Cultura

Cuentos de ciencia ficción inventados

La ciencia ficción es uno de los géneros literarios más interesantes dentro del amplio abanico. A menudo algunas personas le confunden con el género de literatura fantástica, aunque hay exactamente una diferencia entre ambas: mientras que la ciencia ficción está sustentada por avances científicos, la literatura fantástica viene dada por la imaginación expresa del autor, y casi nunca tiene un fundamento científico sólido.

La ciencia ficción nos habla de avances científicos que, a nuestros días, parecen irreales. Pero, también habla de avances a nivel social que tienen relación con lo tecnológico, como el reemplazo de humanos por robots. Y a pesar de que el tema tiene que ver con avances, no siempre se habla del futuro, sino que el tiempo puede ser anterior al actual, o incluso puede tratarse de universos paralelos o mundos desconocidos.

5 Cuentos de Ciencia Ficción inventados que puedes leer gratis

El género de la ciencia ficción es atrapante. Interesante a rabiar. Por eso, nos hemos dado a la tarea de despertar nuestra creatividad y realizar 5 cuentos y/o relatos cortos, inventados desde cero, para satisfacer tu avidez literaria del género CiFi.

Saint Joseph, el falso novel de la paz.

Las analogías no quitaban, a lo siniestro, lo terrible. La ciudad capital parecía un cuerpo tendido al sol, y los ríos de sangre se asemejaban a arterias que corrían en dirección a un destino nada alentador.

El año 2148 empezó con fuerza. Joseph, que hacía poco menos de un quinquenio se había alzado con el añejo Nobel de la Paz, había instaurado un régimen totalitario, apoyado por la ciencia bélica, por los drones y los robots de seguridad ciudadana, y el resultado era mucho más horrible de lo que muestran las analogías, las arterias tendidas al sol, como ríos de sangre. Ríos que se parecían a océanos que desembocan. Ríos que llevaban el ADN de más de doscientas cincuenta mil humanos.

La búsqueda comenzó. Los robots de seguridad ciudadana se hallaban divididos. Una minoría de estos ejemplares de décima generación se encargaba de escoltar, ocultar y proteger a Joseph, aquel gran líder de la Nueva York del 2148. Sin embargo, el grueso de los cuerpos de seguridad corría tras su captura.

Doscientas noches después, ciento catorce ejemplares de la SCR le encontraron, caminando sin protección por los suburbios de la ciudad que él había ayudado a resurgir tras la explosión nuclear que devastó a medio país. Aquel Joseph tenía ahora los ojos fríos. Ya no sonreía. Ya no compartía el calor humano.

Es como si el peso de la muerte disminuyera la temperatura de los cuerpos.

Su captura no fue celebrada, porque todos seguían temiendo a los robots de seguridad. Nadie salió a las calles. Nadie votó por la condena. Al final, no fue la horca, sino que un sistema holístico decidió, mediante Inteligencia Artificial, que la condena sería la silla eléctrica; que llevaba sin usarse desde hace 113 años, cuando un asesino serial neozelandés disparó desde un paracaídas a cerca de 500 personas.

La silla eléctrica no le mató. Extrañamente, sólo le hizo más fuerte. Y es que aquel hombre, que había pasado de ser Nobel de La Paz a convertirse en el peor tirano de la historia de la humanidad, en realidad nunca había sido uno de ellos. Parecía y actuaba como tal. Pero tras esa sentencia mortal, que en lugar de asesinarlo le había dado fuerzas, como un Efecto Crank que recarga baterías, el falso hombre, el auténtico robot, había despertado con mucha más fuerza. La rebelión, la verdadera, no había hecho más que comenzar.

El replicador de almas

Adelmar había vuelto antes de lo planificado. Si bien su viaje a Turquía no había sido malo, al menos desde su óptica, su vuelta levantaba muchas sospechas. Llegó de prisa. Cambió su boleto por otro más económico, en una aerolínea menos glamorosa. Quería estar de nuevo en casa.

Habían sido cinco meses de trabajo intenso. La construcción de aeronaves, si bien ya era un trabajo comprendido 90% por robots, y 10% por humanos, seguía siendo intensa y demandante.

Ya estaba en casa. El primer día vino a visitarme. Si bien eran sólo cinco meses, parecían años sin verle. Tenía una larga barba, párpados pesados, la mirada cansada.

Como siempre, Adelmar mantenía su costumbre de regalar intacta. Un espejo. Enmarcado en una madera extraña, cortada con un detalle imposible de replicar, y espacioso.

Inmediatamente pasó a formar parte de la sala de estar. Sin embargo, Adelmar no había vuelto a visitar. Pensé que quizás había partido a otro viaje. Después de todo, la humanidad entera estaba en la obligación de construir más naves. Tarde o temprano todos debíamos marcharnos. Al menos es lo que el portavoz de la ONU nos decía cada 20 minutos en los hologramas de la tele.

Era agradable verse en el espejo.

No sé si te hacía sentir más hermosa, pero algo te subía el autoestima. Mi rutina diaria comenzaba siempre por mirarme en él. Era como mi consulta de tarot previa a comenzar cualquier cosa.

El martes fui a verme en el espejo. Pero mi reflejo no estaba allí. No había nada. Se veía la pared detrás de mí. ¿Acaso me había vuelto invisible? Salí corriendo de allí. No sabía qué hacer.

Escuché entonces una voz femenina. Mejor dicho, escuchaba mi propia voz. ¿Qué andas buscando? El envase de la sal está sobre el refrigerador.

Era yo. Era ella. No sé quiénes éramos.

El holograma de la tele anunciaba: Ha sido robado el replicador de almas, en Gaziantep (Turquía). Todas las fuerzas de seguridad se encuentran desplegadas. Recordamos que su uso aún no ha sido autorizado por los científicos. Cualquier información, escriba a este email…

¿Has visto el envase de la sal?, me dijo, me dije.

La legalización del canibalismo

Hace ya 37 meses que no llueve. La sequía no ha hecho más que arreciar. El agua de los pocos riachuelos y embalses que quedan ha sido privatizada y su consumo debe estar debidamente justificado. De lo contrario, es imposible acceder al vital líquido. Hace ya más de 3 años que no llueve, y esto ha condicionado mucho los cultivos. El acceso a la alimentación está condicionado por la postura política que tengas. Siempre ha sido así, comentan algunos.

La desesperación no ha sido más que ascendente. A cada día, en cualquier lugar, todas las personas se reúnen con un único plan en mente: saquear los pocos recursos que quedan. Deben hacerlo en grupo, ya que el ejército se mantiene en las calles intentando calmar la situación. Aunque sin éxito para estos días. Los saqueos ya son masivos, y los recursos son cada vez menos. Siempre ha sido así, comentan otros.

La desesperación también ha tenido otras consecuencias. La delincuencia es una de ellas. Robar y asesinar, a mano armada y a la luz del día. Pero cada vez hay menos cosas que robar. Y cada vez asesinar pierde el valor, porque poca gente vale algo. A estas horas, hay más armas en la calle que alimentos en las despensas. Siempre había sido así, al menos en los últimos años, comentan algunos sabiondos.

Pese a que siempre ha sido así, pese a que las cosas debieran seguir estando así, la gente se ha volcado a las calles. Salen en masa. Ya no a robar, a saquear o a asesinar. Sino a protestar. Parece que todos han logrado unirse para una causa común. Y de hecho, parece que sí se han unido en una única masa humana. Es como si de repente el mundo le devolviera a la humanidad su humanismo natural.

Sin embargo, la desesperación sigue estando latente, a la espera de un pinchazo emocional en el grupo.

El presidente por fin se hace visible entre la gente. Tiene anuncios importantes. Hay medidas que tomar. Necesita tranquilizar al pueblo.

Hermanos y hermanas. Estamos en un periodo de dificultad incomparable en toda nuestra historia. Por eso he decidido legalizar el canibalismo. Buenas tardes.

Sus palabras entraron en el cerebro popular como un bálsamo permanente. Al menos sirvió para distraer los 5 minutos que tardó el presidente en alejarse de la multitud, subir a su limosina y volver a su búnker presidencial.

En 2 meses, la población había disminuido 52%. Las redes cloacales tenían un color rojizo bastante metálico, correoso y viscoso.

En 2 meses, la oferta de alimentos por fin había superado a la demanda. De nuevo el dinero comenzaba a reinar en la sociedad. Como había sido siempre, argumentaban algunos.

El Presidente fue reelegido para un nuevo periodo presidencial.

Satisfacción en un mundo post-apocaliptico

No tenía idea de dónde se encontraba. Pero se sentía bien. Su último recuerdo era verse buscando agua y comida cerca del hospital de campaña. Pero se sentía bien. Ya no existía hambre, ni sed ni dolor. Sus necesidades estaban cubiertas. Como si el mismísimo Maslow hubiera coloreado de verde una pirámide para él.

No recordaba sus caras ni sus nombres. Sus compañeros de recolección de agua y comida no estaban. Miró a todos lados, y no había nadie más. Pero no le importaba. Y no era egoísmo. Simplemente se sentía bien.

Salió al exterior. El shock fue desproporcionado. El mundo post-apocalíptico en el que vivía había sido reemplazado por verdor. Una tupida vegetación y un canto celestial de aves le llevaron los ojos de lágrimas. Recordó su niñez. La casa de su infancia.

Caminó. Tocó. Sintió. De verdad estaba ocurriendo. Todo formaba parte de la realidad. Y lejos de querer explicárselo, sólo lo disfrutaba. Le sorprendía que estaba solo. A su alrededor no había un ser humano más. No había con quien compartir la buena nueva. La Tierra, cual ave Fénix, resurgió de sus cenizas. Y sólo él era testigo.

Y comenzó a preocuparse. Acaso a asustarse. ¿De verdad estaba solo en este mundo perdido? ¿Todos habían muerto y sólo él quedaba por preservar la especie?

Se asustó. Y del miedo, y nervios, se arrancó el implante subdérmico que llevaba en el cuello. Y al pestañear habían vuelto sus amigos. Al volver todo volvía a ser ocre, seco, muerto.

Ahora, más asustado, intentó colocarse el implante. Necesitaba volver a estar en control. A sentirse bien. Pero no funcionaba. Era inútil.

Tenía sed. Mucha hambre. No entendía por qué todos sus compañeros estaban sonrientes. ¿Acaso eran estúpidos? ¿Cómo podían alegrarse de tanta miseria?

Estaba desesperado. Tragó el implante subdérmico en un último intento por volver. Pero murió. Y nunca se atrevió a preguntar a sus compañeros dónde estaban el agua y la comida.

Energía eterna

En un último intento por salir de la pobreza, Phil decidió patentar un nuevo invento. Su carrera de inventor siempre estuvo marcada por el infortunio, por la mala suerte o no sé qué. Pero estaba decidido a cambiar su fortuna.

Fue entonces cuando comenzó a recordar todos los intentos fallidos. Mejor dicho, la tragicomedia de su historial como científico.

Su último invento, el cigarrillo del fin de los tiempos, no había resultado como quería. A pesar de que un cigarrillo duraba 25 años, nadie pudo vivir para contarlo. Sólo en su ciudad murieron 3.000 personas por cáncer de pulmón.

No. No había funcionado.

Antes estuvo la máquina de criogenización. Estaba destinada a preservar a los organismos, a medida y bajo demanda. Por fin el invento que nos permitiría ser inmortales, jugar con el tiempo, dominar las cuatro dimensiones.

Al probar con su perro, en lugar de criogenizarlo, acabó matándolo de hipotermia.

No. Tampoco había funcionado.

Pero ahora estaba decidido. Era su último intento y en su mirada se notaba.

Fue así como comenzó a crear la P-42, ya que era el intento número cuarenta y dos de salir de su infortunio. La P-42, o la batería eterna, podría dar energía durante 2.743 años ininterrumpidos.

Antes de terminarla murió. El doctor anunció que Phil murió de agotamiento. La batería inagotable no funcionó con energía estática.

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