La Habana, 1799

La Habana, 1799

La Habana, 1799 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 25 | La Habana, abril de 1799 | Juan | A pesar de la melodía con que amenizaban la cena los músicos que tocaban los violines y el pianoforte, del murmullo continuo de animadas conversaciones y de alguna que otra risita femenina, lo cierto era que la velada que se estaba celebrando aquella noche primaveral, calurosa y húmeda, en la Quinta de los Molinos –residencia oficial del capitán general– no era tan alegre como las precedentes. La razón principal: olía a despedida. Y a despedida no muy honrosa.

            Durante los tres años que había permanecido en Cuba como capitán general, el anfitrión de aquella fiesta, Juan Procopio Bassecourt, conde de Santa Clara, había realizado importantes obras, tal como se ocupó de desgranar él mismo durante el discurso que dio al final de la cena, antes de que los asistentes –medio centenar de influyentes personalidades de la isla– pasaran al gran salón para charlar con mayor comodidad e incluso para bailar, los más atrevidos y jóvenes, al son de la música interpretada por el cuarteto de cámara.

            –Me voy con la satisfacción de saber que he cumplido mi cometido, según me fue ordenado por la Corona o por mi conciencia –empezó diciendo el capitán general, con voz firme y de pie, a la cabecera de la principal de las mesas, uniformado de gala–. En el decurso de estos meses he procurado mejorar no sólo las fortificaciones de la isla, sino también las condiciones de vida de sus habitantes. Gracias a lo primero, Cuba sigue perteneciendo a la corona española; gracias a lo segundo, los cubanos, y muy especialmente los habaneros, creo que disfrutan hoy de una vida más cómoda y más aseada que la que tenían hace tres años…

            Una de las personas que se hallaba presente en aquella cena, sentada muy cerca del lugar donde estaba el conde de Santa Clara dando su discurso de despedida, era testigo privilegiado de la certeza de aquellas aseveraciones. Era el general Juan Roca, vestido también con su uniforme de gala, que estaba acompañado de su esposa, Nieves.

            Juan Roca había sido destinado a Cuba en 1778. Tres años antes había sido ascendido a coronel por su servicio en Melilla, durante el asedio que sufrió esta plaza africana por parte del ejército marroquí. De allí, de Melilla, llegó a Madrid en compañía de su prometida, Nieves, una liberta bereber de la que se había enamorado y con la que se casó en la capital del reino en septiembre de 1775. A Juan le habría gustado celebrar su boda en la catedral de Barcelona, de donde era natural y donde vivía su familia, pero sus padres recibieron con tal frialdad a Nieves, que decidió contraer matrimonio con ella en una modesta iglesia madrileña. Antes de conocer a Nieves, en cuanto tuvieron conocimiento de su origen por una de las cartas que les envió Juan desde la Corte, sus padres no dudaron en mostrar su rechazo a aquel enlace de manera contundente y por escrito; luego, ante la insistencia de Juan, que llegó a amenazarles con no volver a verles nunca más, aceptaron recibirles en su casa de la plaza de San Miguel de Barcelona, pero el resultado fue tan frustrante como definitivo. La frialdad con que Domingo y Montserrat trataron a Nieves sólo fue superada por el desprecio con que la observaron. No hicieron falta palabras, ni gestos, para que Juan entendiera lo mucho que sus padres desdeñaban el color de piel de su querida Nieves. Y a ella tampoco.

            Con destino y residencia en Madrid, Juan y Nieves, ya casados, nunca más fueron a Barcelona. Allí, en la Corte, tuvieron a su primera hija, a la que llamaron Rosario en honor a una bisabuela de Juan. Cuando la niña tenía dos años y Nieves estaba embarazada de pocos meses, Juan fue destinado a La Habana, donde llegó en septiembre de 1778 con su familia, casi al mismo tiempo que el teniente general Diego Navarro, quien llegaba para sustituir al marqués de la Torre al frente de la capitanía general.

            Durante unos meses, Juan se hizo cargo del mando de la guarnición de La Habana. En esta ciudad nació su hijo, en 1778, al que bautizaron en la iglesia de la Merced con el nombre de Domingo, pues Nieves se empeñó en llamarle igual que su suegro –pese a lo mal que la había tratado–, para que Juan siempre tuviera ante su familia la prueba viva de que aquella dolorosa ruptura no era culpa suya.

iglesia de la merded la habanaIglesia – convento de La Merced – La Habana

            Pocos meses después, el general Navarro envió a Juan como gobernador a Santiago, que tenía una población cuatro veces inferior a la de La Habana, pero le reclamó de nuevo a su lado en cuanto volvió a estallar la guerra contra Inglaterra, a mediados de 1779. El gobernador de Luisiana, Bernardo Gálvez, remontó el Misisipí con una goleta y tres lanchas, y Navarro envió a Juan al frente de un batallón como refuerzo. Pero los fuertes vientos retrasaron la expedición, de manera que cuando Juan y los suyos llegaron, las tropas de Gálvez ya habían atacado los puertos de Panmure y los fuertes de Manchack y Baton Rouge, tomando más de seiscientos prisioneros, aunque a tiempo de socorrerles cuando estaban a punto de naufragar en la desembocadura del río, frente a Mobila. La guarnición inglesa de esta plaza, compuesta de trescientos siete hombres, resistió los primeros ataques de las fuerzas conjuntas de Gálvez y Roca, pero el gobernador inglés acabó por rendirse.

            Juan estuvo con su batallón casi todo el año 1781 en Florida. En marzo de aquel año, bajo el mando de Bernardo Gálvez, participó en la conquista de Pensacola, y fue el encargado, junto con sus hombres, de conducir a los mil cuatrocientos prisioneros ingleses a La Habana. Pero allí estuvo tan sólo unas semanas, pues hubo de partir con otro regimiento, para unirse a las tropas de Gálvez y a diez mil soldados franceses, que se disponían a atacar Jamaica y las demás Antillas inglesas. Tomaron la isla Providencia y otras de las Bahamas, pero Juan hubo de regresar precipitadamente con sus hombres a La Habana, al recibir una orden de Navarro en este sentido. El motivo era que la armada francesa había sido derrotada por la inglesa en aguas de Guadalupe, y el almirante que dirigía aquella formidable y victoriosa escuadra, lord Rodney, se preparaba para atacar La Habana.

            Juan llegó a La Habana días antes de que Rodney se presentase al mando de treinta y siete navíos de línea e infinidad de buques menores. Era el 6 de agosto de 1782. Gracias, entre otras cosas, al buen trabajo de fortificación que había realizado Juan, revisando y reforzando la artillería en los castillos del Morro, de la Cabaña, de la Fuerza, de San Salvador de la Punta, de San Diego, de Atarés y en el recientemente construido del Príncipe –en la cima de la colina del mismo nombre–, lord Rodney desistió a los pocos días de sus intenciones, impresionado por las fuertes defensas habaneras.

            Un año más tarde, a propuesta de Diego Navarro, Juan fue ascendido a general y, casi al mismo tiempo, nació su hija María Belén, que recibió este nombre por ser bautizada en la iglesia de Belén.

            –…He defendido los intereses del comercio y la administración, sin descuidar por ello la beneficencia… –seguía diciendo el conde de Santa Clara, al mismo tiempo que Juan Roca rememoraba, también con sabor a despedida, los años pasados por él y su familia en Cuba.

            Entre Diego Navarro y el ahora orador, Juan había conocido y servido a otros capitanes generales. Con todos ellos se llevó bien y con todos cumplió: había perseguido el contrabando, contribuyó a mantener la paz en Luisiana y Florida –a pesar de las frecuentes agresiones de los norteamericanos– y por supuesto en Cuba –contando sólo con siete batallones y a pesar de las rebeliones que se produjeron en las islas vecinas tras la Revolución Francesa–; pero fue con el conde de Santa Clara con quien mejor relación personal había mantenido.

            Probablemente influyó en ello el hecho de que el general Juan Procopio Bassecourt era paisano suyo, pues había nacido en Barcelona ocho años antes que él. Había desempeñado la capitanía general en Cataluña antes de ser destinado a Cuba en 1796 y, en cuanto se conocieron, le manifestó su deseo de depositar en él su confianza. «Estoy seguro de que sus conocimientos y patriotismo serán muy buenos consejeros, general», le dijo a Juan el nuevo capitán general.

            Bassecourt se ganó las simpatías de los habaneros cuando mejoró la salubridad general, trasladando el matadero principal a extramuros, para erigir en su lugar una casa de baños públicos, y atendiendo las necesidades más perentorias de los pobres. Mientras tanto, dejó a criterio de Juan las reformas y mejoras que debían hacerse en las fortificaciones, como la construcción en la costa, entre La Habana y el Vedado, de una batería que tomó el nombre de Santa Clara, en honor al capitán general.

santa clara cuba

            En resumen, los tres años de servicio del conde de Santa Clara en Cuba tenían en efecto un saldo positivo. Eso era indiscutible. Aunque la isla de Trinidad había caído en poder de los ingleses, tanto Cuba como Puerto Rico habían resistido los persistentes ataques de la poderosa armada enemiga. Pero Bassecourt fue la cabeza de turco que la Corona ofreció a sus aliados franceses, para calmar la ira de éstos, cuando se enteraron de que el duque de Orleans y sus hermanos Montpensier y el conde de Beaujolais habían sido muy bien recibidos en Cuba. El conde de Santa Clara, de apellido francés, había recibido previamente el parabién de su superior en Madrid, pero la reclamación de los gobernantes galos aconsejó al primer ministro, Manuel Godoy –nombrado por el rey Príncipe de la Paz cuatro años antes, tras el final de la guerra contra Francia–, prescindir de los servicios de Bassecourt, quien sería relevado en Cuba por el marqués de Someruelos.

            El conde de Santa Clara acabó su discurso, que fue aplaudido con tibieza por los presentes, los cuales se levantaron a continuación de sus asientos para dirigirse al salón contiguo.

            Juan ayudó a incorporarse a su esposa, quien rehuyó su mirada para no alarmarle.

            Con vestido de raso rojo y escotado, estilo imperio –falda estrecha, talle alto–, zapatos de raso bordado y talón alto, peinado elevado con bucles y ornamentado con joyas, Nieves había permanecido callada durante casi toda la cena, sin probar ninguno de los muchos platos que le fueron presentados –la mayoría con ingredientes autóctonos: tortuga y cangrejos de mar, langostas, camarones, dorada, salmonete…–, y ni siquiera alguna de las variadas frutas que rebosaban las grandes fuentes de plata: papayas, aguacates, tamarindos… Y ahora, mientras se levantaba de la silla, no pudo evitar que se le escapara un leve quejido, fruto del mucho dolor que sentía por todo su cuerpo. No tenía fiebre, pero se hallaba tan cansada y condolida que, pese a querer ocultárselo a su marido, no pudo evitar que éste se percatara del enorme sacrificio que le suponía aguantar allí durante más tiempo.

            –Nos vamos a casa.

            –No, Juan. Debes quedarte. Me excusaré y Dionisio me llevará a casa.

            Nieves se hallaba enferma desde hacía algo más de dos años. Al principio fueron dolores tolerables en el brazo izquierdo, la espalda y el cuello, que los médicos achacaron a un reuma precoz –pues entonces tenía cuarenta y cinco años–, pero al cabo de unos meses aparecieron dos bultos en su pecho izquierdo y los dolores se intensificaron y se generalizaron por casi todo su cuerpo. Un médico del hospital de San Francisco de Paula –exclusivo para mujeres y a cargo de las Hermanas de la Caridad–, la examinó y determinó que tenía un carcinoma, que le fue extraído por el mejor cirujano de La Habana –un capitán llamado Juan Luis Flores–, pero las molestias y dolores persistieron, cada vez más fuertes y resistentes al láudano y demás medicinas que le recetaron los sucesivos galenos consultados.

            El estado de salud de Nieves se había agravado tanto durante los últimos meses, que apenas si comía, sólo dormía con ayuda del opio que Juan le daba cada noche en mayor cantidad –y que también le costaba cada vez más encontrar en La Habana, a precios abusivos– y ya casi no salía de la casa, siendo esta visita a la Quinta de los Molinos la primera que hacía –con todo el esfuerzo que ello le suponía– desde hacía semanas.

            Esta era la principal razón por la que Juan había solicitado dos meses atrás su trasladado a la metrópoli y, más concretamente, a Madrid. Aunque amaba aquella isla en la que llevaba viviendo más de dos décadas –donde habían nacido dos de sus hijos, y en la que habrían de quedarse su hijo sacerdote y su hija mayor, casada, con una hija y embarazada– y no sentía ningún tipo de añoranza por su tierra natal, Juan quería llevar a Nieves cuanto antes a Madrid, para que la examinaran los mejores médicos. Así que le pidió al conde de Santa Clara que intercediera a su favor en la Corte, para que aprobaran su traslado con la mayor celeridad posible. Le pidió el favor como amigo, y, como tal, actuó Juan Procopio: envió varias cartas a la Corte –dos de ellas al ministerio de la Guerra–, requiriendo la actuación urgente en esta gestión, como favores personales, ya fueran a cuenta o debidos. Y mientras la orden de traslado llegaba, el conde de Santa Clara firmó –fue uno de los últimos que rubricó como capitán general de Cuba– el documento por el que se le concedía permiso al general Juan Roca y Prats, para que marchara a Madrid con su esposa y su hija menor.

            Comprensivos, los condes de Santa Clara acompañaron al general Roca y a su esposa hasta la puerta principal del palacio, donde les despidieron. Pasaban unos minutos de la medianoche cuando la calesa en la que iban Juan y Nieves –conducida por su asistente, el soldado Dionisio Menéndez– marchaba por el paseo de Carlos III arrastrada por un tordo mosqueado de alegre trote.

Diego

             Diego no se puso la peluca antes de salir de casa. Aunque era de rigor ponérsela para vestir bien, aquella mañana prefirió ir más informal, con el cabello despelucado, y vestido con un pantalón beis, acompañado de frac, corbata negra y borceguíes. También cogió un paraguas, pues las gruesas nubes que cubrían el cielo amenazaban con descargar un fuerte aguacero.

            Sentada a la mesa del porche, Rosario, su esposa, le esperaba para desayunar. Sabía que no había dormido en toda la noche. La había oído salir al jardín, para pasear entre las palmeras y las ceibas, los limoneros y los naranjos. Solía hacerlo cuando estaba preocupada. Hasta hacía poco él acostumbraba a levantarse para acompañarla, para escuchar sus preocupaciones y tratar de tranquilizarla mientras observaban los siempre encandiladores cocuyos, con su vuelo azulado y reluciente entre las plantas y árboles. Sentados en el banco de piedra que había junto al estanque, a veces la aurora les sorprendía abrazados, viendo el vuelo de los colibríes y de las palomas, escuchando entre los arbustos las carreras de los curieles y los almiquíes. Pero eso se había acabado. Ahora Diego prefería quedarse acostado. Salir para hacer compañía a Rosario suponía enfrentarse a los mosquitos y, lo que era mucho peor, escuchar sus continuas lamentaciones por el estado de salud de su madre. Ya sabía lo que pensaba: que no volvería a verla.

            Rosario llevaba puesto un vestido entero de color amarillo pálido, bastante holgado, aunque no lo suficiente como para disimular su embarazo. Le dio un beso en la frente y se sentó a su lado. Miguel –un esclavo negro– se acercó con una bandeja cargada con el desayuno, seguido por Gabriela –una mulata libre que habían contratado dos años atrás como niñera–, que llevaba en brazos a la risueña Margarita, todavía en camisoncito.

            Rosario besó a su hija en la mejilla, pero no quiso agarrarla.

            –¿Van a llevarse a la niña? –preguntó Gabriela.

            –Desde luego. Sus abuelos y su tía querrán despedirse de ella. Prepárala, saldremos en seguida –respondió Rosario, antes de preguntarle a su marido–: ¿En qué carruaje iremos?

            –He ordenado preparar el grande.

            –Entonces ven con nosotros –le dijo Rosario a Gabriela.

            –Voy a prepararla.

            El matrimonio desayunó en silencio. Ella se hallaba triste; él indiferente. Si bien lamentaba perder la influencia política que su suegro le había proporcionado durante los últimos cinco años –desde que se prometiera con Rosario–, deseaba quedar libre también de la influencia que sus suegros –principalmente su suegra– seguían teniendo sobre su esposa. Desde el mismo día en que se desposaron, él había sabido dejar bien claro que, en su casa y en su familia, no había más autoridad que la suya, pero sabía que había veces en que Rosario había recurrido a su madre para pedir consejo. Y aunque su esposa siempre había acatado su autoridad, sin protestar apenas, ni su suegra había intentado ponerla en su contra, intuía que ambas le criticaban en ocasiones a sus espaldas. Nunca pensó en prohibirle que fuera a ver a su madre, pues ello hubiera supuesto romper las relaciones y hasta enemistarse con su poderoso suegro, pero sí que quiso apartarla, llevándosela durante largas temporadas a Vuelta Abajo. Pero las protestas de Rosario, que no quería alejarse de su madre enferma, le hizo ver que no debía forzar la situación, pues corría el riesgo de incomodar al general.

            Pero ahora que el general y su esposa, junto con su hija menor, se iban a España, ya no debía preocuparse más por la mala influencia que su suegra pudiera ejercer sobre su esposa e hijos.

            Una hora más tarde, Diego, Rosario, Margarita y Gabriela marchaban en un carruaje –tirado por dos caballos y conducido por Miguel– hacia el muelle de la Caballería, el más antiguo de La Habana, situado junto a la plaza de Armas.

            Durante el recorrido, Diego recordó cómo el día en que vio por primera vez a la que ahora era su suegra, pese a estar advertido, le sorprendió sobremanera tanto su belleza como su color de piel: aceitunado, moruno. Todas las damas de La Habana, y acaso también de Cuba, conocían la historia de la esposa del general Roca. Sabían de sus orígenes marroquíes y de su antigua condición de esclava, por boca de algunas esposas de militares que habían llegado a la isla después que ellos y muy bien informadas. Y aunque Juan Roca y su esposa no solían hablar de ello –al parecer sólo se lo contaron personalmente a sus amigos los condes de Santa Clara–, tampoco se molestaron en desmentir o tratar de poner freno a los rumores. Rumores que, en una colonia como aquella, en donde el mestizaje era tan común como mal tolerado en la alta sociedad criolla, cuando afectaba directamente a sus miembros –una cosa era tener amantes que no fueran blancas y otra bien distinta casarse con ellas–, podían minar el prestigio de cualquiera. Sin embargo, la impresionante hoja de servicios del coronel y luego general Juan Roca –repleta de actuaciones excelentes, cuando no heroicas, de felicitaciones y condecoraciones–, contrarrestó las dudas que pudieran albergar sus superiores a causa de su matrimonio con una mora liberta, a la que además se le reconocía una discreción, amabilidad y catolicismo incuestionables.

            Pero es que a Diego no sólo no le importó saber de los orígenes marroquíes de su futura suegra, sino que, de alguna forma, le alivió, pues él mismo era fruto del mestizaje.

            Cuando conoció a Rosario en una fiesta celebrada en la residencia de unos amigos comunes de sus respectivas familias, Diego no pudo sospechar que aquella muchacha de piel tan clara, cabello trigueño y ojos castaños, pudiera ser hija de una mora. Luego, cuando se interesó por ella y averiguó lo que se decía de su madre, comprendió que en Rosario habían prevalecido los rasgos heredados de su padre. Y eso le animó, pues, a sus treinta y cuatro años, estaba cansado de intentar desposarse con la hija de una buena y bien dotada familia, sin que su apariencia se lo impidiese.

            –Mi familia, los Aguirre, es una de las treinta y ocho que sobrevivieron en 1555 al feroz ataque y posterior saqueo que La Habana sufrió a manos de los piratas franceses. Mis antepasados sobrevivieron asimismo a las terribles epidemias de fiebre tifoidea en 1648 y del vómito negro de 1761, que diezmaron la ciudad. Y no sólo sobrevivimos, sino que sacamos provecho, de la invasión inglesa de 1762 –le dijo al general Roca el día en que se presentó en su casa, para pedirle la mano de Rosario–. Los Aguirre siempre hemos sido trabajadores y honestos, general. Hoy en día poseemos, bueno, en realidad poseo, pues desgraciadamente mi papá falleció hace cinco años y no tengo tíos, hermanos ni primos con quienes compartir la herencia recibida… Poseo, digo, además de una gran casa a las afueras de La Habana, una finca y vastos terrenos en las vegas de San Juan y Martínez, cerca de Pinar del Río, donde se cultiva y recolecta el mejor tabaco del mundo. Y tanto en Cabañas, que está también en Pinar del Río, como en Güines y Aguacate, que están más acá, tengo cultivos de caña y un par de ingenios de azúcar, aunque ahora estoy construyendo varios más, pues el comercio de este producto está creciendo mucho últimamente… Todo esto lo he heredado de mi familia, los Aguirre. Pero también mi aspecto… Aunque allá, en Vuelta Abajo, mis antepasados se preocuparon de mantener la familia a salvo de influencias externas y no deseables, casándose durante generaciones entre ellos…, quiero decir entre primos lejanos, evitando cuidadosamente cometer pecado de incesto, naturalmente…, mi bisabuelo Luis Ángel se enamoró tan profundamente de una mulata libre y recatada que estaba al servicio del obispado que, para conseguirla, no dudó en convertirla en su esposa. Mi abuelo Diego heredó los rasgos propios del cuarterón y mi papá, ochavón, presentaba ya la piel y los rasgos de cualquier criollo blanco. Pero he aquí que quiso Dios, o el diablo quizás, para desdicha de mi mamá y mía, que yo naciera como ve, con un color de piel más cercano al de mi bisabuela mulata que al de mis papás, y presentando unos rasgos muy característicos: labios gruesos, nariz ancha, pelo negro y rizado… En fin, lo que se llama vulgarmente un Paso Atrás o un Tornatrás, un capricho de la Madre Natura y no de mi mamá –sonrió–, aunque mi papá, hombre circunspecto y de fuerte genio, tardó un tiempo en aceptarlo… Y acá me tiene, general, con la vida resuelta merced a mis prósperos negocios, la mente cultivada tras mi paso por la universidad; soy socio de Amigos del País; sin más vicio que el tabaco y con el honesto y sincero deseo de hacer feliz a su hija.

pinar del río cubaCiudad Pinar del río – Cuba

            Por supuesto, ni a Rosario ni a sus padres les importó aquel secreto familiar de Diego –tan a la vista por otra parte–; aún más, le sirvió para que el general y su esposa le aceptaran con mayor agrado. Se casaron al cabo de un año en la catedral, en una ceremonia oficiada por el obispo y en presencia de la flor y nata de la sociedad habanera, encabezada por el capitán general De las Casas. Dos años más tarde nació Margarita, que afortunadamente recuperó los pasos perdidos por su padre al poseer una piel tan clara y unos rasgos tan bellos como los de su madre, aunque con un lunar en la frente como el que tenían su abuela Nieves y su tía María Belén. Y todos los domingos rezaba en la iglesia de San Agustín para que su siguiente hijo, ya en el vientre de Rosario, tuviera el mismo aspecto que Margarita y fuera, preferentemente, varón.

            Pero el verdadero secreto familiar de los Aguirre no se lo confesó al general Roca. Nunca lo haría. Se lo desveló a Rosario durante su primer viaje a Vuelta Abajo –semanas después de casarse–, pero la obligó a que le jurase que nunca se lo contaría a nadie, ni siquiera a su madre.

            Vuelta Abajo era el nombre con el que se conocía vulgarmente la parte más occidental de la isla, caracterizada por una costa muy quebrada, de abundantes islas y ensenadas, lagunas y albuferas, llena de ricos bosques. En la sierra de los Órganos había minas de oro, plata y carbón, así como canteras de mármoles, alabastros y jaspes de variados colores, algunas de ellas propiedad de los Aguirre –o lo que era lo mismo, de Diego–. Era la región del tabaco por excelencia, que crecía en las fértiles vegas bañadas por el río Cuyaguateje. ¡Cómo disfrutó Diego viendo la cara de asombro de su esposa mientras cruzaban aquellos parajes, a lomos de sus caballerías! Nunca antes había visto ella árboles tan altos ni animales tan extraordinarios: aves como el cernícalo o la siguapa o el tocororo o el sabanero; reptiles como la iguana, cuya carne y huevos probó con reservas, aunque terminó gustándoles; murciélagos que revoloteaban por las noches como fantasmas alados; abejas sin aguijón que hacían una miel dulcísima… En Pinar del Río, capital de la comarca –hasta hacía poco conocida con el nombre de Nueva Filipinas, asentada sobre una loma en la vasta sabana que había al sur de la sierra, rodeada de pinares y bañada por el río Llanada o Guamá–, Diego le enseñó a su esposa las fábricas de cigarros y almacenes de tabaco en rama que le pertenecían. «Desde acá llevamos el tabaco en rama o torcido, los cigarros y la picadura, hasta el puerto de La Coloma, que está a menos de cinco leguas de acá, en aquella dirección, y allá lo embarcan quienes nos lo compran, rumbo a cientos de puertos lejanos… Un día te llevaré allá, para que veas los cayos y los mangles que hay en esa parte de la costa, frente a la isla de los Pinos, que también es nuestra». Una isla que, por fin, Diego había conseguido, a través de su suegro, que el conde de Santa Clara, en víspera de su marcha a España, pidiese de la Corona autorización para colonizarla, y que así dejara de ser un lugar de refugio para piratas y pescadores.

            Aquella noche otoñal de 1795, Diego y Rosario durmieron en la casa que los Aguirre tenían en Pinar del Río. Para sorpresa de ella, se trataba de una humilde vivienda de embarrado, aunque mucho más amplia que las de la mayoría de los guajiros, que eran simples chozas de yagua y guano o de guano y tablas.

            Al día siguiente prosiguieron su camino hacia San Juan y Martínez, cuna de la familia Aguirre, localidad situada a cuatro leguas al suroeste de Pinar del Río, a orillas del río del mismo nombre. Además de otras fábricas y almacenes, Diego le mostró con satisfacción la casona principal de los Aguirre, ubicada a las afueras de la población y en medio de una vasta finca. Era un gran edificio de dos plantas, de ladrillo estucado y maderas del país –guayacán, ácana, júcaro, sabicú–, con columnas artísticamente labradas en el vasto porche, un patio central cubierto de plantas ornamentales y una fuente de mármol, alrededor del cual daban los amplios salones –abajo– y las alcobas principales –arriba–. La finca estaba al cuidado de un matrimonio de guajiros, cuya choza estaba junto al camino de entrada. En la casona, además de las dos negras esclavas del servicio, vivían permanentemente Luis Ángel, hermano mayor de Diego, y Carolina, una enfermera norteamericana –cuarentona, fornida, seria y con fuerte acento anglosajón–, que el padre de Diego había contratado quince años atrás, para el cuidado expreso de Luis Ángel.

            Este era el verdadero secreto de la familia Aguirre.

            –Mi hermano siempre fue extraño: era un niño solitario y muy callado. Cuando murió nuestra abuela, estuvo semanas enteras sin hablar. Él tenía quince años; yo, trece. De repente, una mañana empezó a hablar, pero lo hacía cuando estaba solo y decía cosas que no tenían sentido. Sus frases no tenían ningún significado, hechas con palabras que parecían pronunciadas a voleo, ¿entiendes? Cuando tratabas de hablar con él, se reía sin motivo, aunque lo que le estuvieras diciendo fuera algo muy serio. Esta risa tonta sacaba de quicio a mi papá, que era un hombre severo. También le enervaba su falta de atención, su mirada huidiza o extraviada mientras le hablaba. A veces, de manera inexplicable, tenía brotes de excitación, que le duraban horas, en los que no paraba de moverse, de ir de un lado para otro sin causa aparente, y por las noches no dormía. Mamá intentaba calmarle, se quedaba con él por las noches, en su dormitorio, le daba las pociones que le recetó el señor Pantaleón, un afamado médico de Pinar del Río que venía a verle de vez en cuando, por encargo de mi papá. Ni que decir tiene que, a pesar de no reparar en gastos para el cuidado de Luis Ángel, papá estaba tan avergonzado de que su primogénito estuviese loco, que no permitió jamás que saliera de la finca ni lo viera ninguna visita. Cuando venía alguien a casa, extraño o conocido, Luis Ángel era encerrado en su habitación. Pero los rumores fueron inevitables y, poco a poco, dejamos de recibir a gente en casa.

            Mientras escuchaba a su marido, Rosario miraba a un hombre muy delgado, vestido con camisa y pantalón blancos, que se encontraba sentado en una butaca que había en un rincón de su dormitorio. Estaba casi calvo, tenía la piel blanca, el rostro muy pálido, los labios separados, la barbilla mojada, la nariz recta y mocosa, las cejas anchas y oscuras, bajo las cuales la miraban unos ojos negros y desvaídos que parecían no verla. Habría dicho que aquel cuerpo no tenía vida, sino fuera porque el índice de la mano derecha –apoyada sobre el brazo de la butaca– se movía muy de prisa, como si estuviera muy nervioso o siguiera el ritmo de una música desenfrenada. De pronto, aquellas facciones inexpresivas, heladas, formaron una mueca de espanto y de la boca surgió un grito tan desgarrador como el que cabría esperar de un desdichado ser al que se le estuviera dando tormento.

            Aterrorizada, Rosario se abrazó a Diego, al mismo tiempo que Carolina –también presente–, se apresuró a acercarse a Luis Ángel con intención de calmarle.

            –Salgamos –dijo Diego, llevándose a Rosario al corredor que daba al patio. Después, mientras descendían por la escalera que llevaba a la planta baja, le siguió explicando–: Aunque Luis Ángel se negaba a asearse y costaba darle de comer y los medicamentos, mamá sabía cómo convencerle. Lo cuidaba como sólo sabe hacerlo una mamá. Pero ella murió…, y nuestro mundo se vino abajo.

            –¿De qué murió? –preguntó Rosario, ya en la planta inferior. Todavía se oían los angustiosos chillidos de Luis Ángel, aunque ya con menos fuerza.

            –De pena –respondió Diego; y, al ver que ella le miraba con asombro, prosiguió–: Sí, querida, mi mamá fue víctima de la enorme tristeza que sentía desde mucho antes de que Luis Ángel enfermara. Su locura sólo vino a agravar su desdicha, hasta acabar con ella. –Diego calló y Rosario dudó si insistir o no con otra pregunta, en tanto entraban en el salón donde había un viejo clavicordio, una mesa baja de caoba, rodeada de sillones de cedro y cuero, un aparador de ébano, una librería de granadillo rojo, rellena de volúmenes antiguos, muchos de ellos incunables, y una araña de cristal traída desde el real sitio de La Granja, que colgaba de una de las vigas de roble. Diego la invitó a tomar asiento en uno de los sillones y continuó, por fin, diciendo–: Mi papá era un hombre honesto y trabajador, pero también, como te he dicho antes, muy severo… Autoritario. Y cuando yo nací…, en fin, su carácter se agrió aún más, y se hizo más irascible. No era un hombre violento, pero no le hacía falta para lograr que todo el mundo le obedeciese o para castigar a alguien. Sabía muy bien qué decir y con qué tono, ¿entiendes? Aunque, con el paso del tiempo, al parecer perdonó a mi mamá…, y hasta comprendió que no era ella culpable de que yo fuera un tornatrás… A fin de cuentas era criolla, de familia siempre blanca, con raíces españolas bien acreditadas, y además era una mujer casta y recatada… De modo que papá sabía que era su propia sangre, la de su familia, la que había provocado este paso atrás… Aun así estoy convencido de que jamás volvió a tocarla. Y sus relaciones empeoraron todavía más cuando su hijo mayor, en el que mi papá tenía depositadas todas sus ilusiones dinásticas, se volvió loco. A partir de entonces el carácter de papá se hizo más intratable, cruel…, aún más insufrible, sobre todo para mamá. Por eso pienso que fue su corazón el que falló, tal como nos dijo el médico, pero a causa de la mucha pena que llevaba soportando…

            Una esclava negra entró en ese momento en el salón, vestida con sayo y pollera azules, delantal blanco, cofia y sandalias, que les preguntó si deseaban tomar algo de aperitivo. Ya no se oían gritos. Diego, todavía de pie, le dijo que no y esperó a que saliera de la habitación, para seguir contándole a su esposa:

            –Cuando mamá falleció, Luis Ángel sufrió uno de sus peores ataques, sus gritos no cesaban ni de noche ni de día. De esto hace quince años. Papá viajaba mucho, pero como no había quien cuidara de Luis Ángel…, yo era aún demasiado joven y los criados no se atrevían, no podía ausentarse. Entonces contrató a Carolina, por recomendación de un médico de La Habana amigo suyo. Ella trabajaba para este médico desde hacía poco y le aseguró que era joven, pero fuerte de físico y espíritu. Y era cierto. Cuando vino para que papá la conociese, y vio que era en efecto una mujer con conocimientos y carácter adecuados, la contrató y se preparó para seguir con su vida habitual, viajando a Pinar del Río, La Coloma, La Habana, Nueva España, Europa…, pero hubo de esperar a que Carolina volviese a La Habana para resolver unas gestiones que tenía pendientes. Fue un viaje breve, pues Carolina sólo estuvo fuera cinco días… Pero el día anterior a su vuelta papá falleció… Apareció muerto por la mañana en el patio. Tenía un fuerte golpe en la cabeza y parecía como si se hubiera caído del corredor de arriba, que como has visto rodea el piso superior, alrededor del patio y comunicando con las habitaciones de esa planta…

            –¿Se cayó?

            –Esa fue la conclusión a la que llegó todo el mundo… Pero…

            –¿Pero qué?

            Diego dudó antes de continuar hablando:

            –Pero… No sé… Ya ves que casi todos los dormitorios están en el piso de arriba. El de Luis Ángel está en una esquina, lo más apartado posible del resto, pero sus gritos se oyen por toda la casa… Aquella noche sus chillidos fueron, si cabe, aún más fuertes y angustiosos. También oí los gritos de papá, que como casi todas las noches desde que muriera mamá, trataba de hacerle callar… Pero papá no tenía paciencia… Le gritaba, le amenazaba…, le pegaba…

            Calló y se dejó caer en un sillón, como si de pronto le hubiera caído encima la roca de Sísifo. Rosario entonces se levantó para acercársele. Se sentó en sus rodillas y le tomó la cara con ambas manos. Estaba llorando. También los ojos de Diego estaban húmedos.

            –Cariño… ¿Y tú crees que…?

            –No lo sé… –musitó él–. El caso es que, después de aquello, tuve que hacerme cargo de todo. Me hice mayor de golpe… Y Luis Ángel entró en un estado más apático… Empezó a dormir mucho. Ya no quería hablar, ni comer, ni beber… Gracias a Dios, Carolina supo cómo tratarle. Esta mujer ha sido una bendición… Y así lleva mi hermano desde entonces: mudo y con el rostro tan inmóvil como una estatua. Sin embargo, se aprecia que en su interior hay vida, que tiene sentimientos. Hay veces, cuando se produce una novedad, algo que rompe la rutina, como hace un momento, cuando te vio, en que sus sentimientos le hierven y trata de expresarlos, solo que únicamente le salen gritos. Gritos terribles…

            –Como lo siento… –murmuró Rosario sollozando y juntando su cara con la de su marido.

            –No tienes la culpa –dijo Diego, reponiéndose. La tomó por los hombros y la separó con suavidad, para mirarla fijamente a los ojos–. Escúchame bien, querida… Carolina cree que a mi hermano no le queda mucho de vida. Padece tisis desde hace un par de años y cada vez se encuentra peor… En cualquier caso, muera pronto o siga viviendo durante unos años más, nunca, nunca debes hablar de él con nadie. Fuera de esta finca, Luis Ángel jamás ha existido, ¿entiendes? Jamás y para nadie. Ni siquiera para tus papás…

            –Está bien, pero no comprendo…

            –No tienes nada que comprender –replicó Diego levantándola de sus rodillas y poniéndose también él de pie. Sus ojos se habían secado de pronto y la miraban con aspereza. Su voz sonaba seca y tajante–: La gente es muy mala, Rosario. Cuando se entera de que hay un loco en una familia, toda la familia es sospechosa de locura… durante generaciones. ¿Comprendes lo que te digo? Ya sé que no son más que paparruchas, pero es así. Y no quiero que me miren como a un posible loco… Así que júrame, aquí y ahora, que nunca le contarás a nadie lo de mi hermano.

            Sorprendida por la inesperada reacción de su esposo, también algo asustada, Rosario no pudo sostenerle la mirada. Bajó los ojos al suelo mientras decía:

            –Te lo juro.

María Belén

 

            Empezó a lloviznar mientras se despedían en el muelle.

            María Belén, de dieciséis años, estaba a punto de subir a bordo del barco que la llevaría con sus padres a la metrópoli. Quizá nunca volvería a Cuba. Y allí se quedaban sus hermanos y su sobrina. También su cuñado, Diego de Aguirre, un hombre serio e imperioso, que en aquel momento sujetaba un paraguas abierto sobre el que se cobijaban Rosario y Margarita. A su lado estaba Domingo, con su golilla y su sotana y sombrero negros, mirando con ojos extrañamente claros, acompañado por un seminarista tan joven como ella.

            Su hermano Domingo tenía veintiún años y hacía sólo uno que había cantado misa. Pocas semanas después, empezó a notar cómo sus ojos veían cada vez peor de lejos, como si estuvieran cubriéndose con una telilla blanquecina cada vez más espesa.

la-habana-viejaVista – La Habana vieja – Cuba

            Domingo tenía un color de piel muy parecido al de María Belén: más oscuro que el de su hermana Rosario, pero no tanto como el de su madre, que había nacido en Berbería, en el norte de África. Igual que su madre, María Belén tenía en la frente un lunar muy peculiar. También lo tenía Margarita, aunque no su madre, Rosario, hermana de María Belén. También como su madre, uno de los ojos de María Belén bizqueaba ligeramente hacia dentro cuando miraba de frente. Lo que no tenía nadie más que ella –ni dentro ni fuera de su familia– era esa maldita torpeza que le impedía leer y escribir correctamente, y que tanta ansiedad le producía. Llevaba años tratando de comprender por qué razón le costaba tanto unir las palabras mientras las leía, o las confundía al hablar… A diferencia de su hermana, que nunca había expresado el menor deseo por aprender a leer y escribir, María Belén sí que aceptó con agrado la decisión de su madre de que fuera siendo niña a la escuela que había junto a la iglesia de Belén, una de las más antiguas de La Habana. Pero le resultó tan difícil aprender a leer y a contar, que al final sus padres optaron por darle clases particulares en casa, con idéntico resultado. «Bah, qué más da. ¿Para qué quiere una mujer saber leer y escribir? Tú misma no sabes y, sin embargo, eres una mujer muy lista. Mucho más que la mayoría de los hombres que conozco, y todos ellos saben escribir», le dijo su padre a su madre, dando por concluido el asunto.

            En esto pensaba María Belén en tanto subía por la escalerilla a bordo de la nave. Delante marchaban sus padres; él ayudándola a ella, que de tan enferma que estaba apenas si podía mantenerse en pie y mucho menos caminar. Detrás quedaban sus hermanos, su sobrina y su cuñado, que los despedían agitando las manos bajo el paraguas y la lluvia.

            En cubierta ya estaba Dionisio, el asistente del general Roca, padre de María Belén. Vigilaba que el equipaje fuese cargado sin contratiempos, pues algunos de los bultos eran muy valiosos: baúles con la ropa del general, la generala y su hija; un arcón que contenía un cofre con joyas, una cubertería de plata y un estuche de carey con objetos de tocador bañados en oro y adornados con piedras preciosas, regalo que le hizo el general a su esposa por su vigésimo aniversario de boda; muebles hechos con maderas finas de la isla: caoba, ébano, granadillo, sabina, cedro…

            El soldado Dionisio Menéndez, mestizo con una octava parte de sangre siboney, huérfano y asistente del general Roca durante los últimos tres años, había solicitado su traslado a Madrid –que le fue autorizado rápidamente– porque su mayor deseo era seguir sirviendo al general, a su doliente esposa y a su hija María Belén, de la que estaba secretamente enamorado.

 

arbol genealogico cap 25

Donde acaba el tiempo en PDF (capítulos publicados)
Puedes leer y/o descargar en formato PDF los capítulos publicados.

Artículos relacionados

Deja un comentario


         




Subir arriba