Nápoles, 1614

Nápoles, 1614

Nápoles, 1614 | Donde acaba el tiempo | Capítulo 34 | Septiembre-octubre de 1614 | Pablo | Aunque Luis ya era un muchacho de catorce años, alto y fuerte, Pablo pudo llevarlo en contra de su voluntad de vuelta a casa. Solo precisó la ayuda de la cuerda que lo tenía maniatado, y el cinturón con el que le repasaba la espalda y el culo cada vez que se negaba a andar.

            –Eres terco como una mula, sí señor. Pero ya te dije hace tiempo que conmigo ibas a volverte tan manso como un corderito. Me está costando, sí señor, pero te juro por Dios que lo conseguiré –decía Pablo mientras tiraba del cabo de la cuerda.

            Pasaba la medianoche y hacía ya un rato que habían entrado en el barrio español: calles estrechas y tortuosas, casas altas, escasas farolas, olor a podredumbre, algunos borrachos que salían de burdeles, casas de juego o tabernas aún abiertas. La taberna de Pablo no lo estaba; la había cerrado una hora antes, cuando le llegó el aviso de que Luigi se encontraba en el muelle de San Vincenzo. Pretendía enrolarse en un galeón militar pero el cómitre –viejo amigo de Pablo– le reconoció.

            –Al marinero con el que habló le dijo que se llamaba Giuseppe y que tenía diecisiete años, pero su acento le pareció raro. Y cuando lo he visto… Ha crecido mucho desde la última vez que le vi y le falta un ojo, pero estaba seguro de que era tu chico…, aunque lo negase. Por eso lo retuve y te mandé recado –le explicó el cómitre.

            –Gracias. Pásate cuando quieras por la taberna. Te invitaré a cenar –dijo Pablo cogiendo la cuerda con que Luis tenía atadas las manos. El muchacho debía de haberse resistido, pues tenía varias magulladuras en la cara y las mangas de la camisa rotas.

            –Dalo por descontado… Ah, Paolo… –Pablo se detuvo y se volvió para mirar a su amigo, que estaba acompañado de varios marineros. Detrás de ellos estaba la escalerilla por la que se subía al barco–. El muchacho es tan fuerte como un novillo y tú estás cada vez más viejo. Ten cuidado.

            El cómitre rio con carcajadas estruendosas y los marineros le corearon. Pablo gruñó y reemprendió el camino a su casa, tirando de Luis con la cuerda.

            El muchacho se resistió y recibió varios repasos con el cinturón. No lloró ni gritó, pero dejó de forcejear. Pasaron entre el Palacio Real en construcción y el Castel Nuovo, cerca del cual se encontraron con varios soldados de ronda, que los miraron con curiosidad pero de lejos. Atravesaron la vía de Toledo y se internaron en el barrio español.

napoles 1 palacio realPalacio Real

            La vivienda de Pablo estaba en el piso de arriba de su taberna, en un edificio que formaba esquina. Al oírles llegar, Filippa y Vicenta salieron a la escalera, pero Pablo llevó a Luis directamente al sótano.

            Pablo cogió una lámpara de aceite encendida antes de bajar al sótano, un lugar lóbrego y húmedo, donde guardaba barriles, tinajas, mesas y sillas rotas… Mientras ataba a Luis a una de las columnas de madera, éste le expresó su odio con su único ojo. El otro lo había perdido un año antes, durante una de las palizas que se había visto obligado a propinarle. Una de las veces el cinturón se le fue demasiado alto y la hebilla le arrancó el ojo derecho. Una desgracia que, paradójicamente, les trajo buena suerte. Al chico le gustaba tocar la flauta cuando estaba a solas en la calle durante los breves descansos que le concedía, o allí mismo, en el sótano, donde dormía sobre un catre rinconero –pero no esta noche, que se la pasaría atado a la columna–, y cuando Pablo descubrió que mucha gente que lo veía fuera de la taberna, sentado en el suelo y tocando la flauta, tuerto, andrajoso y melancólico, le tiraba unas monedillas al tomarle por un mendigo, se le ocurrió aprovechar aquello para sacar beneficio propio. A partir de entonces le obligó a tocar la flauta por las mañanas en las piazzas y stradas más concurridas –plaza del Mercado, calles del Tribunal, de Chiapa, del Duomo…– y los domingos y festivos en la puerta de algunas de las muchas iglesias napolitanas, siendo el sitio preferido de Pablo, por ser donde la recaudación era mayor, la puerta principal de la catedral, frente al Palacio Arzobispal.

            Desde luego a Pablo le resultaba imposible estar todo el tiempo vigilando a Luis mientras tocaba su flauta en plazas y calles, por eso mandó a su hija Vicenta que le sustituyera, que estuviera cerca del tuerto, nunca a su lado, y que le avisara corriendo si veía que intentaba huir. Y aunque lo registraba al volver a casa, daba por hecho que el pícaro morisco se quedaba con algo de la recaudación, que escondía algunas monedas, pero era tan sorprendente la cantidad de dinero que conseguía, sobre todo los domingos, que consideró tal siseo como una pérdida aceptable. Por fin obtenía compensación a su santa paciencia; por fin la Providencia recompensaba sus esfuerzos por criar y cristianizar a ese terco y rebelde morisquillo.

            –¿Está herido?

            Filippa estaba en el último escalón de la escalera. Llevaba puesto el camisón y unas zapatillas, tenía el pelo entrecano revuelto y en sus ojos brillaba la compasión. Acababa de cumplir cuarenta años y, dentro de su orondo cuerpo, Pablo sabía que latía un buen corazón. Demasiado bueno, a veces. Detrás de ella asomaba la cabeza de Vicenta, la hija menor de ambos. Tenía el pelo igualmente revuelto, aunque mucho más oscuro, pero su cara era como la de su madre veintitrés años atrás, cuando él la conoció.

            –No es grave. Solo unos rasguños.

            –Pero si está sangrando hay que curarle –advirtió Filippa, acercándose.

            –Haz lo que gustes, pero que no se te ocurra desatarle, ¿estamos?

            Filippa asintió con la cabeza al mismo tiempo que se volvía hacia su hija, para mandarle que bajara una palangana con agua, jabón y varios trapos limpios. Vicenta obedeció rauda y Pablo subió la escalera detrás de ella, más lentamente y desentendiéndose de cuanto ocurriera en el sótano a partir de ese momento. Estaba cansado y deseaba acostarse cuanto antes.

            Ya en su dormitorio, mientras se quitaba la ropa, Pablo se notó viejo, repentinamente viejo.

            Había nacido cincuenta años atrás en Ronda. Su padre, labriego y sin bienes, murió cuando él tenía diecisiete años –su madre había fallecido poco después de parirle– y decidido a marchar de Ronda se presentó una mañana en la casa en cuya fachada hacía días que colgaba un tambor. Era la caja de recluta provisional donde se apuntaban los mozos de la comarca que deseaban alistarse en el ejército.

ronda-malagaRonda (Málaga)

            Pocos días después fue llevado a Sevilla, donde le dijeron que entraba a formar parte del Tercio Viejo de Nápoles como coselete, por lo que le entregaron, entre otras cosas, una pica, un morrión y las piezas de una armadura: quijote, escarcela, coderas, guardabrazos…, que aprendió a ponerse con gran dificultad, para regocijo de los veteranos.

               Su primer destino fue Nápoles, adonde arribó en una galera a mediados de 1582. Tanta impresión le causó ver la ciudad aquella primera vez, que ya entonces supo que habría de morir allí, a ser posible de viejo. Las aguas del Tirreno eran tan azules como el cielo, a septentrión estaba el cabo Miseno y las islas Prócida e Ischia, a mediodía la península de Sorrento y la isla de Capri, y en medio Nápoles, radiante y bulliciosa, con sus castillos e iglesias, el campanario de Santa María del Carmine destacando sobre todos los demás, y al fondo el impresionante Vesubio.

            Durante los quince años siguientes sirvió en las guarniciones de Prócida, del castillo de Rocasecca, de la plaza fuerte de Gaeta y de Castel de Oro, disgustado al principio por el modo como algunos italianos le miraban de reojo por la calle o la forma despectiva con que le llamaban bisogno. Conoció a Filippa en 1590, cuando ya servía en Castel de Oro. Criada en el hospicio de San Gennaro dei Poveri, Filippa era a la sazón la lozana cocinera de un rico comerciante, a la que asedió durante meses, hasta que al fin claudicó. Casáronse un año después y su primogénito nació al siguiente: lo bautizaron con el nombre de Juan, aunque todo el mundo le llamaba desde muy niño Giovanni, para disgusto de Pablo, que quería para sus hijos nombres españoles porque pensaba que así les resultaría más fácil alistarse y hacer una carrera militar triunfante. Sus dos vástagos siguientes fueron niñas, pero aun así se mantuvo en sus trece y les puso nombres españoles: María de los Dolores y Vicenta, si bien muy pronto eran conocidas como Addolorata y Vincenza.

            En 1599, recién bautizada Vincenza, marchó ya de cabo y con su compañía a Flandes, donde participó en diversas operaciones militares durante seis largos años, logrando el ascenso a sargento y un recuerdo permanente en forma de chirlo que le atravesaba la cara, desde la oreja izquierda hasta la mejilla derecha. La última de aquellas operaciones fue el asedio y conquista de Ostende. El saqueo de esta plaza le proporcionó una pequeña fortuna que le sirvió para, a su regreso a Nápoles, comprar un edificio en el barrio español.

            Creyó que aquello contentaría a Filippa, pero no fue así. Como el sueldo que recibía era escaso y sin periodicidad fija, era poco el dinero que había mandado a casa durante los años que estuvo en Flandes y, aunque Filippa siguió trabajando como cocinera, ella y sus hijos habían pasado muchas penalidades. Y si bien Pablo había vuelto con dinero suficiente para comprar una casa, Filippa temía que volviera a irse y que ella se quedara de nuevo sola a cargo de la familia. Un temor certero puesto que no habían pasado cuatro años cuando Pablo fue enviado a otra campaña, esta vez en España, para echar de allí a los moriscos.

            Antes de partir, Pablo le juró a su esposa que, a su vuelta, dejaría la milicia.

            –Con el dinero que traiga abriremos una taberna –le aseguró. Y aunque ella quedó disgustada y desconfiada, Pablo cumplió con su promesa. En otoño de 1910 regresó a Nápoles con un excelente botín en forma de dinero, joyas, prendas y un niño esclavo. Según le contó a Filippa, con la venta de once niños como el que había traído en diversas partes de España, había obtenido más de trescientos cincuenta ducados.

            –¿Y por qué no lo has vendido a él también?

            –Porque es muy descarado y rebelde. Nadie lo ha querido… Pero yo lo convertiré en un chico manso y buen cristiano.

            –¿Cómo se llama?

            –En Denia hice que lo bautizaran con el nombre de Luis.

            Al año siguiente, en el censo ordenado por el virrey de Nápoles, conde de Lemos, Pablo registró a Luis como criado y con su apellido: Álvarez.

            También en la primavera de 1611 abrió por fin la taberna, poco después de haberse licenciado como sargento del Tercio Viejo de Nápoles, en el que había servido durante treinta años. El mismo en el que se alistó ese año su hijo Juan, que marchó en seguida al destacamento de Capri.

capriCapri

            Frecuentada sobre todo por españoles, la taberna de Pablo empezó a ser rentable un año después de su apertura. Filippa se encargaba de la cocina y Pablo de servir las mesas, ayudados esporádicamente por Lola –como la llamaba él; Addolorata le decían los demás–. Luis hacía las tareas más duras y sucias. Nunca llegaría a alcanzar la fama de otras tabernas napolitanas, como la del célebre Cerriglio, pero a Pablo no le importaba. Era el precio que debía pagar por mantener alejados a los tahúres y matones más peligrosos, clientes derrochadores pero también peligrosos como cabrones amodorrados o camorros rabiosos.

            Aun así la desgracia quiso que uno de aquellos desaprensivos se fijase en Lola, que tenía dieciséis pero aparentaba tener cuatro años más. Pablo intentó espantar al guapo varias veces y al fin creyó haberlo conseguido tras amenazarle la última vez con un cuchillo cuya punta arañó su garganta. Pero dos días después Lola desapareció. Con ayuda de sus muchos amigos Pablo la buscó por todo Nápoles durante una semana, hasta que por fin la encontró en una casita de Torre Annunziata, donde el rufián la tenía encerrada y había empezado a prostituirla. El chulo huyó y Lola, de vuelta a casa, juró entre sollozos que creía que iban a casarse, que estaba enamorada y se marchó con él creyendo que en Torre Annunziata les casaría un cura conocido de él. Pero Pablo, a pesar de la oposición de Filippa, ingresó a Lola como novicia en el convento de Santa María Donna Regina.

            Escarmentado, Pablo vigiló con mayor celo a la pequeña Vicenta, menos coqueta que su hermana, pero que, según creía, parecía prestar cada vez mayor atención a Luis, un año más joven que ella. Ciertamente él le exigía que vigilase a Luis mientras tocaba la flauta como un pedigüeño por las calles, pero le repitió que debía mantenerse lo bastante alejada de él como para que no hubiese entre ellos el más ligero roce.

            –Como te vea siquiera mirándole tiernamente te meto como tu hermana en el convento –la amenazaba–. Te prefiero monja mil veces antes que puta.

Vincenza

 

            ¿Cuándo se enamoró de Luigi?, ¿en qué momento? A sus quince años Vincenza dudaba si había habido un momento concreto en que se había enamorado de él o todo lo que sentía ahora no era más que el resultado de un proceso de atracción más o menos dilatado en el tiempo. Pero en el caso de que así fuera debía haber un primer instante en que empezó a enamorarse, ¿no?

            Mientras esperaba despierta en su cama, en la oscuridad, Vincenza meditaba sobre su futuro. Estaba sola en su dormitorio. Al otro lado del tabique donde se apoyaba el cabezal de su cama se oían los ronquidos fieros y acompasados de su padre, interrumpidos alguna que otra vez por lo que, estaba segura, eran codazos de su madre. No es que tuviera dudas acerca de lo que debía hacer, no, era que le inquietaba un futuro en el que le gustaría que hubieran hijos sanos y creciendo en algún lugar tranquilo, con Luigi, desde luego. Y no veía claro ese lugar. La faluca que tenían previsto coger les llevaría a Palermo. ¿Sería allí, en Sicilia, donde nacerían sus hijos? ¿De qué vivirían?

            Había comprado los pasajes con el dinero que habían sisado, ella en la taberna y Luigi mendigando. Les había llevado tiempo, pero lo habían logrado. No les había sobrado nada, pero esperaban no necesitar más dinero hasta que estuvieran en Sicilia. La ropa y la comida que precisarían para el viaje las tenía preparada dentro de un zurrón que escondía bajo su cama.

            ¿Fue la primera vez que le vio? No, eran demasiado niños. Ella tenía once años y él diez. Luigi apenas hablaba el español y nada el italiano, era más bajo que ella, muy delgado, y en su mirada se apreciaba tanto sufrimiento como rencor. Aun así, tenía una sonrisa maravillosa, radiante, adornada por ese hoyuelo que había en su barbilla y los otros dos que aparecían en sus mejillas. Una sonrisa que tardó mucho en mostrar, pero que al fin le regaló a su madre después de que ella le cuidara durante las primeras semanas con paciencia, casi con cariño. Cuidados que no compensaban las terribles palizas que le daba su padre, pero que, sabía, Luigi valoraba como merecían. Sonrisas muy esporádicas que estaban reservadas a su madre…, hasta que Luigi y ella tomaron confianza.

            ¿Fue entonces la primera vez que le oyó tocar la flauta cundo se enamoró? Llegó con ella, guardada entre sus ropas como un verdadero tesoro. Era una flauta de caña vieja y agrietada, de la que arrancaba empero un sonido armonioso, arabesco, siempre nostálgico, que tenía la virtud de envolver a la gente que lo oía en un estado de paralizante melancolía. La primera vez que le oyó tocando la flauta él estaba en el sótano, donde su padre le encerraba cada noche desde que llegaron. Abrazada a la puerta que llevaba al sótano desde la cocina, escuchó durante mucho rato aquella melodía que hablaba de lugares lejanos y bellos, de amores perdidos, de sufrimiento y desesperación. La segunda vez que le escuchó fue mirándole desde el último peldaño de la escalera que bajaba al sótano. Aquella noche descubrió en la despensa el lugar donde su padre escondía la llave de la puerta. Al principio temió que él se escapara, que aprovechara la ocasión para irse, maltratándola antes quizá. Pero no fue así. ¿Temía que ella avisara a su padre gritando? Tal vez la primera noche sí… Luigi solo la miró una vez, sin dejar de besar la flauta. Ni se inmutó. A esa noche le sucedieron otras y, poco a poco, ella fue acercándose, conforme notaba que él la aceptaba, y empezaron a hablar, en voz baja, de la música, del lugar donde procedía… Así fue como supo que su verdadero nombre era Muslim al-Dani y no Luis Álvarez, como ella creía hasta entonces. Y así fue como él aprendió un poco más de italiano. Su padre les hablaba siempre en español. A Luigi le costaba discernir ambos idiomas y como consecuencia de ello hablaba una especie de jerga singular, con la que se hacía no obstante entender, y con un acento también muy peculiar.

            ¿Fue la primera vez que se besaron? Aquel día Luigi, el testarudo Luigi, había intentado huir por enésima vez, pero no llegó muy lejos; su padre le encontró a la salida de la ciudad, en el camino de Salerno. Había cumplido ya los trece años y durante los últimos meses había dado un gran estirón. Era ya tan alto como su padre, aunque no tan fuerte, y apenas si pudo oponer resistencia. Recibió una enorme paliza. Volvió con un hombro dislocado y la cara llena de golpes, pero lo que más le dolió a Luigi fue la pérdida de su flauta, víctima de uno de aquellos golpes. Ella fue a verle bien entrada la noche. Estaba acostado boca abajo en su catre, con el torso desnudo y lleno de heridas que su madre había curado. Avivó la llama de la lámpara para verle mejor y él se incorporó, sentándose en la yacija. «Lo siento mucho», dijo ella con ojos lacrimosos. Luigi la miró con los suyos, negros, tan profundamente que le pareció estaba viendo su alma. Se sintió tan atraída por aquellos ojos que no pudo contener el impulso de besarle en los labios. Él le respondió abrazándola, acariciándole el cabello, el cuello, los hombros. Su corazón se encabritó, su sangre hirvió, su lengua se abrazó a la de él, sus manos enloquecieron por no poder acariciar su espalda, su pecho, sus brazos heridos…, y aunque se acostó en el catre con su cuerpo pegado al de él, tuvo fuerzas para reprimir la tentación de entregarse por completo. Si se quedaba embarazada… Y él lo comprendió. Sus ojos así se lo dijeron.

            Sí, probablemente fue en ese momento, mientras se hallaba abrazada por Luigi en su cama, cuando se enamoró de él.

            Al día siguiente quiso convencer a su madre para que la ayudara a comprarle una flauta a Luigi. Se negó, enfadada, o acaso solo alarmada. En días sucesivos la actitud de su madre pasó de la preocupación a la resignación y, por fin, a la comprensión. «Ten mucho cuidado, cariño. Como tu padre se entere de que bajas a verle por las noches, te encerrará en Donna Regina, como a tu hermana», le advirtió. Tardaron dos semanas en reunir el dinero y encontrar una tienda donde vendían una flauta sencilla de madera. Luigi le dijo a su padre que se la había regalado un cliente habitual de la taberna, maestro de música, don Giacomo, quien previamente se prestó a seguir la patraña merced a la antigua amistad que su esposa tenía con su madre.

            Dos meses después Luigi, el tozudo Luigi, trató nuevamente de huir. Esta vez su padre lo encontró cerca del Castel Sant’Elmo y la principal víctima de la paliza que le dio fue el ojo derecho de Luigi. Éste no dejó que ella le viera hasta un mes más tarde. Su madre le hizo un parche con un trozo de cuero, pero Luigi se negó a ponérselo, a ocultar su cuenca vacía. Y cuando ella por fin lo vio se horrorizó, pero no por su aspecto, sino por el mucho dolor que él debía de haber sentido. A pesar de estar tuerto y lleno de cicatrices, ella siguió mirándole con los ojos del corazón, que lo veían desvalido pero orgulloso, callado pero anhelante de amor, tan dañado como un eccehomo pero tan hermoso como un arcángel.

castilloCastel Sant’Elmo

            Cuando su padre le mandó que lo vigilase de lejos mientras mendigaba por la ciudad tocando la flauta, tuvieron más tiempo para estar juntos. Desobedeciendo la orden paterna que le prohibía acercarse a él, aprovechaban los paseos entre plaza y plaza, de iglesia a iglesia, o de regreso a casa al anochecer, para hablar, para animarse mutuamente, para planear un futuro común. «No dejaré que mi padre me meta a monja. Nos marcharemos juntos. Lo prepararemos bien y encontraremos el momento oportuno. Ten paciencia.» Pero Luigi, el terco Luigi, no tuvo paciencia y volvió a intentar marcharse solo, cansado de esperar. De eso hacía un mes. Decepcionada, creyendo que él de verdad no la quería, que solo pretendía utilizarla para escapar, pensó en desistir, en dejar de bajar por las noches a verlo. Solo lo hizo la primera noche, con su madre. Acababa de traerlo su padre atado y con el cuerpo lleno de latigazos. Lo había encontrado en el muelle de San Vincenzo, donde pretendía enrolarse en un barco militar. Luigi estaba temblando, afiebrado y, aunque quiso decirle algo, no le salían las palabras, solo murmullos deslavazados e incomprensibles. Como siempre, su madre le curó durante días, hasta que la fiebre desapareció y se recuperó. Entonces su padre, tan codicioso, volvió a dejarle salir a la calle para que mendigase tocando la flauta. Y ella volvió a obedecer a su padre, vigilándole, ahora desde lejos. Hasta que una tarde, de regreso a casa, él se le acercó para decirle que lamentaba mucho lo que había hecho. «Pero es que ya no aguanto más. Necesito huir de aquí en seguida. No puedo esperar más. Si no me voy pronto soy capaz de cualquier cosa, de matarme incluso», se quejó amargamente. Y a ella se le rompió el corazón. «Está bien, nos iremos muy pronto, en cuanto consiga los pasajes». Y ya los había conseguido.

            Se levantó de la cama y se vistió en silencio: camisa, corpiño, enaguas, falda, servillas, toca. Cargando con el zurrón donde guardaba la ropa y comida bajó al sótano, donde avivó la lámpara. Luigi la estaba esperando, vestido ya con jubón, calzas, botas y gorra.

            –¿Llevas los pasajes? –le preguntó.

            –Sí, tómalos. También he traído la nota que la mama le pidió a don Giacomo que escribiera.

            –¿Tu madre?

            –Sí.

            –¿Acaso ella sabe…?

            –Intuye que nos iremos, pero no sabe que es esta noche –y dándole también el papel doblado, agregó–: Aquí dice que te llamas Luigi Aldani y que eres sordomudo. Así no tendrás que hablar con nadie. Mientras estemos juntos yo hablaré por los dos, pero si tuviéramos que separarnos en algún momento, enséñaselo a quien quiera que te hable. ¿De acuerdo?

            Luigi asintió en tanto se disponían para subir la escalera y salir de la casa.

Muslim

 

            Llegó corriendo al muelle de San Gennaro un momento antes de que la faluca partiera rumbo a Palermo. Amanecía y en sus manos solo llevaba dos pasajes. La flauta que guardaba en una faltriquera era su único equipaje.

            Jadeaba y lloraba cuando subió a la nave. El sol se anunciaba rabioso detrás del Vesubio cuando la faluca, izada el ancla, zarpaba con las dos velas al tercio desplegadas y henchidas.

            –Vincenza –musitó Muslim con la mirada puesta en un lugar indeterminado de Nápoles.

            No hacía aún media hora que había matado a Pablo Álvarez, su amo, su opresor. Lo acuchilló en el sótano de su casa, junto al cadáver de su hija, la dulce Vincenza.

            Habían subido Vincenza y él por la escalera del sótano y se hallaban en la puerta que daba a la cocina cuando se encontraron frente a Pablo y Filippa. Ambos llevaban puestos sus camisones. Ella estaba detrás, con un candil en las manos; él delante, furibundo, amenazante con un cuchillo cocinero en la diestra. «¡Te voy a matar, marrano! ¡Voy a acabar contigo de una vez por todas, sí señor!», le gritó en tanto intentaba acuchillarle. Madre e hija gritaban. Vincenza se interpuso entre ellos, queriendo calmar a su padre, pero éste la apartó de un empellón tan brutal que cayó rodando escaleras abajo con la bolsa de cuero que portaba.

            –¡Vincenza! –chilló Filippa, y los dos hombres se quedaron quietos durante un instante, horrorizados, mirando hacia abajo, al sótano, donde estaba ya Vincenza caída, boca abajo pero con el cuello en una postura imposible.

            –¡Bastardo! –gritó Pablo al mismo tiempo que arremetía con el cuchillo. Muslim evitó la estocada echándose a un lado y agarrando el brazo armado de Pablo, pero éste se le echó encima, trastabillaron y terminaron por caer también ellos escalera abajo.

            Mientras Filippa bajaba sin dejar de chillar, Muslim se puso de rodillas y miró a Vincenza, que tenía los ojos abiertos pero muertos. Quiso abrazarla, pero en ese momento vio a Pablo, que se arrastraba en busca del cuchillo, caído al lado del zurrón. Muslim se abalanzó sobre la espalda de Pablo, que resopló al chocar su cara contra el suelo, y cogió el cuchillo. Luego, sin pensarlo dos veces, lo clavó con todas sus fuerzas en la cerviz de Pablo. Un chasquido a huesos rotos sonó en el cuello de éste, al mismo tiempo que se le escapaba otro resoplido, esta vez mucho más prolongado.

            Ya abajo, Filippa se agachó para abrazar a su hija menor entre gritos y sollozos. No tenía ojos para nadie más. Muslim no se entretuvo siquiera en coger el zurrón. Voló escaleras arriba y salió de la casa mientras buscaba con las manos los pasajes que había guardado en la faltriquera de su jubón.

arbol genealógico cap 34

 

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