De médicos | Capítulo 1

De médicos | Capítulo 1

De médicos | Donde acaba el tiempo |Capítulo 1 | Alicante, octubre de 2011 | Sentí un gran alivio cuando el doctor Maldonado me informó de que los resultados de las pruebas que me habían hecho confirmaban que no padecía esquizofrenia.

          –Entonces, esta obsesión, estos terrores nocturnos… Cada vez son más intensos y frecuentes… –murmuré.

    Era una mañana radiante de otoño. Estábamos en la consulta privada que el doctor Maldonado tenía en el último piso de un edificio situado en la céntrica plaza de los Luceros de Alicante, un despacho amplio y bien iluminado gracias al ventanal por el que entraba a raudales la claridad solar, cálida y silenciosa como una caricia divina. El mobiliario era escaso pero elegante: escritorio moderno y funcional, mesa auxiliar coronada por una pantalla de ordenador, dos sillas cómodas, estanterías repletas de libros cubriendo las paredes blancas, donde colgaban varios diplomas enmarcados, suelo de parqué brillante y resguardado bajo el escritorio por una alfombra gruesa y de inspiración oriental… Olía ligeramente a jazmín pero, como no había a la vista ninguna flor, deduje que debía haber algún ambientador escondido en alguna parte.

            Sentado en la butaca reclinable que había detrás del escritorio, el doctor Maldonado me explicó con voz firme pero monocorde que habría que buscar la causa de la obsesión, y que para ello quizá lo mejor sería pedir la colaboración de un hipnoterapeuta…

            Mientras escuchaba, observé al psiquiatra –en la mitad de la cincuentena, calvo, gafas de montura ligera y dorada, ojos pardos, mirada atenta, nariz aguileña, barba entrecana, cuerpo con ligero sobrepeso, bata blanca sobre camisa del mismo color, corbata azul turquesa–, hasta que oí la palabra hipnoterapeuta. Entonces reaccioné, preguntando:

            –¿Hipnosis? ¿Quiere que me hipnoticen?

            –Una vez descartada la esquizofrenia y dado que con las sesiones de terapia convencionales no hemos descubierto la causa de su trastorno, creo que la hipnoterapia puede ser un tratamiento coadyuvante que podría servirnos para averiguar la raíz de…

            –¿Me hipnotizaría usted?

            –No, yo no soy hipnólogo. Pero no debe preocuparse, conozco a un buen especialista, el doctor Ríos… –y al ver que mis cejas fruncidas no se relajaban, sonrió–: Por favor, no debe confundir al hiponotizador que haya podido usted ver en los espectáculos, con el hipnólogo o hipnoterapeuta que usa la hipnosis con fines terapéuticos y de manera complementaria al tratamiento médico de fobias, de dolor, de adicciones, de trastornos de la conducta alimentaria… Somos cada vez más los psiquiatras, oncólogos y psicólogos que solicitamos la colaboración de estos colegas hipnólogos, pues la mayoría de ellos son también médicos…

            –¿Como ese doctor Ríos…?

            –El doctor Ríos es un prestigioso psicólogo que lleva muchos años especializado en hipnoterapia. –El psiquiatra suspiró levemente antes de añadir–: Llevamos varias sesiones de psicoterapia sin avanzar, completamente estancados. Si estuviéramos en los años sesenta del pasado siglo o en la próxima década, quizá podríamos ayudarnos de un fármaco tan eficaz como el LSD para derribar la barrera psíquica con que nos tropezamos una y otra vez…

            –¿El LSD?

            –Sí, ya sabe, la dietilamida de ácido lisérgico, más conocida como LSD o, simplemente, como ácido

            –Sí, esa droga que estaba tan de moda en la época de los hippies

            –Eso es. Sólo que, antes de hacerse tan popular, era empleada por muchos psiquiatras en las sesiones de psicoanálisis, con excelente resultado he de decir…, hasta que fue prohibida. Ahora, casi medio siglo después, vuelve a debatirse la conveniencia o no de rescatar el LSD como psicolítico, siendo varias las investigaciones que se están llevando a cabo en este sentido, como la que está realizando la prestigiosa Escuela de Medicina Monte Sinaí de Nueva York, o la Universidad de California, o una importante empresa farmacéutica de Suiza. Pero en tanto no concluyan tales ensayos y se vuelva a autorizar el uso psicoterapéutico del LSD, hemos de recurrir a otros medios para conseguir superar esos obstáculos con que nos encontramos en la consciencia de algunos pacientes, como usted. En mi caso me decanto por la hipnoterapia porque su ayuda me ha servido mucho para tratar a otros pacientes… Si usted sufriera esquizofrenia, por supuesto no le recomendaría la hipnosis, como tampoco le recomendaría en su momento el LSD, pues sería muy contraproducente, pero como hemos descartado esa enfermedad…

            Por estar a contraluz –el ventanal estaba detrás del psiquiatra–, creí ver por un momento la cabeza del doctor Maldonado rodeada de una aureola anaranjada. Fue sólo un instante, pero me preocupó porque no era la primera vez que percibía un efecto como aquel. Desde hacía días, cada vez con mayor frecuencia veía a la gente de forma borrosa, aunque estuviera cerca. Era evidente que estaba perdiendo visión, sobre todo en el ojo derecho, pero no sabía si tenía algo que ver o no con el trastorno mental que padecía. Se lo pregunté al doctor Maldonado, quien hizo un mohín con los labios antes de responderme:

            –Seguro que no tiene nada que ver. Yo de usted iría a la consulta de un oftalmólogo.

            –Así lo haré.

            –En cuanto a la hipnoterapia…

            –Haré lo que usted me sugiera.

            –Muy bien. Le facilitaré el número de teléfono del doctor Ríos… Hablaré con él y le pediré que me mantenga puntualmente informado del resultado de sus sesiones.

El doctor Maldonado me había sido recomendado por otro psiquiatra, el doctor Lloret, director del Hospital Psiquiátrico Provincial, situado en la vecina población de San Juan, donde se encontraba ingresada mi hermana desde el pasado mes de agosto.

            Llevaba ya varias semanas padeciendo aquellos ataques extraños de ansiedad y de terrores nocturnos cuando, temiendo que fuesen los primeros síntomas de una esquizofrenia, aproveché la siguiente visita que hice a mi hermana para contarle al doctor Lloret mi preocupación.

            –Por lo que me cuenta, no parece que se trate de un brote esquizofrénico, pero lo mejor será que vaya a la consulta de un psiquiatra…

            –Pero usted es psiquiatra… –repuse, ligeramente angustiada. Estábamos en el vestíbulo del hospital, adonde me había acompañado el doctor Lloret después de haber estado ambos con mi hermana.

            –Pero sólo atiendo a pacientes ingresados en este hospital… En su centro de salud le dirigirán al especialista que le corresponda. O, si lo prefiere, puedo recomendarle a uno o varios colegas que tienen consulta privada… En cualquier caso, no debe preocuparse en exceso, muy probablemente esos ataques de ansiedad se deben al estrés que está sufriendo últimamente… Pero sí que conviene descartar de manera definitiva la esquizofrenia porque, si bien en su familia no existe ningún antecedente, salvo su hermana…

            –En la familia de mi madre no hay ningún antecedente. En cuanto a la de mi padre, ya le dije en su día que resulta imposible saberlo… Pero, ¿tan importante es eso? Quiero decir, ¿la esquizofrenia es hereditaria?

            –Las estadísticas dicen que la esquizofrenia afecta a una de cada cien personas, que el ochenta por ciento de los casos tienen un origen genético y que, cuanto más grave es la enfermedad, más importante parece este componente hereditario. Sin embargo, en el caso de su hermana, al no conocer su ascendencia paterna, no podemos asegurar que su esquizofrenia haya sido heredada…

            –Pero usted cree que sí…

            Rafael Lloret –en la segunda mitad de la cuarentena, alto, delgado, serio, traje oscuro– se encogió ligeramente de hombros al tiempo que respondía:

            –La esquizofrenia que padece su hermana es muy severa y demasiado complicada como para que no tenga un origen genético. Pero lo que yo crea no es concluyente…

            –¿Y los estudios genéticos que me dijo que pensaban hacerle…?

            –Era una posibilidad. Se están llevando a cabo algunos estudios de investigación y cabía la posibilidad de que Carmen entrara a formar parte de uno de los grupos seleccionados, pero no ha sido así… De todos modos, por desgracia, aún no se conoce la forma en que la acumulación de variaciones genéticas termina por producir esquizofrenia. Es todavía muy complicado detectar las regiones del genoma donde se incuba la enfermedad. Ojalá que los genetistas lo descubran pronto; así podríamos llegar a la etiología de la esquizofrenia. Mientras tanto, los psiquiatras sólo podemos tratar los síntomas, lo que resulta realmente frustrante…

            –Y, mientras tanto, continúa además siendo incurable…

            –Así es.

            Carmen y yo somos gemelas. Nacimos en Ibiza en mayo de 1969 y, como todos los gemelos, tenemos un gran parecido físico: misma complexión –un metro y sesenta y cinco centímetros de estatura; cincuenta y ocho kilogramos de peso–, rubias, ojos azules, cejas anchas, un hoyuelo en la barbilla que hace juego con los que aparecen en las mejillas cuando reímos…, pero desde que nacimos hay algo que nos distingue a simple vista: el lunar que poseo en la frente, justo encima del entrecejo, y que, a diferencia de Carmen, que no lo tiene, he heredado de mi madre.

            A nuestro padre no lo conocimos y nuestra madre nos habló muy poco de él. Sólo nos dijo, cuando éramos niñas, que era estadounidense, que se llamaba Patrick –de ahí mi nombre– y que era uno de los primeros hippies que llegaron a Ibiza a finales de la década de los sesenta. Al parecer se enamoraron, tuvieron un romance que duró apenas un par de meses de verano, y luego él se marchó, seguramente de vuelta a Estados Unidos, sin saber que mamá se había quedado preñada. De ahí que Carmen y yo tengamos los mismos apellidos que mi madre: Mayans Tur. Aunque, en nuestra infancia y durante buena parte de nuestra adolescencia, no fue mamá quien cuidó de nosotras, sino nuestra abuela Carmen –de ahí el nombre de mi hermana–, la madre de mamá.

              La abuela había heredado la casa de sus padres y un hostal en el puerto de Ibiza, el cual regentaba con ayuda del abuelo y el tío Miguel, hermano mayor de mi madre. Ésta también trabajó en el hostal

puerto de ibizaVista del puerto de Ibiza

después de darnos a luz, pero cuando teníamos tres años la abuela la mandó al extranjero, para que aprendiera idiomas y conociera cómo se trabajaba en otros hostales y hoteles de Europa. Y aunque venía a casa cada vez que podía para pasar con nosotras varias semanas seguidas, incluso meses, la verdad es que estuvimos mucho tiempo separadas. Hasta que, por fin, en septiembre de 1982, mamá nos reunió con ella en Villajoyosa, donde trabajaba como recepcionista en el hotel Montíboli. Y allí vivimos las tres juntas durante cinco años, en un piso céntrico que mi madre había alquilado.

 

           En junio de 1987 mi madre empezó a trabajar como relaciones públicas de un importante hotel de Benidorm, adonde se desplazaba a diario desde Villajoyosa en su coche; y cuatro meses después, en octubre de ese mismo año, yo me fui a Valencia. Allí, compartiendo piso con otras estudiantes, estuve cinco años estudiando empresariales, además de inglés y francés en la Escuela Oficial de Idiomas. Durante los últimos dos años, entre 1990 y 1992, compatibilicé los estudios con mi trabajo como recepcionista en un céntrico hotel valenciano.

            Mientras tanto, mi hermana había empezado a trabajar, con diecinueve años, en el hospital público de Villajoyosa como auxiliar de clínica. Carmen y yo compartíamos, como gemelas que éramos, muchas filias –el sabor de la canela, el olor de la ropa limpia, la música disco, las películas románticas, Richard Gere…– y algunas fobias –alergia a los gatos, miedo a la oscuridad, que se convirtió en auténtico pavor cuando supimos que ambas éramos sonámbulas, aunque, según mamá, yo era la que con más frecuencia solía levantarme de la cama para pasear por el piso–, pero nuestros caracteres eran bien distintos. Carmen fue una niña menos inquieta y sociable que yo; una adolescente obediente y que se conformaba fácilmente –sólo se rebelaba en contadas ocasiones y para apoyarme cuando yo más me ofuscaba–, a la que le costaba sacar buenas notas en los estudios pese a que se esforzaba tanto o más que yo; una joven tímida y callada que, no obstante, captó el interés de Mario, un joven alicantino que solía veranear todos los años en Villajoyosa, de donde era natural su padre.

            Mario y Carmen se hicieron novios en agosto de 1991 y, dos años después, cuando ella –como yo– tenía veinticuatro años, se casaron y se fueron a vivir a Aspe, donde él trabajaba como maestro. Unas semanas antes de la boda, Carmen había empezado a trabajar como auxiliar de clínica en el Hospital General de Elche.

            Mamá había vendido tres años antes, en 1990, su parte del hostal de Ibiza a su hermano Miguel. El abuelo había fallecido unos meses antes de un infarto de miocardio y la abuela de un cáncer siete años antes, en 1983.

            Apenas un mes después de que mi hermana se casara y se fuera a vivir a Aspe, mi madre dejó el piso de alquiler de Villajoyosa y se fue a Benidorm, donde trabajaba y había comprado unos meses antes, con el dinero que le diera tío Miguel, un pequeño pero confortable ático en el casco antiguo.

            El doctor Joan Ríos Romeu, director de la Clínica Psicológica Hipnos de Alicante –situada en la avenida Alfonso el Sabio, frente al Mercado Central– había nacido en Barcelona en 1962, era licenciado en psicología por la Universidad Central de Barcelona y se había doctorado en la de Oxford. Todo esto lo sabía antes incluso de conocerle personalmente, gracias a la información que había obtenido de él por internet. Por este mismo medio había averiguado también que la American Medical Association de Estados Unidos había reconocido la hipnosis como tratamiento –recomendando su estudio en las facultades de medicina– ya en 1958, y que en algunos países, como Gran Bretaña, la hipnoterapia estaba incluida en la Seguridad Social.

            Pero lo que no sabía del doctor Ríos –porque no había encontrado ninguna fotografía suya en internet–, era que, a sus cuarenta y nueve años, tenía el aspecto de un treintañero –esbelto, con muy pocas canas, sin apenas arrugas– atractivo –ojos verdes protegidos por largas pestañas, labios risueños y carnosos, voz grave y calmosa– y con clase –pantalón de lino gris, zapatos limpios pero no brillantes, impecable bata blanca sobre una camisa estampada de cuello extendido y puños estilo francés, reloj de oro pero discreto, manos suaves y tranquilas que desprendían un leve y agradable aroma a limón y miel cuando se movían–. Esto lo supe cuando me encontré por primera vez ante él, en la última semana de octubre de 2011.

            La misma joven que me había recibido en la entrada de la clínica, uniformada de blanco, me acompañó hasta el despacho del doctor Ríos, el cual me saludó con afabilidad. Sabía cómo me llamaba y, grosso modo, qué era lo que esperaba de él porque el día anterior había recibido una llamada telefónica de mi psiquiatra, su amigo Fernando Maldonado.

enfermera en curiosidario

            –Fernando ya me ha anticipado que se ha descartado la esquizofrenia, lo cual es importante –dijo el doctor Ríos al mismo tiempo que nos sentábamos uno enfrente de otro, con un escritorio blanco en medio. Achaqué a mis problemas crecientes de visión el hecho de que me pareciera ver su cuerpo rodeado de un delicado halo de color azul marino–. Pero también es importante que descartemos otras enfermedades, ya que la hipnoterapia está contraindicada si el paciente las padece. –A continuación me preguntó si estaba embarazada o si sufría o había sufrido algunas enfermedades: cardiopatías, epilepsia, hipotensión, ictus cerebral… A todo contesté negativamente, y él se tomó su tiempo para hacer sus anotaciones en una especie de ficha que ya tenía abierta y encima del escritorio.

            –Como estoy seguro que ya le habrá dicho el doctor Maldonado, nosotros trabajamos siguiendo sus indicaciones, puesto que, en su caso, la hipnoterapia no será más que un complemento del tratamiento psiquiátrico –me dijo, mirándome con esos ojos verdes y risueños que, para mi sorpresa, descubrí que tenían el poder de causarme cierta turbación.

            –Sí, me lo dijo –asentí, desviando la mirada–. También he leído algunas cosas sobre la hipnosis y…

            –No voy a decirle que no lea, por supuesto, pero he de advertirle que se escriben muchas cosas sobre la hipnosis, especialmente en internet, que verdaderamente no tienen nada que ver con la realidad. Al menos con la realidad de la hipnoterapia.

            –Sí, lo sé. También me lo advirtió el doctor Maldonado. Me habló de la diferencia entre los hipnotistas que se ganan la vida en la farándula y ustedes, los hipnólogos…

            –Exacto. Como muchas otras cosas, la hipnosis es beneficiosa o perjudicial, seria o frívola, según quién, cómo y para qué se utilice.

            –Entiendo.

            –La hipnosis es una técnica con la que se consigue un estado psico-fisiológico distinto del estado de vigilia, a través de la máxima relajación mental y física del individuo. Es un estado de gran concentración de la consciencia, producido artificialmente, en el que influyen las sugestiones realizadas por el hipnoterapeuta. Por eso es importante que haya un buen nivel de confianza entre el paciente y el hipnólogo. Lo entiende, ¿verdad?

            –Sí.

            –¿Y está usted dispuesta a confiar en mí?

            El hipnólogo amplió su sonrisa y yo le respondí con la mía.

            –Estoy aquí, ¿no?

            –Sí, claro. Pero, perdone que insista, es muy importante que usted confíe en mí y que esté dispuesta a colaborar sin reparos. En contra de lo que mucha gente cree, no es cierto que se pueda hipnotizar a cualquiera en contra de su voluntad, ya que se requiere una gran atención y concentración de la persona a la que se desea hipnotizar. Del mismo modo que no es verdad que la buena disposición y capacidad para ser hipnotizado sea sinónimo de voluntad débil o de poca inteligencia; muy al contrario, la inteligencia y una fuerza moderada del ego son factores que ayudan mucho para conseguir una buena concentración.

            –Confío en usted.

            –Estupendo. Acompáñame entonces, por favor.

            El doctor Ríos me condujo hasta una estancia contigua, a la que se accedía a través de una de las dos puertas que había en el despacho. Se trataba de una habitación reducida e interior, sin ventanas, con las paredes blancas completamente desnudas y rejillas de aire acondicionado en el techo, en la que había una camilla, una silla, una lámpara de pie, una mesita sobre la que había un ordenador portátil y una cámara que, apoyada en un trípode y conectada al ordenador por un largo cable, enfocaba a la silla y la camilla. Una vez cerrada la puerta, allá dentro sólo se oía nuestra respiración, sólo se olía, y muy levemente, el perfume de limón y miel que desprendían las manos del hipnólogo.

            –Por favor, túmbese –y mientras lo hacía, tomó él asiento en la silla, al tiempo que me explicaba–: Hay dos tipos de hipnoterapias: la supresora y la expresiva. La primera se emplea para hacer desaparecer una forma de conducta determinada; es la que utilizo, por ejemplo, con los anoréxicos o bulímicos. La segunda, la expresiva, se emplea para traer a la consciencia del paciente las experiencias pasadas que puedan encerrar la causa de su trastorno mental. En su caso, señora Mayans…

            –Patricia.

            –¿Cómo?

            Me mordí el labio inferior. Debía empezar a concentrarme. Aunque le estaba escuchando, me había descubierto intentando ver si llevaba una alianza en sus dedos.

            –Llámeme Patricia, por favor.

            –Ah, estupendo. Bien, Patricia. Como le decía, en su caso vamos a llevar a cabo una terapia expresiva. ¿De acuerdo?

            –De acuerdo.

            –Muy bien. Para ello debemos llegar a la tercera fase, lo cual no es fácil conseguir las primeras veces. Por eso le pido que tenga paciencia. Es posible que nos cueste varias sesiones llegar a esa tercera fase. Aunque también es verdad que podemos llegar en esta primera sesión… Ya veremos.

            –Vale. Intentaré portarme lo mejor posible.

            –Eso está bien –sonrió–. En la primera fase estará consciente, pero gracias a su concentración la induciré a un estado de trance suave en el que notará cómo se irá relajando paulatinamente, cómo todos sus músculos se irán relajando hasta tener la sensación de que se halla en un estado letárgico. En la fase segunda su mente estará muy calmada y receptiva, y tendrá la sensación de que su cuerpo se abandona hasta la inmovilidad. Y por fin, en la tercera fase, que es la de mayor concentración, la sensación corporal será la de no existencia, entrará en un trance profundo en el que podrá abrir los ojos pero sin despertar…

            –Como una sonámbula… –le interrumpí casi sin querer, al acordarme de pronto de mis lejanos episodios de sonambulismo cuando era adolescente.

            –Muy parecido, sí. En esta última fase, gracias a que será muy sugestionable, regresaremos al pasado para tratar de recuperar de su memoria oculta, visualizándolos, reviviéndolos, aquellos traumas o recuerdos reprimidos que puedan contener la raíz de su obsesión actual. Es lo que llamamos una hipnosis regresiva. Luego, poco a poco, retornaremos al estado de vigilia.

            –¿Cuánto tiempo durará?

            –Depende de lo que nos cueste pasar de una fase a otra. A la primera suele llegarse pronto, en cosa de cinco o diez minutos. A la segunda cuesta llegar un poco más, entre quince y veinte minutos. Y a la tercera…, ya le digo, es imposible saberlo por anticipado. Igual conseguimos acceder a ella en seguida, que tardamos varias sesiones. Como en todo, cuanto más se practica más rápido se consiguen cubrir las fases hipnóticas. También ayuda el aprendizaje y el ensayo, pues se mejoran mucho los resultados si el paciente se entrena en su domicilio con ayuda de la grabación de una inducción con la voz del hipnólogo… Pero no nos adelantemos a los acontecimientos… ¿Está usted preparada para iniciar la sesión, señori… Patricia?

            –Sí –contesté, acomodándome en la camilla.

            –Tengo por costumbre grabar las sesiones por si posteriormente he que hacer alguna consulta, repasar algún detalle. Por supuesto, su uso es restringido y confidencial. Nadie más que yo tiene acceso a las grabaciones. ¿Hay algún inconveniente por su parte?

            –Si es como usted dice, no tengo ninguno.

            –Estupendo –dijo él, apretando una tecla del ordenador que puso en marcha automáticamente la cámara de vídeo y atenuando luego la luz de la lámpara hasta sumir la habitación en una agradable penumbra. Aunque estaba mirando el techo, creí ver de reojo que el halo azul que envolvía su cuerpo brillaba más que antes, lo cual me preocupó, pues temía que estuviera agudizándose mi problema de visión. Si bien me preocupó mucho más ver cómo mi propio cuerpo parecía radiar una tenue claridad rosada.

– Empecemos, pues…

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