Muerte por chocolate

Muerte por chocolate

Muerte por chocolate | Como es bien sabido, antaño el chocolate era un producto muy valioso, pero es probable que, aun así, al lector le extrañe que alguien fuera capaz de matar a una persona por media libra de este alimento, sobre todo si tenemos en cuenta que ambos, agresor y víctima, eran vecinos. Si el lector siente curiosidad por saber cómo, cuándo y dónde ocurrió, así como las consecuencias de aquel crimen, me ofrezco de guía y le invito a retroceder en el tiempo.

Es la noche del 19 de abril de 1719 y estamos en la calle de San Javier, una de las que conforman el arrabal de San Francisco. Son las ocho y media, y en una casa de esta calle cinco personas están cenando. Se encuentran en una sala del primer piso, donde están las habitaciones reservadas para la vivienda. ¿Quiénes son? Acerquémonos para que las lamparillas de aceite nos ayuden a identificarles. Son los dos matrimonios que habitan en esta casa: José Sempere y Magdalena Requena, Bautista Pérez y Francisca Pons; y José Sanz, que ha sido convidado por Bautista. José Sanz tiene 37 años, hace poco que ha enviudado y tiene un niño pequeño al que está criando Francisca.

Han terminado de cenar pero permanecen sentados alrededor de la mesa. Sempere corta con un cuchillo tabaco para pipar. En esto llega una visita. Es Luisa Carrascos, de 26 años y soltera, que vive, desde que se quedara huérfana, en la casa de al lado, que es de su tía, Antonia Valero, viuda y madre de José Sanz. Éste y Luisa son, por tanto, primos hermanos. Pero la muchacha no ha venido a ver a su primo, sino para darle un recado a José Sempere, con quien se aparta unos pasos de la mesa. Están a la vista de los demás, pero no se entiende lo que murmuran. Arrimémonos, lector, y escuchemos: «Que dice mi primo Vicente que me des una libra de chocolate, a cuenta de los dineros que le debes», susurra ella. «Dile que no puedo darle nada porque sólo he hecho diez libras y he de pagar diez reales que me han prestado para la fábrica», responde Sempere, que como vemos es chocolatero.

Luisa se va y Sempere vuelve a sentarse a la mesa, para seguir preparándose la pipa. Pero aún no le ha dado tiempo a encenderla, cuando la vecina sube de nuevo la escalera de la casa. Los dos cuchichean otra vez alejados discretamente de los demás. «Que tengas la merced de darme al menos media libra», insiste ella. «Dile que ahora no puedo darle nada», repite él.

La escena se repite: Luisa se marcha y Sempere vuelve a sentarse. Pero apenas le ha dado tiempo al chocolatero a encender su pipa, cuando se oye una voz masculina que llama a José desde la puerta de la casa. Al reconocer esta voz como la de su hermano, José Sanz contesta gritando «¿qué quieres?», a lo que replica el otro, desde abajo: «No es a ti a quien llamo, sino al otro José, a Sempere».

El chocolatero baja entonces las escaleras. Lo hace tan deprisa que no coge ni capa ni montera, aunque sí se lleva consigo la pipa y el cuchillo. Los de arriba oyen al poco parte de la discusión. Todos saben que Sempere le había pedido prestado a Vicente Sanz siete pesos y medio, pero ignoran que éste se ha enfadado mucho cuando se ha enterado de que el deudor le ha negado media libra de chocolate a cuenta, porque tiene pensado saldar otra deuda posterior a la suya. Vicente está soltero y vive en la casa de al lado, con su madre y su prima Luisa. Su voz ahora no se oye desde el piso de arriba, pero sí la de Sempere, que le está diciendo: «Hombre, no he hecho más que diez libras de chocolate. Tu hermano que está arriba lo sabe bien. No te puedo dar nada porque tengo que devolver unos dineros…».

Se hace el silencio durante lo que se tarda en rezar un avemaría, según coincidirían luego los testigos. Al cabo se oye nuevamente la voz de Vicente, pidiendo angustiado: «Confesión, que soy muerto». Todos los presentes se apresuran a bajar la escalera. Sigámosles.

Vicente está sentado en la calle, con la espalda apoyada en la pared. Trata de contener con las manos los intestinos que le asoman por la herida que tiene abierta en el lado izquierdo del vientre. Su hermano le abraza, su prima sale de la casa vecina portando un candil. La calle se llena de inmediato de gente y de gritos. El herido repite constantemente que quiere confesión. Sabe que la herida es mortal y prevalece en él sus deseos de salvar su alma. Bautista corre en busca de un religioso. Vicente Irles, tío de la víctima, hace lo mismo. Otros van en busca de un cirujano o a dar aviso al alguacil. Nadie ha visto lo que ha pasado y Sempere  ha desaparecido, pero todos saben que ha sido él quien ha herido a Vicente.

Meten al herido en la casa de su madre, pero lo dejan tendido en el zaguán porque se está desangrando. Llega Irles con dos franciscanos, uno de los cuales confiesa a Vicente, adelantándose al dominico que llega luego junto con Bautista. También aparece el cirujano Pedro Morillo, que cose la herida tras devolver las tripas a su seno. Pero están rotas y sabe que Vicente no tardará en morir.

Y así ocurre. Vicente fallece al cabo de unas pocas horas. No obstante, le ha dado tiempo a declarar ante Francisco Andújar, escribano de la Audiencia, quien había llegado junto con el alguacil mayor, Ginés Guerrero. Para asombro de todos, afirmó no saber quién le había atacado: «Habiendo poco antes de ahora salido de su casa que es en la que se halla, estando parado enfrente de la misma, le han herido en la barriga, y no puede distinguir con que arma fue, ni que persona o personas, por salir deslumbrado con la luz de casa y en la noche obscura y haberle herido sin decirle palabra», escribiría Andújar en el sumario.

Vestido con hábito franciscano y en un ataúd forrado de negro, Vicente es enterrado el 21 de abril por el sepulturero José Corominas en la iglesia del convento de Nuestra Señora del Rosario, de la orden de Predicadores (dominicos), a los pies del altar de San José.

Aunque corre el rumor de que Sempere ha buscado refugio en el convento de San Francisco, el alguacil Guerrero y sus ayudantes no lo encuentran en Alicante, por lo que el juez envía requerimientos a otros lugares, en los que se subraya la descripción del fugitivo: «Hombre delgado de hasta unos treinta y quatro años, pelo rubio, de pequeña estatura, pintado de viruelas». Al mismo tiempo se embargan todos sus bienes, pese a que no son más que un montón de trastos viejos. El 22 de julio, Magdalena Requena, esposa de Sempere, pide que se le devuelvan estos bienes, arguyendo encontrarse en la más absoluta pobreza. El juez accede, pero exceptuando el utillaje chocolatero: «Una piedra de hacer chocolate con sus dos manos, dos gavetas para lo mismo y una cazuela de hierro de tostar cacao».

chocolate a la piedraEl metate, básico para la fabricación de chocolate a la piedra

El 25 de mayo, en Valencia, el alguacil mayor Pedro Zapata, acompañado por una decena de porquerones y el escribano judicial Cristóbal Aycart, se pasan el día recorriendo los mesones de la ciudad. A las nueve de la noche, en el mesón de San Gerónimo, encuentran a un hombre llamado José San Pere, cuyo aspecto no coincide con la descripción del prófugo, pero que le informa de que hay dos alicantinos, uno llamado como él y el otro apellidado Nomdedéu, que unos días antes habían tomado plaza como soldados en el Regimiento de Dragones. Pero tampoco este soldado José Sampere resulta ser el fugitivo.

Informes como este de Valencia llegaron a la Audiencia de Alicante durante los meses siguientes, procedentes de diversos lugares, como Murcia o Villena. Pero en ninguno se dio noticia del hallazgo y arresto del chocolatero alicantino José Sempere, a quien se buscaba por haber matado a su vecino Vicente Sanz.

Autor: Gerardo Muñoz Lorente
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