Juego de tronos

Juego de tronos

Juego de tronos | Era un hombre joven y fuerte, por lo que no le costó gran esfuerzo ascender por la ladera empinada en cuya cumbre se hallaba el castillo. Las flechas y piedras que arrojaban los defensores llovían sin cesar, sin que los manteletes sirvieran de protección debido a lo inclinado y pedregoso del terreno, pero él continuó la subida a pie con determinación, lo que animó a sus caballeros y soldados para proseguir el ataque. Era la mañana del sábado 21 de abril del año de Nuestro Señor de 1296.

Las enormes piedras que los trabuquetes y algarradas disparaban contra las murallas de la fortaleza habían logrado abrir una angosta brecha cerca de la puerta del castillo, y hacia allá se dirigió el rey Jaime con paso decidido, armado con espada y escudo, y seguido por un admirado grupo de caballeros, también a pie. Mas cuando el monarca se prestaba a atravesar el muro por la grieta, el caballero catalán Berenguer de Puigmoltó le retuvo, pidiéndole que le dejara entrar a él primero, en previsión del peligro que seguro acechaba al otro lado. El rey consintió, y tras Berenguer de Puigmolgó aún permitió que entrara otro de sus caballeros. Luego penetró él. Al otro lado del muro medio derruido se encontró con que los caballeros que le habían precedido se enfrentaban en dura lucha con un grupo de caballeros castellanos. Uno de ellos le atacó con presteza, esgrimiendo un cuchillo montero que atravesó más de medio palmo el primer cuarto de su escudo. Lejos de acobardarse, Jaime contraatacó con un mandoble que incrustó su espada en la cabeza de aquel caballero enemigo. A continuación se enfrentó a otros defensores más, hasta que éstos comenzaron a retroceder, desanimados por el cada vez más numeroso grupo de guerreros aragoneses que penetraron en la fortaleza, siguiendo los pasos de su rey, y que terminaron de derribar el muro para permitir el paso a la caballería.

Aún no hacía cinco años que había sido coronado rey de Aragón como Jaime II. Entonces su mayor deseo era conseguir una paz estable y duradera con Castilla, por eso acordó reunirse con el rey castellano, Sancho IV, en Monteagudo a finales del año 1291. Durante aquellos días firmaron la paz. Como sello de concordia, él se comprometió con la hija de Sancho, la infanta Isabel, que contaba sólo con ocho años de edad. Para mayor garantía, acordaron disponer cada monarca de diez castillos rehenes del otro reino. Uno de aquellos castillos, por parte castellana, fue el de la ciudad de Alicante, cuyo alcaide era a la sazón García Ferrándis de Pina, el cual debió jurar vasallaje al rey de Aragón.

Pero aquel tratado de paz quedó deshecho solo dos años después, cuando Jaime se enteró de que Sancho IV había firmado un pacto secreto con el rey francés. Aquella deslealtad del rey castellano provocó que Jaime devolviera a la infanta Isabel de Castilla, con quien se había esposado en Monteagudo pero con la que no había consumado matrimonio, acogiéndose a la invalidez papal de tal unión por no haber contado con la dispensa pontificia previa por consanguineidad.

Dos años más tarde, el 22 de abril de 1295, falleció Sancho IV, sucediéndole su hijo Fernando IV, todavía menor de edad, por lo que asumió la regencia la madre de éste, María de Molina. Pero madre e hijo se encontraron enseguida con la feroz oposición del infante don Juan, hermano de Sancho IV y tío de Fernando, quien impugnó la coronación de éste al considerar que era un hijo ilegítimo, por ser sus progenitores parientes en grado prohibido y no haber contado su unión conyugal con la dispensación papal previa. Esto convertía en sucesor legítimo al trono de Castilla, según el Libro de las Siete Partidas, a Alfonso de la Cerda, hijo del primogénito de Alfonso X el Sabio, abriéndose así una crisis dinástica y la consiguiente contienda civil.

El viernes 5 de agosto de 1295 Jaime remitió carta a los alcaides de los castillos haciéndoles saber que ahora era él su soberano, por haber violado el rey Sancho IV el Tratado de Monteagudo. Pero los alcaides le respondieron negándose a hacerle entrega de los castillos e informándole de que seguían siendo fieles a la corona de Castilla. Ya entonces el alcaide del castillo de Alicante era Nicolás Pérez, quien había sustituido a García Ferrándis de Pina.

Jaime siguió empero tejiendo los hilos para llevar a cabo su conquista del sudeste peninsular. Consiguió que Alfonso de la Cerda le prometiera cederle el reino murciano en sendos acuerdos firmados en Ariza y Serón, en enero y febrero de este mismo año de 1296, respectivamente. Promesas que venían a refrendar la que le hiciera ya unos años antes, en 1289, en Calatayud. A cambio, De la Cerda obtuvo en su lucha dinástica contra Fernando IV la ayuda de Jaime II de Aragón, el cual logró también el apoyo de los reinos de Sicilia, Portugal, Granada y Francia.

Pocos días después, el 22 de febrero, Jaime envió sendas cartas a la reina regente de Castilla María de Molina, y a su hijo Fernando IV, en la que les conminaba a que le entregaran, en un plazo máximo de quince días, los castillos que habían sido señalados como rehenes y el reino entero de Murcia, por habérselo concedido el legítimo rey de Castilla. La respuesta de ambos fue negativa.

Maria de Molina Reina de Castilla

Como consecuencia de ello, Jaime comenzó enseguida los preparativos para la conquista por la fuerza de lo que le pertenecía. Aquel mismo 22 de febrero ordenó que se armaran diez galeras en los astilleros de Valencia, Barcelona y Mallorca, que pronto zarparon rumbo a Alicante, villa que pertenecía al reino de Murcia. Y el 18 de abril emprendió camino por tierra hacia esta villa desde Valencia al frente de su ejército.

Ahora, tres días más tarde, Jaime II de Aragón se hallaba asaltando personalmente el castillo de Alicante, tras sitiarlo por tierra y por mar. Una vez dentro de las murallas, el rey y los caballeros que le acompañaban encontraron al alcaide castellano junto a la puerta conocida como de las Albahacas, que a punto estaba de ser forzada por la hueste aragonesa. Nicolás Pérez y demás defensores armados se enfrentaron a los asaltantes con valentía, pero fueron muertos tras una reñida lucha. En concreto, el alcaide pereció desangrado, reteniendo la espada en su mano diestra y las llaves del castillo en su siniestra. Mas esta muerte heroica y valiente no obtuvo el reconocimiento de Jaime. Muy al contrario, éste ordenó que el cadáver de Nicolás Pérez de Murcia no fuera enterrado en tierra sagrada, sino que fuera entregado a los perros, en castigo por su felonía. Para el rey, aquel hombre había cometido traición al no haberle entregado el castillo pacíficamente, en cumplimiento de lo dispuesto por lo acordado en su día con el rey de Castilla en el Tratado de Monteagudo.

Así fue como, después de medio siglo desde su conquista a los moros, Alicante dejó de pertenecer a la corona de Castilla.

Al día siguiente, domingo 22 de abril, con la villa y el castillo de Alacant incorporados ya a la Corona de Aragón, Jaime recibió vasallaje en casa de Ramón Ça Costa de los principales alicantinos, muchos de ellos de origen catalanoaragonés. Nombró entonces alcaide del castillo a Ramón de Urtx, a Ramón de Capiath como baile, y al caballero Berenguer de Puigmoltó, que había luchado a su lado el día anterior, como justicia.

También estuvo presente en estos actos el joven Ramón Muntaner, quien muchos años después, al describir en sus crónicas lo acaecido por aquellas fechas en el castillo de Alicante, escribió: «El señor rey ordenó que el alcaide no fuera enterrado en cementerio, sino que lo declaró malvado y lo hizo echar a los perros». Pero como incluso a él tal hecho le seguía pareciendo harto cruel, lo justificó acusando al alcaide castellano de corrupción, de haberse quedado con el dinero que el rey de Castilla le había enviado para mejorar la fortificación del castillo de Alicante. Pero nada hay que lo pruebe. Más bien la actitud del alcaide parece acreditar su honradez y lealtad. A pesar de contar con una guarnición insuficiente y sin apenas recursos económicos, pues el reino de Castilla se hallaba devastado por la guerra civil y con un niño ocupando el trono, Nicolás Pérez no sólo no se rindió, como hiciera días después el alcaide del castillo de Orihuela, con lo que hubiera conservado la vida y su patrimonio, sino que se enfrentó valientemente y hasta la muerte a los invasores. A mayor abundamiento, él no había incumplido ningún juramento, por cuanto no gobernaba el castillo cuando fue incluido como rehén en el Tratado de Monteagudo. Pero nada de esto menciona Muntaner en su crónica. Bien es sabido que la historia la escriben los vencedores.

Autor: Gerardo Muñoz Lorente

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