Las cigarreras

Las cigarreras

 Las cigarreras | Donde acaba el tiempo | Capítulo 26 | Alicante, diciembre de 2011 | El viernes 15 de diciembre Joan y yo fuimos a comer a un restaurante cercano a su clínica. Eran las dos de la tarde cuando entramos en Jumillano, situado en la calle César Elguezabal.

Habíamos celebrado esa mañana la última sesión de hipnoterapia, en cuya regresión se había confirmado que la esquizofrenia que venía padeciendo mi familia durante generaciones tenía su raíz en un clan criollo cubano de finales del siglo XVIII; y nuestra intención era realizar otra sesión por la tarde, tal como veníamos haciendo últimamente. Pero no fue posible.

            Cuando, a las cuatro de la tarde, regresamos a la Clínica Psicológica Hipnos, Joan descubrió que había desaparecido su ordenador portátil, el cual se había quedado en la salita donde se hacían las sesiones de hipnoterapia, en la habitación contigua a su despacho.

            –Suelo llevármelo casi todos los días a casa, pero por la noche; o al mediodía si no tengo previsto volver por aquí hasta el día siguiente –me explicó, nervioso y aturdido–. Así que, normalmente, lo dejo aquí, en la consulta, cuando voy a comer. Tal como he hecho hoy.

            –Desde luego no lo has cogido cuando hemos salido –corroboré. Recordaba perfectamente cómo el portátil se había quedado encima de la mesita que había junto a la camilla en la que yo me tumbaba durante las sesiones.

            Entre las dos y las cuatro de la tarde la clínica solía quedarse vacía. Aquel día, cuando Joan y yo salimos para ir a comer, a las dos menos cuarto, todavía se quedaron en la clínica la enfermera y la recepcionista, Margarita y Paquita, respectivamente. Y cuando regresamos, a las cuatro, Margarita acababa de llegar; Paquita volvió cinco minutos después de nosotros. Las dos tenían llave de la puerta principal. Una puerta blindada, cuya cerradura no estaba forzada.

            Tanto la enfermera como la recepcionista le aseguraron a Joan que no habían cogido el ordenador ni sabían dónde podía estar. Ambas se habían ido de la clínica, juntas, a las dos y cinco. Como siempre, Margarita cerró la puerta con llave. Esta se había ido a comer, como cada día, a su casa. Vivía en un edificio de la avenida de Salamanca, a quince minutos andando de la clínica. Por su parte, Paquita había aprovechado el descanso laboral de dos horas para hacer la compra en un supermercado próximo, dejándola en el maletero de su coche, y comer un bocadillo en el bar que había en la esquina. Como vivía en el pueblo de Agost, no iba al mediodía a su casa por falta de tiempo. Las dos se mostraron sorprendidas por lo ocurrido; disgustadas incluso. Revisaron la clínica por si faltaba algo más, pero no era así.

            –Cuando has vuelto, ¿estaba la puerta bien cerrada y con la llave echada? –le preguntó Joan a Margarita.

            –Sí… Bueno –titubeó la enfermera–. La verdad es que, ahora que lo pienso, creo que la llave no estaba echada…

            –¿Y no te extrañó? –quiso saber Joan.

            –Como hay tardes que Paquita, o incluso usted mismo, llegan antes que yo, no suelo fijarme en ese detalle –respondió Margarita visiblemente contrariada.

            –Menos mal que no guardamos fármacos de ningún tipo –dijo Joan con cierto alivio; y una vez nos quedamos solos en su despacho, añadió–: Alguien se ha llevado el portátil, pero no creo que haya sido ninguna de ellas –refiriéndose a Margarita y Paquita–. Tendré que poner una denuncia. Parece claro que, quien se ha llevado el portátil, tiene la llave de la puerta de la entrada, así que también tendré que avisar a un cerrajero.

cigarreras 2Trabajadoras de Las cigarreras – Fábrica tabaco -Alicante

            Yo tampoco creía que Margarita o Paquita hubieran robado el ordenador. En sus auras marrones –la de la recepcionista algo más oscura, con un tono parecido al del chocolate– no aprecié rastro alguno de engaño o arrepentimiento.

            –¿Por qué alguien querría llevarse tu ordenador? ¿Qué tienes guardado en él? –pregunté.

            Joan se quedó inmóvil durante unos segundos, con los párpados muy abiertos. De repente, sin contestarme, corrió hasta el escritorio para abrir de prisa uno de los cajones y buscar en él algo atropelladamente. Suspiró al encontrarlo. Aliviado, se me acercó para mostrarme los tres pequeños lápices de memoria que tenía en la palma de su mano derecha. Un intenso pero agradable aroma a miel y limón me envolvió momentáneamente.

            –En el portátil sólo guardo las grabaciones de las sesiones de hipnoterapia. Pero, por suerte, soy un hombre precavido y hago copias de seguridad cada noche, antes de irme.

            –Si en el portátil sólo guardas las grabaciones de las sesiones…

            –Es evidente que alguien está muy interesado en esas sesiones… Y sospecho que, muy especialmente, en las tuyas –concluyó Joan. Tanto en la frente como en la parte superior de la boca le había aparecido una humedad ligeramente brillante.

            –¿Read?, ¿Bermúdez?

            Lancé las preguntas casi sin querer, pero sonaron con la misma contundencia con que los dardos golpean la diana.

            –No creo… Demasiado arriesgado y… –dudó–. Ellos saben muy bien de qué tratan tus regresiones…

            –Pero quizá necesiten tener pruebas… O quieran mostrarle las grabaciones a alguien… O estudiarlas. Una vez se han convencido de que no voy a ir a New Haven…

            –Pero es demasiado atrevido por su parte… Y robarme el portátil… Es algo tan… chapucero, que me cuesta mucho creer que pueda ser cosa de Bermúdez, y mucho menos de Read.

            Suspiré.

            –En fin. ¿Quién tiene llave de la clínica, además de Margarita y Paquita?

            –Nadie. Arnaldo, el psicólogo que he contratado, no empezará a trabajar hasta la semana que viene y, por supuesto, todavía no tiene llave…

            –¿Quién hace la limpieza?

            –Está a cargo de una empresa. Pero ninguna de las operarias tiene llave. Hacen la limpieza a última hora del día, entre las seis y las ocho, y siempre hay alguien de nosotros: Margarita, Paquita o yo, que si es necesario esperamos a que terminen y se vayan, para cerrar. –Permanecimos callados un rato, él con los pendrives agarrados en su mano derecha como si fueran valiosos diamantes, hasta que por fin reaccionó, descolgando el auricular del teléfono de sobremesa–. Voy a avisar a la Policía.

            Comoquiera que esa tarde no íbamos a realizar ninguna sesión de hipnoterapia, me fui de la Clínica Psicológica Hipnos y decidí pasear durante un rato, para pensar tranquilamente sobre todo lo que me estaba sucediendo durante las últimas semanas, antes de tomar un taxi y volver a casa.

            Pero mis pensamientos acerca de mi hermana, las regresiones, la atrofia óptica de Leber, el robo del ordenador de Joan Ríos y demás tribulaciones se difuminaron cuando empecé a sentir de nuevo aquella obsesión que tanto trastorno me estaba produciendo desde hacía meses. Una obsesión indefinida, abstracta mientras estaba en vigilia, pero que tomaba forma algunas noches, en las pesadillas y terrores nocturnos que me asaltaban como monstruos terribles y traicioneros en tanto dormía. Una forma esférica y de resplandor blanquecino, de fuerte poder de atracción pero inalcanzable, de cuyo interior provenía aquella voz femenina que tan insistente y angustiosamente me reclamaba ayuda.

            Había estado subiendo por la calle de San Vicente y, al llegar a la plaza de España, sentí la imperiosa necesidad de girar a la derecha. Dejé atrás las plazas de España y de Santa Teresa y, una vez me encaré a la iglesia de la Misericordia, la sensación de zozobra empezó a agudizarse. Era como si mi cuerpo fuera de metal y cerca hubiese un imán gigantesco que me atraía con una fuerza irrefrenable. Empecé a sentir miedo, pero no podía resistirme, debía seguir avanzando hacia aquel lugar desconocido aún, pero que presentía cercano, que tan poderosamente reclamaba mi presencia.

plaza españa alicantePlaza España – Alicante

            Subí unos pasos por la calle Sevilla hasta encontrar a la derecha el antiguo edificio de la Tabacalera. Al principio del siglo XIX el obispado de Orihuela cedió la Casa de la Misericordia –aledaña a la iglesia del mismo nombre– para que se estableciera allí la fábrica de tabacos, en la que trabajaban sobre todo mujeres, conocidas popularmente como cigarreras. Y allí estuvo funcionando hasta hace unos pocos años, que fue clausurada. Unos pasos más adelante, en el cruce de la calle Sevilla con la de Adolfo Blanch, había una amplia entrada con una barrera bajada y vigilada por un guarda de seguridad uniformado que se refugiaba en una garita que había a la izquierda. Durante el año 2009 y parte de 2010, tres de las antiguas naves de la Tabacalera habían sido reconstruidas para crear un centro cultural denominado Las Cigarreras. Y desde allí dentro, desde algún punto indeterminado de aquel complejo cultural, notaba que brotaba esa fuerza tan extraña y poderosa que me atraía como una polilla a la luz. Le pregunté al guarda si podía entrar y me dijo que no, que la entrada para el público la encontraría más arriba, en la esquina de las calles Adolfo Blanch con la de San Carlos.

            De modo que seguí ascendiendo por aquella calle empinada y sinuosa que bordeaba el centro cultural, sintiendo cada vez más intensamente –a pesar del muro de piedra que me separaba de aquel lugar– esa agobiante sensación de llamada, que dejó de ser silenciosa cuando estaba a mitad de la cuesta, ya que mis oídos empezaron a percibir un extraño sonido, al principio muy suave, que provenía del centro de Las Cigarreras, similar al que produciría una lejana bomba de extracción de agua o una torreta de alta tensión. Un sonido monótono y permanente cuya intensidad fue aumentando paulatinamente según llegaba a la esquina donde se encontraba la entrada al público.

            Un letrero informaba del horario. En invierno el centro cultural estaba abierto hasta las ocho de la tarde. Aunque ya era de noche, todavía eran las seis y media, por lo que entré.

            Al otro lado de la verja de entrada había una amplia escalera de hierro pintada de color amarillo verdoso por la que se descendía al recinto. Mientras bajaba, vi a la izquierda una estructura metálica de unos veinticinco metros de alto donde se presentaban diversas plantas estacionales repartidas en cuatro niveles. Era un jardín vertical más bien triste debido a la época del año en que estábamos.

            Las tres naves de Las Cigarreras, de dos plantas cada una, estaban adosadas, formando un edificio rectangular, iluminado por varios focos que, a distintos niveles, había encendidos en una torreta que quedaba a la derecha.

            En la esquina del edificio había un cartel que indicaba la ubicación de la Caja Negra, un auditorio multifuncional al que se entraba por una puerta que había en el lateral de la nave más próxima al jardín vertical, separados por un callejón al final del cual había una verja alta y cerrada.

            Las puertas principales de las naves estaban enfrente de la torreta de los focos. La primera estaba dedicada a la Cultura Contemporánea y, además de la Caja Negra, albergaba varias salas más, como la llamada Caja Blanca, utilizada para exposiciones de artes plásticas. Allí dentro la sensación de angustia creció hasta un nivel realmente preocupante: los nervios, de manera incontrolada, empezaron a provocar muecas en mi rostro, como guiños de ojos y movimientos espasmódicos en mi nariz y mis labios. El sonido monótono además disminuyó algo en su intensidad, pero fue para que oyera mejor la voz femenina que comenzó a llamarme en voz baja, pronunciando palabras extrañas pero cuyo significado comprendía perfectamente. La escuchaba por primera vez despierta; o lo que es lo mismo: estaba sufriendo una alucinación.

fabrica tabaco - alicanteLas cigarreras – fábrica de tabaco – Alicante

            Salí de aquella primera nave y, al hacerlo, sentí cierto alivio, aunque la sensación de angustia persistía y la voz femenina que me pedía auxilio continuó haciéndose oír en mi cerebro. Pero al llegar a la puerta de la nave siguiente –intermedia y por lo tanto empotrada entre las otras dos– la angustia se hizo realmente insoportable, al mismo tiempo que el zumbido constante desapareció de mis oídos al apoderarse de toda mi mente aquella voz que me suplicaba: «¡Ven! ¡Ven a ayudarme! Tienes que liberarme. Tú eres la elegida. ¡Ven!». No pude acceder al interior de aquella segunda nave, dedicada al Patrimonio Cultural, porque la puerta estaba cerrada.

            – Esa nave está cerrada por las tardes y, además, las instalaciones que hay dentro no están abiertas al público –me informó un hombre que, proveniente de la tercera nave, se dirigía a la salida.

            Quise preguntarle a qué estaban destinadas aquellas instalaciones, pero no acerté a hacerlo, tal era el aturdimiento que me embargaba.

            –¿Se encuentra bien? Está usted muy pálida –dijo mirándome con preocupación.

            Me alejé de él de prisa, para evitar que las muecas que involuntariamente estaba haciendo mi rostro le convencieran de que estaba loca. Fui hasta la puerta de la tercera y última nave, llamada Casa de la Música, y cuando entré en ella noté la misma sensación que en la primera: angustia, turbación, percepción de aquella llamada inquietante. Persistía la alucinación auditiva, si bien no era una sensación tan extrema, tan insoportable, como la que había sentido en la puerta de la segunda nave.

            Salí de Las Cigarreras casi corriendo y, según me alejaba de la antigua Tabacalera, fui notando cómo recuperaba paulatinamente el control de mis nervios y de mi mente. Primero desapareció la alucinación auditiva y después, cuando me hallaba ya en la plaza de España, fui capaz de responder casi con total normalidad a la llamada telefónica que me hizo Joan Ríos.

jardin vertical las cigarrerasJardín Vertical – Las cigarreras – fábrica tabaco – Alicante

            –Al final ha resultado que Paquita, mi recepcionista, perdió hace dos días la llave de la clínica. Para no preocuparme, según dice, prefirió no contármelo. Le pidió a Margarita que le dejara hacer una copia de la suya y que no me dijera nada.

            –¿La perdió o se la robaron?

            –No lo sabe. En realidad no sabe cómo pudo desaparecer de su bolso.

            –¿Y la crees?

            –Sí. Está muy asustada… Pero, de todas formas, los policías con los que he hablado me han asegurado que investigarán…

            –No sé yo si le dedicarán mucho tiempo a la investigación del robo de un ordenador…

            –Como ha sido dentro de una clínica, espero que se lo tomen en serio; aunque, francamente, no me hago muchas ilusiones… Tomaré precauciones para que no se vuelva a repetir.

            –¿Cuándo crees que podremos reanudar las sesiones?

            –Mañana mismo compraré un ordenador nuevo. Lo formatearé, introduciré los programas necesarios… Con un poco de suerte podremos continuar el lunes. Ya te avisaré.

            Mientras hablaba por teléfono con Joan tomé un taxi en la parada de la plaza de España y, pocos minutos después, estaba en mi casa. La sensación de angustia había desaparecido, pero no la preocupación ni el miedo por todo lo que había sentido en Las Cigarreras. Un miedo que, con seguridad, provocó el horrible ataque de terror nocturno que sufrí aquella noche.

Donde acaba el tiempo en PDF (capítulos publicados)
Puedes leer y/o descargar en formato PDF los capítulos publicados.

 

Artículos relacionados

Deja un comentario


         




Subir arriba