Cultura

El cónsul de la poesía y las máquinas de escribir

El cónsul de la poesía y las máquinas de escribir

El cónsul de la poesía y las máquinas de escribir | Mientras leía el asunto en la cubierta de la última carpetilla que tenía pendiente de revisar, suspiró con resignación: «Concurso para la adquisición de una o dos máquinas de escribir Underwood 3-14, para la Oficina de Secretaría».


Abrió la carpeta y se propuso terminar con aquel tedioso deber cuanto antes.


Juan Guerrero Ruiz se hallaba sentado en su despacho del Ayuntamiento de Alicante. Era la mañana del sábado 19 de diciembre de 1931, cerca del mediodía.


El primer documento que se encontró dentro de la carpeta era una carta fechada nueve días antes en Pozuelo de Alarcón, en el membrete se leía «José Caparroso. Importación de objetos de escritorio», los precios ofrecidos eran de 1.775 pesetas por una máquina nueva, con garantía ilimitada, y 1.000 por una reconstruida, y se comprometían a que «la recibirían puesta en la estación de Alicante». La segunda carta también estaba fechada en Madrid diez días antes, la firmaba Juan Miró, director de la sucursal madrileña de la Compañía Mecanográfica Guillermo Trúniger S. A., quien adjuntaba dos folletos de la marca Underwood, y su presupuesto de una máquina nueva era de 2.100 ptas., pero con el descuento del 10% se quedaba en 1.890, «con aparato especial para escribir sobre tarjeta provista de funde de hule, cinta de un color o de dos y accesorios para la limpieza».


No entendía por qué en las bases se especificaba que la marca de las máquinas debía ser Underwood, pero supuso que los motivos serían meramente técnicos. A él nunca le habían gustado esas máquinas tan ruidosas, cuyo tecleo metálico y tartamudo se parecía al producido por una ametralladora. Prefería el tacto delicado y el murmullo suave de la pluma estilográfica. Pero el progreso exigía la compra de tales aparatos modernos de escritura. Al parecer, la última máquina de escribir que había adquirido el Ayuntamiento de Alicante había sido en el verano de 1927, pocos días después de que el entonces secretario, Enrique Ferré, obtuviera la autorización del alcalde Suárez-Llanos para proceder a una profunda remodelación del personal de Secretaría, aprovechando que se jubilaba el jefe de Negociado Antonio Mira-Perceval Otero. Juan devolvió su atención al expediente que había sobre el escritorio de su despacho. Deseaba acabar de leerlo para marchar cuanto antes a su casa, donde le esperaban su esposa y sus hijos. Por la tarde se dedicaría a una labor mucho más placentera: la correspondencia con sus amigos, la lectura y, si la inspiración se lo permitía, la creación de algún poema.


estilográficaPluma estilográfica del primer tercio del año 1900


El tercer presupuesto era de Justo Ulizarna Durán, con domicilio en la plaza Santísima Faz 4, 3º, representante de la casa alemana Otto Herzog. Como todos los demás, estaba escrito a máquina, si bien había una anotación manuscrita que decía que los precios tenían un 20% de descuento: 2.000 pesetas por una máquina Mercedes nº 6 nueva, 1.400 si era una reconstruida. Adjuntaba además un folleto de la marca Mercedes.


La siguiente carta era la primera que se había recibido sobre el asunto, fechada en Alicante el 7 de diciembre y firmada por Manuel Bárcenas, administrador de la sucursal alicantina (calle San Fernando, 20) de la Compañía Mecanográfica Guillermo Trúniger S. A. En ella se recordaba que «ese Ayuntamiento siempre nos compró las maquinas completamente nuevas y les recomendamos precisamente estas para asegurar el buen resultado de la compra, pues sabido el mucho uso que se les da en esas dependencias es arriesgado comprar maquina que no sea nueva pues se exponen a que el poco tiempo su funcionamiento sea deficiente». Pero los precios (2.100 ptas. nueva, 1.500 seminueva, 1.000 reconstruida) eran superiores a los presupuestados por el administrador de la sucursal en Madrid de la misma empresa.


Bárcenas tenía razón en cuanto al mucho uso que se le daba a las máquinas de escribir en estas oficinas. El ruido que producían era casi constante en las dependencias de la Secretaría. De ahí que Juan procurase no salir mucho de su despacho durante su jornada laboral.


Juan Guerrero había cumplido 38 años unos días antes, el 8 de diciembre. Nació en Murcia pero había vivido en Madrid desde 1918, donde se casó con Ginesa Aroca-García dos años después. Era doctor en Derecho y aficionado a la fotografía, pero su verdadera pasión era la poesía. Había hecho amistad con los poetas contemporáneos más celebrados: Dámaso Alonso, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Luis Cernuda… En su «Romancero gitano» Federico García Lorca le había dedicado en 1928 el «Romance de la Guardia Civil española», otorgándole un título honorífico que se le había adherido como una segunda piel: «A Juan Guerrero. Cónsul General de la Poesía». Pero su amistad más íntima la tenía con Juan Ramón Jiménez, a quien había servido como secretario ocasional. En 1924 ganó las oposiciones para secretario de primera categoría del Ayuntamiento de Murcia, por lo que regresó a su ciudad natal con su familia, donde vivió hasta 1929. Allí, en colaboración con otro poeta, Jorge Guillén, fundó la revista «Verso y prosa». Y hacía solo ocho meses, tras constituirse en Alicante el 15 de abril el primer Ayuntamiento de la Segunda República, presidido por Lorenzo Carbonell Santacruz, había venido Juan con su familia a esta ciudad para hacerse cargo de la secretaría del Consistorio.


Las dos cartas siguientes que había en la carpeta no tenían membretes porque estaban escritas por sendos particulares. El primero era «Manuel Zamora Durio, mayor de edad natural de Cádiz y vecino de esta ciudad, de 39 años de edad, mecánico y con domicilio en Pórtico de Ansaldo numero 2, 4º», que ofrecía «dos máquinas Underwood tipo pica, 3-14, último modelo y reconstruidas nuevas procedentes de América, al contado 2.250 ptas.»; y la segunda era de «Lorenzo Esquerdo Giner, de 35 años de edad, natural y vecino de Alicante, con domicilio en la calle Calderon de la Barca 25, 1º», quien ofrecía dos máquinas reconstruidas por 945 pesetas cada una y se despedía con el saludo revolucionario «Salud y República».


El último presupuesto sí que tenía membrete impreso: «Estanislao Mariol. Taller de Reparaciones. Máquinas de escribir. Calle de Sagasta, num. 60. Alicante», y ofrecía una máquina reconstruida por 1.040 ptas.


Los presupuestos no estaban colocados por orden de recepción, por lo que resultaba evidente que el jefe del negociado de Secretaría los había puesto siguiendo un criterio propio de predilección. Mientras le entregaba la carpeta esta mañana, le había informado que los negociados de la Secretaría contaban en total con seis máquinas de escribir.


alcalde lorenzo carbonellAlcalde de Alicante Lorenzo Carbonell Santacruz | Años 1931 a 1934 y 1936


El uso de estas máquinas se remontaba a finales del siglo anterior. Una real orden del 12 de febrero de 1900 ya admitía en oficinas estatales documentos escritos a máquina. En 1903 se autorizó su uso en las dependencias del Ministerio de la Guerra, un año después en las del Ministerio de Gracia y Justicia, y en 1919 se admitieron por fin los documentos mecanografiados en los registros notariales, después de que se prohibieran reiteradamente. En cuanto a las marcas de las máquinas, por real orden de 12 de abril de 1907, firmada por Primo de Rivera, todos los centros oficiales de España estuvieron obligados a adquirir máquinas de escribir Victoria, de la empresa valenciana Ferrer y Toledo, pero la pujanza de las máquinas extranjeras, mucho más modernas, acabaron pronto con tal obligatoriedad. La Hispano Olivetti inauguró en 1920 una fábrica en Barcelona, la Royal norteamericana se vendía en esa década tanto como el resto de marcas juntas, y posteriormente fue la Underwood, de la también estadounidense Underwood Typewriter Company, la preferida del mercado.


Al final de la carpeta Juan encontró un cuadro comparativo de las ofertas presentadas. Lo colocó al principio. De haberlo visto antes, se habría ahorrado tener que leer todas las cartas. Miró el reloj que sacó del bolsillo de su chaleco y decidió marcharse a su casa. Mientras se ponía el abrigo y el sombrero, pensó que la decisión sobre aquella compra bien podía esperar al lunes.

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