Cultura

Final

Final | Donde acaba el tiempo | Capítulo 39 | Alicante, diciembre de 2011 | El jueves 29, a las siete menos cinco de la tarde, Roberto Maciá y yo entramos en el centro cultural Las Cigarreras de Alicante por la puerta de visitantes que había en la calle San Carlos, la misma por la que yo había accedido a ese mismo lugar catorce días antes. Y, como entonces, sentía que me embargaba la ansiedad cada vez con mayor intensidad, al tiempo que empezaba a escuchar ese ruido monótono, parecido al producido por un motor lejano, si bien ahora ya sabía quién y por qué lo hacía.

Era de noche y los focos que había colocados en la columna férrea que se levantaba en mitad del recinto iluminaba el jardín vertical y las entradas de las antiguas naves de la Tabacalera.

Después de bajar por la escalera de hierro –yo agarrada del brazo de Roberto, pues apenas si veía los peldaños–, nos metimos directamente por el callejón que separaba el jardín vertical de la primera de las naves, dedicada a la Cultura Contemporánea. Hacía frío, por lo que íbamos bien abrigados. Roberto llevaba una gran bolsa de cuero en su mano izquierda.

Nadie nos vio meternos por el callejón, cada vez más oscuro, y llegar a la verja que había al final. Tal como estaba previsto, encontramos la puerta de la verja abierta.

La noche anterior, Roberto me había repetido varias veces su plan en presencia de Amelia, en casa de ésta. «Nuestro contacto en el interior de Las Cigarreras nos dejará abiertas las puertas de la verja y la posterior de la nave. También me ha explicado el lugar del almacén donde están las cajas de la excavación del colegio de San Roque». «¿Estará tu contacto?», pregunté. «No. En la nave no habrá nadie. No trabajan por las tardes –respondió Roberto, antes de resumir por enésima vez–: Entraremos en el centro por la entrada de acceso al público, iremos por el primer callejón de la izquierda hasta la verja, cuya puerta encontraremos abierta…».

El otro lado de la verja daba a otro callejón, que recorría la parte posterior de las tres naves, limitando con un muro muy alto que lo separaba de los edificios contiguos, y al que se accedía también por el lado opuesto a través de otro callejón, por el que entraban los vehículos desde la puerta vigilada que había en la esquina de las calles Sevilla y Adolfo Blanch, tal como me había explicado Roberto mediante un croquis la noche anterior.

El callejón que recorría la parte posterior de las naves estaba oscuro y solitario. Anduvimos por él con paso ligero, hasta que llegamos a la nave central, cuyo portón estaba cerrado. Sin embargo, la pequeña puerta metálica que había a un lado se abrió en cuanto Roberto accionó el picaporte. Respiré profundamente en un intento por calmarme, pero el corazón siguió acelerándose, notando sus pálpitos en mis venas con tanta fuerza y premura como oía la voz femenina que comenzó a llamarme, a pedirme ayuda en un idioma desconocido para mí, pero cuyo significado comprendía: «¡Ven! Estoy aquí, aquí…».

–¿Estás bien? –me preguntó Roberto, mirándome con preocupación.

Asentí.

Entramos en el interior de la nave dedicada al Patrimonio Cultural, que se hallaba inmersa en la más completa oscuridad. Antes de cerrar la puerta, Roberto sacó del interior de la bolsa de cuero una linterna, que encendió y con la que iluminó el espacio que nos rodeaba. Había varias cajas apiladas junto a un montón de material arqueológico –piedras, sobre todo– muy cerca de nosotros. Más allá sólo se vislumbraba un espacio vacío y tenebroso. Sin embargo, tanto Roberto como yo sabíamos que estábamos en la entrada posterior de un gran almacén de dos plantas, donde se guardaban los restos arqueológicos hallados hasta la actualidad en la ciudad de Alicante. Él sabía que estos restos sólo ocupaban una tercera parte del almacén porque así se lo había explicado su informante, un funcionario que trabajaba en ese mismo lugar –no me dijo su nombre ni lo que le había costado su colaboración; tampoco yo se lo pregunté–; yo sabía que allí dentro había algo muy importante para mí y para mi familia porque así me lo indicaba la voz que me reclamaba cada vez con mayor fuerza e insistencia: «Ven, acércate. Estoy aquí».

Seguí muy de cerca a Roberto, quien, ayudándose con la linterna, avanzó por uno de los pasillos que recorrían el almacén. A ambos lados, aunque apenas visibles, había estanterías de hierro que al principio estaban vacías y luego ocupadas por cajas de diferentes tamaños.

Llegamos casi hasta el otro extremo del almacén, cerca ya de la puerta de cristal por la que se accedía –según el croquis que Roberto me mostró la noche anterior en casa de Amelia– a la biblioteca, la recepción y la entrada principal de la nave. Nos detuvimos a los pies de una escalera metálica que había frente a un ascensor –junto al cual, según el mismo croquis, estaba el vestuario y la sala de descanso del personal que allí trabajaba– y, después de que Roberto barriese nuestro alrededor con la linterna, iluminando así brevemente varias mesas, alacenas y armarios que quedaban a la izquierda, subimos por la escalera.

Aunque ascendimos con cuidado, nuestros pasos resonaron tímidamente peldaño a peldaño, hiriendo el silencio en que se hallaba sumida la nave como ligeros roces de cadenas, hasta que arribamos al piso superior. En la esquina más cercana, más allá del ascensor, había una puerta que comunicaba con la oficina técnica; en la esquina opuesta, estaba la dependencia donde se encontraban los despachos de la jefatura y de la administración. Nosotros nos dirigimos hacia el lado contrario, adentrándonos por uno de los pasillos que cruzaba el almacén en esa primera planta, cuyo suelo estaba construido con el mismo material metálico y agujereado con el que se levantaban las estanterías. Seguí los pasos de Roberto –que iluminaba alternativamente con la linterna el suelo y las estanterías–, convencida de que íbamos en buena dirección, ya que así me lo confirmaba la voz que me pedía auxilio, a la cual oía cada vez más cercana.

Nos detuvimos por fin a unos treinta metros de la escalera. Roberto iluminó la estantería de la izquierda, donde había colocadas varias cajas de diferente tamaño.

–A ver… –dijo en voz baja, al mismo tiempo que se acercaba para leer lo que había escrito en el cartel de papel que había pegado en una de las cajas–. Sí, esto es. Aquí están… En una de estas cajas debe estar el esqueleto…

–Así es –corroboré, a punto de que me diera un ataque de ansiedad debido a la insistente llamada que me llegaba, en efecto, desde allí mismo: «Aquí, aquí… ¡Ayúdame!».

–El esqueleto no está separado del resto del material, así que habrá que sacarlo de la caja y meterlo aquí –explicó Roberto una vez más, abriendo la bolsa de cuero que había dejado en el suelo, para extraer de ella una gran bolsa de plástico negro–. ¿Cuál abrimos primero? –me preguntó, iluminando de nuevo las cajas que teníamos delante. Eran media docena, de cartón negro. Dos de ellas eran muy grandes, tres pequeñas y una de un tamaño mediano.

–Separémoslas –propuse–. ¿Pesan mucho?

Roberto cogió una de las pequeñas, que me dio en seguida.

–Esta no.

La tomé entre mis brazos; pesaba unos cinco kilogramos. Me separé unos cuatro pasos; los suficientes para comprobar que la voz que me reclamaba ayuda no procedía de su interior, sino que seguía entre las cajas de la estantería.

–Esta no es –dije, dejándola con cuidado en el suelo.

–Está bien. Hagámoslo por eliminación –dijo, dándome otra de las pequeñas.

Hice la misma operación, separándome de Roberto y de la linterna unos pasos, quedándome durante unos segundos en la penumbra.

–Esta tampoco –dije, dejándola en el suelo, junto a la otra.

–A ver esta.

Roberto cogió la de tamaño mediano y la llevó junto a las dos pequeñas que yo había dejado en el suelo, varios pasos separadas del resto. Por el esfuerzo que hizo, debía pesar bastante. Me acerqué a ella, pero en seguida supe que tampoco era esa. La voz seguía llamándome desde la estantería.

–Habrá que bajar una de las grandes. No sé si podré yo solo –advirtió Roberto, abrazando una de las cajas. La arrastró unos centímetros y la levantó un poco, pero hubo de dejarla en seguida en la estantería. Me acerqué entonces para ayudarle. Por suerte, la caja estaba a la altura de nuestros hombros, por lo que no nos hizo falta buscar una escalera de mano. Pesaba mucho, pero pudimos arrastrarla hasta apoyarla encima del hombro izquierdo de Roberto.

–A ver si podemos bajarla al suelo sin que se nos caiga –dijo, bufando.

Le ayudé como pude, agarrando un extremo de la caja. Una vez la tuvo cargada encima, Roberto se puso de rodillas y, con gran esfuerzo, pudimos por fin dejarla en el suelo.

–Ojalá y que esté aquí –deseó Roberto, extenuado, mientras yo me agachaba para pegar el oído a la caja. La llamada era ya casi constante –«Aquí, aquí. Sí, aquí estoy…»–, pero me costaba discernir con seguridad de qué caja salía exactamente, pues las dos más grandes todavía estaban demasiado cerca una de otra.

–Creo que sí, que está aquí. Pero no estoy segura.

Las cajas estaban cerradas con una cinta adherente negra. Roberto rasgó la que mantenía sellada la caja que habíamos dejado en el suelo con ayuda de una navaja que sacó de un bolsillo de su pantalón. Yo le ayudé iluminando la caja con la linterna.

Nada más abrir la caja, supe que habíamos acertado. La voz sonó en mi interior aún más fuerte, más apremiante y, según me pareció, también más aliviada.

Después de extraer del interior de la caja de cartón varios objetos –la mayoría de cerámica–, convenientemente protegidos por papel y plástico, Roberto sacó una especie de cofre –una caja de madera de unos treinta centímetros de ancho por otros tantos de alto y el doble de largo–, dentro del cual se conservaban, enumerados y primorosamente colocados, todos y cada uno de los huesos que conformaban el esqueleto de mujer hallado en la excavación realizada año y medio atrás en el colegio de San Roque.

–¡Ahí está! –exclamé con voz apagada pero sumamente emocionada, casi a coro con la voz que oía dentro de mí y que me decía: «Sí, sí… Libérame, por favor. ¡Libérame!».

De cuclillas, sujetando la linterna con mi mano derecha, acaricié con los dedos de la izquierda la calavera que había guardada en aquel cofre, al mismo tiempo que murmuraba con voz entrecortada:

–Sí, querida mía… Yo te liberaré. Yo lo haré…

Los ojos se me empañaron y Roberto, respetuoso, me advirtió:

–Hemos de darnos prisa.


Asentí, separando mi mano de la calavera. Roberto cerró el cofre de madera, lo envolvió con el plástico negro y luego lo guardó en la bolsa de cuero.

–Dentro de lo que cabe, hemos tenido suerte –dije.

–No sé. Ahora hemos de dejar todo como estaba. Conviene que no se den cuenta en seguida de lo que hemos hecho. Cuanto más tarden en echar en falta el esqueleto, mejor –dijo Roberto, metiendo de nuevo en la caja todo cuanto había sacado, excepto el cofre de madera.

–¿Tienes cinta adhesiva? –pregunté.

–No. Habrá por aquí, supongo. Pero eso no me preocupa. Lo que más me preocupa ahora es tener que subir la caja a su sitio…

–¿Y si la dejamos aquí?

–Le prometí a nuestro contacto que trataríamos de dejar las cosas de manera que no se den cuenta a simple vista de que hemos entrado. De lo contrario se vería en un grave aprieto… Por eso te decía que, cuanto más tarden en percatarse de lo que hemos hecho, mejor para todos.

Una vez metidos todos los objetos en la voluminosa caja, Roberto la abrazó de cuclillas y trató de ponerse de pie. Al fondo de la caja me había parecido ver losas y azulejos, por lo que debía tener un peso considerable. Era un tipo de cartón especial, grueso y duro, por lo que muy bien el fondo de la caja podía soportar hasta treinta kilos. En cualquier caso, Roberto consiguió levantar la caja con mi ayuda, aunque no pudo colocarla en la estantería que le correspondía, sino en la inferior. Acto seguido pusimos las otras cajas que habíamos movido –las dos pequeñas y la mediana– encima y al lado de la que habíamos abierto. De manera que, aunque no estaban todas las cajas juntas, no parecía que nadie pudiera darse cuenta fácilmente del cambio producido.

Recorrimos a continuación el camino de vuelta, Roberto delante de mí, iluminando con la linterna y cargando con la bolsa de cuero, bajando la escalera metálica y cruzando todo el almacén por la planta inferior, hasta salir por la misma puerta posterior por la que habíamos entrado.

Mientras caminábamos por el callejón posterior, recordé que la noche anterior le había preguntado a Roberto si no sería mejor que entrásemos con un vehículo, pues quizá nos veríamos obligados a cargar con una caja de gran tamaño. «Mejor sí que sería, pero no es posible –me respondió–. La entrada de vehículos está permanentemente vigilada. Y aunque tal vez tengamos que cargar con algo de peso, esperemos que no sea tanto como para no poder llevarlo en una bolsa grande de mano». Roberto tenía razón, pues así ocurrió. Como también tuvo razón al decirme que, lo más probable, es que nadie se fijara en nosotros, aunque lleváramos una bolsa grande. «Entraremos y saldremos en horario de público, pero será de noche, hará frío y, con un poquito de suerte, nadie nos verá entrar o salir por la puerta de la verja. Además, el centro carece de medidas de seguridad especiales, como sistemas de alarma o cámaras de vigilancia. ¿Para qué? Es un centro cultural… ¿Quién va a querer entrar a robar en un almacén arqueológico?», recordé que me había dicho, en tanto franqueábamos la puerta de la verja que unía ambos callejones. Anduvimos acto seguido por el lateral de las naves, dejando atrás y a la derecha el jardín vertical, para subir por la escalera de hierro pintada de color pistacho, sin cruzarnos con nadie, hasta la salida. Ya no oía la voz; sólo el sonido parecido al zumbido de un abejorro llegaba a mis oídos desde la bolsa que portaba Roberto. A pocos metros de la salida de Las Cigarreras, en la misma calle San Carlos, esquina con la calle Pelayo, Roberto había dejado bien aparcado su Toyota Auris, en cuyo maletero introdujo la bolsa de cuero. No obstante, previamente me había dado el cofre envuelto en la bolsa de plástico. Se la pedí porque quería llevarla conmigo, en mi regazo.

Eran las ocho y diez cuando Roberto apagó el motor de su coche. Estábamos frente a una antigua masía –un edificio de piedra de dos plantas–, situada en medio de una finca de más de cuatro hectáreas que se extendía entre la carretera que une Elche con El Altet y la urbanización Lo Vincle, en la partida ilicitana de Maitino. Una de las propiedades que mi hermana Amelia había heredado de sus padres adoptivos.

Nos apeamos del Toyota Auris y, portando yo el cofre entre mis brazos –del que continuaba brotando aquel sonido tan singular–, entramos en la casa, de amplias habitaciones –media docena entre las dos plantas– y extensa cocina. El salón, a pesar de su amplitud, se hallaba caldeado, pues esa misma mañana Roberto había tenido la precaución de encender la chimenea. Se trataba de un antiguo y enorme hogar de leña que había sido convertido en una moderna y potente estufa de acero y cristal. A su lado, perfectamente colocados en la leñera de obra, había apilados gran cantidad de leños de carrasca. También había un gran saco de plástico verde cerrado.

La noche anterior, en casa de Amelia, Roberto me había contado que, tras recibir al mediodía mi llamada, en la que les anticipé el resultado de mi última sesión de hipnoterapia, en un principio Amelia y él habían pensado hacer la incineración en un crematorio de animales que hay en Dolores, una población de la vega baja del Segura cercana a Elche, pero que al final él había desechado esa opción porque habría que dar demasiadas explicaciones a los responsables. «No resulta fácil quemar huesos humanos sin levantar sospechas», me dijo Roberto. Así que habían decidido que lo mejor era realizar la incineración en un sitio cerrado y lo más privado posible, aunque las condiciones no fueran las óptimas.

Y ese sitio era la masía en la que ahora estábamos Roberto y yo. Después de encender las luces del salón, sin más pérdida de tiempo él abrió la puerta de cristal de la chimenea para meter algunos troncos más de leña, así como varias paletadas del estiércol vacuno que había dentro del saco de plástico verde. Fue abrir dicho saco e inundarse todo el salón del peculiar olor a boñiga de vaca. Con ayuda de una palita de hierro que había junto a la chimenea, fue echando Roberto gran cantidad de bostas, que el fuego se encargó de prender con la misma rapidez con que una fiera hambrienta devoraría una presa indefensa. Luego extrajo con cuidado el cofre de madera de la bolsa de cuero, lo desenvolvió de la bolsa de plástico y, sin abrirlo, lo metió en el interior de la estufa, colocándolo con precaución sobre el montón de leños y bostas, que lo recibieron con un alegre crepitar. El extraño zumbido que surgía del cofre cesó de inmediato. Encima de éste volvió a echar varias paletadas más de estiércol de vaca, cubriéndolo casi por completo. Cerró la puerta de cristal y se separó de la chimenea para observar junto a mí cómo las llamas se apoderaban, voraces, de la madera y el esqueleto.

Roberto se dejó caer, visiblemente cansado, en el mismo sofá en el que yo me había sentado un momento antes, que estaba encarado a la chimenea. En silencio, ambos estuvimos un buen rato contemplando las feroces llamas que crecían formando caprichosas figuras, alimentándose de aquella mezcla de madera y huesos. Eran llamas rojas, amarillas y anaranjadas que lamían los cristales de la estufa, avivadas por el aire que, impulsado por las dos turbinas, entraba con fuerza en la chimenea y salía luego, llevándose consigo el humo, por el tubo cuya boca superior sobresalía por el tejado.

–El fuego tardará aquí bastante más en convertir todo el esqueleto en ceniza que en una incineradora, pero es más seguro –dijo sin dejar de mirar la chimenea y con voz cansada.

–Bueno, no tenemos prisa –dije en un murmullo. También yo me encontraba fatigada. Roberto asintió mientras esbozaba una sonrisa.

Ambos seguimos observando en silencio cómo las llamas consumían los leños y los huesos. Pronto la madera del cofre desapareció, convertida en ascuas, en medio de las cuales descubrí, envuelta en llamas, la calavera. Mientras veía al fuego devorar aquellos restos humanos, rememoré parte de mi última regresión. Me sentí de repente tan aliviada, que no pude por menos que dejar escapar un sonoro y hondo suspiro.

–Por fin –musité, mirando a Roberto. Pero este no me había oído. Se había quedado dormido, con la cabeza apoyada en su mano izquierda, la cual se sostenía a su vez en el codo, hincado en el brazo del sofá. El modo como respiraba evidenciaba la profundidad de su sueño.

Un ruido procedente del interior de la chimenea me hizo volver la mirada hacia el fuego. Tardé unos segundos en comprender que la calavera había estallado, fraccionándose en varios trozos. Mis ojos se llenaron de lágrimas, iniciando así un llanto silencioso pero irrefrenable, cuya causa no supe distinguir muy bien, pues de improviso me sentí tan apenada como alegre. Era como si la explosión de la calavera hubiera venido a refrendar algo que había anhelado con todo mi corazón y desde tiempo inmemorial. Busqué mi bolso con la mirada, encontrándolo encima de la mesita de cristal y forja que había entre el sofá y la chimenea. Lo cogí, lo abrí, saqué un pañuelo y me enjugué las lágrimas. Y en ello estaba cuando se produjo aquella visión tan maravillosa: De pronto la chimenea se llenó de una luz tan blanca y potente que, atravesando el cristal, inundó todo el salón y me cegó momentáneamente. Cuando por fin pude abrir de nuevo los ojos, aquella luminosidad seguía bañando toda la estancia, pero su intensidad había cedido lo suficiente como para dejarme apreciar la silueta que había dentro de la estufa. Una silueta libre de llamas, envuelta en aquella albura perfecta, que poco a poco fue tomando cuerpo, hasta permitirme ver la figura sedente de una mujer, cubierta con una túnica igualmente blanca. Sus ojos eran tan claros como la nieve y sus labios me sonrieron, al mismo tiempo que me decían: «Te estaré eternamente agradecida». Respondí a su sonrisa, pero no pude dejar de llorar; si bien ahora el llanto nacía de un sentimiento indescriptible de gozo.

Un sentimiento gozoso que seguía rebosando por todos mis poros cuando abrí los ojos. Aquella visión había desaparecido con la misma rapidez con que había surgido. En la chimenea las llamas continuaban consumiendo tanto los troncos de carrasca como los huesos y, a mi lado, sentado en el sofá, Roberto seguía durmiendo. También yo debía haberme quedado dormida, deduje, aunque no estaba muy segura.

Hacía ya cuatro horas que había amanecido el penúltimo día del año 2011, cuando Roberto y yo salimos de la masía montados en su coche. En el asiento trasero llevábamos una urna de porcelana que contenía las cenizas y algunos trocitos de hueso que habíamos recogido de la chimenea de aquella casa. Fuimos al puerto de Santa Pola, donde nos subimos a una barca pequeña y de un solo motor, propiedad de Roberto. Muy cerca estaba amarrado el barco que Amelia había heredado de su padre, de mayores proporciones –diez metros de eslora por casi tres de manga–, según me indicó Roberto, señalándolo mientras me decía:

–Desde que falleció mi tío yo me encargo de pilotarlo, pero para lo que hemos venido a hacer lo más práctico es utilizar mi barquita.

El cielo estaba despejado y apenas soplaba el viento, por lo que hacía menos frío que los días anteriores y la mar estaba en calma. Roberto desamarró la barca, puso en marcha el motor y, en cuestión de unos pocos minutos, salimos del puerto y nos adentramos algo más de una milla en alta mar. Una vez allí, con el cabo de Santa Pola a nuestra izquierda y la silueta de la isla de Tabarca en lontananza, abrí la urna y esparcí su contenido en el mar azul y tranquilo. Las cenizas quedaron suspendidas sobre el agua durante unos segundos, mientras que los trocitos de hueso –el más grande de un tamaño menor que una aceituna–, se hundieron en seguida.


Después de comprobar que su móvil tenía cobertura, Roberto llamó a Amelia para informarle de manera sucinta:

–Misión cumplida.

Aquella tarde fui a visitar a mi hermana Carmen al hospital psiquiátrico en el que estaba ingresada. La encontré acostada en su cama, con los ojos abiertos pero con la mirada extraviada. Estaba aparentemente tranquila, muy quieta; ni siquiera movía el índice derecho. La cama de al lado estaba vacía.

–Está en estado catatónico profundo –me informó una voz de mujer a mi espalda. Me volví y encontré en la puerta de la habitación a la enfermera que conociera la última vez que estuve allí. Vestía uniforme blanco y tenía una carpeta azul apretada a su pecho con ambas manos. Su aura marrón presentaba egoístas ribetes verdes.

–Tiene los ojos abiertos –repuse sin convicción.

La enfermera meneó la cabeza.

–Hace días que no se mueve. Seguimos alimentándola, pero… –miró la bolsita de plástico transparente que había conectada al catéter que Carmen tenía en su brazo; y yo seguí su mirada–. ¿Ha hablado ya con el doctor Lloret?

–No.

–Ahora mismo está en su despacho. Quizá pueda recibirla. ¿Quiere que lo pregunte?

–Sí, gracias.

La enfermera se marchó y yo me quedé de pie junto a la cama de Carmen. Volví a observar con detenimiento su cara de permanente estupor y sus manos inmóviles, y por primera vez no reconocí a mi hermana. Era como si estuviera viendo un cuerpo extraño, completamente ajeno a Carmen. Un cuerpo que respiraba, pero vacío.

Dos noches atrás, Amelia me había contado en su casa que había sido siempre Carmen quien la había visitado a ella en sueños. Primero cuando estaba en coma; luego, mientras dormía. «La iniciativa siempre ha sido suya. Yo nunca he sabido o podido comunicarme con ella. Era Carmen quien me visitaba a mí. Pero durante las últimas semanas nuestros encuentros oníricos han sido cada vez menos frecuentes y en situaciones más difíciles. Su mundo, su mente, se estaba desmoronando… Hace ya más de diez días que no me visita y tengo la penosa sensación de que ya no volverá a hacerlo», me dijo Amelia. Y ahora, mientras miraba a Carmen, o mejor dicho el cuerpo que había sido de Carmen, me convencí de que Amelia estaba en lo cierto. Carmen nunca más la visitaría en sueños, por la sencilla razón de que Carmen ya había dejado de existir. Sus últimos esfuerzos, los restos de energía que aún le quedaban en su interior, los había dedicado a comunicarse con Amelia, para que me ayudara en aquella misión que nuestra familia venía arrostrando desde hacía mil años y durante cuarenta generaciones. De ahí que no me sintiera contrariada cuando la enfermera volvió a la habitación para informarme de que, lamentablemente, el doctor Lloret ya no se encontraba en el hospital.

–No importa. No hay prisa. Intentaré hablar con él la próxima vez que venga a ver a mi hermana –dije.

Joan regresó a Alicante el sábado 31 al mediodía. Su hijo, aunque todavía estaba ingresado en el hospital Clínico de Barcelona, se encontraba bastante recuperado, y él había decidido venir a pasar Noche Vieja conmigo. Así me lo había anticipado por teléfono la noche anterior.

Nos reunimos en su clínica, donde Joan se entrevistó con su ayudante, Arnaldo. Juntos vieron la grabación de la penúltima de mis sesiones de hipnoterapia en el ordenador portátil, realizada el pasado martes. No daba tiempo a ver la última, por lo que Joan se llevó el portátil con él. Nos despedimos de Arnaldo, deseándonos un feliz año nuevo.

Joan y yo comimos en el restaurante El Jardín de Galicia y luego fuimos a su piso, un ático dúplex situado en la avenida de Loring. Desde la terraza se disfrutaba de una hermosa panorámica del puerto de Alicante, sobre todo del muelle de Poniente, pero mis ojos ya no percibían lo que había más allá de un metro delante de mí.

Aunque había tenido informado a Joan por teléfono de los principales acontecimientos que se habían ido produciendo en su ausencia, tanto durante la comida como después de hacer el amor en su dormitorio le puse al corriente de todos los detalles.

–Lo has conseguido –me dijo, besándome en los labios. Yo me sentía feliz en sus brazos, envuelta en un halo rosa con olor a miel y limón.

–Sí, todo ha terminado felizmente. Gracias a ti –dije, devolviéndole el beso–. Ahora el trabajo que queda es cosa tuya.

–Sí. Ahora viene el trabajo menos agradable: prepararlo todo para hacerlo público y someterlo a la valoración de los especialistas. Pero eso puede esperar… Ahora hemos de pensar dónde cenar. Es Noche Vieja… –Levantándose de la cama, fue no obstante a coger su ordenador portátil, regresando a mi lado mientras lo ponía en funcionamiento y decía–: Aunque tal vez nos dé tiempo todavía a ver el video de la última regresión. Estoy deseándolo…

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