Refranes españoles

Refranes españoles

Refranes españoles. Etimológicamente, la palabra refrán procede del occitano refranh ‘estribillo’, que fue adoptado por el francés refrain, de donde pasó al español en el siglo XIII con el significado original: ‘estribillo’. En el castellano medieval los dichos populares a modo de proverbios eranconocidos como fablillas,fabliellas, fabrillas, fablas, fazañas, patranna chica parlilla. Todavía se usaban a principios del siglo XV, si bien por entonces también empezó a usarse popularmente el término proverbio, por ser así conocidas las sentencias en forma de máximas o reglas de conducta, con moralejas semejantes a las clásicas, aunque con contenido y uso más vulgar. Pero los más eruditos quisieron diferenciar ambas cosas, por lo que llamaron verbos a las sentencias populares, como indicando que el proverbio era un verbo de más categoría, tal como aparece en las Cantigas y documentos de Sancho IV.

Durante el siglo XIV y primera mitad del siglo XV, la costumbre de aplicar la voz refrán a los estribillos y estrambotes de las poesías y canciones derivó en una acepción nueva, que coincidía con la que tenían verbo y las medievales fablas, fablillas, etcétera.

Como los estribillos y estrambotes finales de las poesías y canciones, los refranes primigenios solían contar con rima perfecta. Una de las primeras obras en que se empleó refrán con el significado actual es un opúsculo editado por primera vez en Sevilla en 1508 y que tiene por título Refranes que dicen las viejas tras el fuego, esto es, calentándose a la lumbre, por el orden del a, b, c, que recopiló Iñigo López de Mendoza, a ruegos del rey don Juan.

El refrán, aunque anteriormente conocido con otros nombres, es tan antiguo como el proverbio. Ya hemos visto en otro apartado la diferencia entre ambos términos, pero repitamos aquí lo esencial: En tanto al proverbio se le confiere una calidad literaria superior, producto de la reflexión, el refrán es considerado el resultado de un proceso más ingenuo, espontáneo y popular. En resumen, el proverbio es culto, mientras que el refrán es vulgar.

El refrán es el reflejo de lo que el pueblo tiene por verdadero y de su ideal de vida y conducta. Nace al calor de un suceso o un estado transitorio que impresionó la imaginación de gente humilde, pero cuya aceptación es generalizada entre el pueblo. He aquí la importancia y utilidad del refrán: sirvió para dirigir, de manera concreta y sencilla, la conducta de la vida en relación a la sociedad, la familia y el individuo, en épocas donde la inmensa mayoría de la población era analfabeta. Servían para aconsejar en situaciones excepcionales, pero también cotidianas, para recordar fechas y labores importantes.

Los refranes son frutos recogidos en diferentes épocas. De ahí que algunos sean contradictorios y muchos de ellos resulten en la actualidad demasiado rústicos, toscos, intolerantes, machistas y hasta groseros e insultantes. Pero son lo que son: manifestaciones populares de otras épocas, en las que las putas, los curas, los rebeldes y las mujeres libres personalizaban las cualidades negativas, y en las que algunos nombres propios tenían un significado especial: Al buen callar llaman Sancho; al bueno, bueno, Sancho Martínez. A este propósito escribió Gonzalo Correas: «Es de advertir que algunos nombres los tiene recibidos y calificados el vulgo en buena o mala parte y significación, por alguna semejanza que tienen con otros por los cuales se toman. Sancho, por santo, sano y bueno; Pedro, por taimado, bellaco y matrero; Juan, por bonazo, bobo y descuidado; Marina, por maligna y ruin; Rodrigo, por el que es porfiado y duro negando».

Por sus raíces comunes con los proverbios, reconocemos en algunos de los refranes versiones vulgares de adagios y apotegmas clásicos: la ocasión, asirla por el guedejón; la paja vemos en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro; voz del pueblo, voz de Dios…

Aunque los refranes se presentan como verdades (dichos de viejas, arrancan las piedras; el que se viere solo y desfavorecido, aconséjese con los refranes antiguos; no hay refrán que no sea verdadero; los refranes son evangelios chiquitos; los refranes son hermanos bastardos del Evangelio) es muy posible que a los ojos de hogaño veamos en las entrañas de muchos de ellos una falsa moralidad, pero recordemos una vez más que son el reflejo de lo que el pueblo tenía entonces por verdadero. Aunque no todos ellos incorporen un principio verdaderamente ético, son los consejos y verdades por los que se regían nuestros antepasados más humildes.

 

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