Melilla, 1909

Melilla, 1909

Melilla, 1909 | Julio – octubre | Capítulo 8 | jumada ath-thani – ramadan de 1327 de la hégira | Mohammed | A las ocho de la mañana del viernes 9 de julio de 1909, un grupo de rifeños atacó a los obreros españoles que trabajaban en la construcción de las vías del ferrocarril que uniría Melilla con las minas situadas en Beni Bu Ifrur. Seis de ellos cayeron muertos y uno herido.

            El general José Marina Vega, comandante militar de Melilla, una hora después del ataque salió de la plaza al frente de una buena parte de sus tropas. Sorprendidos ante la rápida reacción de los españoles, los cabileños rebeldes huyeron hasta la ladera del Yabel Sidi Hamed El Hadj, el monte que los españoles conocían con el nombre de Gurugú. En dos horas y media, las tropas españolas avanzaron diez kilómetros en territorio rifeño.

            Cuatro días después de que se produjeran estos trágicos acontecimientos, Mohammed Asmani, caíd del poblado de Mezquita –cercano a Melilla–, se presentó inesperadamente en el hospital militar de la plaza española para visitar a los oficiales y los soldados heridos. Las autoridades españolas consideraron aquella visita como un gesto espontáneo y sincero de amistad por parte del caíd vecino, mucho más conocido entre los melillenses por su apodo: El Gato.

            Mohammed había nacido en Mezquita en 1876 y era el primogénito de Hassan Asmani el Gato, un mercader que había fallecido en 1906. Tres años antes había muerto la primera de las tres esposas de Hassan, Fátima, quien le había dado, antes de sucumbir al mal que durante años la había estado consumiendo, tres hijos varones: Mohammed, Hussein, que había quedado ciego antes de cumplir los veinte años por una extraña enfermedad, y Faruk. De sus otras dos esposas, Hassan el Gato tuvo seis hijos más: un varón y cinco hembras.

            Hassan Asmani había sido un ferviente partidario de la convivencia pacífica con los españoles porque era beneficioso para su negocio. Como su padre antes, Hassan se dedicaba a la compra-venta de diferentes mercancías en la plaza española. Vendía productos propios y otros que adquiría previamente en los zocos de la cabila: gallinas, huevos, miel, cera virgen, pieles de vaca, de cabra y de carnero sin curtir, lana, verduras, frutas, pescado, patatas; y compraba tejido, azúcar, velas, café, té, ferretería, aceite, petróleo, jabón, confites, drogas, tabaco, que vendía luego en los zocos de las cabilas del interior, teniendo en ocasiones incluso trato con comerciantes de Fez, a los que hacía llegar algunos de estos productos.

Third day of raids in the gurugú mountain. Saharan immigrants are evicted from their camps by force by the Moroccan gendarmerie

Third day of raids in the gurugú mountain. Saharan immigrants are evicted from their camps by force by the Moroccan gendarmerie

            Tras la muerte de Hassan, la responsabilidad de mantener unida a la familia y de proseguir con el negocio familiar recayó en su primogénito, Mohammed, quien también había heredado su apodo: el Gato, y que, a sus treinta años, tenía a su vez su propia familia: dos esposas y cuatro hijos.

            Mohammed asumió, pues, el trato directo con los comerciantes melillenses, a quienes conocía desde hacía años por haber acompañado desde muy joven a su padre a la plaza española, teniendo amistad incluso con algunos de ellos.

            Y, como su padre, por el bien y la prosperidad de su negocio y familia, Mohammed el Gato era partidario de la convivencia pacífica entre rifeños y melillenses, razón por la cual lamentaba profundamente el enfrentamiento armado que se había producido entre las tropas españolas y una harca rebelde, tras la muerte de varios obreros del ferrocarril. Un enfrentamiento que esperaba no fuera a más, aunque en su fuero interno se temía lo peor.

 

            En junio de 1908 se había constituido la Compañía Española de Minas del Rif, cuyo proyecto era explotar los yacimientos de hierro que había en Uixan, una de las montañas del macizo de Beni Bu Ifrur, y transportar el mineral por medio de un ferrocarril hasta Melilla, donde embarcaría rumbo al mercado nacional español e internacional.

            Las más de dos mil trescientas hectáreas de terreno donde se hallaban aquellos yacimientos habían sido compradas a un personaje muy peculiar, conocido como El Rogui –el Pretendiente–, caudillo de las cabilas orientales del Rif y pretendiente al sultanato. Desde su cuartel general en la alcazaba de Zeluán –a unos veinticinco kilómetros de Melilla–, El Rogui se dejó querer por los españoles, quienes le necesitaban para que los rifeños permanecieran tranquilos y colaborasen con las obras de las minas y la construcción de la vía férrea.

            Pero aquellas concesiones de El Rogui hacia los intereses españoles y la penetración extranjera en tierra rifeña molestaron a muchos rifeños y generó un descontento creciente que se convirtió en rebelión armada en octubre de 1908, concluyendo con la huida de El Rogui del Rif en diciembre de aquel mismo año.

            Con la desaparición de El Rogui y la nula autoridad que el majzén –gobierno marroquí– tenía en la práctica en el Rif, fueron los caídes de las cabilas con los que el general Marina, por delegación del gobierno español, hubo de pactar el reinicio de las obras mineras y ferroviarias. Pero los jefes cabileños estaban desunidos y el tiempo pasaba sin que se alcanzara acuerdo alguno. Hasta que, presionado por la compañía minera y el gobierno francés, que también tenía intereses mineros en la zona, el general Marina autorizó la reanudación de dichas obras de manera unilateral. La respuesta de los cabileños rebeldes fue el ataque producido el 9 de julio de 1909.

            Mohammed el Gato, como caíd de Mezquita, había animado a sus vecinos para que trabajaran en las obras del ferrocarril y se había opuesto a las hostilidades contra los españoles, pero se había quedado en minoría. La mayor parte de los alfaquíes y caídes de las cabilas que había alrededor de Melilla decidieron atacar a los trabajadores de la vía férrea como advertencia a las autoridades españolas.

 

            Un día antes de que El Gato visitara a los soldados heridos en el hospital militar de Melilla, la harca rifeña había iniciado un duro ataque contra las posiciones españolas. Una ofensiva que arreció aún más en días sucesivos. La harca, según le contaban a Mohammed, no paraba de crecer gracias a los cientos de rifeños que venían de las cabilas vecinas, armados la mayoría con espadas y espingardas. Los combates se endurecieron hasta que el día 23 de julio se produjo la primera de las victorias rifeñas. Alrededor de un millar de españoles cayeron muertos o heridos aquel día, la mayoría en uno de los barrancos que hay en la falda del Gurugú, el del Lobo, por lo que aquel combate empezó a conocerse muy pronto como el del Barranco del Lobo.

            Aquella misma tarde, ya casi de noche, conmocionado por la debacle sufrida por sus tropas, el general Marina informó a sus superiores en Madrid de lo acaecido a través del telégrafo. Mohammed lo sabía porque esa misma tarde, junto con otros catorce rifeños con reconocido prestigio en sus respectivas cabilas, se había reunido durante una hora con el bajá español, a requerimiento de éste. Acompañado de otros generales, Marina les recibió con gran amabilidad. Después de tomar el té, les pidió que interpusieran su influencia personal para pacificar las cabilas.

            –¿Están ustedes dispuestos a protegernos? –preguntó Mohammed, anticipándose a los demás rifeños, la mayoría más viejos que él, pero que le reconocían como portavoz idóneo por su oratoria fácil y por ser quien mejor sabía expresarse en español.

            –Por supuesto –respondió el general Marina.

            –Lo digo porque, desde el momento en que nos opongamos abiertamente a las hostilidades, pidiendo a los nuestros que se mantengan al margen de la harca e intentando convencer a quienes ahora la apoyan para que dejen de hacerlo, es muy posible que los cabecillas rebeldes nos acusen de traidores y nos señalen como enemigos. Si es así, necesitaremos que nos den protección.

            –Les prometo que, si se diera el caso, si alguno de ustedes, o sus familias, son amenazados o atacados por los rebeldes, les protegeremos en sus respectivos aduares o los acogeremos aquí, en la plaza, provisionalmente y hasta que consigamos que se apacigüen los ánimos.

            –Si es así, haremos todo lo posible para lograr la pacificación del campo fronterizo –se comprometió El Gato, luego de consultar brevemente con sus compañeros.

            Pero, aunque lo intentaron, los esfuerzos de Mohammed y demás cabecillas cabileños resultaron infructuosos. Los combates no sólo continuaron, con la harca cada vez más numerosa y animada tras su victoria en el barranco del Lobo, sino que, además, tal como se temían quienes se reunieron con el bajá español, los rebeldes comenzaron a hostigar a las familias y posesiones de los rifeños que reclamaban la paz, insultándoles en las calles, apedreándoles, amenazándoles con ser quemados dentro de sus propias casas.

            Como consecuencia de ello, dos días antes de que acabara el mes de julio, Mohammed Asmani el Gato buscó refugio en Melilla –ocupando una casa que le cedieron en el Mantelete exterior– con sus esposas, hijos y dos de sus hermanos, Hussein y Faruk, pues el resto de la familia –las dos viudas de su padre y sus hermanastros– habían preferido quedarse en Mezquita, al no estar amenazados por los rebeldes.

            Así fue como El Gato, de moro amigo, pasó a convertirse en el principal confidente del bajá español y hasta en cabo de la Policía Indígena, una sección del ejército español que se organizó durante aquellos últimos días del mes de julio de 1909.

 

            Pocos días después del combate en el barranco del Lobo se había iniciado una tregua no pactada formalmente, pero que a ambos bandos les vino muy bien para descansar, reforzarse con nuevos combatientes y reorganizar sus posiciones. Se producían en estos días de agosto algunas escaramuzas y hostigamientos a los convoyes españoles que llevaban víveres y relevos a las posiciones más avanzadas, pero no volvió a haber ningún ataque rifeño de consideración. Por estas mismas fechas –primeros días de agosto– habían llegado a Melilla doce mil soldados más de refuerzo, alcanzando ya la cifra de veinticuatro mil los hombres que el general Marina tenía a sus órdenes.

            También uno de estos días arribó a Melilla una cantante española, llamada Guadalupe Molina, célebre en España, según le contaron a El Gato varios oficiales españoles, entusiasmados por aquella visita. «Es una mujer bellísima y canta esas letrillas de aire picante con tanta sensualidad y tan ligera de ropa, que provoca la pasión de cualquier hombre. La vi actuar el año pasado en Madrid, en el Salón de Actualidades, y te aseguro que estuve todo el tiempo como hipnotizado, envuelto en una especie de nube sicalíptica», le comentó con ojos brillantes un capitán de artillería. «Es una de esas hermosas señoritas que cantan cuplé de manera provocativa. Una auténtica diablesa con faldas», le explicó entre risas un teniente del batallón Disciplinario.

            Sin embargo, la primera vez que Mohammed Asmani vio a Guadalupe Molina no reconoció en ella ni un remoto aire de liviandad o provocación. Muy al contrario, la encontró tan discreta y recatada como cualquier mujer musulmana. Llevaba una cofia blanca y un delantal del mismo color, sobre un sencillo vestido negro. Claro que la vio en el hospital, donde la famosa cantante empezó a trabajar como enfermera al día siguiente de su llegada. No por esto Mohammed quedó decepcionado; lejos de ello, se sintió repentinamente cautivado por aquella mujer, pues en su rostro, blanco y limpio de maquillaje, descubrió unos rasgos tan bellos y familiares que le causaron una verdadera conmoción.

            Mohammed tenía catorce años cuando falleció su madre, víctima de una larga enfermedad que, según había oído susurrar, le nació en los pechos y le consumió todo el cuerpo. Cuando murió estaba muy delgada y llevaba meses acostada, sin fuerzas para levantarse; pero a él le gustaba recordarla tal como era unos años antes, cuando estaba sana y tenía un cuerpo rollizo, resplandeciente de salud. Entonces su madre era una mujer hermosa: tenía una melena negra, larga y sedosa que liberaba del pañuelo y dejaba suelta en cuanto entraba en casa; y unos ojos rasgados y negros que le miraban con una ternura infinita, bizqueando a veces uno de ellos cuando le miraba de frente; y una boca siempre risueña, con labios rellenitos de cariño, que se posaban en su frente y en sus mejillas con una dulzura sólo comparable a la que destilaba su voz cuando le susurraba al oído lo mucho que le quería; y una carita redonda, limpia de tatuajes porque su madre –la abuela Karima– la había enseñado a respetar pero no creer en las supersticiones ancestrales, al mismo tiempo que le desvelaba los secretos de las plantas saludables –plantas que a ella, desgraciadamente, no le ayudaron a sanar–; y unas cejas finas, bien definidas, sobre las cuales, en medio de la frente, tenía un lunar carmesí y enigmático, que brillaba fugaz y muy de vez en cuando, idéntico al que tenía la abuela Karima y la mamá de ésta, por lo que se trataba de una señal de su familia materna con la que nacían algunas mujeres, pues no todas las hermanas de su madre, ni las de la abuela Karima, lo tenían.

            Mohammed rememoró aquella imagen de su madre cuando vio a Guadalupe por primera vez en el hospital melillense. Ni siquiera se hablaron; sólo se cruzaron en el pasillo de una sala, en una de cuyas camas se hallaba herido uno de sus compañeros de la Policía Indígena. La vio acercarse unos pasos antes y sus miradas se encontraron brevemente. Pese a ello, los ojos de él tuvieron tiempo de observarla, de admirarla, de acariciarla.

            Aquella mujer, de la edad de su madre cuando empezó a enfermar, tenía la cara redonda y el cuerpo rollizo. También tenía unos labios rellenitos que titubearon antes de ofrecerle una reluciente sonrisa, al mismo tiempo que sus ojos deslumbraban los de él. Pero del mismo modo que su cabello, recogido en un moño bajo la cofia, se adivinaba del color del trigo, aquellos ojos eran mucho más claros que los de su madre, pues eran zarcos, del color del cielo despejado, si bien le pareció que uno de ellos –acaso el derecho– bizqueó ligeramente cuando le miró de frente. Y, lo que todavía era más sorprendente, ¿no era un lunar lo que tenía en mitad de la frente? Debido a la fugacidad del encuentro, no estaba seguro de si se trataba de un lunar artificial –de esos que algunas mujeres coquetas que se ganaban la vida satisfaciendo a los soldados se ponían en las mejillas o en la barbilla–, o tal vez era un tatuaje –algo raro en una cristiana–, o si era realmente un lunar natural y de un color parecido al de su madre, lo que sería una casualidad demasiado extraordinaria, portentosa, como para no tomarla por una señal del destino.

            Aquella mujer, aquella zarca –la que tiene los ojos azules, en árabe– parecía haber sido enviada a Melilla con una misión que iba más allá de su altruista labor como enfermera. Era como si Dios, a través del destino, la hubiese enviado para que se encontrara con él, con el hijo de Fátima y nieto de Karima.

            Mohammed había oído decir varias veces a las ancianas de su aduar aquello de que las mujeres suelen buscar a sus padres en sus maridos, de la misma forma que los hombres suelen enamorarse de las mujeres que les recuerdan a sus madres. Hasta entonces nunca había pensado en ello, pues consideraba tales comentarios simples especulaciones de viejas, pero ahora ya no estaba tan seguro.

           Mohammed no era tan religioso ni tan ingenuo como para creer que ese encuentro suyo con aquella mujer tuviera algo que ver con los deseos divinos, ni que ella estuviera destinada a ser su esposa por el simple hecho de que se pareciese, en algunos rasgos, a su madre. Pero lo que resultaba incuestionable, según pensó durante el resto de aquel día y los siguientes, era que se sentía tremendamente atraído por aquella zarca de sonrisa dulce, cuerpo medanoso y lunar misterioso.

            Y aquella sensación de atracción se vio refrendada dos días más tarde, cuando volvió a ver a Guadalupe en la residencia del general Marina. Él había acudido para informar al general de las últimas noticias que había recibido sobre la harca, y ella era una de las personas que habían sido invitadas a cenar. Fue un encuentro igualmente breve, ya que, antes de reunirse con él en privado y en su despacho, el bajá español le presentó a sus invitados: otros dos generales y sus esposas, varios nobles venidos de España –duques y marqueses– y Guadalupe.

            –La señorita Guadalupe Molina es una de nuestras más célebres artistas –dijo el general, al mismo tiempo que Mohammed comprobaba, embelesado, cómo el ojo derecho de ella bizqueaba ligeramente hacia la nariz mientras le miraba, y el lunar que tenía en la frente era, en efecto, auténtico y de color carmesí, idéntico al de su madre–. Mohammed Asmani, al que todos conocemos mejor por su apodo de El Gato, es un gran amigo de España y uno de nuestros mejores soldados, además de ser nuestros ojos y oídos en los alrededores de Melilla.

            –¡Oh, un espía! –exclamó asombrada una mujer cincuentona y gruesa, rebozada con un lujoso vestido blanco, que en seguida fue amonestada en silencio y con la mirada por el hombre que estaba a su lado, enfundado en un vistosísimo uniforme militar.

            –¡El famoso El Gato! –dijo otra dama, aún más vieja que la anterior pero adornada con collares y pulseras más grandes y caras–. Ha de saber que se está convirtiendo usted en todo un personaje en España. Casi tan famoso ya como aquí nuestro amigo, el general Marina.

            –No creo que sea para tanto… –dijo Mohammed, avergonzado al sentirse observado por aquella gente tan elegante. De haberlo sabido, pensó, se habría cambiado la sencilla chilaba que llevaba puesta por uno de sus mejores caftanes.

            –Debería invitarle, general, para que nos amenice la velada contándonos sus aventuras. Sería muy interesante escucharle –sugirió Guadalupe mirando ora a Mohammed ora al general, con una amplia sonrisa.

            –En otra ocasión. Ahora, si nos disculpan, hemos de despachar en privado y durante unos pocos minutos un asunto urgente –dijo el general un instante antes de señalar con la cabeza al rifeño la salida del salón. Éste siguió los pasos de Marina tras despedirse de los presentes y dedicar una sugerente mirada a Guadalupe, al tiempo que le decía:

            –Me encantaría poder contarle con detalle todo cuanto usted desee saber sobre mí.

            En días sucesivos Mohammed averiguó que, en tanto los nobles que habían venido de España se hallaban hospedados en casas del primer recinto amurallado de Melilla, Guadalupe Molina ocupaba una habitación en casa de doña Camila, la viuda de Melul, una hebrea que vivía en el barrio del Polígono, a extramuros de la ciudad. Y tal noticia le alegró.

            A través de Ibrahim, un rifeño de dieciséis años que vivía en la Alcazaba, espabilado y ambicioso, que sabía leer y escribir español y que trabajaba en el hospital limpiando y ayudando en la cocina, El Gato hizo llegar a Guadalupe Molina varios billetes acompañados de sendos regalos –alhajas, pasteles, flores–, en los que le pedía mantener una reunión a solas con ella, «para satisfacer su curiosidad contándole todo cuanto usted desee saber». Pero ella no contestaba a sus notas, para desesperación de Mohammed, hasta que por fin, al cabo de una semana, Ibrahim le devolvió su último billete, en el que le proponía cenar juntos en un apartado del Restaurante de Asia, con una hora apuntada en el reverso: «Nueve»; y un ruego: «Discreción, por favor».

            Así fue como aquella noche del 18 de agosto, Guadalupe y El Gato se reunieron en secreto en un comedor muy pequeño y reservado que había en el piso superior del Restaurante de Asia, al que se accedía por una puerta trasera y por una escalera de uso privado.

            Quince años atrás, en 1894, José Torres Pubill, un catalán que llevaba quince años afincado en Argelia, vino a Melilla con intención de participar en la luego conocida como Guerra de Margallo, pero llegó cuando ya había terminado. Montó entonces una cantina en el campamento del regimiento de Asia, donde sirvió comidas sanas y bien hechas, haciéndose en seguida muy conocido y querido por ofrecer, gratis, vasos de té y tazas de caldo de gallina a los soldados enfermos. Poco después levantó en la entrada del barrio del Polígono un edificio que llamó Restaurante de Asia, que se hizo muy popular entre los civiles y militares de Melilla. Amigo de El Gato desde hacía años, no mostró Torres ningún reparo en preparar una cena secreta aquella noche en su reservado del primer piso. Una cena para dos y muy especial, por cuanto uno de los comensales sería la célebre cupletista Guadalupe Molina.

            Eran casi las once de la noche cuando Guadalupe entró en casa de la viuda Melul, situada cerca del Restaurante de Asia. Mohammed le había acompañado hasta la esquina más próxima y luego había ido hasta la entrada del edificio que había aledaño. En la planta baja de aquel edificio estaba, cerrada, la tienda de David Charbit, y, en el piso de arriba, la vivienda de este judío, viejo amigo de los Gato.

            Pasada la medianoche, Mohammed el Gato saltó de la azotea de la casa de Charbit a la de la casa de doña Camila, viuda de Melul. Lo hizo con la agilidad y el sigilo de un felino. Sabía que doña Camila vivía sola desde que enviudara, pues sus dos hijas estaban casadas y vivían con sus respectivas familias en sus casas, situadas ambas en el barrio del Mantelete. Y por lo que le había contado Guadalupe durante la cena, sabía que ésta ocupaba una habitación de la casa a la que podía accederse por una puerta que había en el patio interior.

barrio mantelete de melilla en curiosidario

            A oscuras, pues la luna creciente se hallaba escondida tras una nube, El Gato bajó en silencio por las escaleras que unían el patio con la azotea y, a continuación, de puntillas, se acercó a una de las tres puertas por las que se entraba al interior de la vivienda: la que estaba más cercana a la escalera, con cristales y visillos corridos por dentro. Con suavidad, con el sigilo de un gato, arañó uno de los cristales. Hubo de repetirlo varias veces, observando nervioso las otras dos puertas cerradas, antes de que por fin Guadalupe, vestida con una fina túnica de zarzahán y con listas verdes y amarillas, descorriera los visillos para mirar afuera y, acto seguido, abriera la puerta del paraíso.

            Mohammed experimentó aquella noche sensaciones que jamás había soñado siquiera que pudiera sentir un ser humano. Sensaciones tan maravillosas que le dejaron completamente extasiado y en un estado de felicidad tal, que dudaba pudieran ser superadas por los placeres que proporcionaban las huríes a los fieles en el paraíso. Aquella mujer de cuerpo medanoso, lleno de curvas tan tiernas y firmes como las dunas del desierto, aquella artista que le susurraba al oído lo que cantan las estrellas al mismo tiempo que cimbreaba su cuerpo con la agilidad de una culebra, le hizo percibir varias veces a Mohammed durante esa noche emociones que nunca había sentido al lado de ninguna de sus esposas. Intuía en ello el hechizo pecaminoso del diablo, pero en ningún momento pensó siquiera en rebelarse, en intentar huir de aquel lugar. Muy al contrario, su voluntad y su conciencia se aliaron y complacieron en un mismo deseo: disfrutar plenamente de aquella vivencia. Tal vez aquella mujer, claramente avezada en los placeres de la carne, fuera una dulce y perniciosa herramienta del diablo que le arrastraba con placeres y tentaciones hacia el infierno, pero todo él –su alma y su cuerpo– estaba dispuesto a acarrear con tales consecuencias, mientras pudiera gozar de su compañía.

            Una compañía de la que gozó, efectivamente, durante muchas otras noches a lo largo de aquel mes de agosto. Entraba ya de noche en casa de su amigo Charbit y, desde la azotea, saltaba a la casa de la viuda Melul, donde le esperaba Guadalupe en su habitación, según lo acordado previamente a través de Ibrahim. Luego, antes del amanecer, salía de aquella casa con igual sigilo.

 

            Durante el día, Mohammed el Gato cumplía con su cometido como esposo, padre y soldado; mientras que por las noches –no todas, desgraciadamente– se olvidaba de todo: guerra, familia, insultos, para disfrutar de la dulce compañía de su Zarca, tal como le gustaba llamar, cariñosamente, a Guadalupe.

El «Gato» saca las uñas

     El confidente apodado el «Gato» que tan buenos servicios presta á nuestro ejército, iba á bordo del «Princesa de Asturias» señalando al comandante del buque los lugares hacia donde debían enfocar las baterías.

     Los cañonazos fueron muy certeros sembrando el pánico entre la morisma que vio prontamente derruidos sus aduares…

contaban muchos periódicos españoles aquel día 18 de agosto, siguiendo la crónica enviada por uno de los corresponsales de prensa que había en Melilla.

            Dos días más tarde, los corresponsales enviaron a sus respectivas agencias y redacciones crónicas sobre las vicisitudes que había sufrido El Gato al haber sido tiroteado por los rebeldes rifeños, «cuando salió a proteger á unas rifeñas adictas que se trasladaban á Melilla». En realidad estas rifeñas adictas eran las esposas de Mohammed, que habían ido a Mezquita, junto con otras musulmanas refugiadas en Melilla, para comprobar el estado de sus casas y recoger algunos enseres, animales y retama. Descubiertas por algunos rifeños rebeldes, las hostilizaron mientras regresaban corriendo a la plaza, pero se encontraron con El Gato y otros rifeños amigos de España que fueron a socorrerlas en cuanto tuvieron aviso de lo que estaba sucediendo. Todos salieron ilesos de aquel incidente, pese al intenso tiroteo que intercambiaron ambos bandos.

            El Gato apresaba rifeños rebeldes, identificaba sus cadáveres, indicaba a la artillería española los lugares donde se escondía la harca, y todo ello naturalmente incitaba el odio de sus paisanos y enemigos. Le consideraban un traidor y no desaprovechaban ninguna oportunidad para hacérselo saber, insultándole. Así se contaba en esta noticia de agencia aparecida en muchos periódicos españoles el 12 de agosto:

Combate entre moros

     Melilla.- A primera hora de la mañana de ayer viose que un grupo de 40 moros disponíase á atacar las líneas más avanzadas de nuestras posiciones.

     El cuerpo de policía mora dependiente de España brindóse para combatir á los 40 riffeños y dispúsose á la lucha á las órdenes de su jefe que es un teniente de nuestro ejército, figurando en las fuerzas el Gato, que es cabo de dicha policía. Todos los del cuerpo llevaban un brazalete con los colores nacionales.

     Muy pronto se generalizó el combate, luchando con gran heroísmo los moros adictos, que lograron apoderarse de la casa del jefe rebelde El Chadly.

     El combate fue rudo.

     A los riffeños se les oía proferir insultos contra el Gato, á quien llamaban renegado.

     Un kabileño se le aproximó y apuntándole con su fusil le dijo: «Quiera Alá te alcance mi bala» y disparó contra el Gato.

     Este salió ileso y continuó heroico en la lucha.

     Los kabileños se dieron á la fuga.

     La casa de El Chadly fue destruida.

     Una sección de infantería auxilió en el combate á los de la policía.

     También intervino una batería que disparó algunas granadas.

     Milagrosamente todos los combatientes nuestros resultaron ilesos.

            Pero Mohammed no se dejó impresionar por el odio que hacia él sentían muchos de sus paisanos y mantuvo su compromiso de lealtad con el general Marina y, por ende, con España. Aun cuando ello le supusiera verse obligado a denunciar a alguien tan cercano a él como su propio hermano Faruk.

            Éste era miembro de la Policía Indígena y Mohammed le arrestó a primeros de agosto, tras comprobar que incitaba a sus compañeros a la rebelión, pretendiendo pasarse al bando enemigo.

            Faruk era cuatro años más joven que Mohammed y nunca había sido muy espabilado. Apenas si sabía leer, a pesar de que su padre le había obligado a ir al colegio hasta los quince años, tal como hizo con Mohammed y Hussein. Desmañado en el manejo de las herramientas, confundía a menudo conceptos contrapuestos: arriba y abajo, izquierda y derecha, claro y oscuro, empujar y tirar…, lo que le había conferido cierta fama de torpe y hasta de peligroso, pues ante tanta dificultad y rechazo fue volviéndose cada vez más violento. Pese a todo, como hermano mayor y responsable suyo, Mohammed le ofreció un puesto en la Policía Indígena, que Faruk aceptó sin entusiasmo. Pero, conforme avanzaba la guerra, Faruk empezó a tener dudas sobre lo acertado de luchar contra sus paisanos rebeldes, hasta que por fin llegó a la conclusión de que se encontraba en el bando equivocado. El resultado fue su arresto por orden de su propio hermano mayor y su ingreso en uno de los calabozos que había en el subsuelo del segundo recinto, muy cerca de la ensenada de los Galápagos.

 

            De todos estos problemas se olvidaba Mohammed durante las noches que disfrutaba de la compañía de su Zarca. Junto a ella no había guerra ni odio ni temores. Sólo había placer y comprensión. Pues incluso los celos que dijo Guadalupe sentir –teatralmente mohína– a causa de la admiración que El Gato despertaba en las mujeres cristianas, se trocaban en risas y mimos con la simple intercesión de una caricia.

            –Me han contado que hace unos días recibiste una carta de unas admiradoras madrileñas. ¿Vas a contestarles? –inquirió Guadalupe, simulando contrariedad. Ambos estaban en el lecho, desnudos y sudando, después de haber hecho el amor. Una ligera brisa entraba por la ventana enrejada que daba a la calle, provocando una voluptuosa danza de visillos. No tenían miedo a ser descubiertos porque estaban a oscuras y porque, a pesar del ardor con que se amaban, procuraban no hacer ruido, lo que, además, acrecentaba aún más su pasión.

            ¿Cómo podía haberse enterado ella?, se preguntó Mohammed en tanto rememoraba la última reunión que mantuvo con el general Marina, dos días antes. Nada más entrar en el despacho del general, éste le dio un sobre que tenía preparado encima de su mesa.

            Mohammed leyó sin dificultad lo que ponía en español en el sobre: «General en jefe. Para entregar al confidente “El Gato”»; pero le resultó imposible entender lo que decía la carta que había en el interior del sobre, y que extrajo después de abrir éste.

            –Léamela, mi general, hágame el favor –pidió entregándole la carta.

            José Marina –cincuentón, grueso, barba blanca y corta, gafas– tomó la carta y la leyó en voz alta:

            –«Moro Gato: Tres cristianas que hemos visto tu retrato publicado por los periódicos, al contemplar tu esbelta figura, no hemos podido ocultar nuestra simpatía por ti.» –Antes de seguir, el general echó una veloz mirada a Mohammed, cuya sorpresa se reflejaba en sus párpados y labios muy abiertos–. «Querido Gato, te pedimos que tus confidencias al general Marina sean exactas, y te rogamos que nos mandes un retrato, debiendo entregárselo al fotógrafo de Actualidades. Si quieres contestarnos, dale la carta al director de El Imparcial para que la publique. Tus admiradoras». Debajo están las rúbricas –dijo el general, reprimiendo la risa, al mismo tiempo que le devolvía la carta.

            Ruborizado, Mohammed recogió la carta y volvió a meterla en el sobre.

            –Habrá que contestarles –propuso el general, conteniendo apenas la risa–. Un héroe tan galante como El Gato no puede dejar de responder. Sería una descortesía imperdonable.

            –Fue una broma –le dijo Mohammed a Guadalupe.

            –¿Una broma? No me parece tal cosa –refunfuñó ella, dándole la espalda–. ¿Les has contestado ya?

            ¿Cómo se había enterado Guadalupe? ¿Se lo habría dicho el general? Tal vez, aunque le costaba creer que Marina fuese contando anécdotas como aquella.

            –Te lo digo si me cuentas cómo te has enterado –propuso Mohammed intrigado, al mismo tiempo que se volvía hacia Guadalupe, apretando su cuerpo al de ella.

            –Primero respóndeme: ¿Les has contestado ya? –insistió Guadalupe, separándose de él.

            –Hoy mismo le he dado la carta al general Marina, para que se la envíe al director del periódico. La ha escrito un traductor oficial amigo mío, Mohammed ben Abd el-Krim –dijo él, arrimándose de nuevo a ella. Sus cuerpos sudorosos se estremecieron cuando volvieron a entrar en contacto, apretados el uno contra el otro. Mohammed empezó a acariciar con sus dedos y labios el cuello de Guadalupe, al tiempo que murmuraba–: Ahora te toca a ti. ¿Cómo has sabido lo de la carta?

            –¿Y qué les has dicho? –preguntó ella, fingiendo aún estar enfadada, pero con todo el vello de su cuerpo erizado.

            –Que, sin conocerlas, sólo por ser hijas de Madrid, supongo que serán tres joyas. Que tan pronto como termine la campaña, iré a conocerlas, pero que no llevaré amigos… –dijo Mohammed sin dejar de besar el cuello y el lóbulo de su oreja, acariciando su brazo, sus pechos, su vientre…–. Pero no debes estar celosa, zarca mía, porque si ellas son tres joyas, tú eres la corona de Madrid. Porque tú eres madrileña, ¿verdad?

            Guadalupe se fue dando la vuelta poco a poco, tiritando de deseo, y después de besarle largamente en los labios, le dijo:

            –Llevo aquí sólo unas pocas semanas y ya he comprendido que en este sitio, por lo chico que es, resulta muy difícil guardar los secretos. La carta de tus admiradoras es un secreto a voces, tontorrón, porque ha salido en muchos periódicos. Seguro que hasta tus esposas se han enterado, aunque no te hayan dicho nada. –Rió mientras se abrazaba a él, respondiendo a sus besos y caricias, hasta que, inesperada y bruscamente, dejó de hacerlo para mirarle muy seria y fijamente a los ojos–. Por eso debemos tener mucho cuidado. Nadie, además de tu amigo judío, debe enterarse de lo nuestro.

            –Si quisieras casarte conmigo, no tendríamos que escondernos –dijo él, abrazándola aún más fuerte.

            Guadalupe sonrió, entre halagada y contrariada.

            –Ya te he dicho que eso no es posible. Yo no podría quedarme a vivir aquí. Mi vida está en Madrid, en París, en América… Pero no tienes por qué ponerte triste, gatito mío. Tú y yo siempre nos tendremos el uno al otro. Vendrás a verme y… Pero no hablemos ahora de despedidas. No quiero pensar en eso. Ahora sólo quiero aprovechar que estamos juntos, que estamos solos…, que nos queremos… Bésame, cariño. Bésame y abrázame con todas tus fuerzas. Como si me fuera a ir mañana…

            Los temores de Guadalupe se cumplieron cuando, el 8 de septiembre, Mohammed fue llamado al despacho oficial del bajá español. Creyendo que se trataba de otra reunión para tratar sobre el estado de la harca, pues era bien sabido que el general Marina estaba planeando una ofensiva definitiva, Mohammed se hallaba confiado, hasta que vio la expresión inusualmente adusta del militar, que no le recibió con su habitual afabilidad.

            –La señorita Molina ha ampliado su compromiso inicial, que se limitaba al mes de agosto, pues ha decidido quedarse un mes más entre nosotros. Para su mayor comodidad se le ha ofrecido, y ha aceptado, hospedarse en una habitación de la casa parroquial, en el primer recinto.

            Marina calló y apartó la mirada de Mohammed. Estaba sentado en su butaca, detrás de su escritorio, pero no le había ofrecido asiento, como había hecho siempre hasta entonces. En consecuencia, Mohammed hubo de mantenerse de pie, en posición de firme, comprendiendo la razón del enfado del bajá español. ¿Debía hacerse el confundido, preguntándole por qué le contaba todo aquello de Guadalupe? No, se respondió en seguida; sería muy contraproducente, pues con seguridad enfurecería todavía más al general. Así que permaneció callado.

            –Puede retirarse.

            Mohammed tardó en reaccionar unos segundos. Parpadeó, miró al general, que aparentemente se había desentendido de él, pues parecía leer unos documentos que tenía en las manos, y por fin se dio media vuelta, después de decir:

            –A sus órdenes, mi general.

            El mundo no se acabó aquel día, pero para Mohammed dejó de ser alegre. Volvió a ver a Guadalupe varias veces, brevemente, en el hospital o cerca del cuartel general, siempre en público, mirándose de lejos, lo que agudizó aún más la tristeza de Mohammed. Había perdido a su Zarca. Sólo pudo acercarse a ella y hablarle la víspera de su regreso a Madrid; y fue en el despacho del general Marina y en su presencia. Guadalupe le había pedido que le permitiera despedirse de él, y el general había aceptado, con la condición de que no lo hicieran a solas.

            Mohammed, que esperaba aquel momento desde el día anterior, le entregó a Guadalupe el objeto de mayor valor que poseía: una gumía damasquina, con la empuñadura adornada con rubíes y zafiros, que había pertenecido a la familia de su madre desde hacía mucho tiempo, pues se decía que se la había regalado el sultán a un antepasado suyo que había luchado valientemente contra los infieles. Y ella, que no esperaba aquel regalo, improvisó un recuerdo garabateando una dedicatoria en el dorso de una tarjeta postal coloreada que sacó de su bolso. En el anverso había una fotografía de Guadalupe, bellísima, con un vestido muy escotado y plagado de lentejuelas, sonriendo con picardía.

 

Guadalupe 

            Cuando a Guadalupe Molina le propusieron ir a Melilla, hacía ya dos años que se encontraba en la cúspide de su carrera artística. En mayo de 1907 había triunfado en su debut como estrella del Salón Actualidades de Madrid, después de haber pasado, durante año y medio, por otros escenarios madrileños, como el Variedades y el Japonés. Tras el Actualidades estuvo en el Teatro Circo Price, viajando luego a París, Buenos Aires, México… Por todas partes su éxito sólo era comparable al furor que causaba entre el público masculino. Sus canciones, casi todas compuestas por Quinito Valverde, de tono picante, eran conocidas y tarareadas por cientos de miles de personas en España y América. Y su figura se había convertido en un mito erótico, acaparando los cartelones de las fachadas de los teatros y las tarjetas postales coloreadas a mano.

puerto de melilla en curiosidario

            A mediados de 1909 despuntaban nuevas estrellas del cuplé, como Consuelo Bello la Fornarina, madrileña hija de guardia civil y de lavandera, con un pasado turbio de prostitución, que en 1907, con veintitrés años, había triunfado en su estreno en el Kursaal Central con las Aventuras de don Procopio en París, de Cadenas Retana; o la cubana Consuelo Portela la Chelito; o la zaragozana Francisca Márquez López, Raquel Meller, quien había debutado el año anterior en Madrid y dos antes en Barcelona…; pero Guadalupe Molina era la indiscutible reina del cuplé, la más sofisticada de las cupletistas, pues «su coquetería raya lo sublime y su irresistible erotismo se detiene donde, en otras, empieza lo liviano», según se leía en periódicos y revistas. «Sólo habla español, pero con sus inmensos ojos azules, que saben todas las lenguas, se hace comprender por el público extranjero», había escrito un corresponsal del ABC en París; y un columnista de El Imparcial sentenció: «En ella además se da un milagro: Gusta á todos, á las mujeres y á los hombres, á grandes y á chicos, á las clases más encopetadas y á las clases populares, sin perder su enorme distinción. Eso sólo se consigue cuando se está ayudado por el Genio.»

 

            Guadalupe había nacido en Madrid en 1882. Su padre, José Francisco Molina, nació en la ciudad de México en 1850. Hijo de español y de francesa, José Francisco –alto, rubio, de ojos azules, enamorado del orden, de la bebida y del juego– había llegado a Madrid en 1875 envuelto en un halo de indiano rico, guapo y algo extravagante. Invirtió buena parte de su fortuna en la construcción. A la espera de que se aprobara definitivamente el proyecto para abrir una gran avenida que habría de atravesar el casco antiguo de Madrid, para unir, respectivamente, la Puerta del Sol con la Estación del Norte, y los barrios de Salamanca y Argüelles –que llegó a ser una de sus obsesiones–, invirtió en la construcción de edificios en la calle Serrano, más allá de las calles de María de Molina y de Alcalá, cerca de la plaza de Manuel Becerra, para lo cual se asoció con varios constructores, entre otros el viejo y ya arruinado marqués de Salamanca. Pero estas inversiones no fueron rentables, pues las viviendas que alojaban aquellos edificios tardaron mucho en venderse, los plazos hipotecarios se cumplieron y los bancos acabaron quedándose con el dinero y los edificios. A mayor abundamiento, su afición por el juego de naipes terminó por vaciar los bolsillos de José Francisco. Buscando desesperadamente una tabla de salvación que evitara su inminente naufragio económico, en el verano de 1878 se casó con Belén Montero, siete años más joven que él, quien se decía era hija ilegítima del mismísimo marqués de Salamanca. La había conocido unos meses antes y, desde que se enteró de su parentesco con el famoso noble, desplegó sus mejores artes de seducción para conquistarla. Guapo, joven –veintiocho años– y supuestamente rico, a José Francisco no le costó mucho lograr su objetivo, cautivando a Belén y a su madre, Nieves, antigua amante del marqués.

            Belén era en verdad hija ilegítima del marqués de Salamanca. Así se lo había reconocido a su hija Guadalupe cuando ésta cumplió dieciséis años. «Tu abuelo murió un año después de que tú nacieras. Pero no llegó a conocerte, como tampoco conoció a tus hermanos», le contó.

            José de Salamanca había fallecido, en efecto, el 21 de enero de 1883, en su palacio de Vista Alegre de Madrid, completamente arruinado y debiendo seis millones de reales. Durante los últimos diez años de su vida había sido diputado y senador, había abierto y cerrado numerosos negocios, había luchado por conseguir que su barrio madrileño creciera, pero su situación económica era cada vez más desesperada. En 1876 hubo de vender su querido palacio de Recoletos al Banco Hipotecario, trasladándose al antiguo palacio del duque de Uceda, en la vecina plaza de la Moneda; y, al año siguiente, se deshizo de gran parte de sus restantes propiedades en Francia y Portugal, vendiendo además sus participaciones en los ferrocarriles. Murió en 1881 en su palacete madrileño, de pulmonía y arruinado, a los setenta y un años de edad.

            Tras la muerte del marqués de Salamanca, Nieves Montero, su antigua amante, dejó de percibir la pensión vitalicia que aquél le había prometido –y mantenido– veintiséis años atrás.

            Desde la distancia, José de Salamanca había vigilado la vida de Belén, su hija ilegítima, quien había ido a buenos colegios y había crecido sin padecer ninguna carencia económica. Su boda con José Francisco Molina no fue bendecida ni repudiada por el marqués.

            Belén tuvo tres hijos: José Francisco, que murió de sarampión con cuatro años; Wenceslao, que quedó ciego en 1900, cuando tenía sólo diez años; y Guadalupe, nacida en 1882. Cuando ésta tenía un año, su abuela Nieves fue a vivir a la casa de su hija, pues había dejado de percibir la pensión vitalicia de su antiguo amante. Murió en 1890, con cincuenta y seis años, por culpa de un cáncer que le destrozó la carne y los huesos con una lentitud e implacabilidad terribles. Cinco años después, consumido por el alcohol y la desesperación de saberse completamente arruinado, José Francisco se suicidó disparándose un tiro en el corazón, dejando toda su ropa y documentos bien colocados, pues su embriaguez –crónica durante los últimos años– no había logrado vencer su obsesión por el orden.

            Y así fue como, en 1905, con veintitrés años, Guadalupe decidió buscarse la vida en los escenarios madrileños, cantando y bailando, como mejor medio para mantenerse a sí misma, a su madre y a su hermano ciego. Y lo logró.

            El 9 de julio de 1909 estalló la guerra en el Rif y dos días después fueron enviados a Melilla los primeros refuerzos militares por el gobierno español. La movilización de los reservistas originó las primeras protestas civiles, ya que la totalidad de ellos procedían de familias humildes, al poder librarse los ricos del servicio militar mediante compensaciones económicas. Estas protestas culminaron durante los últimos días de aquel mes de julio en la denominada Semana Trágica, cuando se produjeron numerosas huelgas y manifestaciones en contra de la guerra y de la movilización de reservistas, sobre todo en Cataluña, aunque también se verificaron graves disturbios, con muertos y detenciones, en otros puntos de España. Los ánimos agitados de quienes se oponían a la guerra se habían encrespado aún más tras las primeras derrotas que había sufrido el ejército español en las cercanías de Melilla. Las familias de los soldados destinados en África se desesperaban ante las noticias de muertos y heridos que empezaban a conocerse a pesar de la censura, mientras que los hijos de las familias más acomodadas seguían viviendo al margen de tales peligros, y el clima político y social se fue exasperando hasta alcanzar una conflictividad extrema.

            En un intento por aplacar los ánimos, la aristocracia española quiso dar ejemplo de patriotismo, anunciando la marcha a Melilla de numerosos marqueses, condes y duques.

            El primer aristócrata que llegó a Melilla fue el duque de Medina de Rioseco, el 2 de agosto, quien se había alistado como voluntario en el batallón de Chiclana. Su esposa, que había regalado un automóvil para el transporte de soldados heridos –acto generoso que imitaron muchos otros personajes de la aristocracia española–, arribó al puerto de Melilla cinco días después, para ofrecer sus servicios como enfermera en el hospital, acompañada por otras nobles y famosas damas, como la marquesa del Mérito y la célebre cupletista Guadalupe Molina.

            Por toda España se habían organizado Juntas de Damas, presididas por la reina, que se dedicaban a recoger donativos para las familias más necesitadas de los soldados que habían sido destinados a Melilla, especialmente para las de los muertos o heridos en la campaña militar, y se celebraron eventos benéficos con el mismo objetivo. Numerosas funciones teatrales, novilladas y corridas de toros se anunciaban casi a diario en la prensa «cuyos productos se destinarán á aliviar la situación de las familias de los reservistas». A petición de la duquesa de Medina de Rioseco, que decía ser admiradora de Guadalupe –aunque ella tenía dudas al respecto–, la famosa cupletista organizó una función suya en la madrileña Ciudad Lineal, a beneficio de los heridos de Melilla. Pero, lejos de darse por satisfecha, la duquesa la instó a que la acompañase hasta la plaza africana, para trabajar como enfermera en el hospital durante el mes de agosto. Guadalupe no supo negarse; y así fue como marchó a Melilla, canturreando a menudo y para sus adentros una coplilla que había empezado a hacerse muy popular por aquellos días –de letra muy distinta a los cuplés que ella solía cantar– y que se le había quedado grabada a fuego en la mente:

En el Barranco del Lobo

hay una fuente que mana

sangre de los españoles

que murieron por la patria.

¡Pobrecitas madres,

cuánto llorarán,

al ver que sus hijos

a la guerra van!

Ni me lavo ni me peino

ni me pongo la mantilla,

hasta que venga mi novio

de la guerra de Melilla…

            Cuando Guadalupe desembarcó en Melilla junto a sus nobles acompañantes, se vivía en esta ciudad y sus alrededores un período de relativa tranquilidad, gracias a una tregua que se había establecido de forma tácita. Fueron recibidas por el comandante en jefe de la plaza, el general José Marina –vestido con uniforme de campaña: guerrera abierta con corbata, pantalón breeche, correaje tipo inglés, polainas y gorra de plato–, quien les agradeció su «encomiable gesto de generosidad y patriotismo», ordenando a continuación a varios de sus subalternos que las acompañaran a las casas donde serían hospedadas. Todas las damas fueron alojadas en viviendas del primer recinto amurallado de la ciudad; excepto Guadalupe, que fue llevada a casa de una viuda hebrea que vivía en el barrio del Polígono, a extramuros.

            Doña Camila, que así se llamaba la viuda hebrea, era una anciana de cerca de setenta años que vivía sola en una casa grande, de cuatro habitaciones. Amable, algo sorda y calmosa, doña Camila tenía dos hijas, casadas y con hijos, que vivían en otro barrio de la ciudad.

            El hospital militar de Melilla había quedado colapsado tras los primeros combates, por lo que se habían habilitado otros lugares para acoger a los heridos, como el Casino y el Teatro. También en el campamento situado en el barrio del Hipódromo se había levantado un hospital que en seguida se llenó con trescientos sesenta heridos. Lo mismo sucedió con la pequeña clínica de la Maestranza en las islas Chafarinas, un pequeño archipiélago que había cerca de Melilla. Por consiguiente, muy pronto empezaron a ser trasladados los soldados heridos menos graves a Málaga y, desde allí, a otras poblaciones del sur de la Península.

            Guadalupe empezó a trabajar como enfermera en el hospital al día siguiente de su llegada. Unos días después, aprovechando una cena a la que fue invitada en la comandancia militar, junto a los duques de Medina de Rioseco, marquesa del Mérito y demás aristócratas, Guadalupe le propuso al general Marina organizar una función que sirviera para animar y distraer a la tropa, en la que ella sería la única artista. Pero el general declinó la oferta con una amable sonrisa, objetando que no era el mejor momento para distraer a los soldados, y menos con eventos tan subidos de tono como el que ella proponía. Y aunque Guadalupe repuso que podía rebajarse el tono de su actuación hasta niveles menos frívolos y más apropiados a la situación, Marina siguió rechazando tal idea; por lo que ella hubo de conformarse con su labor diaria en el hospital, como única manera de colaborar con el ejército.

            De esta manera pasaron sus primeros días de estancia en Melilla. Un lugar exótico pero aburrido, donde se mezclaban camellos con automóviles, por cuyo cielo sobrevolaban dos globos cautivos, desde donde los aeronautas españoles vigilaban los campos rifeños donde se suponía que estaba escondido el temible enemigo, aunque de éste sólo había visto las supuestas señales con que se comunicaban: luminosas almenaras prendidas en la falda y las cimas del monte que dominaba la ciudad: el Gurugú.

            Muy pronto empezó Guadalupe a echar de menos su Madrid natal. El Madrid de los cafés y los teatros, de los cinematógrafos y los toros, de los tranvías y los Ford, esos automóviles que empezaban a ponerse de moda. Y también muy pronto se cansó de vestir a diario aquella ropa tan sobria, añorando sus vestidos parisinos, escotados por arriba y cortos por abajo, que ni siquiera podía lucir cuando era invitada a alguna cena por las autoridades melillenses.

            El único momento que tuvo de auténtica distracción durante aquellos primeros días de estancia en Melilla fue aquella tarde de domingo en que se reunió, en una vieja taberna del primer recinto, con algunos de los corresponsales de prensa que se hallaban cubriendo la guerra; y aun este momento finalizó de manera harto desagradable.

            Guadalupe se vistió para la ocasión con un conjunto diseñado por Mariano Fortuny Madrazo, inspirado en la Grecia clásica: un chal Knossos en seda estampada sobre un vestido Delfos con plisado, de color rosa suave, que caía desde los hombros a los pies sin costuras. Asistieron a aquella reunión cerca de una decena de periodistas. La mayoría de ellos eran españoles, como la escritora Carmen Burgos Seguí –más conocida por su apodo: Colombine–, que representaba al periódico La Nación de Buenos Aires; si bien se encontraba también Giovanni Miceli, redactor de Il Secolo de Milán, que había sido cronista en la guerra ruso-japonesa. Todos ellos escribirían sobre ella en sus crónicas y muchos le pidieron que les concediera una entrevista. Fue una reunión agradable, durante la cual Guadalupe se olvidó incluso de que estaba en Melilla, hasta que apareció, inesperadamente, Diego Cumplido.

            En contra de lo que mucha gente pensaba, Guadalupe no había tenido muchos amantes. Los había tenido, desde luego, pero no eran tantos como los que le habían atribuido los chismorreos, publicados o no. Conocía, por ejemplo, a varios reyes y príncipes europeos, pero no había sido la amante de ninguno de ellos; conocía y era amiga de algunos de los toreros más célebres, como el Bombita y el Gallo, pero no había tenido ningún romance con ellos.

            Diego Cumplido, por el contrario, sí que era uno de sus antiguos amantes. No había sido el primero ni el mejor, pero sí que era, probablemente, el que más marcado había dejado su corazón.

            Todavía no era famosa cuando Guadalupe conoció a Diego, un mozalbete barbilampiño que acudía cada noche al teatro para verla, casi siempre colándose por la puerta de artistas o burlando a los acomodadores. No era guapo, pero tenía una carita de niño malo que la atraía, y una jovialidad y alegría de vivir que la cautivaban aún más. Diego era un amante de la vida bohemia por obligación, pues dependía de los escasos recursos que le enviaba su familia desde su pueblo sevillano. Tenía siempre el dinero justo para tomar al día un café y media tostada; y la mayor parte de las noches dormía en un banco durante el verano y debajo de un puente o envuelto en cartón durante el invierno. Pero los días se los pasaba de café en café, intentando intervenir en tertulias donde participaban famosos escritores y artistas, buscando un protector que comprara y publicara sus artículos, cuentos o poemas –que llevaba siempre encima, envueltos en una tela oscura que guardaba en uno de los bolsillos externos de su chaqueta raída– o un personaje influyente de la administración o la política que le ayudara a colocarse de funcionario. Sus cafés preferidos eran El Universal y el Café de Madrid, ambos en la calle Alcalá; el Nuevo Café de Levante, en la calle del Arenal; el Café de Iberia, en la Carrera de San Jerónimo; y la Horchatería Candela, en la calle Alcalá, donde solía acabar la ronda ya de madrugada, tomando su habitual café con tostada, casi siempre su única comida del día.

            Diego era muy pobre e ingenuo, pero estaba muy enamorado de ella, era persistente –todas las noches le hacía llegar un regalo a su camerino, aunque fuera un simple poema de amor– y cuando accedió por fin a sus deseos, Guadalupe descubrió que también era un apasionado y generoso amante. Porque Guadalupe salió con Diego algunas noches, cenando en la Taberna de los Pájaros o en el Café de Fornos, cuyo dueño era un antiguo sirviente del marqués de Salamanca, su abuelo, ya difunto. Los dos eran jóvenes y disfrutaron de su anonimato recorriendo las calles de Madrid por las noches, antes de refugiarse en algún hostal, céntrico y discreto, donde Diego le confiaba todos sus anhelos, antes y después de hacer el amor. Guadalupe no estaba enamorada de Diego, como él decía estarlo de ella. Le compadecía, la hacía reír, le gustaba, le quería…, pero no estaba enamorada. Y él lo acusó. Le pidió que se casara con él; y ella, sorprendida, se rió. Quizá fue por eso, quería pensar Guadalupe, por lo que, en un arrebato de rabia, de frustración, Diego le robó el dinero que llevaba en su bolso mientras ella estaba aseándose. No era mucho, pero Guadalupe se sintió muy decepcionada. Enfadada, quiso exigirle explicaciones, pero él no se las dio porque no volvió a verle. Desapareció al día siguiente de que rechazara su petición de matrimonio y de que la robara.

            Al cabo de dos años, siendo Guadalupe ya una célebre cupletista, leyó en El Liberal la historia de un preso de la cárcel de Ocaña que había ganado con un cuento un premio organizado por este periódico. El preso, que se llamaba Diego Cumplido, había sido detenido un año antes. Un agente de policía le tomó por anarquista al oírle gritar vivas a la República en mitad de una vía pública de Madrid. El policía quiso arrestarle, pero el muchacho sorprendió a todos empuñando un arma y disparando al aire. Fue detenido unos días más tarde. Según contaba El Liberal, se esperaba muy pronto su excarcelación, a tiempo para recibir su premio y su puesto de redactor en el propio periódico.

            Y ahora estaba allí, en Melilla, como corresponsal de El Liberal, mucho mejor vestido –traje de color crema y con pantalón de pinzas; corbata ancha y corta; bombín, polainas claras y bastón–, más gordo, pero sin su cara de niño malo, pues ahora lucía barba y bigote espesos.

            Al cabo de un rato, ya de noche y a solas, Diego se disculpó mientras caminaban ambos por la plaza de Armas, en el segundo recinto. Que si era un niño, que si le había dolido su rechazo… Aunque llegaban tarde, Guadalupe aceptó sus disculpas.

            –Pero yo te sigo queriendo y te agradecería que me dieras otra oportunidad. Ahora soy más maduro y…

            –No sigas, Diego. Nuestro tiempo ya ha pasado. Salvo del final, guardo un recuerdo precioso de nuestro…, nuestro romance. Pero no vamos a repetirlo…

            –Me sigues considerando un pobre desgraciado –le replicó él con tono amargo–. Ahora todavía más, supongo, que eres una artista tan afamada…

            –No es por eso…

            –Pero yo no soy el mismo, querida. Ahora tengo más conocimiento y más poder. De modo que no dejaré que me humilles por segunda vez. Ahora no me conformaré con robarte unos pocos reales…

            Y tras lanzar esta amenaza, se dio media vuelta y regresó al primer recinto.

            Preocupada, Guadalupe apenas si durmió aquella noche. Pero al día siguiente se olvidó por completo de Diego.

 

            Era media mañana y se encontraba en el hospital, cuando se cruzó con el famoso moro que llamaban El Gato. No era la primera vez que lo veía, puesto que unos días antes, yendo por la calle, le vio pasar junto a un séquito de cinco o seis moros más, que se dirigían al cuartel general. La comitiva producía sensación, pues muchos melillenses salían a la calle para verla pasar, al tiempo que el moro más alto y que la encabezaba saludaba afectuosamente con la mano, como si fuera un príncipe o un artista famoso. Muy poco tardó Guadalupe en averiguar que aquel moro era un caíd, una especie de juez, de un pueblo vecino llamado Mezquita, conocido por todo el mundo por su apodo de El Gato, y que era uno de los confidentes más apreciados por el general Marina.

            Aquella mañana en el hospital sus miradas se encontraron segundos antes de que se cruzaran en el corredor central de una sala. Fueron en efecto sólo unos pocos segundos; pero a Guadalupe le pareció que aquel momento había durado toda una vida. Una vida plena de sosiego y felicidad. Aquel hombre, de unos treinta y pocos años, de cuerpo esbelto –debía medir un metro ochenta– y cubierto por una chilaba parda, de zancada larga y segura –calzaba sandalias de cuero–, de manos grandes, rostro enjuto y tostado, nariz aguileña, barba cuidada, cabello negro y ondulado, se asomó a su alma a través de los ojos, pues los de él –negros y rasgados, brillantes y protegidos por pestañas tan largas y tupidas como pistilos de una orquídea negra– capturaron los de ella con una mirada tan intensa, que se detuvo el tiempo.

            Dos días después volvió a encontrarse con aquel hombre cuya mirada tanto la había trastornado. Esta vez fue en la residencia del general Marina, adonde ella había acudido para cenar en compañía del anfitrión, otros dos generales, las esposas de éstos, los duques de Medina de Rioseco, la marquesa del Mérito y el coronel Agulló, ayudante del rey. El Gato llegó de forma imprevista para despachar unos asuntos urgentes con el general Marina, y éste presentó el recién llegado a sus invitados. Por el modo como se comportaron las damas, visiblemente alteradas ante aquel moro tan agreste como fascinante, Guadalupe comprendió que no era sólo ella la que se sentía tan fuertemente atraída por él. Y que además, en efecto, era un personaje muy conocido tanto en Melilla como en la Península, gracias a los retratos suyos que se habían publicado en los periódicos y lo mucho que de él contaban los cronistas de guerra.

            Guadalupe no pudo evitar el coqueteo, aunque sin mayores pretensiones, puesto que era consciente de que aquel no era el lugar ni el momento más apropiados para iniciar una aventura amorosa.

            Sin embargo, estaba equivocada, ya que muy pronto empezaron a llegarle notas y regalos de El Gato, por medio de un morito que trabajaba en el hospital. Aunque deseaba reunirse a solas con aquel hombre, resistió la tentación durante unos días, hasta que la perseverancia de él y el aburrimiento al que se enfrentaba a diario ella, por fin la animaron a aceptar una cita. Cenaron en secreto en un restaurante cercano a la casa donde ella se hospedaba y, aún no habían llegado a los postres, cuando quedó convencida de que terminaría enamorándose de aquel hombre de voz cálida y mirada cariñosa.

            Aquella misma noche tuvieron su primer encuentro amoroso, en su propia habitación, adonde llegó él a escondidas y bien entrada la noche. Fue una experiencia tan maravillosa que repitieron tales encuentros durante muchas otras noches de aquel mes de agosto, en el mismo sitio y siempre en secreto. De noche, Mohammed entraba en casa de doña Camila por la azotea –la casa de al lado era de un amigo de él– y se colaba sigilosamente en su dormitorio.

            Guadalupe había tenido varios amantes, pero ninguno como Mohammed –tal como él prefería que le llamara–. Aunque casado con dos mujeres, realmente no parecía conocer muy bien el arte amatorio; sin embargo, su pasión y generosidad eran tan grandes, que muy pronto aprendió a satisfacer las ansias de ella y de forma tan perfecta, que en seguida se convirtió, con diferencia, en el mejor amante que había tenido.

            Una de las primeras noches Guadalupe le preguntó por el origen de su apodo, y Mohammed le contó que lo había heredado de su padre.

            –Hace muchos años, mi padre se peleó aquí, en Melilla, con otro hombre de Mezquita que pretendía estafarle. Como tenía las uñas muy largas, le arañó la cara y le arrancó tiras de pellejo. Un español que estaba presente, el señor Berenguer, ya difunto, exclamó: «Este hombre es un gato», refiriéndose a mi padre, que desde entonces se quedó con ese apodo. En mi pueblo, los apodos son heredados por los descendientes, de manera que yo también soy conocido como El Gato, aunque en realidad yo no peleo como mi padre ni tengo las uñas tan largas. –Le mostró sus manos, grandes y fuertes, cuyas uñas en efecto estaban bien recortadas–. No me disgusta que me llamen El Gato, pero prefiero que, la gente que me importa, me llame por mi nombre.

            –¡Qué lástima! Esperaba que te llamaran El Gato porque eras muy remolón y te gustaba ronronear mientras hacías el amor –dijo ella en tanto se abrazaba a él. Estaban desnudos y acostados, a oscuras y con los cuerpos húmedos por la pasión.

            Mohammed hubo de hacer un esfuerzo para reprimir una carcajada. Tenían la ventana del dormitorio abierta y no debían de hacer mucho ruido.

            –Yo hago el amor y peleo como un tigre –dijo abrazándola y mordisqueando su cuello.

            –Como un tigre, no. Como un toro. Tú tienes la fuerza y la pasión de un toro –repuso ella, erizada de placer y devolviéndole las caricias y besos.

            –¿Cómo un toro? –se extrañó él.

            –Sí, como un toro. Cuando tenía quince años, mi padre nos llevó a mi hermano y a mí a ver cómo peleaban un toro de lidia y un tigre de Bengala en un foso taurino de Madrid. Para que no se escapara el tigre, lo metieron junto con el toro dentro de una jaula muy grande. Recuerdo que el toro se llamaba Regatero y el tigre César. Pues bien, Regatero le pegó una paliza tremenda a César, que quedó como muerto. Todo el público aplaudió con entusiasmo, dando vivas a España, y la banda tocó la marcha de Cádiz. ¿Sabes por qué? Porque el toro es un animal español y es el más bravo, noble y valiente de todos los animales… Y tú eres tan bravo, valiente y noble como un toro.

 

            Por el día Guadalupe siguió con su rutina, trabajando en el hospital y comiendo con algunas de las aristócratas que hacían su misma labor, especialmente con la duquesa de Medina de Rioseco, mientras comentaban las novedades que se iban produciendo:

            –Hoy han traído herido a uno de esos touristas que vienen a Melilla a satisfacer su curiosidad y a husmearlo todo. Por lo visto quiso dar un paseo por el campo hasta llegar a la Posada del Cabo Moreno, y allí le alcanzó una bala, hiriéndole en el brazo izquierdo. Afortunadamente para él es una herida leve y podrá lucirla como un trofeo entre sus amigos cuando vuelva a casa –contó el 23 de agosto la duquesa de Medina de Rioseco.

            –No entiendo cómo dejan venir a esa gente, con lo peligroso que es… –se quejó la marquesa del Mérito, vestida, como las demás, con el uniforme de enfermera.

            –¿Era nacional o extranjero? –quiso saber Guadalupe, antes de echarse un trocito de pan a la boca. Estaban en el comedor del Casino reservado para jefes y oficiales, sentadas las tres alrededor de una mesa con mantel blanco y adornada en el centro con un jarroncito que contenía varias rosas rojas.

            –Español. De Castellón de la Plana, creo –respondió la duquesa.

            –Le dispararía uno de esos pacos…

            –¿Pacos? –se extrañó la marquesa.

            –He oído que así es como llaman a los moros que disparan a traición, escondidos en las laderas del Gurugú, entre las rocas y chumberas, o por las casas abandonadas de Mezquita, camuflados con sus chilabas pardas, hostilizando nuestras posiciones avanzadas y convoyes. El sonido de sus disparos resuenan con un pac-pac que, a fuerza de oírlo, nuestros soldados han terminado llamando paqueo y, a los moros que disparan, pacos –explicó Guadalupe.

            –¿Y usted cómo está tan versada en estos asuntos? –se sorprendió la duquesa, mirándola con el ceño fruncido.

            –¡Ah! Porque me lo ha contado un oficial muy amable… –mintió Guadalupe, sonriendo.

            –¿Pero no hay una tregua? –preguntó la marquesa.

            –Estos pacos al parecer no entienden de treguas –dijo Guadalupe, algo nerviosa porque la duquesa seguía observándola con mirada de sospecha.

            –De todos modos, no creo que esta tregua dure mucho –opinó la marquesa–. Tengo entendido que muchos oficiales están empezando a impacientarse y comienzan a oírse algunas críticas por la inacción del general Marina.

            –Son críticas solapadas, cobardes. Ninguno de esos oficiales se atrevería nunca a criticar abiertamente a Marina –dijo Guadalupe.

            –No hay ningún oficial español cobarde, querida amiga –la amonestó la duquesa, antes de agregar–: Pero estoy de acuerdo con usted en que el general Marina no tolerará ninguna crítica. Seguro que ya está terminando de planear el ataque definitivo. Hace unos días preparaba el ánimo de los soldados con una magnífica proclama. ¿La recuerdan? Dijo que Europa nos ha confiado la misión honrosa de abrir paso a la civilización en este país salvaje…, y sabe Dios que el general va a cumplir con esa misión.

            Pero, por la noche, Guadalupe se deleitaba con una vida bien distinta, mucho más intensa y placentera, como zarca de su fogoso amante. Porque así era como Mohammed la llamaba cariñosamente y en la intimidad de su lecho: Zarca, la que tiene los ojos azules, mientras ella se contoneaba pegada a su cuerpo, fuerte y sudoroso, susurrándole al oído Lo que cantan las estrellas:

No le digas a nadie

lo que nos pasa

que la gente se ríe

de nuestras ansias

y, aunque yo no comprendo

si es buena o mala,

la pasión que sentimos

nos quema el alma

con un fuego que alumbra

como la llama.

            Pero, aunque Mohammed no le dijo a nadie la pasión que sentían el uno por el otro, el secreto de su amor acabó desvelándose, si no para toda la gente, sí para la persona que más poder tenía en Melilla.

            El 8 de septiembre, muy temprano, Guadalupe fue llevada por un soldado hasta la oficina del general Marina, quien la recibió muy serio y a solas. Se levantó de su butaca para saludarla, y volvió a tomar asiento una vez ella ocupó una de las sillas que había al otro lado del escritorio.

            –Permítame que sea directo, señorita Molina. Lea, por favor, este despacho telegráfico que iba a ser enviado ayer noche a la redacción de El Liberal por su corresponsal, el señor Cumplido –dijo el militar, ofreciéndole una hoja de papel que cogió ella en seguida.

            Bastó oír aquel nombre, para que Guadalupe barruntara lo que estaba a punto de leer:

«El Gato» engatusa á la cupletista

     Melilla.- Aunque han procurado mantenerlo oculto, parece ser que el famoso confidente «el Gato» ha engatusado á la no menos famosa cupletista Guadalupe Molina, quien lleva en Melilla desde el pasado día 6 de Agosto, cumpliendo patrióticamente con labores de enfermera voluntaria.

             El idilio es secreto, pues es por las noches cuando «el Gato» visita con sigilo felino á la célebre artista en la casa donde se hospeda, á espaldas de todos.

     ¿Acabará formando parte nuestra admirada cupletista del harem de este moro amigo de España, cuyo valor y gallardía tantas simpatías ha despertado entre las damiselas de nuestro país?

            Repentinamente, Guadalupe se quedó sin fuerzas. A duras penas pudo dejar el papel encima del escritorio.

            –Gracias a la censura que tenemos impuesta, tan vituperada por la prensa más liberal, pero tan necesaria en tiempos de guerra, conseguí interceptar este despacho telegráfico antes de que fuera enviado a Madrid. Aunque ya era tarde, pues pasaban de las diez de la noche, hice traer aquí al señor Cumplido, quien me reconoció que llevaba varios días y noches siguiéndola. Me aseguró que era cierto cuanto había escrito y me facilitó algunos datos. Y me exigió que autorizara el envío de su crónica… –Marina calló y Guadalupe levantó la mirada de su regazo para enfrentarse a sus ojos, grises e inexpresivos, que se parapetaban detrás de los anteojos como pacos a punto de disparar certeros y mortales tiros. Pero, tras suspirar, añadió–: Comoquiera que, tarde o temprano, el señor Cumplido habría hecho llegar a la redacción de su periódico este… libelo –dijo, señalando el papel–, ya sea por conferencia telefónica o por correo, pues la censura no es del todo infalible, le hice una propuesta que no pudo rechazar. Le dije que, si insistía en enviar su crónica, sería él mismo quien la llevaría en persona, pues le expulsaría de inmediato de Melilla y remitiría, al mismo tiempo, una misiva a su director, protestando por su comportamiento. Pero que, si desistía del envío y me daba su palabra de honor de olvidar el asunto, le permitiría quedarse y le autorizaría además a acompañar a nuestras tropas cuando se verifique el avance que estamos preparando. Naturalmente, aceptó.

            Guadalupe suspiró.

            –Gracias…

            –Ordené que anoche mismo se hicieran las comprobaciones oportunas –continuó el general, sin escuchar aparentemente el agradecimiento de Guadalupe–, que me han sido confirmadas hace un rato… De manera que, con todo mi respeto, señorita Molina, he de pedirle que se prepare para partir lo antes posible. Quizá hoy mismo pueda embarcar… Nadie tiene por qué extrañarse, puesto que ya ha cumplido su mes de estancia aquí…

            –Pero tengo entendido que la señora duquesa de Medina de Rioseco y la marquesa…

            –Sí, sí, ellas se quedarán un mes más. Así me lo han comunicado, pero dadas las presentes circunstancias, usted…

            –Por favor, general, permítame quedarme un mes más. Quiero… Necesito quedarme. Será mi penitencia… Y le prometo…, le juro que no volveré a ver a…, no volveré a verle…

            El general guardó silencio durante un largo y tenso rato, mientras observaba las lágrimas de Guadalupe, que corrían mejillas abajo. Le ofreció un pañuelo y acto seguido se levantó de su butaca. Fue hasta una de las ventanas, por las que entraba una brisa tibia y con olor a mar, y con las manos cogidas a la espalda permaneció un rato pensativo, hasta que por fin se giró, ordenando:

            –Se mudará inmediatamente al primer recinto, probablemente a la casa parroquial. Hablaré con el señor párroco y…

            –Muchas gracias.

            Con el corazón encogido por la tristeza, pero aliviada y resuelta a cumplir con su juramento, Guadalupe se trasladó esa misma mañana a la casa parroquial, donde compartió dormitorio con la sobrina del párroco –una joven de su edad que se encargaba de las tareas domésticas–, y continuó cumpliendo solícitamente con sus obligaciones como enfermera en el hospital melillense.

            No se olvidó de El Gato, a quien vio varias veces de lejos, pero no volvió a hablar con él. Tampoco Mohammed lo intentó; Guadalupe sabía que Marina también había hablado con él. Sin embargo, por aquellos días empezó a agobiarle otra preocupación, pues hacía más de una semana que no le venía el mes.

 

            Mientras tanto, llegaron más refuerzos a Melilla, con los que ya eran más de treinta y cinco mil los soldados que el general Marina tenía bajo su mando, y dieron comienzo las operaciones preparatorias del ansiado avance del ejército español en tierras del Rif. Con dichas operaciones se pretendía reconocer un terreno hasta entonces desconocido en buena parte por los españoles, tratar de captar adhesiones y debilitar la harca y las posiciones rebeldes.

            Por fin, el 20 de septiembre, se inició el avance de las tropas españolas. Se trataba de un movimiento envolvente con el que el general Marina perseguía aislar el Gurugú, antes de conquistarlo, controlando la llanura situada al sur de la Mar Chica, al mismo tiempo que se ocupaba, al oeste, el cabo de Tres Forcas.

            A partir de entonces, Guadalupe oyó muchas veces y a diario nombres de lugares más o menos lejanos, que poco a poco empezaron a hacérsele familiares: Taxdirt, Zoco el-Had, Hidum, Tauima, Nador, Zeluán…; lugares de donde provenían muchos de los soldados heridos que llegaban al hospital y que ella ayudaba a sanar y cuidar.

            El 28 de septiembre fue un día especialmente triste, pues fueron llevados a Melilla en carros de ambulancia militar los ciento diez cadáveres que habían sido encontrados el día anterior en el barranco del Lobo, diseminados en unos trescientos metros de terreno y horriblemente mutilados. Justo dos meses después de la debacle allí sufrida, soldados españoles habían vuelto a pisar el barranco del Lobo; pertenecían al batallón de Las Navas, uno de los que más habían sufrido en aquel memorable y trágico combate, e iban al mando del teniente coronel Bermúdez de Castro. Se tenía la certeza de que los cadáveres de los españoles muertos estaban insepultos, pues en los días que el aire soplaba de poniente llegaba al campamento de Sidi Musa un olor nauseabundo, inconfundible, procedente de este barranco. Pero aun así la sorpresa de Bermúdez de Castro y sus soldados fue grande cuando encontraron los cadáveres debido al estado en que se hallaban: todos mutilados horrorosamente y algunos decapitados.

            Al día siguiente, 29 de septiembre, las tropas españolas tomaron por fin el monte Gurugú. Pero fue una conquista breve, llevada a cabo a primeras horas de la mañana, pues salvo una batería que quedó valientemente enclavada en el pico más estratégico de la montaña, el resto del ejército español hubo de retirarse por la tarde, perseguido por la harca, que había emprendido el contraataque.

            Miles de personas vieron desde Melilla, con ayuda de catalejos, aquellas operaciones militares de avance y retirada del ejército español en las faldas del Gurugú. Una de ellas fue Guadalupe, quien vio con frustración la retirada de la bandera española de la cima del monte. Luego, siguiendo las instrucciones del capitán médico que había a su lado, observó cómo descendían los soldados españoles, replegándose en orden, así como a varios grupos de moros que se dirigían, corriendo hacia el llano de una lomita donde había una batería de montaña.

            –¡Oh, cielos! Esos moros van a por la batería del capitán Pastorfido –se alarmó el capitán médico, mirando a través de sus prismáticos.

            –¿Son malos? O sea, ¿son enemigos? –preguntó Guadalupe, observando aquellas chilabas pardas que corrían monte abajo con la misma facilidad que las cabras.

            –Seguro. Y parece que están haciendo un movimiento envolvente para apoderarse de nuestros cañones.

            Sin embargo, Guadalupe vio en ese momento cómo dos de aquellos moros caían al suelo y otros se volvían para disparar hacia atrás. Entonces levantó ligeramente los anteojos, hasta encontrar a otro grupo de rifeños, mucho más numeroso, que parecía perseguir al anterior, disparándoles.

            –No, no. Más arriba hay más moros que están disparando a los de abajo –advirtió Guadalupe.

            –Es verdad –convino el médico, después de comprobarlo–. Deben ser los de El Gato, los moros de la Policía Indígena… Pobrecillos, los están masacrando.

            Con el corazón en un puño, Guadalupe buscó a El Gato con ayuda de los anteojos, pero no lo reconoció. La artillería de varios fuertes avanzados empezó entonces a hacer fuego, dirigiendo sus disparos contra la harca, que frenó su avance y se retiró luego, permitiendo que los soldados españoles y los miembros de la Policía Indígena prosiguieran su retirada hacia Melilla.

            Anochecía cuando Guadalupe por fin se sintió aliviada al llegarle noticias de que El Gato se encontraba ileso.

            –El Gato y ciento cincuenta moros adictos más estaban demasiado avanzados, por lo que no oyeron los toques de corneta que ordenaban la retirada, y se vieron envueltos por el enemigo. Y como sólo el general Arizón sabía dónde estaban, al verlos bajar tan cerca de los de la harca, que los perseguían, creyó todo el mundo que eran enemigos. En un tris estuvo el coronel Dusmet, jefe del parque de artillería, de ordenar que los bombardearan. Por suerte para ellos no fue así, y bombardearon sólo a los moros de la harca –le explicó el capitán médico–. Al final hemos tenido once muertos, dos de ellos españoles, y han ingresado en el hospital quince heridos, cinco de ellos moros.

            Pero ninguno era El Gato.

            Al día siguiente, último del mes de septiembre, se verificó otro durísimo combate en Zoco el-Jemís, produciéndose numerosas bajas en ambos bandos. El resultado en víctimas por parte española de aquellas doce horas de combate fue abrumador: una cincuentena de muertos y alrededor de doscientos cincuenta heridos. Para tranquilidad de Guadalupe, también en esta ocasión El Gato salió ileso.

 

            El combate en Zoco el-Jemís dejó extenuados a ambos contendientes, lo que desembocó en algo parecido a una breve tregua, un compás de espera que duró algo más de una semana y en el que sólo se produjeron unas pocas y aisladas escaramuzas.

            El 8 de octubre, a los dos meses justos de su llegada, la duquesa de Medina de Rioseco anunció su regreso a Madrid; y con ella decidieron regresar la marquesa del Mérito y Guadalupe Molina. La partida estaba prevista para dos días después.

            Guadalupe le pidió al general Marina un último favor, que éste le concedió el día 9: En su propio despacho y en su presencia, permitió que ella se despidiese en secreto de Mohammed Asmani el Gato. Fue una reunión breve y emotiva, en la que el confidente le entregó a la cupletista una gumía magnífica, exornada con ricas piedras preciosas, y que dijo había pertenecido a su familia desde hacía muchas generaciones. Y Guadalupe, que no se lo esperaba, improvisó regalándole una de sus tarjetas postales coloreadas, en cuyo dorso escribió de prisa: «Para mi querido Gato, fuerte como un toro, tierno como un corderito, a quien las estrellas le recordarán siempre con su cántico lo mucho que le quiero. De tu Zarca, que jamás te olvidará.»

            De haber podido, a Guadalupe le habría gustado regalarle el objeto de mayor valor que poseía su familia: un juego de tocador de carey, pero además de no tenerlo a mano –estaba en Madrid–, era la posesión más preciada de su madre. No habría sido el regalo más apropiado para un hombre como El Gato, pensó, pero tampoco un puñal lo era para una dama.

            Al día siguiente, 10 de octubre, Guadalupe partió del puerto de Melilla con el corazón encogido por la pena y la preocupación. Eran ya dos las faltas que tenía y sus pechos, que parecían crecer a diario, se empeñaban en corroborar sus sospechas.

arbol genealogico capitulo 8

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