Cultura

Con la mosca detrás de la oreja

Con la mosca detrás de la oreja | A lo largo de la historia han sido muchas las veces en que las autoridades alicantinas han estado con la mosca detrás de la oreja, recelosas de vecinos o visitantes que consideraban sospechosos, ya fuera como elementos subversivos o como espías. Naturalmente, estos recelos eran más frecuentes en época de guerra.


Desde la Revolución Francesa de 1789 hasta la última guerra civil española fueron los ciudadanos franceses, entre los extranjeros, quienes mayor desconfianza despertaron entre las autoridades alicantinas. En otros momentos ya hemos visto dos ejemplos de ello: En marzo de 1793, cuando el cónsul holandés en Alicante ayudó a ciudadanos franceses a esconderse para evitar su expulsión, ordenada por Carlos IV, por miedo al contagio de las ideas revolucionarias; y en febrero de 1920, cuando unos turistas galos, que iban acompañados por miembros de una familia de la burguesía madrileña, fueron vigilados e interrogados por la Policía alicantina ante el temor de que fuesen espías bolcheviques.


Este temor a las ideas revolucionarias nacidas allende las fronteras fue la causa de que el 7 de junio de 1794 enviara el duque de la Roca, capitán general de Valencia, una carta reservada a los gobernadores de la costa, entre ellos el de Alicante, en la que ordenaba se tomaran medidas para la captura de un viajero francés que actuaba de forma sospechosa. Este viajero había sido visto por última vez en Cambrils, montado en una calesa y en dirección a Valencia. Pero «antes de partir de aquella villa le observaron algunas disposiciones sospechosas, preguntando qué número de vecinos se hallaba en ella, qué marinería, y qué barcos había en aquel puerto y si se hallaba fortificado con alguna batería, diciendo que era teniente coronel de Milicias, que tambien se sabía que por otras villas de su tránsito había hecho las mismas preguntas diciendo en unas que era Capitan de Dragones, y en otras Coronel de Infantería, y que iba á tomar un diseño de toda la España». Era descrito como «de 50 á 55 años, color bastante encendido, pelo y barba blanca, estatura regular con un sombrero negro bajo á la genovesa», e iba acompañado de un hombre «vestido á lo miliciano» que podía ser su sirviente, pues «preguntado si lo era, respondía que un día sí, y otro no». Consciente de que esta descripción no era muy precisa, el capitán general añadía en su escrito: «Y para el caso de haber mudado compañía ó carruage, se prenderá tambien á qualquier otro sospechoso». Medida maximalista esta que no sabemos si logró su objetivo, pues no hay constancia de que aquel sospechoso viajero francés fuese localizado y arrestado, al menos en Alicante, aunque seguro que ocasionó bastantes quebraderos de cabeza.


Isla de Tabarca


Pero fue durante la Guerra de la Independencia cuando se produjo la caza generalizada del ciudadano francés. En 1807 eran 98 los franceses que residían en Alicante. Pocos meses después de que estallara la guerra eran 73 los que se hallaban confinados en la Casa de Misericordia, además de los considerados más peligrosos, que estaban encerrados en las cárceles. Llegados de toda la provincia, eran tantos los prisioneros galos que también se habilitó como prisión la Casa de la Asegurada, y luego la isla de Tabarca. El primero en ser detenido fue el cónsul Augusto Legay de Barriera, quien fue encerrado en un calabozo del castillo de Santa Bárbara. Todos los alicantinos de origen francés eran sospechosos, aunque llevasen muchos años viviendo aquí y estuviesen plenamente integrados, como Juan Lahora, comerciante y síndico personero, a quien se le confiscaron sus bienes tras ser hecho prisionero. Estuvo encarcelado solo unos meses, pero la pena que sentía por el modo como le trataron le hizo partir con su familia en enero de 1810 rumbo a Argel.


Eran asimismo sospechosos los llamados afrancesados, que en su mayor parte eran intelectuales españoles influenciados por los ideales de la Revolución Francesa. Pero también lo fueron españoles que no eran afrancesados. El entusiasmo patriótico de los alicantinos más exaltados convirtió en sospechosos de traición a vecinos que en realidad eran leales. Un ejemplo es el de Francisco María Viudes y Malta de Vera, marqués de Rioflorido, quien fue retenido en su casa, cercana a la iglesia de Santa María, por un grupo de exaltados que creían que se disponía a marchar a Madrid, para unirse al gobierno francés, cuando realmente se preparaba para ir a Almansa, para unirse a la división de voluntarios que luchaba contra el ejército napoleónico; tal como hizo días después, cuando el gobernador José de Betegón ordenó su puesta en libertad.


Estos recelos y represalias entre alicantinos se han repetido con demasiada frecuencia durante los tres últimos siglos, antes, durante y después de los conflictos bélicos: borbónicos contra austriacistas, absolutistas contra liberales, liberales contra carlistas, monárquicos contra republicanos, republicanos contra fascistas, franquistas contra demócratas… Sobre las represalias sufridas por los vencidos tras la última guerra civil hablaremos en otro momento. Ahora, a modo de ejemplo, fijémonos en lo sucedido durante la segunda mitad del año 1839, cuando estaba a punto de concluir la primera guerra carlista:


Como en muchas otras ciudades españolas, la situación aquel año en Alicante era muy tensa: Las tropas del general carlista Ramón Cabrera habían ocupado varias poblaciones de la provincia dos años antes y algunos alicantinos se habían alistado al ejército del pretendiente Carlos; crecía el número de desertores del batallón que guarnecía la ciudad, el 2.º de Infantería de Córdoba; llegaban cartas con propaganda enemiga dirigida incluso a las autoridades (el propio alcalde recibió una, sellada en Liria, que contenía una proclama de Cabrera y el himno titulado «Voz de la Lealtad»); y hubo días, como el 17 de junio, en el que las tiendas y almacenes cerraron sus puertas por falta de seguridad y de productos.


Valencia en el siglo XIX (zona de la Lonja – Patrimonio de la Humanidad)


Durante aquellos meses de 1839, el gobernador de la provincia mandó frecuentes oficios al alcalde alicantino, Manuel Carreras Amérigo, trasladándole directrices llegadas de la Corte, sobre todo advertencias acerca de posibles sospechosos y órdenes para controlar a los familiares de los facciosos. Así, el 8 de junio se informaba de que el coronel Madrazo, ayudante del general carlista Maroto, tenía la pretensión de cruzar la frontera francesa para llegar hasta Valencia; el 23 de septiembre eran otros tres coroneles facciosos los que intentaban venir disfrazados desde Francia; y el 2 de octubre era Antonio Hernández, conde de Tres Palacios, quien al parecer estaba dispuesto a regresar desde Filipinas, adonde había sido desterrado, haciéndose pasar por un maltés con pasaporte inglés.


Estando las cosas así, viajar por el país sin llevar un pasaporte interno en regla era muy arriesgado. El alcalde alicantino envió un oficio al de Murcia el 5 de diciembre solicitando información sobre el sastre Sebastián Tordo, quien no tenía el pasaporte debidamente sellado, y el alcalde murciano contestó dos días después indicando que había dejado de estamparse el documento por un error involuntario, pero aprovechaba para advertir que el dueño de la sastrería de Murcia donde había trabajado Tordo, aseguraba que éste era un estafador.


Presionado por el gobernador militar y la circular que «sobre expulsion de familias que tengan individuos en las facciones» había firmado el duque de la Victoria, el alcalde Carreras se reunió el 26 de noviembre de 1839 en el Ayuntamiento con los alcaldes de barrio de los catorce cuarteles en que estaba dividida la ciudad. La información que recabó la trasladó inmediatamente al gobernador: Ocho familias había en la ciudad que contaban con miembros en las facciones carlistas. Eran las madres, esposas y hermanas de catorce hombres que estaban fuera de Alicante desde hacía años, si bien había algunos que ya habían abandonado la lucha armada, como Francisco Cortés, quien había enviado a su esposa una carta fechada en Marsella el 2 de octubre en la que le comunicaba que dudaba si enrolarse en una goleta que iba a zarpar rumbo a La Habana o en un bergantín que le llevaría a Montevideo.


Pero Carreras no expulsó de Alicante a ninguna de estas familias.

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