Género de palabras

Género de palabras

Género de palabras. Las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género). Antes de continuar, repasemos: Sustantivos comunes en cuanto al género: Son los que, designando seres animados, tienen una sola forma, la misma para los dos géneros gramaticales. En cada enunciado concreto, el género del sustantivo, que se corresponde con el sexo del referente, lo señalan los determinantes y adjetivos con variación genérica: el/la pianista; ese/esa psiquiatra; un buen/una buena profesional

Sustantivos epicenos: Son los que, designando seres animados, tienen una forma única, a la que corresponde un solo género gramatical, para referirse, indistintamente, a individuos de uno u otro sexo. En este caso, el género gramatical es independiente del sexo del referente. Hay epicenos masculinos (personaje, vástago, tiburón, lince) y epicenos femeninos (persona, víctima, hormiga, perdiz)…

Sustantivos ambiguos en cuanto al género: Son los que, designando normalmente seres animados, admiten su uso en uno u otro género, sin que ello implique cambios de significado: el/la armazón, el/la dracma, el/la mar, el/la vodka

Formación del femenino en profesiones, cargos, títulos o actividades humanas:

a) Aquellos cuya forma masculina acaba en –o forman normalmente el femenino sustituyendo esta vocal por una –a: bombero/bombera, médico/médica, ministro/ministra, ginecólogo/ginecóloga. Hay excepciones, como piloto, modelo o testigo, que funcionan como comunes… En algún caso, el femenino presenta la terminación culta –isa (del latín –issa), por provenir directamente del femenino latino formado con este sufijo: diácono/diaconisa; y excepcionalmente hay voces que tienen dos femeninos, uno en –a y otro con la terminación –esa (variante castellana de –isa): diablo, fem. diabla o diablesa; vampiro, fem. vampiro o vampiresa.

b) Los que acaban en –a funcionan en su inmensa mayoría como comunes: ella atleta, el/la cineasta, el/la guía, el/la logopeda, el/la terapeuta, el/la pediatra. En algunos casos, por razones etimológicas, el femenino presenta la terminación culta –isa: profetisa, papisa. En el caso de poeta, existen ambas posibilidades: la poeta/poetisa… Es excepcional el caso de modista, que a partir el masculino normal el modista ha generado el masculino regresivo modisto.

c) Los que acaban en –e tienden a funcionar como comunes, en consonancia con los adjetivos con esta misma terminación, que suelen tener una única forma (afable, alegre, pobre, inmune, etc.): el/la amanuense, el/la cicerone, el/la conserje, el/la orfebre, el/la pinche. Algunos tienen formas femeninas específicas a través de los sufijos –esa, -isa o –ina: alcalde/alcaldesa, conde/condesa, duque/duquesa, héroe/heroína, sacerdote/sacerdotisa

Hay palabras que han cambiado de género con el paso del tiempo.

Acmé, vocablo médico que significa ‘periodo de mayor intensidad de una enfermedad’, procede de una voz griega femenina ἀκμή ‘punta’. En la actualidad es palabra ambigua, pero se usa preferentemente en masculino, forma que se ha impuesto sobre el género femenino etimológico.

También acné es una voz médica ‘enfermedad de la piel…’, de origen griego ἄχνη ‘película’, ‘eflorescencia’. Antiguamente el género de esta palabra era femenino en concordancia con su étimo, pero en el español actual, aunque sigue siendo admisible, se usa casi exclusivamente en masculino.

Acompañanta es un sustantivo femenino derivado del adjetivo acompañante, que hace relación a ‘mujer que acompaña a otra como señora de compañía’ y ‘mujer que ejecuta el acompañamiento musical’.

Almiranta es un sustantivo femenino derivado de almirante, referido a ‘nave que montaba el jefe de una armada, flota o escuadra’, pero en el DRAE también se incluye otro significado coloquial y poco usado ‘mujer del almirante’.

El étimo latino de árbol era femenino (ARBOR, -ŎRIS) y con este género pasó al español antiguo. Ya en el s. XV, pese a haber ejemplos del género masculino, Nebrija todavía lo registra con el femenino. Hoy es masculino.

Asistenta es un sustantivo femenino derivado de asistente, que tenía antiguamente varios significados, pero que hoy en día solo se usa para designar a la ‘mujer que realiza trabajos domésticos por horas’.

Ayudanta es un sustantivo femenino derivado de ayudante, que se emplea solo para la ‘mujer que realiza trabajos subalternos, por lo general en oficios manuales’.

Azafata y aeromoza. «Al ser labores tradicionalmente desempeñadas por mujeres, hasta no hace mucho solo existía la forma femenina azafata; dado que hoy también las realizan hombres, se ha creado, y es plenamente válido, el masculino azafato (…) Para referirse al auxiliar de vuelo se emplea en gran parte de América el término aeromozo», explica el Diccionario panhispánico de dudas. No obstante, todavía no están recogidas en el DRAE las voces aeromozo y azafato.

Azúcar, de origen árabe, está recogida en el diccionario académico como palabra ambigua. Corominas dice que, pese a ser voz masculina en árabe y en la lengua literaria, se ha hecho femenina en el uso familiar de América, Andalucía y otras partes a causa de la inicial a. Por su parte, el Diccionario panhispánico de dudas indica que es válido su uso en ambos géneros, aunque, si va sin especificativo, es mayoritario su empleo en masculino (el azúcar); cuando lleva un adjetivo especificativo, este puede ir asimismo en cualquiera de los dos géneros, aunque suele predominar el femenino (azúcar prieta); en plural, lleve o no especificativo, es claramente mayoritario el masculino (ambos azúcares). Además, este diccionario dice que el sustantivo azúcar «tiene la particularidad de admitir su uso con la forma el del artículo y un adjetivo en forma femenina, a pesar de no comenzar por /a/ tónica (el azúcar molida). Se trata de un resto del antiguo uso de la forma el del artículo ante sustantivos femeninos que comenzaban por vocal, tanto átona como tónica, algo que era normal en el español medieval».

Bebe o bebé ‘nicho de pecho’ es un sustantivo que en España funciona como epiceno (género común) masculino (un bebé muerto); en América, salvo en Argentina y Uruguay, tanto la forma llana (bebe) como la aguda (bebé) se usan a menudo como sustantivos comunes en cuanto al género (el / la); y, en los países del Río de la Plata, la forma llana se usa normalmente con dos terminaciones (el bebe, la beba).

Bedel era un sustantivo que, por su terminación, era común en cuanto al género (el / la bedel), pero hace muy poco la Academia ha admitido oficialmente el femenino específico bedela.

Jefe, como su étimo francés más recientemente adaptado con el sentido concreto de ‘jefe de cocina’, chef, son comunes en cuanto al género (el / la jefe, el / la chef). Sin embargo, desde 1837, el diccionario académico tiene registrada la palabra jefa, femenino específico de uso frecuente.

Chofer o chófer son comunes en cuanto al género (el / la chófer). Pero cuando la mujer conduce por oficio, entonces puede emplearse el femenino específico choferesa.

Cisma es masculino en la actualidad, pero antiguamente era femenino y en el s. XVIII la Academia todavía admitía ambos géneros.

Cliente es común en cuanto al género (el / la cliente), pero últimamente se está haciendo cada vez más frecuente el también válido específico femenino clienta.

Color es masculino ahora, pero hasta la época clásica (y todavía hoy en el lenguaje rural) se vaciló en el género.

Concejal, por su terminación, se ha usado siempre como común en cuanto al género (el / la concejal), pero recientemente la Academia ha separado los géneros (el concejal, la concejala), aunque sigue dando por válida la forma anterior.

 Aunque en el Diccionario panhispánico de dudas la Academia dice que confidente, por su terminación, es común en cuanto al género (el / la confidente) y desaconseja el femenino confidenta, que tuvo cierto uso en el siglo XIX, pero que no se ha consolidado en el nivel culto, lo cierto es que en el DRAE sigue manteniendo la separación de género (el confidente, la confidenta).

A principio del s. XVII la palabra cutis conservaba el género femenino que tenía en latín. Un siglo después la Academia ya advertía que familiarmente se usaba como masculino. Y en la actualidad su uso es exclusivamente masculino.

Como sustantivo, dependiente funciona como común en cuanto al género (el / la dependiente), pero el uso mayoritario ha consolidado el femenino específico dependienta.

Durante toda la Edad Media dolor era femenino.

Por su terminación, edil ha sido siempre común en cuanto al género (el / la edil), excepto en algunos países americanos, como Uruguay, donde se había asentado, en el uso culto, el femenino específico edila. Pero recientemente la Academia ha aprobado oficialmente la separación de ambos géneros (el edil, la edila).

Elefante es un nombre epiceno, es decir, que, con un solo género gramatical, designa a un ser (en este caso un animal) de uno y otro sexo. En el caso de elefante el género es el masculino. No obstante, puede utilizarse el femenino específico elefanta cuando se trata de la hembra.

Enzima, aunque oficialmente es un término bioquímico ambiguo, la propia Academia admite que es preferible y se usa mayoritariamente el femenino.

Estratega es común para ambos géneros (el / la estratega), pero también es válido, aunque desaconsejado por la propia Academia, el raro estratego como específico masculino.

Aunque en el español medieval y clásico se usó mayoritariamente en femenino, incluso en el habla culta, en la actualidad es masculino, si bien hay vestigios de la fantasma en el habla de la gente rústica de España y de muchos puntos de América.

El latín FINIS era femenino, y con este género pasó fin al español primitivo. A fines de la Edad Media apareció el uso del género masculino, pero todavía Cervantes empleó ocasionalmente el femenino.

Por su terminación, gerente era común en cuanto al género (el / la gerente), pero la Academia ha aprobado muy recientemente la separación de ambos géneros (el gerente, la gerenta).

Como adjetivo, gigante tiene una sola terminación, válida para ambos géneros (una casa gigante, un hombre gigante), pero como sustantivo puede emplearse el femenino específico giganta para designar a una mujer de gran estatura y, más recientemente, como sinónimo de girasol.

Como adjetivo, gobernante tiene una sola terminación (un partido gobernante, la familia gobernante), pero como sustantivo puede emplearse el femenino específico gobernanta en el sentido de ‘mujer que tiene a su cargo el personal de servicio de una casa, un hotel o una institución’.

Hambre es voz femenina pero, al comenzar por /a/ tónica exige el uso de la forma el del artículo (el hambre) si entre ambos elementos no se interpone otra palabra. Sin embargo, la influencia de este artículo ha hecho que modernamente, en el habla popular, se haya cambiado de género (la hambre), pese a la oposición y condena de la Academia.

Honor es masculino, pero en la Edad Media su género era femenino.

Internet. He aquí una palabra nueva, un neologismo recientemente adaptado a nuestro idioma. En el DRAE aparece como vocablo ambiguo, pero en el Diccionario panhispánico de dudas la Academia recomendaba las formas femeninas en el uso de artículo u otro determinante (la, una, etc.), por ser femenino el nombre genérico red, equivalente español del inglés net. Sin embargo, parece que la tendencia mayoritaria es la contraria, pues es mucho más frecuente la forma masculina (el Internet).

Con los significados ‘pregunta’ y ‘cuestión dudosa’ interrogante es palabra ambigua y admite, por tanto, ambos géneros. Pero la propia Academia reconoce que, en el habla culta, el uso masculino es predominante (el interrogante).

Jinete es un sustantivo masculino porque se refiere, en sus distintas acepciones, a un hombre o a un caballo, ya que, para la mujer que monta a caballo existe en español la palabra amazona. A pesar de ello, en el diccionario académico aparece la siguiente acepción en la entrada correspondiente a jineta (derivada de jinete): ‘Mujer que monta a caballo’ en Andalucía y América.

Juez es común en cuanto al género (el / la juez), pero se usa también el femenino específico jueza.

Líder es común en cuanto al género (el / la líder), pero también, sobre todo en algunos países de América, se usa lideresa con el significado de ‘directora, jefa o conductora de un partido político, de un grupo social o de otra colectividad’.

El étimo latino de linde (LIMES) era masculino, pero durante toda la Edad Media se usó como femenino. Hoy es palabra de género ambiguo.

Mar es hoy palabra de género ambiguo. Su étimo latino (MARE) era neutro. En los textos medievales se hallan ambos géneros (el mar y la mar) y en el Siglo de Oro, como hoy, ya los marinos preferían el femenino mientras que el influjo latino generalizó pronto el masculino en el nombre propio de los mares (el mar Mediterráneo, el mar Cantábrico, etc.). Según Corominas, «debieron de existir preferencias geográficas, para el masculino en el Oeste (de acuerdo con el predominio decidido en portugués) y para el femenino en el Este (conforme al menos decidido del femenino en catalán)». En el español actual se usa más el masculino, pero entre las gentes de mar sigue siendo frecuente el femenino, así como en poesía. «De ahí que se emplee en femenino en las expresiones que describen su estado (mar arbolada, mar calma, mar gruesa, mar picada, mar rizada, mar tendida, etc.) o en locuciones propias del lenguaje marinero, como alta mar o hacerse a la mar», deduce el Diccionario panhispánico de dudas.

La Academia reconoce que maratón es una voz que comenzó a circular en el primer tercio del siglo XX con género masculino, pero que, posteriormente, por influjo del género de prueba o carrera, se ha ido extendiendo su uso en femenino, también válido. Sin embargo, en el DRAE sigue figurando solo como sustantivo masculino.

El latín MARGO, -INIS tenía los dos géneros, pero su derivado castellano margen fue siempre femenino  (la margen) hasta el s. XVIII. Hoy es voz ambigua.

Como todos los sustantivos acabados en –ista, modista es común en cuanto al género (el / la modista), pero, para referirse a un hombre, se usa también el derivado modisto, de uso muy extendido.

Hay algún autor del s. XVI (como Antonio de Fuenmayor) que escribió origen en femenino. En el s. XVIII la Academia ya tenía muy claro que el género de este vocablo era masculino, como hoy. El causante del cambio de género fue el uso antiguo del artículo el ante los femeninos de inicial vocálica.

Como en el caso anterior, orín era femenino en el español antiguo (como lo fue también su étimo latino AERUGO), pero cambió de género por influjo del artículo el ante inicial vocálica antes del s. XVIII.

Por su terminación, pariente era común en cuanto al género (el / la pariente), pero la Academia ha aprobado muy recientemente la separación de ambos géneros (el gerente, la parienta).

En los ss. XVI-XVII pirámide (entonces la grafía era pyrámide) era del género masculino, lo contrario que ahora.

Principiante es, por su terminación, común en cuanto al género (el / la principiante), pero existe también el femenino específico principianta.

Puente era del género femenino en la Edad Media y todavía había autores en el Siglo de Oro (Cervantes, Lope) que usaban este género. En la actualidad se emplea el masculino excepto en Chile, donde sigue diciéndose la puente cuando se trata de uno pequeño.

Reuma o reúma es un término médico ambiguo (admite ambos géneros: el /la reuma, el / la reúma). En la lengua culta de la mayor parte del ámbito hispánico se prefiere su empleo en masculino, aunque en algunos países como México es normal, entre hablantes cultos, usarlo en femenino.

Sal. Sobre este sustantivo explica Corominas: «En latín clásico era comúnmente masculino; solamente aparece como neutro en ciertos autores arcaicos y tardíos, género que debió de tener cierto arraigo en el antiguo latín vulgar; como otras muchas palabras neutras, se haría femenino en la baja época, género que ha conservado en castellano».

Sartén es del género femenino en España. En América se usa el masculino generalmente y también se oye así en Asturias.

Sastre debería ser, por su terminación, común en cuanto al género, pero la Academia admitió separar el femenino del masculino (el sastre, la sastra).

Presidente es, por su terminación, común en cuanto al género (el / la presidente), pero está ya muy extendido el uso del femenino específico presidenta.

Sirviente es, por su terminación, común en cuanto al género (el / la sirviente), pero en el sentido de ‘mujer dedicada al servicio doméstico’ está muy extendido el uso del femenino específico sirvienta.

Yunque es masculino, pero antiguamente era femenino. Experimentó un proceso parecido al que debió pasar sartén, es decir: de la yunque llegó a el yunque, pasando por l’ayunque.

A continuación, un cuadro con las dudas más comunes en cuanto al género:

CORRECTO

INCORRECTO

la abogada

la abogado

el / la aborigen

la aborigen

la alcaldesa

la alcalde

la arquitecta

la arquitecto

la bombera

la bombero

el hambre

 la hambre

Los artículos el y la

 

Por último, aunque es de suponer que es algo ya sabido, el artículo femenino la toma obligatoriamente la forma el cuando se antepone a sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica (el agua, el alma, el área), con muy pocas excepciones (se usa la y no el ante los nombres de las letras a, hache y alfa; ante los nombres propios de mujer, cuando llevan artículo; y ante las siglas, cuando el núcleo de la denominación no abreviada es un sustantivo femenino que no comienza por /a/ tónica). El Diccionario panhispánico de dudas explica muy bien como «el artículo femenino la deriva del demostrativo latino illa, que, en un primer estadio de su evolución, dio ela, forma que, ante consonante, tendía a perder la e inicial (…); por el contrario, ante vocal, incluso ante vocal átona, la forma ela tendía a perder la a final (…). Con el tiempo, esta tendencia solo se mantuvo ante sustantivos que comenzaban por /a/ tónica, y así ha llegado a nuestros días. El uso de la forma el ante nombres femeninos solo se da cuando  el artículo precede inmediatamente al sustantivo, y no cuando entre ambos se interpone otro elemento (…). En la lengua actual, este fenómeno solo se produce ante sustantivos, y no ante adjetivos; así, aunque en la lengua medieval y clásica eran normales secuencias como el alta hierba o el alta cumbre, hoy diríamos la alta hierba o la alta cumbre».

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