Cultura

Los celos y la brisa

Los celos y la brisa. Los celos son, según la definición de la Academia, la sospecha, inquietud y recelo de que la persona amada haya mudado o mude su cariño, poniéndolo en otra. Procedente del latín zēlus ‘ardor, celo’, y este del griego ζήλ, derivado de ζεîv ‘hervir’, esta palabra, documentada ya en Gonzalo de Berceo (siglo XIII),podía escribirse tanto con c como con z (preferentemente con esta última) hasta mediados del siglo XIX.

En cuanto a su significado, siempre ha tenido el mismo que el actual.

A lo largo de la historia y la literatura universal son muchos los ejemplos de celos famosos. Casi todos ellos con finales tan trágicos como el de los shakesperianos Otelo y Desdémona. Pero acaso la más conmovedora y antigua historia de celos fue la protagonizada por Céfalo y Procris.

Céfalo, príncipe de Atenas, era hijo de Deyoneo y Diomede. Procris era hija del rey ateniense Erecteo y su esposa Praxitea. Céfalo y Procris se casaron y se prometieron fidelidad eterna.

Varias son las versiones de la historia de Céfalo y Procris, siendo la más antigua la escrita por Ferécides de Leros (segunda mitad del siglo V a. C.). Pero aquí elegiremos la que describió el poeta Publio Ovidio Nasón en su Metamorfosis (poema compuesto de quince libros y concluido al principio del siglo I d. C.), por ser la más hermosa de todas las versiones conocidas.

Cuenta Ovidio en el libro VII de la obra mencionada cómo Céfalo y sus acompañantes descansaron en la cima de una colina durante una jornada de caza. Durante este descanso, Céfalo le contó a su amigo Foco los recuerdos que guardaba de su esposa Procris:

«(…) Un afecto mutuo y el amor conyugal nos poseía a ambos; ni ella hubiera preferido el matrimonio con Júpiter a mi amor, ni había otra que me cautivara, aunque viniese la mismísima Venus; llamas iguales inflamaban nuestros corazones. Apenas el sol hería las cumbres con sus primeros rayos, solía yo ir a cazar a los bosques con espíritu jovial, y no solían acompañarme sirvientes ni caballos ni perros de agudo olfato, ni tampoco las nudosas redes de lino; estaba yo seguro con mi jabalina. Pero cuando mi diestra estaba ya cansada de abatir fieras, buscaba yo el frescor de las sombras y la brisa proveniente de los fríos valles. Acalorado, era esta suave brisa lo que yo buscaba, la brisa lo que yo esperaba, era ella el descanso de mis fatigas. “Brisa, ven”, solía yo cantar (¡cómo me acuerdo!), “deléitame y entra en mi regazo, deliciosa, y, como sueles, alivia gustosa los ardores que me abrasan”. Tal vez añadiera yo (así me arrastraba mi destino) mil requiebros y acostumbrara a decir “tú eres mi gran deleite, tú me reconfortas y acaricias, tú haces que ame las selvas y los parajes solitarios, y que ese aliento tuyo siempre lo aspire mi boca” (…)».

Interrumpamos aquí brevemente esta historia para indicar lo siguiente acerca de la palabra brisa, de etimología incierta, documentada en español desde 1504 y con tres significados actuales referidos al viento: 1, ‘Viento suave’. 2, ‘Viento de la parte del nordeste, contrapuesto al vendaval’. 3. ‘Aire suave que en las costas suele tomar dos direcciones opuestas. Por el día viene de la mar, y por la noche de la parte de la tierra, a causa de la alternativa de rarefacción y condensación del aire sobre el terreno’. La acepción más antigua es la segunda (1607). La tercera aparece ya apuntada en el diccionario académico en su edición de 1852: ‘Airecillo de mar, que refresca las playas y tierras contiguas’, tomando ya la definición actual en 1884. La primera acepción (‘viento suave’) es la más moderna, pues aunque está documentada a finales del siglo XIX, no fue recogida por la Academia hasta el suplemento de su diccionario de 1970.

La Enciclopedia Espasa-Calpe (1910) por su parte ofrece la siguiente explicación de este fenómeno meteorológico: «Llámase de este modo al viento que a ciertas horas del día sopla en las playas y costas, ya procedente del mar, ya de tierra. También se denomina brisa al viento que sopla en los valles durante la tarde en dirección a las cimas de las montañas, y al viento fresco que de madrugada desciende de las cimas a los valles.»


Por experiencia todos sabemos lo agradable que resulta notar la brisa en nuestro cuerpo durante los días de estío. De ahí que no nos extrañe, aunque estén poéticamente exageradas, las manifestaciones de placer expresadas por Céfalo bajo la pluma de Ovidio. Manifestaciones placenteras que fueron escuchadas por alguien:

«(…) Alguien prestó oídos a estas palabras ambiguas y las malinterpretó; tomando el nombre tantas veces invocado de “brisa” por el de una ninfa me cree enamorado de esta ninfa. Al punto, este imprudente delator de una culpa supuesta corre a ver a Procris y entre susurros le cuenta lo oído. Crédula cosa es el amor; por causa del repentino disgusto cayó -según me cuentan- desvanecida, y cuando por fin volvió en sí, se llamó desgraciada y mujer de infausto destino, se quejó de mi perfidia, y, espoleada por una culpa imaginaria, temió lo inexistente, temió un nombre sin cuerpo, y sufre la desdichada como si realmente hubiera una rival. Aun así, muchas veces duda y en su angustia abriga la esperanza de equivocarse, rehúsa dar crédito al delator, y si ella misma no lo ve, no está dispuesta a condenar las faltas de su marido (…)».

Según cuenta el poeta, Céfalo terminó de contar esta triste historia con lágrimas en su rostro:

«Al día siguiente, la luminosa Aurora había ahuyentado la noche; salgo, voy al bosque, y, satisfecho por la caza, me tumbé en la hierba y dije: “Ven, brisa, y alivia mi fatiga”. De pronto me pareció oír como gemidos entre mis palabras; aun así dije: “Ven, grata como ninguna”. Una hoja, al caer, produjo de nuevo un ligero ruido; yo creí que era una fiera y lancé mi volandera jabalina; era Procris, que, sujetándose la herida en medio del pecho, grita: “¡Ay de mí!”. Reconocí la voz de mi fiel esposa, y corrí hacia su voz desesperado y enloquecido. Moribunda la encuentro, sus ropas manchadas y salpicadas de sangre, intentando arrancarse de la herida (¡desgraciado de mí!) su propio regalo; levanto delicadamente en mis brazos su cuerpo más querido que el mío, y rasgando su ropa desde el pecho, vendo su cruel herida y trato de restañar la sangre y le suplico que no me abandone convertido en criminal por su muerte. Sin fuerzas y a punto ya de morir se esforzó por decir estas pocas palabras: “Por nuestros lazos conyugales, por los dioses celestiales y los ya míos, los infernales, por el bien que pueda haber hecho y por el amor que aun ahora, al morir, te profeso y es la causa de mi muerte, te ruego, te suplico que no permitas que Brisa ocupe mi lugar de esposa”. Así dijo, y entonces comprendí que había una confusión de nombres, y se lo expliqué. ¿Pero de qué servía explicárselo? Se derrumba, y sus pocas fuerzas huyen con su sangre, y mientras aún puede mirar, me mira a mí, y en mí y en mis labios exhala la desdichada su último aliento; y por la expresión alegre de su rostro parece morir tranquila.»

Tan evidente es la moraleja de esta fábula acerca de los celos, que ni siquiera merece la pena apuntarla.

En 1889 la duquesa viuda de Pastrana donó al Museo del Prado madrileño el pequeño pero hermoso óleo (27 cm x 28’6 cm) pintado por Rubens en 1636-1637, titulado «Céfalo y Procris».

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