Excomunión por chocolate

Excomunión por chocolate

Excomunión por chocolate | Doña Soledad sufrió un vahído cuando se enteró de la noticia. A su lado, María, la esclava berberisca, y su hija Margarita, la mantenían a duras penas enderezada. Por suerte, se hallaba sentada en un sencillo pero amplio butacón. El mismo que utilizaba desde hacía años cada vez que venía a este lugar de visita. Margarita se había apresurado a socorrerla en cuanto vio cómo se desvanecía. Aun llevando tan pesado hábito y rozar la cincuentena, su hija voló hacia ella con suma agilidad.

Se hallaban en el estrecho claustro que había adjunto a la capilla. Principiaba la tarde del cuarto día de mayo de 1681. Por una ventana enrejada se veía el refectorio del convento, una sala tan austera y reducida como el resto del edificio, con dos mesas de madera, una docena de sillas, dos butacas y un viejo aparador. Una sala que doña Soledad Miralles no había pisado nunca, pero que conocía perfectamente, no en balde llevaba treinta y tres años visitando este edificio cada domingo por la tarde, desde que su hija Margarita entrara como novicia. El convento era de clausura, pero el locutorio era tan sumamente pequeño que muy pronto permitieron a Soledad penetrar hasta el claustro para visitar a su hija. Allí, junto a la ventana del refectorio, encontraba un butacón que habían colocado expresamente para ella.

La Comunidad Agustina de la Sangre se había fundado en 1606, el mismo año en que nació doña Soledad, muy cerca de allí, en la calle En Llop. El 18 de julio de aquel año llegaron desde Valencia las dos primeras religiosas de la Orden de San Agustín, para fundar la congregación, invitadas por la nobleza alicantina. Lo hicieron en el ermitorio de la Sangre, un antiguo santuario que antaño había servido de capilla para los reos condenados a la última pena. Los nobles de la ciudad habían establecido en esta capilla una cofradía llamada de la Purísima Sangre de Cristo, en la que había una figura de la Virgen de la Soledad, que muy pronto pasó a conocerse como Nuestra Señora de la Marinera, debido al gran fervor que sentían por ella los hombres de la mar. Por el nombre de aquella virgen la bautizaron sus padres con el nombre de Soledad.

Siempre había sido muy devota; cumplidora a rajatabla de todos los preceptos y mandamientos de la Santa Madre Iglesia. Tanto era así, que en vez de sentirse apesadumbrada, siempre se había sentido orgullosa y feliz de que su hija Margarita (el único de sus vástagos que había llegado a edad adulta) decidiera ingresar como religiosa en el convento de la Sangre, que tan familiar les resultaba por hallarse a pocos pasos de su casa. Incluso cuando enviudó, hacía ya muchos años, sobrellevó la soledad con la misma dignidad que su nombre. Porque, a pesar de que vivía acompañada, se sentía muy sola. Gracias a las generosas rentas heredadas de su difunto esposo en su casa nunca faltaba servidumbre. La última en llegar fue María, una berberisca cautiva que hizo bautizar en la iglesia de Santa María nada más comprarla. Pero los criados y esclavos no paliaban su soledad. Una soledad que sólo hallaba alivio los domingos por la tarde, cuando venía a visitar a Margarita.

iglesia de santa maría - alicanteIglesia de Santa María en la plaza Santa María – Alicante

Sabedora de la penurias que pasaban las monjas de coro, legas y novicias que había encerradas en esta casa tan estrecha y pobre, Soledad llevaba años aprovechando sus visitas para celebrar con Margarita y demás religiosas una buena merienda, cuyos ingredientes traía María desde casa en una cesta. Soledad merendaba en el claustro, sentada en el butacón, mientras que su hija y demás religiosas lo hacían al otro lado de la ventana, en el refectorio, adonde una lega llevaba la cesta que María le entregaba por el torno. Lo que más gustaba era el chocolate, acompañado de unos sabrosos panecillos cocidos en un cercano horno de pan. Aunque no era amante de la cocina, Soledad se había aficionado muchos años atrás a preparar personalmente el chocolate. Era su único capricho culinario. Y le salía realmente exquisito, según opinión de todo aquel que había tenido ocasión de probarlo. Lo traía al convento en abundante cantidad, pues una de sus pocas virtudes era la generosidad, tal como pudo comprobar su ilustrísima el obispo cuando entregó la dote de Margarita. Una dote superior incluso a la que habría entregado si se hubiera desposado con el más rico comerciante alicantino. Por eso le dolía tanto que recompensaran ahora su generosidad con esta absurda prohibición.

Porque esta tarde, al acceder al claustro del convento, en lugar de oír las risitas y el ajetreo de las religiosas mientras corrían al aparador para sacar las jícaras que ella había traído muchos años atrás, y que desde entonces allí se guardaban, las notó muy calladas, como si estuvieran tristes. Fue su propia hija, priora desde hacía un lustro, quien le dio la noticia arrimándose a la celosía: «Han prohibido comer chocolate salvo en los locutorios. Bueno, chocolate o cualquier otro alimento». La sorpresa de Soledad se reflejó en el tono de su voz, en su mirada, en el aleteo incesante de sus párpados. Su hija le contó con calma los pormenores. Con fecha 30 de abril pasado, el Nuncio Apostólico en el reino de España, Don Sabo Millini, había prohibido por escrito, y por orden de su Santidad Inocencio XI, tomar chocolate, almorzar, comer o beber en las iglesias, tribunas, claustros y otras partes sagradas. «Han distribuido copias impresas del edicto para que sean fijadas en lugares públicos de cada iglesia y convento», dijo Margarita mientras extraía de un bolsillo de su hábito un papel que desdobló con cuidado. Luego leyó: «Habiendo llegado noticia a nuestro Santo Padre el excesivo abuso que hay en esta Corte, y en las demás ciudades y villas y lugares de estos Reinos, en tomar chocolate, y almorzar, comer y beber en las Iglesias de ellas, de que se siguen graves escándalos e irreverencia a Dios nuestro Señor y a sus sagrados templos, que solo deben frecuentarse para alabarle, y pedir misericordia de nuestras culpas, y pecados con humildad, y santo respeto, y que de no hacerlo así se da por muy ofendida su Divina Majestad…». ¿Ofender a Dios por tomar chocolate con mi hija?, pensó Soledad mientras sentía un ligero mareo. «…Mandamos a todas y cualesquiera personas, así seglares, como regulares, de cualquier Orden, o instituto Regular –continuaba leyendo Margarita– que en las Iglesias, Tribunas de ellas, Claustros de Conventos, ni en otras partes sagradas, exceptuando en los Conventos de Monjas los Locutorios, y los Claustros de adentro, no den, ni tomen, ni dejen tomar chocolate, ni almorzar, ni comer cosa alguna, so pena de excomunión…». Fue oír la palabra «excomunión» y desmayarse. Un desmayo momentáneo, sin consecuencias, pero que en una anciana de setenta y cinco años alarmó a las presentes.

Mientras regresaba a su casa en compañía de María y con el chocolate ya frío, escuchó los sonidos producidos por la campana que recién se había instalado en la torre de la iglesia de San Nicolás, llamando a los feligreses a los sagrados oficios. Tomándolo por una señal divina, Soledad decidió entonces escribir al día siguiente al obispo para pedirle su ayuda en lo relativo al chocolate, recordándole de paso sus numerosas y generosas dádivas a la Iglesia, así como lo establecido en su testamento: la entrega de todos sus bienes al obispado cuando ella falleciera. La respuesta de su ilustrísima pocos días después colmó de felicidad a la anciana, puesto que le comunicaba que, pese a serle permitido a ella el acceso, el claustro del convento de la Sangre estaba considerado como «de adentro», por lo que podía seguir celebrando sus meriendas de domingo en ese lugar, al hallarse exento de la prohibición dictada por su Santidad.

Una copia impresa del edicto se conserva en el Archivo Municipal de Alicante (Legajo-19-8-39/0).

por Gerardo Muñoz Lorente
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