Cultura

El entierro de la sardina 1808-1812 goya

 

El entierro de la sardina | Este cuadro puede ser el titulado Baile de máscaras en el inventario hecho a la muerte de Goya. Dentro de su enorme producción, es el perfecto ejemplo de obra pensada y creada en total libertad, para sí mismo o sus íntimos. La multitud, captada con la fuerza de una instantánea, celebra el Carnaval bebiendo y bailando a orillas del Manzanares en torno al estandarte de Momo. En el dibujo preparatorio (Museo del Prado) aparece el rótulo MORTVS en el estandarte, que fue también la primera idea de Goya para el cuadro y aún es visible, con un esqueleto, bajo el rostro sonriente de Momo. Así, la apariencia festiva deja entrever amargura y violencia, con un vigor expresionista muy próximo a los Disparates (1816-17) y anticipando las Pinturas Negras (1820-23).

El entierro de la sardina – Cuadro | Goya, Francisco de (Lugar de nacimiento: Fuendetodos, 1746 – Lugar de defunción: Burdeos, 1828)

  • Cuadro
  • Pintura
  • Escuela Española
  • Escena Costumbrista
  • Francisco de Goya
  • Altura y anchura: 82 cm y 60 cm (sin marco)
  • 1808-1812
  • Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Pese a estar inscrito en un conjunto de cuadros de costumbres de la vida española, el cuadro, en su origen, tuvo un carácter muy subversivo con la religión católica. En un primer momento, en el estandarte que ocupa el centro del cuadro aparecía la palabra «Mortus» sobre una forma indefinida, que podía ser la sardina. Esta palabra se hace eco de la que aparece en frases típicas de los estandartes de las procesiones del Viernes Santo (como Christus mortus est hodie) aunque, funcionando como parodia (como toda la tradición del entierro de la sardina), referiría a la muerte del ayuno cuaresmal, simbolizado por el pescado.Sin embargo, toda esta serie de alusiones, desaparecen en parte al haber sustituido la palabra por una grotesca máscara sonriente, lo que la relaciona con las actitudes del grupo de personajes, bailando, y con máscaras. Aun así, el hombre que baila a la derecha viste, al parecer, hábito de fraile, con lo que se mantiene cierta parodia o sátira del estamento clerical. Además, las dos mujeres centrales que bailan eran, en el dibujo, unas monjas; en el cuadro definitivo esta identificación ha desaparecido. Solo son mujeres jóvenes con un maquillaje de fantasía que hace función de máscara.

En todo caso de la parodia religiosa se ha pasado a la presencia sin más del baile, la fiesta, la risa y la diversión popular, como protagonista absoluto del cuadro. Otros personajes, como el situado a la izquierda más o menos disfrazado de jaque o soldado del siglo XVII y que blande una pica en dirección a una de las mujeres, remitiría al instinto indirectamente sexual desatado en esta fiesta. Están así presentes en forma grotesca las dos instituciones decisivas en la configuración de la sátira por parte del imaginario popular: el ejército, la fuerza; la moral, la iglesia.

Hay que recordar además que, si bien el carnaval fue permitido durante la dominación francesa, el retorno al absolutismo fernandino (que es la fecha más probable de realización de esta obra) prohibía estas expansiones por los desmanes y burlas que a las instituciones que lo apoyaban se hacían, aunque tales represiones no tuvieron demasiado efecto. De todos modos, Goya, si pintó efectivamente el cuadro entre 1815 y 1819, como defiende Bozal (2005), llevaría a cabo un acto de talante ciertamente crítico y transgresor, mostraría con él su rechazo de la política reaccionaria de Fernando VII.

En cuanto a la composición, está muy cercana a las de la serie con la que forma conjunto, en particular Corrida de toros en un pueblo, pues se trata de un óvalo iluminado, alrededor del cual (como en un ruedo) se sitúa el público espectador, aunque en este caso participe de la fiesta y esté también disfrazado con máscaras. Aunque, en comparación con aquel, en El entierro de la sardina predomina la luz sobre la sombra y la alegría frente al drama; lo mismo que lo distingue de la Casa de locos, la Procesión de disciplinantes y Auto de fe de la Inquisición, obras todas ellas que muestran una gama cromática limitada y cuyos asuntos no permiten la expansión festiva.

Esta obra manifiesta la alegría de vivir del pueblo, y contrasta con las recientes escenas macabras de Los desastres de la guerra o la tragedia inminente de la serie de la Tauromaquia, así como se aleja de los autos de fe, las muestras sangrientas de las disciplinas de los flagelantes o el mundo absurdo y marginado de la casa de locos, los cuadros con los que se ha visto que se relaciona en el tiempo y asuntos. Se trata de destacar más allá de las circunstancias políticas y sociales la «vitalidad popular», según señala Bozal. Aquí las clases humildes gozan de libertad, se expresan sin trabas y no se ven abocados a restricciones, padecimientos e incluso guerras impuestas por circunstancias ajenas al deseo del pueblo. Este es el mensaje complementario de la denuncia que lanzaba la serie de estampas de Los desastres de la guerra, donde todo el énfasis se hacía en la lucha de la gente por su vida, por sus casas y donde las víctimas estaban despojadas de heroismo y de representación de causa alguna. Es este del entierro de la sardina el mundo feliz, aunque en su último día, o el que, por un tiempo, da rienda suelta a sus deseos vitales, sin hacer consideración moral alguna y mostrando la simple fiesta, abolidas las leyes, instituciones y ataduras de la autoridad.

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