Castalla, Alicante y Muchamiel, 1710

Castalla, Alicante y Muchamiel, 1710

Castalla, Alicante y Muchamiel, 1710 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 30 | Septiembre de 1710 | Isabel | Sintió mucha pena mientras veía alejarse aquella madrugada la vetusta galera tirada por seis acémilas en  la que iban su cuñado y sus sobrinos. Volvían a Alicante después de haber pasado dos días en su casa, en Castalla. Habían venido a despedirse. Dos semanas más tarde se mudarían a Denia, donde Miguel creía que sus hijos tendrían una vida más tranquila.

            Isabel los despidió levantando el brazo y moviendo la mano. A su lado, Joan, su marido, y Salud, su hija, hacían lo propio. El carromato de cuatro ruedas y techado con un toldo de lona que unía por carretera Castalla y Alicante desaparecía entre la nube de polvo que levantaba a la salida del pueblo.

            Le hubiese gustado proponerle a Miguel que se quedaran en Castalla, que si lo que quería era alejarse de Alicante, para qué irse tan lejos. Pero no podía decírselo sin hablarlo antes con Joan y, cuando lo hizo, éste lo desaprobó. En Castalla Miguel no tendría apenas trabajo, le dijo, por lo menos no tanto como decía que tendría en Denia. Y ellos tampoco tenían espacio en su casa para alojar a tres personas más.

            De modo que no tuvo más remedio que despedirles con enorme tristeza. ¿Cuándo volvería a ver a los hijos de su hermana María? Dos años atrás su otra hermana, Rosario, se fue también de Alicante con su marido y sus dos hijos, a Barcelona, sin que les diese tiempo de despedirse en persona. Una carta escrita por Domingo, el marido de Rosario, le explicaba las razones de tan precipitada marcha: la inminente caída de Alicante en manos de los partidarios de Felipe de Anjou les obligaba a huir, pues Domingo era un significado seguidor del archiduque Carlos de Austria y, aunque algunos austriaquistas se quedaban con la promesa de ser indultados, otros como él temían que las represalias de los borbonistas fueran más allá de la confiscación de bienes y la prisión. De ahí que partieran rumbo a Barcelona en un barco inglés, junto con otros austriaquistas alicantinos, horas antes de que las tropas del general D’Asfeld entraran en la ciudad.

            Isabel regresó a su casa en compañía de su esposo y su hija. Allí estaba Vicente, su hijo mayor, de dieciséis años, que se encontraba afiebrado, con migrañas y la mirada turbia desde hacía unos días. En tanto Joan marchaba a la escuela, donde le esperaban sus alumnos, Salud la ayudó a llevar la ropa al lavadero.

            Salud tenía ya once años y, al contrario que su hermano, se hallaba tan sana como una manzana. Era alta para su edad y bajo la pechera de su camisa empezaban a notarse ya los bultitos anunciadores de su pubertad. Llevaba el cabello suelto, castaño, del mismo color que sus ojos, y entre las cejas tenía un lunar que, según recordaba, también tenía su abuela materna. De entre todas las mujeres de la familia, Isabel solo había visto un lunar como aquel en su hija, en su abuela Isabel y en Anita, la hija de su hermana menor, María, que ahora viajaba en aquella galera con su padre y su hermano de vuelta a Alicante.

            Su abuela Isabel murió cuando ella tenía siete años. Por eso los recuerdos que tenía de los últimos dos años de su vida eran pocos pero nítidos. Sobre todo los de su muerte, a los cincuenta y siete años, espantosa por haber sido una de las numerosas víctimas que hubo en 1680 por la epidemia de peste que flageló Alicante y los pueblos circunvecinos, como Muchamiel. Su abuela murió en Muchamiel porque allí vivía desde que se casara a los dieciocho años con el abuelo, que era muchamelero. Así se lo había contado su madre, que fue la cuarta y última hija de aquella familia. La bautizaron con el nombre de Salvadora porque el año anterior había fallecido su hermano mayor, Salvador, a los seis años y por culpa del sarampión. Entre medias nacieron Roque, que siendo muy jovencito se metió a monje y vivía en el convento de los franciscanos en Alicante, y María, que falleció a los treinta y tres años, soltera, y a causa de la misma epidemia de peste que se llevó a su madre.

franciscanos

            Como siempre, Isabel disfrutó al tender la ropa recién lavada en el pequeño patio de su casa. Desde muy niña aquel olor a ropa limpia y húmeda le proporcionaba un placer tan relajante como infalible. Y como siempre que lo hacía con su hija, el placer era doble, pues notaba cómo Isabel gozaba igual que ella. Se sentía feliz al verla acercando la ropa a su cara, oliéndola con delectación, acariciándose con ella las mejillas…, así como al oír su risa, espontánea y avergonzada, cuando se veía descubierta, cuando la sorprendía mirándola como hechizada, sonriendo embobada, fascinada por su embeleso.

            Era la misma risa que la suya a su edad y, suponía, la sonrisa y la mirada que Salud veía en ella debían ser muy parecidas, si no las mismas, que ella veía a su edad en su madre.

            A pesar de haber nacido y de vivir en Muchamiel, su madre murió en Alicante trágicamente a los cuarenta y cuatro años de edad. Uno de los terremotos que hizo temblar Alicante en 1694 la pilló visitando a su hermano Roque; o, mejor dicho, volviendo de visitarle. Caminaba por una calle del arrabal de San Francisco cuando le cayó en la cabeza una teja desprendida de un salidizo. Murió en el acto. Hacía cuatro años que había enviudado.

            Desde que se casara con su padre en 1672, su madre había parido, siempre en Muchamiel, a siete criaturas, cuatro de las cuales llegaron a la edad adulta. La mayor era ella, Isabel, que nació en 1673, y le llevaba dos años a Salvador, cinco a Rosario y ocho a María. Los cuatro hermanos estaban muy unidos, especialmente las chicas, unión que se mantuvo después incluso de que ella se casara a los diecinueve años con Joan, que hacía poco había llegado a Muchamiel como maestro. Dos años más tarde nació su hijo Vicente, motivo de alegría, y falleció su madre, causa de tristeza y de preocupación, pues sus hermanos quedaban huérfanos y con diecinueve, dieciséis y trece años, respectivamente. Salvador se alistó en el ejército en seguida, pero Rosario y María eran demasiado jóvenes para vivir solas, así que Isabel convenció a Joan de que lo mejor para todos era que se mudaran a casa de sus padres –que era un poco más grande que la vivienda que a él le habían arrendado– y así poder cuidar de sus hermanas. Joan aceptó a regañadientes, pues su intención era ocupar la plaza de maestro en su pueblo natal, Castalla, en cuanto se retirase el viejo que la ocupaba entonces, conocido suyo, y que decía querer hacerlo al cabo de dos o tres años; y el tener que responsabilizarse de dos cuñadas solteras, además de representar un gasto adicional muy importante, podría dificultar sus planes.

            Pero la fortuna les fue propicia: el viejo maestro castallense no se jubiló hasta 1699, el mismo año en que Rosario se casó con Domingo Roca, hijo de una familia acaudalada de Barcelona que vivía en Alicante y que, no solo entregó una buena dote, sino que además no puso trabas para que María se quedara a vivir con ellos.

            Todo pues salió a pedir de boca. Joan, ella y sus hijos se fueron a vivir a Castalla y, no habían pasado dos años, cuando María también se casó con un albañil llamado Miguel, yéndose ambos a vivir a la casa familiar de Muchamiel.

            Pero no tardaron en volver días de odio y dolor, de guerra y sufrimiento. En 1706 su hermano Salvador murió durante el asedio que el ejército austriaquista sometió a Alicante, antes de conquistarla. Una bomba disparada por un barco inglés le mató mientras custodiaba la puerta Nueva. Tenía treinta y un años y estaba soltero. Y al año siguiente fue María, su queridísima y dulce hermanita, la que falleció víctima de una extraña epidemia que acabó con la vida de miles de personas en Alicante. A sus veintiséis años, María Canela –como a ella le gustaba llamarla debido a su devoción por esa especia– había dado a luz a dos niños: Roque y Anita.

            Un año más tarde, Rosario, que también tenía dos niños, ambos varones, huyó con su familia a Barcelona. Y ahora eran los hijos de María los que se marchaban a Denia con su padre, alejándose aún más de ella.

            Isabel abrazó a su hija con ansiedad repentina, como si quisiera comprobar con sus propias manos que de verdad no se hallaba cada vez más sola.

Miguel 

            Se precisó la fuerza de dos mulos y seis hombres para mover aquel peñasco. Podían haberlo volado allí mismo, pero cuando José Terol, el maestro de obras, vio que debajo de tan enorme peña asomaba parte de lo que parecía ser un aljibe, ordenó que se moviera hasta otro lugar. No quería correr el riesgo de que la explosión provocara un socavón de proporciones incalculables.

            Aquel peñasco formaba parte de la lluvia rocosa que había caído sobre buena parte de Alicante un año antes. Fue una lluvia de rocas provocada por la explosión de una mina en la falda del Benacantil, el monte sobre el que se alzaba el castillo de Santa Bárbara. El 7 de diciembre de 1708, después de conquistar los barrios extramuros de San Antón y de San Francisco, los siete batallones borbónicos dirigidos por el general D’Asfeld entraron, entre aclamaciones, en Alicante. Previamente D’Asfeld había aceptado las condiciones del gobernador inglés de la plaza, John Richardí, permitiendo que embarcaran en las naves que había fondeadas en la bahía tres regimientos de soldados ingleses y varias familias de alicantinos austriaquistas. Richardí se hizo fuerte entonces en el castillo con la guarnición del mismo y el resto de sus tropas. Con la ayuda de la armada inglesa, que bombardeó las baterías borbónicas, Richardí y los suyos resistieron el asedio, intercambiando fuego de cañones durante cerca de tres meses. Entretanto, D’Asfeld había ordenado que se abriese una mina en el Benacantil, debajo de las murallas y torreones que había a mediodía. A pesar del esfuerzo denodado de los ingleses, que trataron de impedirlo disparando sin cesar contra los zapadores y arrojando sobre ellos bombas incendiarias, la mina se dio por terminada cuando alcanzó los ochenta palmos de profundidad y fue cargada con más de mil quintales de pólvora. D’Asfeld instó a Richardí a la rendición varias veces, pero el orgulloso inglés no solo rechazó aquellas ofertas, sino que se permitió un día comer con sus oficiales –y a la vista de todos– en el torreón bajo el cual se hallaba la mina. El 28 de febrero de 1709 D’Asfeld mandó que, a la mañana siguiente, se explosionara la mina. Y así se hizo. Aquella noche los alicantinos abandonaron sus casas. El ayudante mayor de la plaza, Miguel Morelló, fue el encargado de aplicar la mecha en la boca de la mina a las cinco de la mañana. Cuando los sitiados vieron a Morelló abandonar la mina corriendo, Richardí ordenó desalojar el baluarte que había encima, quedándose él allí, desafiante, en compañía de varios oficiales. La estruendosa explosión de la mina estremeció las entrañas del Benacantil. La muralla y los torreones del castillo que daban a mediodía se desplomaron a continuación, en medio de un estrépito tan formidable que los sobrevivientes quedaron sordos y aturdidos durante horas. Perecieron ciento ochenta soldados austriaquistas y ochenta paisanos, sepultados por los escombros de los torreones; entre ellos Richardí y nueve oficiales ingleses más. También fueron víctimas de esta explosión unas cuatrocientas casas, casi todas ellas de un mismo barrio que, a partir de entonces, fue conocido con el nombre de la Mina. Por la parte de la Villa Vieja solo algunas casas fueron derribadas o dañadas por las rocas caídas del Benacantil.

            Una de estas casas, en la calle de la Balseta, era donde ahora se encontraba Miguel Carbonell, moviendo uno de aquellos peñascos junto a otros cinco hombres y con la ayuda de dos mulos.

            Al apartar la roca varios pasos del lugar donde había caído, quedó en efecto a la vista un agujero no muy profundo, pero que parecía ser la boca de un aljibe. Alguien dijo que iba a avisar al maestro de obras y los demás se sentaron entre los escombros, jadeando todavía tras el gran esfuerzo realizado. Miguel lo hizo sobre una piedra plana, en medio de lo que había sido el patio trasero de la casona que había al lado. O lo que quedaba de ella, pues una roca todavía más grande había roto parte del muro posterior del edificio y había llegado hasta el corazón mismo de la casona, el claustro a donde daba la caja de escaleras.

            Mientras se secaba el sudor de la frente y la cara con un trapo, Miguel se imaginó aquella enorme roca rodando por la ladera del monte, cada vez a mayor velocidad, hasta chocar contra la casa, y sintió un escalofrío que le recorrió la espalda con la virulencia de un latigazo.

            Suspiró tan honda y ruidosamente que se diría estuvo a punto de escapársele el alma.

            Miguel llevaba mucho tiempo hastiado de tanta miseria, destrucción y dolor. Verdaderamente nunca le había faltado qué comer –ni a él ni a los suyos– porque nunca le había faltado trabajo. Pero estaba tan cansado de las guerras y muertes que había vivido, visto o sufrido en esa ciudad, que estaba deseando alejarse de ella, huir con sus hijos a otro lugar, a otra vida.

            Había nacido treinta y dos años antes en una casa muy vieja del barrio de San Antón. No conoció a su madre, que lo tuvo siendo soltera y que desapareció poco después. Su abuela Ana, que fue quien le crio, jamás le dijo a qué se dedicaba su madre y el motivo de su desaparición, pero cuando él creció lo suficiente como para comprender la clase de vida que había a su alrededor, dedujo la verdad. Su abuela alquilaba día y noche uno de los dormitorios de su casa –en el otro dormían ellos dos– a parejas de amantes, muchas de ellas formadas por meretrices y sus clientes. Su propia madre debió de ser una de las principales inquilinas ocasionales de esta habitación, hasta que un día decidió marcharse, al parecer con un cliente asiduo que terminó convirtiéndose en su guapo.

            A fin de ser justo, Miguel reconocía que su abuela había procurado siempre –dentro de sus posibilidades y limitaciones morales, intelectuales y económicas– mantenerle al margen de la vida de lenocinio que se vivía en aquella casa. Durante el día, desde el momento en que podía valerse por sí mismo, lo tenía ocupado fuera de la casa, primero jugando en la calle –cerca de la casa y donde ella pudiera verle–, luego llevándole a los conventos, donde pedía que lo acogieran durante unas horas, para enseñarle a trabajar en algún oficio o en los huertos, y, a ser posible, a leer y escribir. No en todas partes fue acogido o bien recibido; aun así estuvo en los conventos de los agustinos, dominicos, carmelitas calzados, capuchinos…; en algunos estuvo varios meses, en otros apenas unos días. Hasta que por fin conoció a fray Roque, un franciscano de gran inteligencia y mayor bondad, que pronto descubrió en él su deseo de aprender a construir con sus propias manos, a edificar su futuro a base de trabajo y tesón.

rocas del benacantil

            Por las noches le resultaba a su abuela más difícil mantenerle al margen de lo que sucedía en aquel cuartucho donde muchas veces los gritos, insultos y peleas sustituían o seguían a los gemidos y jadeos. Sobre todo cuando, debido a ese impulso involuntario y extraño que sentía, había noches en que él se despertaba tratando de abrir la puerta de aquella habitación, o su abuela lo encontraba, de madrugada, en mitad de la calle, descalzo y en camisón, ya helara o lloviera, estuviera vacía o hubiera algún rufián o ladronzuelo al acecho. Su abuela entonces le llevaba a la cama procurando no despertarle pero de prisa, aterrorizada ante la posibilidad de que algún vecino creyese que estaba poseído y fuera con el cuento al Santo Oficio.

            Su abuela falleció de repente cuando él tenía dieciséis años y, aunque se quedó a vivir en aquella casa, la cerró a meretrices, puteros y amantes. Para entonces ya llevaba cuatro años trabajando como aprendiz de José Terol, uno de los maestros de obras de mayor prestigio en Alicante, por recomendación de fray Roque.

            Y, también gracias a fray Roque, conoció tres años más tarde a María, sobrina de éste, de quien se enamoró en seguida, si bien tardó cuatro años en convencerla para que se casara con él. Y así lo hicieron, con la bendición de su tío, en enero de 1701.

           Diecinueve años atrás, en el verano de 1691, medio centenar de barcos de guerra franceses bombardearon Alicante durante varios días. El general Estrees ordenó por dos veces desembarcar a sus hombres, pero ambas fueron rechazados, la segunda en el barrio de San Francisco, entre el molino de viento que había en lo alto del cerro llamado Montañeta y el convento de los franciscanos. En aquel combate participó fray Roque, al igual que otros muchos frailes. Los franceses se retiraron por fin cuando vieron aparecer, por el cabo de la Huerta, el primer bergantín de la escuadra del conde de Aguilar, compuesta de ochenta naves. Pero Alicante quedó destruido casi por completo. Los más de dos mil proyectiles que la armada francesa disparó contra la ciudad en tres días destruyeron mil ochocientas de las dos mil casas que había fuera y dentro de las murallas. Las fachadas de los templos estaban acribilladas y de la Casa de la Ciudad, que se hallaba en la plaza del Mar, solo quedaban en pie algunas paredes y arcos interiores.

            Miguel, que tenía trece años, no participó en los combates, pero sí en la reconstrucción posterior de la ciudad, que se llevó a cabo gracias en parte a las cuatro mil doblas que envió el rey para tal fin.

            Tres meses después de aquel bombardeo se iniciaron las obras de construcción del fuerte de San Carlos. Muchos hombres llegados de los pueblos cercanos trabajaron anteriormente en el desescombro. También Miguel. Parte de aquellos cascotes fueron llevados a las inmediaciones de la Casa del Rey, en el barrio de San Francisco, donde se utilizaron para hacer un terraplén, ganando terreno al mar. Sobre esta escollera se erigió el muro a barbeta fabricado con piedra extraída del cerro de la Montañeta, que conformaría el baluarte llamado luego de San Carlos, en honor al rey Carlos II, y que costaría en total dos mil libras. Tres de aquellas libras fue a parar a manos de Miguel, que trabajó doce horas diarias y tan duramente como cualquiera de los adultos.

            Durante los años siguientes Miguel trabajó a las órdenes de José Terol en la construcción o reconstrucción de muchos edificios. Los terremotos habidos en 1694 ocasionaron mucho daño, pero también proporcionaron mucho trabajo a los alarifes y albañiles que había en la ciudad, entre los que estaba Miguel. Y cinco años más tarde, éste formó parte de las cuadrillas que abrieron las zanjas en las que se cimentó la nueva Casa Consistorial. Desde el bombardeo de 1691, los cabildos se reunían en un edificio de la plaza del Mar que el Consistorio había alquilado por ciento cincuenta libras anuales. En sesión celebrada el 6 de enero de 1696 se decidió levantar un nuevo edificio en aquella plaza, nombrándose para tal fin una comisión en la que estaban presentes miembros de las principales familias alicantinas. Esta comisión encargó el proyecto al arquitecto Vicente Soler, y éste a su vez puso el control de las obras en manos del maestro Terol, amigo de fray Roque y mentor de Miguel. El mismo que, en 1703, le diera trabajo en las obras de apertura de la calle Liorna –que facilitaba las operaciones militares comunicando mejor las murallas de tierra y mar–, en las de la construcción, un año después, del arco de cantería en la puerta de la Huerta y de las nuevas murallas que dejarían intramuros el barrio de San Francisco.

            –Veamos que es esto –dijo precisamente el maestro Terol en aquel momento, llegando al lugar donde le esperaban sus obreros. Miguel se levantó de la losa sobre la que se había sentado y se acercó junto a sus compañeros al lugar de donde habían movido la roca–. Sí, desde luego que es un aljibe –confirmó Terol removiendo la tierra con un pico–. Es bastante antiguo. Y estaba en desuso desde hace también mucho tiempo. ¿Veis? –y al remover la tierra extrajo varios restos de cerámica–. Lo rellenaron con tierra y cascotes. El impacto de la roca ha reventado las paredes por varias partes. En fin… ¿Qué es esto?

            Terol se agachó y cogió de entre la tierra un objeto oscuro.

            –¿Qué es? –preguntaron al unísono dos obreros.

            –Parece que es… –el maestro se incorporó limpiando el objeto con cuidado–. Sí, es una cruz pequeña de hierro. Parece quemada.

            Mostró el objeto a sus hombres y estos asintieron. Sí, era un crucifijo como los que se llevaban colgados al cuello, coincidió Miguel. Y estaba quemado.

            –¡A ver!

            Terol, Miguel y los demás se volvieron en busca del dueño de aquella voz grave. Se encontraron con un franciscano anciano, alto pero encorvado, calvo pero de barba larga y canosa, flanqueado por un niño de siete años que se llamaba como él y por una niña de cinco años que parecía dormida, pese a tener los ojos abiertos y fijos en el aljibe.

            –¡Ah, fray Roque! –saludó Terol, mostrándole su hallazgo.

            –Anita –llamó con voz suave Miguel a su hija mientras se le acercaba. Reconocía perfectamente en su rostro el estado en que se hallaba. No eran pocas las veces que se levantaba por la noche, dormida, para deambular por la casa e intentar incluso salir a la calle. Pero nunca antes la había visto así de día. Debía de haberse dormido de pie y un instante antes, pues fray Roque no parecía haberlo advertido–. Anita –repitió, sin que ella le mirara. Quien sí se le acercó fue su hijo, Roque, que se le abrazó a la cintura.

            –Hola, papá.

            Miguel devolvió el abrazo a su hijo y le besó en la frente. Luego volvió a mirar a Anita, pero ya no la encontró junto a fray Roque. Éste se hallaba observando la pequeña cruz de hierro que le había dejado Terol, el cual rodeaba con sus hombres al franciscano.

            Buscó Miguel con la mirada a su hija y la vio junto al aljibe, mirándolo fijamente.

            –Anita, hija –dijo Miguel en voz baja al llegar junto a ella. Por experiencia sabía que no debía de hablarle en voz alta ni moverla bruscamente mientras estuviese dormida. Cierta vez que la despertó, se pasó un buen rato aterrorizada, chillando y llorando con tanto espanto como si tuviese delante al mismísimo diablo en vez de a su padre. A él le ocurría lo mismo siendo niño, pero aquellos episodios tan extraños desaparecieron paulatinamente en su juventud. Ojalá y que a su hijita le sucediera lo mismo, deseó, agachándose para abrazarla muy suavemente por detrás. Entonces oyó un murmullo. Anita parecía estar diciendo algo. Miguel miró su cara y vio que sus ojos, muy abiertos, seguían sin parpadear, fijos en el suelo, pero no en el aljibe mismo, sino a un lado del mismo. Estaba demacrada y sus labios en efecto se movían como si pronunciara unas palabras imperceptibles. Acercó la oreja a su boca y escuchó con atención:

            –Está ahí… Esta ahí… –repetía Anita.

            –¿Qué hay ahí? –le preguntó el padre con dulzura. Pero la niña siguió con el mismo murmullo:

            –Está ahí… Está ahí… –señalando con su índice derecho la tierra que había a un lado del aljibe.

            –¿Qué le pasa?

aljibe

            La inesperada pregunta de Roque sobrecogió a Miguel. También Anita reaccionó parpadeando un par de veces y callando, pero sin dejar de mirar al suelo que señalaba con su dedito.

            –Nada –respondió Miguel en voz baja.

            Tampoco era la primera vez que Roque veía a su hermana en ese estado. Pero nunca de día.

            –¿Está dormida? –volvió a preguntar, extrañado, pero esta vez en voz baja.

            Miguel asintió.

            –Te los he traído porque se ha hecho tarde y he de… ¿Pero qué ocurre aquí?

            La voz sonora y grave de fray Roque estremeció a Anita, que empezó a hacer pucheros y a sollozar, sin dejar por ello de señalar el suelo. Miguel cogió en brazos a su hija y la apartó del aljibe, con la sombra del Santo Oficio oscureciendo su mente y reviviendo el mismo miedo que su abuela sintió cuando él era niño.

            –Se ha asustado.

            –¿De qué?

            –No lo sé.

            Miguel puso una mano sobre los hombros de su hijo y se alejó aún más de aquel lugar, camino de la calle la Balseta. Pero el llanto de Anita arreció y, sin dejar de señalar y mirar hacia el aljibe, volvió a decir, esta vez en voz alta:

            –Está ahí. Ayúdala… Está ahí, papá. Ayúdala…

            –¿Qué dice? –preguntó el franciscano, que los seguía con paso cada vez más rápido.

            –¿Te vas? Todavía hay luz.

            Miguel se volvió para mirar a José Terol, que se había quedado atrás con sus compañeros.

            –Lo siento, jefe. Mi hija está enferma. Vendré mañana.

            Terol asintió, a pesar de que no entendió bien lo que dijo Miguel por culpa de los gritos de la niña, que seguía señalando hacia el aljibe.

            –Por favor, papá, ayúdala… Está ahí…

            –Calla, hija –dijo Miguel cogiéndole la mano con la que señalaba incansablemente y dando las zancadas cada vez más rápidas. A Roque le costaba seguirle y detrás marchaba el franciscano, que empezó a preocuparse.

            –¿Qué le pasa?

            –Nada importante. Se ha asustado. Eso es todo.

            –Pero, ¿por qué?

            –No lo sé. Se pondrá bien en seguida. Me los llevo a casa.

            Anita dejó de llorar mucho antes de que el mulo sobre el que iba con su padre y hermano atravesara la puerta de la Huerta. Una vez calmada, se durmió en brazos de Miguel, que no permitió que la caballería pasara del trote corto.

            Amanecía el día siguiente cuando fray Roque fue a visitarles a su casa de Muchamiel, próxima a la parroquia de San Salvador. Estaba tan preocupado por Anita, que había pedido permiso al prior la tarde anterior para que le dejara ir a lomos de un asno. Pero era demasiado tarde para ir y volver a Muchamiel antes de vísperas, y además Roque era ya muy viejo –tenía sesenta y cinco años–, por lo que el prior no lo consintió. Sin embargo, sí que autorizó que fuera al día siguiente, después de maitines, y que le llevara el cillerero en el carromato.

            –No sabía si ibas a ir a Alicante ni cómo estaba Anita, así que he venido a veros. Me ha traído fray Damián…

            –Anita ha tenido pesadillas, pero está bien. Me preparaba para llevárselos, antes de ir al tajo. No sabe cuánto le agradezco lo mucho que nos está ayudando, cuidando de ellos mientras trabajo.

            –Lo hago con mucho gusto, hijo. Como cuando te cuidaba a ti –respondió fray Roque sentándose a la mesa junto a su compañero, y en la que Miguel había puesto varios tazones, una hogaza de pan y una jarra de leche–. Entonces, ¿cuándo os vais?

            –El barco que nos llevará está previsto que arribe dentro de doce días. Aquí estará un día o dos como mucho. El sábado y domingo pasados estuvimos en Castalla, para despedirnos de Isabel, Joan y sus hijos.

            Fray Roque asintió mientras se servía leche en un tazón. Los niños aparecieron en ese momento por la puerta de su dormitorio. Llevaban puestos aún sus camisones. Saludaron a los frailes, dando un beso cada uno al tío de su madre.

            –¿Estás seguro de lo que vas a hacer? Ya sé que te lo he preguntado antes, pero me preocupa que os vayáis tan lejos… Allí no me tendrás para que te ayude. No tendrás a ningún pariente.

            –Lo sé, pero nos apañaremos. Don Vicente me arrendará una casa y dice que tendré trabajo de sobra. Denia también ha sufrido mucho con la guerra y hay mucho que reconstruir.

            Fray Roque bebió un trago de leche. Conocía a Vicente Soler y sabía que era un hombre de honor. Arquitecto y borbonista, había huido en 1706, cuando las tropas del archiduque Carlos asediaron Alicante. Había estado en Denia, de donde era natural su esposa. Y había regresado dos años después, tras la derrota y expulsión de los austriaquistas.

archiduque carlos

            –Son muchas las penalidades que he pasado aquí, padre. Epidemias, terremotos, guerras… Esta parece una tierra maldita…

            –No digas eso, hijo mío –le reprendió fray Roque con su voz grave, pero sin aspereza–. Sé muy bien lo mucho que has sufrido. Yo también sentí mucho la pérdida de María. Ya sabes cuánto la quería… Mira, Anita, te he traído una cosa…

            Al ver que los niños estaban escuchándoles, el franciscano quiso distraerles sacando de dentro de su hábito la cruz quemada que habían hallado enterrada el día anterior.

            –¿Qué es?

            –Un crucifijo rescatado del in… Un crucifijo milagroso –rectificó fray Roque en tanto se lo daba a la niña.

            –¿Y a mí qué me has traído? –preguntó el niño.

            –A ti te daré otra cosa cuando lleguemos al convento. Por cierto, que se está haciendo tarde. ¿Habéis desayunado ya? ¿Sí?, pues ir a vestiros. Corred.

            Miguel sonrió, pero era una sonrisa triste. Sabía que tanto él como sus hijos echarían mucho de menos a aquel santo anciano.

            También su esposa le quería. Cuando cayó enferma, por miedo a contagiarles, no permitió que se le acercaran sus hijos ni sus hermanas. Al único que dejó que se aproximara a la cama en la que agonizaba, fue a su tío Roque, y solo para que le confesara y le administrara el viático, previa autorización del párroco muchamelero. Tampoco quería que él se le acercara, pero Miguel no le hizo caso. Cuando los insoportables dolores de cabeza que padecía le hicieron perder el sentido, Miguel no se separó de ella, refrescando su frente afiebrada constantemente con paños húmedos. Hasta que falleció. Ni siquiera entonces la habitación dejó de oler a canela. Miguel ya estaba acostumbrado a ese olor, tan característico de María por su gusto a guardar trocitos de rama de canela entre sus ropas.

            La epidemia comenzó en Alicante a fines de septiembre de 1707, se decía que traída por los soldados ingleses, y duró hasta julio del año siguiente. En estos diez meses murieron víctima de esta extraña enfermedad unas nueve mil personas, seis mil de ellas inglesas, casi todas en Alicante. Pero muchos alicantinos abandonaron la ciudad durante esos meses, no solo huyendo de la enfermedad, sino también de la guerra, pues las tropas borbónicas se acercaban después de conquistar Denia, y con ellos se llevaron algunos los gérmenes de la enfermedad a las poblaciones vecinas: San Vicente del Raspeig, San Juan, Campello, Muchamiel… También en estos lugares hubo víctimas de la epidemia, aunque pocas. Entre ellas estaba María, que murió en octubre de 1707.

            La muerte de María hundió a Miguel en el pozo de la desesperación, del cual logró salir meses después, aunque se quedó cerca, en el terreno de la melancolía y del hastío.

            –Dios aprieta pero no ahoga, Miguel –dijo fray Roque en tanto se preparaban para marchar hacia Alicante. En el cielo no había ninguna nube y el aire empezaba ya a caldearse con los rayos que enviaba el sol, aún encima del horizonte. Los frailes y los niños partieron montados en el carromato y Miguel fue a su lado encima del mulo–. Aquí tampoco te faltará trabajo –insistió fray Roque–. Pepe siempre se ha portado bien contigo, ¿verdad?

            –Sí, padre, y le estoy muy agradecido –contestó Miguel mientras salían del pueblo y enfilaban por el camino carretero que llevaba a Alicante–. El maestro Terol me lo ha dicho muchas veces: tiene encargos para construir varios palacetes en la calle Labradores y cuenta conmigo; pero le repito lo mismo que le dije a él: estoy decidido a irme de aquí. Esta ciudad… Por Dios, pero si no hace ni dos meses que los barcos del archiduque estuvieron a punto de bombardear otra vez Alicante y desembarcar tropas inglesas… No quiero que mis hijos sigan viviendo aquí. Hasta Muchamiel ha sufrido el bárbaro saqueo de los austriaquistas.

            –Pues en Denia también están sufriendo con crueldad esta guerra –opinó fray Damián.

            –Espero que no tanto como aquí –replicó Miguel con resolución–. Pero si así fuera, nos iremos a otro sitio… A las Indias si es preciso.

Ana 

            La voz la llamaba desde dentro de una nube blanca y brillante. También desde ahí dentro salía un ruido no muy fuerte pero constante. Era un sonido relajante. La voz era de una mujer. Aunque no entendía lo que le decía, sabía que la estaba llamando. Por eso fue hacia ella, hacia donde estaba la nubecilla radiante. Pero, aunque avanzaba, la nube seguía estando igual de lejos…, o de cerca. La voz quería que fuera hacia ella, pero no sola. Quería que fuera con su papá. Él podría ayudarla a salir de allí. Así que retrocedió, para buscar a su padre. Pero entonces se encontró con que algo le sujetaba los pies. Era algo suave y cálido que estaba entre sus tobillos, desnudos. Miró hacia el suelo pero solo vio una especie de alfombra peluda, de color gris oscuro, que estaba liada entre sus pies. Se agachó para quitarla, pero la alfombra se movió. De improviso se subió a sus manos. Era una alfombra que hacía un sonido semejante al que salía de la nubecilla brillante. Levantó la alfombra con sus manos para verla mejor. Entonces la alfombra, peluda y ronroneante, abrió dos ojos. Dos ojos verdes y resplandecientes que la miraron fijamente, antes de que se reflejaran en ellos la alarma. La alfombra se movió, dejó de hacer aquel sonido y saltó de sus manos.

            Alguien la cogió de los brazos. No le hacía daño; solo la empujaba con suavidad. Oyó acto seguido la voz de su padre. Tenía que decirle que debían ir hacia la nube mágica, para ayudar a la mujer que la llamaba. Y así se lo dijo.

            –No es más que un gato, cariño. Ven, acuéstate. Mañana será un día muy largo. Nos iremos de viaje.

            La cogió en brazos. Olía bien. No a canela, como mamá, pero olía bien, a cuidado, a caricia, a amor… Papá era un hombre fuerte y guapo. Tenía la nariz grande, las orejas grandes, la boca grande… Todo en él era grande, pero hermoso. Era un papá bueno y hermoso. Pero debía de convencerle para que la acompañara hasta donde estaba la nube mágica, dentro de la cual les esperaba esa mujer que necesitaba su ayuda. Se lo volvió a decir, pero papá chistó mientras la acostaba con delicadeza.

            –No es nada. Solo era un gato que ha entrado por la ventana. Pero ya se ha ido. Ahora duérmete, mi vida.

            Sí, se dormiría. Estaba cansada. Más tarde le convencería para ir hasta donde les esperaba aquella mujer que la llamaba. Quería dormir, pero notó un leve y repentino escozor en el cuello que, poco a poco, le molestaba cada vez más. Se rascó, pero siguió picándole. Tosió. Estornudó. Se despertó y se quejó. Papá volvió a aparecer a su lado.

            –¿Qué te pasa ahora?

            –No sé. Me pica aquí –señaló el cuello.

            –No es nada importante. Parece que tienes unos granitos.

            –Me lo ha hecho la alfombra con ojos.

            –¿Qué? –sonrió–. Vamos, duérmete. No despiertes a Roque.

            –¿Puedo dormir contigo esta noche?

            Papá volvió a cogerla en brazos.

            –Bueno, pero tienes que dormirte, ¿eh? Debemos madrugar para ir al puerto y subir al barco. Ya verás cómo te gustará.

            Anita se abrazó al cuello de su padre.

            –Sí, papá –dijo entre toses.

arbol genealogico cap 30

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