Cultura

Denia 1813

Denia, 1813 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 20 | Denia, junio – diciembre de 1983 | Mauricio | Vio zarpar el barco francés donde iban muchos de los dianenses que habían colaborado con las fuerzas napoleónicas, y sintió un ligero vahído al saberse en tierra y abocado a un futuro incierto.

No era la primera vez que muchas de las familias francesas o afrancesadas de Denia abandonaban la ciudad ante el inminente peligro de que ésta fuese atacada por los guerrilleros. Así había sucedido en noviembre del año pasado y dos meses antes, en abril; si bien los Chabás, Forrat, Lostalot y demás habían regresado en cuanto pasó el peligro, al ser frenado el avance de los guerrilleros e incluso obligados a retroceder hasta posiciones alejadas. No obstante, esta vez Mauricio temía que la ofensiva guerrillera fuese definitiva. Dos días antes, el 9 de junio, se habían retirado los soldados franceses que había acuartelados en el convento de Ondara, marchando hasta Cullera, dejando de esta manera sola y aislada a la guarnición de Denia, pues se sabía que los guerrilleros habían tomado Jávea, al sur, y Oliva, al norte.

Debía de ir en ese barco, pensó Mauricio Gavilá en tanto miraba la nave alejándose mar adentro. Sospechaba que se arrepentiría de no haber obligado a su hija a embarcarse con él, pero también era consciente de que, de haberlo hecho, se habría ganado su desprecio, quizás para siempre. Ciertamente Loreto le había liberado de su responsabilidad para con ella, y hasta le había animado a que se marchara, recordándole que ya no era una niña, que había cumplido veintiocho años, y que podía valerse por sí misma; pero Mauricio ni siquiera pensó en ello. ¿Cómo dejarla sola en una ciudad amenazada por la guerra? Loreto le había replicado que no se quedaría sola, que estaría con Jacques, pero Mauricio sabía que éste no podría defenderla en caso de que hubiera un ataque, puesto que tendría la obligación de obedecer las órdenes que le dieran sus superiores y no podría estar todo el tiempo junto a ella, ni tampoco esto era deseable, ya que correría aún más peligro. Además, aunque realmente era ya una mujer, no era menos cierto que Loreto tenía necesidad de que la cuidaran, de que la vigilaran por las noches, para que no se hiciese daño cuando se levantaba dormida y deambulaba por la casa, intentando a veces salir a la calle. Hacía años que no sufría estos episodios, pues Mauricio calculaba que los últimos, ya muy esporádicos, los había padecido cuando era una jovencita de trece o catorce años; sin embargo, habían reaparecido unos meses atrás, coincidiendo casi con la ocupación de la ciudad por parte de la Grande Armée, y últimamente se producían con mayor frecuencia y virulencia.

No, definitivamente Mauricio no podría haberse ido de Denia sin su hija, a la que había cuidado desde que muriera Ana, apenas un año después de dar a luz a Loreto.

–Ana… –murmuró Mauricio, antes de suspirar y darle la espalda al muelle, para dirigirse con paso decidido hacia la puerta del Mar. Hacía veintisiete años de la muerte de su esposa y aún había momentos, como este, en que la echaba de menos. Tanto la había querido, que jamás pensó en desposarse en segundas nupcias. Con el transcurso del tiempo había cedido a la tentación de la carne, manteniendo relaciones más o menos prolongadas con algunas damas (solteras o viudas, pues sentía repulsión por el adulterio) residentes en Denia o en poblaciones vecinas, pero nunca se le pasó por la cabeza darle una madrastra a Loreto, su querida hija, quien con el paso de los años se fue pareciendo cada vez más a su madre.

Como su madre, Loreto había nacido –tras un parto rápido– con un peculiar lunar en la frente, y había crecido desarrollando las mismas complacencias y fobias que ella: el gusto por algunas especias –la canela, principalmente–, la afición por tender la ropa limpia, la aversión hacia los gatos… A diferencia de Ana, que siempre fue muy delgada, Loreto había empezado a engordar después de cumplir los veinte años –aunque, quién sabe, quizá si no hubiera muerto tan joven, a los veintidós años, víctima del tifus, también Ana habría acabado engordando–, si bien había adelgazado bastante durante el último año y medio, a partir de que reaparecieran aquellos ataques de terror nocturnos.


Ya intramuros, pasó junto a la iglesia de la Asunción y se dirigió hacia la calle de San Cristóbal, donde se hallaba su casa: un edificio de una sola planta, en cuyo zaguán se encontró con el capitán Jacques Javelier.

–¡Ah, señor Gavilá! He aprovechado que tenía tiempo antes de volver al castillo, para pasar a saludarles. Loreto me ha dicho que usted había ido al puerto…

–Así es –confirmó Mauricio, también en francés y forzando una sonrisa con la que intentaba disimular su preocupación. Aun así, el capitán pareció adivinar su estado de ánimo, pues dijo:

–No se preocupe, señor Gavilá, ya verá cómo esa banda de malhechores no se acercará siquiera a Denia. Les pararemos los pies mucho antes de que asomen por la ladera del Montgó.

Mauricio miró los ojos azules de aquel hombre –de la misma edad que su hija, alto, delgado, de nariz prominente, cabello ralo y rubio, labios finos en boca grande, orejas y manos también grandes, vestido con uniforme de campaña– y vio en ellos tanta confianza como arrogancia. Aunque se sintió al instante más calmado, objetó:

–Pero dicen que Suchet ha ordenado la retirada a Gandía de todos los soldados franceses, menos ustedes, los que están guarneciendo Denia. Y que dentro de poco los guerrilleros nos tendrán rodeados.

El oficial francés hizo un mohín de desdén con sus labios, antes de afirmar con cierto aire altanero:

–El mariscal sabe muy bien lo que se hace, señor. El comandante Brin está seguro de que se trata de una maniobra para reagrupar nuestras fuerzas, antes de organizar una ofensiva general que hará retroceder al enemigo hasta Alicante. Y todos los oficiales estamos convencidos de que así será.

–Ojalá, capitán.

Jacques Javelier llevaba en Denia desde su ocupación por el ejército napoleónico.

A las dos de la tarde del 19 de enero del año anterior, medio millar de soldados franceses, a las órdenes del general Habert, habían entrado en Denia sin encontrar resistencia para júbilo de los franceses y numerosos afrancesados que allí vivían. Muchos de éstos ofrecieron sus casas para alojar a los oficiales de la Grande Armée.


Uno de aquellos dianenses afrancesados era Mauricio Gavilá. Hijo de una acaudalada familia dianense, había estudiado en Londres y París. Regresó a Denia como notario y se casó a los veinticuatro años con Ana Lattur. Como la mayoría de los españoles cultos que habían viajado por el extranjero, Mauricio estaba hondamente influenciado por los aires de libertad que recorrían Europa tras la Revolución Francesa. Este afrancesamiento intelectual le llevó a colaborar con los franceses que ocuparon el país –y, más concretamente, Denia–, a los que saludó como regeneradores de la política española, hasta entonces regida por una monarquía absolutista y gobiernos corruptos. Y, como él, pensaban muchos otros dianenses, entre los que se encontraban sus hermanos Antonio, que era médico, y Manuel, sacerdote y alcalde desde que le nombrara para ese cargo, el 21 de agosto del año anterior, el gobernador militar francés.

Mauricio acogió en su casa a un oficial, el capitán Jacques Javelier, con quien le gustaba mantener largas conversaciones en francés. Soltero, inteligente, vigoroso, ateo pero tolerante con «las creencias religiosas y demás supersticiones ajenas», el capitán Javelier hubo de trasladarse empero unos meses más tarde a casa de Antonio Gavilá, hermano de Mauricio. Así lo acordaron ambos, inmediatamente después de que el francés le pidiera permiso a Mauricio para cortejar a su hija, y éste aceptase. Fue para él una gran sorpresa aquel enamoramiento mutuo, pues hasta entonces no había percibido señal alguna entre ellos en ese sentido –ni siquiera una mirada– y no comprendía cómo podían haberse comunicado: Loreto no hablaba francés y Javelier no hablaba valenciano, siendo su vocabulario de castellano muy exiguo. Pese a todo, era evidente que habían suplido aquellas carencias de algún modo y a sus espaldas, aunque siempre de forma cabal, según le aseguró una Loreto entusiasmada y verdaderamente enamorada.

Javelier se despidió y marchó hacia el camino por el que se ascendía a la fortaleza, al mismo tiempo que Mauricio entraba en su casa y se dirigía directamente a su dormitorio. Allí se quitó el bicornio y el frac, antes de lavarse las manos en el palanganero. Después fue a la cocina, donde estaba Ambrosia, mujer cuarentona y oronda que servía en la casa desde hacía veinte años.

–¿Qué tenemos hoy para comer?

–No mucho, don Mauricio. He encontrado poca cosa: arroz, unas verduras, medio pollo… Pero suficiente para hacer una paella –contestó Ambrosia sin separar su atención del hogar, donde había una sartén con un poco de aceite de oliva calentándose.

Mauricio suspiró y salió de la cocina. Aunque hacía meses que se había resignado a los sacrificios que imponía la guerra, el hambre era uno de los que peor soportaba, pues siempre había sido un buen comedor, tal como seguía delatando su cuerpo, a pesar de todo.

Tras la conquista francesa, tanta fue la escasez de víveres y la penuria que llegó a haber en Denia, que el gobernador Bergeron accedió a que se redujeran las raciones exigidas a los vecinos para alimentar a su tropa, ordenando además a los más pudientes que vendieran el trigo que les sobrase a un precio moderado, so pena de serle confiscado, para entregárselo a los pobres. Aun así, el hambre apareció muy pronto en la ciudad. En consecuencia, cualquier visita de un comerciante era acogida con gran alegría. A partir de junio –hacía justo un año– empezó a llegar el trigo y el ganado en grandes cantidades, comprado o requisado en los pueblos de la gobernación, que sirvió para aliviar las perentorias necesidades de los dianenses, si bien la mayor parte no se había quedado en la ciudad, sino que era enviado a Gandía, donde estaba el cuartel general francés, e incluso a Valencia. ¡Con qué envidia había visto Mauricio partir a los soldados franceses, cargados de trigo y garrofas, en dirección norte! Envidia que se convertía en remordimiento cuando se enteraba de que, muchos de aquellos víveres traídos a Denia y luego llevados a Gandía o Valencia, provenían de los saqueos sufridos en poblaciones vecinas. Y aunque Mauricio sabía que todo ello formaba parte de las represalias francesas por la complicidad de los habitantes de estos pueblos con los guerrilleros, lamentaba sinceramente el dolor que tales saqueos les causaba.


¡Cómo no lamentar aquel dolor ajeno, cuando muchas veces se personificaba en gente conocida! Así ocurría, por ejemplo, con muchos de los rehenes que eran traídos a los calabozos del castillo. Por lo general eran personas que se resistían a satisfacer las demandas de dinero o raciones alimenticias de los oficiales franceses, o simplemente se demoraban en su entrega. Estas detenciones duraban el tiempo que tardaban los afectados en ponerse al corriente de pago, tiempo que no solía sobrepasar los cuatro o cinco días; pero a Mauricio le disgustaba ver entre ellos a clientes y conocidos, gente por lo común honrada y pacífica, tratados como vulgares delincuentes.

También los dianenses debían pagar puntualmente los tributos, naturalmente. Tributos cada vez más frecuentes. Pese a no ser de natural generoso, Mauricio hacía frente a estos impuestos y contribuciones extraordinarias ordenadas por el gobernador galo sin protestar. En parte para evitar la prisión, pero sobre todo porque le parecían justos. Como laico, se sentía orgulloso de que, muy al contrario de lo que tradicionalmente venía sucediendo en España, el clero en Denia estuviera obligado a satisfacer todos los tributos. Algunos clérigos aceptaron esta obligación con agrado, como su hermano Antonio, pero otros se opusieron o trataron de evadir el pago. No era de extrañar, pues, que muchos de los rehenes que eran encarcelados en los calabozos del castillo, fueran párrocos y clérigos de pueblos cercanos.

Cuando no cabían en las mazmorras del castillo, los rehenes foráneos eran encerrados en alguna casa particular, casi siempre la del alcalde, su hermano Antonio. Método este del arresto domiciliario del que se sirvió el comandante francés cuando los morosos eran dianenses, a los que no dejaba salir de sus casas, custodiadas por uno o dos soldados.

Mientras entraba en el salón, Mauricio se sentía afortunado al no haberse visto obligado a acoger a alguno de aquellos huéspedes forzosos. Allí encontró a su hija, asomada a la ventana, intentando descubrir quizá la figura de su prometido allá arriba, en lo alto de los muros que rodeaban el castillo. Llevaba puesto un vestido azul celeste prolijo de randas, picados y volantillos, calzaba chinelas y los cabellos castaños los tenía rizados y cayéndoles alrededor del rostro y sobre la frente.

Aunque enamorada, era natural que una mujer tan sensible y vulnerable como su hija acusara los horrores diarios que ocasionaba la guerra, reviviendo viejos trastornos. Empezaron siendo esporádicos y cortos paseos nocturnos por la casa, como cuando era niña; pero, desde hacía aproximadamente un mes, se producían casi todas las noches e intentaba salir de la casa. Al no lograrlo, pues él tomaba la precaución de cerrar las puertas con llave –además de colocar los alamudes–, se ponía a gritar con tal desesperación, que se diría estuviera siendo perseguida por el mismísimo diablo. Apenas si se entendía lo que decía y, aunque tenía los ojos abiertos, se la notaba dormida. Profundamente dormida. Conseguía llevarla de vuelta a su cama –no a veces sin esfuerzo–, donde le costaba cada vez más volver a quedarse en calma.

Varios pasos antes de abrazarla por la espalda, Mauricio percibió el suave aroma a canela que desprendía el cuerpo de su hija.

Jacques

A lo largo del año y medio que llevaba destinado en Denia, Jacques Javelier había servido a las órdenes de tres gobernadores franceses. También durante este tiempo Jacques había participado en todas las acciones que se habían llevado a cabo en Denia y en muchas de las que se produjeron en sus alrededores. La mayoría de estas acciones iban dirigidas contra las guerrillas, pero también las hubo contra tropas inglesas que trataban de ocupar pueblos vecinos e incluso la propia Denia.

Aunque la marina de guerra francesa había colaborado en la ocupación de algunas poblaciones costeras –como Benidorm, cuyo fortín de Canfali fue destruido desde el mar–, realmente era la flota inglesa la que dominaba la costa. Muchas fueron las veces en que los bergantines y navíos enemigos se dejaban ver frente a Denia o atacaban a los corsarios franceses que navegaban entre puertos que se hallaban bajo la dominación de la Grande Armée. Incluso hubo veces en que los británicos habían desembarcado con intención de atacar los destacamentos franceses, lográndolo en pocas ocasiones.

Pero, a falta de un ejército regular español, habían sido sin duda los guerrilleros con quienes Jacques había tenido un mayor número de enfrentamientos desde que estaba en Denia. Aunque no siempre que buscaba a estos escurridizos bandoleros los encontraba, cuando lo conseguía el final de éstos siempre era el mismo. Así por ejemplo, el 7 de noviembre capturó con su partida a tres guerrilleros de Oliva; los llevaron al castillo de Denia, donde fueron fusilados a las nueve de la noche de aquel mismo día. O en febrero pasado, cuando una cuadrilla de veintisiete guerrilleros asaltó en la noche del sábado día 8 varias casas de Pedreguer, Ondara y Beniarbeig, al parecer de afrancesados o de colaboradores con la causa francesa. Otro oficial y él, al mando de un centenar de soldados, llegaron a tiempo desde Denia para prender a tres de aquellos ladrones. Al día siguiente fueron llevados ante el general Habert, en Gandía, quien los sentenció a muerte. Sentencia que se cumplió al cabo de dos días, a las diez de la mañana, en el castillo de Denia. Ocho días después, Jacques y sus hombres apresaron a otros tres guerrilleros de la misma cuadrilla, los cuales fueron igualmente fusilados en Denia aquel mismo día.


Estos guerrilleros gozaban de la protección de algunos vecinos, que recibían su merecido cuando eran apresados. Pese a todo, los guerrilleros habían seguido recibiendo ayuda de muchos aldeanos, sobre todo en las montañas, y ahora, a mediados de junio de 1813, después de tomar todas las poblaciones de los alrededores: Calpe, Gata, Benisa, Jávea, Pedreguer, Pego, Ondara…, tres mil de ellos se encontraban iniciando el asedio de Denia.

Eran las once de la mañana del 15 de junio y Jacques Javelier observaba, desde lo alto de la muralla meridional del castillo, cómo los guerrilleros se llevaban hacia Ondara los ciento sesenta bueyes que estaban pastando en el paraje conocido como el Saladar, iniciando así la privación sistemática de entrada de víveres. Dos horas más tarde, Jacques llegaba a la casa de su prometida, Loreto Gavilá; pues también en ese año y medio que llevaba destinado en Denia había encontrado tiempo para enamorarse y comprometerse. En realidad, Jacques no había buscado aquella situación; lejos de gustarle el coqueteo y el cortejo de mujeres, era un hombre que rehuía el trato con el sexo opuesto, junto al cual se sentía inseguro a causa de su timidez. Pues, aunque arrojado en combate y arrogante frente a los demás hombres, toda esa firmeza y altivez se diluía en cuanto se hallaba delante de una o varias mujeres jóvenes, especialmente si eran hermosas. Esta inseguridad se la achacaba a su crianza exenta de trato femenil: su madre murió cuando él era un niño de cinco años y sus tres hermanos –mayores que él– eran varones.

Cuando conoció a Loreto, no le pareció una mujer llamativamente bella: Tenía un rostro agradable –ojos grandes y con largas pestañas, cabello castaño y peinado a la griega, boca pequeña y propensa a la sonrisa, un extraño lunar en la frente de color carmesí– y un cuerpo entrado en carnes que, sin embargo, fue adelgazando paulatinamente hasta quedar tal vez demasiado flaco, pero sin llegar a alfeñicarse. La conoció en su propio hogar, pues su padre, Mauricio Gavilá, le dio alojamiento en una de las habitaciones libres que había en su casa.

Al principio no prestó mucha atención a Loreto. El tiempo que pasaba en la casa y fuera de su dormitorio, lo acaparaba casi por completo su padre, quien insistía en mantener con él –sobre todo por la noche, después de cenar– largas conversaciones en francés sobre asuntos filosóficos y políticos. Gordo y cincuentón, notario y de familia acomodada, Mauricio Gavilá decía ser un liberal convencido de los ideales revolucionarios. Pero con el paso de los días y el hartazgo por aquellas dilatadas y aburridas veladas, surgió y se acrecentó el interés de Jacques por aquella mujer discreta y risueña. Loreto no hablaba francés ni él sabía apenas hacerse entender en español; pero ello no fue óbice para que se hicieran comprender en lo imprescindible con la mirada, los gestos, las risas, los monosílabos. Hasta que por fin llegaron los primeros roces de manos, los suspiros, las sonrisas nerviosas, los cuchicheos ininteligibles pero sugerentes, el primer beso. De repente, como si milagrosamente hubieran sido poseídos por el espíritu de Pentecostés, por encima de las palabras pronunciadas entendían lo que se decían el uno al otro, al menos su significado esencial. Y es que sus ojos, sus manos y sus labios se expresaban mejor que sus lenguas. A partir de entonces, los ojos de Jacques reconocían a Loreto como la mujer más bonita del mundo, sus manos como la más tierna y suave, sus labios como la más dulce… Por fin Jacques se atrevió a pedirle al notario la mano de su hija, y éste se la concedió. Aquella misma noche le escribió a su padre –que vivía en Burdeos–, para comunicarle la buena nueva; y a la mañana siguiente se mudó a casa del médico Antonio Galviá, hermano de su futuro suegro. La boda, decidieron, se celebraría el verano siguiente.

Pero el verano siguiente ya había llegado y con él el asedio de la ciudad.

–Lo mejor será que esperemos a que levanten el sitio. No creo que tarden mucho en llegar refuerzos –dijo Jacques aquella noche en casa de su prometida. Los tres (Loreto, Mauricio y él) estaban sentados en la esquina de una gran mesa rectangular que había en el salón, cenando sopa de pescado.

–Pero si dicen que los guerrilleros se han apoderado de Gandía… –replicó Mauricio, también en francés.

–El mariscal Suchet contraatacará –sentenció Jacques, sin atreverse empero a mirarles a los ojos–. El comandante Brin me ha ordenado que mañana mismo salga con una partida para reconocer los alrededores. Mi intención es llegar hasta Ondara.


Al día siguiente, en efecto, Jacques salió por la puerta de Tierra al frente de un nutrido grupo de jinetes, al mismo tiempo que los cañones del castillo disparaban contra las posiciones enemigas. Pero los guerrilleros que había en el Saladar les atacaron y les obligaron a retroceder, volviendo en seguida a intramuros.

El comandante Brin ordenó el toque de queda y autorizó la salida de mujeres y niños, pero fueron pocos los que lo hicieron. Días después ordenó también el arresto de los dianenses que menos confianza le inspiraban, por lo que fueron confinados en el castillo, entre otros, los hermanos Juan Antonio y Manuel Lattur, tíos maternos de Loreto.

–Son los hermanos de mi difunta esposa. Hombres buenos e ilustres, a los que por cierto, hace cinco años, les fueron arrebatados sus derechos cívicos por las autoridades españolas, por el mero hecho de tener apellido de origen francés. Lo mismo le ocurrió a muchos otros… –le explicó Mauricio en presencia de Loreto, que se hallaba sumamente enfadada, según apreció Jacques en su rostro y en el tono de su voz.

–Veré qué puedo hacer –prometió Jacques. Sin embargo, nada pudo hacer por los tíos de Loreto, ya que el comandante Brin se negó a ponerlos en libertad.

Todavía no había acabado aquel mes de junio de 1813, cuando los dianenses comenzaron a sentir la primera y principal consecuencia del sitio: la falta de harina y comida.

El 10 de julio se unieron a los guerrilleros que asediaban Denia las primeras tropas regulares españolas, en concreto el regimiento de América, y llegó también a oídos de los dianenses una noticia que causó tanto estupor como desazón: Seis días antes, el mariscal Suchet había abandonado Valencia al frente de su ejército. Cuando Mauricio Gavilá le preguntó a Jacques por la veracidad de aquella noticia, éste negó con la cabeza y respondió con un enérgico:

–No es una noticia, es un rumor, un engaño con el que pretende el enemigo minar nuestra moral y convencernos para que nos rindamos. Así opina el comandante y así lo creo yo.

Pero la moral de la tropa empezó a resquebrajarse muy pronto. El 16 de julio huyeron de Denia los cuatro primeros desertores franceses. Al día siguiente, Brin recibió a un oficial español que le instó a rendirse, dándole su palabra de honor de que Suchet les había abandonado a su suerte. El comandante francés rechazó capitular pero, ante la insistencia del español, que deseaba la liberación de los prisioneros, aceptó la de todos ellos excepto la de los hermanos Lattur, que quedaron confinados en el más seguro de los calabozos: el de la Culebra.

Loreto fue a visitar varias veces a sus tíos maternos, para llevarles comida y ropa limpia. La última vez fue el 11 de agosto. Al día siguiente, los hermanos Lattur lograron escaparse del castillo. Usaron varias sábanas anudadas para saltar junto a la torre de la Pólvora, sin ser vistos más que por el centinela que estaba en el cementerio, que les disparó pero sin darles. Como consecuencia de esta fuga, el comandante Brin interrogó a Loreto en presencia de su padre y de Jacques.

–Ha sido una casualidad. Yo no les ayudé. De haberlo hecho, les habría conseguido una cuerda –afirmó Loreto con seguridad. El comandante, que hablaba español, quedó convencido de la sinceridad de la mujer; pero Jacques, que sabía por Mauricio lo que ella había dicho, se quedó engolfado en un mar de dudas. Tan bien había aprendido a descifrar los gestos y miradas de Loreto, que le había parecido vislumbrar en sus ojos un fugaz brillo de astucia. Aun así, cuando se quedó a solas con Brin, respaldó la sensación de inocencia que éste había percibido.

Brin volvió a autorizar la salida de ancianos, mujeres y niños el 15 de agosto, siendo esta vez muchos los que se fueron. Jacques animó a Loreto y a su padre para que se fueran, pues sabía que la artillería española se disponía a bombardear la ciudad, pero ella se negó. «O sales conmigo o me quedo» dijo Loreto con una resolución que emocionó a Jacques y contrarió a su padre. Éste era partidario de salir de la ciudad e ir a una casa solariega que poseía cerca de Pedreguer, pero temía dejar sola a su hija, de manera que decidió quedarse. Ya por la noche, empezó el bombardeo contra el castillo y la ciudad, que al día siguiente fue respondido desde la fortaleza. Este bombardeo se repitió a lo largo de varios días, con una duración de dos o tres horas, produciéndose la primera víctima mortal el día 19, cuando un casco de bomba arrancó la cabeza de un criado que estaba trabajando en el horno del castillo. Para protegerse del bombardeo, Mauricio y Loreto se refugiaban en los sótanos de la iglesia de la Asunción.

Antes de que finalizase agosto, debido sobre todo al hambre, empezaron los asaltos de las casas vacías por parte de los soldados franceses. La tranquila relación que había habido hasta entonces entre los soldados galos y los dianenses había ido tomando un carácter más tenso conforme se alargaba el asedio, hasta convertirse en hostilidad por parte de la tropa, a duras penas contenida por los oficiales. Hostilidad que se manifestó en hurtos cada vez más frecuentes. Aprovechando que muchos dianenses, sobre todo afrancesados, se habían ido de la ciudad, algunos soldados asaltaron las casas vacías por las noches abriendo agujeros en las paredes. Brin amenazó con castigar a los soldados que se atrevieran a entrar en las casas ocupadas para robar, permitiendo por omisión que lo hicieran en las vacías. Por estar habitada, la casa de Mauricio Gavilá y su hija fue respetada por los ladrones.

Fue el 16 de septiembre cuando los guerrilleros y los soldados españoles dieron el asalto definitivo para tomar la ciudad de Denia. Aunque los cañones del castillo contestaron a la artillería española desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde, ésta al final logró abrir en la muralla una brecha de cien pasos frente a la noria de Contri, y otras tres menores más al sur.

A las nueve de la noche colocaron los españoles sus escalas sobre las murallas por tres sitios. En la glorieta, Jacques fue uno de los oficiales que, al frente de los soldados franceses, trataron de rechazar al enemigo disparándoles y arrojándoles piedras. Pero éste era tan numeroso que, al final, no tuvieron más remedio que emprender la huida, corriendo hacia el castillo. Lo hicieron por la calle del Cop, donde cayeron varios –heridos o muertos–, entre ellos un capitán amigo de Jacques con un disparo mortal en la espalda.

Desde uno de los torreones de la fortaleza, aquella noche Jacques vio Denia invadida por cientos de soldados y guerrilleros españoles, muchos de los cuales empezaban a saquear las casas.

Loreto

Por todas partes corría el rumor de que el asalto definitivo al castillo se produciría al día siguiente. Así se lo dijo Loreto a su padre, Mauricio Gavilá, aquella tarde, cuando llegó a su casa. A pesar de sufrir arresto domiciliario desde que la ciudad fuera reconquistada por las tropas españolas, también él se había enterado de dichos rumores, puesto que hacía un rato había recibido la visita de su primo, Antonio Gavilá, al que apodaban el Español por ser fiel partidario de la independencia y para diferenciarlo del otro Antonio Gavilá, médico y hermano de su padre, y que como él estaba arrestado en su casa.

–Me ha dicho que somos afortunados. Al principio creí que me lo decía con ironía; pero no, lo decía en serio –comentó Mauricio a su hija–. Según parece, nuestra casa es una de las poquísimas que se ha librado del saqueo, tanto francés como español.

–Y es verdad, papá. Basta salir a la calle y dar un breve paseo, para comprobar los estragos de los asaltos. Muchas casas: la del párroco Sala, la de la viuda de Roque Vives, la de Juan Bautista Vignau, la de mosén Pedrós y mosén Palau, incluso las de los tíos Juan Antonio y Manolo, que sufrieron prisión por patriotas, han sido destrozadas. Toda la calle Nueva está sin habitar porque las casas no tienen puertas ni ventanas. Los soldados españoles, y también los oficiales, han superado en su afán de rapiña a los franceses. Los del regimiento de América vienen por las mañanas con el único fin de asaltar las casas, vacías u ocupadas, igual les da, y por la tarde se vuelven a Ondara o a las casitas de campo donde se alojan. Algunos hasta se quedan, para entrar por las noches en las viviendas, llevando cirios encendidos en las manos, que parecen demonios escapados del infierno, reventando puertas y ventanas…, y fuera de Denia no actúan mucho mejor: Se dice que el nuevo gobernador, Diego Entrena, cobra cinco duros diarios a cada labrador que sale al campo a trabajar, acompañado obligatoriamente por dos guerrilleros; y que el párroco de Pedreguer fue ahorcado hace unos días, acusado de colaborar con los franceses… ¡Y estos eran quienes venían a liberarnos!

Loreto se echó a llorar y su padre se le acercó para abrazarla. Estaban solos en el salón, nadie más había en la casa, pues nada más entrar los guerrilleros y soldados españoles en la ciudad, Ambrosia y el resto de la servidumbre habían huido, al igual que la mayoría de los dianenses. Anochecía y no había ninguna lámpara encendida.

Loreto lloraba en los brazos de su padre, no tanto por la barbarie que veía cada día a su alrededor desde hacía unos meses, sino por la falta de noticias de su amado Jacques, que se hallaba en el castillo luchando contra los guerrilleros y soldados españoles. Aunque sentía simpatía por la causa afrancesada –como su padre y la mayor parte de su familia–, antes incluso de conocer a Jacques, Loreto había sufrido mucho por culpa de los fusilamientos de guerrilleros llevados a cabo en el castillo o en otros lugares de Denia, justificados luego por el gobernador francés en sus pregones, en los que se refería a los ajusticiados como «peligrosos ladrones». Había estado presente en algunas de aquellas ejecuciones y tales escenas dramáticas, almacenadas en su mente y en su corazón, fueron fomentando las terribles pesadillas que la asaltaban muchas noches. Como le ocurría de niña, había empezado a levantarse de su cama dormida, pero ahora viviendo horribles sueños que la hacían gemir y desesperarse. Casi nunca recordaba en qué consistían las pesadillas porque muy pocas veces llegaba a despertarse. Pero por su padre –que por las noches estaba siempre vigilante, presto a ayudarla en cuanto la oía levantarse, guiándola con mimo de vuelta a la cama– sabía que la tremenda desesperación que sentía la hacía agitarse como una posesa, gritando muchas veces, y tratando de abrir las puertas para salir de la casa.


Y a los recuerdos de los fusilamientos fueron agregándose con el tiempo otras tragedias y calamidades, que alimentaban sus terrores nocturnos igual que el aceite alimenta el fuego. Como la prisión que padecieron sus tíos maternos, Juan Antonio y Manolo, en los calabozos del castillo. Tan injusto le pareció este encierro, que no dudó en ayudarles a escapar en cuanto tuvo oportunidad, aun a riesgo de provocar el enfado de Jacques.

De pronto, empezó a sonar un ruido ensordecedor, procedente de varios lugares distintos de la ciudad. Era la artillería española que disparaba contra el castillo, como preludio de la que pretendía ser la ofensiva definitiva. Eran las nueve de la noche del 5 de diciembre de 1813.

–¿Cenamos? –preguntó Mauricio en tanto encendía un candil.

–No tengo apetito. Te prepararé algo… –respondió Loreto, haciendo intención de coger el candil, para ir a la cocina.

–No, no. Yo tampoco tengo ganas. –Mauricio la miró a los ojos, aprovechando que ambos estaban cerca del candil. La mayor parte del salón estaba en penumbra y seguía escuchándose, continuo y fuerte, el ruido de los cañones disparando y el de los proyectiles cayendo–. No creo que haga falta que vayamos a la iglesia.

Loreto asintió. Sabía lo que su padre quería decir, aunque no se atrevía a especificarlo, por temor a asustarla: Hacía ya varios días que no se oían disparar a los cañones del castillo. Debían estar todos destruidos o sin municiones.

–Sé que sigue vivo, papá.

Mauricio asintió.

–¿Quieres acostarte?

–No tengo sueño. Me quedaré todavía un rato aquí –contestó Loreto.

–Está bien. Yo tampoco podría dormir –dijo Mauricio, sentándose en un sillón.

El fuego artillero contra el castillo duró hasta el amanecer. Loreto salió de su casa, fue por la calle de San Cristóbal hasta la de Olivera y, desde allí, vio a numerosos soldados y guerrilleros españoles colocando escalas sobre los pocos muros que quedaban en pie alrededor del castillo. Estaban preparados para entrar en la fortaleza por las abundantes y anchas brechas. El ataque parecía inminente. Sin embargo, no se produjo. Al cabo de un rato, entre los muchos dianenses que, como ella, había observando los preparativos del ataque, corrió el rumor de que el comandante francés había decidido capitular.

La negociación duró todo aquel día. Al final, se acordó una rendición honrosa para las tropas francesas, según se comentaba por las calles y para alegría de Loreto, que fue corriendo a su casa para comunicárselo a su padre. Una rendición que se produjo tras un asedio de casi medio año, durante el cual los sitiados fueron bombardeados por 35.000 disparos de cañón.

A las cuatro de la tarde del día siguiente, 7 de diciembre, empezaron a bajar los franceses del cerro donde apenas se mantenían en pie unos pocos muros del castillo. Uno a uno, desarmados y encabezados por el comandante Brin –tuerto y herido en un brazo–, los ciento cuarenta y un sobrevivientes desfilaron exhaustos, pero orgullosos, ante la admirada atención de los soldados y guerrilleros españoles, así como de la mayor parte de la población civil dianense. Loreto reconoció emocionada a Jacques entre los primeros, desprovisto de sombrero, con un trozo de camisa enrollado en la cabeza, la casaca rota y el pantalón manchado, que caminaba con paso firme y mirada altanera, si bien se dulcificó al oír sus gritos y descubrirla entre la multitud.

A la espera de que se decidiera su destino, los soldados franceses fueron llevados a los almacenes del puerto, donde fueron encerrados y vigilados por guerrilleros y soldados españoles. Por su parte, los oficiales fueron alojados en casas particulares. A instancias de su hija, Mauricio hizo todo lo posible para que el capitán Jacques Javelier se hospedase en su casa, pero el gobernador Entrena se negó. Junto al comandante Brin y otro oficial, Jacques fue alojado en casa de José Gavilá, primo de Mauricio. Allí, Loreto y Jacques pudieron por fin reunirse varias veces a lo largo de los días siguientes. Fueron visitas cortas y carentes de intimidad, pero que a Loreto le sirvieron para comprobar que su prometido se encontraba bien de salud –la herida en la cabeza era leve– y fuerte de ánimo, orgulloso incluso, pese a la derrota. Hasta pensaron en casarse. A pesar de su ateísmo, Jacques se plegó a las súplicas de Loreto, que deseaba contraer matrimonio según los ritos religiosos. Pues, aunque partidaria de las ideas revolucionarias y de la separación de Estado e Iglesia, no por ello dejaba de ser una devota católica, de misa y comunión dominical, como su propio padre y como su tío Manuel, que no entendía incompatible vestir sotana con su admiración por el Emperador. Decidida a marchar con él allá adonde le llevaran, Loreto convenció a su padre para que diera su parabién. A Mauricio le costó acceder a la boda mucho menos que aceptar la voluntad de su hija de marchar con Jacques.

–No sabemos adónde lo van a mandar. Desde luego no a Francia. Todavía no. ¿Qué va a ser de ti por las noches? Podrías esperar a que acabe la guerra o a saber dónde lo llevan y luego ir a reunirte con él. Cásate ahora, si así te quedas más tranquila, pero, por favor, no te vayas… Espera a que podáis marchar a Francia.

–Pero, papá, no puedo dejarle ir solo. Quiero acompañarle, ir con él allá adonde vaya, como haría cualquier esposa.

–Pero, hija…

–No sufras, papá. Él me cuidará igual que yo le cuidaré a él… Quién sabe, tal vez volvamos pronto. O tal vez seas tú el que vaya pronto a visitarnos o a vivir con nosotros, allá, en Burdeos.

Mauricio devolvió la sonrisa a su hija y le prometió que hablaría con su hermano Manuel, para que los casara lo antes posible, si conseguían el permiso del comandante Brin y del gobernador Entrena. Estos permisos fueron concedidos y mosén Manuel Gavilá aceptó casarles. La boda, prevista para el día de Nochebuena, hubo de ser adelantada y celebrada con precipitación el día 17, ya que al día siguiente los franceses iban a ser embarcados. Fue una ceremonia breve y entre escombros, frente al altar mayor de la iglesia de la Asunción. Además del sacerdote, tío de Loreto, y el padre de ella, que obtuvo permiso para salir de su casa, los novios estuvieron acompañados por un grupo de guerrilleros armados.

Al día siguiente, 18 de diciembre, los prisioneros franceses embarcaron en dos naves. Una, en la que iba el comandante Brin, zarpó hacia Mallorca; la otra, en la que iban Jacques y Loreto, lo hizo rumbo a Cabrera.


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