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Brooklyn 1895

Brooklyn, 1895 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 10 | Brooklyn, agosto de 1895 | Claudio | Se despertó sobresaltado pero sin motivo aparente, ya que estaba disfrutando, por primera vez en mucho tiempo, de un sueño agradable. Tenía que ver con su abuela paterna, Dora, y su esposa, Rosario. Se reían juntas, pues les había hecho gracia algo que él había hecho o dicho. Si bien ambas mujeres realmente no habían llegado a conocerse –su abuela española había fallecido en Palermo en 1840, cuando él tenía ocho años–, desde que viera a Rosario por vez primera había soñado muchas veces con ellas juntas, como si se conocieran y se tuvieran mucha confianza. Claudio conocía el motivo de aquel sueño, hasta hacía un par de años tan reiterativo: la primera vez que vio a Rosario –que tenía entonces cuarenta años– le impresionó lo mucho que le recordaba a su abuela –que murió pasada la cincuentena–: morenas, menudas, dinámicas, risueñas. Ambas hablaban español, aunque habían nacido en continentes distintos: Rosario era natural de La Habana, mientras que su abuela Dora había nacido en un pueblo de España: Castilla o Castella creía recordar Claudio que se llamaba. Pero lo que más le sorprendió fue el lunar que Rosario tenía en mitad de la frente, poco más arriba del entrecejo, de color carmesí; un lunar que también tenía, casualmente, su abuela Dora.

Rosario se removió en la cama, al lado de Claudio. Hacía mucho calor y no entraba nada de aire por la ventana abierta que había en la pared de enfrente. Era de noche y los visillos estaban completamente quietos. Nada de brisa; nada de ruido. Por la ventana sólo entraba, tenue, una claridad blanquecina, mezcla de la luminosidad lunar y de otra artificial que procedía de la farola que la Edison Electric Illuminating Company de Brooklyn había colocado pocos años antes en la esquina de la calle Sherman con Reeve Place. Rosario volvió a moverse, pero no se despertó; como él, tenía la sábana a la altura de las rodillas. El camisón blanco, corto, escotado, permitía vislumbrar sus pechos. Pechos enfermos, donde radicaba el mal que la venía matando desde hacía dos años.

Se puso de lado, mirando a su esposa, en busca de una posición que le ayudara a conciliar de nuevo el sueño. A pesar de que estaba cansado –a sus sesenta y tres años trabajaba diez horas diarias, seis días a la semana, en la construcción de la estación de bomberos que serviría a la zona de Windsor Terrace, ubicada entre Fort Hamilton Parkway y la avenida Greenwood–, le pareció que le costaría volver a dormirse. Así que recurrió a recuerdos agradables para tratar de atraer a Morfeo.

Claudio Aldani había llegado a Brooklyn en la primavera de 1870, con treinta y ocho años de edad, y viudo. Su esposa había fallecido cinco años atrás dando a luz a un niño que nació muerto. Lo mismo le había sucedido unos años antes a su madre, Beatrice, después de parirle: Su hermano mellizo llegó de nalgas y con el cordón umbilical rodeándole el cuello. Sólo él sobrevivió al parto. Su padre, Raffaello, vivió los dieciocho años siguientes sumido casi permanentemente en una resignada amargura. De familia humilde, Raffaello trabajó en el puerto de Palermo como estibador hasta su muerte, en 1850. A Claudio le dejó tres cosas en herencia: su puesto de trabajo en el puerto, una casucha en ruinas y el viejo clarinete que fuera del abuelo Piero, que su padre nunca había aprendido a tocar. Por culpa de las epidemias y las crisis económicas que sufrieron Palermo y muchas de las empresas mercantiles sicilianas, Claudio perdió su trabajo en el puerto a finales de 1869. Así que, sin nadie que le retuviera, malvendió la casa y compró un pasaje para venir a América. Trajo un equipaje ligero, con el viejo clarinete guardado en su estuche como único objeto de valor, y no económico, sino sentimental.

No había entonces muchos italianos en Brooklyn. Aun así, en un papelito traía Claudio apuntado el nombre y la dirección de un paisano que no conocía, pero que era pariente de un amigo suyo de Palermo. Paolo Canicatti se llamaba este siciliano que hacía ya diez años que había emigrado a América. Canicatti –un hombre cincuentón, casado y con ocho hijos– le recibió con hospitalidad: le consiguió trabajo con él en el puerto de Red Hook y le permitió dormir en un rincón de su pequeña y atestada casa, hasta que consiguió alquilar un angosto apartamento en la calle Seabring.

Claudio trabajó como estibador en el puerto sólo tres meses, pues tuvo la fortuna de conocer y hacerse amigo –a pesar de no saber apenas inglés– de un irlandés llamado John O’Keefe. Algo más joven que él –tenía treinta y dos años–, casado y con tres hijos, John dejó el empleo de estibador en cuanto su tío Patrick le contrató para trabajar en la construcción del puente que uniría las ciudades de Brooklyn y Nueva York. «Si quieres, le hablo de ti a mi tío», le ofreció John, un día antes de despedirse de sus compañeros del puerto. «Pero yo nunca he trabajado en la construcción», repuso Claudio, empleando más palabras italianas que inglesas. «Yo tampoco, pero no importa para el trabajo que vamos a hacer. Necesitan hombres jóvenes y fuertes». John habló con su tío y Claudio empezó a trabajar en la construcción del puente de Nueva York y Brooklyn a finales de octubre de 1870.

Las obras del puente habían sido iniciadas el 3 de enero de aquel mismo año de 1870; y lo que Claudio averiguó muy pronto –John O’Keefe no se lo había mencionado, quizá porque su tío tampoco se lo había dicho a él–, era que, en el transcurso de aquellos diez meses, más de dos decenas de obreros habían sufrido un accidente trabajando, algunos de ellos perdiendo la vida. El tío de John y otros maestros de obra habían contratado en un principio a seiscientos obreros inmigrantes y, para cubrir las bajas causadas por los accidentes, habían recurrido a estibadores, hombres fuertes y acostumbrados al trabajo duro. El propio ingeniero John Augustus Roebling, diseñador del puente y responsable de su construcción, fue víctima de uno de estos accidentes: Se le fracturó un pie cuando un transbordador chocó contra un muelle, le amputaron los dedos y, pocas semanas después, murió de tétanos. Le sucedió en la dirección de las obras su hijo, Washington, quien cayó gravemente enfermo a causa de su trabajo en los pozos de cimentación. Para recuperarse del síndrome de descompresión –más conocido por Claudio y demás obreros del puente como enfermedad de los buzos–, Washington Roebling se retiró a su residencia de Trenton, en Nueva Jersey, dejando que fuera su esposa, Emily Warren Roebling, quien se encargara de dirigir las obras, aprendiendo ingeniería y comunicando las instrucciones de su marido a los ayudantes sobre el terreno. A pesar de las durísimas condiciones en que trabajaban –tan peligrosas como la utilización de dinamita para la excavación del terreno por debajo del río, donde se construyeron arcones neumáticos–, al igual que el resto de los obreros Claudio llegó a sentir verdadera admiración por aquella mujer tan singular. Cuando el 24 de mayo de 1883 el puente se inauguró, ella fue la primera persona en cruzarlo. Aquel día Claudio Aldani se sintió orgulloso de haber participado en tan enorme y bellísima obra: el por entonces puente colgante más grande del mundo, el primero en ser construido con cables de acero, iluminado para la ocasión por setenta arcos de lámparas eléctricas. Por él circulaban dos vías férreas, otras dos para carruajes y un gran camino central para peatones. Había costado algo más de quince millones de dólares y, durante los trece años y medio que había durado la construcción, habían fallecido veintisiete obreros. Si bien Claudio había trabajado en varias partes del puente, fue en las dos torres de estilo neogótico donde más tiempo había permanecido, sobre todo en la que se asentaba en Manhattan.

Durante aquellos años, Claudio también tuvo una vida social; breve, puesto que trabajaba seis días a la semana desde el amanecer hasta el anochecer, pero intensa, sobre todo a partir de que conociera a Rosario.

Los primeros domingos tras su llegada a Brooklyn fue a oír misa con la familia Canicatti a un templo de Red Hook, hasta que su amigo y compañero John O’Keefe le convenció para que le acompañara a una iglesia próxima a su casa, a la que acudía con su familia: la de San Juan Evangelista, en la calle Veintiuno, cerca de la Quinta Avenida. Luego, solía quedarse a comer en casa de los O’Keefe, donde muy pronto empezaron a tratarle como a uno más de la familia.

Fue precisamente en esta iglesia católica de San Juan Evangelista donde Claudio conoció a Rosario, de su misma edad, viuda y sin hijos. La primera vez que la vio le recordó a su abuela Dora. Muy pronto se enteró de que aquella mujer madura y risueña era maestra en la escuela parroquial, que estaba muy entregada a la labor benéfica y comprometida con los ideales independentistas de Cuba, su isla natal.

Con la complicidad de Mary, la esposa de su amigo John O’Keefe, sólo tardó unas semanas en conseguir que le presentaran a Rosario. La señora Carmona, tal como era conocida por la mayor parte de los parroquianos, le devolvió el saludo, le sonrió bizqueando su ojo derecho ligeramente hacia dentro y, como le pasó siendo niño cierta vez en que estaba delante de su abuela Dora, le pareció que su lunar en la frente refulgía fugazmente. A la sazón Claudio se hacía entender en inglés lo suficiente como para mantener una sencilla conversación. Y esta primera con ella fue también una conversación sencilla y breve, pero lo bastante amena como para que Claudio se despidiera con la sensación de que habían congeniado, que le había caído simpático. Al cabo de un mes y varias conversaciones dominicales más en los alrededores de la iglesia, consiguió que Rosario aceptase su ofrecimiento de pasear juntos por Prospect Park. Fue el principio de una relación que acabaría en boda un año más tarde. Los padrinos de la ceremonia fueron John y Mary O’Keefe, para entonces amigos íntimos de los novios. Aunque respetada por todas las personas que la conocían, Rosario no tenía muchos amigos y carecía de familiares no sólo en Brooklyn, sino en todo los Estados Unidos.

Tras la boda, Claudio y Rosario se mudaron a un piso que habían comprado con sus ahorros en la calle Sherman –entre Prospect Park y el cementerio de Greenwood–, muy cerca de donde había vivido ella hasta entonces de alquiler. El mismo piso en el que seguían viviendo veintitrés años después.

Un ruido como el ocasionado por una ventana al cerrarse de golpe le hizo abrir los ojos. Sí, estaba seguro de que era el mismo tipo de ruido que le había despertado unos minutos antes. Por suerte, Rosario no llegó a despertarse, pese a removerse en la cama. El cuerpo de ella estaba húmedo; como el suyo. Quizá hasta podía tener algo de fiebre, pensó Claudio sin atreverse a tocar su frente.

Se levantó de la cama procurando no hacer ruido, pero los viejos muelles del somier soltaron un ruidoso suspiro de alivio al verse liberados del peso de su cuerpo. Y es que, pese a no comer ya tanto como cuando era joven, no conseguía bajar de las doscientas libras.

Descalzo y en calzones cortos, Claudio salió de su dormitorio y anduvo con paso lento por el corredor oscuro. No quiso encender ninguna luz para evitar que su esposa se despertara. Conocía tan bien su casa, que hasta con los ojos cerrados habría sido capaz de recorrerla entera sin rozar siquiera un mueble. Además contaba con la ayuda de la luna llena, cuya claridad entraba por la ventana y la puerta del balcón que había en el living, abiertas de par en par, adonde había llegado tras caminar una decena de pasos. Se acercó al balcón y miró al exterior, a la calle Sherman, en cuya esquina de la izquierda estaba encendida la farola eléctrica de alumbrado público. La calle estaba solitaria y silenciosa. Miró el reloj de pie que había palpitando en un rincón de la sala y consiguió escudriñar la hora que señalaba: las cuatro y diez de la madrugada. Un nuevo ruido proveniente de otra parte de la casa llamó en ese momento su atención. Parecía venir de los cuartos de los chicos.

Regresó al pasillo y volvió a avanzar por él, dejando esta vez a la derecha la puerta de la cocina. Al final del corredor, tras girar a la derecha, estaban las habitaciones de sus hijos. Ambas puertas estaban cerradas. Allí la oscuridad era casi completa; pese a ello cogió con seguridad el picaporte de la puerta que quedaba a la derecha, al mismo tiempo que decía en voz baja:

–Bea, ¿estás levantada?

Beatrice había nacido el 26 de junio de 1873, en aquella misma casa, cinco minutos antes que su hermano mellizo: Roberto. No lo esperaban, pero Rosario se quedó embarazada poco después de casarse; y, aunque el doctor Atchinson les advirtió de que era un embarazo arriesgado, pues Rosario tenía cuarenta y un años, y que el parto podía ser peligroso, éste fue en realidad rápido y sencillo, pese a ser doble por tratarse de mellizos. Fue un embarazo casi tan milagroso como el de santa Ana o el de Sara, madre de Isaac, según el sacerdote que bautizó a Beatrice y Roberto.

Nada parecida a su madre, de quien sólo había heredado las cejas anchas y el cabello rizado y oscuro, Beatrice había crecido siendo una niña callada y seria, con dificultades para los estudios, pues le costaba mucho aprender, a pesar de los denodados esfuerzos de su madre, que se había pasado domingos enteros enseñándola a leer y a escribir. «Tiene problemas para concentrarse y comprender lo que se le explica», le había contado Rosario muchas veces a su marido frustrada ante la imposibilidad de que su hija estudiara, como ella, en el Instituto Politécnico. Lejos de ello, a los quince años Beatrice abandonó el colegio católico en el que daba clases su madre y se dedicó a ayudar a ésta en sus labores de beneficencia, cuidando ancianos, huérfanos o ciegos en los asilos y hospitales que abría y sostenía el Brooklyn Bureau of Charities, con ayuda de la archidiócesis y la comunidad católica de la ciudad. Hasta que tres años más tarde, a los dieciocho, cayó enferma. Fue pocos días después de la muerte de Elizabeth O’Keefe, su mejor amiga, o mejor dicho, su única amiga. Beatrice empezó entonces a comportarse de una manera cada vez más extraña: apenas si salía de su habitación y mucho menos de casa, casi no hablaba y, cuando lo hacía, decía cosas que nada tenían que ver con lo que se le estaba diciendo. Era como si viviera encerrada en sí misma, viviendo una vida propia y a la que no tenía acceso nadie; ni siquiera su padre, que era la persona con quien mejor se llevaba después de su hermano. Pero es que a éste dejó de hablarle, de mirarle. De repente, era como si Roberto se hubiera vuelto invisible. Algo que ocurrió de verdad cuando se marchó de casa, tras alistarse a los dieciocho años en la Marina. Desde entonces había venido a casa una vez al año, de permiso, y sólo se le veía un rato por las mañanas, cuando se levantaba, pues se pasaba el día y buena parte de la noche fuera de casa, en compañía de su novia, Patricia O’Brien. Precisamente hoy, en este día que estaba a punto de comenzar, esperaban la llegada de Roberto, que por fin se había licenciado.

–Bea –volvió a llamar en voz baja, mientras abría la puerta. Los goznes chirriaron levemente. Dentro había una cama deshecha y vacía, una mesita, una silla y un armario. La ventana estaba enfrente, abierta, y por ella entraba la claridad lunar. Claudio se alarmó al no ver a su hija en la habitación. ¿Habría salido a la calle? No le parecía haber oído abrirse o cerrarse la puerta de la casa, una puerta que además él tenía la precaución de cerrar todas las noches con llave antes de acostarse, para evitar que Beatrice saliese de casa. Pero podía haber salido por la ventana. Aunque era un tercer piso, las fire escapes, las escaleras que las autoridades habían ordenado colocar en el exterior de los edificios desde hacía unos años, facilitaban la posibilidad de saltar a la calle por medio de ellas.

Los dos médicos que vieron a Beatrice –les costó mucho llevarla a sus respectivas consultas– coincidieron en que padecía un trastorno mental, eufemismo que tanto Rosario como él interpretaron como demencia. Una demencia que, según el parecer de ambos médicos, podía estabilizarse en un estadio inicial, como en el que estaba Beatrice, preocupante pero no peligroso. Y así pareció que iba a ser durante dos años, hasta que Rosario cayó enferma. A partir de entonces, el comportamiento de Beatrice varió para peor, deteriorándose también su cuerpo al no querer comer –lo hacía sólo cuando su padre la obligaba, quedándose con ella el tiempo suficiente como para que no pudiera vomitar la comida, y sólo por las noches, pues durante el día Claudio trabajaba–. Permanecía encerrada en su cuarto, en silencio, aunque a veces se oían algunos gritos que alarmaban a sus padres. Gritos cada vez menos esporádicos, pero que nunca se correspondían con un peligro real.

Sin embargo, esta noche…, la ventana abierta le hizo sentir un mal pálpito a Claudio, que se acercó a ella para ver la escalera de incendios, que bajaba en zigzag hasta la acera de la calle Siete. Y así estaba, asomado a la ventana, cuando sintió un terebrante y profundo dolor en el riñón derecho. Trató de moverse, de darse la vuelta, pero no pudo. Aquel tremendo y punzante dolor le dejó paralizado, sin fuerzas. Rápidamente, con la boca abierta pero sin decir nada, Claudio notó cómo sus piernas se iban debilitando y sus manos –agarradas al alféizar de la ventana– no podían sostener por más tiempo el resto de su cuerpo, que cayó al suelo lentamente.

Beatrice

Envuelta en las tinieblas del averno, oyó la voz de Satán, que la llamaba. Un momento antes, angustiada, había tratado una vez más de encontrar la salida de aquel infierno en que se hallaba encerrada, pero no la encontró.

–Debes escapar antes de que vengan a por ti –le había advertido Elizabeth.

Desesperada, Beatrice anduvo con sigilo por aquel camino tétrico y caluroso que se internaba en el infierno, guiada por Elizabeth, que había venido a rescatarla desde el mundo de los espíritus. Como tal, su querida amiga no caminaba, sino que se desplazaba como en volandas; su cuerpo no era sólido, sino transparente y brillante, como el de un ángel. La llevó hasta un lugar donde encontraron varios cuchillos; Elizabeth le indicó el más grande.

–Agárralo por si tienes que defenderte.

Así lo hizo Beatrice, quien regresó acto seguido por el mismo sendero hasta su celda, siguiendo el rastro luminoso y vaporoso de Elizabeth.

De pronto, oyó el ruido de unos pasos, de alguien que venía detrás de ella.

–Es él, es Satán –avisó su amiga, precipitándose en silencio dentro de la celda–. Corre, cierra la puerta.

Después de cerrar la puerta de su celda, Beatrice se acercó al agujero que había en el muro de enfrente. Un agujero por el que se había asomado antes muchas veces, con la esperanza de encontrar un modo de escapar, pero cuya visión del exterior siempre la había desanimado y aterrorizado todavía más. Fuera había un precipicio en cuyas profundidades se divisaba el fuego eterno del averno. Volvió a asomarse por el agujero y volvió a asustarse al ver allá abajo un río de llamas, como si mirase por dentro del cráter de un volcán en erupción. El calor era insoportable y el olor a azufre, asfixiante.

–Bea, ¿estás ahí?

Al oír aquella voz gutural que la llamaba desde el otro lado de la puerta, Beatrice dio un respingo. Se volvió con los ojos muy abiertos, aterrada, asiendo con fuerza el mango del cuchillo con su mano derecha.

–Ven, escóndete aquí –le dijo Elizabeth, que fue a colocarse junto a la puerta.

Beatrice corrió a reunirse con su amiga, justo un momento antes de que la puerta se abriera lentamente, llegando la hoja hasta un palmo de su nariz. Pegada al muro y con los ojos cerrados, aguantó la respiración, mientras sentía cómo Satán entraba en la celda.

–Tienes que defenderte –musitó Elizabeth, más como una orden que como un consejo–. Vamos, es la ocasión que esperábamos.

Beatrice abrió los ojos y, muy despacio, fue empujando la hoja de la puerta, hasta ver por fin a Satán, desnudo, grande y de espaldas, que se asomaba por el agujero.

–¡Ahora! –susurró en su oído la amiga.

Haciendo acopio de las pocas fuerzas que tenía, Beatrice se acercó muy despacio a Satán, bordeando el camastro que había en medio. Y cuando estuvo a un paso de su espalda, enorme y encorvada, le clavó más con desesperación que con resolución el cuchillo. La hoja se incrustó en aquel cuerpo diabólico con más facilidad de la que ella había esperado. Entonces lo removió, temerosa de que se volviera y la devorara.

Satán no dijo nada; ni siquiera se quejó. Su cuerpo tembló y luego, lentamente, fue cayendo al suelo.

–¡Bien hecho! –la felicitó Elizabeth–. Ahora, busquemos las llaves del infierno. Deben estar en la guarida de Satán.

Beatrice corrió detrás del ángel, de nuevo por el sendero tenebroso que llevaba al corazón del averno, bordeado de precipicios por los que ascendían horribles lenguas de fuego. Aliviada por el modo relativamente fácil con que se había librado de Satán, aunque preocupada por si se encontraba frente a otros diablos, anduvo con paso ágil por entre las tinieblas, siguiendo a su guía, hasta que arribaron a una cavidad que Elizabeth reconoció como escondite satánico.

Allá dentro, iluminada por las llamas que rodeaban la cavidad, estaba el lecho de Satán, sobre el cual se encontraba, voluptuosa y aparentemente dormida, una mujer de siniestro aspecto: serpientes en vez de cabello como Medusa, un único ojo –ahora cerrado– en la frente como Cíclope, cuerpo cubierto de escamas, pechos aplastados por los que se escapaba un mortífero veneno, manos y pies con garras como las de un ave de rapiña…

–Busca las llaves –murmuró Elizabeth en su oído, sacándola así del aturdimiento que le había producido la visión de aquella diablesa.

Beatrice buscó y rebuscó por tan tétrico aposento, donde el olor a azufre era tan intenso como el calor, hasta que por fin encontró las llaves en la cabecera de la cama. Al tomarlas con su mano izquierda, produjeron un sonido ligero, pero que fue lo bastante sonoro como para despertar a la diablesa.

–¿Bea? –preguntó aquel monstruo tras abrir su único ojo, grande y encarnado como una llaga recién abierta.

Beatrice se quedó petrificada por el terror, mirando fijamente aquel maléfico ojo que la observaba de arriba abajo.

–¿Qué pasa?

–¡Mátala! ¿No ves que es Lilith, la esposa de Satán? ¡Mátala! –ordenó Elizabeth, que estaba en la entrada de la caverna.

–¿Qué es eso? –preguntó Lilith al ver con su ojo el cuchillo que Beatrice llevaba en su diestra, y que ahora levantaba con indecisión–. ¡Oh, Dios mío, ¿qué has hecho?! –exclamó la diablesa con voz de sorpresa y alarma. Una voz que a Beatrice le resultó remotamente familiar.

–¿A qué esperas, a que te devore? ¡Mátala! –la apremió Elizabeth con voz alta e imperiosa.

–Tienes el camisón manchado de… ¡Oh, Señor!

La diablesa se había incorporado, apoyando un codo en el lecho, mirándola con su único ojo carmesí y exclamando con voz cada vez más asustada. Sólo que su aspecto ya no era tan terrible: las serpientes habían desaparecido de su cabeza, donde ahora sólo había un cabello alborotado y entrecano. Y esa voz, esa manera de llamar al Señor…

–No te dejes engañar. Se transforma para que te confíes y poder atacarte… No dejes que lo haga. ¡Mátala como mataste a Satán! –le advirtió el ángel, irritado.

–Soy yo, cariño. Soy mamá. Deja el cuchillo, por favor.

El tono suplicante de la diablesa se parecía cada vez más al de alguien conocido. Decía ser su mamá…, y su aspecto…

–¡Mátala, ¿me oyes?! ¿Para qué me has hecho venir en tu auxilio si no me haces caso? No dejes que se te acerque.

Aquella mujer, con un aspecto cada vez más humano y familiar, se había puesto de pie y se la acercaba con las manos abiertas y extendidas, como queriéndola tranquilizar.

–Dame el cuchillo, hija. Dámelo.

Beatrice se dio cuenta de que había estado retrocediendo varios pasos cuando se vio en los pies de la cama. Una cama que ya no estaba en un antro infernal, sino en una habitación conocida…, que le resultaba familiar.

–¡Cuidado!

El grito de Elizabeth le produjo un sobresalto tal que, de repente, toda la escena cambió. Con una brusquedad terrorífica, se encontró de nuevo frente a Lilith, horrible ser de cabello serpentino, ojo furioso, lengua larga y bifurcada, garras en vez de manos…, que se le aproximaba amenazadoramente.

–¡Mátala! –volvió a gritar el ángel, y Beatrice, aterrorizada, obedeció clavando el cuchillo con todas sus fuerzas en medio de aquellos pechos arrugados y ponzoñosos.

Rosario

Cuando se despertó y vio que su marido no estaba en la cama, no se preocupó. Con el calor que estaba haciendo esas noches, Claudio se levantaba muchas veces para beber agua o salir al balcón que había en el cuarto de estar, buscando algo de brisa que le ayudara a refrescarse.

Así que Rosario volvió a cerrar los ojos. Estaba cansada y, a pesar de sentir su cuerpo húmedo, sabía que aún podría dormir un poco más. Aunque nunca había sido muy dormilona, desde que enfermara prefería pasar el mayor tiempo posible durmiendo, reencontrándose en sueños con un mundo mejor, donde no existía el cáncer, ni la locura, ni el suicidio, ni la disputa, ni los celos… Nada de lo malo que le había acometido durante los últimos años.

Rosario Carmona había nacido en La Habana en 1832 y, con dieciocho años, había abandonado Cuba y su familia para unir su vida a la del hombre del que estaba enamorada. Se llamaba Ramiro Fuentes, era periodista y discípulo de Cirilo Valverde, uno de los cabecillas de la rebelión cubana. Para evitar la prisión por su actividad revolucionaria, Ramiro había venido exiliado a Nueva York en 1850, y Rosario vino con él sin el permiso de sus padres. Se casaron en seguida y vivieron en un pequeño apartamento de Williamsburg. Ramiro trabajaba como redactor de La Verdad, un periódico neoyorquino dirigido bajo el lema «El Patriotismo cubano sostiene este periódico para publicarlo gratis», y cuyas páginas estaban dedicadas casi en su totalidad a promover y a auspiciar la anexión de Cuba a Estados Unidos. Pero al año siguiente Ramiro se enroló en la nueva expedición que había organizado el general Narciso López. Este militar nacido en Caracas en 1798, antiguo capitán general del ejército español, se había convertido en el principal jefe militar de la rebelión cubana. En esta ocasión, la expedición estaba formada por cuatrocientos hombres, casi todos naturales de Nueva Orleans y mercenarios, pues muy pocos eran cubanos, como Ramiro. El 12 de agosto de aquel año de 1851, a bordo del Creole, López y sus cuatrocientos hombres fueron hasta Cuba, donde desembarcaron con la pretensión de establecer una república independiente y su posterior anexión a los Estados Unidos. Pero, como las anteriores intentonas de López, también esta acabó en fracaso. El general cayó prisionero en Pinos de Rangel y fue ejecutado por traición, mediante garrote vil, el primer día de septiembre en la habanera explanada de La Punta. Muchos de los expedicionarios murieron combatiendo en Pinos de Rangel, entre ellos, Ramiro, según le informaría el maestro de éste, Cirilo Valverde, que permaneció en Nueva York.

Viuda y sin hijos, manteniendo su apellido de soltera, Rosario Carmona no quiso volver a La Habana, pues sabía que no sería bien recibida por su padre. Así que, bajo la tutela de Valverde, director de La Verdad en 1852, ocupó en este periódico el puesto de redactora que había dejado vacante su difunto esposo. Pero la dirección y la redacción de La Verdad fueron trasladadas dos años más tarde a Nueva Orleans, por lo que Rosario sobrevivió a partir de entonces colaborando con otros periódicos neoyorquinos –Weekly Journal, New York Gazette, Evening Post…–, estudiando en el Instituto Politécnico de Brooklyn, nacionalizándose estadounidense y, por fin, trabajando como maestra en una escuela católica de Brooklyn.

También durante estos primeros años supo de su familia a través de las cartas que mandaba y recibía de su madre, hasta la muerte de ésta. Por ellas supo que su hermana María del Carmen se había casado e ido a vivir a España y que su hermano mayor, Diego, había vuelto de Filipinas tras la muerte de su padre, pero para marchar en seguida también hacia España.

Durante los largos veinte años que vivió sola, Rosario no conoció a ningún hombre que le interesase. Hacía vida social, pero limitada casi en exclusividad a un círculo muy concreto de gente, relacionada toda ella con el colegio en el que trabajaba y a las asociaciones benéficas con las que colaboraba. Estaba pues resignada a terminar sus días como una vieja casta, cuando a los cuarenta años conoció a un italiano de su misma edad y, como ella, viudo y sin hijos. Un hombretón alto y fornido, rubio y de ojos verdes, con una sonrisa maravillosa, generadora en sus mejillas de hoyuelos similares al que tenía fijo en su barbilla, que la miraba con una admiración desconcertante y que, con el tiempo, comprobó era tan tozudo como amable. Siendo además un buen católico, Rosario no tardó mucho tiempo en aceptar su propuesta de matrimonio, pues ambos tenían ya una edad que no recomendaba un noviazgo largo.

Claudio trabajaba en la construcción y entre ambos compraron un piso nuevo en la calle Sherman, cerca del lugar donde seis años más tarde sería levantada la nueva parroquia católica del Santo Nombre de Jesús –esquina de las avenidas Novena y Prospect–, dirigida por Thomas S. O’Reilly, un sacerdote de origen irlandés. Dentro y en los alrededores de esta iglesia transcurrió buena parte de la vida de los Aldani a partir de entonces, pues participaron muy activamente en todas las actividades parroquiales impulsadas por el padre O’Reilly. En 1882 se construyó la casa parroquial y, tres años más tarde, se abrió la escuela del Santo Nombre, un edificio de madera situado en la avenida Novena, cerca de la calle Diecisiete, donde acudieron seiscientos niños y niñas –entre ellos los mellizos Aldani–, para recibir clases impartidas por cuatro hermanas de San José y tres profesores seglares, uno de los cuales era Rosario.

Abrió los ojos tras captar sus oídos un ruido metálico y cercano. Por lo visto había vuelto a dormirse, pensó un instante antes de descubrir junto a ella, de pie y en la cabecera de la cama, una figura inmóvil, sutilmente iluminada por la claridad que entraba por la ventana. Tardó en reconocer a su hija debido a la terrible expresión de su rostro, a la forma tan inquietante y extraña como la miraba, con ojos muy abiertos, en los que se reflejaba casi tanto rencor como pavor.

–¿Bea? –inquirió sorprendida, pese a haberla reconocido.

Porque era Beatrice, en efecto, a pesar de que ya no parecía su hija de siempre debido a su extrema delgadez y a la transformación que habían experimentado los rasgos de su cara, en conformidad con el deterioro de su mente.

Beatrice había sido una niña muy guapa. Nació unos minutos antes que su hermano Roberto. Ambos habían sacado más parecido a su padre que a ella: esos hoyuelos tan encantadores que aparecían en sus mejillas al sonreír, parecidos a los que tenían en la barbilla; ese gusto exagerado por todo cuanto supiera u oliera a canela; ese placer tan extravagante que sentían olisqueando las prendas de ropa recién lavadas, como si fueran flores recién cortadas… Si bien era Roberto el que más parecido físico tenía con su padre, debido sobre todo a su corpulencia, su pelo rubio, sus ojos verdes y su…, a veces, desesperante testarudez. Beatrice, por el contrario, tenía el cabello y los ojos más oscuros y las cejas más anchas, como ella.

–¿Qué pasa? –preguntó entre preocupada y aturdida, al mismo tiempo que veía lo que su hija tenía en su mano izquierda: las llaves de la puerta de la casa, que acababa de encontrar encima de la mesita y que volvieron a tintinear como una campanilla. Un instante después vio un reflejo metálico en la otra mano de Beatrice, mientras la levantaba lentamente–. ¿Qué es eso? –volvió a inquirir, un segundo antes de ver el cuchillo grande que empuñaba y que debía de haber agarrado en la cocina.

Poco después de entrar en la pubertad, Beatrice se había vuelto una niña cada vez más seria, más solitaria. No le gustaba salir de casa y le costaba mucho hacer amigas. Rosario achacó en un primer momento este comportamiento a su dificultad para aprender. Muy probablemente, pensaba, esa dificultad la avergonzaba y la había hecho más retraída, quizá también porque otras niñas se burlaban de su torpeza, aunque ella, que era maestra en el mismo colegio, no recordaba que tal cosa hubiera ocurrido. Pero bien sabía Rosario que mucho de lo que sucedía entre compañeras de clase eran ignoradas por los profesores y por los padres, a los que no siempre se les contaba todo, ya fuera por vergüenza o por miedo. Hasta podía ser que nadie se burlara de Beatrice y que fuera ella sola la que había empezado a acomplejarse al verse rezagada en los estudios con respecto a sus compañeros… Pero todo siguió igual cuando dejó la escuela y estudiaba en casa, con ella. De todas las niñas que había conocido sólo mantuvo una relación estable y duradera de amistad con Elizabeth, la quinta y más pequeña de los hijos de John y Mary O’Keefe. De la misma edad que Beatrice, Elizabeth era una chica espabilada, alegre y resultona –esbelta, rubia y con ojos azules– que, para desgracia de todos, se enamoró de Roberto, hermano mellizo de Beatrice. En un principio fue un enamoramiento secreto, hasta que Beatrice accedió a las súplicas de su amiga e intervino para concertar una cita. Los tres tenían diecisiete años. Durante varios meses –primavera y verano de 1890– Roberto y Elizabeth estuvieron saliendo juntos, bien en grupo o a solas, lo que contribuyó a que la amistad entre Beatrice y Elizabeth se estrechara aún más, pues veían con mucha ilusión la posibilidad de emparentar, de convertirse en cuñadas. También las familias Aldani y O’Keefe veían con buenos ojos la relación entre Roberto y Elizabeth. Pero todo acabó cuando Roberto conoció a Patricia O’Brien en el Conservatorio Nacional de Música de Nueva York. Tan apasionadamente se enamoró de Patricia que, pese a que ella no le hizo mucho caso, Roberto –tan testarudo como su padre– no dudó en romper con Elizabeth, a pesar de los ruegos de su hermana y las llamadas a la precaución de su madre, e insistió en sus deseos de cortejar a su compañera de conservatorio. «No quiero hacer daño a Elizabeth, pero tampoco engañarla ni engañarme a mí mismo. Gracias a lo que siento por Patricia he comprendido que lo que nos une a Elizabeth y a mí no es verdadero amor; al menos por mi parte», le dijo a su madre con tanta seguridad, que ella no tuvo más remedio que aceptar su decisión, y apoyarle. Sin embargo, aunque se sentía halagada y reconocía que Roberto era un buen chico, Patricia siguió mostrándose remisa a concederle una cita, lo que provocó una reacción aparentemente impulsiva del muchacho, que se alistó como voluntario en la Marina. Una reacción inesperada para todos, incluida Elizabeth, quien no logró superar la tremenda decepción que supuso para ella la ruptura con Roberto; decepción que se trocó en obsesión al saber la causa de tal ruptura; y que acabó hundiéndola en un estado de ánimo tan atormentado cuando se convenció de que había perdido a Roberto para siempre, que un frío atardecer del mes de marzo de 1891 se arrojó al río desde lo alto del puente de Nueva York y Brooklyn. Entre otras consecuencias, aquella tragedia provocó el fin de la amistad entre los O’Keefe y los Aldani. Todas las personas que habían conocido a Elizabeth quedaron consternadas, pero fue Beatrice la que sufrió una conmoción mayor, o al menos con efectos más graves, ya que, a partir de entonces, se encerró aún más en sí misma, repudió a su hermano, dejó de hablar incluso a su padre, que hasta entonces era la persona con quien se sentía más unida –lejos quedaban ya los días en que ambos reían, con o sin Roberto, mientras jugaban los domingos en Prospect Park u olían con delectación la ropa limpia, antes de que Rosario la guardara en los armarios– y hasta dejó de comer, pues aseguraba que le daban asco incluso los mantecados de canela que ella le hacía expresamente y que siempre habían sido sus bocados preferidos.

–¡Oh, Dios mío, ¿qué has hecho?! Tienes el camisón manchado de… ¡Oh, Señor! –exclamó Rosario al ver que el camisón de Beatrice estaba manchado de sangre. Sangre que, dedujo aterrorizada, podía ser de Claudio. ¿Le había atacado? ¿Realmente habría sido capaz de agredir a su padre con un cuchillo? Tales preguntas se las hizo en tanto trataba de incorporarse. Pero la enfermedad la tenía tan debilitada que le costó incluso sentarse en la cama. Sin separar la mirada de los ojos de su hija, comprendió que ésta se encontraba completamente ida; que la persona que tenía delante, manchada de sangre, con un cuchillo en la mano y que, de vez en cuando, echaba unas angustiosas miradas a la puerta de la habitación –donde no había nadie– no era en realidad su hijita, sino un ser extraño, alguien ajeno a su Beatrice, pese a estar dentro de ella. En un intento desesperado por hacerla volver en sí, por contactar con la verdadera Beatrice, le dijo en un tono de voz que pretendía ser calmado, cariñoso inclusive–: Soy yo, cariño. Soy mamá. Deja ese cuchillo, por favor.

Los médicos dijeron que sufría un trastorno mental. La sorpresa y la tristeza de Claudio y ella al saber que su hija estaba loca fueron enormes. Pero ni aun entonces Rosario le contó a su marido que tenía un hermano en Cuba que también estaba loco. Era un secreto de familia, de su familia cubana, que había jurado no desvelar nunca. Y aunque sabía que Claudio era un hombre bueno y razonable, no quería que, ni por un momento, pensase en la posibilidad de que la sangre de ella, la sangre de su familia materna, que corría por sus venas y por las de su hija, tenía algo que ver con aquella desgracia.

Beatrice dejó de colaborar como voluntaria con el Brooklyn Bureau of Charities, pero Rosario logró que saliera de casa algunos días para pasear juntas por los alrededores del cementerio de Greenwood, desde donde se apreciaba una hermosa vista de la bahía, o por Prospect Park, en cuya entrada principal se había levantado un arco de triunfo a la memoria de los soldados y marinos muertos durante la guerra de Secesión, y en cuyo interior –en la esquina nordeste– se hallaba el Museo del Instituto de Ciencias y de Bellas Artes, de estilo renacentista. Pero todo empeoró cuando Rosario cayó enferma. Pues, según avanzaba el mal y menguaban sus fuerzas, Rosario hubo de dejar de trabajar y guardar reposo, al mismo tiempo que Beatrice se deterioraba todavía más mentalmente.

Claudio y ella agradecieron pero desestimaron los consejos que, con la mejor de las intenciones, les ofrecieron, entre otros, el padre O’Reilly, sobre la conveniencia de ingresar a Beatrice en algún hospital especializado. Pero según avanzaba su enfermedad y se sentía cada vez más débil, Rosario empezó a pensar, casi sin querer, en aquella posibilidad. Los ataques de Beatrice –con gritos horribles que asustaban a los vecinos– eran cada vez menos esporádicos y Claudio no tenía tiempo para cuidar de ambas, pues trabajaba durante todo el día. Pero él ni siquiera aceptaba escucharla cuando ella abordaba la conversación. «No encerraré a mi hija en un hospital de idiotas», decía con resolución, zanjando el asunto.

Y ahí la tenía ahora, de noche y con mirada extraviada, sosteniendo un cuchillo con el que parecía haber agredido a su propio padre, aunque intuía que no lo creía así ella, que no era consciente de lo que había hecho ni de lo que estaba haciendo.

–Dame el cuchillo, hija. Dámelo.

Por un momento, a Rosario le pareció que los ojos de Beatrice la miraban de otra manera, como si la reconocieran. Se había levantado de la cama y se había acercado a su hija, que había retrocedido, indecisa, varios pasos. Pero de improviso todo cambió después de que Beatrice volviera a mirar a la puerta del dormitorio, donde seguía sin haber nadie.

De repente la miró asustada, tan asustada como si estuviera delante de la peor de las fieras, y le hincó la hoja del cuchillo en el pecho.

Robert

La ceremonia del sepelio fue oficiada por Charles Edward McDonnell, segundo obispo de Brooklyn, en la iglesia del Santo Nombre de Jesús. Al final, los tres féretros fueron colocados juntos frente al altar mayor, tal como dispuso Thomas O’Reilly, quien logró convencer al obispo para que no se discriminaran los restos de la parricida, cuyo entierro pretendía hacerse por separado. Los tres fueron sepultados también juntos en el cementerio, bajo un mismo mausoleo, sencillo pero amplio, que fue pagado por el Brooklyn Bureau of Charities, en agradecimiento por la comprometida y prolongada labor que había realizado Rosario Aldani a lo largo de su vida a favor de los más necesitados.

Cuatro días antes, Beatrice Aldani había sido abatida por un agente de policía en la avenida Porspect, de madrugada. Deambulaba descalza por la acera, con el camisón empapado de sangre y sosteniendo un cuchillo en su mano derecha. La gente que se cruzó con ella corrió despavorida al verla, hasta que un agente le dio el alto, apuntándola con su pistola. Pero Beatrice no sólo no dejó caer al suelo el cuchillo, tal como le ordenó el agente, sino que se abalanzó contra él, amenazándole con clavárselo. Un único pero certero balazo en el pecho acabó con su vida en el acto. Unas horas más tarde, cuando otros patrulleros fueron al piso de los Aldani, encontraron a los padres de Beatrice muertos, asesinados muy probablemente por su propia hija, pues fallecieron desangrados después de recibir sendas cuchilladas mortales en la espalda, él, y en el pecho, ella. Se hallaban sacando del piso ambos cadáveres, cuando apareció Robert, el otro hijo de los Aldani, mellizo de la parricida, que acababa de llegar a Brooklyn.

Nada hizo presagiar a Robert Aldany aquella mañana la tragedia que le esperaba en su casa. Muy al contrario, estaba de buen humor, pues por fin regresaba a Brooklyn para reunirse definitivamente con Patricia y preparar juntos su boda y posterior marcha a Nueva Orleans. Mientras el tren arribaba a la estación, procedente de Washington, Robert había recordado el día en que, cuatro años atrás, había abandonado por primera vez su ciudad natal, para marchar a su destino como marino.

En contra del deseo de sus padres, había tomado la decisión de alistarse nada más cumplir los dieciocho años de edad. También él, hasta hacía poco, había pensado que su futuro inmediato seguía estando en Brooklyn, donde vivía desde que naciera, y en Nueva York, adonde acudía casi a diario para asistir a clases de música, cruzando el puente que su padre había ayudado a construir unos años antes, tal como a éste le gustaba repetir, orgulloso y presumido, cada vez que tenía oportunidad. Un puente desde el que se veía la resplandeciente estatua de la Libertad, erigida en una islita junto a la desembocadura del río Hudson cuando él tenía trece años, muy cerca de otra isla, la de Ellis, convertida desde que él tenía diecisiete años en aduana y que también se veía desde dicho puente. Con esta misma edad –diecisiete años–, Robert había conseguido una beca para matricularse en el Conservatorio Nacional de Música de Nueva York. Fue una proeza que sorprendió a todos cuantos le conocían, menos a su madre, que estaba convencida de que lo lograría. «Eres tan cabezota como tu padre. Si te has propuesto ganar esa beca, la conseguirás», le había dicho cuantas veces le veía alicaído, dudando de sus posibilidades. Y así fue. Todo sucedió gracias al viejo clarinete que su padre le regalara el día en que cumplió siete años. Varias veces antes se lo había enseñado a él y a su hermana, contándoles la historia de aquel instrumento: «Era de mi abuelo Piero, que lo tocaba como los ángeles, según decía mi padre y mi abuela Dora. No lo recuerdo porque murió cuando yo tenía dos años. Lo heredó su único hijo, mi padre, quien lo guardó con mucho cariño, pero que no aprendió a tocarlo. Lo mismo que yo». Tampoco Beatrice mostró gran interés por aquel viejo clarinete de madera que su padre guardaba dentro de un estuche igual de viejo; pero a él, a Roberto, le ocurría todo lo contrario, pues desde la primera vez que lo vio, le gustaba manejarlo con entusiasmo, intentando montarlo cuando aún sus manos casi no tenían fuerzas ni para sujetar las piezas. Y aquel entusiasmo fue lo que impulsó a su padre a regalárselo en su séptimo cumpleaños, completando el regalo con unas clases impartidas por un maestro de música en su domicilio particular –vivía muy cerca de casa, en la calle Siete– y que sus padres le pagaron hasta que, con catorce años, tuvieron que buscar a otro profesor más cualificado, el señor Kennington, que también vivía en Brooklyn aunque trabajaba en la Escuela Superior de Música de Nueva York, y que accedió a darle clases en su domicilio dos tardes a la semana. Para entonces hacía ya varios años que sus padres le habían comprado un clarinete mucho más moderno que aquel otro de madera, que guardó en su estuche pero que no olvidó nunca, pues le gustaba montarlo de vez en cuando y hacerlo sonar como si así mantuviera viva la memoria de su bisabuelo Piero.

Robert guardaba un buen recuerdo del señor Kennington –cuarentón, divorciado, calvo, barrigón, con una enorme papada que le bailaba al ritmo de los instrumentos que tocaba o cuando movía los brazos al son de la música que dirigía–, pero no de sus gatos, a los que Kennington encerraba en un cuarto cuando él llegaba para evitar que se le acercaran, pues le molestaban hasta producirle erupciones en la piel. Fue precisamente el señor Kennington la primera persona que le habló del saxofón, un instrumento musical similar al clarinete, inventado medio siglo antes por un fabricante belga que trabajaba en París llamado Adolphe Sax. «Hace unos años que el saxofón forma parte de las bandas militares de algunos países europeos. Y Massenet lo introdujo en la música orquestal a través de su ópera Manon», le explicó Kennington. Pero no fue hasta su ingreso en el Conservatorio de Música neoyorquino que Roberto vio y oyó el primer saxofón, un modelo Wonder casi recién salido de la fábrica que la Conn Company tenía en Elkhart, Indiana. Era propiedad de John O’Brien, hijo de un adinerado comerciante neoyorquino, con quien Roberto trabó muy pronto una buena amistad. Además de dejarle tocar su saxofón al cabo de cierto tiempo, John le habló con la abundancia del entusiasmo de Edward Lefebre, un holandés de padres franceses que era amigo del inventor del saxofón y que vivía en Estados Unidos desde 1871. «Es el mejor saxofonista del mundo. El año pasado le oí tocar en Boston Introducción, Tema y Variaciones de Florio, y te aseguro que hubo un momento en que creí que iba a ascender al cielo en cuerpo y alma», le dijo su entusiasta y nuevo amigo cierto día tras salir de clase, el mismo día en que le presentó a su hermana, Patricia, que también iba al conservatorio como alumna de piano.

Ahora, cinco años después, John y Patricia O’Brien acompañaban a Robert en el entierro de sus padres y hermana. Eran lo más parecido a una familia que le quedaba. En el templo también estaban John y Mary O’Keefe, pues los había visto sentados en uno de los últimos bancos, los dos solos, sin hijos; pero sabía que no le saludarían, que no se acercarían a él para darle el pésame. Estaban allí porque eran buenos católicos y porque, pese a todo, seguramente lamentaban con sinceridad el trágico final que habían tenido sus antiguos amigos. Pero Robert estaba seguro de que no le habían perdonado; que seguían odiándole.

Cuando Elizabeth O’Keefe se suicidó arrojándose desde el puente de Nueva York y Brooklyn, la vida de los O’Keefe cambió de repente; pero también la de la familia Aldani. Además de romperse una amistad que duraba veinte años, la hermana melliza de Robert enfermó gravemente; una enfermedad que acabaría con su mente y con la vida de ella y de sus padres.

Robert reprimió un nuevo y repentino sollozo, al mismo tiempo que el obispo bendecía los féretros. A pesar de todo, pensó, no se arrepentía de lo que había hecho. Rompió su relación con Elizabeth porque no la quería. Empezó a salir con ella porque se lo pidió su hermana, pero nunca había estado enamorado de ella. Lo comprendió muy bien cuando conoció a Patricia O’Brien. Tan bien comprendió lo que realmente era el amor, que, a pesar de que Patricia no accedió a salir con él, dándole largas –no le rechazó de plano–, sabía que debía de romper con Elizabeth. Y así lo hizo. Lamentablemente, Elizabeth sí que estaba de verdad enamorada de él, o al menos así lo creía, y terminó suicidándose. Lo hizo unos meses después de que él se alistara en la Marina y se fuese de Brooklyn. Aunque tenía previsto finalizar los estudios en el Conservatorio de Nueva York y luego buscar un puesto en alguna orquesta filarmónica de prestigio, el amor por Patricia no correspondido –verla casi todos los días se había convertido en una dulce tortura– y la incomprensión de su familia –sobre todo de su hermana– por su ruptura con Elizabeth, le habían hecho variar bruscamente de planes. Primero pensó en pedir el ingreso en la academia militar de West Point, pero estaba demasiado cerca; así que terminó alistándose en la Marina. Por su historial académico fue destinado a la United States Marine Band, con sede en Washington.

Allí, en Washington, Roberto Aldani pasó a llamarse Robert Aldany, Bob para los compañeros con quienes más confraternizó, como Tom Delgado, un simpático y apuesto muchacho de su misma edad, natural de Nueva Orleans pero de padres cubanos, que se convirtió bien pronto en su mejor amigo.

Robert y Tom eran clarinetistas, pero éste último tenía en común con John O’Brien, el otro gran amigo de Robert, una gran afición por el saxofón, el nuevo instrumento musical que empezaba a causar furor en varias ciudades estadounidenses, sobre todo en Nueva Orleans.

Robert mantuvo correspondencia periódica con sus padres y con John O’Brien. A través de éste, Patricia supo lo del suicidio de Elizabeth O’Keefe y lo terriblemente afectado que se encontraba Robert, quien luchaba con su propia conciencia para no sentirse culpable. Paradójicamente, la terrible decisión de Elizabeth propició la relación amorosa entre Robert y Patricia, pues ésta, compadecida, le escribió una carta con la que intentó animarle, iniciándose así una correspondencia entre ambos, un intercambio epistolar de emociones, anhelos, sentimientos, angustias, deseos…, que acabó uniendo sus corazones mucho antes que sus labios. Pues su primer beso no llegó hasta el día de Acción de Gracias de 1892, fecha en la que el marino Aldany disfrutó de su primer permiso.

A aquel permiso le siguieron dos más, en años sucesivos y de dos semanas de duración, siempre por las mismas fechas. Aquellas estancias en Brooklyn le sirvieron para comprobar en persona la angustiosa situación en que se hallaba su familia, con una hermana cada vez más demente y una madre que, en su última visita, ya estaba enferma de un cáncer que le había nacido en el pecho pero que empezaba a extenderse por el resto de su cuerpo. Pero también aquellos días de permiso le sirvieron para disfrutar de la compañía, dulce y añorada, de Patricia, con quien empezó a hacer planes de futuro después de que le presentara a sus padres; y de John, quien quizá se convertiría en su cuñado, y que, a pesar de haber finalizado sus estudios en el conservatorio con excelentes notas como clarinetista, seguía siendo un apasionado del saxofón. Con acceso libre ya al hogar de los O’Brien, un día de mediados de noviembre de 1893 Robert tuvo ocasión de escuchar, en el fonógrafo que había en el salón principal de esta casa, una grabación realizada en cilindro de acero y que John había adquirido recientemente a precio de oro. Contenía un concierto de la banda de Patrick Gilmore celebrado el 17 de diciembre de 1891 en Orange, Nueva Jersey, y cuyo solista era el ídolo de John, el saxofonista Edward Lefebre, quien desde hacía sólo unos meses tocaba con la Banda Sousa. Tan impresionado quedó Robert al escuchar aquella música de saxofón, que días después casi lloraba contándoselo a su amigo Tom Delgado en Washington. «¡Cómo me gustaría tener un saxofón!», suspiró Bob, tumbado en su catre. «Dicen que pronto todas las bandas militares tendrán saxofones. C. G. Conn, el dueño de la fábrica donde se construyó el primer saxofón en Estados Unidos, ha sido elegido congresista, y dicen que quiere proponer una ley que obligue a cada ejército a tener su propia banda de música, regulando los instrumentos, entre los cuales, claro está, habrá saxofones», le contó Tom, que estaba acostado en el catre de al lado.

Además del saxofón, con Tom compartía otra gran pasión: la anexión de Cuba por parte de los Estados Unidos.

Desde niño, Robert había oído hablar a su madre de la prolongada lucha del pueblo cubano para conseguir su independencia de España. Muchas fueron las veces que la oyó contar las intentonas que había llevado a cabo en los años cincuenta el general Narciso López, junto con otros patriotas, entre ellos su primer marido, todas ellas frustradas; así como la denominada Guerra de los Diez Años, que había concluido con la triste derrota del Ejército Independentista Cubano.

Por su parte, Tom Delgado había crecido con idénticos anhelos, pues tanto su padre como sus tíos habían colaborado muy activamente con el movimiento de liberación cubano, tan presente en Nueva Orleans desde hacía muchos años.

Así las cosas, cuando a finales del año pasado, Bob y Tom tuvieron noticias –por medio de una carta del padre de Tom– de que José Martí –poeta, periodista y líder del Partido Revolucionario Cubano– estaba ultimando los planes en Nueva York para un nuevo levantamiento armado en la isla caribeña, sus corazones se alegraron enormemente. Y cuando semanas más tarde, ya en 1895, se enteraron de que Martí había marchado por fin a Cuba el 29 de enero, enviando previamente a la isla órdenes para que diera comienzo la rebelión contra las autoridades coloniales españolas, Bob y Tom tomaron la decisión de no renovar su compromiso con la Marina estadounidense y licenciarse en agosto de ese mismo año. Convencidos de que el Gobierno de Washington –como había ocurrido en anteriores ocasiones– no iba a enviar ayuda militar a los independentistas cubanos, pensaron que la mejor manera de colaborar en la lucha por la anexión de aquella isla desconocida pero tan querida, cuna de sus respectivas familias, era licenciarse y marchar a Nueva Orleans, donde se hallaba el núcleo principal de los patriotas cubanos en el exilio.

A esto se unía el proyecto que, desde hacía tiempo, acariciaban Tom Delgado y dos amigos suyos de Nueva Orleans, de formar una banda musical en la que tenía cabida un clarinetista tan bueno como Bob Aldany. «Montaremos la banda, con la que sacaremos dinero para vivir y hasta para ayudar al ejército revolucionario cubano. Y si no es así, pues nos vamos a luchar a Cuba», propuso Tom. «Quizá hasta podamos tener un saxofón», deseó Bob. «Por supuesto», confirmó Tom. «Pero he de convencer a Patricia para que se venga conmigo».

A Robert le costó convencer a Patricia. El 19 de mayo murió Martí luchando en Dos Ríos, pero aquella noticia no desanimó a Bob y Tom, que siguieron con sus planes; como tampoco desanimó, sino todo lo contrario, a quienes apoyaban la revolución cubana en Estados Unidos, sobre todo en Nueva York, Nueva Orleans y Florida, donde la muerte de Martí estimuló aún más este apoyo, especialmente entre los trabajadores de la manufactura de habanos.

Este apoyo generalizado a la revolución cubana en Nueva York hizo mella en Patricia, que vio con mayor comprensión el entusiasmo de Robert por la independencia de la isla caribeña. Pero, pese a ello, mantenía serias reservas sobre la vida que le esperaba en Nueva Orleans, donde Robert pretendía crear una familia tocando en una banda de música. A ella le apasionaba la música, no en vano llevaba siete años estudiando piano; y podría incluso ganarse la vida dando clases y ofreciendo algún que otro concierto, aunque fuera en Nueva Orleans; pero cimentar un matrimonio, una familia, en el amor a la música y en la pasión por una revolución lejana, se le antojaba una aventura demasiado arriesgada.

Cuatro días antes, mientras bajaba del tren y marchaba a casa cruzando las calles de aquella ciudad en la que había nacido, donde cada vez se veían más automóviles o carros sin caballos y que, según se afirmaba, muy pronto se uniría a Nueva York para conformar una gran metrópoli, Robert estaba seguro de que lograría convencer a Patricia para que se marchara con él a Nueva Orleans, después de casarse…, aunque no sabía cuánto tardaría en conseguirlo. Pero ahora, mientras la veía tan hermosa a su lado –pelirroja, ojos verdes, pecosa, nariz respingona– en la iglesia del Santo Nombre, delante ambos de los ataúdes de sus padres y hermana, Robert estaba seguro no sólo de que se casarían muy pronto, sino que, además, Patricia estaba dispuesta a ir con él hasta el fin del mundo, si así se lo pedía. Se lo había dicho ella con una simple mirada; una simple, larga y deliciosa mirada.

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