíamos hacer con dicho esqueleto, antes de hacernos con él. Me preguntó cuándo creía yo que podríamos continuar con las sesiones y le respondí que no lo sabía, que trataría de hablar con Joan cuanto antes. Por último, también hablamos de Roberto. Le conté que me lo había encontrado a la salida de la clínica y que me había traído a casa.

–Es un buen chico –apostillé.

–Ya lo creo.

–Y se preocupa mucho por ti.

–Sí, lo sé… Nos queremos mucho.

–Se os nota… –me callé y dejé que las palabras pronunciadas quedaran suspendidas en el hilo telefónico como pensamientos inconclusos.

–¿Qué quieres decir?

–Nada. Nada más que eso: Que se nota que os queréis mucho… Bueno, te volveré a llamar en cuanto tenga alguna novedad. Adiós.

–Adiós.

Telefoneé al móvil de Joan cuando faltaban unos pocos minutos para las diez de la noche. Contestó en seguida. Por su tono de voz noté que estaba preocupado pero no excitado ni asustado. Jordi, su hijo de veintinueve años, había sufrido en efecto un accidente al mediodía en un cruce del centro de Barcelona. Un coche se saltó un semáforo y chocó contra el suyo, en el que solo iba él. Lo llevaron inconsciente al hospital con heridas abiertas en la cabeza y en la pierna y el brazo izquierdos. Le habían operado de urgencia para cerrarle las heridas. Hacía sólo unos minutos que había despertado. Seguía grave pero los médicos creían que podría recuperarse, si durante las siguientes veinticuatro horas no surgían complicaciones debido al golpe recibido en la cabeza. Quedamos en que me llamaría al día siguiente.

Aquella noche volví a sufrir un ataque de terror nocturno. Me desperté temblando y tremendamente asustada junto a la puerta del chalé, que por suerte había cerrado con llave antes de acostarme. Había tenido una pesadilla terrible en la que de nuevo había sentido aquella voz femenina que me llamaba, que reclamaba mi ayuda. Pero además esta vez vi de donde partía dicha voz: de una especie de disco luminoso, blanco como la leche pero transparente como el agua, en cuyo interior había una figura en postura sedente. Quise acercarme al disco luminoso para liberarla, pero por más que lo intentaba no conseguía aproximarme lo más mínimo.

Joan me telefoneó, tal como habíamos quedado, el sábado a las diez de la mañana. Estaba contento porque su hijo mejoraba por momentos. Ya le habían curado el brazo y la pierna, y aunque parecía una momia, en palabras de Joan, todo parecía indicar que iba a recuperarse.

–No sé cuándo iré para allá. Pero espero que sea pronto. Si todo va bien, quizá el lunes regrese. Pero no puedo asegurártelo…

–Comprendo. Ahora mismo no hay nada más importante que tu hijo.

–Por supuesto.

–Por eso no debes tener prisa por volver.

–Claro. Aunque ya te digo que, si todo va bien…

–Esta noche he pensado que tal vez… ¿Recuerdas que me dijiste que mi nivel de concentración y autosugestión es tan grande que podría hipnotizarme yo sola?

–Pero eso era… No estarás pensando en autohipnotizarte, ¿verdad?

–¿Por qué no? Cierta vez me contaste que los pacientes podían realizar entrenamientos mediante la grabación de una inducción con la voz del hipnólogo…

–Pero eso es para practicar con las dos primeras fases, y a ti no te hace falta… Lo importante en tu caso es que debe haber alguien que te guíe en la tercera fase, en la regresión. Un especialista capaz no sólo de inducirte sino también, llegado el caso, de revertir el proceso hipnótico. Como pasó precisamente ayer, cuando interrumpí la sesión. Es importante que haya a tu lado alguien que sepa rescatarte, de inducirte, si fuera necesario.

–Pero hasta ahora no ha sido necesario. Aparte de ayer, que fue por un motivo externo…

–Es verdad. Pero eso no quiere decir que no pueda ser necesario en el futuro, durante las próximas sesiones. Piensa que cada vez las regresiones son más largas y costosas de alcanzar… ¿Y si en algún momento precisas ser rescatada y no hay nadie junto a ti para ayudarte?

–¿Quieres decir que podría quedarme hipnotizada indefinidamente si no hay nadie que me despierte?

–No, la hipnosis no es indefinida. Si por cualquier circunstancia el hipnólogo abandonase a un paciente en estado hipnótico, éste pasaría más tarde o más temprano a un estado de sueño normal y acabaría despertándose con normalidad, sin secuelas de ningún tipo. Pero yo me estoy refiriendo al supuesto en que el paciente precise su reversión inmediata por culpa de una excitación sobrevenida o un estado de terror inducido por culpa de una visión concreta. En estos casos, si no se actúa con celeridad, las consecuencias pueden contribuir a un grave empeoramiento del paciente… Si estás pensando en la autohipnosis, yo te la desaconsejo, Patricia. Además, ¿para qué correr riesgos innecesarios? Te repito que estaré de vuelta pasado mañana. ¿Acaso no puedes esperar hasta el martes?

–Vale. No te preocupes, te esperaré.

Pero el lunes Joan no regresó de Barcelona. Su hijo había sufrido una recaída el día anterior y debieron intervenirle de nuevo para extirparle un pequeño coágulo que se le había formado en el cerebro. La operación fue bien y los médicos pronosticaron una pronta y, muy probablemente, total recuperación, pero Joan decidió quedarse unos días más junto a él.

Aquel mismo lunes, a las ocho de la tarde, volvimos a hablar por teléfono Joan y yo por tercera vez. Me alegré por las buenas noticias que me daba de su hijo, pero a continuación le planteé la posibilidad de autohipnotizarme.

–Llevo varias noches soportando ataques de terror nocturno, a cual más horrible. Esta noche pasada, por ejemplo, he roto los cristales de la puerta corredera que da al jardín. Cuando me desperté, acababa de estrellar una silla contra ella. Estaba descalza. Fue un milagro que no me hiriera, que no me cortara con alguno de los trozos de cristal que salieron disparados por todas partes –le dije, rompiendo la promesa que me había hecho a mí misma de no contárselo. Pero empezaba a estar realmente desesperada y se me escapó. Necesitaba terminar con todo aquello lo más rápidamente posible. Antes de que me volviera loca.

–Está bien… –pensó–. ¿Por qué no dejas que te ayude Arnaldo? Es un buen hipnólogo. No tiene mi experiencia, pero conoce lo que estamos haciendo y podrá guiarte debidamente. Además, es importante que quede grabada cada sesión y que haya alguien que te interrogue durante la regresión, para que tus descripciones y explicaciones sean las adecuadas. Si quieres, hablaré con él y…

–No sé, Joan. Lo de que las sesiones queden grabadas ha pasado para mí a un segundo plano… Para mí lo más importante ahora mismo es continuar cuanto antes con las regresiones, hasta alcanzar el final.

–Lo entiendo. Pero deja que te ayudemos. ¿Para qué arriesgarte a hacerlo sola?… Por favor…

Le noté tan desesperado, tan sinceramente preocupado por mí, que acepté.

Joan habló por teléfono con Arnaldo y al día siguiente, martes 27 de diciembre, éste me esperaba a las nueve en punto de la mañana en la Clínica Hipnos, para reiniciar la siguiente sesión de hipnoterapia.

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