La Habana, 1850

La Habana, 1850

La Habana, 1850 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 16 | La Habana, septiembre-noviembre de 1850 | Federico | A pesar de que hacía un rato le habían informado de que la epidemia de cólera amenazaba con extenderse por toda la isla, Federico estaba contento. El día anterior había llegado de su último viaje, realizado a la península de Guanahacabibes, en el cabo de San Antonio, el punto más occidental de Cuba, donde había inaugurado un faro y la casa del torrero. Aunque las obras habían comenzado el año anterior a su llegada a la isla, la Junta de Fomento había querido homenajearle poniendo al faro su apellido: Roncali. Un homenaje merecido, había pensado Federico sinceramente, esquivando cualquier atisbo de falsa modestia, por cuanto había ordenado la construcción de varios faros más en los lugares de costa más peligrosos.

            Lo de fomentar la construcción de faros no era más que una pequeña muestra de los muchos proyectos que tenía pensados para modernizar la isla, meditaba Federico en tanto se preparaba para salir de su despacho oficial.

            Nada más arribar a La Habana dos años y medio antes –el 20 de febrero de 1848–, en compañía de su esposa Candelaria y su hija Clementina, se había propuesto verificar el mayor número de obras públicas posibles, para mejorar la seguridad de Cuba y las condiciones de vida de los cubanos, aprovechando la prosperidad económica de que gozaba la colonia. Por supuesto, tal intención tenía como principal objetivo enaltecer su hoja de servicios y ganarse el favor de la Corona y del Gobierno.

            Durante los últimos treinta y seis años, antes de su llegada a La Habana, había habido doce gobernadores distintos en Cuba, lo que daba un promedio de un gobernador cada tres años. Por consiguiente, Federico calculaba que tenía este plazo de tiempo para demostrar su valía y recuperar un puesto en el Gobierno de España, subsanando los errores y superando las mejoras de sus antecesores.

            Los asuntos menos agradables de su gobernación los había heredado de sus antecesores, lo que no era óbice para que intentara resolverlos lo más rápido y satisfactoriamente posible. Pues bien sabía que precisamente tales negocios eran los que más preocupaban en la Corte.

            Mientras abría la puerta de su despacho y marchaba con paso firme por el corredor, seguido por su ayudante, el subteniente Pellús, Federico fue repasando mentalmente aquellos asuntos que tanto inquietaban en Madrid: el contrabando de esclavos y las intentonas independentistas.

            Cuando las grandes potencias –Inglaterra, Francia– abolieron en 1791 el tráfico de esclavos –más por conveniencia al estar sobrados de negros en sus colonias, que por compasión–, Cuba continuó recibiendo esta mano de obra durante unos años más, necesaria para el cultivo del azúcar y del café, cuyos mercados habían prosperado mucho al suplir la producción de Santo Domingo. En 1817 fue abolida oficialmente la trata de negros, pero continuó de manera clandestina. Federico sabía que, como él, sus antecesores habían recibido órdenes de perseguir el contrabando de negros, siendo empero muy pocos los que se esforzaron por cumplirlas. Pese a ello, el contrabando de esclavos negros había ido disminuyendo sensiblemente durante los últimos años.

            En cuanto a las intentonas independentistas, lo cierto era que se trataba de un problema más reciente y preocupante que el anterior. Los movimientos rebeldes que habían llevado a la pérdida de las demás colonias americanas no tuvieron repercusión en un principio en Cuba, a pesar de los esfuerzos de los buques armados de la Unión Americana –oficialmente en paz con España– que corseaban desde hacía años por la costa cubana instigando a la independencia.

            Poco antes de la toma de posesión de Federico, coincidiendo casi con la usurpación del estado mexicano de Texas por parte de la Unión Americana, desde los estados meridionales de ésta arribaron a Cuba varios agentes con la misión de incitar a la emancipación de España, como paso previo a su anexión a la Unión, y aumentar así el número de votos sureños en las Cámaras. A este llamamiento respondieron varios cubanos insignes y descontentos, que deseaban la independencia de España –pero que ignoraban los auténticos e inconfesables motivos de los agentes de la Unión, según pensaba Federico–, entre ellos el general Narciso López, nacido en Venezuela y que había llegado a ser capitán general de Galicia.

            Enterado de esta trama segregacionista que se estaba tramando en Nueva Orleans, Federico ordenó al poco de llegar a La Habana el arresto del general López, quien logró no obstante escapar a los Estados Unidos. Meses después, el 19 de mayo último, Narciso López se había atrevido a desembarcar del vapor Creole en la bahía de Cárdenas junto a medio millar de hombres armados, casi todos estadounidenses mercenarios. Pero apenas unas horas más tarde huyeron reembarcando apresuradamente y poniendo rumbo a Cayo Hueso.

            Federico mandó se organizasen cuatro batallones de civiles armados, a los que llamó Nobles Vecinos, pues temía que se repitieran tentativas como aquella frustrada en la bahía de Cárdenas, no en vano, a pesar de haber detenido y encarcelado a varios cabecillas de los que ansiaban la separación de la isla de España, para su anexión posterior a los Estados Unidos, algunos otros habían conseguido huir a Nueva York, desde donde predicaban sus ideas a través del periódico La Verdad, cada vez con mayor éxito entre los cubanos descontentos.

            Al llegar al patio trasero de palacio, Federico se subió a su caballo –un tordillo negro de brillante pelaje–, preparado por un caballerizo que mantenía al animal sujeto. Tomó Federico las riendas distraído, mientras observaba al pelotón de jinetes que le esperaban cerca de la puerta. A su lado, el subteniente Pellús, montado también en su yegua, esperaba a que ordenase la marcha, en dirección al Prado, donde pasaría revista a las tropas que acababan de llegar de Andalucía y Canarias.

            Espoleó ligeramente al caballo, pero este se encabritó de forma tan inesperada como violenta, arrojándolo en seguida al suelo.

Baldomero

 

            Salió del palacio del gobernador y cruzó la plaza de Armas en dirección este, vestido con su uniforme de subteniente de Estado Mayor: casaca de color azul turquí con divisa azul celeste, adornada con galón dorado en cuello y vueltas, pantalón del mismo color, faja de seda azul celeste con borlas y chacó más ancho por abajo que por arriba.

            Baldomero Pellús tenía veintitrés años y hacía dos y medio que había llegado a La Habana, como secretario-ayudante del gobernador Federico Roncali. roncali
Había conocido al general en 1844, en Villafranqueza, el pueblo donde vivía Baldomero, cuando éste no era más que un jovencísimo soldado. Roncali había llegado allí como capitán general del cuarto distrito militar, al frente de un ejército que tenía como misión sofocar la sublevación que habían verificado progresistas radicales en Alicante. Roncali había elegido Villafranqueza para instalar su cuartel general y Baldomero fue nombrado ayudante de su asistente. Conseguir la victoria sobre los rebeldes le valió a Roncali la obtención del título de conde de Alcoy, población que supo mantener al margen de la sublevación. Y al marchar de Alicante, Roncali se llevó consigo a Baldomero, que siguió sirviéndole como asistente durante los años siguientes, ascendiendo poco a poco hasta el grado de subteniente. Por real decreto del 15 de agosto de 1845, Roncali había sido nombrado senador vitalicio y, un año más tarde, el marqués de Miraflores le nombró ministro de la Guerra. Ya en 1848, el 20 de febrero, fue nombrado gobernador y capitán general de Cuba. Justo un mes después, el 20 de marzo, desembarcó en La Habana acompañado de su esposa, María de la Candelaria Díaz de Riguero y Gutiérrez de la Concha, su hija Clementina, nacida en Santander –de donde era natural doña Candelaria– cuatro años antes, y su ya inseparable ayudante el subteniente Baldomero Pellús.

            En el templete que se alzaba en aquella parte de la plaza de Armas –según se decía en el mismo sitio donde, a la sombra de una ceiba, se dijo la primera misa al fundarse la ciudad–, Baldomero se encontró con su prometida, María del Carmen, quien observaba con atención los saltos y carreras de una niña de seis años.

            La niña, arreglada a la europea y a semejanza de su distinguida madre –vestido claro ahuecado por una crinolina más pequeña que la de las adultas, falda más corta descubriendo los botines, un lazo remarcando la cintura, peinado con el pelo partido y un sombrero de paja en sus manitas–, era Clementina, la hija del gobernador. Y María del Carmen era una hermosa habanera de veintiún años que había sido contratada dos años antes por doña Candelaria como niñera de su hija.

            Baldomero no tardó mucho en enamorarse de aquella joven a la que veía a diario en palacio –morena, de cejas anchas sobre ojos enormes y siempre vestida de manera sencilla pero con gusto y aseada– y que, según averiguó, pertenecía a una familia habanera de cierto prestigio. A pesar de que las primeras veces que le habló no obtuvo respuesta, o esta parecía no tener sentido, el subteniente no se dio por vencido e insistió en hacerse el encontradizo con ella siempre que podía –preferiblemente a solas–, hasta que por fin María del Carmen accedió a responderle con sinceridad:

            –Con el permiso a poner en riesgo, si sus intenciones doña Candelaria no estoy dispuesta, podemos vernos de manera que mis padres y mi empleo son honestas.

            El subteniente quedó tan perplejo y tardó tanto en reaccionar –boca y párpados muy abiertos–, que la muchacha tuvo tiempo de calmarse y explicarse:

            –Lo siento. Cuando me pongo muy nerviosa, confundo las palabras al pronunciarlas y lo que digo no tiene sentido.

            –¡Ah! –acertó a exclamar Baldomero, sin dejar de mirarla aturdido. Estaban en mitad de la escalera que llevaba a la primera planta del palacio. Anochecía y todavía no habían sido encendidas las lámparas que había adosadas en las paredes, ni la gran araña con iluminarias de aceite que colgaba por el hueco de la escalera.

            –Quería decir que no estoy dispuesta a poner en riesgo mi empleo. De manera que, si sus intenciones son honestas, podemos vernos pero con el permiso de mis padres y doña Candelaria.

            –Entonces, la pongo nerviosa… O sea, le gusto…

            Primero arrugó el entrecejo, molesta, pero en seguida María del Carmen sonrió.

            –Le aseguro que no suelo ponerme tan nerviosa a menudo. Hacía mucho tiempo que no me trabucaba tanto al hablar. No lo hice cuando me entrevisté por primera vez con doña Candelaria, ni tampoco me confundo cuando Clementina se me rebela…

            –Pues entonces celebro que se haya confundido conmigo –sonrió él, halagado.

            Pocos días más tarde, Baldomero y María del Carmen obtuvieron permiso del padre de ella y de los gobernadores para que iniciaran sus relaciones como novios formales.

            –Hemos de adelantar nuestra boda –anunció el subteniente aquella mañana del 11 de octubre de 1850, en cuanto se reunió con María del Carmen en el templete.

            –¿Por qué?

            Baldomero le explicó que acababa de saberse que en Madrid se había decidido la sustitución de Roncali como gobernador de Cuba, por el general José Concha, el cual tenía previsto llegar a La Habana a mediados del mes siguiente. La caída del caballo que había sufrido Roncali un mes antes le había ocasionado la ruptura de la cadera derecha y, pese a estar recuperándose bien, en la Corte habían pensado que era el momento oportuno de sustituirle, pues muy posiblemente no podría volver a montar a caballo y su salud tardaría todavía bastante tiempo en restablecerse por completo. Algo con lo que, desgraciadamente, Baldomero estaba de acuerdo, aunque se cuidaría muy mucho de reconocerlo en voz alta.

            –Habré de regresar a Madrid con el general y su familia, y naturalmente quiero que vengas tú también, como mi esposa.

            María del Carmen asintió, pensando ya en todo cuanto había que hacer para adelantar la ceremonia de boda, prevista para la primavera.

Margarita

 

            –Con el adelanto de la boda y la precipitación con que todo debe reorganizarse, tenemos la excusa perfecta para justificar la ausencia de Rosario –dijo Margarita a su hija María del Carmen. Ambas estaban en la sala de costura de su casa, solas, sentadas cada una en una butaca de cuero y cosiendo a la luz vespertina que entraba por la puerta abierta del balcón.

            –Debería decirle a Baldo que Rosario…

            –De ninguna manera –atajó Margarita–. Ya has oído a tu papá: las cosas deshonrosas de la familia no deben ser contadas a extraños…

            –Pero Baldo no es un extraño –protestó María del Carmen, dejando de coser–. Dentro de una semana será mi marido y…

            –¿Qué ganarás contándole que su futura cuñada se ha fugado a Nueva York porque está enamorada de un hombre al que Baldo considera un traidor? Lo único que conseguirías con ello sería enojarle y comprometerle. Es preferible que hagas lo que te ha dicho papá: Decirle que Rosario ha caído enferma en San Juan y Martínez, adonde ya le has dicho que marchó hace una semana, y más adelante avisarle de que, lamentablemente, no se ha recuperado a tiempo para venir a La Habana para asistir a la boda.

            –Pero con tantas excusas… Baldo no es tonto, mamá. Le extrañará que no estén en nuestra boda ninguno de mis hermanos… Sospechará…

            –Si hacemos las cosas bien y se lo cuentas tal como papá y yo te lo hemos explicado, no tiene por qué sospechar nada. Repito: con tanta precipitación, es fácil que surjan contratiempos. Mañana mismo escribiré al tío Alfonso para contarle lo que ha sucedido con Rosario y prevenirle sobre lo que debe decir cuando venga…

            –No me gusta tener tantos secretos con quien va a ser mi esposo… –volvió a protestar María del Carmen–. Primero fue lo de Diego, luego lo de Martín…, y ahora Rosario…

            –Son secretos de familia.

            –Pero Baldo será…

            –¡Secretos de nuestra familia! –exclamó Margarita alzando la voz y dejando por fin de zurcir. Sus ojos oscuros miraron fijamente a los de su hija, y uno de ellos, el derecho, bizqueó ligeramente. Encima de ellos, en mitad de la frente, un lunar carmesí pareció refulgir fugazmente.

            Margarita Aguirre tenía cincuenta y tres años, hacía treinta y uno que se había casado con Jesús Carmona, con quien había tenido cinco hijos, cuatro de los cuales seguían vivos, si bien estaba a punto de perder a la única que le quedaba.

            Primogénita de Diego Aguirre, un pudiente plantador de tabaco y azúcar natural de San Juan y Martínez, Margarita siempre había vivido en La Habana, aunque hacía frecuentes viajes al pueblo de su padre, donde vivían sus hermanos Diego –dos años más joven, ciego y soltero– y Alfonso –de cuarenta y ocho años, casado y con cuatro hijos–, que dirigía los negocios de la familia desde que muriera el padre de los tres, quince años atrás. La madre de Margarita, Diego y Alfonso –hija de un general que regresó a España con el resto de su familia–, se llamaba Rosario y había fallecido mucho antes que su marido, cuando Alfonso tenía solo tres añitos, víctima de un tumor que, extendiéndose desde su pecho, acabó consumiendo todo su cuerpo.

            Margarita no estaba enamorada de Jesús Carmona cuando se casó con él en el otoño de 1822. Lo hizo porque así lo había decidido su padre. Con treinta y dos años, soltero y muy rico, Jesús había llegado a La Habana un año antes, procedente de Pensacola, donde había vendido todos sus bienes poco antes de que terminara la dominación española en Florida. Y aunque no tenía parientes, su cabello castaño claro, sus ojos verdes y su piel blanca aunque tostada, reflejaban la pureza de su ascendencia europea.

            Un año después, en 1823, nació el primero de sus hijos: Diego, quien desagradó en seguida a su padre por lo mucho que se parecía al abuelo materno. Como éste, el niño presentaba todos los rasgos característicos de un tornatrás. Como conocía a su suegro, Jesús comprendió que su esposa era inocente de aquel castigo de la Providencia –castigo por su desprecio hacia los negros, indios, mestizos…–, y pudo por tanto perdonarle a ella que pariera aquel ser de aspecto negroide, aunque con la piel casi blanca. Pero no hizo lo mismo con el niño, al que vio crecer en su casa con la misma indiferencia que un perro. A los dieciséis años, Diego se alistó en el ejército y partió a Filipinas, no pensando en regresar a La Habana hasta la muerte de su progenitor, según le había dicho a su madre por carta en reiteradas ocasiones.

            El segundo hijo, Jesús, nació en 1825. Tenía todo cuanto deseaba su padre: piel y rasgos blancos, ojos verdes, cabello lacio y rubio… Sin embargo, su vida quedó truncada muy pronto, a los ocho años. Fue el único miembro de la familia que sucumbió en 1833 a la epidemia de cólera que causó más de doce mil muertos en La Habana.

            En 1827 nació Martín, el tercero de los hijos de Jesús Carmona y Margarita Aguirre. Era un chico normal, con aspecto normal –piel blanca, ojos marrones, cabello castaño y liso–, que creció con normalidad, aunque algo retraído y callado, hasta que cumplió los dieciséis años. A partir de entonces, su comportamiento empezó a alarmar a sus padres y a sus profesores del colegio de San Ignacio: se distraía y no prestaba atención cuando se le hablaba, hacía muecas extrañas, se reía o gritaba sin razón aparente… Hubo de dejar el colegio y, al cabo de dos años, cuando llevaba ya varios meses sufriendo ataques cada vez más violentos –chillaba y se golpeaba contra las paredes, desesperado por unas voces que sólo él oía–, sin que ningún médico supiera cómo curarle, Jesús y Margarita decidieron llevarlo a San Juan y Martínez. Encerrado en un bohío cercano a la hacienda familiar de los Aguirre, atendido por una pareja de guajiros a los que se les pagaba periódica y generosamente, allí quedó el tercero de los hijos de Margarita y Jesús, quienes llegaron casi a olvidarlo por completo a base de evitar mencionarlo, de omitir incluso su existencia entre las amistades y conocidos que no habían llegado a conocerle. De ahí que María del Carmen no le hablara nunca a Baldomero de su hermano Martín. Desde niña le habían prohibido mencionarle, pensar siquiera en él. Y aunque alguna vez había hablado de Martín con su hermana, lo cierto era que el paso de los años y el hecho de que jamás volviera a verle desde que se lo llevaran de casa, contribuyeron a que lo recordara cada vez con menos frecuencia y como si fuera alguien soñado.

            Destrozado por aquel tercer revés que recibía, avergonzado de tener un hijo loco, Jesús Carmona maldijo a la Providencia en su desesperación por no encontrar a ningún culpable mortal en quien desahogar su ira y frustración. Consciente de ello, su esposa rehusó –tal como había hecho hasta entonces– desvelarle el gran secreto de la familia Aguirre. Un secreto que quedó guardado dentro de aquel otro secreto, como el cajoncito escondido y cerrado con llave en el interior de un buró clausurado.

            Margarita dio a luz a María del Carmen dos años después de parir a Martín. Y tres años más tarde, en 1832, trajo al mundo a Rosario. Como los tres anteriores, fueron partos rápidos y sin grandes dolores. Ambas niñas se parecían entre sí y a ella misma, si bien María del Carmen se diferenciaba porque era la única que no tenía un lunar en la frente; un lunar que Margarita sabía por su madre que caracterizaba a las mujeres de su familia, pues también lo tenía su abuela materna.

            Ambas hermanas recibieron la misma educación, fueron al mismo colegio –el de las Ursulinas– durante varios años y, a partir de cierta edad, se les proporcionó la libertad de trabajar en faenas propias de su sexo, antes de contraer matrimonio. Una libertad que Margarita conquistó para ellas tras convencer a su esposo, algo que realmente no fue fácil. Así, María del Carmen, que no destacó precisamente en sus estudios escolares, encontró empleo como niñera en el mismísimo palacio del gobernador. Mientras que Rosario, más diestra en los libros, quiso convertirse en maestra.

            Pero he aquí que, con dieciocho años, Rosario fue a enamorarse de un joven plumilla con ínfulas de escritor, discípulo de uno de los principales cabecillas de la insurrección: Cirilo Villaverde. Ayudados por los Estados Unidos, los insurgentes como Villaverde anhelaban para Cuba lo mismo que ya habían conseguido las demás colonias españolas en América, aunque muchos de ellos también deseaban su anexión al país vecino. Unos meses antes se había producido una tentativa, al desembarcar el general rebelde Narciso López en la bahía de Cárdenascardenas - cuba con mil hombres armados, pero habían sido rechazados y tuvieron que huir a Florida. Margarita sabía que su marido, aunque criollo, odiaba a estos insurgentes por estar protegidos precisamente por los estadounidenses, a quienes odiaba aún más por ser los que le habían echado de Pensacola. De modo que, en cuanto se enteró por Rosario –pues se lo confesó abiertamente– de que estaba profundamente enamorada de uno de los rebeldes –llamado Ramiro Fuentes–, le exigió que no se lo dijera a su padre y le prohibió –esto con menor convicción– que volviera a ver al tal Ramiro.

            Aunque tenía la esperanza de que Rosario la obedeciera en todo, que realmente no estuviera tan profundamente enamorada, Margarita no se sorprendió cuando recibió la nota de su hija más pequeña –apenas una semana antes– en la que le contaba, como un hecho ya consumado, su inminente partida a Estados Unidos, junto a medio centenar de rebeldes, entre los que estaba su amado Ramiro.

María del Carmen

 

            El subteniente Baldomero Pellús, ayudante del gobernador saliente de Cuba, y María del Carmen Carmona contrajeron matrimonio en la iglesia de la Merced de La Habana, una semana antes de embarcar hacia España.

            Fue el 11 de noviembre de 1850 cuando salieron de La Habana, a bordo del mismo barco en el que iban el general Federico Roncali –cojo y todavía convaleciente– y su familia.

            En su equipaje, María del Carmen portaba una carta de su madre dirigida a su tía María Belén –hermana menor de su madre, abuela de María del Carmen–, de sesenta y siete años de edad y que vivía –esperaba que no se hubiera muerto desde la última vez que se cartearon, en las navidades pasadas– en Madrid.

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