En la oscuridad del cine

En la oscuridad del cine

En la oscuridad del cine | Hace un siglo la sociedad alicantina estaba preocupada por la influencia que el cinematógrafo ejercía en los espectadores.

            Como reflejo de esta preocupación, numerosos artículos y editoriales de la prensa alicantina abordaron esta supuesta influencia del cine, casi siempre negativa.

            Pero, naturalmente, los motivos y las consecuencias de este mal influjo de la nueva industria cinematográfica sobre el público eran distintos según la ideología del periódico. Así, para diarios como El Correo o El Luchador, el cine ejercía una pésima seducción en las clases trabajadoras y menos favorecidas, al presentar la mayoría de las películas una imagen idílica de la sociedad burguesa que incitaba a los obreros a olvidar y hasta perdonar las graves penurias que padecían. Las tramas que presentaban los films buscaban, pues, controlar al pueblo por parte de la burguesía: «Exaltación del imperialismo patriotero, el triunfo de la honradez policiaca de los detectives, la generosidad de la hija del patrón que intercede por el obrero despedido por su padre, el triunfo religioso, la fe en un Dios sobrenatural y poderoso que consiente las barbaridades que pasan en este planeta» eran los argumentos con que se pretendía debilitar la voluntad crítica del humilde, del proletario, según el artículo firmado por José Dorado en El Luchador el 10 de febrero de 1913.

            Muy al contrario, la prensa conservadora alicantina achacaba el influjo negativo del cine al afán de corromper las virtudes morales y católicas de los confiados espectadores, por parte de una industria extranjera y perversa. El periódico Eco de Levante exigía el 20 de diciembre de 1912 que se prohibiera la exhibición de películas del género «picante que no pueden deleitar más que a naturalezas estragadas, a gustos pervertidos, y pueden en cambio producir males de importancia», como divorcios, adulterios y dolorosos dramas conyugales. Y en La Voz de Alicante del 7 de julio de 1916, el articulista Lulio deseaba «la desaparición del cinematógrafo escandaloso, abiertamente inmoral, y la no asistencia a él de familias que se dicen y ostentan por otra parte un catolicismo poco trascendental y positivo».

            Pero, por supuesto, esta preocupación por la negativa influencia que podía ejercer el cine era aún mayor cuando los supuestos perjudicados eran los más jóvenes. Y, como ahora, eran las escenas violentas y eróticas las que se consideraban más peligrosas.

            El 24 de mayo de 1913, Ricardo Vilar, director de la Escuela Graduada de la plaza de Ramiro, publicaba en el Diario de Alicante un artículo titulado «La niñez y el cine», en el que defendía el cine como un invento muy útil para la cultura, pero en el que también advertía de los riesgos que, para las mentes infantiles, suponían las películas de crímenes y de amores promiscuos: «Cada escena abominable que hiere su retina es como un aguijón envenenado que vierte en el alma ingenua y pura una gota de ponzoña».

            Para evitar esta mala influencia de las películas en la infancia, el Ministerio de la Gobernación, mediante real orden del 27 de noviembre de 1912, introdujo la censura en el cine y, para evitar que los niños fueran «solos a espectáculos como los cinematográficos, donde se congrega numeroso público en la oscuridad, respirando un aire viciado, y lo que es más lamentable, viendo a diario el vil reflejo de lo impúdico, de lo pasional, o de lo criminoso, cuyo espectáculo puede ejercer de por vida, en la delicada organización infantil, lamentables consecuencias patológicas de orden moral», se prohibió la entrada en las sesiones nocturnas a los menores de diez años que fueran solos.

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            Pero esta prohibición fue aplicada de manera poco rígida, según se desprende de las frecuentes denuncias que hacían los periódicos conservadores, como La Voz de Alicante, que el 14 de julio de 1916 volvía a lamentarse de las graves consecuencias que tenía, para el desarrollo de una sana moral de la infancia alicantina, el hecho de que se permitiese la entrada de menores solos en las sesiones nocturnas de los cinematógrafos. Y años más tarde, cuando el cine sonoro estaba a punto de llegar a las pantallas de Alicante, Las Noticias publicaba en su primera página un artículo firmado por Víctor Espinós y titulado «Psicologías de propaganda», en el que se arremetía contra los informes que hacía poco habían dado a conocer varios psicólogos extranjeros, como J. L. Holmes de la Universidad de Columbia, en los que se aseguraba que los niños que veían películas de las llamadas «criminales» al final de la proyección no mostraban simpatía por la delincuencia, ya que al poco tiempo no recordaban lo que habían visto y «los mayorcitos retenían el hecho de que el personaje criminal acababa en presidio».

            Pero más que la violencia exhibida en muchas películas, eran las secuencias eróticas las que mayor temor despertaban en las mentes de los alicantinos conservadores. Inmersos en la oscuridad del cinematógrafo, absortos por la pálida e hipnotizadora claridad de la pantalla, en la que aparecían valientes galanes y bellas damiselas enamorados, abrazados, con el sonido del piano o la orquesta que amenizaba la proyección envolviéndolo todo, la juventud alicantina (chicos y chicas mezclados) corría el riesgo de corromperse moralmente. O al menos así pensaban los sectores más reaccionarios de nuestra ciudad. Aquellas imágenes libidinosas, aquellos argumentos lujuriosos de las películas, podían acabar contagiando a los jóvenes espectadores.

            En El Batallador del 13 de enero de 1914, Julio Martínez publicó un artículo titulado «Llévame al cine mamá», en el que denunciaba la enorme cantidad de besos y tocamientos furtivos que se veían en las películas, y que podían servir de modelo para el público más joven, hasta el punto de convertir el cinematógrafo en su «nido amoroso», según escribió Lorenzo Renard en el Diario de Alicante del 18 de mayo de 1925.

            Mucho más simpática fue la crítica que hizo en rima, sobre este mismo asunto, Peláez Maspona en el Eco de Levante del 10 de marzo de 1910: «Las luces se apagan / y empieza un vals Boston / que ataca, con mimo / muy lento y medroso, / el cuarteto músico. / Tocando a su modo, todos le acompañan / hay tactos de codos / y ellas no protestan (…). / Con correr de locos / las figuras pasan / por el lienzo angosto / y se oyen suspiros / y se juntan rostros / y suena algún beso / que fingió un gracioso».

            Coeditado por la Filmoteca de la Generalitat Valenciana y el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, en el año 2000 Daniel C. Narváez Torregrosa publicó el libro «Los inicios del cinematógrafo en Alicante (1896-1931)», en el que se reseñan muchas de las noticias periodísticas que aparecieron por aquellos fechas acerca de la influencia del cine en la sociedad alicantina.

 

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