Maniquís

Maniquís

Maniquís. La industria de la moda le debe mucho a los maniquís, esos armazones o figuras móviles que sirven para probar, arreglar o exhibir prendas de ropa, tan comunes todavía en los escaparates de las tiendas y boutiques actuales. Pero el maniquí (voz que nos llegó, a través del francés, del neerlandés mannekijn, diminutivo de mann ‘hombre’, a principio del siglo XVIII) empezó usándose en el español como término pictórico, referido a la ‘figura movible artificial, y que deja poner en diferentes acciones al pintor’, según el Diccionario de Autoridades (1734), acepción que aún perdura en el diccionario académico.

No fue hasta 1869 que la Real Academia Española aceptó ampliar el significado de maniquí, admitiendo su uso para otras artes, aunque con preferencia por la pintura. Además, incluyó por primera vez la acepción coloquial ‘persona débil y pacata que se deja gobernar por los demás’, que todavía ahora sigue en vigor.

A finales del siglo XIX, concretamente en 1899, la Academia accedió por fin a incorporar la acepción ‘armazón de cuerpo humano, que se usa para probar, arreglar o exhibir prendas de ropa’, muy extendida ya entre los profesionales de la moda (sastres, modistas, etc.).

En esta evolución semántica, maniquí se humanizó en 1970 cuando el diccionario académico incorporó el significado ‘mujer encargada de exhibir modelos de vestidos’, que catorce años después, en 1984, corrigió para incluir ambos sexos con el definitivo y actual significado de ‘persona encargada de exhibir modelos de ropa’.

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