La plaga de la mendicidad

La plaga de la mendicidad

La plaga de la mendicidad | Una auténtica  plaga de la sociedad francesa eran los mendigos. Los había en todas partes, en el campo y en la ciudad, pero su presencia se hacía sentir con más fuerza en las grandes ciudades, y de manera especial en París, esponja y sumidero de la nación.

El Estado veía la mendicidad como problema político y le aplicaba – o trataba de aplicarle – medidas políticas o, mejor, policíacas. Las disposiciones contra la mendicidad promulgadas a lo largo de los siglos XVI y XVII forman una colección interminable. El hecho mismo de su reiteración prueba claramente su ineficacia. Mientras no desaparecieran las causas, mal podían curarse los efectos. Para la sociedad en general, los mendigos eran, ante todo, un peligro público.

En líneas generales, la Iglesia se mantenía fiel a la tradición limosnera. Abadías, monasterios y conventos prodigaban socorros a los pordioseros. La forma más frecuente era el reparto de comida. Pero esto mismo constituía, con frecuencia, una invitación a la ociosidad, en vista de que la pitanza estaba fácilmente asegurada.

También Vicente de Paúl  practicó la limosna. Ninguna alma caritativa podía negarse a socorrer las necesidades urgentes en espera de soluciones más radicales.

Daba cuanto tenía. Hizo de San Lázaro, casa de la Congregación de la Misión,  el centro de beneficencia más espléndido de todo París.

Más allá de la urgente beneficencia limosnera, Vicente trató de enfocar el problema de la mendicidad con ojos nuevos. Desde los días de Châtillon- en que fundó la Cofradía de la Caridad- tenía el sentido del sistema y la organización.

Durante muchos años acarició la idea de una institución para mendigos, pero no acababa de recibir la señal de la Providencia. Al fin, un día un caballero le entregó la importante cantidad de 100.000 libras para la obra de caridad que él quisiera.

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Vicente no deseaba condenar a la ociosidad a los acogidos. En los primeros años ingresaron en el asilo obreros capacitados para enseñar su oficio a los ancianos: tejedores, zapateros, sederos, botoneros, laneros, encajeras, guanteras, costureras, alfilereras… La instrucción religiosa y las prácticas de piedad, confiadas a los sacerdotes de la Misión por deseo expreso del donante, llenaban una parte importante de la jornada. Como siempre, Vicente consideraba inseparables la caridad corporal y la espiritual y comprometía en ella a sus dos congregaciones. Vicente mismo predicó la primera plática en el lenguaje llano y familiar que le caracterizaba, en diálogo constante con los acogidos. Se esforzó en ella por enseñarles las verdades fundamentales de la fe e inculcarles el espíritu de trabajo. “Decidme si no vale la pena que trabajéis para agradecer la gracia que Dios os ha hecho en proveeros de todo lo necesario para el cuerpo y para el alma. ¿Qué más podéis desear?

El nuevo tipo de asilo, que empezó a funcionar en 1653, resultó un gran éxito. Los acogidos disfrutaban de una vejez plácida y sosegada. Se sentían felices con las atenciones que recibían. La única pega era lo reducido del número. Sólo la muerte producía vacantes, y las plazas eran solicitadas con años de antelación por muchos más aspirantes de los que era posible admitir. Para Vicente, la institución, quizá, era sólo un ensayo destinado a abrir un camino. Los políticos se apoderaron de la idea y se propusieron realizarla a gran escala. Ya veremos cuáles fueron los resultados.

(P. José María Román. C.M.)

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