La caña que ayudó al perro

La caña que ayudó al perro

La caña que ayudó al perro. El latín canis pasó a todos los romances como nombre del mamífero doméstico de la familia de los Cánidos. En español llegó como can. Está documentado en el año 963. Pero en el siglo XII apareció en español la palabra perro, con el mismo significado de can. Perro ya está documentado en un texto leonés de 1136. Es un vocablo exclusivo del idioma español y de origen incierto. La Academia Española no ofrece etimología alguna en su diccionario y Corominas cree que puede ser de creación expresiva, fundada probablemente en la voz prrr con que los pastores incitan al perro.

La palabra perro encontró una gran resistencia, sobre todo entre los cultos y en la literatura, porque era considerada vil, no en balde al principio se usó como voz peyorativa y popular, en calidad de insulto o como apodo insultante. Pero, a partir del siglo XIV, perro empezó a ganar terreno a can. Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita (primera mitad del siglo XIV), ya le daba cierta preferencia a perro, pero todavía empleaba can para referirse al perro de caza, al compañero del hombre, etcétera, usando perro cuando se trataba del guarda que muerde al ladrón o como insulto.

A partir del siglo XV, perro empezó a relegar a can a la categoría de palabra anticuada, sólo empleada en poesía o con significados traslaticios. Covarrubias (1611) ya remite en la entrada can a perro. Y el Diccionario de Autoridades (1729), dice de can: «Lo mismo que Perro. Es voz antigua; que solo se conserva en Astúrias, Galicia, y algunas otras partes, y entre los Poetas».

En la actualidad, el diccionario académico, en la entrada correspondiente a can, remite a perro. Mucho más vivos están en español otros derivados del latín canis: canalla (documentado en español en 1517), procedente del italiano canaglia; canícula (documentado en 1438), tomado del latín canicŭla ‘la estrella Sirio’, propiamente ‘la perrita’; canijo (en español desde mediados del siglo XVIII), procedente probablemente del latín canicŭla ‘la perrita’, por el hambre proverbial que pasan los perros.

Pero, ¿por qué perro se impuso a can en castellano?

El latín canis sobrevivió en casi todos los romances, persistiendo hasta hoy en los léxicos populares de los idiomas actuales: en francés, chien (femenino, chienne); en italiano, cane (femenino, cagna); en gallego, can (femenino, cadela); en portugués, cão (femenino, cadela); en rumano, câine (femenino, căţea). Sólo en castellano y en catalán no ha sobrevivido el vocablo latino. En catalán, perro, perra, se dice gos, gossa.

Justamente el castellano y el catalán son los únicos romances donde los resultados de nn y ni se confundieron. El latín vulgar *cania (femenino de canis) pasó al castellano como *caña, lo que supuso un gran problema en la práctica por culpa de la homonimia con caña ‘planta gramínea’, procedente del latín canna. Algo parecido pasó en catalán. Para evitar esta molesta homonimia, ambos idiomas dieron preferencia a otros vocablos que significaban lo mismo y cuyos femeninos no presentaban ninguna dificultad: perro, perra, en castellano; gos, gossa, en catalán.

Así, pues, la palabra perro venció a la más antigua can gracias a otra palabra: caña.

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