Cultura

El diccionario academico drae

El Diccionario académico y su última edición (23.ª) Cualquier idioma es un monumento a la inteligencia del ser humano. Y el nuestro, admirablemente enriquecido a lo largo de los siglos y que es uno de los más hablados del mundo, es quizás el mayor de todos ellos. Pues bien, el material con el que está construido este monumento está recogido en el diccionario.

El diccionario se define así mismo como «libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces de una o más lenguas, de una ciencia o de una materia determinada».

Existen dos sinónimos americanos de diccionario, parecidos y muy curiosos: Mataburros, en Argentina, Costa Rica, Cuba, Honduras, Uruguay y Venezuela; y tumbaburros, en México.

El primer diccionario académico fue el conocido como Diccionario de Autoridades, publicado entre 1726 y 1739.

En este mes de octubre de 2014, la Real Academia Española ha editado la última versión impresa de su diccionario, la vigésima tercera. La ha titulado Edición del Tricentenario porque ha salido a la venta justo cuando se cumplen trescientos años (3 de octubre de 1714) de la aprobación real de la primera edición, el ya mencionado Diccionario de Autoridades.

Por este motivo, desde Curiosidario deseamos felicitar a la Real Academia Española y a sus hermanas de América y Filipinas, por el esfuerzo que han realizado para poner al día el diccionario de la lengua española, en edición impresa. También nosotros, como todos los amantes de nuestro idioma, nos felicitamos por tener a nuestro alcance una herramienta tan actualizada como primordial.

Sin embargo, no todos los hispanohablantes o interesados en la lengua española tendrán posibilidades de adquirir un ejemplar de esta última edición impresa del diccionario. Su precio (99 euros la edición sencilla, 200 la especial), no está al alcance de la mayoría de los hispanohablantes. Ciertamente existe una versión electrónica actualizada, pero desafortunadamente son todavía muchos más los habitantes de los países de habla hispana que no tienen acceso a internet, que los que sí la tienen.

Como en ediciones anteriores, en ésta última han desaparecido algunas voces y se han registrado otras nuevas. Pero, al final, hay más entradas, puesto que, si en la edición del año 2001 había 88.431, en la actual hay registradas 93.111.

No obstante, no están registradas todas las palabras existentes en el vocabulario español. Como siempre ha ocurrido, es prácticamente imposible recoger en un diccionario todas las voces derivadas o formadas mediante composición, así como todos los aumentativos y diminutivos.

Presenta la nueva edición algunas modificaciones respecto a la anterior en cuanto a la estructura de los artículos: inclusión de las variantes en los paréntesis informativos y de la transliteración de las voces griegas en la información etimológica; cambio en los signos separadores; simplificación de la marcación relativa a la vigencia histórica (se prescinde de la marca ‘anticuado’ o ‘antiguo’ y se mantienen las de ‘desusado’ y ‘poco usado’, para aquellas palabras y acepciones que dejaron de estar vigentes después de 1900); se vuelve a escribir en cursiva las locuciones latinas; etcétera.

Conservador y sexista

A pesar de los esfuerzos hechos recientemente por la Asociación de Academias de la Lengua Española en general, y la Real Academia Española en particular, todavía son muchas las personas que acusan al diccionario académico de conservador y sexista.

Para reflejar la realidad política, jurídica y social que, sobre el matrimonio, está vigente cada vez en más países, se ha incluido en esta última edición la siguiente acepción en la entrada matrimonio: «En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses». Pero, comoquiera que se mantiene como primer significado «unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses», resulta evidente que los académicos siguen a pies juntillas la doctrina de los partidos más conservadores de aquellos países en los que ya está implantado legalmente el matrimonio homosexual: la de diferenciar éstos de los tradicionales mixtos, a pesar de lo que digan las leyes. Es la única manera de entender el porqué no se ha aprobado la inclusión de una única acepción que no haga referencia al sexo de los contrayentes; por ejemplo: «Unión de dos personas, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses».

Siguen vigentes en el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) otros ejemplos de conservadurismo. Como el que presenta la palabra anarquía y sus derivados anarquismo, anarquista. Todos ellos aparecieron por primera vez en 1726, tomados de la palabra griega ánarkhos que significaba ‘sin jefe’ y que es la contraria (por el an del principio) de árkho ‘yo mando, gobierno’, cuyos derivados son monarquía ‘uno (mon) que manda’ y oligarquía ‘pocos (oligoi) que mandan’. Pues bien, a pesar de que en el diccionario se lee ‘ausencia de poder público’ en el apartado de anarquía, y se avisa de su derivado anarquismo como ‘doctrina que propugna la desaparición del Estado y de todo poder’, todavía se mantiene esta otra acepción: ‘desconcierto, incoherencia, barullo’, nacida de las fuentes más reaccionarias de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Una definición tendenciosa esta última que, por ignorancia casi siempre, permite utilizar este término como sinónimo de caos.

Como viene siendo tradicional, la Real Academia se justifica con el argumento de que «procura aquilatar al máximo las definiciones para que no resulten gratuitamente sesgadas u ofensivas, pero no siempre puede atender a algunas propuestas de supresión, pues los sentidos implicados han estado hasta hace poco o siguen estando perfectamente vigentes en la comunidad social. Del mismo modo que la lengua sirve a muchos propósitos, incluidos algunos encaminados a la descalificación del prójimo o de sus conductas, refleja creencias y percepciones que han estado y en alguna medida siguen estando presentes en la colectividad. Naturalmente, al plasmarlas en un diccionario el lexicógrafo está haciendo un ejercicio de veracidad, está reflejando usos lingüísticos efectivos, pero ni está incitando a nadie a ninguna descalificación ni presta su aquiescencia a las creencias o percepciones correspondientes. Se diría que existe la ingenua pretensión de que el diccionario pueda utilizarse para alterar la realidad. Mas lo cierto es que la realidad cambia o deja de hacerlo en función de sus propios condicionamientos y de su interna dinámica; cuando cambia, se va modificando también, a su propio ritmo, la lengua que es reflejo de ella; y es finalmente en el diccionario (…) el que en su debido momento ha de reflejar tales cambios».

Según este razonamiento, la Academia simplemente hace un ejercicio de veracidad cuando quita o pone palabras y acepciones en su diccionario, por cuanto es fiel a los cambios producidos en la colectividad de quienes hablan el español, trasladando así toda la responsabilidad a dicha colectividad, a los millones de hispanohablantes. Pero lo cierto es que el diccionario condiciona y hasta moldea la realidad del idioma, en la medida en que es consultado a diario y de forma creciente por muchos hispanohablantes.

Resulta obvio el cinismo de este argumento, teniendo en cuenta que viene de la institución que tiene como lema: Limpia, fija y da esplendor. Como hemos visto antes, no fija la realidad existente en los países donde están legalizados los matrimonios sin discriminación de sexo. Tampoco limpia el idioma de ideas reaccionarias y obsoletas, como la sinonimia de anarquía con desconcierto y barullo. Como tampoco da esplendor a nuestra querida lengua manteniendo vocablos y acepciones (aunque sea con la advertencia de malsonante y el pretexto de que todavía algunas personas las usan) tan machistas y contrapuestos como coñazo ‘persona o cosa latosa, insoportable’ y cojonudo ‘estupendo, magnífico, excelente’.

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