Melilla, 1774-1775

Melilla, 1774-1775

Melilla, diciembre 1774- marzo 1775 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 27 | shawwal de 1188 – muharram de 1189 de la hégira | Nieves | Nieves se entregó aquella noche a Juan como si fuera la primera vez. En realidad, todas las veces que hacían el amor era como si fuera la primera vez. Y hacía ya tres meses que se venían reuniendo, al menos una noche por semana, en aquel tabuco situado en la parte trasera de la taberna de María de Mora, un semisótano en la calle de San Miguel. La sensación que experimentaban iba más allá del goce carnal, según se decían después, extenuados, extasiados. Era como si sus espíritus se unieran al mismo tiempo que sus cuerpos, formando un solo ente, etéreo, que volaba por el espacio infinito sin control de leyes físicas. «Como un alma dividida hace mucho tiempo en dos partes y que vuelven por fin a juntarse», había dicho Juan después de hacer el amor por vez primera y antes de contarle el mito del andrógino o las almas gemelas de Platón.

            También aquella noche del 15 al 16 de diciembre de 1774 sus almas se fundieron mientras sus cuerpos copulaban encima del catre que había en la habitación trasera de la taberna de María de Mora. Y luego, una vez recuperó cadacandil encendido uno su espíritu, continuaron muy juntos, abrazados, callados, hasta que Juan se percató de que ella estaba llorando. Se apoyó en un codo y la tenue claridad que desprendía el candil que había sobre la misma silla en la que había quedado la ropa de ambos, le permitió ver los ojos de ella, húmedos y hermosos. El derecho bizqueó ligeramente al devolverle la mirada. Su cabellera, larga y negra, cubría la almohada y sus hombros. En la frente tenía un lunar y en la barbilla, justo debajo del labio inferior, carnoso y algo tembloroso, tenía una pequeña cicatriz; pero el resto de su cuerpo –de piel aceitunada– estaba libre de tatuajes, tan comunes en las rifeñas.

            Según le había contado, no recordaba mucho de su vida anterior a que fuera cautivada siendo una niña, de unos seis o siete años, no estaba segura. Vivía en Mezquita de Sidi Auriach, un pueblo cercano de Melilla, se llamaba Amina y los soldados que asaltaron el aduar, después de matar a varios hombres –entre ellos su padre–, se la llevaron junto con dos mujeres jóvenes. De su familia recordaba a su madre, que se llamaba Jadiya, y a su hermana mayor, Fátima, pero sabía que tenía otro hermano, aunque no se acordaba de sus nombre. Solo se la llevaron a ella porque, durante la razia, su madre y sus hermanos lograron encerrarse a tiempo en su casa. Ella había ido a la fuente y su padre corrió a buscarla. Recordaba muy bien cómo lo mataron de un disparo en la cabeza cuando trataba de rescatarla, corriendo detrás del caballo sobre el que la llevaban. Al llegar a Melilla, la vendieron a una de las familias con más abolengo: los Díaz, no sabía por cuánto dinero. La bautizaron con el nombre de María de las Nieves y, unos años más tarde, cuando cumplió los trece, pasó a depender de la familia Valenzuela, que la compró por doscientos cincuenta reales. Los Valenzuela la trataron bien, con rigurosidad, pero con respeto, y nunca le faltó qué comer. Y ya con veinte años, don Honorato de Valenzuela, actual alcalde, se la regaló a José Guerrero, vicario eclesiástico del obispado malagueño, que acababa de llegar destinado a Melilla. De eso hacía cuatro años.

            Varios fueron los hombres de alta condición –el veedor, el médico, el escribano de guerra, el boticario del hospital, así como algunos oficiales– que intentaron convertirla en su amante, pero ninguno lo consiguió, pues ella se mostró inflexible y a los más insistentes amenazó con solicitar el auxilio del vicario; y no pocos fueron los hombres que le manifestaron su disposición a desposarla –soldados, desterrados, un maestro cerrajero–, pero a todos rechazó, pues adivinaba el tipo de vida que la esperaba si aceptaba. El vicario le insinuó la conveniencia de que aceptase alguna de aquellas propuestas de matrimonio, pero ella supo convencerle de que hacía bien rehusándolas, asegurando, bajo confesión, que solo estaba dispuesta a perder su virginidad con un esposo honrado, trabajador y, sobre todo, buen cumplidor de los mandamientos cristianos. Que si no era así, prefería quedarse al servicio de la iglesia, ya fuera en casa del vicario, como hasta entonces, o yendo a Málaga para ingresar como novicia en algún convento.

            Pero tanta castidad –cierta y voluntaria– y beatitud –fingida, por cuanto su cristianismo radicaba en la imposición y la fe musulmana no era más que un vago y remoto recuerdo– desaparecieron de repente cuando conoció a Juan.

            Se vieron por primera vez en la puerta de la iglesia, de lejos. Era un domingo de finales de agosto. Hacía dos meses que Juan había llegado a Melilla, pero hasta entonces no había visto a Nieves. Ni ella a él. Casi siempre encerrada en la casa aledaña al templo, donde vivían el vicario y los dos sacerdotes, Nieves salía lo imprescindible, para hacer la compra o algún recado. Aquel día llevaba puesto un vestido sencillo, del color del mar, y una toquilla blanca, pero su figura atrajo la atención de Juan con el poder de una aparición. Por su parte, los ojos de Nieves también repararon en la presencia de aquel teniente coronel, desconocido y de impresionante porte. Más que su uniforme –casaca roja sobre chupa blanca, calzas y medias blancas, zapatos negros, peluca recogida en lazo negro, sombrero bicornio galoneado de oro, sable colgando de un correaje cruzado y encarnado– fue su sonrisa, que iluminaba unos ojos del color y la dulzura de la miel, la que atrapó su mirada. Como dos estatuas se quedaron mirándose el uno al otro durante un buen rato, hasta que por fin ella se apresuró a entrar en la casa cuando vio que él iniciaba la maniobra de acercamiento.

            La paciencia de Juan tuvo su recompensa pocos días después, cuando la vio salir de la vicaría desde el cercano baluarte de la Concepción. Por María de Mora, dueña de una de las tabernas melillenses –con quien había hecho pronto buenas migas– sabía que Nieves salía por las mañanas muy temprano, para ir a buscar agua a la plaza de los Aljibes o al pozo que había en el foso que comunicaba el segundo y el tercer recinto de la plaza amurallada. Se ofreció a ayudarla, insistió y consiguió que le permitiera llevar de regreso la tinaja llena de agua. Ella apenas si habló, pero al despedirse no pudo evitar responder a su sonrisa. Pocas semanas después, por fin aceptó Nieves pasear con Juan una tarde por el paseo de la Parada. Y a ese paseo siguió otro, y otro, hasta que una noche ella accedió a reunirse con él en la taberna de María de Mora; o mejor dicho, en un cuartucho que había en la parte trasera de la taberna y al que se accedía por una discreta puerta que había en un callejón.

paseo de la parada melillaPaseo de la Parada – Melilla

            –¿Por qué lloras? ¿Tienes miedo? Ya te dije que marcharas a Málaga, pero no quisiste…

            –No es eso. Don José también me ha insistido para que mañana embarque con el resto de las mujeres y niños, pero le he dicho que no, que prefiero quedarme. Pero sí tengo miedo… Miedo por ti.

            Juan la besó en los labios.

            –No debes temer por mí. No estaré muy lejos. El fuerte del Rosario está…

            –Pero estamos en guerra –le interrumpió ella, ya sin llorar pero con los ojos llenos de angustia.

            –Es cierto –asintió él, antes de volver a besarla–. Pero no durará mucho y tendré cuidado. Volveré pronto y sano.

            –¿Me lo prometes?

            Esta vez la sonrisa de Juan obtuvo la respuesta que buscaba.

            –Te lo prometo.

Fátima

 

            Despidió a su hermano menor, Said, con el corazón en un puño. Había venido a hacerles una breve visita, antes de reincorporarse a su unidad en el frente. Tenía veinte años y en cuanto el sultán llegó con su mehala, decidió inmediatamente formar parte de uno de los grupos rifeños que el bajá de la provincia de Guelaia estaba reclutando para luchar contra los infieles y echarlos de Melilla de una vez por todas. Sesenta años después de que lo intentara su abuelo, muley Ismael, Mohammed III había venido desde Marrakech con las mismas intenciones: expulsar a los irumien de las plazas que ocupaban en las costas rifeñas, acompañado de su hijo Maimón –gobernador de Meknes– y al mando de un ejército de veinte mil soldados. El asedio a la plaza fuerte se esperaba que fuera breve, pero había comenzado el viernes 9 de shawwal y, dos meses después, los irumien seguían resistiendo, sin que el sultán se decidiese a ordenar el asalto general y definitivo. En este tiempo, cientos de bombas disparadas por los cañones del emperador marroquí habían caído sobre Melilla, pero la guarnición española había recibido refuerzos por mar y continuaba defendiendo la plaza a las órdenes de su general, un anciano con nombre inglés. Mientras tanto, la desazón había comenzado a hacer mella en los campamentos de los sitiadores. Además de haber muchos muertos y heridos, la comida escaseaba. Los soldados tenían prohibido saquear los aduares, así que algunos habían desertado y otros se jugaban la vida por las noches saltando los muros y empalizadas para robar en los huertos que los españoles tenían entre el tercer y cuarto recinto de la plaza. Pero la terrible Guardia Negra del emperador tenía libertad para recorrer los aduares confiscando cuanta comida encontraran. Los bukaris, descendientes de los esclavos negros que muley Ismael trajera de Sudán, actuaban conforme a la fama de crueldad que tenían. Dos veces habían aparecido por Mezquita, y en ambas obraron con rudeza y sin contemplaciones, pese a las ostensibles zalemas con que eran recibidos por los atemorizados rifeños.

            Fátima deseaba la conquista de Melilla, pero le preocupaba que las bombas mataran a su hermana Amina. Sabía, más que intuía, que seguía viva y que estaba allí, entre los cristianos que se obstinaban en mantener ocupada la plaza amurallada. Diecisiete años atrás, cuando ella tenía catorce años y Amina seis, unos soldados españoles habían saqueado su pueblo, Mezquita, matando a su padre y llevándose cautiva a su hermana. De nada sirvió que su abuelo hubiera sido un moro mogataz en Melilla durante muchos años –hasta que el rey español echara a todos los mogataces de sus plazas africanas–, aunque sin llegar a bautizarse, y que su padre corriera a suplicarles que no se llevaran a Amina. Hakim El Alamin les habló en su propia lengua, en español, pero los irumien le respondieron con un disparo que le quitó la vida.

            Jadiya, madre de Fátima y Amina, no pudo soportar durante mucho tiempo la pérdida de su marido y de su hija menor. Enferma desde hacía meses de un mal que, con raíces en los pechos, le consumía las entrañas y los huesos, falleció poco después. En vano rogó a los comerciantes que tenían acceso a Melilla, para vender sus mercancías en la Alafia, que preguntaran por su hija, pues ninguno de ellos quiso o pudo averiguar nada de ella. Jadiya había nacido en Zeluán y vino a vivir a Mezquita tras casarse con el padre de Fátima. Con ella se trajo plantas y simientes que cultivó en la casita donde nacieron Fátima, Amina y Said. Una casa que ahora ocupaba Fátima y su familia, pues hacía doce años que se había casado con Amar Moh El Hossain, de linaje jerifiano aseguraba él, pero que se ganaba la vida humildemente, cultivando la tierra y criando un rebaño lanar.

plaza fuerte melillaPlaza fuerte – Melilla

            Como su madre, Fátima había parido tres veces, y sin apenas dolor, a dos niñas –Karima y Jadiya– y un niño –Amar–. Como su madre, Fátima estaba convencida de que su hermana Amina seguía viva y en Melilla, de ahí que hubiera continuado preguntando, a todo el que podía visitar la plaza española –y con el mismo resultado infructuoso– si sabía algo de ella; incluso ahora, pese a estar Melilla sitiada, buscaba a los confidentes rifeños y desertores españoles, para interrogarles al respecto. Como su madre, Fátima había aprendido a sanar heridas y enfermedades –no todas, lamentablemente–, sirviéndose de las hierbas, plantas y arbustos que cultivaba alrededor de su casa, donde también crecían chumberas, jazmines y azucenas.

            De aquella casa de Mezquita Sidi Auariach se alejaba Said ben Hakim, después de que su hermana Fátima le curara la herida leve que se había hecho en el brazo izquierdo el día anterior.

            –Atacamos por la noche un fortín que los irumien tienen junto al fuerte exterior de mayor tamaño, que llaman Victoria Grande. Éramos dos docenas y avanzamos despacio y agachados, portando haces de esparto con que prender fuego a la estacada del fortín. Pero nos oyeron y nos recibieron con disparos de fusil y de cañón. Nos retiramos, pero volvimos más tarde, a pesar de que estaban sobre aviso –le había contado entusiasmado, mientras ella le curaba ante la atenta mirada de Amar y los niños–. Esta vez sí que llegamos hasta la empalizada, arrastrándonos y bajo el cerrado disparo de la fusilería. Mientras unos arrancábamos las estacadas, otros respondían a los disparos. Prendimos por fin el fuego, que empezó a extenderse con rapidez, pero los irumien salieron entonces del fortín y cargaron corriendo contra nosotros. Mi cabo ordenó la retirada, pues el objetivo ya estaba cumplido, y empezamos a retroceder sin dar la espalda. Pero se nos echaron encima y tuvimos que luchar cuerpo a cuerpo. Un aromi me atacó con la bayoneta de su fusil. Le esquivé, pero me hirió aquí, en el brazo. Nos agarramos y caímos rodando por el suelo. Forcejeamos y, aprovechando que caí encima de él, le hinqué mi gumía en su corazón… Era un aromi joven, de mi edad… y sus ojos se quedaron clavados en los míos…

            Fátima le hizo prometerle que se cuidaría, que procuraría no correr ningún riesgo innecesario, pero no le pidió que se quedara, que no volviera a la lucha. Sabía que era inútil. Había conseguido que su marido, Amar, se conformase con ayudar al bajá reclutando a jóvenes de las cabilas vecinas, que no participara en la guerra en primera línea, y también al principio, cuando el emperador llegó con su ejército, trató de persuadir a Said para que no se alistara, pero no pudo convencerle. Y ahora tampoco podría, pese a haber visto el peligro que corría su vida. Lo que le faltaba de inteligencia, le sobraba de valentía. Pues desde muy niño Said la había desesperado por su torpeza para aprender a leer y a contar. Tenía solo cuatro años cuando murió su madre, de manera que fue ella la que tuvo que hacerse cargo de su crianza. Más que una hermana mayor, era para él una madre. Y como tal había sufrido al comprobar la mucha dificultad que Said tenía para leer o escribir, o a contar sin equivocarse continuamente. A los veinte años, leía y contaba mucho más lentamente que su hijo, que tenía solo seis. Sin embargo, confiaba en su corazón y en su baraka. Said tenía un corazón tan bravo como el de un león y además era un muchacho afortunado. Estaba convencida de que Dios había compensado su falta de inteligencia con la suerte de los elegidos.

Pedro

 

            La plaza-presidio de Melilla estaba compuesta de cuatro recintos amurallados. El primero circunscribía la Villa Vieja, asentada sobre una pequeña península rocosa, donde se hallaba la iglesia, el hospital, la Maestranza, los aljibes, el embarcadero. El segundo abarcaba el pequeño istmo que unía la Villa Vieja con el continente, hallándose en él la plaza de Armas, que los rifeños conocían como la Alafia, la Paz, por ser el lugar donde entraban cada día para comerciar, en época de paz. El tercer recinto, al que se entraba desde el segundo por la puerta del Hornabeque, formaba una cuña en terreno firme, fortificada por tres baluartes y una puerta, la de la Alcazaba, por la que se llegaba al fuerte de Santiago de la Alcazaba, pegado a los acantilados del norte, ya en el cuarto recinto. Este último recinto se adentraba en el continente y era el de mayor amplitud; además del fuerte de Santiago había vastos huertos, defendidos por una cadena de fuertes exteriores unidos entre sí por empalizadas o muros de piedra seca. A estos fuertes exteriores se accedía por caminos cubiertos que había en la superficie, así como por galerías subterráneas o minas –cuya puerta estaba en el foso del Hornabeque–, que se extendían incluso más allá, en tierra de nadie, donde estas minas se cruzaban o enfrentaban con las minas o contraminas excavadas por los marroquíes desde sus trincheras.

Plaza de Armas, melilla viejaPlaza de armas – Melilla (vieja)

            Desde que el ejército de Mohammed III comenzara el asedio de Melilla el 10 de diciembre, los bombardeos, las escaramuzas y los ataques contra los fuertes exteriores españoles no fueron las únicas acciones bélicas que se produjeron. Bajo tierra, se llevaba a cabo una continua y durísima batalla que causó casi tantas bajas como en la superficie, sobre todo en el bando marroquí. A diferencia de los zapadores marroquíes, que en su totalidad eran rifeños reclutados a la fuerza y sin apenas preparación, los soldados españoles que excavaban en las minas y contraminas eran casi todos profesionales, bien instruidos por ingenieros especializados, que construían sus escuchas –galerías avanzadas– sigilosamente y hacían volar los hornillos con precisión, para desgracia de sus enemigos.

            Uno de los españoles que participaba en esta labor de zapa era Pedro Expósito. No era un militar profesional o voluntario, sino un desterrado que deseaba reducir su pena y poder así volver cuanto antes a su Barcelona natal, sirviendo en los puestos más peligrosos del frente.

            Cuando comenzó el sitio, la guarnición melillense constaba de menos de mil hombres. A finales de diciembre llegaron por fin los primeros refuerzos, pero hasta entonces la defensa de Melilla recayó en los cincuenta artilleros que había destinados en la plaza; los cuarenta marineros de la Compañía del Mar –con dos jabeques, tres falúas y varios lanchones–; la guarnición fija, compuesta por dos compañías de voluntarios melillenses; y la guarnición extraordinaria, relevada cada seis meses, formada entonces por cuatro compañías del regimiento de Infantería Ligera de Cataluña, bajo el mando interino del capitán Lorenzo Barutell, y otras cuatro compañías del regimiento de la Princesa, al mando del teniente coronel Juan Roca. Los desterrados o presidiarios que no eran peligrosos y tenían un oficio, podían trabajar en la Maestranza, y los que no lo tenían, podían servir en la Compañía del Mar o en una de las dos compañías de la guarnición fija.

            Pedro era aprendiz de escultor, un oficio inútil en Melilla, por lo que hubo de conformarse con servir en una de las compañías de la guarnición fija. Durante casi todo el mes de diciembre estuvo destinado en un fuerte exterior, el del Rosario, y el 9 de enero había participado en un ataque contra las trincheras enemigas que le había valido la felicitación de su capitán y hasta del mariscal de campo, Juan Sherlock; pero, unos días más tarde, se presentó al teniente de artillería Antonio Falcón, que buscaba voluntarios para trabajar en las minas, un servicio que, se decía, estaba compensado con una condonación de pena de entre uno y tres años.

            –¿Has manejado pólvora? –le preguntó el teniente.

            –No, señor.

            –¿Has trabajado en la mina?

            Pedro había nacido veinte años atrás, en la calle Hércules de Barcelona, muy cerca de la plaza de San Justo. Su madre, soltera, trabajaba todo el día en casa de una familia adinerada, los Roca, como sirvienta, adonde lo llevaba con ella, hasta que cumplió cinco años. Entonces se lo confió a doña Teresa, más conocida como la Sacristana –por ser la tía del sacristán de la iglesia de San Justo y San Pastor–, quien lo llevaría y recogería de un colegio que había en la cercana calle Daguería, le daría de comer y lo cuidaría hasta que llegara su madre, ya de noche. Pero Pedro no soportaba entrar en casa de la Sacristana, que estaba pegada a la iglesia. En cuanto llevaba un rato dentro de aquella vivienda, vieja y llena de gatos, empezaba a rascarse y a faltarle la respiración. Así que se escapaba. Salía de la casa de la Sacristana y corría por las calles hasta encontrar algún grupo de niños con los que jugar. Otras veces, entraba en el templo por la puerta que comunicaba la sacristía con la casa de doña Teresa y bajaba a hurtadillas al sótano. Allí había una puerta cerrada por un grueso cerrojo –que a él le costaba abrir cada vez menos– que daba a una lúgubre escalera por la que, contaban algunos niños del barrio, se bajaba al fondo del pozo donde los romanos arrojaban a los mártires cristianos. Con ayuda de un velón que cogió del altar, el primer día que bajó por aquella siniestra escalera, Pedro creyó realmente que estaba descendiendo al infierno. Sus piernas temblaban más que la llama del velón, pero su curiosidad y pundonor le animaron a seguir bajando, hasta encontrar los vestigios de unas catacumbas. Sin temor a perderse, deambuló por aquellas galerías oscuras, húmedas y malolientes –no muy extensas–, descubriendo bajo lo que parecía el techo abovedado de una capilla subterránea, un lugar lleno de huesos. Meses después, cuando el sacristán descubrió su secreto, supo que aquel era el osario de la iglesia, pero aquella primera vez Pedro creyó que en verdad había encontrado el sitio donde reposaban los restos de los primeros barceloneses cristianos, martirizados por los romanos.

            –Tengo experiencia en trabajos subterráneos –respondió al oficial de artillería.

            El teniente Falcón aceptó a Pedro y lo destinó a la contramina que, desde el fortín de San Antonio, se contraponía a los ramales subterráneos que los marroquíes excavaban desde sus trincheras.

            Bajo el mando directo del sargento Martín, trabajó Pedro excavando escuchas y espiando con el oído los afanes enemigos por extender sus ramales picando con sigilo, hasta que el 13 de febrero, hallándose solo en el extremo de una galería, descubrió que varios minadores marroquíes estaban encima de él. Cogió entonces la antorcha y retrocedió en silencio las veinte toesas que tenía la galería, para avisar al sargento Martín. Éste fue al fortín de San Antonio para dar cuenta a su vez al teniente Falcón, el cual mandó que explotaran el hornillo que había al fondo de aquella galería y que había sido instalado al principio del asedio. Martín regresó hasta donde la esperaba Pedro y le repitió la orden. A continuación buscaron ambos el extremo de la mecha, que encontraron al principio de la galería, detrás de un recodo y junto al montón de sacos llenos de tierra que les servirían de parapeto. La prendieron con el mismo hachón con que se iluminaban, pero el fuego no llegó hasta el hornillo –cargado con diez quintales de pólvora–, que estaba al final de la galería, justo debajo de donde se hallaban los marroquíes cavando su mina.

            –La salchicha debe haber sufrido alguna merma por culpa de la humedad o de algún desprendimiento de tierra –dijo Martín–. Habrá que repasarla.

            Recorrieron juntos las veinte toesas examinando detenidamente la extensa mecha, situada en el suelo y a veces rota, a veces sepultada por la tierra, desenterrándola y arreglándola. Les faltaba ya muy poco para llegar al hornillo y finalizar la inspección, cuando uno de los marroquíes que escarbaba encima de ellos clavó su pico con más fuerza, produciendo un agujero por el cual se filtró la luminosidad desprendida por la antorcha de los españoles. En seguida oyeron éstos el griterío de los marroquíes que había sobre ellos y el acuciante ruido de sus picos al intentar abrir nuevos agujeros en el suelo de su galería, que coincidía casi por completo con el techo de la contramina.

            –Volvamos y prendamos la salchicha desde el parapeto de sacos ­–dijo el sargento.

            –Podría apagarse por la tierra que está desprendiéndose del techo –replicó Pedro, alejándose con su compañero unos pasos del hornillo, pero deteniéndose antes de llegar a la primera curva de la galería, que torcía a la derecha.

            –¿Qué haces? –preguntó Martín.

            –Voy a prender la salchicha aquí mismo –respondió Pedro, señalando la mecha con la antorcha–. Corra, mi sargento.

            Martín miró al fondo del ramal, donde el hornillo había quedado nuevamente envuelto en la penumbra, y luego volvió la mirada hacia el extremo contrario, el lugar por donde la galería giraba bruscamente hacia la derecha. De nuevo miró a Pedro, encontrándole ya agachado, prendiendo efectivamente la salchicha. Entonces echó a correr, casi a oscuras, varios pasos por delante de Pedro.

            Les dio tiempo a girar las dos curvas en forma de zigzag y llegar hasta el montón de sacos de arena que servían para taponar la galería, pero solo el sargento pudo saltar por encima de ellos. Se oyó la voladura del hornillo y la tierra sufrió una tremenda sacudida. Parte del techo que se hallaba sobre los sacos se derrumbó, golpeando a Martín y sepultando a Pedro. Una vez acabaron los efectos de la voladura, varios soldados españoles acudieron a desescombrar la galería, avisados por el aturdido sargento. Apartaron los sacos y palearon la tierra, hasta que consiguieron desenterrar a Pedro, que estaba gravemente herido.

            Pedro Expósito fue trasladado rápidamente al hospital –que estaba acabándose de construir cuando comenzó el sitio y que ahora semejaba estar en ruinas, a causa de los proyectiles que habían impactado en su techo y fachada occidental–, pero cuando el cirujano se acercó a su camilla para examinarle, lo encontró ya muerto. Fue enterrado en la capilla de las Ánimas, construida unos años antes, en la nave izquierda de la iglesia, sobre unos terrenos conocidos como Patio de la Tahona y que ya servían como cementerio.

Said

 

            Said ben Hakim El Alamin había participado en varias acciones contra los fuertes exteriores españoles, pero no fue hasta el viernes 30 del mes du al-Hiyya del año 1188 de la hégira que recibió la felicitación de muley Maimón.

            Durante algunas noches había intervenido en los asaltos a los huertos españoles, impulsado más por el hambre que por el deseo de victoria. Hacía semanas que escaseaban los víveres y los pocos que había se vendían al mejor postor, alcanzando por ejemplo ocho blanquillos el precio de una gallina. De ahí que por las noches los soldados marroquíes saltaran los muros de piedra del cuarto recinto con escalas o utilizando, después de arrancarlas, las mismas tablas con clavos –conocidas como mantas– que los españoles colocaban allí para impedirles el paso. Cargaban sacos con todo cuanto encontraban en los huertos y huían a continuación corriendo y, casi siempre, bajo el fuego de los soldados españoles que montaban guardia en la torres y fuertes próximos. El lunes 19 de du al-Hiyya fue felicitado por primera vez por sus superiores, tras arriesgar la vida, junto con cientos de sus compañeros, en el aprovechamiento de las embarcaciones españolas que habían embarrancado en la playa próxima a Melilla por culpa de un fuerte temporal de levante. Con la clavazón, las tablas, los cables y los fajines que transportaron, habían reforzado las trincheras. Said se distinguió porque consiguió conservar casi intacta una de las lanchas españolas, pese al intenso bombardeo de los cañones enemigos. Con gran esfuerzo y riesgo por su parte, Said y un puñado de rifeños lograron poner la lancha fuera del alcance de las baterías españolas, al otro lado del río, muy cerca ya del campamento oriental marroquí. Y, tres días más tarde, Said fue uno de los cuatro voluntarios que formaron parte de una arriesgada misión nocturna: Casi a medianoche, aprovechando que la luna estaba cubierta por una espesa capa de nubes, nadaron hasta el extremo de la playa más cercano a la puerta de Melilla, donde había quedado varada una falúa, vigilada por un piquete de soldados españoles. Salieron del mar y se arrastraron por la arena en silencio, armados con hachas y gumías. Atacaron por sorpresa al cabo y a los cuatro soldados que formaban el piquete, y que se hallaban alrededor de una fogata. Mataron en seguida a dos; pero los otros se repusieron rápidamente y se defendieron con bravura. Uno de ellos disparó su fusil contra Said, pero la bala tan sólo le rozó la cadera derecha. No hubo ya más disparos. La brutal lucha fue cuerpo a cuerpo, donde las bayonetas sirvieron más que los fusiles y el intercambio de golpes y cuchilladas resultó crucial. En un momento determinado, Said saltó al interior de la embarcación, encontrándose frente a un montón de fajinas secas. Sabedor de que resultaba imposible hacerse con la falúa, saltó de ella para coger uno de los leños que estaban quemándose en la fogata y con él prendió acto seguido el montón de fajinas que había en la embarcación. «¡Retirada! ¡La barca está ardiendo!», gritó Said en amazige. Dos de sus compañeros eran rifeños y emprendieron la huida de inmediato, como Said, pero el tercero era natural de Marrakech y, al no entenderle, tardó más en reaccionar. Una tardanza mortal por cuanto cayó de bruces en la arena, con la punta de una bayoneta clavada en su espalda. Mientras la falúa era pasto de las llamas, Said y sus dos compañeros corrieron al mar y, buceando primero, nadando después sobre las altas olas, regresaron a la desembocadura del río. Los tres fueron ascendidos a cabo como recompensa.

cerro san lorenzoCerro de San Lorenzo

            Pero el mejor premio lo recibió Said el 30 de du al-Hiyya, en el campamento marroquí más septentrional, cercano a la colina que los españoles conocían como de la Puntilla. Le hubiera gustado que fuera el emperador Sidi Muhammad ibn Abdallah quien presidiera el acto, pero se hallaba enfermo desde hacía días, dentro de su enorme jaima de damasco carmesí y cubierta con galones de oro, que Said había visto en el centro del campamento situado en el lado opuesto del campo de batalla, más allá del río y junto al cerro que los españoles llamaban de San Lorenzo. De modo que Said hubo de conformarse con recibir su premio de manos del segundo hijo del sultán, muley Maimón, gobernador de Meknes.

            La noche anterior, todas las baterías marroquíes incrementaron y prolongaron su bombardeo sobre Melilla. Se trataba de una maniobra de distracción, pues, aprovechando que los buques de la Armada española habían ido a protegerse del fuerte temporal a las islas Chafarinas –quedando fondeadas en la bahía tan solo dos embarcaciones de transporte–, un grupo de ocho soldados rifeños, encabezados por el cabo Said ben Hakim y a bordo de la lancha que habían capturado días atrás, se acercaron en silencio a las dos embarcaciones españolas. Debido a la oscuridad y por tratarse de una lancha española, los retenes que cuidaban las embarcaciones –el grueso de los marineros estaba en tierra– confundieron a los tripulantes con compañeros suyos. Armados con pistolas, hachas y sables, los ocho rifeños aprovecharon tal confusión para abordar las naves sin hallar resistencia. Sorprendidos, los siete marineros y tres grumetes que estaban a bordo se rindieron en seguida.

            Aquellos diez prisioneros españoles estaban también al día siguiente en el campamento marroquí, con las manos atadas y detrás de los ocho rifeños que los habían apresado, junto con sus dos embarcaciones. Delante de su jaima –de color verde y algo más pequeña que la de su padre–, rodeado de generales, muley Maimón felicitó a Said y a sus compañeros en daría, el dialecto árabe marroquí, alabando la valentía con que habían cumplido la importante y peligrosa misión que les había sido encomendada. Luego, le regaló a cada uno de ellos un presente. El de Said fue una gumía damasquina, de muy fino temple y hermosas aguas, con empuñadura adornada por varios rubíes y zafiros, que muley Maimón le entregó con zalama y asegurándole que había pertenecido a su bisabuelo, muley Ismael.

            ¡Cómo le hubiese gustado a Said que estuvieran presentes su hermana y sus sobrinos! Pero no fue así. No hubo tiempo para avisarles. Mientras recibía la felicitación de muley Maimón y sus generales, pensó emocionado no solo en Fátima y sus hijos, sino también en su madre, pese a que no recordaba su cara, y en su hermana Amina, de la que no recordaba nada, pero que, según se decía, debía estar allá dentro, en el interior de aquellas murallas tan fuertemente defendidas por los infieles. Pero en quien más pensó fue en Aixa, la dulce Aixa, una amiga de la infancia de la que estaba enamorado en secreto desde siempre.

            El secreto se debía a que Aixa fue prometida desde niña a un tebib de Nador, un médico de renombre y mucho mayor que ella, que ya tenía dos esposas. La guerra contra los irumien había retrasado la boda y Said abrigaba cierta esperanza. Aunque hacía años que no se veían a solas, cuando se encontraban en la calle y ambos se miraban, la sonrisa ambarina de Aixa, cuidadosamente sombreada con suak o corteza de nuez, parecía ofrecerle un hálito de esperanza.

            Quizás ahora, que se había convertido en un héroe… –pensó en tanto se alejaba de la jaima de muley Maimón, yendo orgulloso con sus compañeros por entre las jiam o tiendas del campamento, seguido de sus prisioneros y admirado por los soldados–. Quizás ahora tuviera una oportunidad…

            Deseando ir a Mezquita, para contarle a los suyos lo de la felicitación y el regalo que había recibido de manos del hijo del sultán, y sobre todo para ver a Aixa, pidió permiso a su oficial. Pero éste le dijo que debía esperar por cuanto tenían planeado para esa misma noche un ataque contra el fuerte más septentrional de los españoles, que éstos llamaban del Rosario.

            –Mañana te daré permiso para ir a tu casa durante un par de días.

            –¡Insh’Allah! –suspiró Said.

            Si Dios así lo quería, al día siguiente podría saciar su hambre con los tajines y cuscús de Fátima, saciar su sed con el sametz que su hermana también le tendría preparado, y saciar su ansia por ver a Aixa, a la que buscaría para declararle su amor y proponerle huir a algún lugar lejano, donde pudieran vivir juntos, pues daba por seguro que su padre se negaría a romper el compromiso nupcial con el tebib de Nador.

            Pero Dios no lo quiso. Said no volvió a su pueblo al día siguiente, sino dos semanas después –el mismo día que el sultán ordenó levantar el sitio– y en unas condiciones muy distintas de las que esperaba. Seguramente Dios dispuso castigarle por su impía pretensión de deshonrar a Aixa, pensó en su momento. Un castigo que comenzó aquella misma noche, cuando la vaga dificultad que, hasta entonces y desde hacía unas pocas semanas, había notado para ver con claridad de lejos, se agudizó sensiblemente.

            Aunque era de noche, en condiciones normales la claridad lunar le habría permitido advertir a tiempo la presencia de aquella bocamina –y lo que escondía– que los irumien habían abierto delante del fuerte que él y sus compañeros se disponían a atacar por sorpresa.

            Said iba a la vanguardia, ligeramente destacado por delante de sus compañeros, y vio cómo tres o cuatro españoles salieron de improviso corriendo hacia el fuerte desde detrás de un montón de tierra. Les disparó, pero en la oscuridad no pudo ver si le dio a alguno. Corrió entonces hacia el lugar donde estaban escondidos, creyendo que sería una trinchera improvisada y abandonada, seguido por varios de sus compañeros, que replicaron el fuego de fusilería que procedía del fuerte. Muy pronto el tiroteo se hizo tan intenso que los marroquíes detuvieron su avance, arrojándose al suelo. Said empero llegó hasta el montón de tierra, seguido de otros tres rifeños. Si hubiera tenido la vista bien, nada más saltar al otro lado del montón de tierra se habría percatado del inminente peligro. Pero tardó unos segundos en comprender que había caído en una trampa, que aquello no era una trinchera, sino una bocamina taponada, bajo la cual había enterrado un hornillo cargado de pólvora y cuya mecha habían prendido los irumien antes de huir. Unos segundos de retraso fatídicos que impidieron su salvación y la de sus compañeros. Gritó para avisarles al mismo tiempo que saltaba fuera del hoyo, pero la explosión del hornillo se produjo en ese preciso momento.

            Los tres rifeños que acompañaban a Said murieron en el acto y él quedó tan gravemente herido que, cuando sus compañeros le rescataron y le llevaron hasta el hospital de campaña –una jaima de grandes proporciones que había en el campamento central–, todos los que le vieron creyeron que moriría.

            Pero Said sobrevivió, aunque hubo de amputársele ambas piernas.

            Y así fue como Said ben Hakim El Alamin volvió a Mezquita de Sidi Auariach, cojo y con una extraña enfermedad que amenazaba con dejarle ciego lenta pero irremediablemente. A su hermana Fátima, que se encargó de su cuidado a partir de entonces, le entregó la gumía damasquina que le había regalado muley Maimón. Aixa se casó con el tebib de Nador antes del verano y, a partir de entonces, la vida de Said empezó a apagarse tan lenta pero inevitablemente como se apagaban sus ojos.

Juan

 

            El 16 de marzo de 1775 Mohammed III de Marruecos se alejó de Melilla, tras ordenar el final del asedio. Tres días más tarde, festividad de San José, no quedaba ningún soldado marroquí en las proximidades de la plaza española.

            Durante aquel sitio, que había durado cien días, habían caído sobre los cuatro recintos amurallados de Melilla 8.239 bombas y 3.129 balas rasas, habían muerto 117 españoles y fueron heridos 509. Por el lado marroquí los muertos rondaban los 1.400.

            Aquel día de San José la guarnición de Melilla estaba al completo, pues no cabía ni un militar más en la plaza: 2.209 soldados y 887 desterrados. Muchos de aquellos soldados, sanos o heridos, embarcaron pocos días después rumbo a la Península. Por el Estrecho se cruzaron con el bergantín que traía de vuelta a las mujeres y niños que habían partido hacia Málaga el 16 de diciembre anterior.

            El primero de los militares que regresó a la Península, nada más acabar el asedio, fue el teniente coronel Juan Roca, sargento mayor del regimiento de la Princesa. Lo hizo el mismo día 19 de marzo, a bordo del jabeque Andaluz. Tenía la misión de llevar hasta la Corte una carta firmada por el comandante general de Melilla, Juan Sherlock, dirigida al ministro de la Guerra, conde de Ricla. Juan Roca pidió –y obtuvo– de Sherlock autorización para que le acompañara una liberta con la que había prometido casarse: María de las Nieves.

Donde acaba el tiempo en PDF (capítulos publicados)
Puedes leer y/o descargar en formato PDF los capítulos publicados.

Artículos relacionados

Deja un comentario


         




Subir arriba