Reformistas

Reformistas

 

La ortografía de la Academia no fue universalmente acatada; continuamente surgen proyectos de reforma, pero solo logró una regular difusión la llamada ortografía chilena o de Bello. En 1823, A. Bello y J. García del Río escribieron desde Londres unas Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar i uniformar la ortografía en América; partiendo de la tendencia fonética, que tan adelante había llevado la Academia en 1815, proponen otras simplificaciones mayores de la ortografía que creen debiera implantarse gradualmente. En 1844, la Facultad de Filosofía y Humanidades de Santiago de Chile decretó una reforma mucho más templada, pero que aun así no logró aceptación en sus mayores novedades. Otros países, como el Ecuador, Colombia y Nicaragua, adoptaron esta ortografía, pero la ortografía de la Academia se volvió a imponer en América, sobre todo desde 1870. Chile, hallándose solo, pensó repetidas veces en abandonar su sistema ortográfico, y en 1814 se acordó recomendar la enseñanza de la ortografía de la Academia Española, si bien con varias excepciones. En la práctica, hacía tiempo que los diarios, las imprentas, los colegios privados y muchos públicos, y aun algunos ministerios, seguían la ortografía de la Academia Española. Sin duda que el sistema de Bello, aparte de alguna imperfección, tenía alguna ventaja positiva, pero mayor es la ventaja de la uniformidad internacional.

Algunos reformadores ortográficos parecen haber olvidado un hecho elemental: el español hace tiempo que ha traspasado las fronteras nacionales, conque, en punto de reformas ortográficas, o nos movemos todos a la vez o el que se mueva mucho por su cuenta corre el grave peligro de alejarse tontamente de un bien tan apreciable como es una lengua millonaria.

B-V-W 

            Si es verdad que las lenguas cambian, también lo es que pueden mantener costumbres milenarias, y una costumbre milenaria, en resumen, es el quid de esta cuestión ortográfica. Puesto que la no es más que hija de la tradición y la costumbre, tampoco han faltado voces que han recomendado su exclusión del alfabeto español de modo que en la ortografía corriente se sustituya siempre por la b; es más, en las propuestas de reforma cuyo norte es la pronunciación común puede decirse que la es la favorita (la «faborita», como escriben los reformistas) cuando se considera el caso. Hay que tener en cuenta que la mayoría de estas concepciones están basadas en un principio: que a cada sonido le corresponda solo una letra; ahí la v se bate en retirada (en compañía de la w), no tiene nada que hacer frente a la rotunda y todopoderosa b. La idea de arrinconar la es antigua.

A pesar de tan notables antecedentes, la ha sufrido algún acoso en el mundo de las polémicas ortográficas. Al no tener entidad fonética propia y pronunciarse en nuestra lengua exactamente como la bno han sido pocas las voces que han recomendado su exclusión del abecedario en pro de una ortografía española más fácil y racional donde se escriba con todo, o casi todo, lo que hoy escribimos con v. Las reformas ortográficas de corte fonetista suelen basarse en la doctrina de que a cada sonido le debe corresponder una letra; al sonido [b] le corresponden dos: b-v (más la w cuando convenga)…, conque sobra una que, en la teoría de los reformistas, siempre es la v. Siempre, siempre, no; hay un caso raro de defensa de la v en la historia de nuestra ortografía, el del erudito jesuita Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), quien propuso que de las dos se eliminara la (la idea estaba relacionada, al parecer, con la acomodación del alfabeto español para los sordomudos; hay que reconocer que representar una v con los dedos de la mano es más fácil que representar una b).

Descontando este caso peregrino, la siempre ha tenido más detractores que defensores entre los geógrafos. Más cercanas nos son las propuestas de reforma ortográfica presentadas en sucesivos congresos de Academias de la Lengua Española; en el celebrado en México en 1951 Roberto Restrepo recomendó su eliminación del alfabeto, y en el mismo sentido se expresaron Adolfo Tortoló en 1960 (Bogotá), la Academia Filipina en 1964 (Buenos Aires) y Celia Mieres en 1972 (Caracas).

C-K-Q 

            Entre nuestros clásicos solo un caso notable de defensa de la (que desapareció del diccionario académico entre 1815 y 1869) puede citarse: el de Gonzalo Correas o, como firmaba en su célebre ortografía Korreas, aplicándose el ejemplo. Para él la representaba sola e inequívocamente el sonido que en español se repartían la c, la q y, en ocasiones, la ch. La idea expresada por Correas en el siglo XVI de eliminar del alfabeto la a favor de la ha tenido sus seguidores en nuestros días: Juan de Becerril (Valladolid, 1881), Onofre Juliá (1915) se declaran decididos partidarios de eliminar la poligrafía ca, co, cu, que, qui a favor de ka, ko, ku, ke, ki. Dos propuestas se han dado también en el mismo sentido: la primera data de 1956 y se expuso en el Segundo Congreso de Academias de la Lengua, celebrado en Madrid; Rodolfo María Ragucci, de la Academia Argentina de Letras, presentaba una ponencia sobre una reforma ortográfica escalonada pero importante donde, entre otras novedades, la sustituiría a la y la q en la representación del sonido velar oclusivo sordo [k]. El segundo proyecto de reforma, donde se daba idéntica solución, lo expuso la Academia Filipina en el IV Congreso, celebrado en Buenos Aires en 1964.

La ha estado, siglo tras siglo, en el punto de mira de los reformistas ortográficos. En la polémica sobre la y la no escasean los textos de este tipo.

Y es que tan sorprendentes y exóticos como los textos de Correas, con su repelente invasión de kas tentaculares, resultan los de Valiente, con su inquietante proliferación de insólitas cus desamparadas. La verdad es que, en la conciencia ortográfica española, la se siente como foránea, pero la sin se valora como falta de ortografía.

Los maximalistas de la ortografía estiman inútil la q, se irritan con la muda que la acompaña, claman contra su inanidad y pretenden eliminarla, otorgándole su función bien a la k, bien a la c o, en el mejor de los casos, despojándola de la y dándole a ella todo el campo del fonema oclusivo velar sordo frente a las otras. Pero la verdad es que la q, con su normalización actual y, si la consideramos como lo que realmente es, como una letra doble, como un dígrafo, no ofrece ningún problema ortográfico, la regla de su empleo se aprende en un santiamén.

El rumano ha prescindido de ella (la Q), sin abjurar de su romanidad. 

G-J 

            En 1815 fueron algunas las voces que consideraron mal resuelto el problema ortográfico x-j-g o resuelto solo en parte. Andrés Bello y Juan García del Río recomendaban que se diera un paso más en su resolución especializando la para representar el sonido [x] y eliminando así su confusa concurrencia conge, gi. Todo parece indicar que esta fue una de esas reformas posibles que se quedaron en el tintero.

H 

            Muchas voces han pedido su total supresión.

I-Y 

            Hay una larga historia de enemistades entre ambas letras, sobre todo como vocales, porque desde que en la época moderna se delimitan los usos de una y otra ha habido muchas opiniones que han recomendado la supresión de la vocal y del alfabeto español porque para ese uso basta y sobra con la i.

M-N / B-V 

            Los criterios reformistas se resumen en dos preguntas: ¿si se escribe cambio, por qué no se ha de escribir imbitar?, o viceversa, ¿si se escribe invitar, por qué no se ha de escribir canbio? Ha habido varias propuestas para regularizar la escritura, la más radical de las cuales es la de José Martínez de Sousa que consiste, llanamente, en eliminar la en todos estos casos.

R-RR

             En 1556 Juan Martín Cordero, autor de unas Quejas y llantos de Pompeyo donde se incluyen unas curiosas reglas ortográficas “para corregir los errores generales en que todos yerran”, lanzó una sencilla idea que ha tenido mucho predicamento entre los reformadores ortográficos: la de escribir rr siempre que sonase: rrey, Enrrique, honrra, reservando la para la vibrante simple. Entre los autores de la época, Benito Ruiz (1587) y Gonzalo Correas (1630) llevaron a la práctica esta solución. Por los mismos años va ganando terreno otra idea: la de inventar una letra especial para la vibrante múltiple; ya se habían dado intentos de introducir una versalita para representarla: paRa frente a para, caRo frente a caro, etc.

Como en tantas otras cuestiones, el criterio académico ha sido el que, con el paso de los años, ha acabado conjuntando la ortografía española, pero no fue suficiente para frenar las propuestas reformistas en torno a la escritura de la erre que se siguieron manteniendo en las dos líneas precedentes a la fundación de la Academia: o escribir rr siempre que sonase la vibrante múltiple o inventarse una letra nueva para esta última, que la distinguiese inequívocamente de la sencilla. Entre los primeros estaba Antonio Bordázar (1728), quien opinaba que debía ser “regla el escribirse doble siempre que lo es dentro de las dicciones, honrra, enrredo, enrriquecer, etc.”; del mismo parecer han sido después Bello y García del Río (1823), como Echevarría y Reyes (1895) en su prontuario sobre la ortografía chilena, donde se recomienda que toda vibrante múltiple en medio de dicción, ya sea entre vocales (carro) o tras consonante (honrra) se escriba doble, si bien no será necesaria la duplicación a principio de palabra.

Entre los inventores de letras en la época moderna están Mariano de Rementería (1839), quien proponía que el signo representara a la vibrante múltiple en todos los casos, correr pasaría a escribirsecorer; la vibrante simple se representaría por una con punto suprascrito (r con punto encima); Ezequiel Uricoechea (1872) opinaba que «la rr necesita con urgencia de un signo propio. No se lo doy, porque me abstengo de hacerlo con otras letras. La con tilde, [r con la tilde de la eñe encima], parece ser la más popular». De la misma idea era José P. Gómez (1914), que inventó una r con macron (r con una raya encima) para la vibrante múltiple. Últimamente, José Martínez de Sousa (1991) ha optado en su propuesta de reforma ortográfica por la grafía para el sonido vibrante simple (caro) y la grafía r con acento circunflejo (para los efectos igual valdría un macron: r con raya encima) para la vibrante múltiple.

X 

            Más radical es la propuesta reformista de Martínez de Sousa para la x, que la suprime en todos los casos sustituyéndola por o por en los ejemplos de ortografía antigua al estilo de México, Oaxaca, etc., respetando el criterio de quien por tradición desee mantener la en tales nombres

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