Entre olivos | Río Guadalquivir

Entre olivos | Río Guadalquivir

Entre olivos | Río Guadalquivir | Bajamos con las aguas del Guadalquivir hasta Córdoba. Nace el río en la Sierra de Cazorla donde según los poetas andalusíes estaban “las florestas mas preciadas del Islam”, entre pueblos serranos cargados de belleza e historia.

Guadalquivir, árabe antes, luego cristiano. Universal, persistente siempre. Siempre inquieto.

El aire se perfuma de romero mientras el olivo se refleja en el agua que llega de la montaña y escapa hacia el mar dejando en el camino destellos de luz y antiguas melodías de amor y desengaño.

Guadalquivir, rey de los ríos. Corre por los campos buenos. El galán de las dos orillas y del aire bandolero. Criado a los pechos blancos de la Penibética, nace, como en silencio, en la sierra de Cazorla.

¿Quién habló una vez de su rastro? Montes de Cazorla, Aznaitín y Mágina.

De luna y de piedra también los cachorros de Sierra Morena. Es renacimiento en Úbeda, tesoro en Baeza. Entona tarantos en Linares, sabe de monterías a lo grande por Andújar, Es puente por Alcolea, tierra mágica en Jaén.

Filigrana en Córdoba, Toque sutil en Montoro. Por Palma, recibe aguas del Genil, que trae recuerdos nazaríes de Granada.

Sevilla le abre los brazos. Ay, río de Sevilla, qué bien parece, lleno de velas blancas y ramos verdes. Y le abre también la puerta grande de las marismas.

Luego, entre mar y río, surgen las islas, los cortijos, los olivares, las reses bravas y la gloria de la marismería.

Brazos, caños, regatos. Un largo viaje para acabar entre las mareas de Sanlúcar con la duda eterna que se atrevía a formular Machado.

Como yo, cerca del mar, ío de barro salobre, sueñas con tu manantial.

Sonidos de aves.

Los sabios y poetas andalusíes en el tiempo del Califato dijeron que, en Cazorla, estaban las selvas supremas y las florestas más preciadas del Islam.

Aquellos eruditos se recrearon en la onírica fantasía de que un amanecer cualquiera podía envolver, envueltos en grandeza, los paisajes y glorias del pasado en forma de presente. Y que lo harán para siempre.

Es suficiente vislumbrar, aunque sea por un instante, esta sierra llamada de Marina. Porque conviene recordar que de aquí salió, durante siglos, la madera para las flotas.

Exuberante, grandiosa, imponente. Tanta importancia tuvo que, pese a su lejanía del mar, perteneció administrativamente casi siempre a distritos marítimos.

A 1 350 m. de altura, entre la cerrada de Utrero y la cañada de las Fuentes, sin otro ruido que el rumor del viento contra los pinos y el del agua al romper contra las peñas, nace el Guadalquivir.

Los Quintero, Serafín y Joaquín, cantaron la grandeza inicial del antiguo Betis.

Detente aquí, viajero.

Entre estas peñas nace el que es y será rey de los ríos.

Entre pinos gigantes y bravíos que arrullan su nacer y áspera preña.

Hacia el Norte, Segura de la Sierra.

Más allá, las tierras planas de Ciudad Real y las rugosidades de la sierra albaceteña de Alcaraz.

Por el altiplano de Granada, su emblema montañoso: el pico de la Sagra.

Todo un océano de alturas. Ya lo confesaba Alberti.

Por preliminares, alza cima de montes. Viendo la luz en sábanas de río. Quesada, al principio del camino del agua, testimonia la grandeza de su pasado.

Cuenta la leyenda que para facilitar el paso de Isabel la Católica en su conquista de Granada, se construyó en una noche el puente de las Herrerías.

El río del pueblo de Cazorla se llama Cerezuelo. En su hocino, la ciudad al cobijo del castillo de la Yedra. Pueblo que sube por calles finas y angostas hasta la plaza de la Corredera.

Ha habido quien, en ese tortuoso devenir, asegura haber escuchado en forma de embelecos pasados, canciones de recuerdos conocidos.

Cazorla, al atardecer, se abre hermosa desde su sillón de caliza.

cazorla

La golpea la última ilusión soñadora, que seguro regresa con la luz de un nuevo día mientras el viento la acaricia desde siempre con su brisa templada.

Los primeros pobladores de La Iruela fueron los túrdulos andaluces, hombres recios, como la tierra más hosca.

Sobre este primer asentamiento, los cartagineses fundaron la ciudad de Curris. Según viejas crónicas, fue populosa durante el I. Romano.

Con la dominación musulmana, adquirió su actual nombre.

Luego, los templarios edificaron en la roca, con su sabiduría misteriosa, un castillo que domina a la campiña de Jaén.

El viejo tranco de Mozoque es hoy la prensa del tranco. Todo un mar interior que regula parte del cauce alto y sacia la región.

Según se avanza hacia la cabecera, la pendiente y las encinas van en progresivo aumento hasta llegar a la orilla.

Coplas de amores y desamores, de orgullos y desprecios de despedidas, de sentimientos variados es lo que cantan las malagueñas y seguidillas de estas tierras de Santiago de la Espada.

Por allá, el sendero conocido como la Cerrada de Elías. Y rinde aguas el Borosa que nacido en aguas negras se despeña sin orden ni concierto, inventado arroyos y labrando profundas gargantas.

Nace con el sino de que pronto morirá embebido por el Guadalquivir. El arroyo del Infierno baja atormentado de los campos de Hernán Pelea, dividiendo las sierra de Segura y Cazorla bajo la atenta mirada de farallones rocosos de Las Banderillas.

En el recodo grandioso de Rompecalzas surge el alcor del calvario. El recogimiento prevalece imponente donde, en soledad y amor herido, cavilosos misticismos, San Juan de la Cruz.

El Yelmo, pico inexpugnable y altanero, anacoreta y silencioso, exhibe su silueta caprichosa.

En esta sierra de Segura, no hay otro que le haga sombra. Quevedo dijo que era un peñasco atrevido, morada de estrellas y dura cama para el cielo.

Antes, Jorge Manrique, al que algunos hacen nacer en estas tierras, lo glosó en romances comparándolo con el fin del mundo conocido.

Entre una y otra cita vive el lugar envuelto por el mito de unas leyendas fraguadas en tiempos tumultuosos.

Cuando las fronteras eran endebles y desconfiados los parlamentos y embajadas entre árabes y cristianos.

Junto al embalse, Hornos, antiguo señorío de San Miguel de Bujaraiza. Sólo sobreviven los restos de su castillo árabe, del que fue Maestre calatravo don Rodrigo de Manrique.

Luego la sierra se cuaja de manchas, Se salpica de cortijos, entre un oloroso manto de enebro, salvia y romero. Aromas sobre los que se asientan las cuatro villas: Iznatoraf, aceitunera, Sorihuela del Guadalimar, puebla bonita y pequeña, como dice el fandango. Villanueva del Arzobispo, reina del aceite y Villacarrillo, marquesa de la oliva.

El nombre de Torreperogil tiene su origen en el señor de la torre en torno a la que se construyó el pueblo, Pero Xil de Zatico. Cuenta la historia que luego, durante las medievales guerras de banderías, el potente baluarte fue destruido y el solar sembrado de sal. Y que su cuarto señor, aliado y amigo personal de Pedro I de Castilla, fue degollado junto a este en Montiel.

El río va corriendo entre sombrías huertas y grises olivares, por los alegres campos de Baeza.

Úbeda, en la Comarca de la Loma, entre los famosos cerros, es patrimonio del mundo civilizado.

ubeda

Perla italiana de un Renacimiento que, por andaluz, presume de características propias.

Los árabes la amurallaron y encastillaron. Defensas luego devastadas por Alfonso VII quien, tras la victoria de las Navas de Tolosa, cercó y tomó la ciudad. Y el recuerdo de San Juan de la Cruz que, entre tanta historia y belleza, dio finalmente a la caza alcance.

En sus palacios se recitaron versos de Petrarca y se cataron los vinos de Palermo, traídos por el gusto exquisito de don Francisco de los Cobos y Molina, el hombre que mandó construir, para hacer más llevadero el tránsito entre la vida y la muerte, .ese hermoso grito barroco labrado en piedra, que es la sacra capilla de El Salvador. Nació aquí Beltrán de la Cueva, personaje esencial en la historia de España.

Prototipo ejemplar de la psicología donjuanesca.

Y Francisco de los Cobos, secretario de Estado del emperador Carlos V. Y San Juan de la Cruz, aquel carmelita descalzo, poeta universal que olvidado por casi todos y agotado por una dolorosísima enfermedad, aquí murió tempranamente.

Y de aquí son y de tales ejercen, otros dos hombres de letras bien distintas, Antonio Muñoz Molina y Joaquín Sabina.

Baeza, centro geográfico de la provincia de Jaén, se levanta justo al lado, en otro promontorio que domina el valle del Guadalquivir.

La ancestral riqueza de sus tierras hizo fecunda la ocupación humana desde tiempos prehistóricos.

Pero la ciudad alcanzó su magnificencia en el siglo XII con los almohades.

Hicieron de Bayyasa, plaza principal entre sus posesiones peninsulares. La fortificación fue mejorada y proliferaron los mercados, las mezquitas, los edificios públicos y, más tarde, en el siglo XVI Baeza, marchando al ritmo del gran siglo hispánico, desarrolla su apogeo arquitectónico y su prosperidad económica, que se asentaba en el cultivo del la vid y el cereal y en la industria de los paños.

Guarda Baeza, como un tesoro, el recuerdo de la estancia del profesor Antonio Machado.

La muerte de Leonor, en Soria, abrió uno de los capítulos temáticos en su poesía: el tiempo.

La muerte de su compañera llena noches y días, espacios y soledades.

(RECITA) Por estos campos de la tierra mía bordados de olivares polvorientos voy caminando solo, triste, cansado, …pensativo y viejo.

Baeza perdió su poderoso alcázar y en el pasado siglo, desaparecieron .muchos edificios históricos. Pero la cantidad y calidad de los que todavía quedan bien la hacen merecer el título de ciudad monumental y ser patrimonio de la humanidad.

Perderse en Baeza y nunca acabar. Campo de Baeza, soñaré contigo cuando no te vea.

Jaén está cerca, en el entorno del valle, al otro lado del río. Con unos orígenes que se pierden remotamente en el tiempo de los tartesios y unos rastros colonizadores de fenicios y griegos. Aunque realmente fue con los cartagineses cuando la vieja Auringis comenzó a ser plaza fuerte tras la boda del gran Aníbal con la hija de un jefe local.

Durante cinco largos siglos, prolongaron su estancia en Jaén los árabes. La consideraron una gran ciudad, le dieron walí y levantaron mezquitas, fortificaciones y palacios.

Hoy, como ayer, el castillo medieval de Santa Catalina se yergue en la cima del cerro recordando a aquel célebre historiador que lo calificó de una de las más inexpugnables fortalezas de al-Andalus, llegándose a ella por un camino semejante al de las hormigas.

La ciudades del santo reino creció alrededor.

Cuentan que cerca de los barrios árabes, .vivía escondido en una cueva un enorme lagarto que exigí tributo anual .en forma de una doncella.

Un joven convicto pidió el indulto a cambio de librarles de semejante maldición. Preparó un hatillo con carne y gran cantidad de pólvora. Cuando el lagarto lo tragó, encendió la mecha con el resultado esperado.

Es desde entonces que se dice: “Ojalá revientes como el lagarto de Jaén”.

La catedral está en la plaza de Sta. María. En el terreno que ocupara la mezquita principal. Y en el sótano del palacio de Villar Don Pardo se esconden los baños árabes.

catedral jaen

De aquel Jaén moro, la cristiandad y los siglos han respetado poco.

No ocurre lo mismo con el legado cristiano, que se percibe en las vías por las que corre la vida de la ciudad.

Estos campos del antiguo pueblo de los oretanos son ahora tierras de olivares. Sierras sorprendentes donde se refugian el muflón y el ciervo.

Un lugar casi mágico que florece entre pinos al amparo de pueblos y ciudades acrisoladas por el tiempo, en un viejo reino eternamente fronterizo.

A la vista, como sin querer, el magnífico macizo de la sierra Mágina, que separa las cuencas del Guadalquivir y el Guadahortuna.

Entre cortados, barranqueras y elevados picos se muestran en todo su esplendor los dominios subbéticos jiennenses.

No se sabe bien si lo de Mágina se refiere a magna, por su grandeza, o si haciendo caso a antiguas supersticiones, la palabra se refiere a una sierra mágica.

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Fuentes:
RTVE España, entre el cielo y la tierra

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