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Denia y benidoleig noviembre de 1244 d.C

Denia y Benidoleig, noviembre de 1244 d. C. | Donde acaba el tiempo | Capítulo 38 | Daniya y Beni Dulaj, jumada ath-thani del 642 de la hégira | Abdel Hakim | Los cascos de las dos mulas resonaron más y las cuatro ruedas del carromato chirriaron con mayor intensidad cuando cruzaron el puente que unía el arrabal con la medina, salvando el canal que enlazaba el mar con el saladar. Al final del puente estaba la puerta septentrional de la medina, custodiada en uno de los lados por una pequeña torre cuadrada, ahora ocupada por soldados cristianos.

Abdel Hakim Abenbaca sujetó con firmeza las riendas cuando vio el carro de dos ruedas, tirado por un caballo, que venía en dirección contraria y que los soldados detenían en ese preciso instante junto al pozo, antes de que llegara al puente. Aunque no veía bien lo que había lejos y le costaba distinguir los colores, la puerta y el carro estaban lo bastante cerca como para verlos con cierta claridad. Junto a él estaba sentado en el pescante su hijo Alí. Gracias a Dios misericordioso, éste gozaba de una vista tan buena como la que él tenía a su edad: siete años. Y así la había tenido hasta hacía cerca de un año, cuando una especie de velo claro y cada vez más opaco empezó a cubrir sus ojos.

En la parte trasera del carromato, bajo el trozo de vela vieja que Abdel Hakim había sujetado al armazón con cuatro hierros y cordeles marinos, estaban Nadina, su hija menor, y Salima, su esposa y madre de sus dos hijos. Iban sentadas entre los bultos y cachivaches que habían cargado en la casa que acababan de abandonar. Salima vestía una chilaba marrón y cubría su cabello con un pañuelo negro y su rostro con un velo, también negro.

El carromato de los Abenbaca franqueó la puerta, cuyas jambas eran de sillares labrados en arenisca, y, al llegar a la altura del pozo, donde esperaba el otro carro, Abdel Hakim confirmó sus sospechas: sus ocupantes eran infieles. Era una familia compuesta por dos adultos y tres niños, que llevaban consigo los enseres con los que amueblarían una vivienda del arrabal, desalojada forzosamente por sus anteriores dueños musulmanes. El hombre llevaba puesto el jubete o coleto cubierto de malla característico de los soldados y, como su mujer y sus hijos, les miraron con desprecio.

¿Irían acaso a ocupar la que había sido su casa?, pensó Abdel Hakim mientras apartaba la mirada del carro, sintiendo cómo la rabia volvía a bullir en sus venas. No era probable, se contestó; por ser ellos una de las últimas familias musulmanas que abandonaban el arrabal, llevaba días percatándose de que el nuevo gobernador de Daniya, al que llamaban Pere Eiximen, no autorizaba la entrada de una familia cristiana en una casa hasta que ésta no llevase al menos un día entero abandonada y hubiera sido previamente inspeccionada por si servía para otros menesteres más interesantes que como simple vivienda.

A sus espaldas quedaba para siempre el pasado de Abdel Hakim y su familia. Y con él su casa –que antes había sido de sus padres y abuelos– y el querido arrabal donde había nacido hacía veintisiete años. Un arrabal defendido por sólidas y extensas murallas de tapial, con torreones y barbacana exterior, que llegaban por levante hasta el mar, donde se hallaba el puerto, origen y destino de numerosos barcos que iban y venían de Oriente, muchos de los cuales habían sido construidos en las atarazanas aledañas, fundadas por el mismísimo califa Abd al-Rahman III, y en donde Abdel Hakim y su hermanos habían trabajado –como antes su padre y abuelos–, hasta que les ordenaron coger las armas para defender Daniya del ejército infiel.

Ya en la medina, Abdel Hakim guió a las acémilas que tiraban del carro por la calle que subía hacia el zoco, ahora vacío. Dejaron atrás los baños públicos y la mezquita –desde cuyo alminar nunca más se oiría la voz del muecín llamando a la oración–, y, al llegar al cruce con una callejuela que ascendía por la derecha hacia la rauda o cementerio y el vial de acceso a la alcazaba, Abdel Hakim hizo detenerse a las mulas. Aquella calle era demasiado estrecha y pendiente para el carromato, de modo que éste se quedó en la esquina, vigilado por Salima y Nadina, mientras padre e hijo marchaban hasta una casita que había en aquella misma callejuela.

Vestida con una alcandora blanca y holgada, pero que no disimulaba su avanzado estado de gestación, y con el pelo y la cara cubiertos con un hiyab también de un luctuoso blanco, Yasmín los saludó en el zaguán de la casa, donde les esperaba con las pocas pertenencias que le quedaban: dos bultos con ropa, dos mantas, una tinaja con cinco azumbres de aceite, un aguamanil, un candelabro de peana, un esenciero, una canasta de mimbre llena de comestibles y varios cacharros de cocina: vasijas, marmitas, jarras, cuencos… Todo fue transportado por Abdel Hakim hasta el carromato, con la ayuda entusiasta de su hijo, que se empeñó en llevar él solo los objetos menos pesados.

Colocados los enseres de Yasmín junto con los que ya estaban en el carromato, aún había espacio para que ella se acomodara al lado de su cuñada Salima y su sobrina Nadina, si bien le costó mucho subir al armazón y sentarse, debido a las molestias que decía sentir desde la tarde anterior.

Nada más ver a Yasmín, hermana menor de Abdel Hakim, embarazada de siete meses de su primer vástago y viuda desde hacía dos semanas, Salima reinició el llanto que, en silencio e intermitentemente, venía sufriendo desde el alba. Llanto del que se contagió, más ruidosamente, su hija, y también su cuñada, que ya exhibía en sus bellos ojos negros la rojez producida por las persistentes lágrimas.

Después de suspirar y una vez se puso el carro de nuevo en marcha, dijo Salima:

–Seguramente esas molestias que sientes se deben al esfuerzo que has hecho para recoger las cosas que te llevas. Ya te dije que me esperaras, que yo te ayudaría…

–Bastante teníais vosotros con lo vuestro. –Y después de suspirar, agregó–: Dios quiera que solo se deba al esfuerzo y que se me pasen pronto estos dolores.

–Tu hermano dice que, si no tenemos ningún contratiempo, llegaremos antes de que anochezca.

Insh’Allah!

El carromato continuó por la calle principal de la medina, alejándose del qsar al-hubur, el alcázar de las pinturas, que se hallaba a la derecha, en lo alto de un alcor. Era una fortaleza bien defendida por murallas y torreones que, sin embargo, acabó rindiéndose ante el ejército del rey cristiano Jaime de Aragón.

Precisamente defendiendo una de aquellas torres, la del cuerpo de guardia, habían caído durante los últimos días de combate los dos hermanos de Abdel Hakim. El marido de Yasmín murió también ese mismo día, a causa de las heridas que sufriera el día anterior en la puerta principal de la alcazaba. Mientras, él, Abdel Hakim, se hallaba dentro del último recinto, haciendo lo que podía a pesar de lo poco que veía más allá de cien pasos. Cuando los cristianos por fin entraron en el alcázar, él ya se había descolgado junto con otros compañeros por el lienzo septentrional que daba con el arrabal. Ni él ni sus hermanos eran guerreros. Los tres se ganaban la vida trabajando en los astilleros y su habilidad con las armas era muy inferior a la de los soldados cristianos, mercenarios de gran experiencia. Aun así lucharon lo mejor que supieron. Sus hermanos, según le habían contado, cayeron con honor, combatiendo con arrojo y valentía. Lo mismo que su cuñado. El marido de Yasmín era alfarero, como su padre y sus tíos, y su destreza en el manejo del alfanje era muy inferior al del torno.

No fue por tanto casualidad que el llanto de Yasmín, coreado por el de Salima y Nadina, arreciase cuando, tras salir de la medina por la puerta de Tierra, el carromato flanquease los hornos y alfares donde había trabajado su marido.

Como ellos, tras la caída de Daniya, todos los musulmanes, ricos y pobres, debieron abandonar sus casas y emprender un éxodo que les llevaría a lugares diversos. Unos se embarcaron rumbo a Ifriqiya; otros marcharon hacia las montañas. Las casas de los musulmanes pobres fueron entregadas a cristianos humildes, mientras que las viviendas y las tierras de los musulmanes ricos fueron ocupadas por los amigos del rey cristiano. Así, un tal don Ladro se quedó con las casas de Mohamat Daryndal y los rafales que Mahomat Debadeix tenía cerca de Daniya; el almirante Carroz se apoderó de las casas que el almirante Boabdil ben Maimón poseía cerca del mar y de la dársena, así como un huerto de Hamo Abenbaca, tío de Abdel Hakim; y un tal Episcopali se adueñó de las casas que Isa Alpitransi tenía en el zoco y cerca de los baños, además de unas tierras que tenía en los rafales conocidos como Alconsi, Alpitransi y Abnaja.

Todos estos rafales o granjas arrebatados por los cristianos se encontraban próximos a Daniya. Por fortuna para ellos, la mayoría de los rafales que se hallaban más alejados de la ciudad pudieron ser retenidos por sus propietarios musulmanes. Y cuanto más lejos estuvieran de Daniya, menos peligro había de que tales tierras y casas de campo pasaran a manos de cristianos. Solo que, en la montaña, apenas si había rafales, ya que allí el nombre que recibían estas casas de labor era el de alquerías.


Y precisamente a una de estas alquerías, propiedad de su tío, se dirigía Abdel Hakim con lo que quedaba de su familia y de sus pertenencias. Para cargar con todo ello, había comprado aquel carromato viejo y otra mula, tras malvender sus posesiones más valiosas, como el ataifor bellamente decorado con una nave de velas bien desplegadas que había heredado de su padre.

Fuera de la ciudad amurallada el frío viento de levante soplaba con más virulencia y Abdel Hakim le pidió a su esposa que le pusiera una manta sobre los hombros, pues solo vestía una camisa blanca y un calzón oscuro, además del turbante. Y Alí le imitó.

Casi todo el cielo estaba despejado. Solo encima del Yabal Qa’un había unas nubes que lo coronaban y que tapaban el sol. En días claros, desde la cúspide de aquel monte que se alzaba al mediodía y se adentraba en el mar formando el cabo más oriental de Sarq al-Andalus, podía verse una de las islas de Yebisath. Y aunque sus ojos apenas lo distinguían, Abdel Hakim se despidió de aquel monte con tristeza.

–¿Es verdad que, desde el lugar adonde vamos, se ve el Qa’un? –preguntó Alí, que advirtió hacia donde miraban los ojos turbios de su padre.

–Eso dice el tío Hamo. Pero para verlo hay que subirse a lo alto de otra montaña –contestó Abdel Hakim.

–¿Tú has estado alguna vez allí, en la alquería del tío?

–No.

–¿Está muy lejos?

–A tres parasangas y media. Si no nos detenemos para comer, tardaremos en llegar unas cinco horas.

–¿El tío Hamo y las tías y los primos están ya allí?

–Sí .

–¿Y nos esperan?

–Sí.

–¿Y por qué no nos fuimos con ellos?

Abdel Hakim suspiró. Aunque le llamaba tío, en realidad Hamo Abenbaca era un primo de su padre. Los padres de ambos, que Dios los tenga en su gloria, eran hermanos. Pero mientras el padre de Hamo abandonó el oficio de calafate para enriquecerse como mercader de pasas y amasar una fortuna que heredó y acrecentó su hijo, el abuelo de Abdel Hakim continuó trabajando en los astilleros hasta su muerte. Pero nada de esto pensaba contarle a Alí. Como tampoco pensaba decirle que el rico tío Hamo –que fue uno de los primeros en irse de Daniya con su familia tras la entrada de los cristianos– solo se acordó de ellos cuando, al llegar a su alquería, se dio cuenta de que precisaba alguien de confianza a quien arrendar una casa y unos terrenos que poseía algo apartados. De ahí que le enviara uno de sus criados para hacerle una oferta. En ella no había nada de solidaridad familiar, ni siquiera de compasión; solo había interés, egoísmo. Aun así, Abdel Hakim le estaba agradecido, pues cuando le llegó el recado a través del criado de su tío apenas si le quedaba unos días para agotar el plazo que tenía para abandonar su casa y no sabía adonde ir con su familia.

–Porque teníamos que recoger nuestras cosas y ayudar a tía Yasmín.

–¿Y sabremos ir?

–El criado del tío Hamo me explicó cómo llegar –y sonriendo, añadió–: Y aunque no veo muy bien, sé que puedo contar con tu ayuda, ¿verdad?

Alí le miró con ojos muy abiertos y afirmó insistentemente con la cabeza.

–Tú serás mis ojos para las cosas que se hallen demasiado lejos, ¿de acuerdo?

El niño volvió a asentir, abrumado por la responsabilidad que estaba asumiendo.

Yasmín

En ese instante el dolor que sentía en el bajo vientre se intensificó un poco y Yasmín abrazó instintivamente su voluminosa barriga.

–¿Qué te pasa? ¿Te duele más? –le preguntó Salima, que había visto en su cara la mueca de dolor. Aprovechando que estaban bajo aquel pabellón que su hermano había improvisado con una vieja vela de barco, ambas mujeres se habían retirado los velos de sus rostros.

–Sí, pero parece que ya se está yendo –respondió Yasmín, antes de inquirir, preocupada–: ¿Crees que pueden ser los dolores de parto?

–No creo. Estás solo de siete meses –contestó Salima, no muy convencida.

Una vez disminuyó el dolor, hasta convertirse en la misma molestia que venía sintiendo desde el amanecer, Yasmín volvió su atención hacia el camino que iban dejando atrás. Allá en lontananza se apreciaban aún las murallas y la alcazaba de Daniya, la ciudad en la que ella había nacido diecisiete años atrás. Una ciudad recién conquistada por el rey cristiano de Aragón pese a la tregua que había acordado con el emir Ibn Mardanis. Cuando Balansiya cayó en poder del rey Jaime, en el tratado de rendición éste se había comprometido a cumplir una tregua de siete años, durante la cual no atacaría ninguna otra ciudad del emir. Todos los habitantes de Daniya conocían aquel pacto. Pero solo habían pasado seis años. El rey de los infieles había incumplido su palabra y Zayyan ibn Mardanis no había hecho nada para impedirlo. Refugiado en Laqant desde que fuera expulsado de Mursiya tres años atrás, el emir no envió sus tropas para defender Daniya, la ciudad que lo había acogido tras la caída de Balansiya.

Yasmín volvió su atención y su mirada hacia delante, al oír el sonido del albogue de su hermano. Este había dejado las riendas en manos de Alí y había sacado la flauta de caña de una bolsa que llevaba en el pescante. El sol se había liberado de las nubes que coronaban el Yabal Qa’un y proseguía su marcha hacia poniente, iluminando toda la campiña y el pueblo de Ondia, que quedaba a la derecha del camino. Instintivamente, Yasmín buscó con su mano derecha la bolsita de cuero que llevaba colgada del cuello. La sacó de debajo de la alcandora y la acarició distraídamente, sintiéndose de inmediato mucho más relajada. Dentro guardaba el amuleto de marfil que su madre le regalara poco antes de que muriera. Tenía una forma extraña, cuyo significado ignoraba su madre, según le reconoció: «Tampoco mi madre ni mi abuela lo conocían, pero las mujeres de la familia lo llevamos encima desde hace mucho tiempo porque realmente es un amuleto poderoso. Basta tocarlo para sentirse mejor, para que los problemas se debiliten y el sosiego inunde el corazón.»

Alí

Hacía casi cuatro horas que habían salido de Daniya y el sol empezaba a ocultarse tras las sierras que tenían enfrente, tiñendo el cielo de color rosa.

Durante un buen rato, desde Ondia hasta el río que encontraron más a poniente, Alí había conducido el carromato, sujetando las riendas con atención. Era la primera vez que lo hacía y la emoción le impedía mirar más allá del camino que había inmediatamente delante del tiro. Su padre se dedicó entonces a tocar su albogue. La música era conocida por todos los que iban en el carromato, pero a él le se le antojó esta vez algo especial, como si sonara a despedida. Al llegar a un cruce cercano a la orilla del río, su padre había recuperado las riendas y conducido las mulas por el camino de la izquierda. A partir de ahí el terreno, salpicado de naranjos y algarrobos, se empinaba ligeramente en dirección a las montañas. Su padre le animó para que tocara él entonces la flauta, pero Alí se cansó muy pronto. Aún le quedaba mucho por aprender, para tocarla tan bien como su padre.

–Dime lo que hay a lo lejos, Alí –le había dicho su padre mientras el carromato avanzaba lentamente por aquel sendero de herradura, de suelo mucho más irregular y polvoriento que el que habían dejado a la orilla del río.

–A mediodía, a lo lejos, se ve una sierra. También hay otras a poniente, hacia donde vamos. El río ya no se ve, nos hemos alejado de él. Bueno, allá se ve una fila muy larga de árboles… Creo que son chopos.

–Entonces por ahí va el río. Y el Qa’un, ¿se ve?

Alí miró hacia levante.

–No. Solo se ve una colina cercana… y algarrobos… y algunos almendros…

Llevaban ya más de cuatro horas de viaje y el cielo frente a ellos había tomado un encendido color carmesí, cuando arribaron a una alquería, que Alí divisó mucho antes que su padre.

–¿Será la del tío Hamo?

–Creo que no. Me dijeron que primero debíamos pasar por la alquería de los Ben Dulaj –le informó su padre.

Entonces se oyó un alarido que asustó tanto a Alí como a su padre. El grito de Yasmín, prolongado y angustioso, se propagó por el campo como un trueno. Abdel Hakim detuvo el carromato y ambos, padre e hijo, se volvieron hacia el cajón del vehículo.

–Se ha orinado. Tía Yasmín se ha orinado –avisó Nadina con un tono de voz elevado y teñido tanto por la sorpresa como por el temor.

–Ha roto aguas –le dijo su madre a su padre.

–Pero si está solo de…

–El viaje lo ha precipitado –atajó la madre de Alí, al mismo tiempo que éste veía a su tía acurrucada en el suelo del carromato, con las manos en el vientre abultado y la parte inferior de la kandora completamente empapada. Un charco de agua calaba el suelo de madera alrededor de ella. Y en ese preciso momento Alí vio cómo su tía levantaba la cabeza y, con un gesto de intenso dolor en su cara congestionada, abría la boca y prorrumpía un chillido mucho más agudo y fuerte que el anterior. Alí se asustó y Nadina se abrazó a él llorando.

–¿Son dolores de parto? –preguntó su padre, alarmado. Y como su madre no le contestaba, ocupada en sentarse al lado de la tía Yasmín para ayudarla, repitió dirigiéndose a esta–: Dime, Yasmín, ¿son dolores de parto?

–Yo que sé. Es mi primera vez… Pero creo que sí.

–¿Estás mejor? –quiso saber la madre de Alí mientras enjugaba con un pañuelo el sudor que tía Yasmín tenía en la frente.

–Sí. Ha sido un dolor muy fuerte, pero ya ha pasado –respondió la tía Yasmín.

–¿Se va a morir? –preguntó Nadina, que había dejado de abrazarle pero sin separarse de él.

–No. Es que va a traeros un primito –dijo su padre, antes de preguntarle a las mujeres–: ¿Qué hacemos?, ¿seguimos?

–Sí, claro. No vamos a quedarnos aquí –contestó la tía Yasmín con voz resignada.

–¿Falta mucho para llegar? –preguntó su madre.

–No creo. Por lo que me dijeron, la alquería del tío Hamo está después de la que hay más adelante. En este mismo camino –informó su padre al mismo tiempo que volvía a sentarse en el pescante y cogía las riendas.

El camino pasaba por en medio de las ocho casas que había agrupadas más adelante, y el padre de Alí aprovechó para preguntarle a un anciano que se hallaba sentado en el portal de una de ellas si aquella era la alquería de los Beni Dulaj.

–Sí, esta es –respondió el hombre, que vestía chilaba parda y se tocaba con un turbante amarillo pálido.

–¿Y sabe si la siguiente alquería que hay en esta dirección es la que se conoce como la de Abenbaca?

–No. Lo siguiente que encontrarán en esa dirección es Ur-Obia, el lugar donde mana el agua desde la montaña, que desde hace seis años pertenece a un cristiano llamado don Alfonso Berenguer. La alquería que ustedes buscan está más allá de Ur-Obia y pasada otra, la de Ben Dehuit. La alquería de Abenbaca está cerca ya de la de Benigela.


–¿Y nos queda mucho para llegar hasta allí?

El anciano levantó la cabeza para ver el cielo añil que había por donde se había ocultado el sol y movió su mano derecha en un gesto que denotaba cálculo aproximado:

–Con el camino tan malo que hay, cuesta arriba y ya casi de noche, por lo menos tardarán una hora en llegar.

Otro grito de tía Yasmín volvió a sorprenderlos en ese instante. El anciano se puso de pie de un brinco y miró asustado hacia el interior del carromato.

–¿Qué pasa? –preguntó el padre de Alí, mirando hacia atrás– ¿Es otro dolor como el de antes?

–No puede ser. Son demasiado seguidos para ser una primeriza –opinó su madre mientras tía Yasmín dejaba de gritar y empezaba a sollozar.

–Es mi hermana, que está a punto de dar a luz –informó su padre al anciano. Este, más tranquilo, se acercó al carromato con paso lento.

–Mire, amigo, si así están las cosas, yo de ustedes pasaría la noche aquí mismo. La vieja Fátima tiene mucha experiencia como madrona y por unos dirhams ayudará a su hermana.

–¿Qué hacemos? –interrogó el padre de Alí volviéndose hacia las mujeres, quienes sabía que habían oído la propuesta del anciano.

–No sé. Quizás nos dé tiempo a llegar a la alquería del tío Hamo –dijo Yasmín, aunque a continuación se lamentó–: Pero con este camino tan horrible y ya casi de noche…

–Las primerizas siempre tardan mucho en dilatar –insistió su madre.

–Según tengo entendido, mi madre, que Dios la tenga en su gloria, era muy rápida en los partos. Recuerdo que Yasmín nació antes de que llegaran siquiera las vecinas. Por lo visto fue ponerse con los dolores y parirla en seguida –dijo su padre, al parecer sin acordarse de que ellos, Alí y Nadina, estaban delante. O quizás era que no le importaba, pensó el niño.

–Pero tu madre no era primeriza cuando trajo a Yasmín…

La madre de Alí fue interrumpida por otro chillido, agudo y prolongado, de tía Yasmín. Nadina volvió a abrazarse a él, al mismo tiempo que su madre, mirando bajo la kandora de tía Yasmín, repetía nerviosa:

–Ay, que sí, que sí…

–Vamos, aparte el carromato del camino y acérquelo a mi casa. Yo voy a avisar a la vieja Fátima –ordenó el anciano, antes de ir todo lo de prisa que le permitían sus piernas en busca de la madrona.

Media hora más tarde, con la noche dejándose caer sigilosamente sobre la alquería de Beni Dulaj, Alí, Nadina y su padre escucharon desde el portal donde encontraron al anciano sentado el llanto del recién nacido. Se acercaron al carromato al mismo tiempo que de él bajaba una mujerona grande y gruesa, que llevaba puesto un mandil manchado de sangre sobre la chilaba y portaba varios trapos sucios y una albornía llena de agua colorada.

–¿Todo ha ido bien? –preguntó su padre.

–Sí, sube –le invitó su madre.

Alí y su hermanita se dispusieron a subir al carromato, pero su padre, ya desde arriba, les hizo un gesto para que esperasen. Bajo el toldo que formaba la vieja vela se veía la claridad que desprendían un par de candiles y se oían los cuchicheos y risas de sus padres y su tía, así como el llanto, ya más flojo y entrecortado, de su primo.

Impacientes, Alí y Nadina esperaron a que su padre les diera permiso para subir a conocer a su primo.

–Es una niñita –les anunció mientras les ayudaba a subir al carromato.

Alí y su hermana se acercaron al lugar donde se encontraba su tía Yasmín. Estaba tumbada boca arriba y tapada por una manta. Su melena larga y negra estaba suelta y sus ojos iluminados por una inmensa alegría. Su madre tenía a la recién nacida en sus brazos y se agachó para que ellos pudieran verla. Gracias a la trémula luz de los candiles, ambos vieron por primera vez la carita arrugada y congestionada de su prima.

–¿Qué es eso que tiene ahí? –se interesó Nadina señalando la frente de su recién conocida prima, un poco por encima de su entrecejo.

–Es un lunar.


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