Pechos mercenarios

Pechos mercenarios

Pechos mercenarios | Durante siglos muchos bebés sobrevivieron gracias a pechos mercenarios. Sus madres habían muerto en el parto, o enfermaron, o eran tan pobres que no se alimentaban lo suficiente como para producir la leche necesaria con que criarlos, o eran madres burguesas que se negaban a dar el pecho por razones estéticas o simplemente llevaban una vida tan recatada y pasiva que su salud se resentía cada vez que intentaban lactar. Entonces los bebés eran amamantados por las nodrizas o amas de cría, las cuales recibían una retribución dadivosa si las madres eran ricas, pero no tan generosa si quien pagaba era la Beneficencia, por ser los niños expósitos o de madres pobres.

Pero no siempre la caridad pública llegaba a tiempo.

Tradicionalmente las nodrizas alicantinas procedían de zonas rurales y no eran minoría las que, por no estar casadas, habían tenido hijos ilegítimos, aunque ya no debían darles el pecho si querían ganarse la vida como amas de cría en centros benéficos. En Alicante, el Reglamento General de Beneficencia del 9 de marzo de 1862 imponía las condiciones generales que debían tener las nodrizas externas de los establecimientos públicos: «se requiere ser de buena conducta, de robustez suficiente, tener leche buena y abundante, no padecer enfermedad alguna contagiosa ni transmisible y no tener hijo propio que criar». Este reglamento sustituía al de fecha 27 de diciembre de 1821, que establecía la necesidad de abrir en cada provincia una Casa de Maternidad para la lactancia de los niños, con el objetivo de salvarlos evitando infanticidios y preservando el honor de las madres.

No obstante, mucho antes de que se fundaran las casas de maternidad, el Ayuntamiento de Alicante ya corría con los gastos de las nodrizas que criaban a los niños expósitos. Así, en 1743, el regidor Francisco Verdú pagó una libra al mes a cada una de las 61 amas de cría. Y según aumentaba el número de lactancias, crecía obviamente la cantidad de dinero cobrada por las nodrizas que criaban a los expósitos. En el año 1810 fueron en total 26.900 reales y 23 maravedíes.

Pero no siempre las nodrizas cobraban puntualmente. La nodriza María Lizón, por ejemplo, reclamó en diciembre de 1834 al alcalde la deuda que tenía con ella desde hacía meses la Junta de Caridad. Reclamación que reiteró justo un año después. Y en abril de 1844, José Minguilló, administrador y presidente accidental de la Junta Municipal de Beneficencia, reclamó al alcalde se le entregasen los 5.692 reales y 33 maravedíes que la Diputación le había dado al Ayuntamiento para pagar los atrasos que se debían a las nodrizas y ayas de la casa de expósitos. Pago que se realizó dos meses más tarde.

En 1877 eran 315 las amas de lactancia que alimentaban a los niños que había en las casas de beneficencia alicantinas y a los de familias pobres cuyas madres no podían darles el pecho.

Las familias pobres que precisaban la ayuda de una nodriza para alimentar a sus hijos debían solicitarla por escrito al Ayuntamiento o al Gobierno Civil. En el Archivo Municipal se conservan numerosas cartas enviadas por padres o madres angustiados, escritas casi siempre por terceras personas, ya que se trataban por lo general de personas analfabetas. He aquí cinco ejemplos, todos del año 1862:

El jornalero Sebastián Pastor, con domicilio en la calle del Molino de Viento: «Que el 23 del actual dio á luz su esposa María Josefa Pastor dos niñas y como quiera que son pobres de solemnidad y carecen de todo recurso, pues no cuentan con mas elementos que los que le proporciona el corto jornal que gana, no pueden poner una nodriza á una de las recién nacidas y la madre como carece del alimento necesario le es imposible criar las dos, por cuya virtud no puede menos que recurrir á V.E…».

Rosa Galiana expone que dio a luz el 20 de febrero y que a resultas del parto se halla gravemente enferma, por lo que carece de leche con la que alimentar a su hija, suplicando se le designe una nodriza para evitar su muerte por falta de alimento. En la misma carta, a continuación, certifica el facultativo Ildefonso Berger que lleva más de quince días asistiendo a Rosa Galiana, «la cual se halla padeciendo una afeccion cerebral a consecuencia del parto, de cuyas resultas ha quedado en estado de no poder lactar a su niña por faltarle enteramente la leche».

Vicente Blanquer, vecino de la partida de la Vallonga: «Que hace un mes fallecio su esposa quedando á su cargo la niña que dio á luz. El esponente es pobre de solemnidad y además ciego», por lo que solicita se le asigne una nodriza para criar a su hija. Se adjunta escrito de Ramón Santana, alcalde pedáneo de la Vallonga, que certifica la ceguera y pobreza extrema de Vicente Blanquer.

Bautista Alberola, jornalero: «Que hace poco tiempo ha quedado viudo a consecuencia de sobreparto de su muger, habiéndole dejado una numerosa familia, y encontrándose el que expone en la mayor indigencia», suplica se le designe una nodriza para que alimente a su hija recién nacida.

Andrés Martínez, marido de Josefa Escobedo y Gaselles, la cual había dado a luz una semana antes a dos mellizos, un niño y una niña, y que por ser pobres solicita se le conceda «la gracia del sustento de lactancia de uno de los dichos gemelos».

Lentitud mortal

 El 6 de octubre de 1868 fue creada la Comisión Municipal de Beneficencia y Cárceles, encargada entre otras cosas de aprobar las subvenciones de las lactancias solicitadas por familias pobres. Esta comisión tramitaba dichas solicitudes, verificando los datos y comprobando los requisitos que debían cumplirse para su concesión. Pero este trámite era demasiado lento. A veces, mortalmente lento.

Teresa Lledó, soltera de 26 años, solicitó el 17 de enero de 1883 que una nodriza lactara a su hijo recién nacido y enfermo, pues ella era tan pobre que no tenía ni gota de leche en sus pechos. Tres días después, José Segura firmaba otra carta en la que pedía subvención de lactancia para su hija, nacida seis meses atrás, pues su esposa estaba enferma y él era muy pobre. En el reverso de la carta, el cura ecónomo de la parroquia de Santa María, Francisco Hernández y Lucas, certificaba «que Josefa Segura Asensi, hija legítima de José y Antonia, fue bautizada en esta Iglesia de mi cargo. Alicante y Enero 23 de 1883». Ambos niños, Josefa Segura Asensi y el hijo de Teresa Lledó, murieron antes de que se concedieran las lactancias solicitadas por sus padres.

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Al niño José Manuel Salem Almodóvar sí que se le concedió la lactancia solicitada por su padre. En su carta de fecha 30 de octubre de 1911, Manuel Salem García explicaba que su esposa, Eduvigis Almodóvar González, «dio a luz un niño y encontrándose enferma y careciendo de medios de fortuna para poder atender á criar el referido niño», suplicaba se le concediera una subvención de lactancia. Con la misma fecha, el médico de beneficencia domiciliaria y Casa de Socorro certificaba que la enfermedad de Eduvigis le impedía dar el pecho a su hijo. Pero en la misma carta de Manuel Salem se escribieron posteriormente las siguientes anotaciones: En la parte superior: «Pagó el arbitrio municipal correspondiente». En el margen izquierdo: «2 Noviembre 1911. Informe la Comisión de Beneficencia y den cuenta». En la parte inferior: «18 Junio 1912. Queda sin efecto este expediente porque, según informa el Jefe de la Guardia Urbana, falleció el niño José Manuel Salem Almodovar».

A partir de 1904 también los niños expósitos empezaron a ser alimentados con preparados lácteos. Pero la labor de las nodrizas siguió siendo fundamental durante mucho tiempo. En Alicante, la primera Gota de Leche, nombre coloquial que se le daba a los dispensarios infantiles en los que se procuraba la lactancia natural de madres a hijos, se inauguró en 1926.

por Gerardo Muñoz Lorente

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