La muerte de Bartolomé Arques

La muerte de Bartolomé Arques

La muerte de Bartolomé Arques | El cabo de vela que ardía en el viejo candelero alcanzaba a iluminar una parte muy reducida de la estancia: la mesita destartalada sobre la que se apoyaba, la manta sobre la que él se hallaba tumbado, la pared desconchada en la que colgaba un crucifijo grande y pesado de hierro… Más allá, en la penumbra, sus ojos adivinaban el techo telarañoso, tan tenebroso como su futuro.

Tres años antes, en abril de 1823, Bartolomé Arques había formado una compañía a cuenta de su peculio familiar, para luchar contra los realistas en Valencia. Seis meses más tarde, participó muy activamente en la defensa de Alicante, cuando la ciudad fue asediada por las fuerzas de la Santa Alianza. Un asedio que duró poco más de un mes y que concluyó con la honrosa capitulación de los liberales, encabezados por Joaquín de Pablo Chapalangarra. El 11 de noviembre de aquel año, un día antes de que el ejército francés, al mando del vizconde de Bonnemains, tomara Alicante, Bartolomé embarcó junto con Chapalangarra, el coronel Antonio Fernández Bazán y otros oficiales rumbo a Gibraltar.

Ahora, sin embargo, se hallaba en una casa abandonada, a las afueras de la Cañada del Fenollar, una partida rural de Alicante. Tres días antes, en la madrugada del 19 de febrero de 1826, Bartolomé había desembarcado junto con otros ochenta hombres armados en una playa próxima a Guardamar del Segura. Al mando de aquella expedición liberal iba el coronel Antonio Fernández Bazán, el cual se dio cuenta de que habían sido traicionados cuando vio aparecer demasiado pronto a los realistas de Guardamar y Rojales, que sin duda les estaban esperando. Así se lo hizo saber a sus lugartenientes: su hermano Juan, el teniente coronel José Sellés y el propio Bartolomé, el único alicantino de la expedición, quien se había encargado de avisar clandestinamente a los liberales más leales de Alicante de la proximidad de la rebelión. Una rebelión ordenada por los generales Espoz y Mina, desterrado en Londres, y Torrijos, desterrado en Gibraltar. Una rebelión que se suponía debía extenderse por toda España. Pero en vez de llegar refuerzos liberales, acudieron en pocas horas muchas más partidas de realistas, así como una compañía de caballería encabezada por Antonio Salinas, gobernador de Orihuela. De los expedicionarios liberales, sólo dos docenas contaban con montura, entre ellos Bartolomé. Aunque lo intentaron, éste y sus compañeros no pudieron hacer frente al ataque de los realistas, mucho más numerosos. Huyeron a la desesperada primero hacia Elche, penetrando luego en la escarpada sierra de Crevillente.

Ya de noche, la persecución cesó y los liberales por fin pudieron descansar, al amparo de la oscuridad y las zonas más abruptas de la sierra. Habían tenido veinte bajas, entre las que estaba Sellés. El coronel Bazán le preguntó a Bartolomé hacia donde debían ir, y éste le respondió que lo mejor era intentar alcanzar la costa al norte de Alicante, por Campello. Para ello tendrían que circunvalar la ciudad, siguiendo por la sierra hasta Agost y luego a campo traviesa, sin entrar en los pueblos y aldeas. Así lo hicieron, pero durante el día siguiente el acoso que sufrieron fue aún más acuciante, ya que muchos realistas de Elche, Orihuela, Castalla y demás poblaciones cercanas se sumaron a sus perseguidores. Por fortuna, lograron refugiarse en Agost, donde pudieron descansar durante un día completo. Varios agostenses se unieron a ellos y los realistas no se atrevieron a entrar en el pueblo para tomarlo casa a casa.

En la madrugada del día 22, Bartolomé y sus compañeros salieron de Agost en dirección a San Vicente del Raspeig. Aunque evitaron los caminos y senderos más concurridos, a media mañana fueron sorprendidos cerca de la venta del Plá de la Olivera por una partida de realistas procedentes de Monforte, Biar, Agost y Castalla. Primero se resguardaron en la venta, pero luego, para evitar ser rodeados, trataron de proseguir su huida hacia Campello. No lo consiguieron porque un nutrido grupo de realistas que se había subido a la cima del Tosal Redó vigilaba el camino que llevaba a la costa. Los liberales se vieron obligados entonces a batirse en retirada, empujados hacia el hondo llamado dels Carratalans, primero de forma ordenada, pero después en franca desbandada. Los hermanos Bazán continuaron por una vereda que los internó en el quebrado y áspero barranco de Aguas. Bartolomé prefirió adentrarse en solitario y al galope en la parte más frondosa de la montaña.

Fusilamiento del coronel Bazán

Después de permanecer oculto en los montes del Plá de la Olivera hasta el crepúsculo, Bartolomé había guiado su caballo a campo traviesa, hasta llegar ya de noche a las proximidades de la Cañada del Fenollar, donde había numerosas canteras de yeso. Junto a una de las yeserías halló esta casa media derruida en la que ahora se encontraba. Había dejado la montura en el corral, se había quitado las botas y la casaca, y se había dejado caer encima de la manta boca arriba. La camisa de percal que llevaba puesta tenía varias manchas de sangre reseca, pero sus heridas no eran más que rasguños. Estaba exhausto. Se durmió pensando en su esposa, Vicenta, y en sus hijos Bartolomé y Carolina, que le esperaban en su casa de Alicante.

Antes de que el sol irisara el cielo, unas voces perentorias le espabilaron de golpe, instándole a rendirse. De un salto se incorporó en mitad de las tinieblas, pues la vela hacía poco que se había consumido. Sin perder el tiempo en calzarse las botas, con el fusil en una mano y la pistola en la otra, se acercó a la ventana. Entreabrió despacio una de las contraventanas para examinar el exterior, pero no vio más que oscuridad y quietud. La voz que le conminaba a rendirse volvió a sonar clara y rotunda. Calculó que su dueño debía hallarse a unos quince pasos de la casa, tras uno de los montones de yeso viejo y duro que la rodeaban. Resultaba imposible saber cuántos realistas le acosaban, pero supuso que serían muchos. Buscó con la mente una posible salida, una huida aunque fuera desesperada, puesto que la rendición era inconcebible, por inútil y deshonrosa. Anduvo hasta el corral y ensilló con rapidez la caballería. Luego se montó en ella y, tras abrir el portón, partió espoleando al animal con los talones.

La salida a galope tendido de Bartolomé sorprendió a los realistas que rodeaban la casa por la parte trasera, a pesar de estar vigilantes. En el horizonte había estrías encarnadas que el cielo mostraba como heridas abiertas cuando Bartolomé disparó sus armas, matando a un soldado del regimiento de Bujalance e hiriendo a un voluntario de San Vicente del Raspeig. Pero todavía no se habían alejado cien pasos de la casa, cuando ambos, montura y jinete, cayeron abatidos por la graneada fusilería de los realistas.

Bartolomé Arques Garrica tenía cuarenta años cuando murió. Fue enterrado el día 23 de septiembre de 1826 en el cementerio de la partida rural de San Blas, bajo la atenta y triste mirada de su viuda, Vicenta Reus, sus hijos y un reducido grupo de amigos. El mismo día y casi al mismo tiempo, diecinueve de los compañeros de Bartolomé fueron fusilados en un lugar conocido como Rihuet, en las afueras del portal de San Francisco, junto al lienzo de murallas que partían del baluarte alicantino de San Carlos. Al día siguiente, fueron ejecutados en el mismo lugar cinco expedicionarios más, dos más al otro, y otros tres el día 27. Un día más tarde, el 28, fue ajusticiado en Orihuela Juan Fernández Bazán, junto a varios compañeros. Por fin, el 4 de marzo, el coronel Bazán fue fusilado también en Orihuela. El pelotón le disparó estando él herido y postrado en una camilla.

En su Crónica, Rafael Viravens relata la postrera peripecia de Bartolomé Arques y su heroica muerte. Los datos de su familia fueron hallados por el autor del artículo en los registros censales de la época, conservados en el Archivo Municipal de Alicante, y en los libros de bautismo y matrimonio de San Nicolás.

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