Motín en la cárcel

Motín en la cárcel

Motín en la cárcel | Era la una y media de la tarde del 9 de septiembre de 1715 cuando Juan Rodríguez Gómez, alcaide de la cárcel de Alicante, accedió por fin a abrir la puerta de la comuna, conjunto de calabozos situados en la planta baja del edificio. Desde las ocho de la mañana, varios presos le estaban pidiendo insistentemente que la abriera para que uno de ellos, Pedro Juan Ballester, valenciano de 25 años, llamado el Mudo pese a que hablaba cuando entró en la cárcel, pudiera sacar un serón que había fabricado y venderlo. Los prisioneros debían de comprar su propio alimento, y el alcaide acabó compadeciéndose: con lo que consiguiera por la venta de aquel serón, tanto Ballester como algunos otros presos podrían tener qué comer durante unos días.

            Prevenido por su yerno y ayudante, Pedro Carlos Balaguer, antes de abrir la puerta de la comuna el alcaide procedió a cerrar las puertas exteriores de la cárcel y a guardar las llaves en un escondite. Fue una medida de precaución acertada, pues en cuanto descerrajó el segundo portón de los calabozos (su yerno se quedó junto al primero, ya abierto) se le echó encima Melchor Bru, armado con un espadín.

            Melchor Bru, natural del pueblo valenciano de Puebla Larga, era el preso a quien todos obedecían en la comuna de la cárcel alicantina. Robusto de cuerpo y de carácter, hacía tiempo que llevaba planificando una fuga masiva. Durante semanas y sobornando a un soldado de la guardia, había logrado introducir en los calabozos varias navajas y limas, así como un espadín envuelto en una capa. Dos días antes, mediante notas escritas y señas, advirtió a un grupo de presos que había llegado el momento de intentar la fuga, y desde entonces se dedicaron a deshacerse de los grilletes. Algunos lo hicieron sirviéndose de las limas y tapándose con una sábana, pero a la mayoría los desherró el Mudo usando garrotes de cuerdas contra las argollas.

            «Aparta, perro, o te mataré», amenazó Melchor al alcaide con la punta del espadín. Pese a ello, el alcaide se volvió hacia su yerno para gritarle que cerrase el primer portón. Éste lo intentó, pero no lo logró al echársele encima varios presos que salieron corriendo de la comuna, arrojándole al suelo. «Mátenles o ténganles bien asidos», ordenó Melchor al mismo tiempo que salía al zaguán. Mientras su yerno seguía inmovilizado en el suelo por dos presos, el alcaide se vio amenazado por otros, todos reos de graves delitos, entre los que reconoció al sevillano Juan Agustín López, quien le agarró con una mano mientras portaba una cuchilla de picar carne en la otra, al tiempo que le decía: «Ahora acabaremos contigo, perro»; y a Jaime Just, de la partida del Raspeig, quien hizo amago de golpearle con el perno de los grillos, mascullando: «Ahora será tu fin y el de toda tu canalla, y si hablas te he de sacar el gargamello»; y al cartagenero Andrés Carrasco, que salió armado con una navaja y diciendo: «¿Aún está vivo este perro?, ¿a qué esperan que no lo han acabado ya?»; y a Pedro Juan Ballester, el Mudo, quien le agarró del cuello con una mano mientras le golpeaba la barriga con el perno de los grillos que tenía en la otra; y a Pedro Larrosa Navalón, de Tous, que también le cogió con fuerza del cuello al tiempo que juraba con ojos cargados de odio: «Por vida de Dios que ahora has de acabar». Pero todos ellos siguieron los pasos de Melchor Bru, dejando al alcaide bajo la custodia de otros dos presos: Vicente Botella, natural de Benilluch, del condado de Cocentaina, de 25 años y labrador, que estaba armado con una navaja, y Esteban Martínez, de Villajoyosa. Ambos le empujaron hacia el interior de los calabozos, donde solo quedaban cuatro o cinco presos sin salir, de los cerca de treinta que habían antes allí encerrados. Consciente de que estaba a punto de morir, el alguacil corrió desesperado hasta la ventana enrejada del calabozo desde la que se veía el exterior de la cárcel. A través de ella chilló pidiendo favor al Rey, con tal fortuna que sus gritos fueron oídos de inmediato por Crispín García y su hijo, de igual nombre, zapateros que vivían enfrente de la cárcel.

            Mientras tanto, Melchor Bru, tras comprobar que las puertas exteriores estaban cerradas, subió por la escalera que arrancaba desde el zaguán. En el piso de arriba se hallaban la vivienda del alcaide y los calabozos de los presos menos peligrosos, que llevaban pocos días ingresados o que gozaban de la confianza de Juan Rodríguez y su yerno. En mitad de la escalera se encontró con Josefa María Malbaceda, esposa del alcaide, quien acababa de darle la comida a su hija, encamada por estar recién parida, y que se disponía a bajar para ver qué eran esos gritos, carreras y golpes que se oían en el zaguán. Al verle, se puso a dar grandes gritos, hasta que Melchor la agarró del cuello y la amenazó con el espadín. Pero aquellos chillidos de mujer tuvieron su réplica en un coro de gritos masculinos que empezaron a sonar en las celdas donde estaban los presos de confianza, que pedían auxilio por las ventanas. Melchor entonces dejó a la mujer en manos de otros amotinados, que la golpearon e insultaron, y fue a abrir la puerta de los calabozos, para hacer callar a aquellos presos que daban la alarma con sus chillidos. Algunos de estos, al ver cómo estaban maltratando a la mujer del alcaide, intentaron defenderla, produciéndose un breve altercado entre presos que acabó con varios heridos, como Juan Bayona, a quien los amotinados le hicieron cortes en ambos brazos con sus armas.

            A continuación, Melchor irrumpió en la vivienda del alcaide, encontrando en un cuarto a la hija de este, Hipólita, que se había levantado de la cama y se hallaba gritando por una ventana situada justo encima de la puerta principal de la cárcel. Estaba acompañada por Juan Bautista Tasara, un preso genovés de sesenta años que hacía las funciones de criado. Lo echó gritándole «¡Fuera, fuera!», al tiempo que fue a coger a la muchacha, que no dejaba de chillar. Vestida como estaba con tan solo un camisón, la sacó hasta la escalera, donde su madre seguía siendo maltratada y amenazada por varios amotinados para que callara, pues parecía como si la hubiera poseído una legión de demonios.

Carcel-Alicante-II atualCárcel Alicante II en la actualidad

            Todo cambió radicalmente cuando Melchor vio aparecer en el zaguán a los primeros soldados y ministros de justicia, seguidos por el alcaide y su yerno, a quienes habían liberado sanos. Enseguida vio también a través de la ventana a varios soldados que les apuntaban con sus fusiles desde el tejado de enfrente. Uno de ellos le advirtió que le dispararía si no soltaba inmediatamente a la muchacha. Melchor se supo entonces vencido, y también los demás amotinados, que dejaron de forcejear con la esposa del alcaide, que no paraba de gritar.

            Seguido por el alguacil Ginés Guerrero y varios soldados, el alcaide empezó a subir la escalera muy despacio, hablando con voz pausada y procurando contener el ansia que sentía. Lo importante en ese momento, pensaba, era conseguir que todo acabara sin que su esposa e hija sufrieran más daño. Les pidió a los amotinados que fueran razonables, que se rindieran antes de que alguien resultase muerto o gravemente herido, que no tenían más remedio que cejar en su empeño por cuanto la cárcel estaba rodeada por soldados, ministros de justicia y vecinos armados. Y supo que lo había logrado cuando vio a Melchor Bru romper su espadín.

            Este intento de fuga en la cárcel común de Alicante, que acabó convirtiéndose en un motín breve e incruento, generó la apertura de un sumario judicial instruido por el alcalde mayor Francisco Esteban Zamora Cánovas y su secretario, Francisco Andújar, que se conserva en el Archivo Municipal. Gracias a él conocemos muchos detalles de aquel suceso y sus consecuencias, como que a 16 presos les fueron prolongadas sus penas y a uno de ellos, Melchor Bru, le encadenaron con dos pares de grillos.

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